domingo, 8 de septiembre de 2019

La vida ante nosotros


Hace unas semanas, cuando pasábamos unos días de playa en Nerja —la de Chanquete, y la del Balcón de Europa, al que se asomó Alfonso XIII en fecha memorable, como atestigua su figura en bronce mirando hacia el África que no pudo conquistar—, reservamos parte de una tarde para ir a la librería de viejo de la calle Granada que ya conocíamos de otros años, Nerja Book Centre, que tiene sobre todo literatura inglesa, pero también secciones en otros idiomas. Yo encontré una biografía de Van Morrison y el volumen primero de las obras escogidas de Faulkner, editado por Aguilar en 1965. Paula nos sorprendió doblemente: un libro que seguía el rastro de los gatos en la historia de la literatura, y una novela, La vida ante sí, de un desconocido Émile Ajar, publicada en la colección «Reno» de Plaza & Janés, que ella había leído en francés y que nos recomendó vivamente, haciéndonos saber que el nombre del autor era el pseudónimo de un conocido novelista.
El buen doctor Katz, estimado por árabes y judíos del barrio. El señor Waloumba, de Camerún, barrendero, y tragafuegos en sus ratos libres en el bulevar Saint-Michel, comparte habitación con ocho compatriotas. El señor N’Da Amédée, nigeriano, proxeneta de las prostitutas que hacen la calle en los mejores 25 metros de Pigalle, viste pantalón, chaqueta, camisa y corbata de color rosa, igual que sus zapatos y las uñas de las manos, que lucen brillantes en cada uno de sus dedos; manda escribir cartas a su familia en África haciéndoles creer que es empresario de obras públicas. Los hermanos Zaoum, cuatro forzudos con un negocio de mudanzas. La señora Lola, un senegalés de 35 años, campeón de boxeo en su juventud, travesti ahora que hace la noche en el Bosque de Bolonia. El señor Louis Charmette, francés, oficinista jubilado de los ferrocarriles, recibe una carta al mes de su hija. El señor Hamil, 85 años, antiguo vendedor de alfombras que peregrinó a La Meca, casi ciego y con serios problemas de memoria, apasionado lector de Víctor Hugo, maestro y consejero espiritual de Momo. Kadir Youssef, proxeneta, asesino de su protegida Aixa en un arrebato de locura, internado en una institución psiquiátrica durante 11 años; Kadir y Aixa son los padres de Momo. Estos son los personajes que entran y salen del sexto piso de un edificio de la calle Bisson, en el parisino barrio de Belleville. En ese piso, la señora Rosa, judía nacida en Polonia, superviviente de los campos de concentración, prostituta en tiempos, regenta un «clandé», una casa clandestina de acogida de ‘hijos de puta’ como Banania, Moisés, Momo y otros; la señora Rosa siente pánico por los nazis y por Adolf Hitler, por los hospitales y por el cáncer; a sus 65 años padece una demencia senil. De Momo, hipocorístico de Mohamed, ni él mismo conoce su nacionalidad —¿es marroquí o argelino?—, ni a sus progenitores, ni la edad que tiene, y solo cuando la historia va más que mediada aparece el único papel que da fe de su existencia.
El hilo conductor de la novela es la vida de la señora Rosa —los problemas de sus muchos achaques, de sus muchos años y de sus muchos kilos, de los muchos escalones que la separan de la calle, de la progresión de su enfermedad mental—, y el mutuo amor entre la vieja prostituta y el niño abandonado por sus padres.
Momo, a su corta edad, tiene ya una intensa experiencia de la vida, ha probado las drogas, de vez en cuando le sobrevienen accesos de violencia y comete pequeños hurtos. Tiene una visión descarnada del mundo, porque así lo ha visto desde que nació, pero no hay amargura en él, sino realismo, aceptación de las circunstancias: “Soy un hijo de puta y mi padre mató a mi madre y cuando se sabe eso ya se sabe todo y uno deja de ser un niño” (211).
La voz de Momo nos presenta un mundo aparte, autosuficiente, al margen de la buena sociedad francesa, un mundo clandestino, que sobrevive gracias a la solidaridad entre sus miembros. Creo que esa era la intención de Émile Ajar, que dejó atrás el lado amable de sus anteriores novelas para internarse en el mundo ingrato de la inmigración y la vida clandestina para descubrir en él la hermosa flor de la ternura, del amor filial, de la compasión, del respeto por los viejos, de la atención a los enfermos, del fuerte sentimiento de hermandad que une a todos los personajes.
La vida ante sí me parece una novela valiente, con un lenguaje directo, que plantea ya en 1975 cuestiones como la droga —“Para inyectarse hace falta tener ganas de ser feliz y esto solo puede ocurrírsele a un gilipollas como una casa…Y es que a mí la felicidad no me tira. Yo sigo prefiriendo la vida”(79)—, la eutanasia —“Ella no quería ni oír hablar del hospital, donde hacen morir hasta el final en vez de poner una inyección […] la gente es más buena con los perros que con los seres humanos, a los que no está permitido hacer morir sin que sufran” (102)—, la vejez y la soledad —“Los viejos valen lo mismo que cualquiera, aunque vayan de baja. Sienten igual que ustedes y que yo y a veces eso les hace sufrir más aún que a nosotros, porque ellos ya no pueden defenderse” (140)—, Dios —“un padre al que nadie conoce siquiera porque se esconde y que no está permitido representarlo porque tiene a toda una mafia para impedir que lo pesquen y esto es criminal” (212)—, el futuro del propio Momo: “Aún no sabía si entraría en la Policía o en los terroristas, ya lo veré cuando llegue el momento” (113). O el holocausto judío y el colaboracionismo francés: en varias ocasiones se hace referencia al Velódromo de Invierno —la Rafle du Vél' d’Hiv—, en el que las autoridades de Vichy internaron a varios miles de judíos franceses para enviarlos más tarde a los campos de concentración.
En 1977, cuando se publicó esta novela aquí, los españoles estábamos en pleno torbellino de la Transición —muerte y testamento del dictador, el puedo prometer y prometo, la matanza de Atocha, los discos de Bob Marley y de Pink Floyd, ETA, la ultraderecha, Curro Jiménez y Annie Hall, la peluca de Carrillo, el derecho a la huelga y el fin de la censura, La tía Julia y el escribidor, los primeros porros, Fraga Iribarne, Encuentros en la tercera fase, La guerra de las galaxias, el Nobel a Vicente Aleixandre, las novelas de Delibes, el penúltimo curso de Filología, las elecciones generales— y no veíamos, puesto que prácticamente no los había, el problema de la integración y la convivencia cotidiana con los inmigrantes africanos. Francia nos llevaba años de adelanto en ese terreno y en el de su tratamiento literario, pues hasta bien entrados los 90 no aparecen novelas centradas en la vida de los inmigrantes magrebíes y subsaharianos en nuestro país.
Un verdadero descubrimiento, que agradezco a mi hija, esta dramática historia de amor entre el niño y la mujer que lo acoge, aunque es también una novela coral. La vida ante sí, con sus momentos cómicos y con alguno de sus personajes instalado en la esperanza, o al menos en el optimismo, no deja de ser una obra desoladora y de una lucidez dolorosa, una trágica lección de vida.
Ha sido también una experiencia peculiar haber vuelto al cabo de los años a tener entre las manos un volumen de la colección «Reno» —creo que desapareció a finales de los 70—, en la que leí algunos cuentos de Hemingway, el Gog, de Giovanni Papini, Lola, espejo oscuro y Los nuevos curas, y una novela que juraría se titulaba La sirena del Mississippi pero que no es así, pues ese título corresponde a una película de F. Truffaut protagonizada por Catherine Deneuve y Jean-Paul Belmondo. El volumen de La vida ante sí, como todos los de esa colección, es un continente tosco, barato, con la caja de texto estrecha, sin márgenes apenas y con papel de mala calidad, un poco como el edificio en el que viven los protagonistas de la novela, pero guarda entre sus páginas, entre la sordidez y la marginalidad ambiental que los rodea, la luz de sus emociones y sentimientos más hermosos y desinteresados.



jueves, 5 de septiembre de 2019

A boca


La diosa Fama, de Juan Bautista (Madrid, 1732)
En el diccionario de la RAE leemos que la palabra «locución», además de designar el acto de habla o el modo de hablar de una persona, sirve también para referirse a un grupo de palabras que funcionan como una sola pieza léxica con sentido unitario y cierto grado de fijación formal. Según la clase de palabra a la que equivalen, hay locuciones adjetivas (Fulanito es de cuidado), sustantivas (Encontré mi media naranja en París), verbales (En aquel asunto metí la pata), adverbiales (Sucedió todo de repente), preposicionales (Subimos a bordo del yate), conjuntivas (No ha contestado a pesar de que le dejé un mensaje en el teléfono), o interjectivas (¡Mecachis en los mengues de cartón!).
            En algunos casos —de principio a fin, por ejemplo—, el sentido de la locución se obtiene por la suma de los significados de los elementos que la componen, pero no siempre es así, como ocurre en cabeza de turco, cuyo sentido no se explica por la suma de los conceptos de los dos sustantivos implicados, o en mesa redonda, que designa una forma de debate en la que no es necesaria una mesa de forma circular. Ya saben, los sentidos figurados, los tropos… la creatividad humana.
            El fin de semana pasado leí en El País la expresión «boca a oreja» referida a la transmisión oral de una noticia. Debe de estar de moda, porque la he oído y visto escrita varias veces este verano. Desde el principio me chirrió: qué cortedad de miras, pensé, sí, claro, una boca que habla y una oreja —¿no será el oído?— que escucha: esa es la imagen acústica del «boca a oreja». ¿Y qué ocurre con nuestro boca a boca? ¿Lo vamos a arrumbar en el cajón de los arcaísmos?
            Hay quien piensa que el boca a oreja es lo lógico, que así es como se transmiten los mensajes orales, de emisor a receptor, y no seré yo quien lo discuta. Y quien afirma que estamos ante un catalanismo, boca-orella, y aún más, ante un ante un «falso amigo», pues orella en catalán no debe traducirse como ‘oreja’, sino como ‘oído’, extremo este que no aparece en el diccionario manual catalán-castellano del que dispongo. Aunque podría tratarse igualmente de un galicismo, pues los franceses disponen de la locución de bouche à oreille para referirse a la transmisión oral y en confidencia, o de manera oficiosa, de algo, que no es exactamente el sentido de nuestro boca a boca, sino que está más cerca del secreto a voces, de lo que se cuenta bajo palabra de no contárselo a nadie más pero que al final se termina contando. Este boca-oreja sugiere un proceso comunicativo que acaba en la oreja receptora, no en la boca difusora, para lo cual tendría que decirse boca-oreja-boca.
            En nuestro idioma, además de para nombrar la técnica de respiración artificial, la expresión boca a boca, equivale a “oralmente”. La RAE no especifica tal significado, sino que remite a la cercana andar de boca en boca, para indicar que algo es público, que está divulgado por vía oral. La expresión puede usarse con valor adverbial —La noticia se propagó boca a boca—, o sustantivarse: El boca a boca es la mejor publicidad. La repetición del sustantivo ‘boca’ no es gratuita, ni falta de lógica, simplemente hace hincapié en lo importante, en la vía de propagación del mensaje, en el aspecto transmisor, en el fenómeno por el que numerosas voces, o ‘bocas’, una y otra y otra, van divulgando un mismo hecho. Lo importante en este caso no es el proceso de comunicación física entre emisor y receptor (hablar-escuchar, boca-oreja), sino el de difusión oral por medio de múltiples emisores. Se destaca el concepto de sumandos —como cuando decimos El recipiente se llenó gota a gota, o Paso a paso, alcanzaremos la meta—, la idea de pluralidad de hablantes que transmiten idéntico o parecido mensaje, en fin, aquella “voz pregonera” de que hablaba fray Luis de León.
            ¿Quién y con qué ánimo puso en circulación este boca a oreja? ¿Un nacionalista catalán, que pretendía contagiar al idioma español de su catalanidad, demostrando así la superioridad expresiva de la lengua de Joan Maragall? ¿Un desconocedor del catalán, o del francés, que utilizó el traductor de Google? ¿Un esnob? ¿Un francófilo? ¿Un catalanófilo? ¿Simplemente alguien que no se había parado a pensar en el significado de la expresión española y le pareció más plástica y razonable la imagen de una boca y una oreja?
Si es galicismo o catalanismo, creo que lo mejor es ignorarlo por innecesario, puesto que nuestro idioma ya posee la expresión adecuada. Si es por supuesta falta de lógica en la secuencia transmisión-recepción-transmisión de un mensaje, ya he propuesto la solución, engorrosa y en contra de la economía del lenguaje: boca-oreja-boca. Si es por cualquiera de los otros motivos, tampoco es uno quien para imponer su criterio lingüístico a los demás. En la lengua solo manda el tiempo. Ya veremos si este boca a oreja empieza ahora a rular de boca en boca y termina echando del banquillo al veterano boca a boca, o si estamos, como espero, ante una tormenta de verano.           

domingo, 1 de septiembre de 2019

Scala vitae


Imagen: Belén Pérez Zarco ©




  Estás abajo. El juego acaba de empezar. Quedan aún muchos peldaños, recodos, incontables pasos para llegar al ojo que todo lo ve, al gran agujero blanco que todo lo atrae y todo lo disuelve, a la blancura primordial, a la pura energía que nos nace y nos transforma hasta el fin del universo.
   Comienza el juego. Como ves, el camino está despejado, no hay fantasmas, pero nadie, nada, te asegura que no haya bandidos en las revueltas dispuestos a cobrar peaje por tu paso.
   Solo tú. ¿O acaso no reconoces tu brazo, tu mano, aferrada a la línea sinuosa y contundente, sin principio ni fin, de la existencia? Es el juego de la oca. Es el juego de la vida.
   Solo se trata de dar un paso. Y luego otro. Y otro. Y seguir hasta que la luz blanca te acoja y seas uno con ella.

jueves, 22 de agosto de 2019

Dando vueltas a mi alrededor


Lou Reed, Hangin’Round

A Dieguito, que se quedó en el camino

Si Dios existiera y guardara memoria
de todos y cada uno de nosotros,
si alguna vez alguien, algo,
—¿el famoso Gran Hermano?—
fue señor de esta tierra
y registrados tiene los hechos
—qué soñábamos, en qué garitos
y con quién y cómo anduvimos—,
seguro que recuerda
la noche en que aposté mi vida
contra todos los coches
que se apartaron para no atropellarme,
o la madrugada en que descubrí
la Vía Láctea en los ojos de Marga.

Seguro que anotó
lo libres que llegamos a sentirnos
lejos de las ventanillas,
de los despachos y los notarios,
del futuro con hipoteca
y de los políticos de la ciudad.
De sus propiedades.
De sus condiciones.
De sus intereses.
De sus imposturas.

Íbamos
—¿te acuerdas?—
A tumba abierta.
Colocados.
Al margen.
Felices y despreocupados.
Íbamos por el otro lado.


viernes, 16 de agosto de 2019

El explicao

Góngora por Velázquez

Según la exégesis de líneas atrás, historia de marinero arrepentido tenemos, o de pastor que, tras la terrible experiencia de un naufragio, regresa a la plácida vida campestre. Pero este relato en primera persona resulta demasiado sencillo para don Luis de Góngora y Argote. ¿Cuatro lenguas para esta simple historia de un pastor que reniega del mar? ¿Así —ahí— acaba la historia?
Algo no cuadra: ¿De dónde le viene al protagonista lírico ese profundo sentimiento de dolor que transmite con su música y que trastoca el orden natural, provocando amargos sentimientos en las piedras y en los animales, como cuentan del célebre Orfeo, como cantaba el pastor Salicio —Con mi llorar las piedras enternecen su natural dureza y la quebrantan, los árboles parece que se inclinan; las aves que me escuchan, cuando cantan, con diferente voz se condolecen y mi morir cantando me adivinan en la égloga I de Garcilaso de la Vega? ¿No tendría el protagonista que estar exultante, o agradecido al menos y con espíritu positivo, tras haber salvado la vida entre las olas? ¿Por qué tan tristísimos sones de su siringa?
Se me ocurren tres interpretaciones, las tres posibles. Una de ellas entronca con otro viejo debate que nos viene de los clásicos y que se reavivó en el siglo XVI con la obra de Antonio de Guevara, Menosprecio de corte y alabanza de aldea: mediante la imagen de una experiencia de navegación que acaba en naufragio y con la intención de volver a una menos peligrosa vida en tierra, Góngora está expresando la contraposición de dos conceptos —la aventura frente a lo conocido—, de dos oficios, caracterizado uno por el riesgo, el otro por la apacibilidad de las jornadas, de dos concepciones antagónicas de la vida, cada una con sus cohortes de pros y contras: el retiro campestre y el trajín de la ciudad, la experiencia y la inacción, mundo estable y mundo cambiante, libertad y determinismo, vida heroica y vida discreta, lo natural y lo artificial, ruido y silencio, ambición y conformismo, el mar como realidad inestable y gobernada por el azar, por la fortuna, frente a la tierra, símbolo del acomodo y de lo perdurable. Desde esta perspectiva, el mar conocido por el protagonista del soneto es símbolo de la ambición, de la persecución de bienes materiales y de la insensata aspiración al poder, a la fama, a la adulación, como leemos en la «Canción de la vida solitaria», de fray Luis de León:

Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del dorado techo
se admira, fabricado
del sabio Moro, en jaspe sustentado!

No cura si la fama
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la lengua lisonjera
lo que condena la verdad sincera.

            La tierra, en cambio, simboliza la humildad, la vida sencilla y estable, la búsqueda de la discreción frente a la heroicidad del que se aventura en la mar, la conformidad con el presente frente a la búsqueda y construcción de futuro que prima en quien se aventura a navegar. Bien pudiera ser que con este pastor que decidió probar fortuna en la mar océana, don Luis hubiese tomado partido en el debate entre el menosprecio de corte y la alabanza de aldea, como hizo en su celebrada letrilla «Ándeme yo caliente».
Otra perspectiva posible es considerar la navegación aludida en el soneto como una alegoría, imagen de una experiencia amorosa fallida, de una travesía de amor acabada en naufragio, en desastre, bien por ruptura, bien por la muerte de la amada. Se justificaría así además la inmensa tristeza del protagonista.
La identificación de la experiencia amorosa con una travesía marítima viene de lejos en nuestra tradición literaria: está documentada en la poesía helenística y en la literatura romana de la época de Augusto, en autores como Horacio[1], Propercio[2], Ovidio[3], y siglos más tarde en Petrarca[4], que transmite el tópico a los poetas renacentistas. Según Gómez Luque[5] et alii, el motivo de la travesía de amor (navigium amoris) tiene un doble origen: la relación de Afrodita (Venus) con el mar y la consideración del amor como una actividad que entraña peligro, similar a una guerra (militia amoris) o a una travesía por mar (navigium amoris). La relación de Afrodita-Venus con el mar viene explicada por el mito sobre su nacimiento: Cronos, incitado por su madre, Gea, cortó a su propio padre, Urano, los testículos con una hoz y los arrojó al mar, y de la espuma (afrós, en griego) que se acumuló alrededor de ellos nació la hermosa y sensual cipria, la irresistible diosa del amor y de la sexualidad, la que enamoraba a un hombre con solo posar su mirada en él. No resulta, pues, descabellada la asociación de Afrodita con el mar y con el amor. En esa consideración tópica del amor como experiencia (travesía) llena de peligros, distinguen los autores del artículo citado varios submotivos, algunos de ellos fácilmente identificables en nuestro soneto: la identificación de la relación sexual con la navegación, la consideración de la amada como una mujer voluble, cambiante como el mar, atractiva y peligrosa; la simbolización de la ruptura amorosa con un naufragio o la imagen del amante como un marinero que se retira de la navegación.
Una última perspectiva permite interpretar el soneto como obra autobiográfica. Es una interpretación más forzada, pero asumible. Para ello es preciso llegar a un soneto escrito en 1623[6], «Sople rabiosamente conjurado», dedicado a los hermanos Francisco y Félix Paravicino, amigos y defensores poéticos de don Luis, en el que se recoge el mismo asunto del barco naufragado y la ofrenda de restos a un templo, con la particularidad de que la metáfora del navío combatido por airados vientos sirve para describir las adversidades sufridas por el poeta como pretendiente de cargos y prebendas. Leído el soneto en esa clave[7], el templo al que se ofrecen los restos del naufragio representa el palacio de los dos hermanos Paravicino, aludidos aquí como las estrellas Cástor y Pólux, a cuya protección se acoge el poeta; con el último verso —derrotado seis lustros ha que nada—, alude Góngora a los treinta años de su vida vanamente dedicados a medrar en la corte. He aquí el soneto:

Sople rabiosamente conjurado
   contra mi leño el austro embravecido,
   que me ha de hallar el último gemido,
   en vez de tabla, al áncora abrazado.

¿Qué mucho si, del mármol desatado,
   deidad no ingrata la Esperanza ha sido
   en templo que de velas hoy vestido
   se venera, de mástiles besado?

   Los dos lucientes ya del cisne pollos,
de Leda hijos, adoptó: mi entena
   lo testifique dellos ilustrada.

   ¿Qué fuera del cuitado, que entre escollos,
   que entre montes, que cela el mar, de arena,
   derrotado seis lustros ha que nada?

Los versos de «Las tablas del bajel despedazadas» actuarían, por tanto, como augurio, y expresarían un recoger velas, una temprana decepción en la intención gongorina de convertirse en un personaje importante en la corte, protegido de algún grande de la nobleza española, y un deseo de volver, a su pesar, a Córdoba con el zurrón vacío.
            ¿Qué carta quedarnos? Ni nos lo jugamos todo a una, ni nos vamos a ir de una buena carta. De transformismo hablábamos al comienzo de estas páginas, del triste lamento de la hermosa virgen Siringe, convertida en caña para huir de las manos lúbricas de Pan, y de versatilidad lo hacemos ahora, al contemplar la proteica naturaleza del soneto de don Luis de Góngora. Y del profundo pesar con que vivió el poeta sus últimos años en Madrid, agobiado por las deudas, comiendo poco y mal, quedándose en casa por evitar a los acreedores, pero también por no disponer de buenas —nuevas— ropas y calzado, muertos el duque de Lerma, el duque de Béjar, el conde de Lemos, sin mecenas que lo protegiera, ferozmente asaeteado por sus enemigos literarios. Desilusionado, rota definitivamente toda esperanza de brillar en la corte, el caso de Luis de Góngora es ejemplar, barroco en su contradicción: obra deslumbrante, de ideal claridad, vida deslucida, mediatizada por lo material.



[1] Horacio, Odas, I, 5:
Mē tabulā sacer
Vōtīvā pariēs indicat ūvida
Suspendisse potentī
Vestīmenta maris deō.
(Un exvoto en el muro
explica cómo yo
consagré mis vestidos
al dios señor del mar)

[2] Propercio, Elegías, III, 24:
Ecce coronatae portum tetigere carinae
Traiectae Syrtes, ancora iacta mihi est.
(He aquí que mis naves han tocado puerto engalanadas,
tras cruzar las Sirtes he soltado el ancla…)

 [3] Ovidio, Amores, III, 11:
“Iam mea votiva puppis redimita corona
lenta tumescentes aequoris audit aquas”.
(Ya mi nave, engalanada con una guirnalda votiva,
oye tranquilamente las tormentosas aguas del mar)

 [4] Petrarca, Canzoniere, soneto 189:
“Passa la nave mia colma d’oblio
per aspro mare, a mezza notte il verno,
enfra Scilla e Caribdi; et al governo
siede ‘l signore, anzi ‘l nimico mio”.
(Pasa la nave mía llena de olvido
por mar bravío, en medianoche de invierno,
entre Escila y Caribdis; y al timón
está el señor, o mejor, el enemigo mío.)

 [5] Juan Antonio Gómez Luque, Gabriel Laguna Mariscal, Mónica M. Martínez Sariego, “«Córdoba tiene mar»: el tópico de la Travesía de amor en la poesía de Góngora”, en Ámbitos. Revista de Ciencias Sociales y Humanidades, nº 36 (2016), pp. 75-85.

 [6] En el manuscrito Chacón (1644): soneto CLIX (De la esperanza), pág. 86. En la edición de Salcedo Coronel (1629-1648): soneto 103, sin título, pág. 145.

[7] Antonio Lara Pozuelo, “El plurilingüismo en la poesía de Góngora: desatinos idiomáticos y comicidad”, en Elvezio Canonica y Ernst Rudin (coords.), Literatura y bilingüismo, Edition Reichenberg, Kassel, 1993, p.p 127-142.

martes, 13 de agosto de 2019

Para leer

Para leer Las sílabas del día y Les Espagnols. Una historia de resistencia, basta con hacer click en la imagen de la portada correspondiente, situada en la barra lateral derecha.

Tiempo de mixturas


Pasada la sorpresa inicial, no ha de extrañarnos este soneto, ni en estos días nuestros del siglo XXI, ni en un poeta del XVII que se empeñó en ponérselo difícil a quien se acercara a sus versos, especialmente a las Soledades, la Fábula de Polifemo y Galatea y el Panegírico al duque de Lerma, obras de intrincado estilo que le valieron el título de Príncipe de las Tinieblas.
La decisión de componer este soneto cuatrilingüe no parece simple ocurrencia, extravagancia culterana o pedante prurito de exhibición de versatilidad y don de lenguas, sino consciente contribución a un viejo debate intelectual que se inicia en los últimos siglos de la Edad Media, cuando los primeros humanistas se cuestionan el uso del latín como exclusiva lengua de cultura y comienzan a escribir también en las llamadas lenguas vernáculas o romances, hijas de la lengua de Virgilio.
En los primeros años del siglo XIV, Dante Alighieri escribió De vulgari eloquentia, un tratado en latín que promovía el uso escrito de la lengua vulgar. Sí, una contradicción justificada—usar el latín para promocionar el italiano—, pues la lengua latina era desde siglos el idioma internacional de la cultura, el vehículo lingüístico que permitía comunicarse a clérigos y humanistas de toda Europa. La paradoja era mayor, o doble, en el caso de los humanistas, no ya porque un humanista abogara por el italiano escribiendo en latín, sino porque uno de los objetivos del humanismo era precisamente rescatar y editar las obras de los autores latinos, y leerlas en su lengua original. Los humanistas aman el latín y todo lo transmitido en esa lengua. Pero aman también su lengua materna y creen en sus posibilidades expresivas. Así lo demuestra el hecho de que en el trecento y en el quatroccento los poetas escribieran en su lengua romance y también en la latina: Dante es un ejemplo, seguido por Petrarca y Boccaccio, el gran triunvirato del humanismo italiano. Con la obra bilingüe de estos tres precursores, se abre el debate: ¿pueden las lenguas vulgares —que pertenecen al vulgo, a la masa inculta—, estar a la altura del latín, en el que se han escrito obras maestras en todos los ámbitos del conocimiento?
El buen humanista, quien ha cultivado la lectura y el estudio de los clásicos grecolatinos y se ha impregnado de sus valores “humanos”, frente al simple clérigo eclesiástico, que abre los libros con las orejeras religiosas y sostiene una visión estrictamente “divina”, teocéntrica del mundo y del hombre, el humanista cabal, digo, no tiene duda: no hay lengua sagrada: Dios no existe porque se hable de él en arameo, en griego o en latín eclesiástico: ¿deja de existir porque lo nombremos en toscano, en francés, en la lengua, como decía el jocundo Berceo, en que suele el pueblo fablar a su veçino? Los idiomas son obra humana, y por ello dignos de reconocimiento.
Esa es la razón de que, junto a la defensa de la dignitas hominis, frente a la concepción teocéntrica medieval, aparezcan durante el Renacimiento elogios y defensas de la dignidad de las lenguas romances, como las Prosas de la lengua vulgar (1525), de Pietro Bembo; el Diálogo de la lengua (1535), de Juan de Valdés, o la Defensa e ilustración de la lengua francesa (1544), del francés Joachim Du Bellay. En esa conjunción de contrarios —lo culto del latín / lo popular de la lengua romance, los valores humanos transmitidos por la lengua latina / la confianza en que las lenguas romances alcanzarían el mismo nivel expresivo—, en ese contexto de homenaje a la lengua madre, pero de fe en sus hijas, las lenguas romances, hay que situar el soneto gongorino, que presenta una curiosa distribución: el latín solo aparece al comienzo, en los cuartetos, como si el poeta reflejara así el proceso de su progresiva desaparición como lengua hablada y su transformación en las lenguas romances, que son las que dominan en los tercetos.
Desde el punto de vista idiomático, el poema es completamente moderno, un homenaje a estos tiempos nuestros de mixtura, de mezcolanza, de mestizaje, de lenguas, de gentes, en contacto —espanglish, llanito, portuñol, franglais, creole, cocoliche, jopará, chicano…—, que oímos o utilizamos a diario, cuando pedimos una baguette en la panadería, unas manzanas golden en la frutería, una pizza con mozzarella y peperoni en el restaurante, cuando decimos que fulanito o menganita nos ha enviado un guasap, cuando cantamos aquella canción de Ricky Martin, Vive la vida loca. She's livin la vida loca; o la de Jennifer López, ¿Y el anillo, pa' cuando? Hey, yeah, woo! It's not like. I need more jewelry, I mean…
Pero basta ya de prolegómenos y vayamos al asunto. Veamos, primero, una versión literal del soneto al castellano:

Las tablas del bajel despedazadas
(señal del naufragio piadosa y cruel)
del templo sagrado con las rotas velas
quedaron en las paredes colgadas.

Del tiempo las injurias perdonadas
y de la fuerza de Orión, lluviosa estrella,
recojo las perdidas ovejas
en las riberas del Betis esparcidas.

Volveré a ser pastor, pues marinero
aquel dios no quiere, el que con sus saetas espolea
del austro los soplos y del océano las aguas;

provocando al triste son, aunque grosero
de esta caña, antes salvaje mujer,
tristeza a las fieras y a las piedras dolor.

            Aunque así se aclara bastante el asunto del soneto, el continuo hipérbaton, más bien sínquisis o cacosíndeton, y las alusiones mitológicas —Orión, Neptuno, Siringe— dificultan la total claridad y transparencia de sentido, por lo que parece oportuna una exégesis en prosa, como en su tiempo hizo Dámaso Alonso con el Polifemo y las Soledades. He aquí nuestra propuesta:
            Las tablas del bajel, junto con las rotas velas, restos del naufragio piadoso (porque el náufrago salvó la vida) y cruel (porque estuvo a punto de perderla) quedaron colgadas en las paredes sagradas de un templo, según manda una vieja tradición marinera.
            Pasados los días lluviosos del invierno —cuando luce la constelación de Orión—, el protagonista cuida su rebaño de ovejas en las orillas del Guadalquivir.
            El dios Poseidón, que domina los vientos y las aguas del océano, no quiere que el protagonista sea marinero, por lo que éste, vuelto a su condición de pastor, toca su flauta de caña —la mujer salvaje es una alusión al mito de Siringe, que ya conocemos—, provocando con su música tristeza en las fieras y dolor a las piedras.