En el cuaderno de viaje, entresacadas algunas de internet, llevaba estas breves apuntaciones sobre Toulouse:
Gobierno republicano en el exilio. Más de 100.000 refugiados. 4, rue de Belfort: local de la CNT. Barrio magrebí: Arnaud-Bernard. Negro: Saint-Cyprien. Tombeau de Tomás de Aquino: convento de los Jacobinos. Aeronáutica, telecomunicaciones y medicina (Cancéropôle). Museo de la Resistencia y la Deportación. 2 de julio (10,00 a 19,00 h.) Réfectoire des Jacobins, por la calle Lakanal, exposición: “Toulouse, capital del exilio republicano español”. Pierre de Fermat; Ausonio. Rue Paul Vidal.
Sobre las conjeturas de Fermat había leído meses antes unas páginas de Marcus du Sautoy en La música de los números primos, un libro que me aclaró algunas ideas sobre esos misteriosos números a pesar de mi nula formación matemática. Este Pierre de Fermat, contemporáneo de Descartes, era jurista y aficionado a las matemáticas. En 1637, en el margen de un ejemplar de la Arithmetica de Diofanto, enunció un teorema —no existe una tríada de números enteros y positivos x, y, z, tales que siendo n también un número entero y positivo mayor que 2, se verifique la relación xn + yn = zn— y la siguiente explicación: “He descubierto para el hecho una demostración excelente. Pero este margen es demasiado pequeño para que quepa en él.” Nunca se encontró la demostración entre sus papeles, y la búsqueda de la solución a la conjetura mantuvo en vilo a varias generaciones de matemáticos, hasta que Andrews Wiles anunció su demostración en una conferencia pronunciada en Cambrigde en junio de 1993.
Pero si el último teorema de Fermat nos parece una abstracción, pura metafísica matemática, si se me permite la expresión, más cerca de nuestra vida está otro de sus descubrimientos sobre los números primos, cuyo desarrollo a partir de 1970 permitió cifrar los códigos de seguridad de nuestras tarjetas de crédito: “Los números primos son la llave del cerrojo que protege los secretos electrónicos del mundo”, escribe al respecto Marcus du Sautoy. En la gasolinera donde paramos a repostar, en el supermercado, en el cajero automático, en el hotel, en la librería, en el restaurante: cada vez que usamos nuestra tarjeta de crédito, este Pierre de Fermat, un francés sureño y algo socarrón, nos saluda y da la bienvenida al mundo de estos enigmáticos números.
(A este libro me había llevado otro de título parecido, La soledad de los números primos, una novela del italiano Paolo Giordano, que cuenta la dramática historia de Mattia y Alice, dos personajes que desde su infancia se han comportado como números primos gemelos, que son aquellos números primos seguidos entre los cuales solo hay un número par, por ejemplo, el 11 y el 13, y pasan su vida “solos y perdidos, juntos pero no lo bastante para tocarse de verdad”.)
Otro de los nombres anotado en el cuaderno hacía referencia a Décimo Magno Ausonio, escritor romano cristiano del siglo IV d. C. Burdigalense de nacimiento, Ausonio estudió en Toulouse, donde aprendió gramática y retórica. Fue además prefecto en África y la Galia y cónsul en Roma. Escritor polifacético, de poco le sirvieron sus tratados y misceláneas, porque sólo ha pasado a la historia de la literatura como poeta, sobre todo, como autor del poema De rosis nascentibus, donde formula el tópico del aprovecha la juventud, tema universal cultivado por cuanto poeta haya en el mundo:
“Collige, virgo, rosas dum flos novus et nova pubes,
et memor esto aevum sic properare tuum.”
Pero Toulouse no es solamente ese batiburrillo de imágenes del pasado, números y rosas —oh, pizarras escolares de incógnitas y algoritmos, oh tardes de latín en el instituto, oh flores de la adolescencia— que a uno se le viene cuando se acerca a la ciudad. Toulouse era desde hacía unos meses la ciudad de Inés y de Galán, de Montse, del Zurdo, del Bocas y de Comprendes, la ciudad donde se reúnen y reemprenden sus vidas los republicanos españoles, donde acuden Jesús Monzón, Dolores Ibárruri o Santiago Carrillo, donde la UNE prepara el asalto al valle de Arán. Toulouse, capital del exilio español, la ciudad de Inés y la alegría.
Toulouse era también la ciudad donde Irene Campos, aquella paisana que viajaba en autobús desde Granada, aquella mujer que había vuelto al pueblo para acabar unos bordados, había pasado más de sesenta años cortando las puntas, haciendo permanentes y cardados en su casa peluquería de la calle Paul Vidal, junto a la plaza de San Jorge.
A las siete de la tarde, registrados en el hotel y con el equipaje sin hacer, ya estábamos en la estación de metro de Le Mirail para ir al centro. Sábado por la tarde, el primer fin de semana de julio: todos los tolosanos en la calle. Paseando sin norte ni sur, aparecemos en la plaza Wilson y nos sentamos a tomar una cerveza en la terraza de Le Cardinal. Molidos por el viaje, apenas hablamos, bebemos cerveza, devoramos los panchitos adjuntos y miramos la animación circundante. Muchos pasan con las bolsas rojas de las cercanas galerías Lafayette, que están de rebajas. Magrebíes, negros africanos y coloniales, orientales, blancos, de todas las edades, razas, acentos y vestimentas. Ciudad aluvión, cosmopolita, metrópoli internacional, Toulouse bulle de vida y actividad en el atardecer del verano, pero las pocas horas de sueño y los muchos kilómetros al volante pesan y volvemos pronto al hotel. El último tramo de escalera para salir del metro nos da la puntilla. ¡Qué dura es la vida del turista!


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