viernes, 18 de mayo de 2018

Ὄμικρον (1)


El uróboros (Ὄυρóβοροσ). La pescadilla narrativa se muerde la cola. El círculo, el ciclo del relato se cierra, y volvemos a encontrarnos con el pipiolo Telémaco, al que habíamos dejado en la rapsodia 4 en tierras lacedemonas, en la famosa ciudad de Esparta, con la esperanza de que el rubio Menelao y la bella Helena le dieran noticias de Odiseo.
En brazos de Palas Atenea volamos hasta el palacio real, donde Telémaco pasa la noche insomne, desvelado, preocupado por la suerte de su padre, junto a Pisístrato, hijo de Néstor, que le acompaña en su corto periplo inquisitorio. Tienes que volver ya a Ítaca —viene a decirle la diosa—, tu madre está a punto de ceder y casarse con Eurímaco, el más rico de los pretendientes. Todavía puede evitarse la catástrofe. Has de saber, además, que un grupo de hombres te espera emboscado en Samos para darte muerte, así que navega de noche y separado de la costa hasta que arribes a Ítaca.
Antes de abandonar precipitadamente Esparta, los reyes ofrecen al joven un banquete de despedida y regalos: Menelao, una copa de doble asa, toda de plata con los bordes de oro, obra del dios Hefesto; Helena, el mejor de sus peplos labrado por ella para que lo luzca la afortunada esposa de Telémaco el día de su boda. Cuando los carros están cargados y dispuestos los briosos corceles aparece en el cielo un águila con un pato entre sus garras, seguida por buen número de itacenses conturbados por el hecho, hasta que escuchan el explicao de la hermosísima Helena: al cabo de los años, Odiseo regresará a Ítaca y cumplirá su venganza.  La divina esposa de Menelao añade una coda a su interpretación del augurio, que la convierte en una vidente: “si ya no está en ella, maquinando males contra los pretendientes todos”. Con este feliz pronóstico, Telémaco toma las riendas y parte hacia la excelsa Pilos, a donde llegará en dos jornadas.
Lo que Telémaco no sabe es que ya ha perdido su oportunidad de ser un héroe. Su viaje se acaba, y con él la posibilidad de aventuras y de fama. Con Odiseo en Ítaca, ya no recae sobre el valiente, pero inexperto, Telémaco la responsabilidad de liberar a Penélope del acoso de los pretendientes y restaurar el orden, tendrá que conformarse con un papel menor en la limpieza que ha de hacerse en el palacio real. Pierde en heroicidad, tal es el designio de los dioses, pero gana un padre.
En Pilos espera la corva nave que ha de conducir a Telémaco hasta Ítaca, pero también el viejo rey Néstor, que sin duda querrá que el joven pase unos días más en su corte. Para evitar el engorro de tener que rechazar la generosa hospitalidad de Néstor, Telémaco se despide de Pisístrato y se dirige a la nave para embarcar de inmediato. Hechos los preparativos, invoca a los dioses antes de echarse a la mar. Aparece de la nada entonces un  hombre, dice que viene huyendo de Argos, su nombre es Teoclímeno y por único equipaje trae una pequeña odisea de su vida que cuenta a Telémaco, que le permite embarcar con ellos. Es ya noche cerrada cuando la nave pone rumbo a Ítaca llevada por un soplo divino.

Ilustración de Sara Olmos en Sobre la Odisea,
Paloma Cabrera y Ricardo Olmos (Coords.).
Ediciones Polifemo, Madrid, 2003

miércoles, 16 de mayo de 2018

Nuestras vidas...


Río del tiempo:
infancia y juventud,
otoño, invierno.

lunes, 14 de mayo de 2018

Los proyectos - XXIV



       Se decía él, mientras paseaba por un extenso parque solitario: “¡Qué bella estaría en traje de fiesta, complicado y fastuoso, bajando en una hermosa tarde los escalones de mármol de un palacio, frente a grandes cuadros de césped y estanques! Porque ella, naturalmente, tiene el aire de una princesa.”
         Cuando pasaba más adelante por una calle, se detuvo ante una tienda de grabados y al encontrar en una carpeta una estampa con un paisaje tropical, se dijo: “¡No! No es en un palacio donde quisiera poseer su amada vida. Allí no estaríamos en casa. Además, esas paredes recargadas de oro no dejarían sitio para colgar su imagen; en esas solemnes galerías no hay un rincón para la intimidad. Decididamente es aquí donde tendría que irme para cultivar el sueño de mi vida.”
         Y analizando los detalles del grabado, proseguía mentalmente: “Junto al mar, una bonita cabaña rodeada de todos esos árboles raros y relucientes cuyos hombres he olvidado…, en el ambiente, un olor excitante, indefinible…, en la cabaña una intensa fragancia a rosas y almizcle…, más lejos, al otro lado de nuestro dominio, unos mástiles balanceados por la marea…, a nuestro alrededor, más allá de la habitación iluminada por un luz rosa tamizada por las persianas, decorada con esterillas frescas y con flores embriagadoras, con  unos curiosos asientos de un rococó portugués en madera pesada y oscura —donde ella descansaría tan relajada, tan bien abanicada, fumando tabaco con un toque de opio—, más allá del porche, el alboroto de los pájaros ebrios de luz y el parloteo de las negritas…, y por la noche, para acompañar mis sueños, el canto lastimero de los árboles de música, de los melancólicos filaos. Sí, ahí está ciertamente el decorado que buscaba. ¿Qué iba a hacer yo en un palacio?”
         Y más tarde, cuando caminaba por una gran avenida, vio una posada limpita y dos cabezas sonrientes que asomaban por una ventana alegrada por unas cortinas de indiana multicolor. E inmediatamente: “Muy vagabundo —se dijo— tiene que ser mi pensamiento para ir a buscar tan lejos lo que está tan cerca de mí. El placer y la felicidad están en el primer albergue encontrado, en la posada del azar, tan fecunda en voluptuosidades. Un buen fuego, una vajilla vistosa, una cena pasable, un vino recio y una cama muy grande con sábanas ásperas, pero frescas; ¿qué mejor?”
         Y al entrar solo en su casa, a esa hora en que los consejos de la sabiduría no están ya apagados ahogados por los zumbidos de la vida exterior, se dijo: “Hoy he tenido, en sueños, tres domicilios en los que he encontrado idéntico placer. ¿Por qué obligar a mi cuerpo a cambiar de sitio si mi alma viaja con tanta facilidad? ¿Y para qué ejecutar proyectos, si el proyecto en sí ya es suficiente disfrute?


E. Manet, Retrato de Jeanne Duval

viernes, 11 de mayo de 2018

4 sellos


La vida es lo que hacemos de ella. Los viajes son los viajeros. Lo que vemos no es lo que vemos, sino lo que somos.

Fernando Pessoa, Libro del desasosiego

*

El poema que sueño no tiene faltas sino cuando intento realizarlo.

Idem
*

Largo se le hace el día a quien no ama
y él lo sabe.

Claudio Rodríguez, Alianza y condena

*

... nuestra felicidad depende de lo que somos, de nuestra individualidad, mientras que a menudo no se tiene en cuenta sino lo que tenemos o lo que representamos.

Arthur Schopenhauer, El arte de buen vivir

domingo, 6 de mayo de 2018

Adolescencia


Era el verano
promesa de la luz
y de las risas.

sábado, 5 de mayo de 2018

Escribir es vivir


   La necesidad de escribir asegura la autenticidad, pero no garantiza la calidad.

*

   No es lo mismo escribir lo que se vive que vivir lo que se escribe.

*

   El acto de creación de una obra está imbricado en la vida del escritor como la raíz del árbol en la tierra donde nace.

*

   Se ha sustituido el ansia de libertad por el ansia de seguridad.

*

   A quienes ejercen el poder les importa mucho que los demás no lleguen, no puedan llegar a donde ellos han llegado.

*

   En democracia, los gobiernos, mejor o peor, los elige el pueblo, pero los ciudadanos llamados a las urnas no lo son a los consejos de administración de las grandes empresas.

*
José Luis Sampedro

miércoles, 2 de mayo de 2018

Fugit irreparabile ...



Suma el reloj
horas y resta tiempo:
tictac, tictac.