lunes 10 de octubre de 2011

Vicisitudes de un biógrafo aficionado





La semana pasada le escribí una carta a MTH, viuda de Florián hijo, explicándole mi interés por hablar con ella. Anoche  la llamé por teléfono a su casa en Cornellà de Llobregat. Tiene 63 años, nació en Vélez-Málaga y emigró a Cataluña siendo una adolescente, aunque no ha perdido el acento velezño.  Lamentaba poder darme poca información. Me habló de unas cartas y una fotografía que su difunto marido recibió de su madre, Cándida. Las cartas apenas se podían leer ya y estaban casi rotas por los pliegues. Su marido se las enseñó alguna vez, igual que la fotografía.
—Mira, éste es mi padre... Y fíjate en estas cartas, cómo quería a mi madre y nos echaba de menos y quería saber cosas de mí. Qué pena de mi padre, cómo me hubiera gustado conocerlo.
¿Qué pasó con aquellas cartas?  ¿Cuándo y desde dónde las escribió? La señora M. ha estado buscándolas desde que recibió la mía, y asegura que me las enviará si las encuentra. El problema es que no sabe si existen aún o desaparecieron durante la mudanza a su nuevo piso. Ojalá los duendes de la historia la ayuden a encontrarlas, porque además de las cartas y la fotografía, quiere recordar que había también algún documento. Habló también de otra pérdida, ésta definitiva: cuando Cándida trabajaba en Málaga, un descuidero le robó a la entrada de un cine la cartera en la que llevaba unas fotos de su marido. El azar parece empeñado en borrar las huellas materiales de Florián. Pero no el recuerdo de su carácter:
—Mi marido era un hombre generoso y ayudaba a todo el que podía —le confesó Cándida a M. más de una vez—, se quitaba la ropa y la daba. Hacía cualquier cosa por los demás. Habrá hombres iguales, pero mejores, no.
La vida de Cándida fue dura en los primeros años de la posguerra. Viuda de un soldado republicano enrolado en la resistencia francesa, ni aquí ni allí recibió ayuda. Después de unos meses en el pueblo para amamantar a su hijo, trabajó de criada en Córdoba y luego en Málaga, hasta que marchó a Barcelona. Fue entonces cuando Florián hijo, criado hasta los catorce años por su abuela y sus tías en Villaviciosa, marchó también a Barcelona. Allí rehicieron su vida los dos. Cándida volvió a casarse, y Florián hijo encontró trabajo como encargado de mantenimiento en el hospital San Juan de Dios. Luego conoció a MTH, se casaron y tuvieron cinco hijos.
Hasta ahora, he hablado con cuatro personas que conocieron a nuestro Florián: Ángel Gómez, compañero en el exilio y en el maquis, la señora Jean García, Sabina y Rosa Dolores, sus tías de Villaviciosa.  Excepto madame García, que guarda un recuerdo difuso —Florián era uno más de les espagnols que a veces se escondían en su casa—, Ángel Gómez, Sabina y Rosa Dolores tienen imágenes concretas de Florián, aunque no todo lo precisas en fechas y lugares que el biógrafo desearía. No quiere uno pecar de inventor en la biografía del personaje y por eso desespera ante algunos agujeros negros: nada sabe de sus años de infancia y adolescencia en el pueblo, de los años que van desde su ingreso en el ejército hasta su salida a Francia. A la vista de la documentación encontrada y de los testimonios recogidos, puede uno suponer, pero el biógrafo aficionado que lleva dentro busca el dato exacto, objetivo, incuestionable, y es ahí donde desaparece la concreción del personaje: un hombre entre la multitud de españoles durante la sombra negra de la guerra y el exilio, un soldado entre miles de soldados, uno más entre los miles de jóvenes maridos que deben separarse de sus mujeres y de sus hijos, de sus padres y de sus hermanos, uno de los 56 españoles que subió al plateau de Glières, un paisano más de los miles que desaparecen para siempre de su pueblo.
Qué rabia de guerra, de fascismo, de nazismo. De olvido.