Me ponen triste las parejas que cuentan sus vacaciones —resort clase media, mosquitos incluidos— a cuarenta grados en la noche de su barrio,
los viejos encerrados en cuchitriles con un ventilador y la caja —desayuno, merienda, cena— de las medicinas en la mesa,
los marido y mujer mes a mes encanecidos al ritmo de hipotecas para una celda en colmena,
ese olor a fritanga de ciertos bares y tabernas que se pega a la piel y no te abandona en el sueño ni en las pesadillas.
Me ponen triste las huestes en manada por la judería y el patio de los naranjos,
las sotanas vigilantes y los cantos jubilosos del Resucitó —jornada mundial de la católica juventud— alrededor de la gran mezquita,
las mercerías cerradas por defunción,
las altas sierras cercadas, cerradas, de los privilegiados,
el aire senil de aquel compañero de estudios,
la facilidad con que se emborrachan los vencidos,
los viejos drogadictos que descargan camiones de fruta por una vivienda social y veinte cervezas al día,
los colegas que naufragaron —unos por arriba, otros por abajo— en la libertad de los setenta y los ochenta,
los prejubilados en camiseta del club de fútbol de su barrio que solitarios –beodos de gazpacho, cerveza y manchas— con mala leche rezuman en la barra del bar, en el comedor de su casa, violentas proclamas contra el quince eme y quienes no esperan la dictadura que solucione todos sus males presentes, pasados y venideros.
Me ponen triste las mujeres separadas, abandonadas, que no saben qué hacer de sus noches ahora con dos hijos y el mal amor tatuado en el rictus de su boca,
los vendedores de seguros,
los niños que engordan de pura soledad y plei esteision,
las adolescentes que se enamoran del muchacho —ya se le ven las maneras—equivocado.
Me ponen triste los perros abandonados que se van detrás de cualquiera que los mire con compasión,
los gatos que una tarde se nos van y aparecen ahogados en el pozo de un vecino,
los poetas que riman nómina con alondra, hoy con mañana, con siempre y con ayer,
tanta puta buena intención en la boca y en el traje con polilla del político de labia sin vergüenza que abomina de la idea e idolatra al único y trino — dinero, dinero, dinero–, su único dios.
Me pone triste esta Córdoba ardiente de silencios en la tarde de agosto, esta ciudad de paso penitente que bebe vino y nostalgia en las tabernas, esta ciudad de calles en encrucijada y altivos arcángeles que mudos contemplan las doradas sierras, el excelso muro, las gloriosas plumas, los templados aceros del ayer que el viejo Guadalquivir arrastra hacia el todo y la nada del mar y del olvido.


1 comentarios:
Pero seguimos vivos, y vemos también la otra cara de la moneda. No podemos arrastrar por mucho tiempo tanta tristeza
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