viernes, 16 de febrero de 2018

Vida, estilo

     
    Baudelaire puso a la vida, a la calle, en sus escritos. No hizo nada del otro mundo. Todo lo contrario. Ese fue su atrevimiento y su modernidad: hacer literatura con la vida que él llevaba y con la que veía a su alrededor.
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     El mejor estilo es el que no se nota.

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     Los estilistas acaban siendo amanerados.

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martes, 13 de febrero de 2018

17 sílabas


La flor del haiku:
en diecisiete sílabas
se abre la vida.

Los haikus son los chupitos de la lírica, sólo que no hacemos muecas ni chascamos la lengua al degustarlos. Su efecto es sedante, una dosis de serenidad y reflexión, un concentrado de palabras elementales, naturaleza y conexión emotiva con el mundo. 


Tengo que escribir



   «¿Tengo que escribir?» Escarbe en su interior hasta encontrar una respuesta profunda. Y si ésta es afirmativa, si puede usted replicar a esa grave pregunta con un fuerte y sencillo «Sí», no dude en plantearse su vida en razón de esa necesidad, porque en ese caso su vida habrá de ser, hasta en su hora más indiferente y nimia, manifestación y testimonio de esa necesidad. Luego acérquese a la naturaleza. Luego intente decir, como si fuera el primer hombre, lo que ve, lo que vive, lo que ama, lo que pierde.
(Rainer Maria Rilke, Cartas a un joven poeta)

sábado, 10 de febrero de 2018

Mῦ (6)


       Invasión, usurpación, colonización, explotación. Negación, prohibición de la identidad. Ruina lingüística, cultural, económica y poblacional. Robo. Expolio. Silenciamiento y aniquilación de las voces rebeldes. Tales son los conceptos manejados respecto de la metrópolis inglesa por el nacionalismo irlandés, que se había filtrado a todos los estratos sociales: hijos de buenas familias defensoras del imperio británico, profesores y estudiantes universitarios de la lengua gaélica, católicos de buena fe, hombres y mujeres de los suburbios y barrios obreros, ingenieros, médicos, abogados, funcionarios, artistas e intelectuales del Teatro Nacional de Irlanda, hombres armados del Sinn Féin.
            Si a ese antibritanismo añadimos distorsión de la realidad y la historia, delirios de grandeza, idealización de un pasado glorioso, feliz y opulento, fanatismo religioso, racismo, y un concienzudo chauvinismo, amén de una clara tendencia al exabrupto tabernario, al amedrentamiento y a la violencia física, obtendremos el perfil completo del Ciudadano, ese fantoche con el que Joyce satiriza el separatismo.
            Contrafigura del cíclope Polifemo, el Ciudadano es un borrachín impresentable, tan pro-irlandés como anti-inglés, cuyo extremoso fanatismo, incapaz de adoptar una doble, o múltiple, perspectiva sobre la realidad, equivale a la ceguera parcial del gigante homérico. Los nacionalismos actúan como unas orejeras, piensa Joyce, impiden una percepción abierta, contextualizada, de la realidad, conducen al aislamiento, al autoengaño, al embrutecimiento. Secuaces como el Ciudadano, provocan también la risa y se prestan, por su cerrilidad, por su cerrazón mental, a ser satirizados.
            Solamente Bloom se enfrenta dialécticamente a este atrabiliario esperpento, tratando de aportar sensatez a los disparates que nacen de su aberrante ideología y de la continuada ingesta de alcohol. Solamente Bloom se opone a la desfachatez nacionalista. Solamente Bloom, que esgrime ante el Ciudadano un cigarro, émulo del leño de afilada y ardiente punta que Odiseo y sus compañeros clavaron en el ojo de Polifemo, argumenta contra la violencia (del Sinn Féin), contra los prejuicios religiosos, contra la injusticia, contra el odio entre individuos y entre pueblos. Creo que es el momento en que más humanamente Odiseo —positivo, generoso, valiente—, se muestra Bloom desde el comienzo de la novela, y justo es decirlo.
            Sin embargo, qué pasa con Bloom, por qué todos se ríen de él, por qué se burlan de su aspecto, de su vida, de sus orígenes, de sus explicaciones, de sus cuernos. El caragrasienta, el ojos de huevo, el consentido de Eccles Street, el miserable judío, el que de todo sabe y de todo tiene razonable explicación. El gran ninguneado. ¿Esto es un héroe de novela? Evidentemente, Joyce sabía lo que hacía con su protagonista: entronizar al perdedor, al hombre común, al antihéroe.
            Además de su escasa consideración ante los demás personajes, el lector ya conoce las interioridades de Bloom y, por lo leído hasta el momento, no creo que podamos echar a festivo repique las campanas para celebrar la originalidad o exquisitez de su mundo íntimo, que puede resultar variado o entretenido, pero de una mediocridad palmaria. Frente al enorme Odiseo, engrandecido tras cada aventura que le conocemos, frente a su ejemplo moral, a su valentía y a su apostura, la grisura, la burla, el desprestigio personal, el deshonor social de Leopold Bloom.


jueves, 8 de febrero de 2018

Mῦ (5)


Antes de comenzar la lectura del episodio, el lector se pregunta con qué lo sorprenderá Joyce. Y lo adivina a la tercera página. Ya conoce el mecanismo: una de cal y otra de arena, alternancia, realidad exterior y realidad interna del personaje, bifurcación espacio-temporal, el flujo de la conciencia y el flujo de los actos, las variaciones tonales, las mudanzas temáticas, las oscilaciones estilísticas. La dualidad, en definitiva, que se manifiesta en este caso con la convivencia de dos planos narrativos: lo que ocurre en la realidad ficticia de la novela, las idas y venidas de los personajes por Dublín, sus conversaciones y pensamientos, y lo que imagina el omnisciente narrador innominado (destacado en negrita), relatado siempre en forma paródica, al hilo de la conversación disparada, disparatada, por las pintas de cerveza que han trasegado ya y que siguen trasegando en este episodio.
Ignoramos el nombre del yo narrador del episodio 12, aunque podríamos llamarlo míster Coño, por las inúmeras veces que hallamos la interjección en su boca, o en su cuento, por mejor decir. Este anónimo es un dublinés cualquiera, uno de los muchos que ambientan calles y tabernas de la ciudad, borrachuzo ya a estas horas del día, entre las cinco y las seis de la tarde, verborreico, deslenguado, que se dedica —un cobrador del frac avant la lettre— al incierto oficio de cobrar deudas difíciles.
A propósito de un moroso del que no consigue sacar un penique (Demanda por deudas), pega la hebra en plena calle con John Hynes y deciden echar un trago en la taberna de Barney Kiernan (Al mercado de la idílica Inisfail llegan copiosos productos de toda clase), donde el tal Heynes quiere hablar con el Ciudadano.
En un rincón de la taberna encontramos al Ciudadano con su perro sarnoso, Garryowen, que atemoriza con sus gruñidos al más pintado (Hiperbólica descripción de un gigante). Hynes acaba de ganar en las carreras de caballos e invita a las primeras pintas de cerveza. El Ciudadano hace notar a sus contertulios el creciente número de apellidos ingleses en las secciones de  natalicios y defunciones de los periódicos de la capital.
Presentado a lo épico entra Alf Bergan, desternillándose de Denis Bree y señora; en otro rincón de la taberna descubren a Bob Doran, que ronca su borrachera. Nueva ronda de pintas (Elogio céltico de la cerveza).
Aprovechando que alguien habla de una próxima ejecución, Alf dice que lleva unas cartas de verdugos ofreciendo sus servicios a las autoridades y asegura que acaba de encontrarse con Dignam (Parrafada de corte parapsicológico).
Bloom, que lleva un rato ante la puerta de la taberna decide esperar a Cunningham en el interior. Doran hace un etílico elogio del pobre Dignam y Hynes lee la carta de un verdugo, desviándose la charla a la erección de los ahorcados, que Bloom trata de explicar racionalmente (Parodia del lenguaje científico).
A estas alturas, el Ciudadano, antisemita, despectivo con Bloom, ya se ha calentado y su ardoroso nacionalismo lo lleva a un encendido discurso sobre los mártires de la causa (Crónica de la ejecución de un mártir irlandés). El Ciudadano habla —gruñe— en gaélico con su perro (Presentación a lo circense del perro sabio Owen Garry, que recita poesías como el más reputado bardo). Otra ronda de pintas para que no decaiga el ambiente.
Bloom no bebe, le preocupa que la viuda de Dignam no pueda cobrar la póliza del seguro, por eso necesita hablar cuanto antes con Cunningham. En su pítima, Bob Doran insiste en que Bloom transmita su más sentido pésame a la viuda.
Joe Hynes cuenta cómo ha ido la reunión de los tratantes de ganado sobre la glosopeda y el Ciudadano aprovecha para elogiar los deportes gaélicos y solicitar su resurgimiento (Parodia de una asamblea sobre la glosopeda y los tradicionales juegos irlandeses).
El hilo deportivo lleva a hablar del dinero que Blazes Boylan se embolsa organizando veladas de boxeo (Crónica periodística de un combate boxístico) y giras musicales, como la que ha organizado para Molly Bloom. De paso, le dan un repaso al padre de Boylan: sucio, vendido a los ingleses, estafador.
            Entran J. J. O’Molloy y Ned Lambert. Más cerveza. Hablan  de Breen y señora, y de la benevolencia del juez Falkiner (Parodia en prosa clasicista de un juicio). El Ciudadano, exaltado ya de más y con ganas de bronca, busca la boca a Bloom, que sabe escabullirse.
            Entran John Wyse Nolan y Leneham, a quienes el Ciudadano pregunta por la decisión del Ayuntamiento sobre la lengua irlandesa (Parodia del género épico). Bloom discute sobre derecho e historia con el Ciudadano, que reivindica el glorioso pasado productivo de Irlanda, saqueada luego, despojada de sus riquezas, despoblada y desarbolada por los sajones (Crónica de una boda donde contrayentes, familiares e invitados portan nombres de árboles y plantas).
            El nacionalista impenitente —que dejó de serlo, según el chismoso narrador sin nombre, cuando la causa de la independencia afectó a sus bolsillos— elogia la antigua armada irlandesa, deriva la conversa a la necesidad de disciplina y se acaba hablando del odio entre naciones, momento que aprovecha Bloom, el único que no ha bebido ni una gota, para mostrar entereza y sentido común reivindicando su nacionalidad (Yo nací aquí. Irlanda),  exponiendo su cándido concepto de nación (Una misma gente viviendo en un mismo sitio), afirmando pertenecer a una raza “odiada y perseguida. También ahora. En este mismo momento. En este mismo instante”, y haciendo una llamada al amor universal antes de salir en busca de Cunningham (Grafitis de amor. Descripción de Irlanda como si se tratara de un tapiz o de un códice medieval ilustrado. Crónica periodística de la visita a Londres de un jefe zulú).
            El hilo del discurso aparece ahora en el Congo belga y Leneham afirma que  Bloom ha salido en realidad para cobrar su apuesta ganadora en las carreras de caballos y evitar invitarlos a una ronda. El flujo de conciencia del narrador anónimo corre a la par que el flujo de su micción en el patio de la taberna (Relato novelero de la llegada en coche de Martin Cunningham, Jack Power y un tal Crofter o Crofton). Los contertulios se burlan de Bloom, mencionan su origen húngaro y hasta dejan entender que no es el padre de sus hijos. El Ciudadano invoca la llegada de un nuevo San Patricio que conserve pura la fe y la identidad de Irlanda (Crónica de una delirante procesión católica que termina con unos latines prescindibles).
            Entra de nuevo Bloom. El Ciudadano está a punto de estallar y embestirlo. Temiendo lo peor, Cunningham, sus compinches y Bloom salen a espetaperros de la taberna y suben al coche (Bloom se despide épicamente de Hungría). Desde la puerta de la taberna el Ciudadano los insulta y lanza hacia el coche —descrito homéricamente como un bajel en majestuosa navegación— una lata vacía de galletas.
Y dos parodias más para acabar. Penúltima: el impacto de la caja de galletas en el suelo provoca un terremoto devastador que destruye buena parte de la ciudad. Y última: Bloom, convertido en el profeta Elías, es arrebatado a las alturas en un carro de fuego.

Caricatura de Joyce por César Abin


lunes, 5 de febrero de 2018

No dejes


No dejes ir un día
sin cojerle su secreto, grande o breve.
Sea tu vida alerta
descubrimiento cotidiano.
Por cada miga de pan duro
que te dé Dios, tú dale
el diamante más fresco de tu alma.

            (Juan Ramón Jiménez, Eternidades)

viernes, 2 de febrero de 2018