viernes, 17 de marzo de 2017

Iῶτα (5)

HIPERTEXTO
     El diccionario de la RAE restringe la palabra hipertexto al ámbito informático y la define como el “conjunto estructurado de textos, gráficos, etc., unidos entre sí por enlaces y conexiones lógicas”. En otras palabras, hipertexto es un texto digital que enlaza a información adicional mediante hipervínculos. Por ejemplo, en la frase El tabaco perjudica la salud, podrían establecerse cuatro enlaces primarios: uno para remitir al concepto “artículos determinados en español”; otro nos llevaría a la entrada “tabaco” de la Wikipedia; un tercer hipervínculo nos facilitaría la etimología, acepciones, conjugación y usos gramaticales del verbo “perjudicar”, y un cuarto nos dejaría ante la fabulosa posibilidad de recalar en cada uno de los 592.000.000 de resultados que ofrece el buscador Google para el término “salud”. No hace falta decir que en el texto de cada uno de esos vínculos primarios pueden establecerse innúmeros vínculos secundarios —dentro del artículo  “tabaco”, podemos establecer hiperenlaces a términos como solanácea, América del Sur, enfisema o droga, entre otras muchas posibilidades—; y que dentro de estos textos adicionales secundarios podemos marcar otros terciarios, y así hasta casi la infinitud, pudiéndose llegar en este afán hipervinculante a que una simple frase como la que nos sirve de ejemplo llegue a tener conexión con miles y miles de palabras y de conceptos científicos, económicos, religiosos, médicos, botánicos, lingüísticos, geográficos, históricos, etc., hasta lo mareante e incomprensible, como un texto que contiene en sí conexiones con todas y cada una de las palabras de una lengua, y, puestos ya a vincular, con todas y cada una de las palabras de todas y cada una de las lenguas del mundo. Una pesadilla borgiana. El problema del hipertexto es, ya se adivinará, el exceso de ramificación, la proliferación de enlaces, de manera que el lector que haya seguido esos vínculos acabe en poco tiempo tan perdido y distanciado del texto original como nuestro planeta de Plutón.
                   Joyce se propuso algo parecido en Ulises, pero sin concretar los vínculos con notas al pie, que era lo normal en su tiempo. Publicó su texto limpio de polvo y paja, salvo las posteriores explicaciones generales de los esquemas Linati y Gilbert, pero luego declaró un doble juego: “He puesto tantos enigmas y acertijos que la novela mantendrá ocupados a los profesores durante siglos, discutiendo acerca de lo que quise decir. Esa es la única forma de asegurarse la inmortalidad”. Entre la boutade y la chulería,  estas palabras se van cumpliendo de momento. Para comprobar lo primero, acceda el lector a la página web Iberjoyce, mantenida por la «Asociación Española James Joyce», y échele una ojeada a la selecta bibliografía. Para lo segundo, hojee los periódicos en torno al 16 de junio. Joyce, de momento, sigue vivo.
            Al comienzo de este ensayo prometí leer Ulises en una edición sin notas, comentarios, prólogo o epílogo alguno, y recurrir solamente a los diccionarios. Así lo he venido cumpliendo hasta el episodio noveno en que, por innata inclinación a indagar para aprender, y por dar aire de cientificidad a este experimento, poniéndome en el pellejo de esos profesores a los que reta el novelista irlandés, decidí hacer una cala e investigar conexiones, alusiones, citas textuales, parodias y otros homenajes presentes en el texto. Consciente de que podía ser arrastrado por el remolino de Caribdis o devorado por los perros de Escila, es decir, sabiendo que me exponía al peligro de perderme y entretenerme durante meses, si no años, en el hipertexto joyceano, buscándole parentela a cada línea, me limité a las cuatro primeras páginas del episodio, prometiéndome y jurándome no perseverar más allá por muy sirénido que fuese el canto.
            El resultado fue sorprendente. Apabullante. Resumiré e ilustraré: hasta 14 hipervínculos pueden marcarse en la primera página de la primera edición de Ulises. Voilà:



         Veamos ahora la traducción al español de ese texto, establezcamos los hiperenlaces, y aventúrese el lector si es gustoso.
         “Bien educado, para hacerles sentirse a gusto, el bibliotecario cuáquero ronroneó:
            —Y no tenemos, verdad, aquellas inestimables páginas del Wilhelm Meister? Un gran poeta sobre un gran poeta hermano. Un alma vacilante contra un mar de dificultades [1], desgarrado por dudas contradictorias, tal como uno lo ve en la vida real.
            Avanzó un paso en paso de danza sobre crujiente cuero de vaca [2] y retrocedió un paso en paso de danza sobre el solemne enmaderado.
            Un auxiliar sin ruido, abriendo la puerta muy ligeramente, le hizo una señal sin ruido.
            —En seguida —dijo, crujiendo en su marcha, aunque demorándose—. El bello soñador ineficaz [3] que llega a estrellarse contra la dura realidad. Uno siempre tiene la impresión que los juicios de Goethe son tan verdaderos. Verdaderos en un análisis muy amplio.
            Dosvecescrujiendo análisis, desapareció a paso de courante [4]. Calvo, muy celoso, junto a la puerta prestó sus grandes oídos a las palabras del auxiliar: las oyó y se marchó.
            Dos quedaron.
            —Monsieur de la Palisse —se burló Stephen— estaba vivo quince minutos antes de su muerte.
            —¿Ha encontrado a esos seis valientes estudiantes de medicina —preguntó John Eglinton con bilis de anciano— para dictarles el Paraíso perdido? Las penas de Satán lo llama él.
            Sonríe. Sonríe la sonrisa de Cranly.
                                               luego le dio golpecitos,
                                               luego le metió la sonda femenina
                                               porque estudiaba medicina
                                               un pícaro estu…”
            Ese mismo camino vinculativo llevan las siguientes tres páginas del capítulo. Don Gifford y Robert J. Seidman [5], autores de un monumental estudio crítico sobre Ulises,  encuentran en ellas al menos 37 ocasiones más de comentario.  
            Como se habrá comprendido ya, una lectura así, continuamente interrupta de Ulises resultaría, además de tediosa, infructuosa, pues la insistencia en la dispersión produciría en el lector olvidos o lagunas en la historia principal, cuando no desinterés, o pérdida de perspectiva, o de percepción de la trama o de la motivación de los personajes.
            El problema de la lectura «hipervinculada» de Ulises puede agravarse aún más. Hasta ahora hemos hablado de las alusiones, citas, parodias y homenajes varios —eso que Joyce llamaba “enigmas y acertijos”—, pero nada hemos dicho de cuestiones filológicas, puramente textuales. Así comenzaba su artículo [6] Roger Mortimer en junio de 1984: “Resulta que el texto de Ulises que conozco y amo no es lo verdadero, lo auténtico. Tiene cerca de 5.000 errores, omisiones y transposiciones incluidos. Imagínense el cuerpo de un ser querido con 5.000 cambios. ¿El cuerpo adorado sigue existiendo, o es algo nuevo?”. La nueva versión de que se habla, obra del crítico canadiense Hugh Kenner, consta de 1.919 páginas agrupadas en tres volúmenes. En la edición que sigo, anterior a la de Kenner, cada página admitiría 7,3 correcciones por página, que no es moco de pavo.
            Imaginemos, finalmente, el Ulises de todos los Ulises, el gran hipertexto joyceano que acogiera tanto los hipervínculos exigidos por los enigmas y acertijos como las cinco mil correcciones de Kenner, más las que puedan haber venido después. Creo que estaríamos ante un monstruo, llamémosle Escila o Caribdis, que acabaría con más de uno de los pocos lectores que la novela tiene en la actualidad.
            Vista la experiencia de los vínculos y notas referidos a las cuatro primeras páginas del episodio 9, y  el peligro de abandono o naufragio que arrastra, volveré a la lectura elemental, sin otra ayuda que los diccionarios y mi voluntad, pues no quiero quedar retenido de por vida en la isla Ogigia de la hipertextualidad.











[1]
Enlazamos al libro IV, capítulo XIII, de la edición en inglés de la obra de Goethe, Wilhelm Meister’s Apprenticeship, cuando el protagonista habla sobre el príncipe Hamlet.
[2] W. Shakespeare, Julio César, acto I, escena 1, quinta intervención del Ciudadano Segundo.
[3] J.W. von Goethe (1749–1832), Wilhelm Meister’s Apprenticeship, libro V, cap. XII: los personajes hablan de Shakespeare tras la representación de Hamlet.
[4] W. Shakespeare, Twelfth Night, acto I, escena 3, líneas 136-137. SIR TOBY BELCH: … why dost
thou not go to church in a galliard and come home in a coranto?
[5] Ulysses Annotated. Notes for James Joyce’s Ulysses, University California Press, 1988.
[6] «La nueva versión de Ulises», El País Libros, 17 de junio de 1984.
            

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