lunes, 6 de diciembre de 2010

La habitación doble


Una habitación parecida a un ensueño, una habitación verdaderamente espiritual, cuya atmósfera en calma está ligeramente teñida de rosa y de azul.

El alma toma aquí un baño de pereza, aromatizado de pesar y de deseo. —Es algo crepuscular, azulado y rosáceo; un sueño de voluptuosidad durante un eclipse.

Los muebles tienen formas alargadas, postradas, lánguidas, parecen soñar; se diría que están dotados de una vida sonámbula, como el vegetal y el mineral. Las telas hablan una lengua muda, como las flores, como los cielos, como los crepúsculos.

Ninguna abominación artística en las paredes. En relación con el sueño puro, con la impresión no analizada, el arte definido, el arte positivo, es una blasfemia. Aquí, todo tiene la suficiente claridad y la deliciosa oscuridad de la armonía.

Una fragancia infinitesimal de la más escogida calidad, a la que se mezcla una ligerísima humedad, nada en esta atmósfera, donde el espíritu adormecido es acunado por sensaciones de cálido invernadero.

La muselina llueve abundante delante de las ventanas y del lecho; se derrama en níveas cascadas. En la cama está acostado el Ídolo, la soberana de los sueños. Pero, ¿cómo está aquí? ¿Quién la ha traído? ¿Qué poder mágico la ha instalado en ese trono de ensueño y de placer? ¿Qué importa? Ahí está, la reconozco.

He ahí esos ojos cuya llama atraviesa el crepúsculo; ese sutil y terrible mirar que reconozco en su espantosa malicia. Atraen, subyugan, devoran la mirada del imprudente que los contempla. He estudiado a menudo esas estrellas negras que imponen la curiosidad y la admiración.

¿A qué benévolo espíritu le debo estar así, rodeado de misterio, de silencio, de paz y de perfumes? Oh, beatitud! ¡Lo que llamamos normalmente la vida, incluso en su expansión más dichosa, nada tiene en común con esta vida superior que ahora conozco y saboreo minuto a minuto, segundo a segundo!

¡No! ¡Ya no hay minutos, ya no hay segundos! ¡El tiempo ha desaparecido; ahora reina la Eternidad, una eternidad de delicias!
Pero un golpe terrible, pesado, ha resonado en la puerta, y, como en los sueños infernales, me ha parecido un golpe de azada en el estómago.

Y después ha entrado un Espectro. Es un alguacil que viene a torturarme en nombre de la ley; una infame concubina que viene a gritar miseria y a añadir las trivialidades de su vida a los dolores de la mía; o bien el ordenanza de un director de periódico que reclama la continuación del manuscrito.

La habitación paradisíaca, el ídolo, la soberana de los sueños, la Sílfide, como decía el gran René, toda esta magia ha desaparecido al golpe brutal del Espectro.

¡Horror! ¡Ya me acuerdo! ¡Ya me acuerdo! ¡Sí! Este cuchitril, esta estancia del eterno aburrimiento es la mía. ¡Aquí están los muebles necios, polvorientos, desvencijados; la chimenea sin llamas y sin brasas, llena de escupitajos; las tristes ventanas donde la lluvia ha trazado surcos en el polvo; los manuscritos, con tachaduras o incompletos; el almanaque donde el lápiz ha marcado las fechas siniestras!

Y ese perfume del otro mundo con el que me embriagaba en una sensibilidad perfeccionada, de pronto, lo sustituye ahora un fétido olor a tabaco mezclado a no sé qué nauseabundo moho. Ahora se respira aquí lo rancio de la desolación.

En este mundo estrecho, pero tan lleno de repugnancia, un solo objeto conocido me sonríe: la ampolla de láudano; un vieja y terrible amiga; como todas las amigas, ¡ay!, fecunda en caricias y en traiciones.

¡Oh! ¡Sí! ¡El Tiempo ha reaparecido; el Tiempo vuelve a reinar soberano; y con el repugnante viejo ha vuelto todo su demoníaco cortejo de Recuerdos, de Pesares, de Espasmos, de Miedos, de Angustias, de Pesadillas, de Cóleras y de Neurosis.

Os aseguro que ahora los segundos están fuerte y solemnemente acentuados, y cada uno, surgiendo del péndulo, dice: —¡Soy la Vida, la insoportable, la implacable Vida!

Sólo hay un Segundo en la vida humana que tenga la misión de anunciar una buena noticia, la buena nueva que a todos nos produce un inexplicable miedo.

¡Sí! El Tiempo reina; ha retomado su brutal dictadura. Y me empuja, como si yo fuera un buey, con su doble aguijón. —¡Arre, borrico! ¡Suda, esclavo! ¡Vive, condenado!


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