Café y cigarrillo en el patio de casa. Silban los mirlos. Se persiguen las golondrinas. Son las siete menos cuarto. Cielo gris de ir amaneciendo. Azulea por el oeste. Alborotan los gorriones. Por la calle aún dormida rueda el primer coche. Subo a despedirme de Mari, que se ha despertado y lee unas páginas de Robinson Crusoe. Me desea el mejor de los viajes. Nos damos un beso.
El bolso cruzado al pecho, la mochila a la espalda, la bolsa de viaje en una mano y el bastón en la otra. Bajo hasta el bar de Los Mellizos y me siento bajo la morera para tomar un café.
El autobús llega puntual. Subimos tres mujeres y dos hombres. No llegamos a la docena de viajeros. Ocupo el primer asiento. Al otro lado del pasillo, una mujer gitana, de poco más de veinte años, con su hija de meses en el regazo y un niño de cuatro o cinco años en el otro asiento. Dejamos atrás el Guadamora, el Guadalmez, el bosque de encinas. El autobús trepa hacia el puerto del Mochuelo. Al otro lado, el valle de Alcudia.
La mujer gitana lleva piercings, uno en el labio superior, junto a la comisura, el otro en la aleta de la nariz. Dorados brillos que juegan con el oro de dos enormes pendientes de aro y con su piel morena.
En Alcudia domina el amarillo de los pastos, roto por algunas encinas dispersas. Bajo el sol deslumbrante de la mañana pacen rebaños de vacas, las cigüeñas picotean su desayuno. Bajando el puerto Pulido, se ven a lo lejos, en la neblina, las chimeneas, las columnas de humo blanco y los brillos metálicos del complejo petroquímico de Puertollano. La tierra es roja. A los lados de la carretera, algunas encinas jóvenes, olivos, álamos, retamas y rincones de verdor en los chalets, parcelas con la mies cosechada, otras en barbecho.
La mujer gitana baja en la estación de Puertollano. Como lleva en brazos a la pequeña, bajo y le saco dos bolsas del maletero. Me da las gracias con una sonrisa y es entonces cuando descubro sus preciosos ojos verdes.
El autobús cruza ahora los Campos de Calatrava: Argamasilla, Calzada, Tirteafuera, Cañada, Carrión... Veo una indicación para el aeropuerto y le pregunto al chófer a cuánto queda, me señala a la derecha la torre de control.
La pregunta ha sido el detonante de un monólogo:
—Eso no tiene nombre. A un pastor de por aquí le dicen que en Puertollano hay una estación del AVE, otra en Ciudad Real y un aeropuerto en medio, y no le queda otra que decir que eso es de gilipollas. En ocho meses que paso por aquí, sólo he visto aterrizar 3 aviones; uno era la avioneta del alemán de La Garganta. ¡Vaya disparate! Claro, que entre col y col, hay quien se lleva los nabos calentitos. Este país no tiene arreglo...
Y el trazado del AVE lo hicieron mal desde el principio, tenía que haber pasado entre Villanueva y Conquista, que es lo más derecho. ¿Y tú crees que van a hacer la estación de Villanueva? Esa la vas a ver cuando las ranas bailen sevillanas y tengan pelo en el sobaco. Otro disparate. Es que hay mucho sinvergüenza por ahí metido, y les da igual que los pillen o no. Para ellos todo son derechos y derechos, ¡venga derechos!, y luego vienen jueces y abogados que quitan autoridad a la policía y no castigan los delitos como se debe... ¡A pico y pala con carretilla, y agua con cebolla una vez al día! ¡Y con cadenas en los pies! Desde los 8 de la mañana, a hacer carreteras, vías para los trenes, a limpiar cunetas, y verás cómo se le quitan las ganas de meter la mano...
—Hombre, ni tanto, ni tan calvo —media la señora de unos setenta años que iba dos asientos detrás.
—Antes, todos calvos —replica el chófer—, ahora todos con el pelo largo, con derechos y derechos y venga derechos, así que la policía tiene que mirar a otro lado...
La señora se integra con plenos poderes en la conversación y va saliendo entre anécdotas y confesiones personales todo un memorial: los robos de cable en las instalaciones rurales, tirones en la calle, los trajes de Camps y el despacho de Juan Guerra, Julián Muñoz y la Pantoja, las Tres Mil Viviendas de Sevilla, el barrio de los vikingos en Córdoba, asaltos a bancos y joyerías, timos con las tarjetas de crédito, las rumanas mendicantes...
La señora cuenta también que está operada de las piernas, que tiene un hijo psicólogo al que una vez secuestraron para robarle el coche, que tuvo que cambiarse de barrio porque metieron en su bloque a dos familias de gitanos que acabaron tiroteándose, el caso de un policía conocido suyo al que suspendieron unos cuantos meses de empleo y sueldo por haber respondido con una guantada al insulto de un tironero al que acababa de detener...
El autobús se desvía de la carretera a la altura de Fuente El Fresno. Salvado por la campana. Paramos media hora en el restaurante La Granja: un refresco, un plato de aceitunas y un par de cigarrillos. Estamos a 157 kilómetros de Madrid. Cuando subimos de nuevo al autobús me hago el dormido. La señora operada de las piernas se ha sentado junto a otra que subió en Torrecampo e hilan conversación...
Con los ojos cerrados tras las gafas de sol viajo a julio del 72. Tengo 16 años. Con mi mejor amigo de aquellos días hago mi primer viaje a Francia. Un viaje que se fragua con la mentira que hube de tramarle a mis padres: una beca como monitor en un campamento para estudiantes en Rennes, en la Bretaña; sólo necesitaría dinero para el viaje de ida y los primeros días. Todavía no sé —siendo tan mal mentiroso como lo sigo siendo ahora— cómo mis padres encajaron la patraña. Era además la primera vez que viajaba sin ellos. Habíamos metido por medio a una de nuestras profesoras del instituto, como encargada del papeleo; incluso enseñé a mis padres un folleto sobre la supuesta residencia estudiantil.
Pero nuestro destino estaba lejos de Rennes, bastante más al sur, muy cerca de los Pirineos, en Pau. Allí vivía Christian, un muchacho de rasgos orientales que había aparecido durante el curso por nuestro instituto, al que mi amigo había decidido visitar durante el verano. Cristian era hijo de un oficial del ejército francés y de una mujer indochina. Vivía en Pau con su abuelo. Mi amigo llevaba su número de teléfono. Llegamos a Pau a media tarde, casi 24 horas después de habernos despedido de nuestros amigos en la estación de Córdoba. Lo primero que hicimos fue marcar aquel número y explicar en nuestro mal francés quiénes éramos y qué queríamos. Christian estaba de vacaciones a la orilla del mar, no volvería hasta agosto.
Confusión, perplejidad, abatimiento, ofuscación, desconcierto. ¿Qué íbamos a hacer? Después de un café deliberatorio decidimos quedarnos, encontrar una pensión y buscar trabajo. Encontramos alojamiento en las afueras de Pau, en casa de unos refugiados vascos de la guerra civil que sin duda se apiadaron de nuestra bisoñez y supieron darnos la calidez y la sonrisa que necesitábamos en aquellos momentos de desvalimiento y consternación.
El día siguiente lo dedicamos a buscar trabajo en gasolineras, bares, restaurantes y comercios de todo tipo. En un lavadero de coches había trabajo para uno, pero cuando nos pidieron la carta de trabajo las ilusiones rodaron a nuestros pies. Fuimos al centro de la ciudad, con indicaciones de unos y otros conseguimos una entrevista en un despacho de la alcaldía y expusimos nuestra situación. Para conseguir la carta de trabajo deberíamos haber traído desde España unos papeles que por supuesto no llevábamos porque, según el plan de mi amigo, íbamos a pasar el mes en casa de Christian.
La aventura francesa no podía haber ido peor. Al día siguiente, muy temprano, nos despedimos del matrimonio de refugiados y volvimos en tren a Irún. Mi amigo decidió sacar billete para Barcelona, donde tenía familia, y buscar allí trabajo o en algún hotel de la Costa Brava. Yo estaba ya bastante abatido como para probar fortuna de nuevo. Agoté el dinero que me quedaba con el billete hasta Córdoba y con un telegrama a mi familia diciéndoles que volvía. Durante el viaje de regreso tuve tiempo suficiente para pergeñar la última mentira. En ella, claro está, yo era la víctima de una confusión, y los franceses de Rennes quedaron ante mis padres como unos chapuceros al no avisarme de que mi plaza como monitor de actividades deportivas ya había sido ocupada.
Pasé el resto de aquel verano con mis padres en Pozoblanco, solo, amohinado y huraño, sin ganas de hablar, rumiando aquella experiencia. Éramos jóvenes, ingenuos e indocumentados. Y así salió el viaje.
Hoy es 1 de julio de 2011, he cumplido ya los 55, estoy con los indignados—no deja de ser una ingenuidad en estos menguados tiempos de feroces mercados—, y voy bien documentado sobre el maquis de Glières. Espero no volver con el mismo ánimo derrotado de aquel julio del 72.
En Madrid, con la maleta preparada, me espera Luis, mi compañero en este viaje tras los pasos de Florián.


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