lunes, 29 de mayo de 2017

Λάμβδα (2)


Cuando Odiseo interrumpe su relato ante la arrobada corte, la reina Areté pide a los príncipes feacios generosidad en los regalos y no apresuren la partida de tan grato invitado. Igual parecer manifiesta el anciano Equeneo y el propio rey Alcínoo, que insta al huésped a pasar una noche más entre ellos mientras se preparan las dádivas, víveres y aparejos para la partida, y a que cuente si durante su estancia en el desapacible reino de Hades se le acercó la sombra de alguno de sus legendarios compañeros en el sitio de Troya. El héroe continúa la evocación de los muertos con el gran Agamenón, rey de reyes, jefe de la escuadra griega, que derrama espesísimo llanto, pues no encuentra consuelo a su muerte, alevosa y vilmente tramada por su propia esposa, Clitemnestra, y por el amante de ésta, el doloso Egisto: “me llamó a su casa, me dio de comer y me quitó la vida como se mata a un buey junto al pesebre. Morí de este modo, padeciendo deplorable muerte; y a mi alrededor fueron asesinados mis compañeros, unos en pos de otros”. Escarmentado por la conducta de Clitemnestra, Agamenón aconseja a nuestro hombre que llegue en secreto a Ítaca y nunca le cuente todo a Penélope: dile solo una parte y esté lo demás bien oculto. Se allegan  después Aquiles —dolido por su temprana e inesperada muerte, pregunta por su padre, Peleas, y por su hijo Neptólemo—, y Áyax, airado aún con Odiseo por haberle vencido éste en el juicio por las armas de Aquiles. Odiseo trata de consolarlo asegurándole que todos los griegos lloraron su muerte y rogándole por lo más sagrado que reprima su furia y su orgullo. El catálogo de muertos ilustres continúa con el laberíntico Minos, con el cazador Orión, con el gigantesco Titio tumbado en el suelo y dos buitres comiéndosele el hígado, con los eternamente desesperados Tántalo y Sísifo, con el esforzado y trabajoso Heracles. Finalmente, aterrado por la multitud de difuntos que se le acerca en estremecedor griterío, Odiseo vuelve al barco y ordena a sus hombres soltar amarras y darle al remo. Fin del canto undécimo.
Esta rapsodia tiene su correspondencia en el episodio 6 de Ulises —titulado «Hades» en el esquema Linati—, donde asistimos al entierro de Paddy Dignam. No hay en ese texto joyceano una catábasis (descenso al inframundo) en toda regla, pero sí un recorrido del cortejo fúnebre por las calles de Dublín, abundantes consideraciones y observaciones sobre la muerte, así como una breve nekya (evocación de los difuntos) cuando Bloom y sus acompañantes, una vez enterrado el pobre Dignam, recorren el cementerio y observan las estatuas e inscripciones funerarias. Por lo que entresacamos de su palabra interior, nada hace pensar que el judío Bloom —el descreído James Joyce— tenga una idea religiosa, metafísica, de la muerte.
Uno de los cimientos de toda religión es el concepto de más allá, la creencia en una forma de vida tras el cese de las funciones biológicas. Convertir la muerte en un hecho trascendente y asegurar la inmortalidad de una parte de nosotros es un consuelo, una manera de sobreponernos a nuestra finitud, de liberarnos de la angustia de saber que más tarde o más temprano diremos adiós a este mundo. La función de las religiones, reveladas o no, es convencernos de que nuestra desaparición no es definitiva, de que la vida no es un fugaz chisporroteo que acaba en la oscuridad, en la nada, en el no ser más absoluto. Un desaparecer que no es desaparecer, sino una forma de permanecer.
En la mitología clásica y en el cristianismo, esa continuidad de la existencia en el más allá está condicionada por nuestra existencia en el más acá, es simplemente un reflejo, un premio o un castigo, no una segunda oportunidad, no un renacer, sino un penar o un gozar, corona de laurel o corona de espinas, tormento eterno o gloria a perpetuidad. Así lo acabo de leer en la rapsodia undécima de Homero, pero lo mismo puede leerse en el libro VI de la Eneida  y en la Divina comedia del Dante, y así lo leí en catecismos y manuales de historia sagrada de mi infancia: prolongación de nuestro ser terrenal solo que sin sustancia, sin corporeidad, puro espíritu, pura conciencia de lo sido. En fin, un artificio, un ingenio, un quitamiedos, un invento para modelarnos y dominarnos. Una herramienta de poder. 


domingo, 21 de mayo de 2017

Λάμβδα (1)

         
          Siguiendo al pie de la letra las recomendaciones de la encantadora Circe, la nave de Odiseo zarpa hacia los confines del ponto y pronto arriba a la ciudad de los cimerios, que jamás han visto el sol ni las estrellas, pues eternamente moran envueltos por la bruma.
Una vez en el lugar exacto —“Y cuando hayas atravesado el océano y llegues a donde hay una playa estrecha y bosques consagrados a Persefonea y elevados álamos y estériles sauces, detén la nave en el océano, de profundos remolinos, y encamínate en la tenebrosa morada de Hades. Allí el Piriflegetón y el Cocito, que es un arroyo de agua de la Estix, llevan sus aguas al Aqueronte; y hay una roca en el lugar donde confluyen aquellos sonoros ríos”—, Odiseo abre en la tierra un hoyo de un codo de ancho por uno de largo y celebra el ritual prescrito por la maga: una libación de aguamiel, otra de vino y una tercera de agua pura; esparce alrededor blanca harina, implora a los muertos y promete sacrificios y ofrendas cuando regrese al hogar; finalmente, degüella un carnero y una oveja negra, cuya sangre atrae a los habitantes del inframundo.
            Dejando a un lado la remota y misteriosa tradición órfica, el canto undécimo de la Odisea nos ofrece la primera nekya (evocación de los muertos) de la literatura europea. Según el relato de Homero, el Hades es el profundo mundo subterráneo, el reino de las almas de los muertos, el Tártaro, que no hay que confundir con el infierno cristiano, reservado en exclusiva a los pecadores. El reino de Hades es abierto, acoge las almas de todos los mortales, hayan sido réprobas o virtuosas personas en este mundo nuestro de los vivos.
            ¿Por qué o para qué este descenso al submundo? En primera instancia, por consejo de Circe y para que el adivino Tiresias profetice el futuro de nuestro héroe. En segunda, por necesidades narrativas: dentro del muestrario fantástico que ofrece el libro —lestrigones, cíclopes, hombres convertidos en cerdos, Escila y Caribdis, la transformista Palas Atenea, el airado Poseidón, la oportuna Ino Leucotea, que salvó a Odiseo del naufragio, los lotófagos—, no podía faltar este maravilloso episodio plutónico en que se muestra una vez más la capacidad imaginativa y fabuladora del narrador. En última instancia, Homero nos presenta la médula espiritual del pueblo griego, de cualquier comunidad humana en realidad, antigua o moderna, el meollo de su identidad religiosa: la creencia en el más allá y la configuración literaria de una realidad sobrenatural, habitada por los espíritus de quienes han abandonado la vida terrenal.
Al olor de la sangre de las víctimas propiciatorias van acudiendo las almas de los muertos. El primero en hablar es el recién llegado Elpenor, el imprudente compañero de Odiseo, que habiéndose despertado con enorme resacón en el tejado del palacio de Circe, se parte el cuello al bajar. Pide sea quemado su cuerpo con sus armas y erigido un túmulo en su nombre a la orilla del mar.
De la multitud de almas —“mujeres jóvenes, mancebos, ancianos que en otro tiempo padecieron muchos males, tiernas doncellas con el ánimo angustiado por reciente pesar, y muchos varones que habían muerto en la guerra”— que vagan por el Erebo, se le acerca el ciego Tiresias: después de muchas fatigas, y perdidos en el camino todos sus compañeros, Odiseo arribará a Ítaca, culminará la venganza contra los okupas pretendientes de Penélope,  restaurará el orden y la dicha a su alrededor, saldrá nuevamente a navegar, regresará sin dificultad, y la muerte le llegará en placentera vejez. 
Retirado el adivino, se presenta el alma de Anticlea, la madre de Odiseo, que le da noticias de Ítaca. El encuentro es desgarrador: el héroe se alegra inmensamente de ver a su madre, pero inmenso también es su dolor al saberla una sombra a la que ya nunca podrá abrazar. Odiseo se entretiene luego en hablarnos de otras ilustres mujeres que engrosan aquella muchedumbre de sombras: Tiro, Antíope, Alcmena y Leda, que tuvieron amores e hijos con Zeus; Epicasta, que se ahorcó al saber que se había casado con su propio hijo, Edipo, del que había engendrado cuatro hijos; Ifimedia, que fue amada por Posidón; Erifila, que traicionó a su marido por un collar de oro y por el velo nupcial de Harmonía; Ariadna, que le dio el hilo a Teseo y su amor; la hermosísima Cloris, madre del gran Néstor. Nombra también a Fedra, a Procris, a Mera y a Clímene …
Y en este punto interrumpe Odiseo su relato aduciendo que es hora de dormir, y se sorprende el lector hasta que cae en la cuenta de que estamos en el palacio de Alcínoo y Arete, donde llegó el héroe en la rapsodia séptima, y de que todo lo que llevamos leído desde la rapsodia novena es el relato —retrospección— que Odiseo está haciendo de sus viajes ante la corte feacia.

Luces de sábado