viernes 29 de julio de 2011

Allons enfants...


No puede uno negar toda la cultura estadounidense que lleva encima. Pienso en el cine, desde los peplums y los westerns de la infancia a las últimas películas de Clint Eastwood o de Tarantino; pienso en la música, desde el jazz de Nueva Orleans, el Blonde on blonde de Bob Dylan o el Me and Bobby Mcgee de Janis Joplin, a la voz rota de Tom Waits; pienso en la literatura, en los poemas de Emily Dickinson, en los versos torrenciales de Walt Whitman, en la vida desgraciada de Edgard Allan Poe, en la generación perdida y en la generación beat; pienso en viejas series de la televisión en blanco y negro, en aquella Flecha rota que veíamos por la ventana de una vecina de la calle Altillo; en los telediarios que dieron la noticia de la muerte de John Kennedy, de su hermano Robert, de Martin Luther King; en la madrugada de julio en el piso de mis tíos en la calle Previsión cuando el hombre pisó la luna; o en un trabajo escolar sobre el Black Power, en la colección del Reader Digest de mi tío Anselmo; y hasta en las novelas del oeste que cambiaba en el quiosco del Campo de la Verdad. Y no queda otra que reconocer todo lo que de norteamericano hay en nuestra educación, en nuestras biografías.

            Sin embargo, por educación —estudié francés en el instituto y en la facultad—, por el cine, por la chanson y por los adoquines del 68, por la bohemia y por los bulevares de París, por los impresionistas, por Baudelaire, por Verlaine y por Rimbaud, por Madame Bovary y por Marcel Proust, por mis viajes —esta es la sexta vez que estoy en Francia—, por mis tres amores de allí—el primero, platónico y por correspondencia, tras una tarde con una muchacha de Briançon, los otros fugaces, puros desahogos de la carne, de la edad, en los tórridos y solitarios agostos cordobeses de finales de los setenta—, y hasta por los discursos de Daniel Cohn-Bendit en el Parlamento Europeo, no voy a negar que soy un afrancesado, uno de tantos soixanthuitards por el imperativo de la edad y las circunstancias históricas. Así que cuando veo que vamos por la vieja Aquitania, aunque sea de paso y a 120 kilómetros por hora, también me acuerdo del primer poeta de Francia de nombre conocido, como nuestro Berceo, sólo que sin hábitos, uns dels majors cortes del mon e dels majors trichadors de dompnas, e bons cavallier d’armas  e larcs de dompnejar; e saup ben trobar e cantar —“uno de los hombres más corteses del mundo, y de los más grandes burladores de damas, y buen caballero de armas, y liberal a la hora de cortejar. Supo trobar y cantar bien”—, según  puede leerse en la escueta biografía al frente de sus once canciones conservadas. (Guillermo de Aquitania, Poesía completa. Ediciones Siruela, Madrid, 1983.)

            Como México, Francia es también nuestro país del exilio. Cómo explicar sin París, sin Toulouse, sin Burdeos, la historia de nuestro país desde 1.939. Hubo otros antes, desde luego, afrancesados, liberales, como el abate Marchena, como Leandro Fernández de Moratín, como Larra, como Goya, que hubieron de exilarse al otro lado de los Pirineos. Francia: país de acogida. España: de la intolerancia. El afrancesamiento de nuestra educación está justificado. Lo francés es parte de nuestra historia. ¿O también hemos olvidado los trenes y autobuses atestados de españoles hacia la vendimia? Francia nos ha enseñado también los caminos del exilio y de la emigración.

Ahora conduce Luis. La autopista discurre paralela a los Pirineos, azules e imponentes a nuestra derecha. Mientras voy mirando los viñedos, los cipreses, los campos de girasoles y de maíz, me pierdo por un rato en otro viaje de primeros de los ochenta, una escapada de tres días por la sierra de Hornachuelos a la que me llevé los versos de Guillermo de Aquitania, con los que estuve martirizando a la pobre M., que no entendía mi entusiasmo por aquel poeta serio y grave en alguna ocasión, pero burlón e irónico por lo general, que presumía con descaro de sus proezas sexuales, parodiando como nadie el exquisito y refinado arte del amor cortés.

            La metáfora es vieja como la humanidad. Viajar es vivir, un viaje lleva a otro viaje. La memoria siempre está en marcha. Vamos del que somos al que fuimos. Nos vamos reconociendo en el ahora y en el antes. Me reconozco en aquel muchacho de los primeros ochenta eufórico por los versos alegres de Guillermo IX de Aquitania, pero no soy el mismo.

Viajo también con un libro y con apuntes en el cuaderno, pero la lírica ha dado paso a la épica. No precisamente a las gloriosas gestas medievales. Seguimos las huellas —el viaje— de Florián Andújar, del que apenas tenemos más datos que los que he dado hasta ahora. Sabemos dónde acabó su viaje, dónde están su cruz y su tumba, las inscripciones en piedra que recuerdan su nombre y su gesta. Seguimos los pasos de un perdedor, de una víctima por partida doble. Hemos leído libros sobre Glières, llevamos direcciones y nombres, hemos concertado citas, quizá veamos al compañero que lo vio vivo por última vez, minutos antes de que una bala explosiva le llevara media cabeza junto al chalet de Le Clus. Antes de este viaje en el espacio, en este julio de 2011, lo hemos hecho en el tiempo, hemos visto cientos de fotografías, documentales de la época, consultado mapas y documentos oficiales, leído algunas novelas y biografías. Sabemos por qué estos españoles acabaron como acabaron. En cierta forma, nosotros también íbamos entre aquella multitud de miles y miles de españoles que cruzaron la frontera en el invierno del 39.

Entre Soumoulou y Tarbes paramos en un área de servicio que se llama “Les Pyrennées” y está dedicada al tour de Francia. Comemos algo y mientras Luis se tumba a descansar en una sombra, yo curioseo por el lugar y me fumo un par de cigarrillos mirando los Pirineos, primero los de verdad, hacia el sur, y luego una enorme maqueta de la impresionante barrera natural con los nombres de todos los picos. Hacemos unas fotografías y volvemos al coche. Estamos ya bastante tocados. Sólo nos quedan 180 kilómetros para Toulouse.