lunes, 15 de marzo de 2010

Documentos para una historia de la literatura en Los Pedroches


Descubrí estos papeles en el archivo del Ateneo Liberal de Pozoblanco. Conozco a uno de sus presidentes, un colega del instituto ya jubilado, y le hablé un día de mis indagaciones.

—No estaría mal un ensayo sobre la literatura de estos lares, una historia también de su recepción, de la crítica de esas obras. Y hasta de sus imprentas...

—¿A dónde quieres llegar? –cómplice y socarrón, el presidente garabateó con su dedo índice hacia la insignia republicana de mi solapa, luego se llevó el medio a los labios, dio un sorbo, chascó la lengua y filosofó:

—Los dioses amaban el vino, por eso creo en ellos. In vino veritas, llénanos, Agustín —pidió al camarero.

Unos días después estuve en el altillo del edificio. La sede del Ateneo iba a ser demolida en breve –estaba en un esquinazo muy goloso del centro del pueblo- y el presidente no sabía qué hacer con todo aquello. Empecé a mirar y a entresacar: Crimen y castigo, novelas de Pearl S. Buck, revistas de feria, pregones semananteros y romeros, una cinta de Triana, dos laúdes y una bandurria, latas con rollos de película, piedras con minerales y fósiles, un magnetofón de cintas, unos zahones resquebrajados –se presentó una noche con ellos don Antonio, el practicante: Siete por siete cuarenta y siete, y si no, no te toca la lotería, se pasó toda la noche diciendo -, una imprentilla móvil a la que le faltaban varias piezas, el disco de Joan Manuel Serrat dedicado Miguel Hernández, sellos y tampones secos, las obras de Larra en la edición de Mayans y Siscar, un póster doblado en cuatro con el testamento de Franco, un cuadernillo sobre el criterium ciclista de agosto del 66 en Villanueva de Córdoba, Sangre y arena¸ Camina o revienta, un tablero de ajedrez ...

En un atado, entre ejemplares del Cronista del Valle y folletos de la farmacia de don Moisés Moreno y del gran bazar El siglo XX, dentro de una carpeta azul de gomillas que guardaba un taco de papeletas de la UCD en las elecciones que perdieron, encontré un ejemplar traspapelado del boletín bimensual que editaba la Academia. Hojeándolo, el título de un artículo me llamó la atención y comencé a leerlo allí mismo, de pie, a la luz de una ventana desde la que se veía la torre y los nidos de Santa Catalina. Entre las páginas impresas había dos cuartillas manuscritas, con membrete impreso en tinta azul. Con elegante trazo a pluma, el autor había escrito su contestación a la conferencia de su colega, quizá para ser dicha en una de las sesiones, quizá para ser publicada en el boletín de la institución.

Por su interés para la historia de la literatura y de la crítica en la comarca, traslado aquí ambos textos sin quitar ni añadir tilde.

*

Contribución al estudio de las inquinas literarias o De plumas y pullas1

De todos es sabida la animadversión literaria y personal entre dos de nuestros más genuinos poetas áureos, don Francisco de Quevedo y Villegas, y don Luis de Góngora y Argote. No voy a pormenorizar aquí los episodios de esa encarnizada guerra, porque ya lo está prolija en manuales y ensayos críticos. Considérese esta disertación como simple aporte y modesta contribución de unos cuantos versos que engrosan y evidencian, una vez más, la ojeriza del cojitranco madrileño por el prebendado cordobés. Helos aquí:

“Muy lampiña la capona
y con ademanes brujos,
por Córdoba y por el Potro
viene calzada de triunfos.”

¿Encierran estos octosílabos del señor de la Torre de Juan Abad una clara, e hiriente, alusión a su enemigo poético, al soberbio autor del Polifemo, como se ha preguntado y nos traslada nuestro amigo, consumado cronista y arqueólogo, el señor Dueñas Cardador?

Digamos, de entrada, que no iba descaminada su intuición.

Y vayamos al toro. Y puesto que el autor del Buscón pasa por uno de los maestros del conceptismo, acojámonos a sus reglas, juguemos con la acumulación significativa, conceptual, y veamos qué guardan estas quevedescas palabras al respecto de su cruzada antigongorina.

Consideremos, primero que nada, el tropo, la prosopopeya o antropomorfización de la capona, pues se habla de ella como de una persona. ¿Podemos sustentar con ello la identificación Góngora = la capona? No nos precipitemos. Todo a su tiempo, aunque no llevamos mal norte.

El femenino, admitámoslo, sorprende porque no es usual; lo normal es el género masculino, referido al gallo castrato que cebamos para comérnoslo. Es uso común castrar al macho, sea gallo, carnero o cabrón. También a los hombres, desde luego, y por desgracia, convirtiéndolos en eunucos o espadones. Incluso un tal Andrómito, rijoso rey de Lidia, puso de moda la castración de mujeres, “para mayor vicio, y continuo uso de ellas”, como leemos en Covarrubias.

De las gallinas no tenía oído que se caparan, pero es ciencia que no alcanzo, y sus conceptos y razones tendría don Francisco para desacreditar a un hombre llamándolo emasculada gallinácea. De momento, solo podemos afirmar que el poeta habla de una gallina castrada, presentándola como una persona; o, si se quiere, de una persona -¿Luis de Góngora?- a la que presenta como una gallina capada.

El calificativo aplicado a la capona (lampiña) llama la atención, no por sus significados (1. adj. Dicho de un hombre: Que no tiene barba. 2. adj. Que tiene poco pelo o vello.), pues los dos nos valen, sino por la incompatibilidad semántica entre la cualidad marcada por el adjetivo y el sustantivo al que se aplica, ya que éste designa a un animal plumífero, no piloso. Ni las gallinas tienen barba o dejan de tenerla, ni se suele decir de ellas que estén calvas, así que hemos de concederle al poeta la licencia de traslación –los concetos «escasez y ausencia»-, y la consiguiente imagen risible de una gallina desplumada.

Si volvemos al tropo inicial, a la identificación gallina =persona, no nos vemos en otra que considerar que los versos hablan de un glabro -¿don Luis?-, de un pelón o calvorota. ¿Se reía Quevedo, con su abundante melena hasta el hombro, de la calvicie de su contrincante? Bien pudiera ser, y no ha de extrañarnos. Si más de una vez se metió con la judaica nariz de su enemigo, tampoco iba a pasar por alto su luciente calva. Llamar calvo a Góngora era, desde luego, señalar lo evidente; él mismo así lo reconoce en los versos autobiográficos de su famoso romance «Hanme dicho, hermanas», cuando habla de su “frente espaciosa, / escombrada y limpia, / aunque con rincones cual plaza de villa.” O sea, con más que expeditas entradas.

Se nos escapa, hemos de confesarlo, la razón última de llamar gallina a Góngora, a quien creemos le convenía más la imagen del gallo, con su irisado plumaje, con la apostura y gallardía de sus andares y desplantes, maestro cantor, único en el corral de sus gallinas, de sus defensores y discípulos poéticos.

La figura del gallo le gustaba a don Luis para su poesía –del sol nuncio canoro, lo llamaba-, y para su vida. Recordemos que el vate cordobés vivió pidiendo prebendas, pretendiendo favores de palacio; que le gustaba la buena vida, el buen comer, el buen beber, el buen vestir, y andar caballero-gallito- encumbrado en el Madrid cortesano y popular del XVII. Sí, atestiguado está: el racionero poeta anhelaba exhibir su triunfo ante el enjambre de zánganos pretendientes que acudían a la villa y corte. Como atestiguado está que no lo consiguió. Limpio, lampiño, regresó don Luis a su excelso muro.

En relación con las pretensiones cortesanas de Góngora, no hemos de obviar la expresión llave capona, que en sus tiempos designaba a la distinción honorífica que se concedía a algunos, y que no era sino apariencia y chichinabo, pues con ella ni se abría ni cerraba puerta alguna; es decir, no se llegaba a ningún sitio en la corte. ¿Cómo no iba a estar Quevedo al tanto de las frustradas aspiraciones de Góngora, que, sí, tenía su fama de poeta, pero no consiguió los favores reales que pretendía?

Si la imagen Góngora = gallina desplumada es ya irrisoria, más contribuye a la pulla el hecho de que la tal ave, amén de sin plumas, está castrada, o sea, que poco da. Góngora es gallina que no pone, poeta huero, infértil en líricos huevos. No está mal el dardo quevedesco.

Pero retomemos el hilo. El segundo verso insiste en lo cómico y negativo, la malograda gallina es también un poco lianta y hechicera, capaz de encantar y provocar visiones, espejismos, falsedades, ilusiones. Bien claro lo dice el poeta: “ademanes brujos”. No sé entender otra cosa: Quevedo hace burla de las llamadas obras mayores del cordobés, de las relumbrancias cegadoras de sus silvas culteranas, del engatusamiento, del engaño que obran, dando a entender que sea excelsa poesía lo que a las claras no es más que vacío y oquedad.

Pues resulta que la glabra capona aparece por la ciudad de Córdoba, por su plaza más popular, bullicioso lugar de encuentro de tratantes, trajinantes y tunantes que se las dan de sabérselas todas en esta vida, como atestigua aquel dicho de nacido soy en el Potro.

Góngora, además de trabajar como racionero en la catedral, con más frecuencia de la debida a su dignidad y cargo entraba y salía por los corrillos y mentideros del Patio de los Naranjos, iba a fiestas de toros y cañas, entraba en el corral de comedias, rondaba balcones y frecuentaba ventas y garitos donde se jugaba los dineros de su poca hacienda. Quién podrá negar que don Luis no fuese conocido y señalado en aquel rincón ribereño que la vox populi identificaba con marginalidad, delincuencia y gente de mal vivir. Dime con quién andas ... o Dios los cría y ellos se juntan, insinúa Quevedo: la gallina, Góngora, digámoslo ya abiertamente, se degrada al frecuentar a la chusma. Él mismo se hace y es chusma. Otro puyazo sin compasión. El poeta exquisito y elevado sobre el vulgo, el orífice y platero de la lengua, el cultiniparlo filigranero cordobés, es rebajado aquí a la ínfima ralea. Hondo ha entrado el bardeo de don Francisco, sin contemplaciones.

Y vayamos concluyendo ya esta glosa: la gallina desplumada, huera y embaucadora que aparece por la plaza del Potro, viene subida (calzada) sobre el éxito (triunfos). Digamos, para entendernos, que Góngora viene pavoneándose, exhibiendo su persona y orgulloso de su panegírico al de Lerma, de sus intrincadas soledades, de su monstruoso Polifemo. Imagínese el paciente lector a don Luis transmutado en implume ave de corral cacareando su jerigóngora y considere hasta qué honduras penetraban los implacables quevedos del madrileño.

Nuestro punto de partida para la interpretación de este último verso es el concepto de fingimiento: los ademanes brujos del racionero poeta, el culto y raro embeleco de sus tenebrosas composiciones, esos gestos y ensalmos brujeriles, decíamos, sirven para crear una imagen falsa del hombre menospreciado en la corte, ridiculizado en los parnasillos y ninguneado por sus acreedores. O sea, que la gallina ni tiene plumas, ni pone huevos, ni engaña a nadie, ni ná de ná, señores. Góngora aparenta en público lo que no es. Los triunfos que exhibía eran en verdad la imagen de su fracaso. Don Luis apostó fuerte y perdió, esa es la visión que nos transmiten los versos de Quevedo, que supo denigrar a Góngora como nadie. Pero ricemos aún el hilo, retorzamos la metáfora y recordemos aquí una de las acepciones del vocablo ‘desplumar’, que hasta el más lego conoce. Se cierra así el círculo semántico (lampiña-triunfos) de los juegos de azar y cartas a que nuestro Góngora tan aficionado se mostró. Quevedo, como vemos, tampoco lo pasó por alto en sus conceptuosos dardos.

Para terminar, permítaseme afirmar con la mayor de las modestias que ciertos eran los toros, y que el señor Dueñas Cardador ha mostrado una vez más su intuición de experimentado arqueólogo al rescatar y encajar en su contexto -la guerra quevedesco-gongorina-, los versos que han ocupado esta disertación, cuya glosa, deshaciendo el hipérbaton y modernizando, bien pudiera ser: Góngora, se te ve el plumero, eres un perdedor y un ridículo poeta.

Inocencio Blanco Rísquez, Académico de Los Pedroches







1 Conferencia dictada en pública sesión de la Academia de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes de Los Pedroches, el día 4 de noviembre de 1926. Con posterioridad, apareció un resumen de la misma en la revista Celemín de Los Pedroches, Año IV, núm. 185, correspondiente al mes de mayo de 1927.




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Señores académicos:

No andaré con rodeos: soy contrario a la opinión de nuestro ilustre académico, el señor Blanco Rísquez, que echa mano de disparatadas elucubraciones para llevarse la gallina a su corral. Los versos de Quevedo no encierran malévola azagaya.

Insertos en su contexto literario –un romance burlesco sobre los bailes de moda-, estos versos que nos entretienen forman parte de la descripción del baile de la capona que hace la Méndez a su compañero Escarramán.

El jocoso y disparatado romance, titulado «Cortes de los bailes», cuenta los dimes y diretes de la parlamentaria reunión a que son convocados todos los bailes del reino, con vistas a la renovación de sus pasos y contorsiones. A Madrid acuden el Rastro y el Rastrojo, el ¡Ay! ¡ay!,¡ay!, el Tabaco, la Chacona, la Capona y demás danzas, cortesanas o populares, que discuten cómo ha de ser su renovación, hasta que Escarramán hace y defiende su propuesta: el remozamiento y adecuación al Buen Gusto de los bailes españoles vendrá cuando estos imiten las grotescas torsiones y descomposturas que a cualquiera le producen las cosquillas:

“Si se han de estudiar meneos,
ademanes, despachurros
nuevos de risa y picantes,
con tembladeras de muslos,
yo digo que los tomemos
de las cosquillas por hurto.”

La capona tenía mala fama, los moralistas la denigraban asociándola al lumpen, pero aun así se hizo muy popular. Era baile de gentes de mal vivir, de pícaros y de pobres. Una danza cautivadora quizá por su sensualidad, introducida por los esclavos negros que trajeron a estos reinos los señores de la nobleza y del poder. Por ahí entiendo yo estos versos, por el arte de Terpsícore: en la ronda de bailes a que asistimos en el burlesco romance, la sensual capona destaca por ser una de las preferidas en las fiestas y saraos del vulgo. Esos son los triunfos que calza, su éxito entre la gente.

De ahí, de la asociación con la marginalidad y la picaresca, puede venir quizá la alusión al Potro, aunque yo pienso que Quevedo, en este caso, nombra la plaza por ser uno de los lugares más conocidos de la ciudad. No olvidemos que estaba junto al camino real...

En fin, señores, que no veo por ninguna parte la gallina gongorina lanzando a los cuatro vientos del Potro un ridículo cacareo.

¡Viva don Luis de Góngora y Argote!

1 comentario:

Juan B dijo...

En dos palabros: im prezionante.