domingo, 28 de marzo de 2021

La señorita Grete (1)

A Carmen Anisa

Felice Bauer y Franz Kafka en julio de 1917.

 
Un amor de papel

El miércoles 29 de octubre de 1913, Franz Kafka responde a la carta enviada desde Aussig por una desconocida, Grete Bloch, que se presenta como amiga y emisaria de Felice Bauer, la novia berlinesa del escritor. La relación entre Bauer y Kafka navegaba esos días por una mar revuelta y borrascosa. Llevaban carteándose poco más de un año. Se habían conocido en Praga, una noche de mediados de agosto en casa de los Brod. Kafka había acudido a casa de su amigo Max para revisar por última vez el orden de los textos de su primer libro, Contemplación, que iba a publicar en Leipzig el editor Kurt Wolff. Su primera impresión de Felice no fue muy allá. Al verla con ropa cómoda y zapatillas de andar por casa la confundió con una criada. Tampoco le pareció bello el rostro alargado y huesudo, de robusta barbilla y nariz como rota, ni el pelo rubio, lacio, sin atractivo alguno. Sin embargo, conectaron enseguida, mientras comentaban las fotografías turísticas de una agencia de viajes y proyectaban un viaje a Palestina en las vacaciones del verano siguiente. Felice Bauer no había cumplido aún 25 años, era una mujer inteligente, culta, segura de sí y de lo que quería en la vida.

Kafka tardó más de un mes en enviarle la primera carta a aquella joven berlinesa que trabajaba como directora de la firma Carl Lindström, fabricante de gramófonos y dictáfonos. Y mes y medio en pasar del “muy estimada señorita” al “amor mío” y otras afectuosas -nunca eróticas- manifestaciones de su amor: darle o recibir un beso, coger su mano, estar pegadito a ella, echarse a sus pies… El suyo fue un amor alimentado por cientos de cartas -una, dos, incluso tres el mismo día- y por el intercambio de unas cuantas fotografías. Apenas usaron los telegramas y el teléfono, ante el que Kafka temblaba, pero sí aprovecharon todas las posibilidades postales de la época: cartas, tarjetas y pequeños paquetes por correo ordinario, certificado, urgente o neumático. Menos de un día tardaba una carta entre Praga y Berlín.

Desde septiembre de 1912 hasta el día en que recibe la de la señorita Bloch, Franz Kafka le envió a Felice 315 cartas. A pesar de que le había dicho en la primera que sería impuntual en su correspondencia y que esperaba lo mismo de ella, Kafka era un “epistológrafo” exigente hasta el agobio, que se angustiaba ante la mínima tardanza de una carta y esperaba respuestas inmediatas a las suyas: “Amor mío, ¿qué te he hecho para que me tortures tanto? Hoy, de nuevo, ni una sola carta”, le reprocha un día, e insiste al siguiente: “¡Amor mío!¡Pobrecita! Tienes un enamorado lamentable y sumamente incómodo. Si pasa dos días sin recibir una carta tuya, pierde la razón”.

Después de escribir de un tirón La condena, en la noche del 22 al 23 de septiembre de 1912, y de rematar La transformación tres meses después, Kafka entra en un periodo de sequía literaria que llega hasta la primera ruptura del compromiso de boda, en julio de 1914. Durante ese tiempo, Felice Bauer se convierte en centro y motor de la escritura de Kafka, que transforma esta relación amorosa en un auténtico proyecto literario, en una verdadera novela epistolar (las cartas ‒la novela‒ de la vida), que va escribiendo en su casa, en su despacho del Instituto de Accidentes del Trabajo, en el tren, en los cafés de Praga, en las habitaciones de pensiones y hoteles donde pernocta por motivos de trabajo, en los sanatorios naturistas donde pasa parte de sus vacaciones.

Aparte el primer encuentro en casa de los Brod, hasta el momento en que recibe la carta de Grete Bloch, Kafka y Felice se habían visto sola y brevemente en dos ocasiones más en Berlín. La primera fue en la tarde del domingo de Pascua, un 24 de marzo, cuando dieron un corto paseo por el Tiergarten y él perdió el tren y hubo de pasar una noche más en el Askanischer Hoff. La otra vez fue en la segunda semana de mayo, cuando viajó de nuevo a Berlín para celebrar el compromiso entre Ferry Bauer, el hermano de Felice, y Lydia Heilborn. Poco satisfactorios uno y otro encuentro.

          A mediados de junio de 1913, después de nueve meses de intenso intercambio de cartas y de los tres encuentros que ya conocemos, Franz Kafka pide a Felice matrimonio por carta y comienza a buscar piso en Praga. Es lo que hay que hacer, piensa, pero no lo vive con ilusión. El escritor anota en su diario los motivos de su renuencia y los va confesando en sus cartas a Felice.

        Uno, el matrimonio significa el fin de sus posibilidades de abandonar el trabajo en el Instituto de Accidentes del Trabajo, trasladarse a Berlín y vivir de sus escritos en periódicos y de la publicación de sus libros, un deseo que sólo vio cumplido a medias durante los últimos meses de su vida, muy tocado ya por la tuberculosis, cuando se fue a vivir a Berlín con Dora Diamant en el otoño de 1923.

         Dos, Kafka albergaba muy serias dudas sobre su salud sexual y sobre la posibilidad de tener hijos. Cuando nació su sobrino Felix, hijo de su hermana Elli y de Karl Rosmann, le escribe a Felice: “yo, el hermano y tío, no sentía el menor cariño, sino envidia, nada más que envidia furiosa contra mi hermana o, mejor dicho, contra mi cuñado, pues yo nunca tendré un hijo, eso es más seguro que… (no quiero pronunciar en vano una desgracia aún mayor)” [Cartas, 8 noviembre 1912, 223]. No sabemos de dónde le venía a Kafka esta certeza, que volvemos a encontrar meses más tarde: “… perderías la vida que has llevado hasta ahora ‒le asegura a Felice‒ y en la que te sentías plenamente satisfecha. Perderías Berlín, la oficina ‒que te alegra‒, los amigos, las pequeñas diversiones, la perspectiva de casarte con un hombre sano y divertido, de tener unos hijos sanos y hermosos que, si lo piensas, anhelas claramente. A cambio de esa pérdida imposible de calcular ganarías a una persona enferma, débil, insociable, taciturna, rígida, casi desesperanzada, cuya única virtud consiste en amarte” [Cartas, 8 y 16 de junio de 1913, 587].

       Tres, la cotidiana relación conyugal chocaría con la necesidad de soledad y aislamiento para escribir: “¿Qué te parece entonces, Felice, amor mío, una vida conyugal en la que, al menos durante unos mes al año, el marido vuelve de la oficina a las dos y media o a las tres, come, se acuesta, sale a pasear [sin compañía] una hora y luego se pone a escribir hasta la una o las dos? ¿Lo aguantarías? ¿No saber nada de tu marido salvo que está sentado en su cuarto, escribiendo?” [Cartas, 22 junio de 1913, 596] Kafka era un solitario que necesitaba a los demás: el vínculo afectivo e intelectual de sus amigos, el amor de sus novias, el jaleo de su familia, la presencia vigilante de sus jefes y compañeros de trabajo, la atención de sus editores. ¿Habría publicado un solo texto sin la mediación de Brod o viviría sumido “en el centro del silencio”?

         Cuatro, si dejara de escribir, dejaría de existir. Kafka ya había asumido que su ser esencial era la literatura: “… es mediante la escritura como me agarro yo a la vida, a esa barca en la que pone Felice. Ya es bastante triste que no consiga subirme a ella. Pero has de comprender, queridísima Felice, que si alguna vez pierdo la escritura, lo perderé todo, incluida tú” [Cartas, 2 enero 1913, 390].

         Cinco, se sentía incapaz de vivir solo, pero era incapaz de hacerlo con alguien, que además tendría que asumir sus circunstancias y sus problemas. Sólo ella parece darle alguna esperanza, pero al fin desiste: Felice Bauer no era la solución a sus insomnios ni a su briega a cuerpo limpio con la escritura.

        Seis, Kafka se angustia al imaginarse casado con Felice y procurándole una vida desgraciada: “le tengo un miedo absurdo a nuestro futuro y a la desdicha que mi naturaleza y mi culpa pueden provocar en nuestra convivencia y que ha de afectarte primero y plenamente a ti, porque en el fondo soy un hombre frío, egoísta e insensible a pesar de toda la debilidad que, más que atenuarlo, lo oculta” [Cartas, 1 julio 1913, 606].

        Siete, dos de sus maestros literarios, Flaubert y Grillparzer, permanecieron solteros.

        La propuesta de casamiento se enfría, Felice interrumpe su correspondencia y Kafka se va de viaje 20 días a Italia: Venecia, Verona, Desenzano y finalmente el sanatorio del doctor Hartung en Riva, a orillas del lago Garda. Allí conoce a una muchacha suiza, Gerti Wasner, de la que súbitamente se enamora y con la que mantiene una intensa relación que nunca olvidará, y que más tarde confesaría a Felice: “En el sanatorio me enamoré de una muchacha, una niña de unos dieciocho años, una suiza que, sin embargo vive en Italia, cerca de Génova […] totalmente inmadura, pero extraña, sumamente valiosa y, hasta podría decirse, profunda a pesar de su constitución enfermiza” [Cartas, 29 diciembre 1913, 693].

         Felice no sabe ya qué hacer, si cortar definitivamente o salvar la relación. Sólo se le ocurre echar mano de una amiga, a la que le encarga que vaya a Praga e intermedie ante aquel hombre tan especial y contradictorio, que en una carta le pide matrimonio y en la siguiente reivindica su necesidad de permanecer solo, entregado a la escritura. En cumplimiento de su tarea, la señorita Bloch envía a finales de octubre una carta al doctor Franz Kafka desde Aussig, anunciándole que llegará a Praga el día 30 de octubre por la tarde para hablar con él sobre su relación con Felice. Kafka acepta el encuentro y reserva una habitación para tres días en el hotel Schwarzes Ross, en el Graben, la calle comercial de Praga.


Vista del Graben (hoy Na Prikope) en 1905







***

Las citas corresponden a: Franz KAFKA, Cartas. 1900-1914. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2018.

Procedencia de las imágenes: Klaus WAGENBACH, Franz Kafka. Imágenes de su vida. Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Barcelona, 1998.


lunes, 22 de marzo de 2021

Mitología gore


Ocre

A estas alturas del año se la puede ver en lo más alto de una encina lanzando al aire limpio de las mañanas las tres sílabas de su canto monocorde ‒pupupú, pupupú, pupupú‒, o volando errática, mariposeando en una y otra dirección, como si titubeara, como si no tuviera claro su destino, vistosa con su penacho eréctil y su largo pico de alfanje, el ocre, el negro y el blanco de sus plumas, prima hermana ‒por Coraciforme y por Sindáctila (tres dedos apuntando hacia delante, sin membrana interdigital)‒ de los abejarucos, de las carracas y de los martines pescadores.

Las abubillas tienen fama de malolientes ‒Eso hiede como abubillos, he oído más de una vez en Torrecampo‒, y ni se comen ni se cazan. Bien merecida les viene la fama, sin duda, y la responsable es una glándula alojada en el obispillo ‒la penca, de donde nacen las plumas de la cola‒, que segrega un fluido hediondo que aleja del nido a sus depredadores. En el Deuteronomio (14, 18), en el catálogo de aves que la ley religiosa prohíbe comer ‒águilas, quebrantahuesos, buitres, milanos, halcones, cuervos, avestruces, mochuelos, pelícanos, cigüeñas, garzas, murciélagos‒, encontramos también a nuestras crestadas abubillas. Siglos más tarde, el enciclopédico santo Isidoro de Sevilla recoge a su manera en las Etimologías esta leyenda negra de las abubillas y escribe que frecuentan los excrementos humanos, se alimentan de estiércol, habitan en las tumbas y si alguien se impregna de su sangre tendrá malos sueños con demonios estranguladores. La asociación con el estiércol tiene base científica, pues estas aves se alimentan de toda clase de insectos y larvas que buscan en los troncos, en la tierra o en los detritos. El arzobispo sevillano se hace eco también de la presunta función mágica de nuestro pájaro, al que curanderos y visionarios adjudicaban poderes para aguzar el entendimiento de los lerdos, para combatir el mal de ojo y los padecimientos de los riñones, o para escuchar de viva voz de los dormidos los sueños que están teniendo.


Blanco

Los griegos antiguos llamaron a este pájaro con un nombre tomado quizá de una onomatopeya indoeuropea ‒ἒποψ, ἒποπος‒, transformado primero por los romanos en ŭpŭpă, que designaba tanto al pájaro como en metáfora al pico puntiagudo utilizado por los canteros, y siglos adelante consagrada por el habla en su forma diminutiva upupella, madre de nuestra actual “abubilla” tras la consiguiente evolución fonética: pérdida de la eme final del acusativo, sonorización en be de la pe intervocálica, palatalización en elle de la ele geminada, cierre en un grado de la vocal e (como castillo, como silla, como cuchillo).


Negro

En los remotos tiempos en que las polis griegas disputaban unas con otras por el mantenimiento, la expansión o la merma de sus fronteras, hubo una vez en que el tebano Lábdaco quiso apropiarse de una parte del territorio ateniense. Pandión, rey de Atenas en aquel momento, llamó en su ayuda al guerrero Tereo, que gobernaba en Tracia y que logró la victoria sobre el invasor. En agradecimiento, Pandión, padre de dos hermosas hijas, entregó la mayor, Procne, al tracio, que regresó como héroe a su patria, a la invicta ciudad de Dáulide. Pero la unión no fue bien vista por los dioses, al menos por Juno, protectora de los matrimonios, ni por las Gracias, que no acudieron a la boda. Sí lo hicieron, en cambio, portando antorchas que antes habían ardido en un entierro, las Euménides o Furias, conocidas también irónicamente como las Benévolas, que prepararon el tálamo. Esa noche, un búho se adentró en palacio y anidó en el techo de la alcoba nupcial.

Nueve veces se había llenado la luna cuando la hermosa Procne dio a luz un varón al que llamaron Itis, que era el orgullo de su padre, pero ella no era feliz, se sentía sola, echaba de menos a los suyos, sobre todo a su hermana, la dulce Filomela, por eso imploró a su esposo que, para curar de su nostalgia, la dejara ir hasta Atenas o permitiera que su hermana viajara hasta Daulide. Tereo se decidió por esto último y él mismo embarcó rumbo al Pireo. Recibido cariñosamente por su suegro, acudió también a saludarlo Filomela, “opulenta por el lujo de su atavío ‒escribe Ovidio‒, pero más opulenta por su belleza”, y Tereo fue súbita presa de la lujuria y del deseo carnal. A duras penas contiene el libidinoso rey sus infames impulsos, imagina que la abraza, que la besa, la desnuda con la mirada, le hierve la sangre por la inmensa hoguera que arde en su interior.

“He vencido y conmigo viaja mi pasión”, dice para sí una vez embarcados de vuelta a Dáulide. Y a duras penas no salta sobre ella como un león sobre su presa y la posee. Pasa la noche en vela, soñando tocar lo que no ve, profanar lo que imagina. Acabado el viaje, fatalmente dominado por su frenesí, Tereo conduce a la joven a una cabaña en lo más espeso del bosque y allí da rienda suelta a su bárbara libido, y no atiende a las súplicas ni a las lágrimas de Filomela, que inconsolable y en vano grita pidiendo ayuda. Allí mismo la hermosa joven pierde forzadamente su doncellez. Y se queja a los dioses que han permitido tamaña atrocidad, y promete que no callará, que proclamará a los cuatro vientos el ultraje del que ha sido víctima.

Furioso Tereo por esta justificada amenaza, encadena a Filomela, le saca la lengua con unas tenazas y se la corta con la espada, para que a nadie comunique el brutal crimen. Cae aún viva la lengua al suelo y convulsiona unos instantes como rabo de lagartija. Cuando Tereo regresa a palacio, “profiere mentirosos gemidos, le cuenta a Procne una supuesta muerte de Filomela, y las lágrimas le dieron crédito”, leemos en el libro VI de las Metamorfosis, y a Procne no le queda sino llorar y lamentar la suerte de su querida hermana.

Un año mantuvo Tereo a la muda y desdichada Filomela en la escondida cabaña, forzándola bestialmente una y otra vez, hasta que la joven urdió un plan para poner a su hermana al día: en la urdimbre de un viejo tapiz que colgaba en una de las paredes, la joven tuvo habilidad para entremeter unos hilos púrpura que contaban en clave su miserable suerte y hacérselo llegar a su hermana, que enseguida descifró el mensaje. El inmenso dolor enmudeció a Procne y secó sus ojos a las lágrimas, pero encendió su deseo de una cruel venganza.

Aprovechando que eran las fiestas en honor de Baco, Procne cubrió su cabeza con pámpanos y sarmientos, su cuerpo con una piel de ciervo, y en ruidoso y frenético séquito llega hasta la cabaña, libera a su hermana, la viste como bacante y consigue llevarla hasta sus aposentos en palacio. Filomela se siente avergonzada y llora sin consuelo. Procne, airada, promete quemar a Tereo, “o bien le arrancaré con el hierro la lengua o los ojos y los miembros que te quitaron la honra, o bien a través de mil heridas echaré fuera su alma”. Cuando acaba de hablar entra en la estancia Itis, que corre a abrazar a su madre, se le cuelga del cuello y la besa y la acaricia entre inocentes risas. En ese momento Procne ya sabe lo que hará. “¡Qué parecido eres a tu padre!”, le dice, mientras arrastra a su hijo hasta el rincón más apartado del palacio y le clava un puñal en el pecho. Filomela, que los ha seguido, no quiere ser menos en aquella carnicería, toma el puñal de manos de la hermana, le rebana el cuello al niño y descuartiza el menudo cuerpo. Unos trozos “saltan en capaces calderos de bronce, otros chisporrotean en asadores: chorrea sangre la estancia”.

Mientras el ajeno Tereo acaba los sabrosos platos que su esposa le ha preparado y pregunta por su hijo, ella le responde: “Dentro de ti tienes a quien buscas”. Sólo entiende el enigma Tereo cuando aparece Filomela toda ensangrentada por la escabechina y lanza la cabeza del niño sobre la mesa. Grita de dolor y de horror el rey, invoca a las Euménides y persigue armado a las hermanas, que antes de ser alcanzadas por el afilado hierro invocan a los dioses y son transformadas en pájaros, en golondrina Procne, ave que conserva salpicaduras de sangre en su rostro rojizo, y en ruiseñor Filomela. Tampoco Tereo escapó a la metamorfosis, y acabó convertido en “un pájaro que tiene en la cabeza una erguida cresta; el pico se prolonga desmesuradamente sustituyendo a la larga lanza, abubilla es su nombre y semeja un guerrero armado”.

La mitología grecolatina, como cualquier creencia religiosa, además de una explicación del mundo es un código, una sarta de historias, de prohibiciones y de consejos, de premios y de castigos, que procuran regular la conducta humana y marcarle sus valores y actitudes. Como puede comprobarse en esta historia de Tereo, Procne y Filomela, los relatos mitológicos no ahorran conductas atroces, escenas con sangre y salpicaduras ‒hoy las llamamos gore o splatter‒ con el fin de resultar ejemplares y mostrar que todo comportamiento desviado ante los dioses o ante los humanos es castigado sin apelación posible. Llama la atención en este caso que unos pájaros con tan buena prensa en nuestra cultura como el canoro ruiseñor, símbolo del solitario y melancólico canto nocturno de amor, o las raudas golondrinas, benditas en la tradición cristiana por haber quitado con su pico las espinas de la cabeza de Jesucristo, recuerden en la mitología clásica conductas abominables como la violación, el infanticidio, la mutilación y el canibalismo.

Mientras escribo estas últimas líneas, una golondrina se ha posado en la barandilla del balcón de enfrente. Veo la mancha rojiza de su rostro y de su pecho. Enseguida se lanza al vuelo vertiginoso y la pierdo de vista calle abajo. Hace un día magnífico. Luce el sol brillante bajo un azul puro. En un rato saldré al campo. Espero ver y escuchar al guerrero Tereo en la copa de una encina. Y a la pequeña Filomela entre la espesura de la ribera del Guadamora.

domingo, 21 de marzo de 2021

Qué más bello

 

Qué más bello

que ese vagido de luz

y de belleza en los campos

frescos del amanecer.


Aunque solo.



viernes, 12 de marzo de 2021