miércoles 10 de agosto de 2011

Resistentes / Indignados

Interrumpo el relato de nuestra andanza savoyana, pero no el motivo principal del viaje. De resistencia trataré aquí, de resistencia a la ocupación nazi de Francia. Y de resistencia a la transformación de los países en meros productos financieros que a diario salen a la bolsa internacional para que los ricos hagan sus apuestas y se enriquezcan aún más.
Acabo de leer ¡Indignaos!, el librito de Stéphane Hessel con prólogo de José Luis Sampedro. El autor de Congreso en Estocolmo es uno de los viejos de nuestra tribu, y como tal, uno de los hombres sabios a los que hay que escuchar, lo mismo que a Stéphane Hessel, un veterano resistente de 93 años, altavoz y alentador de la indignación – la resistance de nuestros días— contra la omnímoda tiranía del dinero. No he salido más indignado de lo que lo estaba anoche o hace un mes, aunque sí oblicuamente mosqueado por que a los franceses este “alegato contra la indiferencia y a favor de la insurrección pacífica” les cueste 2 euros menos que a nosotros. Cinco aquí, tres allí. Todo hay que decirlo.
            Stéphane Hessel nació en Berlín en 1917. Sus padres, judíos, y escritores, se trasladan a París en 1924. En 1937 adquiere la nacionalidad francesa y es movilizado cuando comienza la 2GM. Muy pronto milita en el bando de la Francia Libre del general De Gaulle y huye a Londres, donde trabaja en el contraespionaje. De vuelta a París se integra en la Resistance y es detenido por la Gestapo, que lo envía a Buchenwald. Tras evitar ser ahorcado suplantando el nombre de un muerto, es trasladado al campo de Rottleberode, del que consigue huir. Detenido nuevamente, lo transfieren al campo de Dora, de donde vuelve a huir, esta vez con suerte, logrando regresar a París. Acabada la guerra, entra en el cuerpo diplomático y consigue un puesto de secretario en la ONU, donde forma parte de la comisión encargada de elaborar la Declaración Universal de los Derechos Humanos, asumida por el organismo internacional el 10 de diciembre de 1948. Más tarde militó por la independencia de Argelia, actuó como embajador de Francia ante Naciones Unidas en Ginebra y se alistó en el partido socialista francés en apoyo de Miterrand. Desde 2002 ha visitado varias veces la franja de Gaza y dejado testimonio de su solidaridad con los palestinos ocupados.
Han cambiado las circunstancias concretas y el modo de enfrentarse a ellas —qué otra salida que el sabotaje, la dinamita y las armas le quedaba a un francés decente, a un español republicano, ante los soldados del nazismo, del fascismo, del franquismo; ¿y a un palestino de Gaza?—; el enemigo se ha disfrazado de ejecutivo, y bajo ese disfraz persigue el mismo objetivo: someter a un país; despreciar, renegar, marginar al distinto; minimizar costes y multiplicar ganancias; idiotizar a los idiotizables; controlar las comidas, el ocio, la información, las vacaciones de los contribuyentes; recortar derechos laborales, civiles, universales; alargar la vida productiva, consumista, del ciudadano; inculcar a los niños que si no son competitivos —el number one—conocerán la miseria y los piojos. Pero no ha cambiado la meta: hacerse los más poderosos, los más ricos: crecer, expandirse y ser los amos: la dictadura del dinero. Los pobres son una lacra —a quién le interesa Somalia—, hay que deshacerse de ellos, piensan los nuevos tiranos; los nuestros son los que ganan algo de dinero con su trabajo —los pobres no trabajan, sólo son pobres—; busquemos y engatusemos: atontémoslos, acojonémoslos con su trabajo y con su salario, con nuestras leyes y ordenanzas; con sus hipotecas, con su salud, con su vejez y su jubilación: hagamos que vengan a nuestras manos, a nuestros bancos y a nuestros centros comerciales, a nuestros medios de comunicación: si  no consumes, no existes: ese es el oráculo de nuestro dios: la única ley que reconocemos.
No seamos violentos contra esa tiranía, aconsejan los dos viejos sabios de la tribu: la violencia engendra más violencia. Su razón —sus razones— tienen: echémosle un par, nos alientan a la rebelión pacífica estos dos viejos resistentes: obliguémosles a dialogar, a que escuchen otras voces que no sean las que obedecen y les vienen desde arriba, sino desde abajo, desde la calle; digámosles sin tapujos que no seremos los soldados de sus guerras; que no callaremos ante el jefe que nos pide más horas y menos salario; ante el comerciante avariento que nos engaña; ante el concejal que sólo busca beneficio y medro personal; ante el político corrupto y arbitrario, si no disparatado, que despilfarra el dinero público en disparates — ¿en pesadillas?— personales; ante el locutor estrella, o locutora, que solo busca atraparnos en la vida y la mierda de los ricos; ante el banquero que impune —con desvergüenza, como un sinvergüenza— engorda la hucha —el cerdo— de sus hijos y allegados en un paraíso fiscal. Digamos NO a su democracia y expliquémosles que otra democracia —otra sociedad— es posible. No tan cara como nos la están haciendo pagar. Ni tan injusta. Ni tan insolidaria. Ni tan olvidadiza.
Así he entendido el manifiesto Hessel-Sampedro: indignarse es ser consciente del engaño, de la dictadura del dinero, de que nos quieren atrapar en su red. Romper la tela de araña depende del esfuerzo, de la consciencia y de la indignación colectiva. Plantarle cara a la gran araña del dinero. De eso se trata: todos a la vez y cada uno en su sitio.
Lo curioso de este alegato de Hessel es que no es cosa de meses, sino que tiene sus raíces en el programa del Consejo Nacional de la Resistencia que adoptó la Francia Libre en marzo de 1944, un programa que incluía reivindicaciones, innegociables, incuestionables,  como el establecimiento de una Seguridad Social que garantizara la subsistencia de los parados, una jubilación digna, la nacionalización de la electricidad, el gas, las minas de carbón, los grandes bancos y las compañías de seguros, la enseñanza gratuita y la libertad e independencia de la prensa. Se trataba, como hoy reivindicamos los indignados, de primar el interés común sobre el individual, de liberarse del feudalismo económico y de logar un reparto justo de la riqueza.
Vuelvo ahora a nuestro viaje en busca de otro viejo resistente, de nuestro Florián. La segunda tarde en la Alta Savoya, tras todo un día de senderismo histórico por la región, bajamos al caer la tarde al pâquier de Annecy, una enorme llanada cubierta de césped junto al lago. Se iba la luz y desde el imponente Parmelán bajaba el aire más que fresco. Nos llamó la atención un grupo de unas doce personas sentadas en círculo sobre la hierba: la voz metálica que salía desde un altavoz pedía un coordinador, alguien que se ocupara de convocar las reuniones y de tomar acta. Eran les indignés. Firmamos en su libro de visitas —No hay pan para tanto chorizo—y una profesora de un liceo de la ciudad nos discurseó: el turismo en Annecy no podía ocultar la realidad, debíamos ser conscientes de que en esta Venecia de los Alpes había inmigración marginada, jóvenes desocupados y estudiantes sin futuro profesional digno, mayores bajo mínimos a los que ni siquiera les sobraba para tabaco.
Lo que ignoraba ese anochecer en Annecy es que allá arriba, en el plateau de Glières, en esa meseta a mil quinientos metros de altitud donde transcurrieron los últimos días de Florián y sus compañeros, en ese lugar de la memoria histórica donde se erige el monumento  realizado por el escultor Gilioli, en esa altura donde todos los años se conmemora el espíritu de la Resistencia, fue donde Hessel, el 17 de mayo de 2009, improvisó el discurso que dio origen al librito que acabo de leer esta tarde.
Las líneas convergen: el espíritu de Glières sigue vivo: resistentes/indignados mantienen el mismo espíritu de resistencia, de indignación.


Ilustración de arriba tomada de la portada del libro ¡Indignaos!, Editorial Destino, Barcelona 2011. © Fotosearch


1 comentarios:

Gustavo D. G. dijo...

También ha sido este libro una de mis lecturas veraniegas, para mí es un libro breve e inspirador.

Un saludo.