miércoles, 2 de septiembre de 2015

Casiopea




KASSIÉPEIA

         Paseábamos por la carretera de Villanueva a la luz de la luna. Un paseo tonificante después de las cervezas del mediodía y una tarde pesarosa. Alumbraba de más la luna y se veían pocas estrellas. A la vuelta, después de localizarla, señalé con el índice y pregunté a L y a J si conocían la historia de Casiopea. Ninguno de los dos. De buena gana se la hubiera contado, pero ya digo que iba uno con el estrago de los cuatro tubos y una siesta sin reconforte. Dos horas después, aquí me tenéis. De madrugada y con estrellas.
         La bella Casiopea aún vive. Ahí está en el cielo, eme mayúscula unas veces, otras uve doble, seis meses cabeza arriba, otros seis cabeza abajo. Y así mientras duren los tiempos.
         La leyenda más común hace a Casiopea hija de Árabo, que dio nombre al reino de Arabia, esposa del rey etíope Cefeo, y madre de la hermosa Andrómeda. Casiopea se mostraba orgullosa de su propia belleza y de la de su hija y en algún corrillo cortesano dejó caer que superaban en hermosura a la Nereidas, las protegidas de Posidón, señor de las aguas; más bellas incluso que la mismísima Hera, hermana y legítima esposa de Zeus.    
       Envanecimiento intolerable. Las diosas piden castigo a este exceso de arrogancia. Ningún mortal es igualable siquiera a un inmortal. Casiopea ha de pagar su atrevimiento.
         Y Poseidón envía a las costas etíopes a Ceto, un terrible monstruo cetáceo —¿una orca asesina?— que arrasa el reino de Cefeo y Casiopea. Viendo la devastación de sus dominios, los reyes acuden al oráculo de Amón.
         En este punto, el relato se interrumpe, la trama se complica, la leyenda se enriquece. La bella Andrómeda, heredera de Etiopía, estaba en edad de merecer, tenía pretendientes, y sus padres sopesaban las ventajas de unos y otros. Aceptarían como yerno al príncipe Agénor, tío carnal de Andrómeda por parte de padre, pero preferían a uno de los hijos del tío Agénor, bien Fénix, el mayor, bien Fineo, el más pequeño de los primos. En estos casorios y tratos nupciales andaba la familia real etíope cuando Casiopea se subió a la parra de su hermosura y provocó la llegada de Ceto, que devoraba hombres y ganados sin piedad.
         El sacrificio sugerido por el oráculo se veía venir: ofrecer a la hermosa Andrómeda a las fauces de Ceto. El rey y la reina maldijeron su destino y lamentaron el de su hija, en vano desgarraron sus ricas vestiduras y llenaron de ceniza sus cabellos, en vano imploraron a los dioses rasgando el cielo con sus lamentos. No les quedó otra que la amarga ofrenda. Desnuda y encadenada a una roca junto al mar, Cefeo y Casiopea ofrecieron a su hermosa hija Andrómeda. Así la encontró el esforzado Perseo, que pasaba por Etiopía tras degollar a la Medusa, con cuya mágica y temible cabeza viajaba.
         Perseo enseguida se prendó de Andrómeda. La liberó de sus cadenas y la pidió en matrimonio a los reyes. Se libró luego del monstruo haciéndolo mirar a los ojos de Medusa: Ceto se convirtió en piedra, en coral, al decir de algunos.
         Cuentan otros que antes de la boda exprés hubo un complot, y que el tío Fineo se presentó en el palacio real acompañado de buen número de hombres armados —también se nombra a Agénor y a Fénix— e invocó la promesa de casamiento con Andrómeda que le habían dado Cefeo y Casiopea. Muchos eran los del bando de Fineo. Menos, los de Perseo. La discusión pasó a mayores, no bastaron las palabras y se desenvainaron las espadas. Perseo hubo de recurrir a los terribles ojos de Medusa para deshacerse de sus contrincantes y abandonar Etiopía con su bella esposa. Se establecieron en Séfiros, donde tuvieron siete hijos y fueron felices y comieron perdices.
         Pero los dioses no olvidan, ni perdonan lo imperdonable. Consintieron el final feliz de Andrómeda porque ella no era culpable de engreimiento, sino víctima del de su madre. Casiopea no podía irse de rositas, insistían las diosas.
         Y Poseidón se la llevó al cielo, la ató a una silla en una postura incómoda —hay quien habla de un potro de tortura—, condenándola  así por los tiempos de los tiempos, la mitad del año bocarriba, la otra mitad bocabajo, según la rotación de la bóveda celeste.
         Y colorín, colorado, hasta el pozo Paco hemos llegado, y este cuento se ha acabado.

         Salud, Luis y Javier.



lunes, 22 de junio de 2015

Merecido descanso

   
   Por vacaciones del personal, este blog se interrumpe hasta el 1 de septiembre.
Fructífero y feliz verano.

lunes, 15 de junio de 2015

Clío


Como poetas, creemos en la intuición. Como ratones de archivo y aficionados historiadores, creemos en la perseverancia, en el estudio y en la verdad. Por nuestro natural optimista, creemos también en la suerte, en el azar y en la casualidad.
         Ese cúmulo de elementos —intuición, perseverancia, búsqueda de la verdad histórica, suerte, casualidad—  ha hecho posible que la figura de Rosa Rey Romero vaya emergiendo de la sombra, de la muerte civil a la que el franquismo la condenó, que su nombre, leído por primera vez hace unos días, vaya encarnando en la imagen de una mujer concreta, de una vecina de este pueblo, que representa, por una parte, el compromiso ideológico y el activismo de las mujeres en la España republicana, por otra, la negra noche en que se vieron sumidos miles de españoles, hombres y mujeres, a quienes rigurosamente se aplicó la temible Ley de Responsabilidades Políticas para que purgaran sus culpas por haber contribuido a la subversión roja.
         Toda una cadena de venturosos acontecimientos nos ha conducido hasta Rosa Rey, una cadena cuyo primer eslabón hay que situar en la tarde de un nueve de mayo republicano, cuando una mano anónima arrancó la hoja cuadriculada de un cuaderno de tamaño folio, tomó nota de aquella reunión de mujeres y, no sabemos por qué, la guardó entre las hojas del libro de registro de socios de Unión Obrera, donde la encontramos una mañana de mayo de ochenta años después; una cadena que sigue cuando leemos esa hoja suelta y nos interesamos por la mujer que iba a dar un discurso político a sus compañeras, y comprobamos que ese nombre aparece en las estudios de tres investigadores, Antonio Barragán Moriana, Manuel Vacas Dueñas, Carmen Jiménez Aguilera, y descubrimos que Rosa Rey Romero fue encausada y encarcelada en virtud de la citada, temida, Ley de Responsabilidades Políticas; se alarga esa cadena con el eslabón de la casualidad, pues uno de estos profesores, Manuel Vacas, trabaja en el mismo instituto que nosotros, y nos presenta una tarde a su compañera, Carmen Jiménez Aguilera, que prepara su tesis doctoral sobre la represión franquista de la mujer en el norte de la provincia de Córdoba, que no tiene inconveniente en pasarnos copia de algunos documentos que ha manejado sobre Rosa Rey, y que nos ha dado consejos y proporcionado direcciones a las que acudir en busca de más información.
         La recuperación de un momento del pasado, la restauración de una voz silenciada, de una vida condenada al olvido, depende a veces de gestos tan insignificantes como el de guardar una simple hoja suelta entre las páginas de un libro en lugar de arrojarlo al fuego o a la papelera. Un hecho tan simple, tan cotidiano como ese nos ha permitido, ochenta años después, dedicar estas palabras a una mujer en lucha. Conjunción de elementos —intuición, perseverancia, búsqueda de la verdad, azar, casualidad— se llama a este feliz encadenamiento que nos ha llevado hasta la camarada Rosa Rey.
         ¿Quién era Rosa Rey? No disponemos aún de suficientes datos para trazar su biografía, pero los que conocemos hasta ahora permiten hacernos una idea. Carmen Jiménez nos ha facilitado la copia de dos interesantísimos documentos que hemos leído con emoción, con alegre excitación por tener en nuestras manos un testimonio fehaciente de vida, como el buscador de pecios que encuentra un cofre con monedas, y  con dolor, como ese mismo buscador de tesoros que sabe que el cofre pertenecía a un barco negrero.
         El primer documento es un informe de la Comisión Provincial de Examen de Penas, fechado en Córdoba el 28 de abril de 1941, que da el visto bueno para que se eleve al Ministerio del Ejército la solicitud de conmutación de pena. En la primera parte de ese informe leemos que Rosa Rey Romero, natural de Torrecampo, de 24 años de edad, viuda, fue condenada en consejo de guerra celebrado en Villanueva de Córdoba (donde estaba detenida desde el 13 de mayo de 1939) el día 28 de noviembre de 1939 a la pena de 30 años de reclusión mayor, con las accesorias de inhabilitación absoluta e interdicción civil (privación de derechos), por “adhesión a la rebelión militar”. Tras el consejo de guerra, fue trasladada a la prisión provincial de Córdoba. La sentencia se basaba en los siguientes hechos probados (corregimos mínimamente la puntuación y un par de discordancias gramaticales): “mala conducta y antecedentes, perteneciente a la llamada Agrupación de Mujeres Antifascistas y al Socorro Rojo Internacional, siendo destacada por sus ideas y conducta revolucionaria; durante el tiempo de dominio rojo en el pueblo de su residencia, puso de manifiesto su odio y encono hacia la religión, profanando la iglesia y las imágenes religiosas, a las que arrojaba al suelo desde sus altares, desposeyéndolas después de la ropa y alhajas, y alardeando más tarde entre sus vecinas de estos hechos sacrílegos. Ejerció el cargo de Secretaria de la UGT y se vio siempre por el pueblo vestida de miliciana roja y provista de armas de fuego.” La Comisión proponía rebajar la condena de 30 a 20 años y un día.
         El segundo documento es la propuesta y confirmación de la Conmutación de Pena  admitida por Ministerio del Ejército, con data en Madrid, el 3 de noviembre de 1942.
         (Continuará)

miércoles, 3 de junio de 2015

Mujeres en lucha (Documento nº 9)


Entre las páginas del registro de socios de la Unión Obrera se ha conservado también una hoja de papel cuadriculado, manuscrita a pluma con tinta negra, que contiene el borrador del acta de una reunión celebrada por un grupo de mujeres integradas en la organización sindical. No se precisa el año, solo el día y mes: nueve de mayo. La sesión acabó a las 8 de la noche, después de haberse acordado lo siguiente:
   . La asamblea de mujeres se reunirá las noches de los jueves y de los sábados.
   . Se realizará una campaña de propaganda y captación de nuevas socias.
  . Acabar con las provocaciones burguesas fascistas.
   . Pedir la ermita de Jesús para Casa del Pueblo y escuela infantil de Pioneros.
  . Solicitar de la Unión Obrera que costee la bandera de esta sección femenina, o que le haga un préstamo.
  . Colaborar en la siega con sus compañeros “con el fin de que cada mujer haga pareja con su hombre de las hoces más largas”.
  . Veracidad en la propaganda (“propagar con certeza”).
  . Celebración de una charla (el 15? de mayo), a cargo de los camaradas Tomás Jordán y Rosa Rey.
        
         Como ya hemos anticipado, el escrito no recoge el año en que este grupo de mujeres torrecampeñas celebró asamblea y tomó las decisiones suprascriptas, pero no parece descabellado situarla en tiempos republicanos, de fuerte concienciación política y compromiso en la lucha por la libertad y por la igualdad.
         Es evidente que estas mujeres reivindican ser libres e iguales en deberes y derechos a los hombres, a los compañeros. ¿Solo ellos tienen derecho a sindicarse? ¿Acaso no pueden ellas faenar en el campo y ganar su jornal? ¿Están destinadas en exclusiva a labores domésticas? ¿No pueden ellas, las que estén más preparadas, enseñar en la escuela popular? ¿No pueden ellas, como los compañeros, ser oradoras en los mítines, celebrar asambleas, debatir sobre las cuestiones sociales e intervenir activamente en la vida de la colectividad? ¿Solo escoba y aljofifa? ¿Solo parir y limpiar mocos? ¿Sin derecho, sin necesidad, de aprender, de leer libros, de pensar, y decidir, por ellas mismas? ¿La pata quebrada y en casa, o en la iglesia? ¿La sumisión al hombre? ¿A los valores burgueses? ¿Al modelo fascista? Son tiempos republicanos. De revolución. De compromiso y de participación a partes iguales. Hombres y mujeres. Mujeres y hombres. Camaradas en la misma lucha.
         Es posible que en alguna caja del archivo municipal aparezcan más documentos sobre esta organización, pero por ahora hemos de conformarnos con esta hoja suelta no exenta de valor histórico en cuanto testimonia que hubo mujeres torrecampeñas decididas, con todas las de la ley, a participar en la construcción de la nueva España republicana.
         Estamos ante lo que Miguel de Unamuno llamaría “mujeres intrahistóricas”, es decir, ante mujeres cuyos nombres no aparecen en los libros —salvo el de una—, que están fuera de la historia oficial, olvidadas o ignoradas por sus vecinos, a la sombra, en la estela, de figuras como Hildegart Rodríguez Carballeira, Dolores Ibárruri, Federica Montseny, Margarita Nelken o Victoria Kent. La literatura, el cine, los historiadores, han rescatado del olvido a muchas de aquellas mujeres en lucha, pero son más las que aún quedan en las sombras de la intrahistoria.
         Una de esas mujeres es la que aparece citada en el documento nº 9, la camarada Rosa Rey. Tras una brevísima cala en la historiografía especializada, hemos encontrado su nombre en dos ocasiones. En «Mujer y represión franquista en el norte de Córdoba», Manuel Vacas Dueñas y Carmen Jiménez Aguilera escriben: “Algunas mujeres son acusadas de participar en las profanaciones de iglesias y conventos, incidiendo especialmente en lo sacrílego del caso [...]. Otras como Rosa Rey Moreno que cometió diversas tropelías antirreligiosas, sustrajeron diversas alhajas de las iglesias y las pusieron a disposición del Comité.”
         Suponemos que hay confusión en el segundo apellido, que en el mismo trabajo figura como “Rey Romero, Rosa” en el listado de  mujeres de Torrecampo expedientadas por el régimen franquista al término de la guerra civil.
         Con ese segundo apellido, Rosa Rey Romero, se la nombra también en el libro de Antonio Barragán Moriana, El “regreso de la memoria”: control social y responsabilidades políticas. Córdoba 1936-1945, acusada en consejo de guerra (causa 26.366/1939), por ser miembro del Socorro Rojo Internacional y de las Juventudes Socialistas de Villanueva de Córdoba.
         Hay caso, nos atrevemos a decir. Estamos convencidos de que con la oportuna investigación podrá rescatarse del silencio la voz enardecida de la camarada Rosa Rey, una de tantas mujeres en lucha que encarnó el sueño libre, igualitario, revolucionario, de la II República española.
         Invitamos, pues, de nuevo a los lectores, a las lectoras, a explorar en los archivos; a preguntar a los mayores de la localidad, a familiares lejanos o cercanos, si aún viven; a indagar en los periódicos de la época; a recuperar la voz dormida de esta mujer —no estaría de más, desde luego, buscar el hilo del orador que la acompañó esa noche, el camarada Tomás Jordán—, que un 19? de mayo de un año por determinar dio una charla a sus compañeras de la Unión Obrera de Torrecampo. 


Transcripción del documento nº 9:
         Hoy dia 9 de Mayo sereune la secion femenina en sesion ordinaria para tratal del siguiente orden del dia
         1º Marcha aseguil de esta secion Sindical femenina
         2º Peticiones femenina y masculina
         3º Varias
                  1º Esta secion tendra señalada dos noches en semana para tratal de la cuestiones sociales estas noches seran los Juebes y Sabados los juebes seran usadas sus horas permanentes en la sociedad como cuestiones permanented y el sabado sera para celebral sus sesiones ordinarias Tamvien se acuerda acer propaganda entre las mujeres y recultar el 50 por 100 de afiliadas mas que oy con fecha 13? De Mayo seran reclutadas estas afiliadas searan carco de acerle saber a las nuevas socias que solo tienen dos dias en semana
                  2º Peticiones que se acabe con las probocaciones burguesas fascistas Tamvien se acuerda pedil jesus para casa del Pueblo y escuela infantil de pioneros pedil la bandera de la secion femenina que sea costeada por esta sindical ? almenos que haga un prestamo y acerle sabel a esta sindical que las mujeres desean colaboral en la siega con sus compañeros con el fin de que cada mujer aga pareja con su ombre de las hoces mas largas
                  3º La camaradapresidenta propone a las demas camaradas que deben propagal con certeza pero no charlal aun con molestias para el compañerismo y dar una charla el 19? de mayo a cargo de los camaradas Tomas Jordan y Rosa Rey

         Y no aviendo mas de que tratal la presidenta lebanta lasesion alas veinte de lanoche

jueves, 21 de mayo de 2015

Taxonomía pastoril

   Desde el punto de vista laboral, el documento nº 8 nos ofrece una taxonomía del oficio pastoril que contempla cuatro categorías profesionales con sus correspondientes, diferenciadas, remuneraciones en dinero y en especie. (Para los niños pastores hemos optado por el sustantivo “zagalillos”, vieja palabra que aún se oye en boca de los mayores de la localidad para referirse a los muchachos en esa edad fronteriza entre el fin de la niñez y la pubertad.)

         Sintetizamos en la tabla que sigue las Peticiones de Pastores:


     Detengámonos, primero, en los hombres (de 20 años en adelante). Entre ellos se establece una diferencia, según apalabren, o no, lo que en el oficio se conocía como la escusa, una figura consuetudinaria por la que el dueño del ganado concederá, como pago en especie, un determinado número de cabezas (17 ovejas de piara), que el pastor podrá apacentar con las del amo. Si el pastor lo es sin escusa (sin piara), recibirá en compensación 170 reales al año y mayor jornal (10 reales).  Hacemos aquí breve inciso para recordar que en la sesión de 9 de febrero de 1918, los ediles torrecampeños establecieron para ese año el jornal de un bracero en la cantidad de 2,50 pesetas.
         Salvo la compensación por trabajar sin piara, los hombres percibirán iguales cantidades de jato para la semana y sus tres ovejas de tasajo para el año, así como el derecho de un día libre al mes. Entendemos que tanto unos como otros recibirían, también como pago en especie, igual cantidad de leche y de lo ilegible que aparece al comienzo de la segunda carilla del escrito.
         Entre los más jóvenes habrá también dos categorías, según la edad, zagales y zagalillos. Los primeros ganarán 2,5 reales, recibirán el mismo jato semanal que los hombres y 2 ovejas en salazón al año. No podemos asegurar, porque el documento no lo especifica, si también se les asignaría la misma cantidad de leche y de lo ilegible que los hombres, ni tampoco si librarían un día al mes o uno cada dos meses, como los zagalillos. Estos serán los que menor jornal cobren, un real y medio, los que menor jato recibirán por semana (1 panilla de aceite y 16 libras de pan), los que menos ovejas de salado obtengan al año y los que menos descanso disfrutarán, un día cada dos meses. En cuanto a las cantidades acostumbradas de garbanzos y patatas de siembra, aunque aparecen en el apartado de los zagalillos, suponemos que incluía a zagales y hombres.
         Desconocemos por ahora si estas peticiones de pastores fueron oídas y aceptadas por los patronos —en este punto sería más que interesante conocer en qué grado esta propuesta de convenio colectivo supone una mejora respecto a las condiciones de trabajo anteriores, por lo que de nuevo abrimos la ventana y echamos el pregón por si algún conocedor o conocedora del asunto se presta a iluminarnos sobre el particular—, pero es innegable que la pastoral está organizándose, debatiendo en asambleas y proponiendo condiciones a los patronos. Si alguna vez se hiciera un estudio sobre la lucha obrera en Torrecampo, esta hoja reivindicativa de los pastores sería imprescindible documento de referencia.
         No olvidemos que las Peticiones de Pastores aparecen entre las hojas del registro de socios de una organización de izquierdas, de un sindicato obrero cuyos miembros son conscientes ya de pertenecer a un grupo social (proletariado) y a un gremio profesional que exige mejoras en los jornales y en las condiciones de trabajo; conscientes de que han de unirse en su lucha reivindicativa, de que la solidaridad obrera dará sus frutos, justamente porque la colectividad tiene mayor fuerza, mayor capacidad de negociación que la individualidad y los egoísmos particulares; conscientes también de que esa llama de la lucha colectiva no es un hecho aislado, sino que ha prendido en toda Europa con el nombre de Segunda Internacional. Tiempos épicos, de heroico compromiso, de resistencia, de fuerte concienciación política, de lucha activa por el socialismo.
         Dejamos a la imaginación de lectoras y lectores, y a su conocimiento del pasado, el representarse a lo vivo la vida de estos de estos hombres, de estos zagales, de estos poco más que niños, pastores con frío y con ventisca, en madrugadas de escarcha y estrellas fulgurantes, en noches negras con aullidos en torno a la majada; adormecidos por el sopor, mimetizados a la sombra de un chaparro en un mediodía sofocante de julio, cuando pega el solano y estriden las chicharras; pastoreando despaciosos entre la niebla; días enteros sin articular palabra, solo chiflidos a la piara y órdenes al perro; en días de chozo y lumbre, de lluvia y contornos difuminados.
         Imagínense, reconstruyan también para sí la figura de estos pastores, su ropa y su calzado, la cayada, el zurrón, curtidas las manos en mil faenas, curtido el rostro por los cuatro vientos; su hablar cerrado, campesino, elemental; su saber en hierbas y nubes, en pájaros y en tormentas. Consideren también la pobre felicidad que podía dar su oficio.
         Y acabemos estas líneas rindiendo merecido homenaje a estos pioneros que un día decidieron unirse y poner de manifiesto, por escrito, sus exigencias a los patronos, a los grandes propietarios de la localidad. Nuestro reconocimiento también al anónimo escribiente, ignoramos si hombre, zagal o zagalillo, que fijó para la posteridad la voz, las palabras,  el espíritu reivindicante de sus compañeros.
         Salud, socialismo y república.

lunes, 4 de mayo de 2015

Peticiones de Pastores (2)


       Nada íbamos a conjeturar, dijimos, sobre la mano que guardó esta hoja reivindicativa entre las del registro de socios y cuotas de la Unión Obrera de Torrecampo, pero nada prometimos sobre la mano que la escribió, así que dediquémosle unos párrafos.


       No deslegitimemos el documento por su ortografía. No es desde luego la de alguien con estudios y que frecuenta los libros, pero tampoco podemos hablar de una persona iletrada, analfabeta, pues algo sabe de lectura y de escritura. Ignora las tildes y los signos de puntuación, la correcta segmentación de la cadena fónica y la consiguiente delimitación gráfica de las palabras, el uso reglado de la be y de la uve, de la hache y de la erre, pero las peticiones en sí no ofrecen dudas. Los defectos de forma no son obstáculo para la correcta interpretación de los conceptos aludidos. No es el caso de que la ortografía induzca a la errónea comprensión, como ocurre, por ejemplo, en Lamento la pérdida de su señora  frente a Lamentó la perdida de su señora. Que en el texto encontremos obejas, hobejas, rales, rrales, ombre, juelga, olgar, no impide que sepamos a carta cabal a qué conceptos se refería el anónimo pastor escribiente.



   Los errores ortográficos y la caligrafía nos mueven a pensar en una persona resuelta, diligente, pero con insuficiente instrucción escolar, bien porque dejara la escuela en edad temprana (quizá para trabajar como zagalillo a los 10 años, incluso antes), bien porque se inició tarde en la lecto-escritura (quizá en los ratos libres, a la escasa luz de la lumbre, de un cabo de vela o de un candil, tras la jornada de pastoreo).
      Fuere lo que fuere, estamos ante alguien que ha mantenido trato con el lápiz y con la pluma, que se ha ejercitado largos ratos en la disciplina caligráfica. No estamos ante la letra temblorosa, insegura, garrapateante, de un primerizo en el arte de la péñola, sino ante una caligrafía madura y personal, como muestra la prestancia y galanura de las dos únicas mayúsculas del texto (trazo firme y gallardo del asta y del anillo ornamentado de las pes), el ligado de unas letras con otras, la regularidad en el tamaño y en la inclinación, la airosa largueza en la cruz de las tes.
   Podríamos extendernos en el peritaje caligráfico del documento, y en su análisis gramatical, textual y pragmático, que nos llevarían, sin duda, a interesantes conclusiones sobre el carácter y la competencia comunicativa de nuestro anónimo, pero lo consideramos innecesario en este momento, aunque no nos resistiremos a unas pertinentes aclaraciones léxicas.
   Obsérvese en primer lugar que en lo concerniente al campo léxico de “pesos y medidas”, se utilizan vocablos ya en general desuso, como libras y panillas. La voz libra, que sepamos, solo se oye hoy en boca de los pastores y los tratantes de nuestra zona, referida al peso de los corderos o de los lechones, y equivale a 460 gramos, al medio kilo para redondear. El término panilla, en cambio, es palabra ya olvidada. La panilla era una medida de capacidad exclusiva para el aceite, y correspondía a la cuarta parte de una libra, es decir, y redondeando, a los 12,5 centilitros de nuestros días, o lo que es lo mismo, y para que el lector se haga una idea, al contenido de poco más medio botellín de cerveza (20 cl). Eche cuentas el lector, multiplique, y comprobará la cantidad de aceite que recibían en pago semanal un hombre, un zagal y un zagalillo.
   Otro término que reclama nuestra atención es “ato”, no la forma del presente de indicativo de “atar”, sino el sustantivo homónimo, escrito hato, pronunciado con perceptible aspiración de la hache, que designaba la provisión semanal de víveres que recibía el pastor como pago en especie. Antiguamente, el hato o hatería también incluía ropa y algunos objetos de uso personal. O tempora, o mores.
   Centremos, finalmente, nuestra vista en dos palabras de gozosa significación, en esa juelga mensual que se pide para los hombres y zagales de 15 a 20 años, en ese olgar a los dos meses un día para los zagalillos. Ambas son voces hermanas, comparten el mismo étimo, follicare, una palabra del latín tardío que reclama breve excurso.
   Flavio Vegetio Renato, un naturalista romano del siglo IV, autor de un compendio de técnica militar y de una digesta sobre las enfermedades de los mulos y caballos, utilizó el follicare, derivándolo del follis (fuelle), con el sentido de ‘soplar con sonido semejante al fuelle, dilatarse como fuelle’. En ese mismo siglo IV, un venerable padre de la Iglesia, San Jerónimo, utilizó la expresión follicans caliga para referirse a un calzado como fuelle, ancho en demasía. 
   Resollando, dilatándose y contrayéndose, transformándose fonéticamente con el mucho soplar y con el paso de los siglos, el follicare latino dio en el castellano folgar, atestiguado en escritos del año 1140, en los tiempos de nuestro épico Cantar de mío Çid, con un nuevo matiz significativo: descansar, estar ocioso. Según explica Joan Corominas en su Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, “las dos acepciones latinas [sonar como un fuelle, prenda holgada] coinciden en la primera castellana, por la imagen del caminante que se detiene para tomar aliento en una cuesta, y por comparación del ocio con la holgura de las prendas de vestir.”
   Pero hay más. El resoplido, el resuello, la respiración agitada a modo de fuelle, no solamente se oía en las fraguas, lo hacía también en las alcobas de los señores y en los jergones de los pastores, en los chozos y en los pajares, sobre la tierna hierba de primavera, a la sombra de una vieja encina en la dehesa, o bajo un almez a la orilla del río, en cualquier discreto rincón donde dos personas se entregaban al gustoso ejercicio del ayuntamiento carnal y los jadeos del placer.
   Grato el holgar, ya sea para hacer un alto en el camino, para olvidarse unas horas de la ingrata condena del trabajo, para entregarse a la placentera coyunda del amor.
   El complaciente holgar es, además, fecundo, y de su mano, de su uso, ven la luz en nuestra lengua nuevas palabras: la holganza y el holgazán —una simple metátesis de la ene acarrea una notable diferencia significativa—, la holgura en el calzado o en las prendas de vestir, el regocijante y bullicioso holgoriojolgorio, en su pronunciación “aflamencada”, según Corominas—, y la bifronte huelga, reivindicativa por un lado, madre de los comprometidos huelguistas que se enfrentan a los patronos explotadores, y madre también, en su variante andaluza, de la festiva y jaranera juerga, y de los juerguistas.
   A estas alturas de nuestro excurso lingüístico, ya no quedan dudas sobre el sentido con que la anónima mano escribió las palabras juelga y olgar en estas “Peticiones de Pastores”. El contexto obrero, laboral y reivindicativo, político e ideológico, del documento es indubitablemente clarificador al respecto.

sábado, 25 de abril de 2015

Documento nº 8: Peticiones de Pastores

    Imágenes fotográficas y transcripción de lo que podemos considerar borrador de un convenio colectivo para los pastores. Hoja tamaño media cuartilla, manuscrita a lápiz por las dos caras. Apareció (y así la dejamos tras leerla y fotografiarla) entre las hojas del documento nº 5 (Libro de registro de socios y cuotas de la Unión Obrera de Torrecampo).
   Nada vamos a conjeturar sobre la mano que guardó este papel en el libro de registro, pero sí le agradecemos que lo hiciera. Lo escrito en esta hoja arrancada de un cuaderno va más allá de la reivindicación laboral. Es un precioso tesorillo antropológico que merece toda nuestra atención.
 Leamos primero el original y luego su transcripción.







martes, 21 de abril de 2015

Comentarios, interrogantes y propuestas (2)


        Dos manos derechas, distintas, que se enlazan: sinécdoque visual de la fraternidad, del acuerdo y el esfuerzo común.
         Tal es la imagen central del sello (lo reproducimos completo al final) de Unión Obrera, la organización de trabajadores creada en Torrecampo en el verano de 1918. La escueta información del Defensor de Córdoba  era cierta, y coincide con documentos conservados en el archivo municipal de la villa.
         La caja MC-739 contiene un libro en tamaño folio con tapas de cartón, sin tejuelo ni inscripción alguna sobre su contenido. El ejemplar presenta el deterioro del uso y del paso del tiempo. Encuadernación elemental, resistente al mucho abrir y cerrar para registros y consultas. Sin lustre el papel de aguas, desgastado en los bordes. De tacto seco las hojas del interior (hay que ensalivarse las yemas de pulgar e índice para pasarlas una a una).



         Es posible que falte un cuadernillo, o algunas hojas del primero. Así lo sugieren la brecha en el pliegue central y el hecho de que el primer socio registrado sea el número 2.
         El libro contiene valiosa información: nombre y número del socio, compromiso y justificantes del pago de las cuotas mensuales (25 céntimos) y de la peseta de entrada (como Depositario, una veces firma P. Romero , otras Juan Conde), domicilio y fecha de ingreso. El documento es una mina a cielo abierto, una concesión con registro colectivo, de dominio público, un yacimiento insoslayable en la historia local, sea vecino en busca del hilo de los suyos, sea licenciado en ciernes, docto historiador, o simple aficionado quien se entretenga en sus páginas.
         La recuperación del pasado, la búsqueda del quiénes somos en el quiénes fuimos, pasa por el estudio y la divulgación de documentos como el que nos ocupa. Confesamos aquí nuestra sorpresa, grata sorpresa, al encontrarlo, y nuestra emoción al hojearlo (ensalivadas las yemas de pulgar e índice) e ir ojeando nombres. Historia viva del pueblo, nos dijimos. He aquí los pioneros de la lucha obrera a comienzos del siglo XX,  herederos de todas las rebeliones contra el poder abusón —opresor, represor, explotador—, transmisores de la vieja utopía de una sociedad de iguales en el derecho y en el trabajo. En la vida.   Ahí están los hombres, sus nombres. Y las anónimas mujeres.
         No era fácil la lucha y la reivindicación. Nunca lo ha sido. Los patronos tenían la sartén por el mango. Y llevaban siglos pegando sartenazos al menor signo de rebeldía y contestación. Qué podía un simple pastor de Torrecampo contra el señorito. Un jornalero contra el terrateniente. Una muchacha de servir contra las humillaciones de la señora. Había que organizarse, compañeros y compañeras.
         Con ese espíritu común —dos manos distintas (la del bracero, la del minero, la del talador, la del ama de cría) que se enlazan—, nace en el verano de 1918 la Sociedad Unión Obrera de Torrecampo. De julio a diciembre se inscribieron en ella 230 hombres. Ignoramos si existió algún libro más de registro. No sabemos, por tanto, hasta dónde alcanzó el número. 










    El primer presidente electo de Unión Obrera fue Cesáreo Romero, y su primer secretario, Patrocinio Romero Amat. Ambos llegarían a ser alcaldes republicanos de la villa. Ambos acabaron sus días en trágicas circunstancias.

     Tiempo tendremos de ocuparnos más por extenso de ellos. Baste por hoy la confirmación de que en el verano de 1918 —unos meses antes de que acabara la Primera Guerra Mundial; en pleno “trienio bolchevique” (1918—1920); en un periodo de revueltas campesinas y urbanas, de manifestaciones y de huelgas generales; en los tiempos nefastos del pistolerismo patronal y de las escabechinas en Marruecos; en los días en que afiliarse a una organización política obrera, de izquierdas, suponía la inscripción en la lista negra y la amenaza del hambre; ante unos patronos que defendían la continuidad de la explotación y la indigencia de los trabajadores, la injusticia, el analfabetismo, la ciega sumisión— doscientos treinta hombres (al menos) de este pueblo le echaron riles, se fajaron valientes, decididos, ante los dueños de las tierras y reivindicaron sus derechos: trabajo, pan, escuela, dignidad.


         

jueves, 16 de abril de 2015

Colaboración de un lector

        Hola, Pepe. 
        El reto era fácil. Sobre todo porque en la Junta de Castilla y León tienen la ocurrencia de tener en internet todos los boletines oficiales.

       Supongo que  las circulares se referirían a sindicatos y organizaciones agrícolas "verticales". En 1.918 no iban a dejar el control de la producción, almacenamiento y distribución agrícola en manos de sindicatos obreros. Bueno, ahora es peor. Por lo menos entonces el control era local y las circulares se publicaban en los boletines provinciales, con sus instrucciones y sus formulismos y formularios. Ahora tendríamos que consultar las circulares secretas de la City de Londres o del mercado de futuros de Chicago.

        Chau
        Luis

sábado, 11 de abril de 2015

Comentarios, interrogantes y propuestas sobre la historia local (1)


         En nuestras pesquisas sobre F se cruzaron  los documentos precedentes, un acta municipal y una información en un periódico.
         Habíamos leído primero el acta de la reunión, y asumimos como cierto que en Torrecampo no existían sindicatos ni organizaciones agrícolas, pensando que los ediles se referían a organizaciones obreras. Era posible que no existiera ninguna en el pueblo, nos dijimos.
         Luego encontramos la nota en El Defensor de Córdoba. Nos sorprendió la casualidad de la fecha, 22 de junio de 1918, y del hecho: a las ocho de la tarde, la corporación municipal niega la existencia de organizaciones y sindicatos agrícolas; por la mañana, el periódico había informado del registro en el Gobierno Civil de los estatutos de la Unión Obrera de Torrecampo.
         El documento nº 1 es ejemplo cabal de texto administrativo, en su lenguaje y en su disposición tripartita (apertura, desarrollo y cierre de la sesión).
         En el primer párrafo leemos el protocolo habitual, rutinario, del comienzo de las reuniones de los ediles: lugar, fecha y hora, asistentes, lectura y aprobación ...
         El segundo párrafo recoge la única novedad en el orden del día: en vista de que no existen en la localidad organizaciones ni sindicatos agrícolas, son designados miembros de la Junta Local de Abastecimientos los tres principales contribuyentes del término para que asesoren y eviten abusos entre los agricultores tras la adopción de ciertas medidas establecidas por instancia superior.
         El acta se cierra con un formulismo y la rúbrica de los asistentes.
         Hacemos varios subrayados en el párrafo segundo: “no habiendo en este pueblo sindicatos ni asociaciones agrícolas, formen la Junta Local a que se refiere la instrucción sexta de la circular de Comisaría General de Abastecimientos, fecha doce del corriente, inserta en el Boletín oficial del día quince, los tres mayores contribuyentes por rústica y pecuaria, don Tomás Montero Campos, don Ángel García Romero y don Francisco Cañizares Campos, para que asistan a los agricultores en las dificultades que pueda suscitar la ejecución de lo dispuesto en la circular de treinta y uno de mayo próximo pasado y denunciar los abusos que a su juicio se cometieren.
         No sabemos, porque no se menciona en el acta, a qué tipo de sindicatos y organizaciones agrícolas se alude en la reunión. No sabemos si se refiere a la parte contratada o a la parte contratante, es decir, si se afirma que en la localidad no existe ningún sindicato ni organización obrera, o que no existe ningún sindicato ni organización terrateniente. En favor de esto último aducimos el uso de la palabra agricultores en lugar de braceros.
         Si no era así, si la corporación municipal se refería, no a los patronos, sino a los jornaleros, si afirmaba la falta de sindicatos y organizaciones obreras en Torrecampo, la decisión de dejar en manos de los tres hombres más ricos del término la gestión del trabajo agrícola, es incongruente, increíble: ¿el patrón convertido en dirigente obrero? ¿el terrateniente reivindicando aumento de los jornales, seguro médico, disminución de la jornada laboral, la dignidad campesina y la tierra para quien la trabaja?
         Si era así, si los ediles se referían a la falta de un sindicato de patronos agrícolas, nada objetaremos y quede ahí la cosa: los dueños de las tierras y los ganados ven la necesidad, las ventajas, de organizarse y defender colectivamente sus intereses.
         ¿Estaba la corporación municipal al tanto de la creación de la Unión Obrera de Torrecampo? Difícil nos parece no estarlo. Si conocía la existencia de ese movimiento obrero, resulta absurdo que la negara por la tarde, cuando la información había aparecido por la mañana. ¿Un bulo periodístico? ¿La táctica política de la negación de la evidencia? ¿Se referían los concejales a la falta de sindicatos y organizaciones patronales? ¿A un sindicato vertical avant la lettre?
         Sería muy útil tener a la vista los documentos que se citan —la circular de la Comisaría General de Abastecimientos (fecha 12 de junio de 1918, inserta en el Boletín Oficial, suponemos que de la provincia de Córdoba,  (fecha 15 de junio de 1918), y la circular de 31 de mayo de ese mismo año—, porque aclararían sin duda —¿sin duda?— “lo dispuesto”  en ellos, y darían luz a la naturaleza ideológica de las organizaciones y sindicatos agrícolas referidos, pero no cumple ahora ramificarnos en exceso y alejarnos de nuestro asunto principal. Si alguien es gustoso en dedicar unas horas a la búsqueda de esas dos circulares, bien le vaya, y si además las hace llegar al Pisapapeles, bienvenidas y celebradas serán, pero no nos interesan ahora los sindicatos patronales, si es que los hubo, sino los obreros.

         ¿Era veraz la información una simple enunciación en pasiva refleja del católico Defensor de Córdoba?


miércoles, 8 de abril de 2015

lunes, 6 de abril de 2015

Documento nº 1




         Transcripción del acta de la sesión celebrada por los ediles torrecampeños el día 22 de junio de 1918:
         «En la villa de Torrecampo a 22 de Junio de 1918, siendo las veinte del mismo, se reunieron en la sala de sesiones del Ayuntamiento los señores Concejales que al margen se expresan, al objeto de celebrar la ordinaria de este día. Bajo la presidencia del señor Alcalde, don Juan Santofimia Melero, y presente yo, el Secretario, fue abierta la sesión, que dio principio por lectura y aprobación de la anterior, dando también cuenta de la correspondencia de las dos semanas últimas.
         «Seguidamente, la Corporación acordó por unanimidad que no habiendo en este pueblo sindicatos ni asociaciones agrícolas, formen la Junta Local a que se refiere la instrucción sexta de la circular de Comisaría General de Abastecimientos, fecha doce del corriente, inserta en el Boletín oficial del día quince, los tres mayores contribuyentes por rústica y pecuaria, don Tomás Montero Campos, don Ángel García Romero y don Francisco Cañizares Campos, para que asistan a los agricultores en las dificultades que pueda suscitar la ejecución de lo dispuesto en la circular de treinta y uno de mayo próximo pasado y denunciar los abusos que a su juicio se cometieren.
         «Y no habiendo más asuntos de que tratar, el señor Presidente levantó la sesión firmando con los dichos señores Concejales asistentes, de todo lo cual yo, el Secretario, certifico.»

         Rubrican el acta: Juan Santofimia, Pablo Brígido, Juan Campos, Antonio Melero, Pedro Cañizares, Esteban Romero, Ramón Fernández, José Campos, José Sánchez Serrano y Leovigildo López.

viernes, 27 de marzo de 2015

Un papel de disculpa


      Esta mañana caí en la descortesía de interrumpir la conversación sobre coches entre dos compañeros —con estas palabras me excuso, estimados colegas—, para presentarle a uno de ellos un papel plegado y preguntarle el nombre de imprenta de ese tamaño. Derivó la charla en breve controversia argumentada sobre nombres y medidas del papel: pliego, folio, cuartilla, octavo, holandesa ...


         ... Más corta y algo más ancha que nuestro A4. Así recuerdo las holandesas que veía de niño y adolescente en el papeleo de los cuarteles, más recias, de mayor gramaje que los papeles usuales. Y con marca de aguas. También era el tamaño exigido antes en los trabajos académicos universitarios, aunque quiero recordar que estas holandesas acabaron perdiendo los milímetros de sobre ancho y pasaron a ser folios con la frente guillotinada.
         Como aficionado al papel, a esa frágil materia en que los escritores vierten sus sueños, como dijo el poeta, guarda uno en los cajones variada muestra en texturas, colores y tamaños, que ha ido comprando y encontrando por ahí.  He aquí uno de ellos.
         El papel que os presento ha perdido ya flexibilidad y rasga al menor descuido, pero aún admite uso. Encontré casi un centenar en la cámara de la casa donde ahora vivimos. Aquí tenían casa, tienda, taberna y correduría los abuelos maternos de María.

         Solo resta añadir a esta disculpa, caros colegas, la reproducción del papel de carta (18 por 21,5 cm) de un vecino de Torrecampo, con bastante probabilidad salido de la imprenta López. ¿Estamos ante una holandesa?



lunes, 23 de marzo de 2015

El perro y el frasco


      —Mi perro bonito, mi buen perro, mi querido perrillo, acércate y ven a respirar un excelente perfume comprado en el mejor perfumista de la ciudad.
         Y el perro, meneando el rabo, señal, creo, en estos pobre seres, de la risa y de la sonrisa, se acerca y pone curiosamente su nariz húmeda sobre el frasco destapado; luego reculando súbitamente y con temor, me ladra, a modo de reproche.

         —¡Ah, miserable perro! Si te hubiera ofrecido un montón de excrementos, lo habrías olisqueado con fruición y quizá hasta devorado. Así, tú mismo, indigno compañero de mi triste vida, te pareces al público, a quien jamás hay que presentar delicados perfumes que lo irritan, sino basura cuidadosamente elegida.


Imágenes: La presse, 26 août 1862.

lunes, 16 de marzo de 2015

Mitología y elecciones



      Ayer por la mañana, mientras tomaba café y ojeaba uno de los periódicos del día, se me vino la imagen de Laocoonte. En mis años de estudiante de bachillerato fue primero el cromo en un álbum de Historia del Arte; luego, con las clases de Latín en COU, llegó el texto de Virgilio. En el libro II de la Eneida, recuerda Eneas la caída de Troya:
   «Otro prodigio tuvo lugar ante nuestros corazones sobresaltados y nuestros ojos atónitos; un prodigio singular y terrible, en el que nunca hubiésemos pensado. Inmolaba Laocoonte un toro enorme en el altar de los sacrificios solemnes, como sacerdote de Neptuno que la suerte le había designado, cuando de pronto vimos surgir de la isla de Tenedos, y meterse en las aguas tranquilas y profundas —con horror lo cuento—, dos serpientes de gigantescos anillos, que se dirigían a nuestra costa.
    Avanzaban sobre las aguas con el busto erguido y dominaban las olas con sus crestas color de sangre. El resto del cuerpo deslizábase con lentitud por la superficie, y sus enormes ancas parecían arrastrar los pliegues sinuosos. A su paso el mar se llenaba de espumas y rumores.
     Cuando tocaron tierra, vimos sus ojos vibrantes, inyectados en sangre, que despedían llamas, mientras lanzaban silbidos sus vibrantes lenguas. Huimos atemorizados. Y he aquí que ellas, sabiendo bien adónde van, se dirigen a Laocoonte, y caen primero sobre sus dos hijos, a cuyos tiernos miembros infelices quedan enroscadas.
      Acude enseguida el padre, armas en mano, para defenderlos, y es presa también de las serpientes, que ligan pronto a su cuerpo las estrechas cadenas de los anillos. Dos veces pasan su torso escamoso alrededor de la cintura del desgraciado, y otras dos en torno a su cuello, quedando todavía libres la cabeza y la cola.
      Laocoonte se esfuerza en vano en desasirse. Todo él se ve como rociado de baba y de negro veneno, y lanza a los cielos horribles clamores. No de otro modo muge el toro herido que escapa del altar sacudiendo de su testuz el hacha mal clavada.»
     El terrible castigo de Laocoonte fue producto de su desconfianza ante el sospechoso caballo que los griegos dejaron como ofrenda a las puertas de Troya antes de su falsa retirada. El sacerdote de Neptuno, que tenía el poder de la mancia, de la adivinación, enseguida receló y así lo hizo saber a los troyanos — desconfiaba de los griegos hasta cuando hacían presentes—, pero los troyanos ignoraron su vaticinio, lo mismo que habían ignorado los funestos presagios de la sibila Casandra, a quien tenían por loca.
    En la Grecia y en la Roma antiguas, la adivinación o predicción del futuro era cuestión oficial; los sacerdotes, arúspices, augures, pitonisas y sibilas, se consideraban personas sagradas, dotadas de espíritu profético; y sus augurios, auspicios, oráculos y sortilegios, tomados como asunto de estado, que unas veces se respetaban, y otras, como en el caso de Laocoonte o de Casandra, se ignoraban.
  En nuestros días, el papel de los oráculos y las pitonisas lo desempeñan las empresas de encuestas y estudios sociales que vocean el resultado de sus consultas preelectorales en todos los medios de comunicación. Ayer, las conclusiones de tres de esas encuestas sobre las elecciones del día 22 en Andalucía daban titulares distintos. Tres mancias, tres oráculos diferentes. Menos mal que no habitamos el mundo mitológico, y que los errores oraculares o los vaticinios desfavorables de los vates no son castigados con la crueldad con que los dioses acabaron con Laocoonte y sus hijos.
    Es verdad que estas profecías de nuestros tiempos no se valen de la hieroscopia, la quiromancia, la oniromancia, la catoptromancia, la ceromancia, la capnomancia, la nigromancia y otras mancias o mancías, sino de un complejo método científico capaz de prever incluso el margen de error —eso no quita desde luego que algún aspirante, algún parlamentario o parlamentaria, eche mano, a modo particular, de uno de los muchos adivinadores y adivinadoras del porvenir que abundan en nuestro país a tantos euros la consulta; allá cada cual con sus supersticiones personales— en las predicciones. Lo que escama son las divergencias. Sí, el método es científico, pero la aritmética y la estadística no pueden expresar en guarismos la volubilidad humana.

    Vista la disparidad de los titulares y resultados leídos, guardaré los periódicos para comprobar el grado de exactitud, y la validez, de estas predicciones electorales. Solo por curiosidad, claro está, porque en este país, lo mismo que es imposible saber el número de personas que ha asistido a una manifestación o ha hecho huelga, no acaban de estar claros los conceptos de victoria o derrota: ningún partido pierde las elecciones y todos las ganan. 

Procedencia de la imagen: 
http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/1/17/Laocoon_Pio-Clementino_Inv1059-1064-1067.jpg

martes, 10 de marzo de 2015

Requiescant in pace


         De los muchos momentos especiales —homenajes los llamaba yo, y sonreían condescendientes mis acompañantes (María, Paula, Concha, Luis, Javier, Pablo)— vividos en París este verano pasado, no quiero olvidar los que pasé junto a Luis en la cripta del cementerio del padre Lachaise donde reposan las cenizas de María Callas. Durante los 5:36 minutos que duraba la grabación que llevaba en el móvil—Casta diva—, la prodigiosa y pura voz de la soprano griega se extendió por el columbario y se obró el milagro de la emoción, de la vida, de la belleza, agradecidos por los muchos ratos en que su voz nos había acompañado, por todas las sensaciones y sueños y recuerdos que nos había despertado, por toda la belleza que a su manera había llevado a nuestras vidas.
         Tampoco olvidaré la sorpresa y las fiestas que hicieron todos cuando les leí en la terraza de un restaurante junto a la plaza de La Contrescarpe, justo enfrente de donde arranca París era una fiesta, de Hemingway, el comienzo de aquel poema de Apollinaire, «Las nueve puertas de tu cuerpo», que llevaba apuntado en el cuaderno, ni la improvisada recitación que Javier y yo hicimos del Polifemo gongorino junto a la fuente de los Médicis en el jardín del Luxemburgo. Hubo más, pero sirvan estos como ejemplo de lo que uno entiende por homenajes a hombres y mujeres a quienes admira por una razón u otra.
         Como escritor, pero sobre todo como lector, creo que el mejor homenaje que se le puede hacer a un escritor es leer su obra, y no importa si sus huesos están en París o en Fernando Poo. En el fondo, es lo de menos. Cierto que la escenografía puede ayudar, y que a lo mejor uno entre miles de turistas que se han fotografiado ante la tumba de Baudelaire, se sienta picado por la curiosidad y de vuelta a casa se enfrasque en Las flores del mal. No sé. El turismo funerario en masa me parece tan vacío como el que recorre aborregado y veloz las catedrales, los palacios o los museos.
         Hace ya unas semanas, cuando los noticieros difundieron la «Operación buscar a Cervantes» me compadecí de él. Pobre hombre, y pobre autor, pensé: si bien estaba donde él, agradecido a quienes habían ayudado en su liberación del cautiverio en Argel, mandó que le enterrasen para descansar en paz de su asendereada vida, a cuento de qué venían ahora a remover sus huesos y llevarlos de acá para allá y manosearlos y olisquearlos y escanearlos, compararlos, recomponerlos, adeneizarlos. Pobre Cervantes.


         El equipo humano de este operativo —hasta 36 personas leo en algunas crónicas; otras lo reducen a 23— es asombroso: forenses, historiadores, arqueólogos, médicos, antropólogos, geofísicos, odontólogos, expertos en momificación y en textiles, genealogistas, técnicos informáticos, toxicólogos, un sacerdote especialista en asuntos funerarios clericales y hasta un alpinista que ha coronado varios ochomiles.
         ¿Qué pasará? ¿Hallarán restos del plomo de Lepanto en uno de los esternones? ¿Huellas de la diabetes hidropésica? ¿Serán capaces de distinguir entre el revoltijo de huesos la desdentada calavera cervantina? ¿Qué se hará con ello? ¿Trasladarán sus restos? ¿Los dejarán en su sitio? ¿Levantarán un túmulo con mármoles y granitos? ¿Una simple y discreta inscripción en el suelo?
         No es Cervantes el único ejemplo de cómo trata este país a sus figuras más preclaras. A los de Lope de Vega, Calderón y Velázquez remito; incluso al de Goya, cuyo cráneo aún está por aparecer. No, España no es país agradecido con sus mejores ingenios ni respetuoso con sus restos. Mucho presumir de ellos, mucho incluirlos ahora en ese invento de la “marca España”, pero nada se hizo en su momento para que Miguel de Cervantes Saavedra, autor del famoso y universal Don Quijote,  descansara en la posteridad a salvo de la incuria y el ninguneo.
         Por desgracia, ya está uno acostumbrado a esa falta de sensibilidad, y no necesita saber el lugar exacto en que ¿reposan? los restos cervantinos para rendirle el mejor homenaje: leer su novela.
         ¿Se incrementará en España el número de lectores del Quijote si el equipo de científicos identifica los restos de su autor? Ojalá. Pero lo dudo.
         El «caso Cervantes» me recuerda al de Antonio Machado y al de Lorca. Con tumba conocida y visitada uno, y desconocida el otro, bien enterrados están. Quiero decir que si, como se oye de vez en cuando, las autoridades españoles lograran trasladar a España los restos del poeta sevillano, o si otro equipo de expertos logra identificar el ADN lorquiano entre los restos de los muchos fusilados en el barranco de Víznar y aledaños, y erigir su tumba en otro lugar, se acabaría olvidando por qué están enterrados precisamente donde lo están.
         Lo decía más arriba: es cierto que la escenografía funeraria ayuda a que las emociones afloren, pero siempre que haya habido trato con la persona, es decir, con el escritor que nos ha proporcionado momentos de dicha, que le ha puesto palabras a estados de ánimo, a sensaciones y emociones que nosotros de ninguna manera acertaríamos a expresar, que ha reconfortado y ensanchado nuestro espíritu, que nos ha hecho, si no mejores, sí distintos a como éramos antes de conocerlos y adentrarnos en sus páginas.
         ¿De qué vale a la literatura, al escritor Cervantes, que al cabo de los siglos se formen colas milenarias de gentes con sus móviles cuyo único interés es sacar una foto de su tumba, si casi ninguna de ellas ha entretenido sus ocios con el coloquio de Cipión y Berganza, con los discursos de don Quijote y las bellaquerías de Sancho, con la tristísima  despedida —Adiós gracias, adiós donaires en el prólogo a Los Trabajos de Persiles y Sigismunda?
         Lástima que Cervantes, conociendo como bien conocía a sus contemporáneos, no adivinara los tumbos que iban a dar sus huesos y no dejara escrita una manda como la que se lee en la tumba de su contemporáneo Shakespeare:

       Buen amigo, por Jesús, abstente
       de cavar el polvo aquí encerrado.
       Bendito sea el hombre que respete estas piedras
       y maldito el que remueva mis huesos.


Imágenes:
http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/6/66/Cervates_jauregui.jpg
http://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/3/37/Monasterio_de_San_Ildefonso_y_San_Juan_de_la_Mata_-_Cervantes.jpg