Nuestra primera etapa es de 800 kilómetros. Teníamos previsto salir a las seis de la mañana, pero por nuestra mala cabeza lo hemos hecho hora y media más tarde. Anoche, Conchita, la mujer de Luis, había quedado con sus hermanos y sobrinos para cenar y celebrar el comienzo del verano, y nos dieron las cuatro de la madrugada tomando copas, entretenidos en un bizantino y apasionado debate sobre el imperialismo lingüístico y la idoneidad de enviar a un chavalín de 14 años durante todo el curso a un internado en un pueblo medio perdido del Canadá para que perfeccione su expresión en lengua inglesa.
Con sólo dos horas de sueño y un café, metemos el equipaje en el coche y enfilamos la carretera de Burgos. Haremos turnos de dos horas al volante.
Cuando voy de copiloto me gusta seguir el mapa de carreteras, ver la ruta que llevamos, las ciudades y pueblos que quedan a mano. Veo las indicaciones para Riaza, San Esteban de Gormaz y El Burgo de Osma, y recuerdo el viaje de hace unos años por estas tierras del Duero, entre Burgos, Soria y La Rioja: Santo Domingo de Silos, Covarrubias, el cañón del río Lobos, y la cueva de un amigo en Quemada donde tomamos unas botellas de vino al mediodía. A la altura de Burgos recito aquellos versos del cantar en que Rodrigo Díaz entra en la ciudad, camino del destierro, con el añadido de Menéndez Pidal:
Mio Çid Roy Diaz por Burgos entróve,
en sue compaña sessaenta pendones.Exién lo veer mugieres e varones,
burgeses e burgesas por las finiestras sone,
plorando de los ojos, tanto avién el dolore.
De las sus bocas todos dizían una razone:
¡Dios, qué buen vasallo, si oviesse buen señore!
Y reconstruyo luego la escena con la niña en la posada, que todos los años comento con los alumnos de bachillerato. La vista de los viñedos me pone delante aquel vaso de bon vino que pedía Gonzalo de Berceo por el relato de sus milagros marianos y de sus hagiografías, aquellas “monótonas hileras / de chopos invernales, en donde nada brilla, / renglones como surcos en pardas sementeras” que evocaba Antonio Machado en su humilde homenaje a nuestro primer poeta de nombre conocido. Cruzamos la cuna de nuestra lengua literaria, a un paso de los escritorios donde anónimos monjes dejaban testimonio, entre líneas o en los márgenes, de las primeras expresiones y palabras en romance, en un latín que ya no era latín, sino esas nuevas lenguas, castellano, navarro-aragonés, ese román paladino, en qual suele el pueblo fablar con so vecino.
Después de repostar y desayunar me pongo al volante. A partir de una línea imaginaria, las indicaciones de tráfico son bilingües —Bilbo, Donostia, Iruña, Hondarribia, Biarritz, serbitzugune—; una de las lenguas más misteriosas y antiguas del planeta, cuyos primeros testimonios escritos copió también el anónimo traductor de las Glosas Emilianenses. Voy atento al tráfico intenso de la autovía, que discurre encajonada, sinuosa, por los valles. Recito mentalmente, no estoy seguro de recordarlos en su orden, algunos versos del conocido poema de Gabriel Aresti, que a veces hago leer a mis alumnos:
Otsoen kontra,
sikatearen kontra,
lukurreriaren kontra,
justiziaren kontra...
Tarareo luego durante un rato, sólo recuerdo los dos versos iniciales —Uso xuría errazu / nora joaiten zera su—, los líricos aires de una balada popular hecha por Ganbara. Me prometo mirar la letra en internet y añadirla a esta travesía del País Vasco. Aquí va la traducción:
Para ir a España
hay nieve en el puerto.
Hoy tienes refugio
en nuestra casa.
No me asusta la nieve
y menos la noche oscura.
Por mi amada pasaría
noches y días,
noches y días,
bosques y desiertos.
Hermoso país, los caseríos, los prados, los montes, los bosques de hayas. Luis bromea con los zulos y reímos la ocurrencia. Sea por la historia reciente o la más antigua, sea por la literatura, por los libros de Baroja y de Unamuno, sea por el cine, conocemos bastante de este país —le digo a Luis. ¿Les pasará a ellos lo mismo con los pueblos del sur?
No podemos, olvidar, desde luego, los zulos etarras en medio del bosque, los tiros en la nuca ni los atentados con coche bomba; está recién abierta la polémica por el gobierno de la coalición Bildu en el ayuntamiento de San Sebastián, o por la concesión a esta misma ciudad de la capitalidad cultural del año 2016, que las otras ciudades aspirantes —Zaragoza y Córdoba en especial— consideran una concesión política inaceptable.
No sé si el imaginario de los vascos sobre los andaluces es recíproco al de los andaluces sobre los vascos. Dejando aparte el problema del nacionalismo radical, no está de más preguntarse cuánto de vasco hay en nosotros. O por lo menos en mí. Hace tiempo escribí una entrada al propósito en El pisapapeles de Karlsbad, sobre la que vuelvo ahora.
Los vascos, como todo el mundo sabe, estaban aquí antes que ninguno de nosotros, y quizá por eso el elemento euskaldún está tan presente en nuestras vidas. Y en nuestra lengua española, pues baste decir que algunas de los rasgos identitarios del castellano frente a otras lenguas romances se deben precisamente al influjo del sustrato vasco: el sistema vocálico, la pérdida de la F- inicial latina, el betacismo y, quizá, la reducción de las sibilantes, aunque este fenómeno se produjo en fecha tardía.
En mi historia personal lo vasco tiene hilos que llegan hasta mediados de los cincuenta. Tirando de ese hilo, de esa cuerda —oh recreos de soka-tira—, podría decir que tuve una infancia vasca, aunque no pisé aquella tierra hasta los dieciséis. Antes de leer en el TBO las historietas de Josechu el vasco, decía sin titubear el apellido compuesto de mis primos del norte y había mirado en un mapa dónde caían los pueblos en que vivían, Escoriaza y Zumárraga; luego aprendí que de allí venían las palabras boina, agur, aizcolari y aquelarre; por las revistas de la Guardia Civil que mi padre coleccionaba, supe qué querían decir aquellas siglas, Euskadi ta askatasuna; y conocí en Córdoba a Juan Mari, un amigo de mi tío que, amenazado de muerte, había tenido que salir de su tierra con su mujer y sus hijos. Más tarde, en los labios de una entrañable bilbaína con la que tuve amores, sentí la dulzura con que se pronuncia aita. De niño había visto películas —costumbristas, dramáticas, heroicas— de marineros y pescadores vascongados, de traiciones y de amores entre caseríos, entre valles y bosques como no conocía en el sur; aprendí los nombres del roble y del haya, me emocioné con historias de pelotaris y de emigrantes que añoraban el cantábrico y el chacolí. Miré muchas veces fotografías de los viajes al norte de mi abuelo y de mi madre, que me habló por primera vez del aurresku y de la playa de la Concha, de la isla de Ízaro y de una playa nudista; y de un partido de fútbol en que Kubala le metió tres goles a la Real. En el blanco y negro de la televisión, nos estremecimos con los chasquidos del hacha al cortar los troncos, con los aúpa y los vamos a los levantadores de piedra y a los mozos de bueyes de arrastre; conocimos las glorias pasadas de Paulino Uzkudun, vibramos con los puños de hierro del morrosco de Cestona y nos aficionamos a los partidos de cesta punta y de pelota a mano. Cómo olvidar los ratos en el patio de los pabellones de la calle Altillo de Córdoba jugando al frontón con las pelotas gorila. Oh jai alai, oh tiempos de pelota y pantalón corto...
Van pasando a cámara rápida estas imágenes, igual que los kilómetros, hasta que nos damos cuenta de que hemos pasado otra línea imaginaria, porque los carteles y las indicaciones están en otra lengua. Son cerca de las tres. Estamos en la vieja región de Aquitania.
Uso xuría
Uso xuría


0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada