viernes, 6 de julio de 2018

Σῖγμα (3)


        Después de haber escuchado al mar durante diez años, nuestro hombre escuchó a su corazón. Por eso volvió a Ítaca. El mar era el maravilloso encanto de las sirenas. El olvido junto a la bellísima Calipso. La libertad. El desarraigo del marinero que hace patria en cada puerto. El mar era la maga Circe. La fantasía. La inmortalidad.
            Una vez en Ítaca, el corazón se lo pone difícil, pues le empuja a darse a conocer a los suyos y a castigar ipso facto a los abusones, a los desleales, a las criadas que se entregan a los ocupas, al cabrerizo que vende su alma a estos y les ríe sus gracias y canalladas, a quienes traman la muerte de su hijo y aspiran al casamiento con su legítima, pero su cabeza le pide paciencia —¡Aguanta, corazón!—, impasibilidad ante las ofensas que recibe de unos y otros por su apariencia de viejo y de mendigo.
            Por eso el reconocimiento del héroe va peldaño a peldaño. Se mantiene así la intriga —aunque el lector sepa de antemano el desenlace—, se recrea el narrador en diferir hasta el momento adecuado las sucesivas anagnórisis: primero por Telémaco; luego por su perro, el viejo Argos, veloz corredor antaño y excelente rastreador de caza, olvidado ahora por los criados, comido por las garrapatas, que yace en el estiércol y reconoce a su amo —meneo del rabo, orejas gachas— antes de echarse a morir; por la vieja criada Euriclea, que reconoce la cicatriz que le dejó en la rodilla el colmillo de un jabalí; por Penélope, al comprobar que el supuesto mendigo explica con todo detalle cómo y con qué está hecho el tálamo nupcial; y finalmente por su propio padre, Laertes.
            Como último recurso Penélope propone casarse con aquel pretendiente que gane el certamen del arco: tensar el arco de Odiseo que se guarda en palacio y hacer pasar una flecha por el ojo de 12 segures debidamente dispuestas en línea. No diremos quién fue el único que logró armar el arco y pasar la flecha por los doce aros. La venganza de Odiseo, ayudado por Telémaco, por el porquero Eumeo y por Filetio, el mayoral, fue sangrienta, metódica, una terrible matanza de pretendientes y de criadas desleales, un cruento catálogo de muertes violentas: flechazo en la garganta, en el hígado, lanzazo en la espalda, en el ijar, espadazo en la cerviz y cabeza rodando por el suelo…  Solo dejaron vivos al heraldo y al aedo, que eran unos mandados.
            Lo que en Ulises se despacha en tres capítulos sin epicidad y con una interrogación respecto al futuro de los protagonistas —Stephen Dedalus, Leopold Bloom y Molly—, en la Odisea se resuelve en 12 rapsodias que culminan en un happy
end  bien atado —reinstauración del amor conyugal y paternofilial, del orden político y de la paz social entre los familiares de los pretendientes muertos y Odiseo—, aunque en la rapsodia 23 se recuerda la profecía de Tiresias sobre la segunda experiencia viajera de Odiseo, de la que regresará de nuevo a Ítaca, donde morirá tras placentera vejez.
            Modelo de restitución del amor y del honor. Defensa del individualismo. Encarnación de la cultura del esfuerzo y del logro de metas personales. Alegato a favor de la familia. Ejemplo de sacrificio y superación de circunstancias adversas. Alegoría de la existencia humana. Símbolo del enfrentamiento entre fantasía y realidad. Metáfora de la muerte. De la búsqueda del conocimiento. Arquetipo de una sociedad idealizada, noble de carácter y de sangre, heroica, y ya desaparecida. Representación de la voluntad de regreso. Del rechazo de las tentaciones. De la rebelión contra los dioses y la búsqueda del propio destino. Espejo del hombre que elige la mortalidad frente a la inmortalidad, aunque eligiendo la primera alcanzó la segunda. Muestra de la interferencia, la convivencia, entre dioses y hombres. Paso de la oralidad a la escritura. Pauta indiscutible de la narración europea. Libro de viajes. Expresión del dominio griego del mar frente a otros pueblos navegantes. Conquista de la estabilidad individual y social. El viaje iniciático que todo hombre debe emprender. Reflejo de un modelo político y económico: la polis. Icono de la patria…
Plurisignificativa, polivalente como su protagonista, la Odisea permanece viva al cabo de los siglos porque admite tantas interpretaciones como lectores. Cada uno de nosotros tiene su propia Ítaca. Soñamos con disfrutar en ella de hermosos días  antes de que se apague la luz en nuestros ojos. Ítaca sabe esperar.

miércoles, 4 de julio de 2018

Sol poniente



          Álamos al trasluz:
       caligrafías
       en el cielo del sur.

martes, 3 de julio de 2018

Ícaro


En pos de un sueño
volamos y caemos.
Eso es vivir.

viernes, 29 de junio de 2018

28 de junio


Un leve, blanco,
rumor hecho de sueños
nos trae el alba.

jueves, 28 de junio de 2018

Sobre el capital


       … el capitalismo es canalla, es vil y reprobable como régimen económico, sobre todo porque en la práctica niega lo que predica su teoría. Lo más importante del capitalismo no es el capital en sí, sino la avaricia y la codicia de los capitalistas.

*

       El neoliberalismo posmoderno es un lugar frío y oscuro donde ser bueno y cuidar de los demás te convierte en un fracasado.
César Renduelles, Capitalismo canalla

lunes, 25 de junio de 2018

Σῖγμα (2)


    El regreso de Odiseo supone el restablecimiento del orden: Penélope recupera a su marido, Telémaco a su padre, Ítaca a su rey. Con el héroe en casa todo vuelve a su ser.
            Pero eso no vale para Bloom. El monólogo de Molly nos muestra un matrimonio ya paripé, mantenido por inercia, por comodidad, pues el vínculo amoroso ha desaparecido. El presente de Molly es decepción, fracaso cumplido. La entrega fue mutua, sincera y gratificante al principio, pero los años han desterrado el amor y ahora sólo les queda un cínico desapego afectivo, un conocerse demasiado bien uno al otro y un mutuo echarse en cara. Ni en lo sentimental —¿dónde el amor puro, delicado, romántico?—, ni en lo sexual —uno y otra cónyuge mantienen relaciones extramatrimoniales—, ni en lo económico —Bloom es tacaño con ella—, ni en lo profesional —muy lejos de ser una Tebaldi, una María Callas— se encuentra Molly satisfecha.
Símbolo sutil de esas vidas descalabradas, y de esa relación fallida, es el pensamiento de Molly sobre el lecho conyugal, una incómoda y sonora, tintineante cama de segunda mano, llena de burujones, que ha cambiado varias veces de domicilio, y conserva la huella del hombre que la ocupó unas horas antes que Bloom. Movedizo tálamo testigo del engaño, chirriante mensajero de la infidelidad, contrasta con el de Odiseo y Penélope en el palacio de Ítaca, un lecho que simboliza la inmovilidad y la reciedumbre del amor entre ambos, como descubrirá el lector cuando llegue a la penúltima rapsodia de la Odisea.
            Frente al ahora negativo de Molly, la reivindicación del ayer, de su infancia y adolescencia en Gibraltar —este inesperado final español es otra de las sorpresas del mago Joyce—, la nostalgia de sus días más dichosos. A su manera, el episodio es una elegía, un aquel tiempo fue mejor, pese a los momentos de soledad y de aburrimiento, pese a la brutalidad y a la sangre de las corridas de toros, un sí a los paisajes y panoramas del Peñón, de La Línea, de Ronda, un sí a las flores, a la belleza morena de las españolas, al sol, a la alegría, a la intensidad vital del sur. Un sí al pasado, a la pura emoción de sentirse viva.
            El libro acaba con un sí que no aclara nada respecto al futuro de la pareja, con Bloom dormido tras desahogarse en los muslos de ella y con Molly desencantada, que no sabemos si se deshará para siempre del grosero de Blazes Boylan, si le preparará a su marido el desayuno tal como le ha pedido antes de dormirse, lo que significará la reconciliación y el restablecimiento del orden dentro del matrimonio, o si las cosas seguirán como las hemos conocido.
            Hasta la última palabra de la novela juega Joyce en su empeño por romper con la tradición novelística decimonónica de finales cerrados por el narrador, y sobre todo en su afán de no transigir un ápice con el lector —que ha de hacer un último esfuerzo para leer 44 páginas a texto corrido, sin un  solo signo de puntuación—  y darle el respiro de saber al menos por dónde encauzarán sus vidas los protagonistas.
Severo cómitre que no concede reposo a los galeotes, el narrador joyceano es inclemente con el lector. Aventurarse con la historia de Leopold Bloom y Stephen Dedalus es penetrar en un laberinto lleno de juegos y artilugios técnicos, que crean inseguridad, pues a veces no sabemos dónde estamos ni quién nos habla. El bosque de Joyce desorienta, exige concentración, tensión, actividad intelectual, y un lector paciente, un Ulises que lleve a Ítaca en su corazón.

viernes, 22 de junio de 2018

Canción de amanecida


Pasa mi sombra
inaugurando
la luz de oro
sobre los campos.

Pasa mi sombra
y va esparciendo
la brisa azul
en la mañana.

Pasa mi sombra
y van los pájaros
sembrando cantos.

Y súbitamente
de par en par
se abre el alma,
y obra el prodigio,
y es en mis ojos
donde ahora brilla
la luz de oro,
y es en mis labios
donde ahora vibran
en canto y vuelo
todos los pájaros,
todo el azul
de esta mañana
viva de junio.