martes, 8 de junio de 2021

El hombre del pan


He acabado de leer estos días de otoño el primer episodio de la serie que Almudena Grandes dedica a la resistencia antifranquista después de 1.939.

Inés o la alegría es una historia de amor y de compromisos personales incrustada en la historia real de España, en los días de otro otoño, el de 1.944, en que cuatro mil soldados republicanos de la UNE cruzaron la frontera pirenaica con el objetivo de derrocar el ilegítimo gobierno de Franco. El plan, ideado por el dirigente comunista Jesús Monzón, era tomar el valle de Arán, nombrar Viella sede provisional del gobierno bajo la presidencia de Juan Negrín y, con el apoyo popular y el de los países aliados —ay, pérfida Albión—, regresar a Madrid y reinstaurar la 2ª República. La aventura acabó como podemos imaginar, y la dictadura franquista murió de longevidad al cabo de 36 años.

No entro aquí en más detalles sobre la novela. Otro día lo haré. Quiero hablar ahora de una historia que me ha recordado su lectura y que bien podría haber merecido unos párrafos de Almudena Grandes. Es una historia de familia, y para tramarla son necesarios varios hilos.

Uno de ellos viene del año 1942, del día en que José, un muchacho de 16 años, hijo de un guardia civil destinado en Fernán Núñez, comienza a trabajar de albañil en El Pardito, el cortijo de don Benito Arana, director de la SECEM de Córdoba. José ha ido poco a la escuela, sabe leer y escribir, y las cuatro reglas, pero son siete de familia, los tiempos duros y hay que llevar a casa lo que se pueda. Sabe lo que es trabajar desde los diez años, cuando empezó como aprendiz de zapatero, y luego de recadero en una farmacia. En El Pardito no falta el trabajo y todos los días la casera ha de preparar comida para veinticinco o treinta hombres entre albañiles, gañanes y otros operarios. La comida es buena y el pan abundante, amasado y cocido a diario en el horno de la cortijada por un hombre al que llaman Emilio.

Al Pardito acuden también pobres y vagabundos que siempre encuentran un plato caliente. Son órdenes de la señora, de doña Enriqueta, la esposa de don Benito, una mujer caritativa que más de un día baja del coche en compañía de un pobre desharrapado y hambriento que ha recogido en la carretera.

—Señora —quiso protestarle el chófer a doña Enriqueta una tarde que volvían a Córdoba—, cada vez que metemos a uno de esos en el coche tengo que quitarme los piojos.

—También me los quito yo, y soy la dueña, así que calla y conduce.

Pasan los años. Don Benito Arana muere en Madrid en 1953, después de haber levantado en las afueras de Córdoba, junto a la factoría de la SECEM, la barriada de la Electromecánicas, con casas para los trabajadores, escuela, iglesia, mercado, barbería, cuartel de la Guardia Civil y zona noble para los ingenieros. Cuatro años más tarde, el 16 de febrero de 1957, muere en Córdoba doña Enriqueta Suárez-Varela de la Secada.

En ese cuartel de la Electromecánicas aparecen y se cruzan nuevos hilos de esta historia. José, el joven albañil del Pardito, trabajó luego unos meses en el olivar de la casa ducal de Fernán Núñez, hasta que a los dieciocho se alistó voluntario como soldado de Artillería; antes del año ingresó en la Guardia Civil. Su segundo destino, en junio de 1.947, es el cuartel de la Electromecánicas.

Meses antes ha llegado a ese mismo cuartel un sargento veterano de Marruecos, de la guerra civil y del “servicio de persecución de huidos”, en cuyo expediente brillan felicitaciones de Alfonso XIII, ascensos por méritos de guerra, dos cruces al mérito militar y la medalla al sufrimiento por la patria. El sargento, viudo desde 1.941, vive en Córdoba con sus tres hijos. La más pequeña, Juana, se casará años más tarde, el 21 de mayo de 1953, con el guardia José. Son mis padres.

Mi abuelo Anselmo, el sargento Zarco, otro hilo en la trama, se jubila al año siguiente y alquila unas habitaciones en el caserío de la Huerta de Santa Isabel, al otro lado del viaducto de Medina Azahara, pasadas las vías y los depósitos del agua, con vistas a la impresionante mole de la entonces “Residencia Nueva”. Anselmo va y viene andando todos los días a Córdoba. Por las mañanas entra a tomar café en El Chocolate, frente al cuartel de Artillería, en la esquina de Medina Azahara con la calle Albéniz. Luego cruza República Argentina, entra por Puerta Gallegos y se dirige al Café de Labradores, donde pasa la mañana en tertulia, leyendo el periódico, mirando por los ventanales de Gran Capitán. Sobre la una vuelve a la huerta, pero antes hace una parada en el último número de Medina Azahara, en los bajos de los “pisos de Cañete”, en el bar Alhambra. Si no es a la ida, en El Chocolate, es a la vuelta, en el Alhambra, donde se encuentra con su amigo Mariano Medina, al que conoció en Palma del Río. Este Mariano Medina es el administrador de las fincas de la familia de don Benito Arana. Vuelven a encontrarse hilos.

Un día, Mariano Medina le presenta a un hombre de confianza de doña Enriqueta, se llama Emilio, el hombre del pan en El Pardito. El administrador le pide un favor a Anselmo: Emilio es aficionado a la caza y quisiera tener un permiso de armas. Tiempos difíciles para eso, desde luego, pero Anselmo, que en sus últimos años ha trabajado en la brigadilla —el Servicio de Información de la Guardia Civil— tiene buenos contactos en la comandancia, le arregla los papeles y le soluciona incluso un problema con el carnet de identidad. Emilio y Anselmo se hacen amigos, primero ellos, y luego las familias. Para entonces ya habíamos nacido mi hermana y yo. El panadero del Pardito y mi padre, el joven albañil de Fernán Núñez, se reconocen, recuerdan viejos tiempos, anécdotas de doña Enriqueta, y de vez en cuando van a cazar conejos a La Alcaidía, en la sierra de Alcolea. Las familias entran en confianza, se visitan, salen juntas y hacen perol más de un domingo en El Aljibejo, la huerta que Emilio tiene en la vega del Guadalquivir, por la parte de El Higuerón. Yo mismo creo tener vaguísimo recuerdo de uno de esos peroles, no sé si propio, o prestado por las muchas veces que mi madre ha hablado de aquellos días felices. Y debí ver a Emilio más de una mañana, cuando íbamos desde el pueblo a Córdoba y mi madre nos llevaba al Café de Labradores a ver al abuelo. Eran los primeros años sesenta. Emilio y Anselmo se habían hecho inseparables.

Un día, Emilio no aparece por Labradores. Ni al día siguiente, ni a la semana, ni al mes. Nadie sabe nada. Nadie abre tampoco la puerta de su casa ni coge el teléfono. Los vecinos también los han echado en falta. Emilio y su familia han desaparecido de la noche a la mañana. Mi abuelo nunca volverá a verlos, y murió con esa pena.

Meses después de la desaparición, y ante las preguntas y la preocupación de mi abuelo, el administrador, que estaba en el secreto, se decidió a desvelarlo: Emilio y su familia estaban en Francia, en Burdeos. En Córdoba sólo había quedado su hija mayor. Todo se precipitó cuando ésta empezó a mover los papeles para casarse.

—Ella se quedó en Córdoba —recuerda mi madre al otro lado del teléfono—, y se casó con el hijo de los dueños de una tienda de tejidos muy famosa en Córdoba, Almacenes Encarnita, enfrente del cine Góngora. Pura, la mujer de Emilio, murió en Francia. Trabajaban en una huerta. De los cuatro o cinco hijos, solo sé que uno puso un supermercado allí, en Burdeos, y otro entró como electricista y encargado de mantenimiento en el consulado español.

Emilio volvió a Córdoba tras la muerte de Franco, con la amnistía del 77.

—Se compró un piso en Ciudad Jardín y vivía solo — continúa mi madre. ¿Tú no te acuerdas de un día, al poco de volver de Francia, que vino a comer a casa?

Sí me acuerdo, pensé, y ese día yo no comí en casa. Eran mis años de rebeldía y continuo callejeo hasta la madrugada.

—Murió hace poco, ya nos habíamos mudado al piso nuevo, en el 2005. Una mañana que íbamos tu padre y yo dando un paseo nos lo encontramos sentado en un banco de Gran Vía Parque y estuvimos un buen rato hablando. Estaba ya muy mayor, pero bien de salud. Fue la última vez que lo vimos. Un día, a los pocos meses, lo encontraron muerto en su casa, pobre Emilio.

Cuando la hija decide casarse, pedir certificados de nacimiento, de bautismo, nombres y datos de los padres, a Emilio se le viene el cielo encima. Y más que el cielo, la imagen de la cárcel y la desgracia para su familia, como le había pasado a tantos compañeros. Franco no olvidaba, seguía firmando sentencias de muerte y condenas de 30 años, y Emilio no se llamaba Emilio, sino José, y Valderrama de apellido, como el famoso cantaor, porque eran primos hermanos, nacidos en el mismo pueblo de Jaén, en Torredelcampo, en la misma familia de pequeños propietarios de olivar.

—Su familia era de izquierdas —ahora es mi padre el que ha cogido el teléfono. Emilio era comunista y había luchado por la República en la guerra civil.

Aquí se me acaba el hilo. Nada más saben mis padres de esta historia. No sé si la hija estaba al tanto de la militancia comunista del padre, ni qué razones se dieron una y otro en aquellos días de los primeros años sesenta. Tampoco sé si Emilio consideraba su pasado comunista un pasajero y excusable ardor de juventud —como lo hizo su primo, el cantaor, militante juvenil en un batallón de la CNT—, o si era un hombre del Partido, un clandestino militante que mantenía viva la lucha, quizá en la misma SECEM, que con sus cientos de trabajadores repartidos en turnos de mañana, tarde y noche, terminó convirtiéndose en el referente histórico de la reivindicación obrera y de la lucha antifranquista en la vieja ciudad de los califas.

La hija se casó con el heredero de Almacenes Encarnita y el padre hubo de poner tierra por medio con el resto de la familia después de veinte años de relativa calma, oculto y protegido primero en El Pardito por doña Enriqueta, ayudado luego y legalizado por amigos como mi abuelo Anselmo, que además lo había presentado y apadrinado como nuevo socio en el Círculo de Labradores.

Hubo muchos Emilios en este país, demasiados, que tuvieron que callar quiénes eran, quiénes habían sido, quiénes no debían ser. Gente oculta, escondida, clandestinos que hubieron de fingir, de silenciar su pasado y hacer como que olvidaban, como que nunca las habían tenido, sus ideas, sus banderas y su compromiso. El panadero de El Pardito fue otro más de tantos, sólo que por azar el hilo de su historia se cruzó con los de mi familia y ha llegado hasta estos días de otoño en que la novela de Almudena Grandes me lo ha recordado.

Pero aún queda un hilo suelto en esta trama: ¿Cómo llegó el joven comunista de Torredelcampo al Pardito? ¿Por qué don Benito Arana Beascoechea, director de la Sociedad Española de Construcciones Electromecánicas de Córdoba, un hombre público, relacionado con la jerarquía franquista, hijo adoptivo de la ciudad y condecorado por el régimen, se arriesga a esconder a un soldado republicano? ¿Qué papel juega doña Enriqueta?

—Según yo conozco —es mi padre el que pone el epílogo—, a doña Enriqueta le pilló el comienzo de la guerra en zona republicana, y él fue el que hizo las gestiones y la pasó a zona nacional, por eso, cuando acabó la guerra y acudió en busca de ayuda, doña Enriqueta no dudó, habló con su marido, lo ocultó en El Pardito, le dio el trabajo de panadero y empezó a llamarlo Emilio.

Hoy es sábado, 27 de noviembre de 2010. Después de hablar por teléfono con mis padres me he venido a la huerta, he encendido la candela y me he puesto a escribir esta historia. De vez en cuando dejo de teclear en el ordenador, enciendo un cigarrillo y miro por la ventana: un herrerillo en el olivo, un petirrojo en la cerca de piedra, Rabón y Juan Sin Tierra, los gatos, disputándose la caseta de madera que les he construido, la urraca junto al pozo; en la parte de atrás cacarean las gallinas, kikiriquean los gallos, zurean las palomas. Duna, la perra, dormita junto al fuego...

...Me avergüenza la historia de este país. Qué lástima de República —me digo—, de vidas arrasadas por la guerra y la posguerra; qué pena de ideas y de esperanzas, de hombres y mujeres en la derrota, en la cárcel, en las cunetas, en el exilio, en el silencio; en qué manos ha estado este país... Pero miro las llamas y me reconozco un hombre con esperanza, con recuerdos, convencido de que sin memoria no hay futuro.

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NOTA: Por razones que no sé dar, este texto desapareció del blog. Lo rescato ahora tal cual apareció.

martes, 18 de mayo de 2021

domingo, 16 de mayo de 2021

¿Velocidad o tocino?


El pasado 5 de mayo, los medios de comunicación analizaban las causas de la victoria en las urnas del partido conservador en las elecciones a la Asamblea de Madrid. El diario El País hacía la misma pregunta ‒¿Cuál ha sido la clave de la campaña de Isabel Díaz Ayuso?‒ a cinco especialistas. Uno de ellos, politólogo, destacó el uso de “mensajes binarios incontestables (libertad o ...)”; otro, directivo de una agencia de comunicación, señalaba la habilidad de la candidata Ayuso para que “la conversación de la campaña girara en torno a una serie de dilemas tan simples como favorables para sus intereses: «comunismo o libertad», cerrar los bares o dejarlos abiertos, subir impuestos o seguir bajándolos”; la tercera, polítologa y profesora en la Carlos III de Madrid, afirmaba que la clave del triunfo había sido la de “establecer un marco polarizador dicotómico con el lema «libertad o comunismo»”. Esta última frase me dio que pensar: marco polarizador dicotómico, repetí, y me pregunté: ¿esto lo entenderá todo el mundo?

Se comprende por dónde va la frase, claro, porque estamos al tanto de los eslóganes de la candidata conservadora, pero hay algo en ella ‒en la frase, y también en la candidata‒ que no encaja. Admitamos el sentido figurado de la palabra “marco” como espacio con límites, como escenario figurado; y busquemos en el diccionario, para asegurarnos, el polarizar y la polarización, que tantas veces venimos oyendo y leyendo en los medios. Ambos vocablos, nietos del πóλοσ griego, no se refieren geográficamente a los de nuestro planeta, Norte y Sur, ni a los de las pilas, el + y el ‒, el ánodo y el cátodo, sino a la confrontación de dos contrarios. Dos, no más. Y en las antípodas uno de otro. Irreconciliables. No la dualidad integradora, equilibrante, armoniosa, del yin y el yang, sino el radical distanciamiento. Por ahí va la semántica de la pretendida polarización política en la comunidad madrileña y, por extensión, en el resto del país. Amigos o enemigos. Conmigo o contra mí. Eso es polarizar. Pretender que los únicos colores sean dos, sin distinción de matices entre ambos, y negar la posibilidad del resto de los colores. La contraposición absoluta. Una burda falacia, porque los arco iris existen en la Naturaleza y en la realidad política: los rojos, los verdes, los azules, los morados… Pretender que el mundo se ubique en dos extremos inconciliables es una vieja táctica política, populista, que no aboga precisamente en favor de la libertad, de la natural diversidad de pareceres.

Y vayamos ahora al esdrújulo “dicotómico” que completa la secuencia. Quienes estudiamos al lingüista suizo Ferdinand de Saussure, aprendimos pronto que el signo lingüístico era una entidad de dos caras, el significado y el significante, una dicotomía, presente también en otras realidades lingüísticas como lengua y habla, diacronía y sincronía, sintagma y paradigma. Dicotomía significa división en dos partes. Una moneda es un ejemplo claro de dicotomía: sus dos partes, cara y cruz, no están confrontadas, no son enemigos irreconciliables, no guerrean entre sí, sino que están íntimamente implicadas una con la otra, son inseparables, integradoras y creadoras de una tercera realidad: el valor de esa moneda. Ni el haz, ni el envés aislados valen nada. Lo dicotómico es unitivo, creativo, no separativo.

Dicho esto, no parece que “libertad o comunismo” sea una dicotomía integradora. En principio da la impresión de que estamos ante una interesada confusión de churras con merinas, pues la frase propone elegir entre conceptos de distinta naturaleza, como si nos plantearan elegir entre “solidaridad o cubismo”, entre un rasgo ético y un movimiento pictórico: libertad es una categoría moral, la capacidad humana de obrar por voluntad propia, mientras que comunismo es un sistema de organización socioeconómica, un modelo de sociedad. ¿No es absurdo ‒Contrario y opuesto a la razón, que no tiene sentido. Extravagante, irregular. Chocante, contradictorio. Dicho o hecho irracional, arbitrario o disparatado. Todo eso dice el diccionario de la RAE sobre la palabra “absurdo” ‒este planteamiento?

El lema ayusiano, además de ser un disparate semántico, parte de un simplismo irreal e injustificado al identificar, por un lado, comunismo con opresión, y por otro al reducir las diferentes opciones políticas de izquierda a un solo concepto. Esa formulación amenazante e infantiloide ‒libertad o comunismo‒ me recuerda al coco de nuestra infancia y también a aquel fantasma que recorría Europa. ¿Cree de verdad la señora Ayuso y sus votantes que los partidos de izquierda van a montar una revolución como la de 1917 y a instaurar la dictadura del proletariado? ¿Todavía viven en esos tiempos? ¿Solamente los regímenes comunistas son opresores?, me pregunto. ¿Y las dictaduras de derechas? En fin...

La política es dicotómica en cuanto está conformada por una teoría y una praxis que buscan el bien común. Como teoría, la política es una actividad puramente lingüística, su ser está en la palabra que expresa una ideología y un modelo social, al tiempo que procura convencer a la ciudadanía y captar su voto. Para esto último ‒convencer y captar‒ ya tenemos comprobado que vale el todo vale, aunque los códigos éticos de las formaciones políticas prohíban, por inmorales o delictivas, determinadas praxis de sus miembros. Un partido que pone a la ciudadanía en el brete de elegir entre dos opciones dispares, como hemos explicado arriba, no juega limpio, está tendiendo una trampa al electorado, pues distorsiona la realidad y presenta un concepto de libertad partidista, injusto e insolidario. Pero eso no parece importarle a 1.620.213 votantes de la Comunidad de Madrid.

lunes, 10 de mayo de 2021

La señorita Grete (5)


5   La República de Saló

 En la primavera de 1948, el músico Wolfgang Schocken, que vivía entonces en Jerusalén, me escribió para revelarme que Kafka había tenido un hijo. Como prueba me mostraba la carta de una cierta señora MM, que había sido una de sus amigas cercanas”, así comienza un artículo de Max Brod reproducido en el suplemento literario del periódico francés L’Humanitéi en marzo de 2005, que coincidiría en buena parte con el texto publicado por él mismo en la edición inglesa de su libro Sobre Kafka, aparecido en 1954. Para Schocken, el hombre aludido era Franz Kafka, y la “señora MM”, evidentemente, nuestra Margarethe (Grete) Bloch, una “hermosa mujer, independiente intelectual y económicamente, habituada a guardarse para sí sus reacciones emotivas”, en palabras de Brod. Recuerda éste que conoció a Grete Bloch por casualidad, aunque “ignoraba que hubiera existido la menor amistad entre ella y Kafka. De hecho, según lo que Franz me había dicho, yo pensé que su relación había sido más o menos hostil. En el diario de Franz hay varios indicios que van en la misma dirección”. No duda Brod del efecto que hubiera supuesto para su amigo el saberse padre, “habría ejercido una influencia benéfica en su desarrollo […] Se habría sentido ennoblecido […] la confianza en sí mismo que le habría aportado este hijo habría podido salvar la vida del propio Kafka”.


Imagen tomada de: Giorgio Zampa, Rilke.
Kafka. Man. Letture e ritratti tedeschi. De Donato Editore, Milano, 1968

Tras reproducir el fragmento que ya conocemos de la carta de Grete Bloch a Schocken, Brod da cuenta de la huida a Suiza, el viaje a Palestina, los años en Florencia y el posterior traslado a San Donato Val di Comino, y la posibilidad, remota, de que algunas cartas de Kafka estuvieran en manos de “cierto ilustre profesor, que había obtenido una visa de emigración a Chile para Grete Bloch”. Ese profesor es, sin duda el Ernst que aparece en la carta a Schocken, y que no consiguió el visado para ella: “Ernst ha vuelto a Chile. Lo llamaron No quería ir sin mí. Pero como no me dieron permiso, no quise ni pude quedarme con él”.

Seis años después de que Schocken escribiera la carta a Max Brod, éste decidió hacer pública la historia del hijo de Grete Bloch en la monografía que publicó en inglés en 1954. Ese mismo año, el periodista y germanista italiano Giorgio Zampa, antes de que apareciera el libro de Brod, había emprendido una investigación sobre el asunto que fructificó primero en un artículoii aparecido en el semanario El Europeo en septiembre de ese año, y más tarde en sus Letture e ritratti tedeschi (1968). Después de entrevistarse en Florencia con dos personas ‒la señora Heinitz y el doctor S‒, Zampa viaja a San Donato Val di Comino y habla con Carmela Cardarelli, entonces empleada del Registro, que lo encaminó al hotel Gaudiello, donde Margarethe Bloch estuvo alojada un tiempo, coincidiendo con otras mujeres deportadas, cultas y elegantes las recordaban algunas vecinas, como la conocida actriz austriaca Grete Berger. Después del Gaudiello, Grete Bloch se alojó con los Tullio, con los Coletti y finalmente con los Carcone. La siguiente visita de Zampa es a la calle Mazzini, domicilio de la familia Carcone. El señor Arturo Carcone, relojero, que tuvo una corta relación sentimental con la señorita Grete, confirma haberle escuchado la historia del hijo, de su relación con el escritor checo y haber visto un álbum con fotografías; también le habló de aquella ocasión, el 18 de septiembre de 1943, tres días antes de que Mussolini proclamara la República Social Italiana, en que ella le confesó que estaba al límite y poco después intentó suicidarse, salvándola de milagro el doctor Massa, que entabló a partir de entonces una buena amistad con ella.

Sobre el ánimo, más bien el desánimo, con que Grete vivía aquellos días ‒el dolor por abandonar su vida anterior, el sufrimiento de la guerra, la denegación por tres veces de un permiso de residencia (Inglaterra, Palestina, Chile), la angustia de saberse perseguida por la autoridades nazis, la inseguridad del día a día, la soledad en que vivió todos aquellos acontecimientos hicieron mella en una mujer brillante y de carácter decidido, que se las había tenido que arreglar sola desde los dieciséis años. No nos extrañe, pues, el choque emocional, la crisis y el hundimiento anímico, la depresión: “Cuando la mujer refería este hecho ‒leemos en los ritratti de Zampaiii‒, estaba en un estado de salud precario; su equilibrio psíquico estaba turbado por la angustia ante la suerte que le esperaba, por las condiciones en que se encontraba junto a otros correligionarios, después de que el gobierno italiano hubiera promulgado las leyes raciales. Esto me lo ha confirmado un profesional que durante un tiempo la trató a diario, incluso hubo un momento en que Bloch, al límite de su resistencia, se refugió en la morfina”. Interesantes, sin duda, las palabras del escritor italiano ‒sabemos de tres doctores que trataron a la Bloch, dos en Florencia, nombrados como doctor S. y doctor Hs., y uno en San Donato, el doctor Massa‒, aunque adolecen de cierta inconcreción al no revelar la fuente de tal información y no poder situar los hechos en Florencia o en San Donato.

Resulta extraña hoy la insistencia de Margarethe Bloch en la historia del hijo habido con el escritor checo. Tres personas que la trataron confirman la historia prácticamente en los mismos términos: la relación con Kafka, libros suyos, cartas y fotografías, un álbum con fotos de Grete y el niño, la muerte prematura de ambos… y la ninguna importancia que le dieron a la historia.

La muerte del niño ocurrió, según confiesa Grete a Wolfgang Schocken, en 1921, cuando iba a cumplir siete años, por lo que habría nacido en 1914. Recordemos aquí que el intenso intercambio de cartas entre Kafka y Grete Bloch se alarga apenas nueve meses, desde noviembre de 1913 a julio de 1914, y que en ese tiempo solo se vieron dos veces, los últimos días de octubre, en Praga, y en los primeros días de junio, cuando se celebró en Berlín el compromiso oficial de noviazgo entre Kafka y Felice Bauer. Cabe la conjetura. Y el embarazo. Pero hemos de tener en cuenta las cartas y los diarios de Kafka, donde no hallamos mención alguna a la gravidez de Grete. ¿Iba Kafka, que ya había escrito la historia de la fatal relación entre un padre y un hijo en La condena, a desaprovechar en su escritura la ocasión de hacerse, o saberse, padre? ¿El creador de Karl Rossman, al que sus padres embarcan hacia Estados Unidos porque ha dejado embarazada a una criada, ocultaría su propia experiencia? ¿El autor de La metamorfosis, que trata sobre las complejas relaciones entre hermanos y entre padres e hijos, no iba a mencionar jamás el asunto de su paternidad? Todo nos hace pensar que Franz Kafka, ni para bien, ni para mal, tuvo noticia del embarazo y alumbramiento de Grete Bloch. Es cierto que en alguna ocasión, ella mencionó en sus cartas un affaire con un misterioso desconocido, “el hombre de Múnich”, y una innominada joven, asunto sobre el que Kafka no sabe nada: “Dígame, por favor, si no le importa ‒le pregunta a Grete en carta del 12 de febrero de 1914‒, ¿quién es ese hombre de Múnich? ¿No ve ni oye? ¿En qué consiste la importancia que usted tiene para él y él para usted?” Un mes despuésiv, a ruegos de Grete, Kafka ha escrito al misterioso hombre de Múnich ‒”La carta a Múnich ha sido echada al buzón, no sin ciertos reparos”‒, y al día siguiente le confiesa: “La carta a Múnich la eché en el buzón enseguida, sin saber si hacía bien, cosa que sigo sin saber hoy tampoco. Como no soy capaz de juzgar la situación, le obedecía. Una visita siempre aclara las cosas, ¿por qué no iba a hacerlo ésta? Doy vueltas, sin resultados, a la relación que pudo existir entre usted, la muchacha y el hombre. ¿Fue en Berlín?” Que este hombre de Múnich hizo madre a Grete Bloch parece cosa inaveriguable por ahora, como lo fue entonces para Kafka.

Si no es bastante con lo escrito por él en las dos cartas que acabamos de citar, leamos lo que le escribe unos días después de verla en Berlín a primeros de juniov: “¡Lo que debe usted haber sufrido en los últimos meses mientras yo no paraba de escribir únicamente sobre mí, al principio incluso de forma alevosa! Nada sé de su desgracia doméstica, por supuesto, pero ¿no cree usted que aquello que la ha atormentado y todavía la atormenta allí ha generado por reacción todas esas fuerzas positivas con que ahora consigue manejarse tan bien ante el mundo?” Ningún asomo de que Kafka esté al tanto del problema de Grete. Si es que existía el problema.

Tampoco vamos a negar rotundamente la maternidad de Margarethe Bloch, pero ningún documento o testimonio da fe de que tuviera un hijo, que naciera en tal fecha y lugar, y muriera en Múnich en 1921. Ni siquiera la presunta madre llega a declarar el nombre de su hijo. La historia tiene visos de ser invención, al menos en la adjudicación de la paternidad a Franz Kafka, si es que en la famosa carta a Schocken el hombre aludido es el escritor checo. Puede que sí, desde luego, cabe que la independiente y particular señorita Bloch tuviera un hijo ‒¿con el hombre de Múnich?‒ y mantuviera oculta la identidad del padre. El hecho es verosímil, aunque poco probable, sobre todo si se piensa que Bloch lo confiesa 26 años después, cuando Kafka llevaba 16 años enterrado. Erich Heller y Jürgen Born, responsables de la primera edición de las Cartas a Felice, publicada en Alemania en 1967, prefieren, sin argumentos incontestables, situar el nacimiento del hijo de Grete Bloch ‒si es que lo hubo‒ en los primeros meses de 1913, antes de que conociera a Felice (en Fráncfort, en abril) y a Kafka (en Praga, a finales de octubre). Si fue así, lo siguiente que hay que pensar es que el niño enseguida fue dado en adopción, y que la independiente, retraída y “particular” señorita Bloch mantuvo el secreto ante Kafka.

Las hermanas de Arturo Carcone describían a Grete como una mujer “reservada, tímida, que no se relacionaba con los otros internados”, testimonio que contrasta con los recogidos por Alessandrina de Rubeisvi, según los cuales la señorita Margherita ‒50 años, delgada, pelo canoso, ojos negros, brillantes e inquietos‒ era una mujer muy viva y generosa, con “algo místico”, que necesitaba relacionarse, hablar con la gente, integrarse en la vida cotidiana, tratando de ser útil ‒conseguía frutas, verduras de temporada y otros suministros extra‒, no una carga para la familia que la acogía. Donato Coletti, que tenía 15 años en 1943, la recuerda con un bolso blanco de bordes plateados, hablando a menudo con sus padres, o escondida de los nazis alguna vez en la parte alta del pueblo, a donde su padre le llevaba comida; Pasqualina Perrela, de 22 años entonces, encargada de la censura postal, y Carmela Cardarelli también se acuerdan de Grete, a la que proporcionaron falsos papeles de identidad, lo mismo que a todos los judíos confinados en San Donato. Todos ellos recibían una ayuda estatal de 12 liras al día y tenían asistencia médica gratuita. Grete sobrevivía en aquella penuria con algunos envíos de dinero, libros y otros cosas útiles enviadas por sus amigos de Florencia. Hasta 1942, los judíos de San Donato vivieron con cierta tranquilidad, que desapareció con la llegada de una División de Infantería alemana a mediados de septiembre de 1943, los bombardeos, el racionamiento y la escasez de sal y harina. Para esa fecha, Grete Bloch se había convertido de forma voluntaria al catolicismo, según consta en los archivos parroquialesvii.

De poco sirvió esta conversión in extremis. En la primavera de 1944, un mes antes de que el ejército aliado rompiera el frente italo-alemán en Montecassino y las tropas de la Wehrmatch se replegaran hacia el norte, los acontecimientos se precipitan en San Donato. Las autoridades alemanas habían emitido un bando para que todos los judíos confinados en la localidad se presentaran en la comandancia y recogieram una tarjeta roja que les permitiría moverse libremente por la zona: “Hubo quienes, no fiándose, huyeron, pero la mayoría cayó en la trampa”, traducimos de Giorgio Zampa, pues a la semana siguiente, en la mañana del Jueves Santo, 6 de abril, una patrulla de soldados alemanes fue deteniendo a los judíos en los domicilios que ellos mismos habían facilitado al retirar la tarjeta roja, y subiéndolos a un camión. 16 personas en total. Entre ellas, Grete Bloch. El grupo es trasladado al día siguiente a la prisión de «Regina Coeli», en Roma, en la que permanecen dos días, antes de ser trasladados a Fossoli. Allí habrán de esperar hasta el 16 de mayo, en que los hacinan junto a otros deportados en un vagón sellado que forma parte del «convoy 10» con destino a Auschwitz, a donde llegan 8 días después y donde permanecen otro día más en el vagón antes de apearse y llegar al momento de la clasificación.

En su texto de 1954, Max Brod refiere que Margarethe Bloch murió a manos de un soldado alemán, que le abrió la cabeza a culatazos, pero en un artículo publicado por Enzo Tortora en junio de 1970viii, se recoge el perturbador testimonio de la señora Rosa Myler: “Nos llevaron de San Donato a Fossoli, y de aquí, en un vagón cerrado, nos llevaron a Alemania. Nos hicieron bajar en una estación con un nombre trágico: Auschwitz. Y aquí, a la entrada del campo (éramos muchos) adoptaron una táctica curiosa. Hicieron entrar a los deportados en parejas. Grete Bloch y yo íbamos juntas, cogidas de la mano. Un alemán nos clasificó. Una a la derecha, otra a la izquierda. No tenía lógica: parecía que simplemente querían alojarnos en barracones alejados unos de otros. En cambio, los que se fueron por la izquierda, entraron (como me pasó a mí, por pura casualidad) en un barracón. Los de la derecha acabaron inmediatamente en las cámaras de gas. A la pobre Grete le dijeron «derecha». Eso es todo. No la mataron con la culata de un fusil: la asfixiaron, como a tantos, en las cámaras de gas”. Esa terrible escena de la llegada en masa al campo y la caprichosa, despiadada, clasificación, tantas veces recreada en la literatura y en el cine, nos recuerda aquellas líneas tremendas de Primo Leviix: “Considerad si es un hombre … quien muere por un sí o por un no”. Una sola palabra, un mínimo gesto, significaba la muerte inmediata.

La vida de Margarethe Bloch es triste porque acaba en circunstancias lamentables y antes de tiempo, como la del hijo que aseguraba haber tenido, como la de su querido Franz Kafka. Grete fue una mujer inteligente y capaz, con arrojo para encontrar su independencia económica y sentimental ‒quizá por eso evitó la atadura del matrimonio‒, que acabó sola, con fama de extraña, de persona “particular”, quizá un poco ida por la morfina y por el maremoto nazi que había arrasado su vida y la de tantos, arrastrando tres maletas con los restos del naufragio hasta un pueblo del interior de Italia para terminar gaseada en un campo de concentración.

Final atroz de una vida. Así y allí, en Auswichtz, había muerto Ottla Kafka en octubre de 1943. Así y allí moriría Julie Wohryzek, la segunda novia de Kafka. Así murieron en Chelmno, Gabriele (Elli) Kafka y su hija Hanna, y su hijo Felix, que lo hizo en Le Vernet. Así, en Ravensbrück, murió Milena Jesenská. Así, en Treblinka, murió el amigo Jizchak Löwy. Así desaparecieron seis millones de personas. Sí o no. Izquierda o derecha.

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NOTAS

i  Max Brod, « Le fils de Kafka», Les lettres françaises, 29 marzo 2005, 3.

ii  El Europeo, Año X, n.º 37, 12 septiembre, 1954. No hemos encontrado el título del artículo de Zampa.

iii  Giorgio Zampa (1968), «Kaspariana 3», encarte entre las páginas 96-97.

iv  Carta del 2 de marzo de 1914, Cartas, 721.

v  Carta del 8 de junio de 1914, Cartas, 830.

vi  Alessandrina De Rubeis, «Gli ebrei internati a San Donato Val di Comino: 1940-44 (parte V). Margarethe Bloch», en la web Centro Documentazione e Studi Cassinati.

vii  Grete Bloch fue bautizada el día 14 de junio de 1943 por el párroco don Donato di Bona. Sus padrinos fueron el doctor Guido Massa y su esposa, Francesca Sipari.

viii  Enzo Tortora, «Il misterioso figlio di Kafka», Il Resto del Carlino, 6 junio, 1970, 3.

ix  Primo Levi, Si esto es un hombre, Muchnik Editores, 2000, 11.

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Imagen tomada de: Giorgio Zampa, Rilke.
Kafka. Man. Letture e ritratti tedeschi. De Donato Editore, Milano, 1968

viernes, 7 de mayo de 2021

jueves, 29 de abril de 2021

La señorita Grete (4)


Imagen: Giorgio Zampa, Rilke, Kafka, Mann. Letture e ritratti tedeschi
(1968)


4    Florencia 1936 - 1940


Después de la escena del “tribunal en el hotel”, Kafka le envía a Grete una última carta (15 octubre 1914), en la que confiesa que no la odia ni le guarda rencor por haberle enseñado a Felice aquellas cartas, y que comprende su papel acusador, porque él mismo también era su propio juez aquella mañana y se considera culpable. Acaba así una intensa relación de nueve meses. Las últimas alusiones ‒si es que ese “Bl.” se refiera a ella‒ , aparte de alguna mención muy esporádica y formal en sus cartas a Felice ‒con la que había reanudado la relación y los planes de boda‒ , las encontramos en dos breves anotaciones de sus diarios, en 1922. En la primera leemos: “Histeria (Bl.) que me golpea y que, por razones desconocidas, me hace feliz”. En la segunda: “Ayer, noche fracasada, hoy, perdida (?). Dura jornada. Ensueños referidos a Bl. También, más angustiosos, a Milena” (Diarios, 683). ¿Se vieron Kafka y Grete Bloch en Praga en marzo de 1922? No se sabe.

Desde diciembre de 1915, Grete Bloch trabaja en Berlín como secretaria personal de Julius Golsdschmidt, propietario de una próspera empresa de ingeniería industrial, creadora del sistema ADREMA de almacenamiento y clasificación mecánica de la información, que enseguida adoptaron los organismos municipales, oficinas de correos, casas de seguros y bancos, y pronto aportó grandes beneficios económicos. Grete vivía en Charlottenburg, un barrio elegante, en un apartamento grande y lujoso, donde celebraba reuniones con gente bien y organizaba conciertos con solistas famosos. Sus mejores años. Sólo una íntima insatisfacción: no encontraba al hombre de su vida.

Imagen: FLUXUS 20 - Geteilte Post: FRANZ KAFKA an GRETE BLOCH

https://www.youtube.com/watch?v=dVxIwnu4bmw


Franz Kafka muere en el sanatorio de Kierling (Austria) el 3 de junio de 1924. Para entonces, Felice Bauer se había casado con Moritz Marasse, apoderado de banco, y tenía dos hijos; y Grete Bloch se había convertido en gerente ejecutiva de la empresa de Goldschmidt. Ambas mantuvieron relación en Berlín hasta que el ascenso y llegada al poder del partido nazi las obligaron a abandonar Alemania. Felice Bauer lo hizo en 1930 y se trasladó con su familia a Ginebra. Grete Bloch, tras la ley de expropiación de empresas judías, promulgada en 1934. En compañía de su jefe se trasladó también a Suiza y se establecieron en septiembre de 1935 en Zúrich, donde ella dio los primeros pasos para reorganizar y relanzar la empresa, proyecto interrumpido por la muerte de Goldschmidt en febrero de 1936. Grete Bloch visita entonces a su amiga Felice en Ginebra, pasa un tiempo con ella y le entrega buena parte de las cartas que le envió Kafka. Cuando Felice, su marido y sus hijos abandonan Europa con destino a Estados Unidos, Grete viaja a Palestina, se encuentra con su hermano Hans, busca trabajo y solicita el permiso de residencia, que le es denegado por su antisionismo. Regresa entonces a Europa y se establece en Florencia.

Durante su estancia en la capital toscana, decide mover papeles para salir de Italia, cada día más inhóspita para judíos apátridas como ella. Intenta primero obtener visado para Inglaterra y establecerse en Londres, donde ve posibilidades de encontrar un trabajo acorde con su experiencia profesional, pero los formularios y la solicitud han de redactarse en inglés, idioma que desconoce, por lo que necesita de alguien que los traduzca, y hace correr la voz entre sus amistades. Así conoce al doctor S., un alemán que llevaba muchos años viviendo en Florencia. Cuando éste la visitó por primera vez en la pensión Jennings-Riccioli, en la ribera del Arno, se encontró a una mujer menuda, avejentada, aunque solo tenía cuarenta y seis años, pálida, consumida por el agotamiento nervioso y por la adicción a la nicotina (150 cigarrillos al día): “Tuvo la impresión de tener delante a una criatura acabada”, escribe Giorgio Zampa en 1954[1]. La Bloch consiguió el visado para Inglaterra en el verano de 1939, pero con el inicio de la guerra el 1 de septiembre el proyecto se fue al garete. Más tarde, a través de un amigo de nombre Ernst, intentó conseguir una visa para Chile, que no le fue concedida.

Imagina uno el varapalo, el dolor de quien ha tenido que abandonar su trabajo, su tierra, desprenderse de su casa, de sus muebles, sus libros y sus trajes elegantes, de sus amigos, convertirse en fugitivo y llegar a otro país, comprobar que de pronto todo se tuerce y todos los planes se van a pique, es una fugitiva sin patria, que no tiene dónde ir. Su mundo se hunde, ya no es ella quien gobierna el timón, el barco hace agua y va a la deriva de los acontecimientos, de la fanática persecución nazi, de la guerra que todo lo trastoca y lo destruye. Decir inquietud, angustia, pesadumbre, es poco. ¡Pobre Grete!

Pese a todo, trata de adaptarse a las circunstancias. Se relaciona con la colonia de exiliados alemanes, asiste a conciertos, lee, pasea, hace excursiones a las afueras, escribe a sus amigos, y traba especial amistad con el doctor S. y con la señora Heinitz ‒Maria Pia Tommasi, de familia noble venida a menos‒, casada con Ernst Heinitz, berlinés de nacimiento, que abandonó Alemania en 1933, profesor de Derecho en la Universidad de Florencia.

En el Archivo de Marbach se conservan tres cartas de Bloch a un amigo de la infancia en Berlín, el músico Wolfgang Schocken. En la tercera, escrita el 21 de abril de 1940, leemos:

“Tu fuiste el primero en verme en Praga, angustiada, oprimida por terrores premonitorios. Entonces tu música, en la habitación en desorden de tus amigos, y aquellos cortos paseos por la ciudad mágica, que amaba más de lo que tú suponías, me ayudaron a superar terribles ansiedades. Visité la tumba del hombre que había significado tanto para mí, que murió en 1924, cuyo arte sigue siendo admirado hoy día. Él era el padre de mi hijo, que murió súbitamente en Múnich en 1921, al cumplir los siete años. Lejos de mí y de él, de quien había tenido que separarme durante la guerra, para no volver a verlo, salvo unas cuantas horas, pues murió en su tierra natal víctima de una enfermedad mortal. Nunca he hablado de esto. Creo que es la primera vez que le cuento esta historia a alguien. Ni mi familia ni mis amigos lo sabían, nadie, excepto mi último jefe, que fue tan amable conmigo, tan comprensivo y tan exquisitamente discreto. Perdí mucho, lo perdí todo cuando este hombre murió en 1936. Pero ahora estas cosas no me afligen tanto porque ellos se han salvado de los sufrimientos de estos tiempos”.

La fecha de la visita a Praga y el reencuentro con su amigo músico “se sitúa ‒afirma Max Brod‒ a la sombra de la toma del poder por los nazis en Alemania”, tras las elecciones del 31 de julio de 1932, lo que justifica la angustia y las terribles premoniciones de Bloch.

No se nombra a Kafka, cierto; dos datos apuntan a él ‒murió en 1924; su arte sigue admirándose hoy‒, pero no el tercero ‒el autor de La metamorfosis no murió en su Praga natal, como sugieren sus palabras, sino en un sanatorio austriaco‒, ni el cuarto: el inicio de la Primera Guerra Mundial (28 de julio de 1914) no fue el desencadenante inmediato del distanciamiento entre Franz Kafka y Grete Bloch, sino el famoso “tribunal en el hotel”, celebrado el 12 de julio. Por otra parte, Kafka y Bloch se reencontraron, junto con Felice y Erna Bauer, en Bodenbach (Suiza bohemia) el 22 y el 23 de mayo de 1915. Prendamos, pues, con alfileres ese “de quien me había tenido que separar durante la guerra”, y subrayemos con la sombra de la duda la confesión a Schocken de que es la primera vez que habla del hijo habido con aquel hombre, porque ella misma se desdice en las líneas siguientes al reconocer que sí, que a su anterior jefe, Julius Goldschmidt, le había hablado del asunto, lo mismo que a la señora Heinitz y al doctor S., quienes recordaban haber visto fotografías de Grete con el supuesto hijo del escritor, aunque no se interesaron mucho, bien porque el reconocimiento de Kafka no era entonces tan internacional como en nuestros días, y solamente era conocido por lectores en lengua alemana, bien porque en aquellos tiempos todo el mundo tenía su propio drama que contar y estaba saturado de sufrimientos propios y ajenos.

En el verano de 1940, cuando Italia entra en guerra al lado de Alemania, Mussolini endurece las leyes raciales, que permiten arrestar a todos los varones judíos, italianos o extranjeros, comprendidos entre los 18 y los 60 años, y trasladar a mujeres y niños a centros de internamiento pequeños y aislados. Así llegó Grete Bloch al pueblo de San Donato Val di Comino, en la provincia de Frosinone, unos 130 kilómetros al sur de Roma. Antes de ese traslado, Grete, temiendo lo peor, deja a una amiga ‒¿la esposa de su profesor de italiano?‒ las últimas cartas que conserva de Franz Kafka, que llegan finalmente a manos de Maria Pia Tommasi [2], quien solo permitió consultarlas al especialista Hans-Gerd Koch para su edición ‒28 cartas a Grete Bloch‒ a cargo del Archivo de Marbach en 2011. Los caminos del azar son inescrutables. Esas 28 cartas, en manos privadas e ignorado paradero durante años, pasaron finalmente a ser propiedad de la Fundación Wiedeking, de Stuttgart, fundada por un antiguo directivo de la casa Porsche. Otro misterio kafkiano. No menor que el del supuesto hijo.

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1 Giorgio Zampa, Rilke, Kafka, Mann. Letture e ritratti tedeschi. De Donato editore, Milano, 1968, p. 74.

2 El matrimonio Heinitz pasó a la clandestinidad en 1943 y ayudó a numerosos judíos a pasar a Suiza proporcionándoles falsos papeles de identidad. Las 28 cartas se pueden leer hoy en el volumen de las obras completas de Kafka, Cartas. 1900–1915, bajo la dirección de Jordi Llovet, editado por Galaxia Gutenberg en 2018.


viernes, 23 de abril de 2021

Libros


Todo nace en silencio.

Desde los más antiguos
emerge limpio el río de tu infancia,
el primer cajón abierto en secreto,
una sierra con cuevas
para brujas con escoba, y un triciclo.
Unos guardan la luz
de una mañana de abril
con olor a jaras y madreselva,
a ropas de domingo.
En otros parpadean
luces melancólicas de noviembre,
los semáforos de la soledad
y los catorce años.
Recuperas con otros
el billete de un autobús del barrio
o el comienzo de un poema que nunca
has podido acabar.

Memoria tuya son
y de todas las vidas que has vivido
asomado a sus ventanas.
Has viajado con ellos
desde Ispahán a la Patagonia,
has surcado los mares
en busca del sentido de la vida,
has tratado con viejos
pescadores, espías, bucaneros,
has desplegado mapas,
el plano de una isla,
de ciudades y laberintos de arena.
Has conocido de primera mano
el deseo festivo de los sátiros,
el latido del corazón de un héroe,
el frenesí de alimañas que anida
en el pecho de los traidores.
Has recorrido el atlas a caballo,
en fiacres y diligencias atestadas,
en globo y bergantín,
en tranvías amarillos y en trenes
que rasgaban la niebla
y te dejaban en una ciudad perdida.
Selvas, lagos, desiertos,
llanuras heladas, barrios obreros,
oficinas con olor a tabaco
y castillos en brumas,
tabernas y prostíbulos,
puertos y palacios cardenalicios.

Todos los paisajes, todas las lenguas,
todos los dioses.
Todo vuelve al silencio
cuando dejas el libro en el estante.
Como los besos o los atardeceres,
nunca un libro es igual a otro,
tampoco el mismo libro
cuenta idéntica historia
al cabo de los años,
igual que tú, siempre
el mismo, siempre otro.
Igual que tú, los libros
tienen sus cicatrices,
las heridas del tiempo,
que los vuelve amarillos, quebradizos,
como el pétalo seco
de un amor olvidado entre sus páginas.
Con ellos levantas muros de papel,
torres que te protegen,
donde hallas consuelo
y te redimes de la realidad
y la melancolía.
En silencio esperan pacientes verse
de nuevo en tus manos
y reverdecer las vidas, las voces,
los paisajes, los sueños.

Eres lo que has leído.

(Del libro A destiempo. Páginas de un lector, 2009)