miércoles, 16 de enero de 2019

El alcabalero y la zarca

A mi madre, Juanita Zarco

En su Juicio analítico de don Quijote, escrito en Argamasilla de Alba, y publicado en 1863, don Ramón Antequera identificó a Dulcinea del Toboso con Ana Martínez Zarco de Morales, lo mismo que el anotador Diego Clemencín y que el director de la Biblioteca Nacional y maestro de comentaristas, don Francisco Rodríguez Marín, que señala al doctor Zarco como “próximo deudo” de Dulcinea, al igual que el alcalde Pantoja, siendo don Luis Astrana Marín el único cervantista que rechaza tal conjetura y la considera una patraña: “juzgo completamente estéril buscar el modelo vivo de Dulcinea y hablar de tradiciones, falaces, señalando como encarnación de la heroína a cierta Ana Zarco de Morales […] El personaje, aunque otros del Quijote no lo parezcan, es en Dulcinea totalmente imaginario”[1].
            La afirmación taxativa de Astrana Marín es demoledora, el castillo de naipes se viene abajo con el soplo del biógrafo conquense, y como presunto descendiente de Dulcinea, quiero decir de los Zarco toboseños, he de asumir  que Dulcinea sea hija de la imaginación de Cervantes, y no imagen de la susodicha Ana Zarco de Morales. Cierto que el Quijote nada gana con que Dulcinea esté inspirada en una persona real, pues lo que interesa en el caso no es la verdad histórica de los hechos, sino la verdad literaria, la realidad ficticia, la creación de un personaje que es la flor de la virtud y de la belleza, inspiradora del más noble y esforzado de los caballeros andantes que en el mundo han sido, pero el interrogante surge con fuerza: ¿es posible que el señor Astrana Marín esté en el error y anden en el camino de la verdad los otros cervantistas? Concedamos, al menos, el beneficio de la duda, y sigamos las huellas de Ana Zarco de Morales y su posible relación con el autor del Quijote.
            Algo hubo en El Toboso con un Cervantes, y quiere la leyenda que con esta Zarco que ya conocemos. Sobre qué fuese lo habido no hay unanimidad —apaleamiento, prisión, revolcón en el fangal de una laguna cercana, broma pesada, premeditada venganza o súbita y espontánea reacción de los toboseños—, tampoco sobre el porqué: resentimiento, maliciosa hablilla, chiste, insultante maledicencia de un Cervantes alcabalero que anduvo por la villa entre 1584 y 1588, según Clemencín.
            En «La patria de Don Quijote»[2], relata Azorín el viaje por tierras manchegas del escritor romántico José Giménez Serrano en el verano de 1848. Haciendo camino, el viajero  se encuentra con un religioso, que le cuenta leyendas sobre Cervantes, una de las cuales habla de:

“una bárbara y supuesta venganza que en El Toboso se tomaron con un recaudador de contribuciones o alcabalero, llamado Cervantes. Dicho Cervantes no era otro que el autor del Quijote. Habiendo llegado el alcabalero al pueblo, y hallándose durmiendo, por la noche, en el pajar de una casa, le despertaron los mozos, y, medio arrastrando, con una soga a la cintura, le sacaron por las calles del pueblo. Afortunadamente, llegaron a tiempo los cuadrilleros y libertaron a Cervantes de manos de la chusma. No era otro el propósito de los mozos tobosinos sino el de llevar a Cervantes a una laguna próxima y chapuzarle en sus cenagosas aguas. En El Toboso son peritísimos en esta operación”.

La leyenda recoge el qué, pero no el porqué, aunque se deja adivinar que los toboseños no miraban con buenos ojos las alcábalas que habían de pechar y la tomaron con el alcabalero; parecida versión, aunque más sintética, ofrece Gregorio Mayans, que añade el irónico desquite del escritor: “según he oído decir, Miguel de Cervantes fue allá con una comisión, y por ella le capitularon los del Toboso y dieron con él en una cárcel. Y en agradecimiento de esto (que no la hemos de llamar venganza, habiendo resultado en tanta gloria de La Mancha), hizo Cervantes manchegos a su caballero andante y a su dama”[3].
Junto al móvil impositivo de la somanta, prisión o enlodamiento, o lo que fuera que perpetraron los mozos tobosinos contra el Cervantes, circula también el motivo sentimental: un asunto de haldas —no se sabe si comentario hiriente o pura rivalidad entre dos enamorados de la misma dama—, como explicita en pelos y señales la versión que el alcalde Pantoja debió de contarle al periodista salmantino José Sánchez Rojas, en el verano de 1930[4]:

“Cervantes tenía parientes en la villa toledana, generosos y ricos: a ellos acudía Miguel en los momentos de apuro y de amargura […] en El Toboso conoció y amó Cervantes a una linda mancheguita llamada doña Ana Martínez Zarco de Morales [… que] habitaba en el callejón de Mejías, junto a la iglesia […] Pero Miguel era pobre, y el estado de su bolsa no mejoraba nunca. La pícara necesidad […] le obligó, tal vez, a manchar el noviazgo con alguna mentira. Doña Ana, mujer de sentido práctico, como buena española y como buena manchega, dio oídos al caballero calatravo, vecino del lugar, don Francisco de Pacheco […] Y ya en relaciones […] Cervantes trató de estorbar esta inteligencia. Una tradición afirma que Cervantes anduvo a palos y los recibió sin cuenta de los criados y servidores de su adversario. Otra asegura que los contendientes fueron los dos rivales. El hecho es que Miguel, después de la trifulca ruidosa acaecida en el callejón de Mejías, al lado de la casa de la amada, no tornó más al Toboso”.

            Hay quien asegura que Pacheco, celoso de ver a Cervantes perdidamente enamorado de doña Ana, rondándola día y noche, envió a unos criados a darle un escarmiento. El cronista alcazareño Juan Leal Atienza[5] recoge el testimonio de Martín Fernández de Navarrete, tras consultar  en 1805 a Francisco de Paula Marañón, vecino de Alcázar de San Juan, sobre documentos referidos a Cervantes: “Estando con este motivo [recaudando impuestos] en El Toboso, dijo a una mozuela alguna jocosidad, de que se picaron las partes interesadas, y de resultas le pusieron preso”. Clemencín piensa que fueron los parientes y criados de los Martínez Zarco de Morales quienes tundieron a Cervantes—no está claro el motivo— en el callejón de Mejía y que el escritor se desquitó en su novela ridiculizando a la hidalga doña Ana Zarco representándola en la aldeana Aldonza Lorenzo, hija de Aldonza Nogales (nombre de árbol, las mismas vocales y en la misma posición que el Morales de los Zarco), y de Lorenzo Corchuelo (rústico apellido carente del lustre de los Martínez Zarco de Morales y Villaseñor), caracterizándola como ruda labradora, morisca con toda seguridad, “y con la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda La Mancha”.
            Patrocina igualmente esta versión de la revancha cervantina el reportaje que Rómulo Muro publicó en 1925 en el ABC, donde se precisa que no fue amor despechado la causa, ni maledicente jocosidad, ni afán recaudatorio del alcabalero, sino venganza de los tobosinos por haber hecho burla de doña Ana Martínez Zarco de Morales al convertirla en la amada del caballero de la Triste Figura: “doña Ana, cuyo novelesco apodo dicen que valió algunas contundentes caricias de los zagalones toboseños, que en no muy clara noche toparon con el rondador mujeriego en una de las callejas fronterizas a la iglesia parroquial”[6].
            Que existió en época cervantina una Ana Martínez Zarco de Morales en El Toboso, parece hecho verídico. Que Cervantes tenía parientes en el lugar, también. Que el alcabalero Miguel de Cervantes anduviera por El Toboso y entrara en amores con Ana Martínez Zarco de Morales y fuese finalmente rechazado, es posible, verosímil, pero al no estar comprobado queda como conjetura. Que esta dama fuese la inspiradora de Aldonza Lorenzo, y por ende de la simpar Dulcinea, chi lo sa? ¿Que esta Zarca me es consanguínea por la rama materna del árbol? Puede que sí, puede que no, pero lo más seguro es que quién sabe.



[1] Luis Astrana Marín, Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra con mil documentos hasta ahora inéditos y numerosas ilustraciones y grabados de época. Edición digital de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, cap. XC, p. 347.
[2] Azorín, «La patria de don Quijote», Los valores literarios (1914), en Obras Completas, tomo I, Ed. Aguilar, Madrid, 1947, p. 1198.
[3] Gregorio Mayans y Siscar, Vida de Miguel de Cervantes. Edición digital, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, párrafo 37.
[4] José Sánchez Rojas, «¿Existió Dulcinea?», en Crónica. 20 julio 1930. Página disponible en internet.
[5] Juan Leal Atienza, Fin de una polémica. III centenario de Cervantes. Establecimiento tipográfico del Hospital Provincial, Ciudad Real, 1916, p. 19.
[6] Rómulo Muro, «Cervantes en El Toboso. Datos y probabilidades acerca de la existencia de doña Dulcinea», ABC, 13 diciembre 1925, p. 9.

miércoles, 9 de enero de 2019

Ojos zarcos y cuatro dedos de enjundia de cristianos viejos


En la Espasa abreviada que había en casa de mis padres el único Zarco que aparecía era João Gonçalves Zarco, un noble portugués que en 1417 recibió del infante Enrique el Navegante la misión de explorar el océano y descubrió las islas de Porto Santo y de Madeira, de las que tomó posesión en nombre de Portugal; fue gobernador de Madeira y fundador de su capital, Funchal. Lo cual coincidía con lo que aventuraba mi tío Anselmito, hermano de mi madre, que hizo sus propias averiguaciones y llegó a encargar a un genealogista el escudo que vi más de una vez en su piso de Ciudad Jardín: en campo de oro, una encina terrasada de sinople y un lobo de sable, pasante al pie del tronco; bordura de gules con ocho aspas de oro.
            Para mí no era esa la mayor y mejor información sobre mi apellido materno que brindaba la enciclopedia, sino su etimología, del árabe hispano zarqā, ‘mujer de ojos azules’, que luego adquirió el género masculino en castellano para designar los ojos de ese color: “los zarcos son amorosos”, escribió Lope en un pasaje de El hombre por su palabra. Según el sabio Corominas, el adjetivo zarco está atestiguado en castellano ya a mediados del siglo XIII, suponemos que primero como adjetivo descriptivo —una mujer, un hombre, de ojos zarcos— y después como apellido o apelativo de la familia que comparte ese rasgo genético de los ojos azules, el gen EYCL1, localizado en el cromosoma 19, como efectivamente ocurre en la rama materna de mi familia, en los etimológicos ojos azules de mi abuelo Anselmo, de su hermana Emilia y de varios primos hermanos míos.
            A este legado genético se une la común geografía, la realidad de una herencia solariega, de una misma «aboriginidad», si se me permite la expresión, de una compartida oriundez o tierra patria manchega, como indican los lugares de nación y asentamiento de nuestros pretéritos deudos: Miguelturra, Argamasilla de Alba, Tomelloso, Ciudad Real, El Provencio, Fuente de Pedro Naharro y Mota del Cuervo.
            ¿Son mis Zarcos de hoy los Zarcos del Toboso, parientes de aquella Ana Martínez Zarco de Morales? No puedo afirmar sin pruebas, pero tampoco negar sin argumentos. Quizá en tiempos venideros algún académico de Argamasilla o algún bachiller por Sigüenza descubran traspapelados papelotes que corroboren el sí o el no de esta cuestión. Mientras tanto, solo podemos decir algo de quiénes fueron aquellos Zarcos tobosinos y por qué Miguel de Cervantes eligió a una de ellos para inmortalizarla en su novela.
             En las Relaciones topográficas mandadas recopilar por Felipe II para un más preciso conocimiento de las poblaciones de los reinos de España, las fuentes de información para la localidad de El Toboso fueron dos vecinos, Pedro de Morales y el doctor Zarco de Morales Villaseñor, que en entrevista realizada por los funcionarios reales el 1 de enero de 1576 aseguraron que la villa del Toboso, así llamada por encontrarse cerca de él muchas tobas o cardos borriqueños, se hallaba  en su máximo esplendor. Se contaban entonces El Toboso 700 casas y 900 almas, incluidos los moriscos rebeldes que llegaron de la Alpujarra granadina. Todos eran labradores, excepto el doctor Zarco, “que goza de las libertades que gozan los hijosdalgo por ser graduado en el Colegio de los Españoles de Bolonia, en Italia”. La tierra es rasa, continúa la relación, llana, sana, de poca leña y apenas caza. Cógese trigo y cebada y bastante vino, y se cría ganado ovejuno […] lo que en el pueblo se ha labrado y labra y hace mejor que en otro lugar, son las tinajas para tener vino, aceite y lo que más quisieren echar en ellas, y de las hacer, hay en el dicho pueblo mucha pericia y ciencia[…] Como cosa particular refieren criarse en las huertas del pueblo rábanos de hasta seis y siete libras de peso, muy tiernos, blancos y dulces”.  
Rancia raigambre tobosina, pues, de los Zarco, que exhibían con legítimo orgullo sus blasones en la fachada principal de su casa solariega junto a la iglesia de San Antón. Este doctor Esteban Martínez Zarco de Morales, “hidalgo acérrimo e intransigente en punto a ideas de nobleza y caballerosidad”[1], tuvo por hermanas a una conocida por La Zarca, y a otra llamada Ana, ya nombrada, que es la que nos interesa y de la que podemos airear un par de chismes.



[1] Ramón Antequera, Juicio analítico del Quijote, Imprenta de D. Zacarías Soler, calle de Pelayo, 31, Madrid, 1863, p. 257.

miércoles, 26 de diciembre de 2018

Prosapia


A primeros de julio de 2007 mi madre recibió una carta de un primo suyo, José Zarco Cañadillas, el primo Pepito, que ahora tiene 82 años, a propósito de un pariente, Julián Zarco Cuevas, agustino, historiador y bibliotecario del monasterio de San Lorenzo del Escorial, fusilado en Paracuellos del Jarama el 30 de noviembre de 1936 y en proceso de beatificación junto a otros 497 “asesinados en la Guerra Civil por los rojos”. Adjuntas venían la transcripción de la carta que un “superviviente del 36” escribió a Santiago Carrillo en junio de 2005, que excuso reproducir porque no viene al caso, y una genealogía de los Zarcos que se remontaba a los manchegos Agustín Zarco e Inés Rodríguez, padres de un Bartolomé Zarco nacido en la primera década del XVII. El árbol familiar había sido trazado por el doctor Zarco Castellanos, de Mota del Cuervo, con quien se puso en contacto el primo Pepito, que la completó hasta las últimas ramas, hasta mis primos hermanos y primos segundos.
Mi madre y sus dos hermanos siempre han sentido orgullo por su primer apellido, no por distinción social, sino por su rareza y exclusividad. Todos los Zarcos somos familia, he oído decir en mi casa cientos de veces, así que cuando a mi madre le llegaba noticia de algún Zarco empezaba a sacar el hilo, le preguntaba a sus hermanos o a alguna de sus primas y acababa encontrando la punta.
            —Ese pintor madrileño, Antonio Zarco, vino un verano a Córdoba cuando yo tenía diez o doce años. Él era un poco mayor que yo, quince o dieciséis. Iba a todos sitios con una carpeta muy grande. Ponte aquí, prima, y me dibujaba. Ahora ponte así. Me hizo unos cuantos. Dibujaba muy bien. No he vuelto a verlo, pero tiene que ser ese. Su padre era primo del abuelo Anselmo.
            Si la genealogía establecida por el doctor Zarco Castellanos —qué cerca del Zarco Castillo de mi abuelo Anselmo—, si ese árbol familiar está bien trazado, se confirma lo que yo mismo he venido afirmando desde muchos años atrás guiado por la intuición respecto de la profesión por excelencia de los varones Zarco durante casi 150 años, que no fue otra que la de guardias civiles, hasta que mi generación rompió los lazos con el benemérito Cuerpo, lo que en mi caso supuso una decepción para mis padres, a quienes habría dado el alegrón de su vida si al acabar el bachillerato me hubiera inscrito en la Academia General Militar de Zaragoza, pero nada más lejos de mi carácter y expectativas en aquellos años transicionales que andar por el mundo con un tricornio en la cabeza. El primer Zarco guardia civil que aparece en el árbol genealógico es Tórbulo Primo Antonio Gervasio Zarco García, nacido en marzo de 1857, que entró en el Cuerpo en vida del insigne don Francisco Javier Girón y Ezpeleta, duque de Ahumada, fundador y primer director de la Guardia Civil caminera, lo cual confirmaba mi intuición. Sí, soy hijo, sobrino, nieto, sobrino nieto, bisnieto y tataranieto del Cuerpo, vengo de hombres beneméritos, algunos de los cuales han escrito, si no páginas gloriosas, al menos algunas líneas en la historia reciente de nuestro país, especialmente mi abuelo Anselmo, durante la guerra y la postguerra.
Estos son mis orígenes, mis principios, pero si a alguien le parecen menesterosos, opacos y del común, tengo otros, como diría Groucho Marx: la alcurnia de servidores del orden público se complementa con el linaje literario de la más excelsa calidad, como se verá enseguida.
            Volvamos a la genealogía, a aquellas primeras ramas del árbol zarquil, al Bartolomé Zarco Rodríguez, nacido a principios del XVII, exactamente un 13 de abril de 1603. Pues bien, tras este dato —no sé si apunte del doctor Zarco o del primo Pepito, que es doctor en historia de la Iglesia— se abre paréntesis: “Recordemos que en 1605 Miguel de Cervantes escribe El Quijote, en el que encarna un papel importante doña Ana Martínez Zarco de Morales, a la que inmortalizó con el nombre de Dulcinea del Toboso”. Se cierra el paréntesis. ¡Pero, coño! —diría el abuelo Anselmo—, ¿La bella Dulcinea era una Zarca?
            Nada se afirma con el paréntesis, pues ni el riguroso historiador ni el concienzudo genealogista pueden constatar, pero ahí queda la sugerencia. ¡Descendiente de Dulcinea! Eso no hay novela postcervantina que lo supere. Eso es prosapia, así que háganse a un lado casas ducales de Alba, de Osuna o de Medina Sidonia y demás grandezas de España. ¡Sangre de Dulcinea bombea mi arrítmico corazón! ¡Qué mejor abolengo que el de la mismísima emperatriz de La Mancha!

lunes, 24 de diciembre de 2018

Una muerte heroica (XXVII)

  
    Fancioulle era un admirable bufón y casi uno de los amigos del Príncipe. Pero para quienes por profesión se dedican a lo cómico, las cosas serias tienen fatales atracciones, y aunque pueda parecer extraño que las ideas de patria y de libertad se adueñen despóticamente del cerebro de un histrión, un día Fancioulle entró en una conspiración tramada por cortesanos descontentos.
         En todas partes hay hombres de bien para denunciar al poder a estos individuos de humor atrabiliario que quieren deponer a los príncipes y operar, sin consultarla, el cambio de una sociedad. Los caballeros en cuestión fueron arrestados, también Fancioulle, y condenados a una muerte segura.
         Estoy convencido de que el Príncipe casi se enfadó cuando vio a su comediante favorito entre los rebeldes. El Príncipe no era ni mejor ni peor que otro, pero un exceso de sensibilidad lo hacía, en muchas ocasiones,  más cruel y más déspota que todos sus semejantes. Enamorado apasionado de las bellas artes, y muy entendido en ellas, era verdaderamente insaciable de placeres. Bastante indiferente respecto a los hombres y a la moral, verdadero artista por sí mismo, no conocía enemigo más peligroso que el aburrimiento, y los extraordinarios esfuerzos que hacía para huir o vencer a ese tirano del mundo le habrían valido con toda seguridad, por parte de un historiador riguroso, el epíteto de «monstruo», si en sus dominios hubiera estado permitido escribir sobre algo que no tuviera que ver únicamente con el placer o el asombro, que es una de las formas más delicadas del placer. La gran desgracia de este Príncipe fue que jamás tuvo un teatro lo suficientemente grande para su genio. Hay jóvenes Nerones que se asfixian en límites demasiado estrechos y de quienes los siglos venideros siempre ignorarán el nombre y la buena voluntad. La imprevisible Providencia había concedido a éste facultades más grandes que sus Estados.
         De pronto corrió el rumor de que el soberano quería conceder la gracia a todos los conjurados, y el origen de este rumor fue el anuncio de un gran espectáculo en que Fancioulle habría de interpretar uno de sus principales y mejores papeles, y al que asistirían incluso, se decía, los cortesanos condenados; señal evidente, añadían los espíritus superficiales, de las tendencias generosas del Príncipe ofendido.
         En un hombre tan natural y voluntariamente excéntrico, todo era posible, incluso la virtud, incluso la clemencia, sobre todo si esperaba encontrar en ellas placeres inesperados. Pero para aquellos que, como yo, habían podido penetrar muy dentro en las profundidades de esta alma curiosa y enferma, era infinitamente más probable que el Príncipe quisiera juzgar el valor del talento escénico de un hombre condenado a muerte. Quería aprovechar la ocasión para hacer un experimento psicológico de un interés capital, y comprobar hasta qué punto las facultades habituales de un artista podían ser alteradas o modificadas por la situación extraordinaria en que se encontraba; además, ¿existía en su alma una intención más o menos decidida de clemencia? Este es un punto que jamás pudo ser esclarecido.
         Finalmente, llegado el gran día, la pequeña corte desplegó todas sus pompas, y sería difícil concebir, a menos que se haya visto, todos los esplendores que la clase privilegiada de un pequeño Estado, de recursos limitados, puede mostrar en una verdadera solemnidad. Aquella era doblemente verdadera, primero, por la magia desplegada, luego, por el interés moral y misterioso que llevaba consigo.
         El señor Fancioulle destacaba sobre todo en los papeles mudos o de pocas palabras, que son a menudo los principales en esos dramas fantásticos cuyo objeto es representar simbólicamente el misterio de la vida. Entró en escena con ligereza y con una perfecta naturalidad, que contribuyó a fortalecer en el noble público la idea de dulzura y de perdón.
         Cuando se dice de un comediante: “He aquí un buen actor”, se recurre a una fórmula que implica que bajo el personaje se deja adivinar el cómico, es decir, el arte, el esfuerzo, la voluntad. Porque si un actor llega a ser, en relación con el personaje que le toca representar, lo que las mejores estatuas de la Antigüedad, milagrosamente vivas, andantes, videntes, suponían respecto a la idea general y confusa de belleza, ese sería, sin duda, un caso singular y completamente imprevisto. Fancioulle fue aquella noche una perfecta idealización, imposible de no suponerse viva, posible, real. El bufón iba, venía, reía, lloraba, se estremecía con una indestructible aureola alrededor de su cabeza, aureola invisible para todo el mundo, pero visible para mí, y donde se mezclaban en una extraña amalgama los rayos del Arte y la gloria del Martirio. Fancioulle introducía, por no sé qué gracia especial, lo divino y lo sobrenatural hasta en las más extravagantes bufonadas. Mi pluma tiembla y las lágrimas de una emoción siempre presente me suben a los ojos cuando intento describir aquella inolvidable noche. Fancioulle me demostraba de forma perentoria, irrefutable, que la embriaguez del Arte es más apta que cualquier otra para velar los terrores del abismo; que el genio puede interpretar la comedia al borde de la tumba con una alegría que le impide ver la tumba, perdido, como está, en un paraíso que excluye toda idea de tumba y de destrucción.
         Todo el público, por hastiado y frívolo que fuese, pronto sufrió el todopoderoso dominio del artista. Nadie soñó con la muerte, el duelo, los suplicios. Cada cual se abandonó, sin inquietud, a los placeres multiplicados que proporciona la contemplación de una obra de arte viva. Las explosiones de la alegría y de la admiración sacudieron varias veces las bóvedas del edificio con la energía de una continua tronada. El mismo Príncipe, embriagado, unió sus aplausos a los de la corte.
         Sin embargo, para una mirada clarividente, su embriaguez no carecía de mezcla. ¿Se sentía vencido en su poder de déspota? ¿Humillado en su arte de aterrorizar los corazones y ofuscar los espíritus? ¿Frustrado en sus esperanzas y burlado en sus previsiones? Tales suposiciones no exactamente justificadas, ni absolutamente justificables, cruzaron mi ánimo mientras contemplaba el rostro del Príncipe, en el que una palidez nueva se añadía sin cesar a su palidez habitual, como la nieve cae sobre la nieve. Sus labios se apretaban cada vez más y sus ojos se iluminaban con un fuego interior parecido al de los celos y al del rencor, incluso mientras aplaudía ostensiblemente el talento de su viejo amigo, el extraño bufón que tan bien bufoneaba con la muerte. En un determinado momento vi a Su Alteza inclinarse hacia un pajecillo situado detrás de él, y hablarle al oído. La fisonomía de diablillo del lindo muchacho se iluminó con una sonrisa y después abandonó vivamente el palco principesco como para cumplir una urgente misión.
         Unos minutos más tarde, un chiflido agudo, prolongado, interrumpió a Fancioulle en uno de sus mejores momentos y desgarró al tiempo los oídos y los corazones. Y desde el rincón de la sala de donde había salido aquella desaprobación inesperada, un niño se precipitaba al pasillo con risas contenidas.       
         Fancioulle, sacudido, despertado de su sueño, cerró primero los ojos, después los volvió abrir casi de inmediato, desmesuradamente agrandados, abrió luego la boca como para respirar convulsivamente, se tambaleó un poco hacia adelante, un poco hacia atrás, y después cayó rígido, muerto, sobre las tablas.
         El chiflido, rápido como una espada, ¿había frustrado realmente al verdugo? ¿Había adivinado el propio Príncipe toda la homicida eficacia de su jugarreta? Está permitida la duda. ¿Echó de menos a su querido e inimitable Fancioulle? Es dulce y legítimo creerlo.
         Los cortesanos culpables habían disfrutado por última vez el espectáculo de la comedia. Esa misma noche fueron borrados de la vida.
         Desde entonces varios mimos justamente apreciados en diferentes países han venido a representar ante la corte de X, pero ninguno de ellos ha podido reavivar el maravilloso talento de Fancioulle ni elevarse hasta el mismo favor.

Máscaras realizadas por  Fritz Jacquet.
Procedencia de la imagen: https://bashny.net/t/es/282828

martes, 18 de diciembre de 2018

Turismo literario


En 4321, la novela de Paul Auster, leemos el primer día del protagonista, aprendiz de escritor, como alumno de la Universidad de Columbia (Nueva York):
                        Le asignaron una habitación en la décima planta de Carman Hall, la residencia más moderna del campus, pero en cuanto deshizo las maletas y colocó sus cosas, Ferguson se dirigió a Furnald Hall, una residencia contigua que estaba unos cuantos metros más arriba, y subió en ascensor a la sexta planta, donde permaneció unos instantes frente a la habitación 617, y luego bajó por las escaleras, caminó en dirección este por el sendero de ladrillos que corría a lo largo de la biblioteca Butler y se encaminó a una tercera residencia, el edificio John Jay Hall, donde subió en ascensor hasta la duodécima planta y se quedó unos momentos frente a la habitación 1231. Federico García Lorca había vivido en aquellas dos habitaciones durante los meses que vivió en Columbia en 1929 y 1930. La 617 de Furnald y la 1231 de John Jay eran los sitios donde había escrito «Poemas de la soledad en la Universidad de Columbia» y la mayoría de los poemas recogidos en Poeta en Nueva York (Nueva York de cieno / Nueva York de alambres y de muerte), libro que acabó publicándose en 1940, cuatro años después de que Lorca fuese apaleado, asesinado y arrojado a una fosa común por esbirros de Franco. Suelo sagrado” (p. 559).
Por si no era suficiente mi afinidad sentimental e ideológica con el personaje, cuando leí estas líneas me emocioné hasta las lágrimas: por el discreto entusiasmo —fervor, decisión, íntimo compromiso político— con que rinde homenaje a un grandísimo y noble poeta que en 1929 llegó a Nueva York en plena, honda y negra, crisis existencial; por comprobar que esa hermosa y temible ciudad —arquitectura extrahumana y ritmo furioso; geometría y angustia— guarda memoria viva de nuestro poeta y de su trágico fin; por la desgarradora verdad poética con que nos zarandean los versos de Poeta en Nueva York; porque imaginé vivamente que yo también estaba junto al joven Ferguson ante las puertas de aquellas dos habitaciones, porque en aquellas líneas reconocí esa vieja costumbre de visitar lugares relacionados con hombres y mujeres que por sus obras o sus hechos han sido ejemplares para mí.
Mi primer homenaje, de adolescente en Córdoba, fue para don Luis de Góngora y Argote. Entre el Arco del Triunfo y los muros del seminario de San Pelagio, esculpidos en mármol blanco pueden leerse los versos de su magnífico soneto a la ciudad que en clase de Literatura en el instituto nos había explicado doña Teresa Morales: las murallas, las torres y las almenas del Alcázar (¡Oh excelso muro)  y la Calahorra, que veía desde la ventana de mi habitación en la calle Altillo; el rumor del río en busca de Sevilla y Cádiz (¡Oh gran río, gran rey de Andalucía); la vega y la campiña, que en las noches de verano ardía en los rastrojos (¡Oh fértil llano); las Ermitas, la sierra azul, morena, desde Cazorla a Sanlúcar (oh sierras levantadas, / que privilegia el cielo y dora el día). Un paisaje que tenía todos los días a mi vista, asomado a la ventana unas veces, jugando a la sombra de la Calahorra en las mañanas de verano, o las tardes de sábado en que nos aventurábamos por las últimas calles de la barriada de Fray, calle Segunda Romana adelante, hasta el final de la Acera del Río. El paisaje que veía el poeta era también el nuestro. Qué gozada leer aquellos versos. Y años después, qué disfrute seguir los pasos del poeta por la ciudad de la mano de otro poeta, Ricardo Molina, en su Córdoba gongorina, donde nos señala rincones de la sierra cordobesa que Góngora pudo tener presentes para sus Soledades, o compara el lujoso, sensorial y complejo artificio verbal culterano de don Luis con la esplendorosa orfebrería de la custodia de Arfe.

Memoria del músico Erik Satie en Honfleur (Normandía)

Fue precisamente con Ricardo Molina, sobre cuya prosa periodística versó la memoria de investigación de mis cursos de doctorado, con quien gané veteranía como turista literario una primavera de primeros de los ochenta, cuando cargué con la mochila y me fui unos días a Puente Genil, desde donde hice excursiones a pie hasta Jauja, Badolatosa, Corcoya y Casariche. Aparte unos cuantos datos para la biografía de Ricardo Molina, llegué a Córdoba con un cuadernillo de versos neopopulares que no sé si conservo en alguna carpeta. Lo que sí conservo es la luz abrileña de aquellos días, del paisaje campiñés, las vistas de los olivares desde los cerros de Jauja, las riberas del Genil, la conversación con un pastor de cabras, la comida en un “cuartel semanantero”, la entrevista al poeta José Cabello, ya muy mayor y con pocas ganas de hablar, que había conocido y tratado a Ricardo Molina.

A la izquierda, Sylvia Beach y James Joyce a la puerta de la librería
 Shakespeare & Company en el nº 8 de  la calle Dupuytren (París)

El turismo literario no siempre es una experiencia tan completa. La mayoría de las veces ha de conformarse uno con estar unos minutos ante una placa en la calle, junto a la casa en que nació, o murió o escribió tal artista, ante su tumba, en la casa—museo o ante la estatua que el municipio le ha dedicado, o a dar un paseo por el barrio frecuentado por nuestro homenajeado y leer un poema o un fragmento suyo, escuchar una música o simplemente evocar algunos momentos de su vida. Nada aparatoso, algo discreto, como el joven Ferguson ante las habitaciones 617 de Furnald y la 1231 de John Jay.
Normalmente vuelve uno de esos homenajes con el espíritu reconfortado y las manos vacías, pero en ocasiones lo hace como niño con juguete nuevo, con el tesoro de una copia fotográfica: retratado por Dornac en el café François, fondo de espejos, recado de escribir —pluma, tintero, papel— sobre  el velador de hierro y mármol blanco, el sombrero, el bastón, la jarra de agua y el vaso de absenta, desgreñada la barba larga y los grandes bigotes, desmelenada la melena por las sienes, la enorme calva de payaso, la mirada fija, perdida quizá en el ritmo de algún verso saturniano, en un recuerdo amargo de Rimbaud, envejecido príncipe de poetas, Paul Verlaine, un año antes de su muerte; la última foto de Franz Kafka, afilado, en punta el rostro, la nariz, las orejas, la línea de los labios, la mirada que taladra y traspasa; Óscar Wilde, guapísimo a los 28 años, rostro terso, ovalado, labios carnosos, entreabiertos, dispuestos a los besos; el gran Balzac en daguerrotipo de Bisson, camisa blanca desabotonada hasta el esternón, oronda ya la papada, la nariz, las mejillas, la mano derecha en abanico sobre el pecho, pensando en un nuevo tipo de la comedia humana y en una taza de café; el inmenso Monet ante una laguna con nenúfares; Giuseppe Verdi ya mayor, el abuelo afable y sonriente que todos quisiéramos haber tenido, Baudelaire, Sánchez Ferlosio, Lorca, E. A. Poe, Antonio Machado, Lorca… en fin, gentes a las que uno se siente agradecido por las emociones y la belleza que han llevado a su vida.

Habitación de Antonio Machado en la pensión de Luisa Torrego en Segovia

sábado, 15 de diciembre de 2018

Deudores de Juan Ramón Jiménez


La imagen de un JRJ encerrado y dedicado por entero a su Obra es uno de los tópicos biográficos del poeta de Moguer que resulta desmentido en Juan Ramón de viva voz.
            Es un libro curioso: un diario en que el mundo expresado no es el del yo amanuense, sino el de otro, donde Juan Guerrero fue dejando constancia de las conversaciones que mantuvo a diario durante unos cuantos años con JRJ. Asoma  muy poco la vida íntima de Guerrero —su trabajo en la CAMPSA, su mujer, los hijos, la casa donde vive—, y la mayor parte del gasto se lo lleva el maestro admirado, a quien sirve de contertulio, secretario, copista, archivero, bibliotecario, y hasta de recadero, dicho sea sin menoscabo. JRJ era un hombre absorbente, que no podía atender solo tanto negocio literario, tanto quehacer, tanta Obra como puso en marcha.
            Sin ser, ni lo pretende, una biografía, en el libro de Juan Guerrero aparece un JRJ en plena faena literaria, escribiendo a diario, corrigiendo a diario, opinando sobre poesía y sobre poetas, sobre libros, artículos, periódicos, sobre impresores, sobre políticos y acontecimientos históricos (elecciones municipales y huida de Alfonso XIII, proclamación de la República), sobre figuras como Ortega y Gasset, Unamuno o Fernando de los Ríos... Un JRJ, iba a decir en el centro, pero no, en la cátedra, en el sitial del maestro y guía de la vida poética en la segunda edad de oro de nuestra literatura.
            JRJ es consciente de su lugar, junto a Antonio Machado, en la poesía española contemporánea, pero no le queda otra que asistir al rito freudiano de matar al padre por parte de los poetas del 27. ¿Tú también, hijo mío?, pregunta un dolido JRJ a cada uno de los jóvenes poetas del momento.
            En mí empieza la nueva poesía, y mucho me deben los que me siguen, proclama con frecuencia el poeta endiosado. Y es cierto, pero unas gotitas de modestia y de humildad siempre caen bien.
Además de chismes del Parnaso hispano, dimes, diretes, enfados con unos y con otros, envidias, burdos rumores, cruces de cartas y tergiversaciones, conocemos también lo que los poetas jóvenes le deben a JRJ, no ya por la ayuda, el aliento y el padrinazgo que les proporcionó, sino verso por verso. Es en esos momentos cuando dan ganas de no leer más a JRJ, no vaya uno a escribir un verso y se levante el poeta de su tumba y le diga: “Ese verso ya lo di yo en Las cenizas doradas”.
Bromas aparte, Juan Ramón de viva voz me parece una lectura imprescindible para acercarse a la cotidianeidad del creador de Platero y conocer la intrahistoria de la poesía española contemporánea.



miércoles, 12 de diciembre de 2018