sábado, 21 de noviembre de 2020

Malajes

            Hoyuelo en la barbilla en punta, cejas finas en circunflejo, ennegrecido el rostro y el humor, mono azul. Su herrería estaba al fondo del segundo patio de los pabellones y no quería vernos cerca de su fragua. Si la pelota rodaba hacia su rincón se la quedaba y de su boca salían truenos y relámpagos.

           Chispas de sus ojos. 

           Siempre andaba de mal humor con los niños. 

     En las tardenoches negras del invierno el patio se iluminaba con los relampagueos azules de la soldadora. Lo llamábamos el Demonio.

*

            Nunca desde la muerte de su madre había vuelto a sentirse tan triste, tan desilusionada, tan a flor de piel las lágrimas como la primera vez que él llegó bebido a casa y se puso esaborío, y con la excusa más tonta empezaron las voces y los malos modos.

            El camino a la desdicha, al desinterés. La desposesión de su identidad, su exclusiva consagración a la casa, al marido, a los hijos.

            Él reprodujo el modelo. Ella lo asumió.

*

martes, 17 de noviembre de 2020

Mi reino por un adjetivo

En lo que de animal y de instintivo retiene el ser humano, late, entre otros impulsos elementales, el de la continuidad, el de la transmisión de vida a otros seres que garanticen la supervivencia de la especie: nuestro ADN contiene instrucciones para la permanencia biológica.

Además de la posibilidad genética de crear vida, las personas hemos ideado otras maneras de posteridad, otras formas de seguir, de estar presentes entre nuestros semejantes cuando hayamos desaparecido de este mundo. No hablo de herencias en términos jurídicos —dinero, casas, fincas, empresas, cuadros, coches exclusivos—, sino de legados emocionales, ideológicos, culturales; de la huella —material o inmaterial— que recibimos de antecesores más o menos remotos, que no son nuestros padres biológicos. Hablo de testimonios de vida como las figuras —¿mágicas?— de las cuevas de Altamira, del códice en que manos anónimas glosaron expresiones latinas en la lengua romance que hablaban los vecinos de Santo Domingo de Silos y alrededores, del pequeño escriba sentado y de la monumental victoria de Samotracia, de la férrea torre Eiffel y de la misteriosa sonrisa de Mona Lisa, de la noche alucinada de Van Gogh, de la lengua mordaz de Quevedo y de la no menos bífida de don Luis de Góngora, de los oscuros apaños de la vieja Celestina, de las perspectivas y de las circunstancias de José Ortega y Gasset. Hablo de creadores, de quienes a su manera han dejado su impronta en las generaciones que les siguieron, hablo de artistas, filósofos, constructores, científicos, ingenieros; hablo también de adjetivos.


https://es.calcuworld.com/wp-content/uploads/sites/2/2019/02/cuales-son-los-tipos-de-adjetivos.jpg

Fijémonos en un gremio de esos artistas, en el de los escritores o creadores a través de las palabras. ¿Qué busca un escritor? El éxito, sin duda, ver que su obra es bien acogida por sus contemporáneos, que no se la ignora, que no se hunde en el olvido. La escritura es ya una forma de permanencia: Verba volant, scripta manent, como afirma el dicho latino. Cierto que la palabra oral vuela y es capaz de llegar a cualquier rincón, pero no lo es menos que en el trayecto esa palabra suele desvirtuarse; lo escrito, en cambio, permanece fijo en un soporte y raramente se transforma. Legítima aspiración, pues, de un escritor la de querer que su texto permanezca tal como él lo escribió, sin alteraciones ni aditamentos de otra mano.

Ese deseo de permanencia de la escritura va más allá de la estricta fijación del texto creado. El afán del escritor no suele parar en la simple satisfacción de ver su creación en letras de molde. Los autores pretenden, sí, que nadie transforme a su gusto lo escrito, pero aspiran también a que ese texto perdure, a que sea leído en el futuro, algo que solo ocurre con escritores y escritoras excepcionales. Que un escritor sea leído en su tiempo no garantiza que lo vaya a ser por lectores de otra coyuntura histórica. Basta preguntarse a cuántos poetas españoles del XIX lee uno, para comprobar que el gusto lector cambia, como los modos de creación y de recepción de la obra literaria.

Podemos preguntarnos también cuántos de los miles de libros publicados anualmente en nuestro país pasarán la criba y serán leídos dentro de cien años, o qué autores actuales se habrán consagrado y quiénes habrán desaparecido en el remolino del olvido. Podríamos finalmente preguntarnos cuántos de esos supervivientes al juicio implacable del tiempo lograrían crear su propio adjetivo, como ocurre ahora, cuando calificamos de gongorino o becqueriano el estilo de tal o cual poeta, o decimos de alguien que su vida es muy dickensiana, o que tiene una actitud proustiana, o hablamos de un concepto unamuniano, de una situación propia de un drama lorquiano, de un ensayo claramente marxista o nietzscheano, de una tarde machadiana. Si el porvenir y el diccionario académico le han otorgado un adjetivo, señal de que estamos ante una obra de calidad. El adjetivo es la insignia de la maestría literaria, la puerta a la posteridad. Qué no daría cualquiera de los miles de escritores por conseguir su adjetivo de familia. ¿Actuaría como Fausto?

El logro de un adjetivo para caracterizar el mundo literario de un escritor suele usarse a veces como canon o modelo para los de otros escritores, es señal de vigencia y validez de su discurso literario, un marchamo de calidad que se concede a los menos, a los grandes maestros: Homero, Cervantes —que además de su propio adjetivo (La novela de X es una ficción muy cervantina), ha logrado adjetivos para sus personajes (El carácter quijotesco o sanchopancesco de una persona)—, Shakespeare (la duda hamletiana), Tolstoi…

En el rango más alto de esa posteridad literaria, contados autores han dado lugar a adjetivos relacionados con su nombre y con el espíritu de su obra, pero que tienen su propia acepción, me refiero a adjetivos como homérico, que ha ampliado su semántica para señalar algo épico, grandioso (una aventura de aire homérico), como dantesco, ‘que causa espanto’, (un paisaje dantesco), o kafkiano, ‘absurdo, angustioso’, (una situación kafkiana). Son adjetivos en cierta manera autónomos: no es necesario haber leído a Homero, Kafka o a Dante para saber sus significados, basta acudir al diccionario.

La inmortalidad literaria es un adjetivo, una simple palabra que remite al mundo de un escritor, pero lo ha trascendido y se aplica a un ambiente, a un concepto, un hecho, una circunstancia o una persona de la vida real que se le parece, en cualquier época y lugar.

Hacerse lengua, cristalizar en una palabra, en un adjetivo. El proceso de la lengua se cumple, se cierra el ciclo, cuando un artista de la palabra se hace palabra él mismo, para estar en boca de cualquier hablante, como esta mañana, cuando una periodista hablaba en la radio de la situación dantesca vivida recientemente en algunas residencias de mayores, cuando un amigo, indignado e histriónico, nos divierte con el proceso kafkiano en el que se ha visto inmerso por la titularidad de una pequeña parcela de olivar, o cuando el crítico del suplemento literario del periódico recomienda una obra que contiene “los elementos del drama homérico”.

Se cierra así el ciclo. Al principio era el verbo. Al final resultó el adjetivo. 

martes, 10 de noviembre de 2020

El campo de tiro y el cementerio (XLV)


A la vista del cementerio, Café. «¡Singular cartel —se dice nuestro paseante—, pero bien puesto para dar sed! Seguramente, el dueño de esta taberna sabe apreciar a Horacio y a los poetas discípulos de Epicuro. Puede incluso que conozca el refinamiento profundo de los antiguos egipcios, para quienes no había buen festín sin esqueleto, o sin un emblema cualquiera de la brevedad de la vida.»

            Y entró, bebió un vaso de cerveza frente a las tumbas y se fumó lentamente un cigarro. Luego le pudo la fantasía de bajar al cementerio —la hierba tan alta, tan invitadora—, en el que reinaba un muy rico sol.

            En efecto, la luz y el calor daban fuerte, y parecía que el sol ebrio se dejaba caer a todo lo largo sobre una alfombra de flores magníficas fertilizadas por la destrucción. Un inmenso rumor de vida llenaba el aire —la vida de los infinitamente pequeños— cortado a intervalos regulares por el crepitar de los disparos de un campo de tiro vecino, que estallaban como la explosión de los tapones del champán en el zumbido de una sinfonía en sordina.

            Entonces, bajo el sol que le calentaba la cabeza y en la atmósfera de los ardientes perfumes de la Muerte, oyó una voz que cuchicheaba bajo la tumba en que se había sentado. Y aquella voz decía: “¡Malditos sean vuestros blancos y vuestras escopetas, turbulentos vivos, que tan poco os preocupáis de los difuntos y de su divino reposo! ¡Malditas sean vuestras ambiciones, malditos sean vuestros cálculos, mortales impacientes, que venís a estudiar el arte de matar junto al santuario de la Muerte! ¡Si supierais qué fácil es ganar el premio, lo fácil que es alcanzar la meta, y cómo todo es nada, excepto la Muerte, no os fatigaríais tanto, laboriosos vivientes, y no turbaríais tan a menudo el sueño de los que desde hace mucho tiempo han dado en el Blanco, en el único verdadero blanco de la detestable vida!”


domingo, 8 de noviembre de 2020

¿Beneficio?

          En un artículo de Javier Pérez Royo[1] sobre la polarización política en Estados Unidos y la inconsecuente conclusión que de ello ha sacado el presidente del Partido Popular, leo estas palabras —«En el fondo hay una contraposición entre dos concepciones de la democracia. Los republicanos la aceptan “a beneficio de inventario”. La democracia está bien siempre que gobernemos nosotros»—, y me doy cuenta de que no las entiendo cabalmente, porque desconozco el significado de esa locución entrecomillada por el autor, que no es nueva para mí, que hace muchos años que no me encuentro escrita, y que nunca hasta hoy he consultado en el diccionario. El contexto ayuda —¿a regañadientes quiere decir?—, pero no remata la claridad conceptual, así que recurro primero al Diccionario de uso de doña María Moliner.  

            En la entrada «beneficio», la lexicógrafa aragonesa distingue entre el concepto —qué es el beneficio de inventario— y el uso de la locución adverbial. El beneficio de inventario es un concepto jurídico establecido en el derecho civil como la facultad por la que un heredero no está obligado a pagar a los deudores más de lo que importe la herencia recibida, para lo cual se hace inventario de ella, de manera que podríamos decir, por ejemplo, La abogada invocó el beneficio de inventario antes de liquidar las deudas con los acreedores.

            Para la locución «a beneficio de inventario» doña María distingue tres usos: I) Manera de tomar una herencia, utilizando ese beneficio. II) En sentido figurado, y refiriéndose a la manera de acoger una noticia, una promesa, etc., con reserva: Tomaremos sus propósitos de enmienda a beneficio de inventario. III) Tomando la cosa de que se trata solamente en lo que beneficia y despreocupándose de las obligaciones que implica: Toman el cargo a beneficio de inventario.

¿De una herencia y del pago de deudas está hablando el señor Pérez Royo en las palabras citadas? No, no apuntan éstas a un pleito civil, sino a una cuestión ideológica y de ética política.

Desechada la primera posibilidad, ¿en qué sentido hemos de entender la oración “Los republicanos aceptan la democracia a beneficio de inventario”? ¿La aceptan con precaución o cautela para no descubrir lo que realmente piensan? ¿Con discreción, circunspección o comedimiento? ¿Con desacuerdo, con recelo y desconfianza? ¿Simplemente como vehículo para sus propios fines, desentendiéndose de lo que implica una democracia? ¿O acaso “sin seriedad o esfuerzo, de manera frívola o despreocupada”, como explica la RAE que puede entenderse también la expresión que nos ocupa? Creo que el articulista se refiere a la peculiar manera que tienen los republicanos estadounidenses de entender —y asumir— la democracia: es aceptable cuando los lleva al poder, pero no cuando lo hace con los demócratas, de lo cual podría deducirse que aquellos en realidad no creen en la democracia, es decir, en la igualdad de todas las opciones políticas amparadas por una constitución consensuada. Un punto de vista sobre la democracia, por cierto, que también se observa en representantes y votantes de ultraderecha en nuestro país.

Estamos ante una frase de argot, ante un tecnicismo del ámbito jurídico que ha pasado al lenguaje común ampliando su significado desde un simple procedimiento legal hasta la expresión de duda, comedimiento, desacuerdo, desconfianza o frivolidad. Supongo que este crecimiento semántico está basado en la propia experiencia, en la aplicación de ese derecho en determinados casos y en la actitud de los acreedores, que dudarían de poder saldar la totalidad de las deudas de la persona finada con los bienes que ésta dejara a sus herederos, es decir, en la desconfianza ante el cobro de una deuda siempre que haya bienes para saldarla.

Fuera del ámbito jurídico, donde tenía un sentido unívoco, cerrado, la locución ha seguido viva en otros usos y ha ido creciendo significativamente, aunque me da la impresión de que resulta enigmática para buen número de hablantes. Del natural sentimiento de duda ante lo contingente —lo que puede suceder o no—, la expresión ha pasado a señalar también la ligereza con que a veces se afrontan determinadas circunstancias o conceptos, y vale incluso, como señalaba María Moliner, para designar una actitud falsa, como se deja ver en la frase de Javier Pérez Royo que citamos al comienzo.



[1] Javier Pérez Royo, «¿Dónde se informa Pablo Casado?», eldiario.es, 6 noviembre 2010).

jueves, 5 de noviembre de 2020

Solución / Disolución

        Ayer por la tarde, en los prolegómenos al volumen I de las cartas de Franz Kafka (Galaxia Gutenberg, 2018) encontré por tres veces una expresión que siempre me ha producido antipatía, si es que las palabras pueden provocarnos esa reacción, porque tiende una celada en la que muchos hablantes, y escribientes, caen: solución de continuidad / sin solución de continuidad.

            La dificultad de esta frase reside en que partimos del concepto más generalizado de «solución» como ‘resolución’ —de un problema, una duda o una dificultad—, entendiendo que -si algo se soluciona con continuidad, es decir, si tiene solución de continuidad, es que salta o evita el obstáculo y la cosa sigue adelante, continúa su curso: lo que tiene solución de continuidad es lo que avanza, lo que prosigue en su desarrollo. En consecuencia, de un hecho o un proceso sin solución de continuidad podremos entender que se interrumpe. Ahí está la añagaza, el trampantojo lingüístico que nos hace pensar que cuando algo tiene solución es que se ha logrado eliminar cualquier dificultad que lo empece. Si consultamos el diccionario académico, comprobaremos que la primera acepción del término «solución» es la ‘acción y efecto de disolver’, es decir, que en su etimológico y primer sentido, «solución» es sinónimo de «disolución», como ‘solutio’ y ‘dissolutio’ lo eran en latín, donde ambas palabras apuntaban a los conceptos de separación, desunión, destrucción, ruptura de la unidad entre las distintas partes de un todo. Acostumbrados, además, por el uso más generalizado a que el prefijo dis- indique dificultad (dislexia, dispepsia) o distinga parejas antónimas (gusto-disgusto, conforme-disconforme), se nos pasa que soluble y disoluble son sinónimos.

            Si no anda uno muy errado, el uso en español de ‘solución’ y de ‘disolución’ como palabras equivalentes proviene del mundo científico. En Dicciomed, un prestigioso diccionario médico disponible en la red, encontramos esta definición de ‘herida’: “Lesión que produce una solución o pérdida de continuidad en la piel provocada por un traumatismo”. Por la misma regla, podríamos decir que la fractura de un hueso es una solución de continuidad ósea, o que la muerte es la solución de continuidad de la vida. Queda claro, pues, que ‘solución de continuidad’ significa corte, ruptura, cese. Es evidente que los científicos, para apartarse del popularizado ‘solución’ = ‘resolución de un problema o dificultad’, acudieron a nuestra lengua madre, adoptando para la palabra ‘solución’ el concepto menos usado de ‘disolución’, dando así oportunidad a que una persona desconocedora del latín, y de la ciencia, confundiera el término ‘solución’ como significativamente opuesto a ‘disolución’.

            Visto esto —en latín, los sinónimos ‘solutio’ y ‘dissolutio’ comparten el significado de ruptura, interrupción; en nuestra lengua ocurre lo mismo con ‘solución’ y ‘disolución’— las expresiones solución de continuidad y sin solución de continuidad significan ‘interrupción’ y ‘continuación’ respectivamente. Sí, lo contrario de lo que parecen sugerir. Ante cualquiera de las dos expresiones, tendemos a dejarnos llevar por la generalización y no percibimos la íntima contradicción entre el significado aparente y el real: seguir / no seguir. En sin solución de continuidad se da el caso, además, de una doble negación, que tampoco percibimos —la indicada por la preposición y la contenida en el concepto ‘solución’ (ruptura, cese)—, y que da un sentido afirmativo, continuativo, al texto: ininterrumpidamente.

            ¿He resuelto o dado solución a las dudas que algún lector pudiera albergar respecto al uso de estas locuciones? Por si acaso, volvamos ahora a las que leí en la presentación de las cartas de Kafka para afianzarnos en su uso correcto. En la primera cita —“El texto de las cartas se da, en líneas generales, tal y como lo distribuyó Kafka: con las mismas divisiones de párrafos, y respetando la fórmula de encabezamiento, unas veces en línea aparte, otras sin solución de continuidad respecto a lo que sigue” (XXXIII, el subrayado es nuestro), no dudaremos: el autor afirma que en las cartas de Kafka el cuerpo de la misma va en ocasiones a continuación, inmediatamente después, del encabezamiento. Tampoco en la segunda —“Apenas se hace empleo de corchetes para indicar la existencia de un membrete, la intervención en la carta de una mano ajena a la de Kafka o la solución de continuidad del texto, indicada con los convencionales puntos suspensivos, debido a un pasaje ilegible (puy pocos) o a la ausencia de algún fragmento” (XXIII)—, ni en la tercera —“y sin solución de continuidad, el padre afirma…”—, en que los subrayados pueden sustituirse cabal y respectivamente por ‘interrupción’ y por ‘a continuación’.

            Nunca, que yo recuerde, he utilizado estas locuciones en mis escritos. Me resultan pedantes, innecesarias por artificiosas y confusas. Tampoco creo que comience a usarlas a partir de ahora, aunque tenga bien claro su significado, porque siguen pareciéndome modismos distanciantes, frases que denotan un erudito y prescindible afán de estilo. Pero basta ya de dichos y estilísticas, y demos aquí solución de continuidad a esta entrada.

¿O debería haber dicho que ésta es una entrada sin solución de continuidad?


martes, 3 de noviembre de 2020

La sopa y las nubes (XLIV)

Mi querida locuela me servía la cena y por la ventana abierta del comedor yo contemplaba las móviles arquitecturas que Dios hace con los vapores, las maravillosas construcciones de lo impalpable. Y me decía a través de mi contemplación: “Todas estas fantasmagorías son casi tan hermosas como los ojos de mi bella amada, la locuela monstruosa de los ojos verdes.”

            Y de repente recibí un violento puñetazo en la espalda, y escuché una voz ronca y encantadora, una voz histérica y como enronquecida por el aguardiente, la voz de mi queridita bien amada, que decía: ¿Te vas a comer pronto la sopa, maldito h… de p… comerciante de nubes?


viernes, 30 de octubre de 2020

Pérdidas y hallazgos (3)

 

Max Brod

Antes de que Franz Kafka muriera, Max Brod ya tenía muy claro qué hacer con los escritos de su amigo: lo mismo que había hecho con ellos desde el principio, cuando tenía que arrancárselos prácticamente de las manos y obligarlo a que los enviara a revistas, periódicos y editoriales. Sin Max Brod hoy no leeríamos a Kafka, sencillamente porque no lo conoceríamos, porque habría permanecido inédito. Kafka es Kafka por Max Brod. Tras una amistad íntima de 22 años, Kafka no dudaba de lo que haría Brod, ni Brod de lo que pretendía Kafka. Se conocían demasiado bien: ni Kafka tenía la firme voluntad de que todos sus escritos desaparecieran —¿por qué no los quemó él mismo?—, ni Brod sentía que iba a traicionar a su amigo, a incumplir la voluntad de un muerto. Prueba de ello la encontramos en la carta que Brod le escribió a Samuel Hugo Bergmann, director de la Biblioteca Nacional de Jerusalén, a primeros de julio de 1924: “Acabo de recibir la herencia literaria de Kafka para su revisión. Tres novelas y muchas otras cosas aún no publicadas esperan que alguien las prepare para imprimir. ¡Desgraciadamente, nadie puede hacer esto excepto yo! Además, se debe examinar una gran cantidad de trabajos desorganizados (te interesará saber que entre ellos hay muchos cuadernos para practicar hebreo). Me parece que en términos de valor literario, el patrimonio supera a todo lo que Kafka publicó durante su vida”.

         Lo primero que hizo Brod después de tener en su casa todo el material de su amigo, fue hablar con la familia y firmar un acuerdo por el que él se convertía, sin cobrar honorarios por su trabajo, en editor exclusivo de todos los escritos de Franz Kafka; el contrato fijaba también el porcentaje de beneficios: 55 % para los padres y las hermanas, y el 45 % para Dora Diamant; los primeros ingresos se destinarían a pagar los gastos de estancia y tratamiento en Kierling.

Luego se puso en contacto con varias editoriales. Consciente de la delicada situación económica en Alemania a causa de la superinflación, Brod aventuraba la dificultad de publicar en aquel momento las obras completas de un autor desconocido, leído solamente en reducidos círculos literarios de Praga y Berlín. No obstante, Willy Haas, en nombre de la pequeña editorial de vanguardia Die Schmiede, que tenía firmado contrato para publicar los relatos de Un artista del hambre, muestra interés por seguir publicando a Kafka, y tres días más tarde concreta su oferta por escrito. Igualmente interesados estaban los editores Ernst Rowohlt y Kurt Wolff, la Fischer Verlag, de Berlín, y la vienesa Zsolnay.

Esas cinco propuestas estaban en la mesa de Max Brod para el día 12 de julio, un mes después del entierro de Kafka. A cada oferta, Max Brod presentaba sus condiciones: la edición constaría de varios volúmenes; los manuscritos no saldrían de su casa y no podían ser consultados por los lectores de las editoriales, él facilitaría copia mecanoscrita de los textos; los beneficios empezarían a pagarse por adelantado y en plazos mensuales; el contrato se rescindiría en caso de que la editorial dejara de ingresar una sola mensualidad.

Con fines quizá publicitarios, y para atraer a las editoriales, Brod publicó en la revista berlinesa Weltbühne (17 de julio, 1924) un artículo en el que reproducía “el testamento” de Kafka que ya conocemos, e informaba del material inédito que había hallado:

 

“En su apartamento encontré diez cuadernos en formato cuarto, pero solo las cubiertas; el contenido había sido completamente destruido. Además (según una fuente confiable) quemó varios cuadernos con registros. Solo un paquete de hojas (aproximadamente 100 aforismos sobre temas religiosos), un borrador de contenido autobiográfico, que permanecerá inédito por ahora y otro montón de papeles desorganizados, que estoy revisando actualmente, se encontraron en el apartamento. Mi esperanza es que entre los diarios descubriré historias completas o casi completas. Más allá de eso, me dieron una novela sobre animales y otro cuaderno de bocetos… Las obras que se salvaron a tiempo de la ira del autor son la parte más valiosa de la propiedad y se almacenan en lugares seguros. El fogonero, una historia que ya ha sido publicada, es el primer capítulo de una novela cuya trama está ambientada en América, y de la que también existe el capítulo final, por lo que aparentemente no faltan demasiadas partes significativas… Otras dos, El castillo y El proceso, que es un libro vibrante y fascinante (que representa la cima del arte de Kafka), las guardé hace cuatro años (y hace un año), algo que realmente me reconforta hoy”.

 

         La cita ha sido larga y merece precisiones. Primera, el propio Kafka ya se deshizo en vida de material sin valor literario, y la prueba son esos cuadernos de los que arrancó las hojas, dejándolos meramente en las tapas. Segunda, esa “fuente fiable” que le asegura que Kafka quemó varios cuadernos, es Dora Diamant, que le contó cómo Kafka, estando con ella en Berlín, le mandó quemar unos cuadernos con anotaciones; 25 años después, la propia Dora Diamant recordaba en «Mi vida con Franz Kafka» (Der Monat, I, nº 1-9, junio 1949): “Para liberar su alma de estos fantasmas [todo lo que le había atormentado antes de su llegada a Berlín], quiso quemar todo lo que había escrito. Yo respeté su voluntad y, bajo su mirada, entonces él estaba en cama, enfermo, quemé algunos de sus textos. Lo que él quería escribir verdaderamente sólo podría hacerlo una vez conquistada su libertad”. Tercera, los aforismos aludidos son conocidos como “los aforismos de Zürau”, escritos en ese pueblo de Bohemia a donde Kafka se retiró unos meses de 1917 en la casa de su hermana Ottla, después de que le diagnosticaran la tuberculosis. Cuarta, queda claro que Max Brod se arroga la exclusividad en la edición y organización de los papeles póstumos de Kafka.

         Comienza entonces la aventura de la edición y publicación de las obras completas de Kafka. Max Brod se ha decidido por Die Schemiede, que publica a mediados de agosto Un artista del hambre y a comienzos de 1925 El proceso. Pero las ventas no resultan las previstas: hasta el 31 de marzo de ese año se habían vendido 551 ejemplares de Un artista del hambre. Los primeros ingresos solo alcanzaron para los gastos médicos. Los giros dejan de llegar y Brod rompe con Die Schmiede: “Me vi obligado a tomar esta medida —les escribe el 27 de noviembre de 1925— para asegurar la continuación de los pagos a los herederos de Kafka. No podía dejar a la señorita Diamant, la novia de Kafka, caer en la miseria. El legado de mi amigo me parecía algo demasiado valioso para ello”. Firma entonces con Kurt Wolff, que saca El castillo, en 1926, y América al año siguiente, pero cae en quiebra y vende los restos de su edición a Neuer Geist en 1929. Lo intenta Brod luego con Gustav Kiepenhauer, de Berlín, donde aparece La construcción de la muralla china (1931), pero la situación política impide la continuación del proyecto: el partido nazi llega al poder, se derogan derechos fundamentales y comienzan las leyes antirraciales, se prohíbe la lectura de Kafka, cuyas obras aparecen en la «Lista I de la literatura perjudicial e indeseable» en octubre de 1933, y sus libros son quemados en pública hoguera. Pese a todo, los hermanos Schocken se deciden y firman contrato con Max Brod el 26 de febrero de 1934 para editar las obras completas en 6 volúmenes. Así aparecen Ante la ley (1934), Narraciones y fragmentos en prosa, América, El proceso y El castillo, todas ellas en 1935. Al año siguiente, tras ser declarada empresa judía, la editorial Schocken ha de suspender su actividad; vende entonces sus derechos a la praguense Mercy Sohn, en realidad una tapadera de Schocken. Bajo el sello Mercy Sohn, pero con el diseño de Schocken, aparecen dos volúmenes más: Descripción de una lucha (1936), Diarios y cartas (1937). Finalmente, la biografía de Kafka por Max Brod.

Llegamos así al 28 de febrero de 1939, fecha en que Mercy Sohn transfiere de nuevo sus derechos a los hermanos Schocken, que han logrado huir de la persecución y se han establecido en Nueva York.

         Dos semanas después, en la noche del 14 al 15 de marzo, una pareja sube al tren en la Franz Josef Station de Praga…