Es ésta la primera vez que me aventuro con la biografía de un personaje real. Cuando empecé, sólo tenía un nombre, unas fechas y una batalla perdida en el plateau de Glières, al nordeste de Francia. Ahora —finales del verano de 2011—, dispongo de datos históricos precisos subrayados en libros y artículos, de fotografías y documentos personales, de testimonios y recuerdos de personas que conocieron a Florián, como Ángel Gómez, Madriles, que estuvo junto a él cinco minutos antes de que le volaran la cabeza; como madame García, una campesina francesa de 90 años, que nos habló de les espagnols que se escondían en su granja del camino de la Louvatière... O como Sabina y Rosa Dolores, hermanas de Cándida, a las que he conocido este verano.
Bajando hacia Córdoba, recién dejado atrás el puerto de Villaharta, sale por la derecha la A-3075 subiendo y bajando cerros, bien asfaltada y señalizada, pero cuyos tramos rectos no alcanzan los 50 metros, por un espeso bosque de encinas con las que poco a poco, según nos internamos en la sierra, se van entremetiendo pinos, alcornoques, coscojas y olivares entre los que se sobreviven algunos viñedos. Zona virgen, patrimonio del águila imperial.Tenía que probar suerte en Villaviciosa. En mi última visita a su casa, Toribia me dijo que de allí era la mujer de su tío Florián. Después del viaje a Annecy me decidí. Nunca había estado en este pueblo agazapado en la sierra de los Santos, a unos cincuenta kilómetros de Córdoba por carretera, y a pocos más, en línea recta, del embalse del Bembézar, uno de los paraísos de mi infancia cuartelera. Tierra de bandoleros, como llama todavía mi madre a los republicanos que se echaron al monte.
A las once menos cinco llamé a la puerta del juzgado, donde la única empleada mantenía una conversación por teléfono. Cuando colgó, ya habían pasado las once, de manera que no me pudo atender: Vuelva usted mañana.
Mejor suerte tuve con R, la mujer que me atendió en la oficina municipal: después de escuchar el motivo de mi visita se puso al ordenador y en menos de cinco minutos me dio referencias de una Cándida nacida en 1917: nombre de los padres y abuelos, día y hora del nacimiento, y el teléfono y la dirección de una de sus hermanas: Sabina, la del Barrialto.
Después de dos visitas a Sabina y de varias conversaciones telefónicas con su hermana Rosa Dolores, que vive en Vélez-Málaga, he de retractarme en algunas suposiciones y aclarar los interrogantes planteados en Tres imágenes del buen soldado sobre el casamiento de Florián y Cándida. Qué atrevida es la ignorancia: ni en Torrecampo; ni en Villaviciosa; ni en Córdoba; ni en la primavera de 1933. Florián y Cándida se conocieron lejos de donde nacieron y se casaron en plena guerra civil.
*
El 19 de julio de 1.936, el diario La Verdad de Murcia informa del fracaso de la rebelión franquista en la capital y en Cartagena. En Lorca hay un levantamiento popular contra los rebeldes: los vecinos, algunos con escopetas de caza, otros con palos y aperos de labranza, se dirigen al cuartel de la guardia civil, que apoya el golpe, se niega a dar armas al pueblo y se atrinchera en el edificio. Mientras se mantiene el cerco al cuartel, grupos de anarquistas y socialistas detienen a miembros principales de los partidos y organizaciones de derechas. Se incendian varios edificios eclesiásticos y son fusiladas 38 personas. La mayoría de la población lorquina está con la República y en pocos meses la ciudad acoge a miles de refugiados. Muchos, huidos de las masacres de Málaga y Almería.
Las organizaciones de izquierdas —Mujeres Antifascistas, Amigos de la URSS, Socorro Rojo, Federación de Trabajadores de la Enseñanza, Casas del Pueblo, Juventudes Socialistas, Ateneos Libertarios— improvisan lugares de acogida y hospitales de sangre. Uno de ellos, atendido por religiosas que ahora ejercen de enfermeras, está en el convento de San Francisco; otro, en la Escuela Popular de Artillería.
A finales de agosto de 1.936 llega a Lorca con los suyos Pedro Romero, un jornalero vecino de Villaviciosa de Córdoba. Son ocho de familia, el matrimonio, cinco muchachas y un niño de 5 años. El Comité de Refugiados les asigna dos habitaciones en la parte baja del convento, una para los padres y el benjamín, y otra para las hermanas. Unos meses después, la familia se traslada a las dependencias de servicio de una casa-palacio —probablemente el palacio de los Guevara—, donde Pedro Romero trabaja como guardés. Para entonces, las dos hijas mayores, Cándida, que acaba de cumplir los 20, e Isidora, de 17, ya han conocido a dos militares. Uno de ellos es oficial en la Escuela Militar de Paterna:
—No sé si llegó a casarse por lo civil con Isidora; no lo recuerdo, porque yo entonces tenía ocho años y con tantas fatigas como pasamos allí a una se le olvidan cosas — nos contaba Sabina este verano en su casa del Barrio Alto. Pero al pobre lo mataron en la guerra a los pocos meses. Qué pena de mi Isidora. Ella también murió muy joven, después de la guerra.
El otro militar era Florián, un soldado raso de la Escuela Popular de Artillería establecida en el cuartel Sáncho Dávila:
—Una bellísima persona —es ahora Rosa Dolores, la cuarta de las hijas de Pedro Romero, quien recuerda al otro lado del teléfono—. Era un hombre tirando a feo, pero muy simpático y gracioso. Cuando hacían paella en el cuartel, avisaba a mi Cándida y todas comíamos bien ese día. A mí me decía: “¡Rosita, qué guapa eres; la más bonita de todas las mujeres!”. Nos ayudó muchísimo, era un buen hombre, una bellísima persona, puede usted escribirlo con todas las letras del alfabeto.
A Rosa Dolores le tiembla la voz. Adivino sus lágrimas al otro lado del teléfono, pero enseguida se repone y quiere seguir contándome de aquellos días:
—Pregunte, pregunte usted.


2 comentarios:
Intento buscar las otras historias de resistencia, pero no me lo permite Internet. Me conmueven tantas vidas rotas. A partir de ahora seguiré de forma más disciplinada tus entradas.
Si pinchas la etiqueta correspondiente y no aparecen las entradas, debe ser problema de tu ordenador.
Publicar un comentario en la entrada