jueves, 21 de septiembre de 2017

miércoles, 20 de septiembre de 2017

sábado, 16 de septiembre de 2017

Un hombre del ferrocarril


1

Le debía esta visita. Tendría que haberla hecho mucho tiempo atrás, pero con mil pretextos excusables he pasado años posponiéndola, aunque sintiéndome culpable, consciente de que en uno de los muchos viajes a Madrid durante estos años habría bastado con dedicarle un par de horas de mi insignificante tiempo a cumplir el protocolo y presentarle mis respetos. Muchos años, casi cuarenta han transcurrido, desde que supe de su existencia a finales de los 70 o primeros de los 80, hasta el pasado mes de junio.
            Esta vez la visita era inaplazable. Unos días antes de viajar le había mandado por whatsapp las señas a mi amigo Luis Pozo y hablé con él por teléfono para reservarnos unas horas del fin de semana que iba a pasar en la capital. La agenda estaba más que cubierta: Feria del Libro, museo Sorolla, un té de media tarde en casa de mi hijo, cervezas en la plaza del 2 de Mayo, comida familiar en una arrocería, paseos y terrazas del centro. El domingo por la mañana, antes de las nueve, ya estábamos Luis y yo tomando café en un bar al otro lado del Manzanares. Aparcamos a la entrada de la Sacramental de Santa María, en un jardín cuidado y limpio, con setos recortados a tiralíneas y cipreses jóvenes, desde donde se ve el estadio Vicente Calderón.
            En la misma puerta de entrada le preguntamos a un operario joven, que no tardó en acordarse de que su jefe le había hablado de aquella tumba, aunque no sabía a quién pertenecía. Mientras nos acompañaba hasta el lugar nos fue contando que allí enterraban ya a muy pocas personas, porque el cementerio estaba saturado, que sus labores eran sobre todo de mantenimiento, que los familiares querían hiedras en las tumbas y luego fijaos lo que pasa, dijo, señalando una capilla mortuoria devorada y desquiciadas las piedras por una vieja hiedra.
            El lugar estaba hermoso en la mañana soleada. Corría una brisa fresca y desde la copa de los cipreses la claridad de junio se derramaba sobre los mármoles y las piedras ennegrecidas —figuras yacentes, ángeles postrados y alados arcángeles protectores, alegorías de la muerte sin rostro, matronas dolientes, calaveras y crucifijos de piedra, dramáticas figuras implorantes por la muerte de una joven, de un niño, de un anciano— confiriéndoles una belleza exenta de todo sentimiento macabro o repulsivo.
            El muchacho nos condujo sin titubeo al lugar exacto —patio de la Concepción, sección V, fila segunda, nicho número 439– y nos señaló con el índice:
—Ahí lo tienen. ¿Quién era este hombre?
            Le expliqué brevemente de quién se trataba y el muchacho se despidió de nosotros.
            Sí. Ahí lo tenía.
—Mis respetos, don Alfredo—, musité en voz baja quitándome el sombrero y con una leve inclinación de cabeza.
            La losa de mármol blanco que tapa el nicho ha perdido casi todo el pulido original, pero la inscripción, en letras mayúsculas negras, se lee a la perfección: EL EXCMO SOR / DON ALFREDO LOËWY / Y PORGÉS / 18 DE DICIEMBRE 1852 / 28 FEBRERO 1923 / D.E.P. La lápida tiene un sencillo adorno de doble línea con remates semicirculares en las esquinas. Fue labrada por el marmolista T.O, en su taller de la calle Murcia 10,  de Madrid.
            Dos detalles se hacen notar. Uno: el primer apellido no es español, y el segundo lo parece por su ortografía. Dos: don Alfredo Loëwy fue enterrado como católico, al menos como cristiano, según atestiguan las dos cruces que aparecen en la lápida: la mayor, que preside la inscripción, y la pequeña que precede a la fecha de su muerte; sin embargo, la fecha de su nacimiento va precedida de una estrella de cinco puntas.
            ¿Quién fue este don Alfredo Loëwy y Porgés?
            A Luis ya le había hablado de él en varias ocasiones. Esta vez le resumí un cuento de Juan Eduardo Zúñiga en que don Alfredo espera, aunque desea que no llegue nunca, a un sobrino suyo. Comentando con humor las posibles relaciones entre tío y sobrino, y después de hacer unas fotografías, nos despedimos de don Alfredo y salimos con ánimos alegres del cementerio, satisfechos de la visita cumplida.


                                       
2

Alfred Löwy había nacido en Podebrady, una pequeña ciudad de Bohemia a orillas del Elba. Fue el primero de los cuatro hijos —junto a Julie, Richard y Josef— de Jakob Löwy y de Esther Porias, ambos judíos de origen alemán, ambos de familia de pañeros, y miembros de la pequeña burguesía provinciana. Jakob era propietario también de una fábrica de cerveza.
La pobre Esther murió de tifus a los 28 años. Al año siguiente, 1959, Jakob contrae nuevo matrimonio con una pariente de los Porias, Julie Heller, que aportó dos hijos más a la familia, Rudolf y Siegfried. En  1876, Jakob vende la casa y el comercio de paños y la familia marcha a vivir a Praga, al número 24 de la calle Karlova. Para entonces, Alfred ya ha dejado el nido.
Antes de que sus padres se trasladaran, Alfred había terminado el bachillerato  en Praga —¿en el Altstädter Deutches Gymnasium, como años más tarde uno de sus sobrinos?— e ingresado en la Academia de Comercio. No quería acabar vendiendo telas en un comercio de Praga, ni llevando la contabilidad de la fábrica de cerveza de Podebrady. Seguiría la tradición comercial y empresarial de la familia, pero desde otra perspectiva: la administración y dirección de los negocios, las grandes finanzas empresariales. Hablaba checo y alemán, había estudiado francés, tenía 20 años y ganas de triunfar y de conocer mundo. Estaba decidido a alejarse de la familia y abandonar Praga.
Con sus ilusiones y su título de Comercio y Contabilidad, Alfred toma el tren a Viena, donde lo encontramos de contable en la empresa Lipstadt en 1873, el año de la gran exposición universal en la capital austriaca, oportunidad de oro que el joven aprovecha para ver de cerca el mundo de las compañías internacionales, de las grandes empresas constructoras de maquinaria, de los proyectos internacionales, de las inversiones en bolsa y los negocios de seguros.
Tres años después, con 24 años, Löwy es apoderado en París de un banco perteneciente a los Bunau-Varilla, propietarios del periódico Le Matin y los mayores inversores en las obras del canal de Panamá una vez fracasada en 1888 la empresa de Lesseps, que los especialistas atribuyen al mayor de los hermanos, Philippe. Durante más de quince años, reside en París, donde ha recalado también su hermano Josef. Alfred Löwy obtiene la nacionalidad francesa en 1890.
 En 1893 los Bunau-Varilla crean en París una sociedad para explotar dos líneas ferroviarias en España, la de Madrid a Cáceres y Portugal, y la del Oeste, cuyas oficinas centrales abrirán en la madrileña estación de Las Delicias. Como secretario y administrador de la misma designan a nuestro hombre, que enseguida se establece en Madrid. Acaba de cumplir 41 años.
Dos años más tarde, Alfred Löwy figura también como representante en España de la Compañía de Medina del Campo a Salamanca, de la que será director a comienzos de 1897. Para esas fechas, al menos en la prensa, se ha españolizado su nombre y transformado su apellido, aunque a veces el tratamiento sigue siendo francés: monsieur Alfredo Loëwy.
Los primeros años en España son de intensa actividad: aprender el idioma y conocer a grandes rasgos la idiosincrasia del país, de sus gobernantes, de sus financieros, establecer contactos, completar la línea de Plasencia a Astorga, mejorar la conexión con Lisboa, con La Coruña, atender y dar instrucciones precisas a los ingenieros, salvar las dificultades del terreno —puentes, túneles, viaductos—, controlar el suministro de herramientas y materiales, raíles y traviesas, locomotoras, vagones para los viajeros, construir estaciones y apeaderos, pozos para el abastecimiento, viajes continuos por el noroeste del país, y comunicaciones casi diarias con París.




Don Alfredo mostró siempre un impecable savoir faire en cuantos acontecimientos sociales se veía obligado a participar. Acostumbrado a los refinamientos de París y a la politesse, sabía encontrar las palabras que sirvieran de acicate al provinciano orgullo patrio de los españoles. El día 2 de mayo de 1897 (El Adelanto, 3 mayo, 1897), las autoridades salmantinas ofrecieron un banquete homenaje a los representantes de las compañías ferroviarias francesas —de París, Lyon, Burdeos y Toulouse— que cruzaban la provincia. El menú, servido en los salones del Café Suizo por el Hotel del Comercio, mereció este elogio de Don Alfredo, presentado en la ocasión como jefe superior de administración de los ferrocarriles del Oeste: “El banquete que acabamos de celebrar no le servirían mejor en París, causándome agradable sorpresa el que en Salamanca pueda hacerse esto”. Tal fue su norma durante los 27 años que residió en España, y fue así como se convirtió en una persona conocida y respetada en Madrid, especialmente en los círculos políticos y financieros. Por motivos de trabajo o como personaje del gran mundo, no era raro encontrar su nombre en los periódicos.
De aquellos primeros años en España, hay un breve, valioso y humano testimonio  de cuando visitó al gerente de la West Galicia Railway Company, el abuelo materno de C. J. Cela. En un articulito publicado en junio de 1994, el escritor recordaba: “Löwy pasó unos días en la casa de mi familia en Villagarcía y durmió un par de noches en la casa de Iria Flavia … estuvo pescando salmones con mi abuelo John Trulock en el río Ulla … hacia 1898 … mi madre era pequeña de dos o tres años y siempre oyó decir que Löwy la cogía en brazos y le hacía cosquillas. Löwy era algo mayor que mi abuelo … visitó la catedral de Santiago de Compostela … y los pazos de Oca y de Cambados … [fue a] la isla de La Toja a ver volar al espectacular y huidizo somormujo y a Carril a comer almejas. De todo esto se guardaba memoria en nuestra familia … Quizá hubiera alguna carta o alguna nota en el diario de mi abuela, al que devoraron el tiempo, la desidia y la humedad, y remató el incendio de hace once o doce años”. (C. J. Cela, ABC, «Una noticia quizá curiosa», 3 junio 1994)
            1905 debió de ser un año feliz para don Alfredo. Sus jefes en París le confían la dirección de la MCP y O, una línea internacional, no la provinciana de Medina del Campo a Salamanca. Sin duda, Philippe Bunau-Varilla lo recompensaba también por su colaboración para la firma del tratado con Estados Unidos sobre el canal de Panamá. Tras una cascada de rumores, ofertas y contraofertas, negociaciones no autorizadas, compra y venta de cánones, amenazas de enfrentamientos civiles e inestabilidad política, cablegramas mendaces que hablaban de la erupción de Momotombo en Nicaragua —alternativa a Panamá—, cabildeos en el Congreso estadounidense y con políticos panameños separatistas, el 18 de noviembre, quince días después de que Panamá se separara oficialmente de Colombia, se firma el Tratado Hay-Bunau-Varilla, por el que pasa a los Estados Unidos el control de las nuevas obras del canal.
Ese reconocimiento de su lealtad hacia Philippe Bunau-Varilla alcanza su cénit en la primavera de 1905, con las elogiosas palabras que el presidente Roosevelt le dirige en los jardines de la Casa Blanca con motivo de la celebración en Washington del 7º Congreso Internacional de Ferrocarriles: “El señor Bunau-Varilla es un gran hombre, lo que ha hecho por Panamá es extraordinario. Le felicito por haber estado con él en Panamá y me alegra sobremanera poder estrecharle a usted la mano”. (A. Northey, El clan de los Kafka, p. 49)



Postales enviadas por Alfred Löwy a sus padres en mayo de 1905.
Procedencia: Klaus Wagenbach, Kafka. Imágenes de su vida.
Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 1998.
Antes de viajar a Estados Unidos, don Alfredo había subido otro peldaño importante a mediados de febrero, cuando lo recibió el rey Alfonso XIII y departió largamente con él para tratar de la competición náutica de motor —la travesía desde Toulon a Argel con escala en el puerto de Mahón—, en la que Le Matin tenía intereses económicos. Primero el rey de España, luego el presidente de los Estados Unidos. La consideración social de don Alfredo, su prestigio, eran incuestionables, lo cual siempre venía bien para los negocios. Prueba de ese crédito es que a primeros de octubre el Ministerio de Fomento lo designa vocal de una Comisión Nacional para promocionar el turismo junto a los marqueses de Valdeiglesias y de Guadalmina, el duque de Santo Mauro y el director de la Biblioteca Nacional, el eminente don Marcelino Menéndez Pelayo. La guinda de ese año de reconocimiento profesional y social la pone el presidente de la República Francesa, Émile Loubet, de visita oficial en noviembre, que le impone en una impresionante recepción en la embajada francesa la medalla de Caballero de la Legión de Honor.
Alfredo Loëwy era un hombre leal y con espíritu de servicio. Nunca había aspirado a convertirse en un Philippe Bunau-Varilla —un tiburón de las finanzas, como lo empezaban a llamar en algunos periódicos—, en constante batalla —triquiñuelas legales, embustes, maquinaciones— para acrecentar su fabulosa fortuna. Como hombre de orden, Loëwy se conformaba con hacer bien su trabajo, recibir el reconocimiento de sus superiores, gozar de una seguridad económica que le permitiera mantener su tren de vida, no lujoso ni derrochador, aunque sí refinado en el vestir y en el comer, y exquisito en los lugares y personas que frecuentaba, y disfrutar de una intachable imagen pública. No se podía decir que le hubiera ido mal la vida. La lealtad a los Bunau-Varilla tenía su recompensa.
Y su precio. Es cierto que no era él quien tomaba las decisiones en la compañía, pero ¿acaso quería hacerlo? Mejor que la responsabilidad última estuviera en el despacho parisino de Philippe Bunau-Varilla.
Loëwy había cumplido ya 53 años, no era un vejestorio, pero necesitaba tranquilizar su vida, acabar con los viajes continuos a pie de vía para comprobar la marcha de los trabajos, con la briega diaria en una empresa con cientos de obreros, con el incordio de estar disponible las veinticuatro horas del día por si fallaba un suministro, se preparaba una huelga o se producía un choque o un descarrilamiento. Menos tren, pensaba, salvo los viajes de verano a París y a Praga, y más Madrid, más esparcimientos privados con sus amistades: el aristócrata José Gil de Biedma, tercer conde de Sepúlveda, diputado conservador por el distrito de Riaza; Eleuterio Delgado, segoviano también, abogado del Estado, ex secretario de Hacienda y consejero en la Compañía arrendataria de Tabacos; Francisco Lastres, habanero de nacimiento, doctor en Derecho y senador vitalicio; Leopoldo Collado, director de Credit Lyonnais en Madrid; León Cocagne, socio fundador del Banco Español de Crédito, presidente de la Cámara de Comercio francesa en Madrid, accionista en varias compañías de ferrocarril, inversor minero en el norte de África, presentado así por el semanario satírico Gedeón (16 octubre 1902, p. 5): “El más  influyente y mangoneador del sindicato de los francos francés, Monsieur Cocagne. Ya saben, pues, los franceses, cuál es el verdadero pays de Cocagne (país de Jauja). España”. Caciques estos, aves de rapiña esos, políticos que usan la llamada puerta giratoria aquellos, grandes capitalistas todos, capitostes, por tradición familiar o por méritos propios, en la cúspide de las finanzas del país.
Su economía personal estaba además reforzada con los beneficios como administrador  delegado de una sociedad de ahorro y seguros de vida, La Mutualidad Española, que en muy poco tiempo se había labrado excelente reputación y estaba expandiéndose en las principales ciudades del país. A esas alturas de su vida, consideraba satisfechas las expectativas de su juventud.
Löwy nunca se inmiscuyó públicamente en política, barajaba con discreción la alternancia de liberales y conservadores en el gobierno, pues tenía amigos en uno y otro bando, y buenas relaciones con la familia real y con los presidentes del Consejo de Ministros. Era también la imagen humanitaria y cultural de la compañía, y aparecía en los periódicos como un caballero que se sumaba a todas las causas patrióticas, un filántropo que hacía donaciones para las campañas navideñas promovidas por la reina Victoria Eugenia para paliar el hambre de los pobres, el ciudadano que aportaba un generoso donativo para el monumento a Martínez Campos en El Retiro, el prócer espléndido que donaba 500 pesetas para la creación de dos cartillas escolares para dos niños nacidos en Madrid el mismo día que el infante don Alfonso, o el ilustre prohombre que sufragaba un premio de ensayo sobre la «Intervención de la Asociación General de Empleados y Obreros del ferrocarril en los conflictos entre la Compañía de ferrocarriles y sus empleados y obreros».
El 21 de marzo de 1908 tiene lugar otro de esos acontecimientos que espolean la satisfacción y el orgullo personal, otra ocasión de que París reconociera sus servicios, el remate de un proyecto que había tardado 3 años en materializarse: la sustitución del viejo puente de hierro sobre el río Sever, en la frontera de España con Portugal, cerca de Valencia de Alcántara, en la provincia de Cáceres. La descripción detallada del proyecto, diseño y fabricación de las vigas, el transporte y la sustitución por una nueva estructura de hierro mediante corrimiento lateral sobre raíles, puede leerse en el número 1.701 de la Revista de Obras Públicas correspondiente al mes de abril de 1908. Con motivo de la compleja operación, realizada al milímetro por varias brigadas de obreros que se comunicaban mediante banderines rojos y toques de corneta, y tras comprobarse la resistencia de la nueva estructura con el paso de la locomotora número 155, se celebró allí mismo, junto al río un espléndido banquete para 25 comensales: Alfred Loëwy, como director de la Compañía MCP y Oeste de España, el director de la Compañía de Ferrocarriles Portugueses, monsieur Leproux, dos inspectores del Estado —uno portugués y otro español—, ingenieros y adjuntos, jefes de sección y de talleres, capataces y otros empleados. Después del suculento menú —volaille à la portugaise, petits bouchés à la marechale, oeufs brouillés au parmesan, poulet santé à la bordelaise, viandes froides à la Morton, tournedos grillés Marchand, asperges en branches, sauce créme, cronter pralinés, bombe glacé panachée, vins de Madeira, Porto, Collares, Champagne, café, liqueurs— y los brindis, los invitados saborearon excelentes habanos ofrecidos por el atento señor Loëwy y posaron para el fotógrafo en artísticos grupos. Como pez en el agua se sentía don Alfredo en esas ocasiones solemnes —se celebraba la culminación de un proyecto entre dos grandes compañías, entre dos naciones—, pero distendidas en que tenía oportunidad de lucir su caballerosidad y buen gusto.


Retrato de Alfred Löwy. Procedencia:
K. Wagenbach, Kafka. Imágenes de su vida.

Cuando llegó la 1ª Guerra Mundial, la neutralidad española favoreció la bonanza económica y un periodo de tranquilidad en la vida de Alfred Löwy: comidas y fiestas privadas con  el matrimonio Cocagne y sus encantadoras hijas, fiestas con los condes de Lamarlière, antes de su traslado a Pau, las cenas de los lunes en el Ritz, una escapada de vez en cuando al teatro para ver a alguna diva como Genoveva Vix, conciertos y tés privados en la residencia del embajador Ory. En ese encopetado mundo de marquesas, condesas y vizcondesas, señoras y señoritas de, elegantes con sus muarés y sus cachemir, sus caros perfumes parisinos y sus relatos insustanciales sobre las vacaciones en Biarritz se le pasó la guerra a don Alfredo, que había cumplido ya 65 años. Solo en una ocasión hubo de salir brevemente a la palestra pública durante la guerra. Fue en 1916, cuando la plantilla completa de la línea de Medina del Campo a Salamanca, más de 200 obreros, se declaró en huelga. Nada pudo hacer él, por muy bien que comprendiera las peticiones del sindicato, como le dijo a su amigo Isidro Pérez Oliva, diputado liberal por Salamanca, cuando acudió a él para que solucionara el conflicto. La negociación con los representantes sindicales no estaba en sus manos, sino en París, así que se limitó a telegrafiar y solicitar la presencia inmediata de un miembro ejecutivo del Comité, como Monsieur Drouin, o bien que se le diera poder a una persona residente en España. He aquí la carta que escribió al alcalde de Salamanca (El Adelanto, 27 abril, 1916):
Muy señor mío y de mi mayor consideración:
Ha sido en mi poder su atento telegrama de ayer, recibido hoy mañana, en el que me ruega procure facilitar la solución a la huelga planteada por el personal MS y en su contestación tengo el honor  de manifestarle que no está en mis atribuciones facilitar la solución que se desea, pero sin embargo me es muy grato comunicarle que lo he recomendado y encarecido con el mayor interés al Consejo de la compañía, quien sin duda hará todo cuanto esté de su parte para llegar a una solución armónica, con lo que tendría por mi parte la mayor satisfacción. Aprovecha esta ocasión, etc.
Los últimos actos públicos de relevancia en que intervino, a sus 69 años,  fueron presidir junto al ministro de Fomento la comitiva oficial en el entierro de las 9 víctimas de un choque de trenes en Villaverde, y en el verano de 1921 viajar hasta Lisboa, donde el presidente de la República Portuguesa le impuso la medalla con grado de oficial de la Orden Militar de Cristo. En la primavera siguiente pudo sentir quizá por última vez la íntima satisfacción del deber cumplido como director de la compañía MCP y Oeste de España, cuando las mejoras en el trazado, en los tiempos de parada y en las locomotoras acortaron en dos horas el viaje de Madrid a Lisboa. Ese fue quizá su último servicio a los Bunau-Varilla.
Alfred Loëwy murió en Madrid casi repentinamente de una afección renal el 28 de febrero de 1923. Los principales periódicos de la capital y algunos de provincias informaron de su fallecimiento. En el ABC del día siguiente se publicó una esquela en la que destacamos dos hechos, don Alfredo Loëwy y Porgés murió como católico —el aviso está encabezado por una cruz cristiana; aparece la consabida frase: “habiendo recibido los auxilios espirituales”—, y ninguno de sus familiares asistió al entierro: “sus hermanos, sobrinos y demás parientes (ausentes)”. Pese a lo que acabamos de afirmar, no parece que hubiera misa, pues según se especifica en la misma esquela, el féretro salió de su domicilio particular (calle Mayor, número 28) directamente hacia la Sacramental de Santa María, a hombros de empleados ferroviarios. La comitiva estuvo presidida por el embajador de Francia, el consejero de la embajada, el cónsul francés y los consejeros de las compañías de Madrid a Cáceres y Portugal, Medina del Campo a Salamanca y Mutualidad Española, acompañados de buen número de empleados y obreros del ferrocarril. Ese mismo día los lectores de El Debate podían leer un breve elogio firmado por el Abate Faria: “La muerte del respetable caballero, dechado de bondades y fiel cumplidor de las virtudes sociales, ha sido extremadamente sentida por cuantas personas tuvieron la fortuna de cultivar su trato”.



Con esas palabras dictadas por la cortesía y la etiqueta, aunque certeras, se cierra el ciclo de un hombre que buscó desde joven la cercanía de las grandes fortunas y la alta sociedad. Un apátrida, nacido checo, de ascendencia alemana, naturalizado francés y afincado en España durante treinta años. Judío por nacimiento, católico no sabemos si por convicción, por comodidad, por necesidades del negocio. Reconocido y respetado en las más altas esferas económicas y sociales de nuestro país. Soltero. Solitario y discreto en su vida privada. Un hombre del ferrocarril. El tío de Madrid.
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A qué el interés por este Alfred Löwy /Alfredo Loëwy, por qué visitar su tumba en Madrid y referir su vida, se habrán preguntado algunos lectores, aunque también es posible que más de uno sepa la razón, que no voy a dilatar más: Alfred Löwy era hermano de Julie Löwy, la madre del escritor checo Franz Kafka, el espíritu benefactor de este blog, que alguna vez hizo planes para venirse a vivir a España con su tío de Madrid. Esa historia quedará para la próxima entrega.
            

jueves, 31 de agosto de 2017

jueves, 24 de agosto de 2017

Maestro del idioma y del cuento


Mis últimas lecturas de agosto han sido Un día en la vida de Iván Denisovich, de A. Solzhenitsin, que cuenta las miserias de un día cualquiera de un preso político en un gulag; Irene, de Pierre Lemaitre, una sangrienta y descabellada novela negra con un detective enano; El agente caído, del novelista sueco Christoffer Carlsson, que relata un crimen relacionado con grupos extremistas. Recomencé también Doctor Zhivago, uno de esos novelones que me gusta reservar para el verano. Las dos novelas negras las he leído en una habitación del hospital comarcal, donde me han llevado unos pertinaces dolores torácicos. Con el fin de explorar su origen y posible cura, fui trasladado a la capital y sometido a un cateterismo radial, con resultados alentadores. Durante mi estancia en el hospital Reina Sofía se presentó M. con un muestrario de ocho o nueve libros en las manos. No lo dudé:
         —Necesito leer a un escritor español —le dije, y elegí Los liberales, de Francisco García Pavón, cuya lectura, literalmente, me encantó desde la primera página, porque me trasladó al mundo, real y maravilloso, de la infancia y adolescencia del autor, a un Tomelloso que me recordaba la Galicia remota de Álvaro Cunqueiro y el mítico Macondo de García Márquez. Y porque manejaba una lengua, unos giros, un vocabulario que yo también sentía míos, no por patrioterismo, ni por exacerbado nacionalismo, sino porque no es lo mismo leer una traducción, por muy buena que sea, que una obra concebida y escrita en nuestra lengua materna: asociaciones sensoriales, emocionales, recuerdos, imágenes evocadas ...
            Ahora estoy en casa, convaleciente, recuperándome con otro maestro, con el rebelde y realista Ignacio Aldecoa, con sus cuentos. Para mí, Aldecoa está inevitablemente asociado al primer libro suyo que leí, al volumen 45 de la colección RTV de Salvat, La tierra de nadie y otros relatos, una colección que se merece todos los elogios de mi parte, pues puso a mi generación en contacto con la gran literatura española y extranjera. Todavía recuerdo algunos de aquellos relatos que debí leer por primera vez con 15 o 16 años: el boxeador Young Sánchez, la cuadrilla de segadores y el mal viento, Los pájaros de Baden-Baden, que luego vi en película, el chaval que andaba por los arrabales y estercoleros de la ciudad y cazaba gorriones, ranas y otros animalejos, hasta que un día cogió el tifus y murió. Con muy escasa experiencia aún como lector, aquellos cuentos tenían algo —los personajes, los ambientes, el lenguaje— que impelía a apurar un cuento tras otro, terminando el libro en una semana, el tiempo justo para acercarme al quiosco de Manolita y comprar el siguiente volumen de la colección.


            El libro en que leo estos días al autor vitoriano tiene también sus años (Alianza Editorial, 1985), y hasta ahora no me había fijado en que la cubierta de Daniel Gil es una imagen perfecta de los personajes de sus relatos, de alguna manera, por múltiples motivos, forzados a un destino uniformador, nada heroico: unas pobres vidas sin posibilidad de cambio, ancladas en el desamparo, en la soledad. Los personajes de Aldecoa no luchan contra el destino, lo cumplen a rajatabla, están abocados a una existencia anodina, frustrante, de míseras alegrías. Por lo general, en estos cuentos no sucede nada, y ese es el triste sino de sus protagonistas: están —viven y mueren— a la espera de algo que nunca llega, clavados a una existencia de rutinaria insatisfacción, a un porvenir que solo trae más de lo que ya conocen. La capacidad de hacer literatura de lo “escondido tras una apariencia anodina y vulgar, triste a ratos, a ratos ferozmente cruel”, como escribe su compañera de generación, Ana María Matute, es uno de los valores de Aldecoa.
         El narrador siente ternura por sus protagonistas —camioneros, escolares en un internado, boxeadores, ancianos matrimonios en soledad, famélicos padres de familia, hombres enfermos que buscan fortuna en la ciudad, viajeros de tren y de autobús, chabolistas, busconas de arrabal, inmigrantes negros, soldados y guardias civiles, toreros, flamencos, niños de la calle, oficinistas y subalternos, novios de barrio, profesores viejos y enfermos–, igual que el lector, pero no cae en la sensiblería, en el melodramatismo, y eso es de agradecer. Aldecoa tampoco es un ángel que viene a salvar de la mediocridad y la miseria a sus personajes. Lo cual es más de agradecer aún. Pese a la afinidad con sus protagonistas, pertenecientes al mundo marginal o a una clase media pobretona, los cuentos son coherentes con la realidad ambiente, tan implacables y objetivos como rigurosa y despiadada es la vida real con los más desfavorecidos, con quienes llevan tatuado como marca de nacimiento el desamparo, la miseria y el infortunio. Esa es la autenticidad que nos gusta de Aldecoa.
“La literatura es una actitud ante la vida, no un medio de vivir”, declaró el escritor en 1954, expresando así su compromiso con el realismo social (neorrealismo, objetivismo narrativo), su convencimiento ético y estético —y más en aquellos años de la larga noche franquista—, de la literatura como testimonio social. Esos personajes sobre los que sobrevuela en círculos de buitre un destino lamentable, esa amplia galería de seres desvalidos e infelices existían en la España de la posguerra inmediata y no tan inmediata. Esa España de los cuentos no era pura ficción literaria, estaba ahí. Bastaba viajar por el país, moverse por pueblos y ciudades para encontrarla. Aldecoa no pudo ignorarla.
La autenticidad del escritor también se aprecia en el uso de la lengua. Una lengua, un registro, siempre acorde con el ámbito laboral y social en que se desarrolla el cuento, sin que en ningún momento encontremos un idioma impostado, un prurito de exhibición lingüística del narrador, sino una lengua viva, con total sensación de realidad, con bellísimos fogonazos descriptivos, y camaleónica, acorde con los oficios, situaciones y caracteres que desfilan por estas páginas: rusiente, estaribel, teso, portegado, almádana, mirlarse, imbornal, sutás, livor, zanquear, son algunas de las palabras cuyo significado aparece apuntado de mi mano a lápiz en el margen inferior de las páginas.
      Personalmente, este volumen 1 de los Cuentos completos de Ignacio Aldecoa, ha sido un redescubrimiento vivificante: me ha transportado a mis primeros años, mis primeros goces, de lector; me ha reafirmado en la idea de que la literatura, o refleja sin imposturas la vida, o mejor dedicarse a la numismática; he disfrutado del manejo del idioma por uno de los grandes; y he vuelto a constatar que el cuento es un género mayor en manos de Aldecoa.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Los viejos viajeros


        Después de los viajes del verano, he aquí un atlas para viajar desde el sillón con la sola ayuda de la brújula y la rosa de los vientos de nuestras lecturas.



sábado, 19 de agosto de 2017

Conjunción astral


Anochecer de primeros de verano. Azul limpio en el cielo, con una franja más clara sobre la línea del horizonte. Sombría, grisácea ya la sierra a mi izquierda. Oscuras las siluetas de los olivos y de los almendros que trepan ladera arriba. Acabamos de salir de Zagrilla Baja, donde mi padre ha echado una partida de billar. Vamos en la Isso azul, despacio, por la carretera empedrada y estrecha que nos lleva a Esparragal. Voy en el asiento de atrás, agarrado a la correa del asiento, mirando los olivares y los montes que quedan a mi derecha.
La veo caer desde muy arriba, casi a la altura de nuestras cabezas. Una bola de fuego blanco con una larguísima cola chisporroteante. No es como otras estrellas fugaces. La que estoy viendo deja una estela blanca, fulgurante. No sé cuánto tiempo transcurre, pero la veo caer sin prisa, majestuosa, dibujando una suave curva hasta perderse por la parte de Las Angosturas. Absorto, la cabeza vuelta hacia aquel azul que se va oscureciendo por momentos, brillándome aún en los ojos abiertos del asombro el fulgor de la luz, no me doy cuenta de que mi padre ha parado la moto, se ha bajado de ella y me repite cada vez más nervioso una palabra que nunca he escuchado:
—¡Apéate! ¡Apéate!
Miro a mi padre, que no me da tiempo a preguntarle qué quiere decir, y a la tercera me grita ya sin contemplaciones, pero sigo sin entenderlo, y permanezco en el asiento, turbado aún por el inesperado y hermoso espectáculo que acabo de ver en el cielo.
—¡Que te bajes, coño!— me agarra del brazo y me zarandea, y entonces pongo los pies en tierra.
Completamente alborotado, mi padre equilibra la moto en el caballete y me advierte:
—¡Quédate aquí!— y cruza corriendo la carretera llevándose la mano a la cintura. Lo veo sacar la pistola de la funda mientras trepa corriendo por la falda pedregosa del monte.
—¡Alto! ¡Alto! ¡Guardia Civil!— y suenan secas, como de juguete, dos detonaciones.
Entre las sombras de los olivos, un hombre con gorra y chaquetilla campesina se vuelve hacia mi padre y levanta las manos a la altura de los hombros. Los veo hablar unos minutos. Mi padre acaba enfundando la pistola y bajando a la carretera, el hombre sigue su camino.
Cuando llega a donde estoy le pregunto: un preso se ha escapado y merodea por aquellos lugares, pero no es el hombre al que le ha dado el alto, lo conoce de Zagrilla Alta, iba a ver si le había parido una de las cabras que tiene en el aprisco, un poco más arriba. Mientras arranca la moto y nos ponemos en marcha, le explico lo que he visto, pero él iba mirando al otro lado, pendiente del hombre, que le pareció sospechoso a esas horas en mitad de la sierra.
El ronroneo del motor se pierde carretera adelante. Cuando llegamos a casa ya es noche cerrada.

Nunca, de niño o de mayor, volví a hablar con mi padre de aquella bola de fuego que surcó el cielo limpio del anochecer de junio. Quizá porque nunca acerté a explicar las emociones tan dispares que pude sentir en unos minutos: el desconcierto al oír el apéate, apéate de mi padre, al principio creí que estaba haciendo un chiste, una broma que no entendía; el miedo cuando llegó a los gritos; el embeleso, la fascinación, la magia de aquella luz que pareció lucir solo para mí; la alarma al ver a mi padre sacar la pistola, los disparos; la incertidumbre sobre aquel hombre que parecía esconderse; la confusión, en fin, de un niño que ve caer un meteorito —todavía no había aprendido esa palabra en la escuela—, que oye por primera vez una palabra —todavía no había hecho la asociación entre apearse y pie—, que ve a su padre correr tras un sospechoso, darle alto y pegar dos tiros al aire.