viernes, 21 de septiembre de 2018

Duelo en el paraninfo (6)


Contamos también con testimonios de tres asistentes al acto: Eugenio Vegas Latapié, consejero nacional de Falange, José Pérez Villamil, psiquiatra de Millán Astray, y Emilio Salcedo, periodista del diario salmantino La Gaceta Regional, que ofrece la versión más completa y ajustada a la realidad. Los tres pueden leerse como anexo al ensayo que Severiano Delgado Cruz, bibliotecario de la salmantina, publicó en internet el 8 de mayo de este 2018, «Arqueología de un mito: el acto del 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca». El objetivo de este trabajo es doble: insistir en que es imposible saber la literalidad del discurso improvisado de Unamuno, que fue radiado, como los demás discursos, pero no grabado; y advertir de la naturaleza literaria del texto de Luis Portillo, y por ello, de la inclusión de elementos ficticios que confieren dramatismo al cruce verbal entre Unamuno y Millán Astray: “Para escribir su «Unamuno’s Last Lecture», Luis Portillo[1], que escribía de memoria, utilizó la mayor parte de estos elementos y los reorganizó […] para montar una escena de teatro litúrgico, en la que no pretendía reproducir el acto del 12 de octubre, sino armar un combate entre el Bien y el Mal. Pero ese relato, sacado de su contexto y popularizado por Hugh Thomas, ha tenido como consecuencia que todavía en nuestros días se siga considerando el discurso de Unamuno escrito por Luis Portillo como palabras textuales del rector de Salamanca”.
             El texto de Severiano Delgado provocó que algunos revisionistas con mala intención y ánimo de sembrar confusión aprovecharan que el Pisuerga pasa por Valladolid para escribir titulares, y artículos, tendenciosos. El ABC del 8 de mayo pasado destacaba: «Venceréis pero no convenceréis: desvelan la mentira del enfrentamiento entre Unamuno y Millán Astray». El lector Juan Manuel Riesgo en carta del 24 de mayo al director de El País afirma taxativo: “al final del acto Unamuno se despidió cortésmente de Millán-Astray, lo que demuestra que no hubo incidente entre ellos”. En La Gaceta (La información alternativa) del 24 de febrero de 2017, después del título  —«Los documentos que muestran la falsedad. La mentira del enfrentamiento entre Unamuno y Millán Astray en Salamanca»— leemos: “La tradición historiográfica de la izquierda lleva ochenta años repitiendo la mentira del enfrentamiento entre el rector de la universidad de Salamanca en 1936, Miguel de Unamuno, y el fundador de la Legión, el general Millán Astray”. Los hispanistas franceses Colette y Jean-Claude Rabaté, recopilan algunos más de estos titulares negacionistas: La gran mentira del 35. Un discurso inventado. Unamuno con Astray, no en contra. Astray tendió la mano a Unamuno. Unamuno y Millán Astray: fake…
Tras la muerte de Unamuno, el 31 de diciembre de 1936, aparecieron en la prensa española y francesa crónicas, artículos y entrevistas que recordaban el acto en el paraninfo. Sin ánimo de exhaustividad ofrecemos al lector interesado una selección de aquellos textos[2], al tiempo que lo remitimos a las biografías de Unamuno escritas por Emilio Salcedo, Luciano G. Egido, Colette y Jean-Claude Rabaté, Jon Juaristi.
De momento no hay una versión incontestable de lo dicho literalmente por don Miguel en el paraninfo. Sí podemos afirmar que sus palabras de protesta y denuncia provocaron los gritos contra los intelectuales del general y su destitución como rector.
Unamuno, recordémoslo ahora, acogió con esperanza el golpe militar y el inicio de la guerra: creía que los generales salvarían la República española, y con ella la civilización occidental, de la invasión comunista. Sí, quien había denunciado una y otra vez desde la prensa la corrupción moral de Alfonso XIII, la brutalidad y la torpeza de la dictadura, quien fue desterrado por Primo de Rivera en febrero de 1924 a la isla de Fuerteventura y permaneció exilado en Francia hasta 1930, quien se presentó y resultó elegido concejal independiente republicano del ayuntamiento de Salamanca en las municipales de 1931, quien proclamó la República en la Casa del Pueblo de esa ciudad y aceptó la presidencia del Consejo de Instrucción Pública en el primer gobierno de Alcalá Zamora, saludó a la romana a las tropas golpistas que tomaron Salamanca el 19 de julio de 1936. A causa de esta notable defección, el gobierno republicano lo destituye de sus cargos, empleo y sueldo un mes más tarde, el 22 de agosto, pero el 1 de septiembre, la Junta de Burgos lo restituye.
En los primeros días de guerra, Unamuno hace varias declaraciones coincidentes sobre el papel de España, y de los militares, en la cultura europea. Así, en su discurso al aceptar el cargo de concejal del ayuntamiento franquista de Salamanca, el 25 de julio, afirma: “Hay que salvar la civilización occidental, la civilización cristiana tan seriamente amenazada”.
Pero pronto aparece la barbarie: el 24 de julio es cesado en la rectoría Salvador Vila Hernández; el 29 de julio, los “señoritos de Valladolid” asesinan en la carretera a Casto Prieto y José Manso; el 1 de agosto es detenido Atilano Coco, pastor protestante; unos días más tarde, el médico Filiberto Villalobos; todos amigos suyos. Se suceden encarcelamientos injustificados y ejecuciones sumarias. Unamuno, además, está más que preocupado por sus hijos: Fernando y Pablo, aislados en  Palencia y en Zamora; de José, Ramón, y de su yerno y secretario, José María, que están en Madrid, no sabe nada desde el 18 de julio.
“En aquellos momentos —escribe Blanco Prieto[3]— Salamanca era una ciudad tomada por los militares, falangistas y guardia cívica, donde la represión ordenada por Mola para evitar cualquier intento de respuesta a la sublevación, era inmisericorde y brutal”. En aquella España desgarrada por la guerra, Unamuno acaba repartiendo responsabilidades y mandobles a uno y otro lado, como se aprecia en la carta a Lorenzo Giusso, escrita el 21 de noviembre, pero que recoge una opinión que Unamuno ya debía tener formada antes del 12 de octubre: “Todo lo que se diga de la salvajería de las hordas llamadas rojas o marxistas (??) es poco, pero y la de los otros. Tan salvajes como los hunos son los hotros, en esta guerra sin cuartel, sin piedad, sin humanidad y sin justicia. De un lado, criminales vulgares, expresidiarios, degenerados sin ideología alguna, y del otro lado... Y es que lo de España es una enfermedad mental colectiva, una epidemia frenopática, una especie de parálisis general progresiva, y no sin cierta base somática. Es el régimen de terror por las dos partes. España está asustada de sí misma, horrorizada. Ha brotado toda la lepra católica y anticatólica. Aúllan y piden sangre hunos y hotros”.
En ese ambiente y circunstancias llega el 12 de octubre y la celebración del día de la Raza. Poco antes de las doce de la mañana, el vicerrector de la Universidad, Esteban Madruga, recoge al escritor en su casa de la calle Bordadores para acompañarlo al acto académico en el paraninfo. De camino le cuenta cómo ha ido el acto religioso en la catedral y le hace prometer que se limitará a abrir y cerrar oficialmente el acto, que no intervendrá como orador. Tras reestructurarse la mesa presidencial por el retraso de doña Carmen Polo, don Miguel declara abierto el acto en nombre del Jefe del Estado y comienzan los discursos. Cuando el primer orador, Ramos Loscertales, alude a la anti-España que representan vascos y catalanes separatistas, más de uno observa cómo el rector saca de su bolsillo un papel y comienza a hacer anotaciones con un lápiz. Una vez acabados los discursos, don Miguel se levanta, con el papel en la mano, y comienza a hablar, “con la voz más velada a incisiva que nunca, con aire de indignación, rompe el silencio que se ha cernido sobre el atestado Paraninfo”.
Ya sabemos que aquellas palabras no se grabaron. Hemos comprobado también que la memoria es caprichosa, o sospechosamente selectiva, o interesada. No hay manera de citar literalmente las palabras del maestro. ¿Utilizó el infinitivo argumental, Vencer no es convencer? ¿La perífrasis modal de posibilidad, Podréis vencer pero no podréis convencer? ¿O el más directo y provocador futuro imperfecto de indicativo, Venceréis pero no convenceréis?
Pero, leído lo leído, creo que sí podemos hacernos una idea muy aproximada de las palabras de Unamuno, de aquel duelo entre la razón y la sinrazón, entre la dialéctica y las armas, entre la compasión y la sangre derramada. A pesar de sus bandazos ideológicos, don Miguel tuvo un gesto último de dignidad, y de valentía personal, qué duda cabe, nos dio su última lección al condenar los métodos fascistas, la misma que hubiera dado a los miembros del gobierno republicano si hubiera tenido ocasión. Me imagino la mirada atónita de muchos, el nerviosismo de doña Carmen Polo, que no llegó a desmayarse, pero sí debió de inquietarse por lo que allí se estaba diciendo, la rabia de Millán Astray y sus gritos violentos, los murmullos de desaprobación de algunos profesores, los gritos nacionalistas entre el público, la imagen pétrea, elegante, de don Miguel, ajeno a los vivas y a los arribas, a los abucheos y a los insultos, a las amenazas…
Sí, una pena que no se grabara aquel discurso…, pero una suerte que don Miguel sacara aquella cuartilla del bolsillo de su chaqueta y comenzara a apuntar, porque ese papel sí que se ha conservado. Era el reverso de la carta que días atrás le había escrito Enriqueta Carbonell, la esposa del pastor Atilano Coco, diciéndole que su marido estaba detenido bajo acusación de “masón” y rogándole a Unamuno que se interesara ante las autoridades franquistas por su amigo, que finalmente sería fusilado el 9 de diciembre.
En el reverso de esa carta, escrito a lápiz encontramos el guion del improvisado discurso de Unamuno. Léalo el lector paciente, cáselo con lo anteriormente leído, y piense en la verdad que contiene.






[1] Efectivamente, la versión más conocida de aquel enfrentamiento es la de Luis Portillo, que no asistió al acto del paraninfo, publicada en inglés en diciembre de 1941 en Horizon, una revista londinense de literatura y arte. Doce años más tarde, el escritor Cyril Connolly incluyó el texto en The Golden Horizon (1953), donde debió leerlo Hugh Thomas, que lo incorporó a su ensayo La guerra civil española, traducido al español en 1962 por Ruedo Ibérico.
[2] ABC¸27 enero 1937, p. 8. La Libertad, 5 enero 1937, p. 6. La Libertad, 28 enero 1937, p. 2. Le Petit Journal, 1 enero 1937, p. 3. L’Intransigéant, 3 enero 1937, última página.  Le Populaire, 5 enero 1937, p. 3.  L’Humanité, 7 enero 1937, p. 8. Le Figaro, 9 enero 1937, p. 6. El Día de Alicante, 6 febrero 1937, p. 1.
[3] Francisco Blanco Prieto, «Unamuno y la guerra civil», 16 febrero 2009, p. 22. Disponible en internet.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Duelo en el paraninfo (5)


            Los periódicos del momento, como vemos, cumplen su función, desinforman a diestra y a siniestra. Los de derechas, exaltando a los suyos y omitiendo hechos, los de izquierdas, cundiendo rumores e inventando disparates, de manera que ni por las fotografías ni por las informaciones publicadas en los días inmediatamente posteriores al 12 de octubre, podemos tener idea exacta de lo ocurrido y dicho en el paraninfo salmantino.
         Desechada en parte la sesgada prensa de aquellos días, nos quedan otras fuentes de información: protagonistas de los hechos, asistentes al acto, prensa posterior a la muerte de Unamuno, prensa de los años cuarenta, biografías del escritor.
            De los protagonistas de aquel acto en el paraninfo, disponemos de testimonios del propio Unamuno, de un artículo de José María Pemán y de un informe de Millán Astray. El artículo de Pemán apareció en el ABC de Madrid del 26 de noviembre de 1964. Después de 28 años, la memoria del poeta gaditano había dejado algunas cosas en el tintero: los discursos de Maldonado y yo … eran todo el programa del acto…dos oraciones puramente universitarias de Hispanidad… Al acabar nosotros, sin que Millán, que estaba en el estrado como público, hubiera dicho ni pío, se levantó don Miguel. No recuerdo exactamente lo que dijo en los pocos minutos que habló… sí recuerdo que el discurso fue objetante para varias cosas de las que andaban en curso en aquellos días exaltados. Recuerdo que combatió el excesivo consumo de la palabra «Anti-España»… Cuando terminó y se sentó se levantó, como movido por un resorte, el general Millán Astray … No fue discurso. Fueron unos gritos arrebatados de contradicción a Unamuno… Lo que dijo fue «¡Mueran los intelectuales!... Hizo una pausa. Y como vio que muchos profesores hacían gestos de protesta, añadió con un ademán tranquilizador «Los falsos intelectuales, señores». Terminó los gritos, que no llegaron a un minuto, diciéndole imperativamente a don Miguel: «Y ahora dé el brazo a la señora del Jefe del Estado». Don Miguel se levantó y le dio el brazo a doña Carmen que presidía, y con ella salió del salón. Subraye, destaque en negrita o retiña el lector a su equitativo juicio.
Lo mismo puede hacerse con el informe titulado «Conducta observada por D. Miguel de Unamuno, en su calidad de Rector Honorario de la Universidad de Salamanca, con motivo de la fiesta del día de la Raza de 12 de octubre de 1936», escrito por el general en enero de 1942. El texto se reproduce en la página 202 del libro de Luis Eugenio Togores, Millán Astray legionario, disponible también en versión digital, a la que remito al lector.
Finalmente, Unamuno se refirió en varias ocasiones a aquel juego derivativo de palabras —Vencer no es convencer— y a las consecuencias acarreadas. A primeros de noviembre, el periodista francés Jérôme Thoraud acudió a casa del escritor para entrevistarlo, y este le facilitó copia de un “pequeño manifiesto” que acababa de redactar. El original de ese texto se conserva en la Casa Museo de Unamuno en Salamanca y en él se lee: “por haber dicho que vencer no es convencer, ni conquistar es convertir, el fascismo español ha hecho que el gobierno de Burgos que me restituyó mi rectoría … ¡vitalicia!, con elogios, me haya destituido de ella sin haberme oído antes ni dándome explicaciones”. Casi las mismas palabras utiliza en la carta que escribió a su traductora al italiano, Maria Garelli, el 21 de noviembre de 1936: “Y por haber dicho esto en público, y que vencer no es convencer, ni conquistar es convertir, y haber pedido otros métodos, el gobierno dictatorial militar que me restituyó mi Rectorado me ha destituido de él sin oírme ni darme explicaciones”. Días más tarde, en carta del 1 de diciembre, Unamuno es algo más explícito con su amigo Quintín de Torre: “En una fiesta universitaria que presidí, con la representación del general Franco, dije toda la verdad, que vencer no es convencer ni conquistar es convertir, que no se oyen sino voces de odio y ninguna de compasión. Hubiera usted oído aullar a esos dementes de falangistas azuzados por ese grotesco y loco histrión que es Millán Astray! Resolución, que se me destituyó del rectorado y se me tiene en rehén”.
Don  Miguel, ya lo hemos visto, era consciente de que sus palabras ni cayeron en saco roto, ni se las llevó el viento, llegaron limpiamente al centro de la diana, denunciaban con valentía los métodos fascistas, las detenciones de gentes de bien, los tiros en la plaza, los muertos en la cuneta. Así lo entendió sin duda Millán Astray, de ahí su grito contra los intelectuales traidores, y todo el que estaba pendiente de las palabras pronunciadas en la tribuna del paraninfo aquel mediodía de octubre. Esos brazos derechos alzados con las palmas al frente, esas bocas que gritan vivas y consignas, ese abigarrado enjambre fascista que rodea a Miguel de Unamuno a la salida del paraninfo no lo estaba jaleando precisamente.

martes, 11 de septiembre de 2018

Duelo en el paraninfo (4)



           En los días inmediatos al 12 de octubre, el acto del paraninfo salmantino tuvo escasísima presencia en la prensa. El ABC de Sevilla del día 14 destacaba en titulares el brillante discurso, tras los de Ramos Loscertales, Maldonado y el dominico Beltrán de Heredia, del poeta monárquico José María Pemán: su alto tono doctrinal, el sentido de misión y el sentido de Imperio, la colaboración de los patriotas —¡Muchachos, haced de vuestro pecho un Alcázar de Toledo!—, interrumpido en varios momentos por los entregados aplausos del público. Tras la ovación final, el señor Unamuno pronunció unas breves palabras, a las que siguieron, tras pedir autorización, otras de exaltado patriotismo del general Millán Astray. Seguimos, pues, sin saber qué pudieron decir el magnífico rector y el general mutilado.
            La siguiente noticia sobre la celebración del día de la Raza la hemos encontrado en dos periódicos de la zona republicana, Heraldo de Castellón y El Bien Público, de Mahón, en su edición del 31 de octubre. En el primero, tras el antetítulo —«Unamunadas»— un largo titular, con error de bulto —«”No venceréis”, dijo a los facciosos el exilado de Fuenterrabía y estos le destituyen de su cargo de rector de la Universidad de Salamanca»—, al que siguen dos breves párrafos anónimos, enviados desde París. En el primero se alude a la orden de destitución de Unamuno de su cargo de rector vitalicio decretada por la Junta facciosa de Burgos. El segundo lo transcribimos íntegro: Al parecer, el día 12 de octubre, en el paraninfo de la Universidad charra, después de bellos discursos de los cabildos y de los generales entorchados, hizo uso de la palabra Miguel de Unamuno, y se le ocurrió pronosticar, de acuerdo con su retórica, lo siguiente: “Vosotros convenceréis, pero no venceréis”, y otras cosas, que promovieron un formidable escándalo entre la horda facciosa.
Algo sacamos en claro de esta información, sobre todo preguntas: ¿solo pronunciaron discursos  “cabildos” y “generales entorchados”?, es decir, ¿además de Millán Astray intervino algún otro general?, ¿Pemán, Ramos Loscertales y Francisco Maldonado eran hombres eclesiásticos?, ¿pronosticaba Unamuno la derrota de los facciosos a pesar de su convincente retórica? Vosotros convenceréis, pero no venceréis. Si fue así, entendemos el “formidable escándalo entre la horda facciosa”.
            El deseo de saber lo que pudo decir Unamuno en el paraninfo se complica cuando leemos en la página 2 del periódico mahonés lo que sigue a este titular «Regocijante ceremonia fascista»:
            Se conocen detalles de la regocijante y ridícula ceremonia que tuvo lugar en Salamanca el día 12 de este mes con motivo de la Fiesta de la Raza.
            Asistieron a la misma la esposa del ex general Franco, Millán Astray, Urraca Pastor, muchos curas y frailes, el célebre Unamuno y algún polichinela de la facción.
            El acto se celebró en el paraninfo de la Universidad, de la que es rector el loco Unamuno.
            Habló en primer término un maestro de pueblo, dedicando los consabidos tópicos «al Ejército salvador».
            Peroró también Urraca Pastor, diciendo varias frases de sumisión a los generales sublevados.
            A continuación Millán Astray con gestos y actitudes de epiléctico [sic], atacó furiosamente a todos los comunistas y republicanos.
            Se leyeron adhesiones de fantásticos diplomáticos.
            Por último le tocó el turno a Unamuno, el cual censuró a todo el mundo. La primera parte de su discurso se acogió bien, pero en la segunda al pronunciar ciertas palabras, provocaron la molestia de los reunidos, motivando que el obispo de Segovia le llamara al orden por dos veces. Entonces Unamuno la emprendió contra el obispo y se armó una discusión que se iba agriando por momentos.
            La esposa de Franco y los generales, se retiraron y los curas y frailes empezaron a gritar: «Mueran los intelectuales», respondiendo Unamuno, disgustadísimo: ¡Venceréis, pero no convenceréis!
            De esta manera terminó la regocijante ceremonia.
            Los clericales están muy excitados ante las intemperancias lanzadas por el maquiavélico don Miguel.
¿“Convenceréis, pero no venceréis” o “Venceréis, pero no convenceréis”?
Si lo primero, malo, porque les está asegurando a los facciosos que perderán la guerra. Si lo segundo, malo también, porque no les vaticina una auténtica victoria, ganarán la guerra, pero perderán la historia.

           

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Duelo en el paraninfo (3)



           Aquel 12 de octubre de 1936, sobre la una del mediodía, se celebraba en el paraninfo de la Universidad de Salamanca el entonces llamado Día de la Raza. Como rector vitalicio y en representación del Jefe del Estado, generalísimo Franco, presidía la mesa don Miguel de Unamuno. Lo acompañaban, a su derecha, doña Carmen Polo; a su izquierda, monseñor Plá y Deniel, obispo de la ciudad, y el general José Millán Astray, fundador de la Legión y mutilado de guerra, tal como se aprecia en la fotografía número 3.
            El acto incluía cuatro discursos —de don José María Ramos Loscertales, decano de Filosofía y Letras; del padre predicador Vicente Beltrán de Heredia; del catedrático de Literatura don Francisco Maldonado, y de José María Pemán, poeta—, que se sucedieron entre entusiastas ovaciones del público, compuesto mayoritariamente por autoridades académicas, civiles y militares, profesores universitarios, representantes de la cultura salmantina y buen número de camisas azules. Los discursos fueron propios de la ocasión y circunstancias: elogio del espíritu del  Descubrimiento, el Imperio y de la colonización americana, glorificación de los militares como baluartes de la unidad política y espiritual, de la civilización cristiana occidental, y resurgimiento de una España nueva y descontaminada.
            Al día siguiente, en el diario salmantino El Adelanto, que ofrecía la crónica del acto ilustrada con la fotografía número 3, y reproducía los discursos, podía leerse: “Finalizó el acto con unas breves palabras del señor Unamuno y otras del heroico general Millán Astray, combatiendo a los hombres que permanecen encubiertos, terminando con tres vivas al ilustre y bizarro Caudillo del Ejército nacional, Jefe del Gobierno, general Franco, y como remate de estos tres vivas, el augusto a la patria. El público le tributó una inmensa ovación.”
            El siguiente párrafo de la crónica recoge —aunque no menciona a Unamuno ni al señor obispo— lo que hemos observado en las fotografías número 1 y número 2: “Al abandonar el paraninfo la excelentísima señora doña Mª del Carmen Polo de Franco con los ayudantes, fue acompañada por el bizarro general Millán Astray, las autoridades y el público hasta el automóvil, envuelta en una emocionante manifestación de patriotismo y atronadores vivas a España y al general Franco”.
            Otro periódico salmantino, La Gaceta Regional, se ocupa también del asunto y concluye: “Puso fin al acto el general Millán Astray con unas exaltadas palabras de patriotismo y amor a España”. Como complemento a la información se añade una crónica firmada por Guzmán Gombau: “La voz del maestro Unamuno, del historiador Loscertales, de Beltrán de Heredia, del catedrático Maldonado, del poeta José María Pemán y del soldado Millán Astray sonó en el paraninfo, y por el milagro de la radio en nuestra Plaza Mayor, en casi todas las casas de la capital y en gran parte de España, retransmitida por las emisoras de radio […] Millán Astray en el momento oportuno en que habló se mostró acertado, enérgico y hasta duro, llevando tras de sí, tras de su gesto y su palabra, el entusiasmo de los españoles”.
            ¿Qué breves palabras pronunció Unamuno al cerrar el acto? ¿Y el exaltado general Millán Astray, que arrebató al auditorio?

domingo, 2 de septiembre de 2018

Duelo en el paraninfo (2)


La fotografía número 2 recoge el instante anterior a la fotografía número 1. Calculo que apenas ha transcurrido un minuto. El mismo lugar. El mismo enfoque. El mismo vehículo negro, con la portezuela abierta, detenido en el mismo sitio. Pero no los mismos personajes, ni en disposición ni en número. Unos han desaparecido, otros no.
            El centro de la imagen es ahora más coral. El teniente requeté apoya su mano en el brazo derecho del general Millán Astray, indicándole así que abandone el lugar y suba al coche. El general, capado y con el gorro legionario, alarga su mano para saludar no se aprecia exactamente a quien, aunque podemos conjeturar que a don Miguel de Unamuno. En leve inclinación cortesana de saludo y reverencia, pues se halla ante la excelencia reverendísima de un obispo y ante el magnífico rector vitalicio de la Universidad de Salamanca, el gesto y disposición del general de la Legión recuerda un poco al del general Spínola en Las lanzas de Velázquez. A Unamuno, tapado casi al completo por monseñor, se le distingue por su pelo blanco y su perfil aguileño. Detrás de ellos, un legionario de cara lustrosa y recortado bigote, con la cabeza ligeramente adelantada, como de tener pegada la oreja a lo que se dicen las personalidades al despedirse.
            Alrededor de este grupo central se elevan al aire palmas fascistas, menos numerosas que en la fotografía número 1. Entre uno y otro instante ha crecido ostensiblemente el número de presentes en el vestíbulo.
Aventuramos ruido ambiente de vítores y arribas. ¿Por eso acercan ligeramente sus cabezas entre sí el general, el rector y el obispo, para escucharse mejor?
Dicen, o creen o quieren ver algunos que el general sonríe, que también lo hacen el señor obispo y Unamuno. No voy a discutir la sonrisa, ¿o es rictus?, del general, ni de su eminencia reverendísima, pero la sonrisa del rector no la distingo. Afirman esos mismos individuos que asistimos a una despedida relajada y cordial después de un acto oficial más o menos tedioso. Nada en la imagen hace pensar, desde luego, en un incidente desagradable, con insultos, amenazas y ruido de armas que se montan. Sobre todo si nos fijamos en la sonrisa —claramente marcada, aunque no sabemos si verdadera o de circunstancias ante lo que acaba de escuchar en el paraninfo y de encontrarse a la salida— de Carmen Polo de Franco en el momento de subir al vehículo que la espera. Porque es ella, no lo duden.
¿Qué hace Unamuno junto a la esposa de Franco, entre legionarios, requetés y camisas azules? Ahí está la madre, la cuestión: el desconcierto, la paradoja, la contradicción, el oxímoron encarnado. 

miércoles, 29 de agosto de 2018

Duelo en el paraninfo

1


De las fotografías suyas que he ido recortando de periódicos y suplementos —tumbado en la cama, con traje negro, leyendo un libro; del brazo de Largo Caballero, junto a Indalecio Prieto, en la cabecera de la primera manifestación del 1 de Mayo en Madrid, en 1931; sonriente, con alpargatas blancas, en cuerda de presos en Fuerteventura, en febrero de 1924; caminando, y mirando, filosofando grave en el claustro acristalado de la Universidad de Salamanca; en un impresionante, por serio, retrato de familia, con la más pequeña en sus brazos; sentado en el suelo en lo alto de un cerro, con el fondo de la finca de La Flecha, donde gustaba retirarse fray Luis de León; la serie de dos perfiles y una de frente, ya mayor, preparatorias para un busto; su féretro transportado a hombros de falangistas por las calles de Salamanca— seleccioné esta fotografía número 1, «Salida del paraninfo».
Destaca en el centro de la imagen, y del gentío que lo rodea: abrigo y jersey negros, barba y pelo blancos, como el cuello de la camisa; un hombre mayor, más alto que los dos que lo flanquean, sereno el gesto, doblado el brazo derecho a la altura del estómago, la mano recogida sobre sí, sin hacer puño, justo donde se unen las solapas del abrigo, que baja abotonado; cerrada la boca, dibujando el bigote un abierto ángulo, apretados los labios y el mentón como señal de determinación, o de indignación, pero sin ostentación, contenido, elegante el rictus, igual que la figura.
¿Hacia dónde mira? ¿Al interior del vehículo aparcado frente a él? Yo diría que no mira nada, que no mira a nadie que tenga delante. Y si mira, lo hace con fijeza y seguridad. Pero sus ojos, su memoria, más que en este instante presente captado por el fotógrafo, quizá estén unos minutos atrás, en un pasado inmediato, caliente aún en él y en quienes lo rodean. O quizá el hombre esté ya imaginando lo que puede esperarle de aquí a unos días.
Está solo entre la multitud que lo rodea. Ni siquiera parece sentir la presencia del hombre de religión que tiene a su izquierda: más joven, en sus hombros la pesadumbre del momento, la cabeza levemente caída hacia el pecho y como mirando por encima de las gafas al lado contrario, la línea de sus labios no dibuja una sonrisa, y si lo es, forzada, de situación, resignada, como a la espera de subir en el coche y desaparecer súbito del lugar y circunstancias.
 En los escasos cinco o seis metros de vestíbulo que se adivinan, se apiña más de una cincuentena de personas —medios cuerpos, bustos, cabezas, medias cabezas, perfiles, fragmentos apenas de una frente, brazos, manos, espaldas— que saluda a lo fascio, alzados los brazos derechos, al frente las palmas de la mano, emergiendo sobre las cabezas como fervorosas llamas alimentadas por los vítores que algunos de los presentes lanzan exaltados.
Abigarrado enjambre de cuerpos (mujeres, niños y adolescentes, jóvenes y  maduros repeinados, civiles y militares), de vestimentas (los uniformes azules, correajes y cascos blancos de los guardias municipales, las saharianas y las camisas verde seco de los requetés, las guerreras caqui de los legionarios, la sotana negra y la capa roja, el azul falangista en las camisas), la diversidad de prendas en la cabeza (boinas, gorras de plato, cascos, solideo, gorros cuarteleros).
Entre el flameo de brazos y palmas fascistas, nadie mira al viejo de la barba y el pelo canos. Ninguno de los presentes —¿quizá las dos mujeres que aparecen en primer término en la parte inferior izquierda de la fotografía?—, ni los más cercanos, que casi le rozan por detrás su hombro izquierdo o su cabeza al levantar el brazo, ni el requeté a su derecha. Nadie presta atención al viejo. Ni a su acompañante. Como si fueran invisibles. Como si en ese espacio se abriera la transparencia.
Hay quien mira al interior del vehículo: el adolescente de afilada nariz y neta raya en el pelo cuya cabeza asoma entre un requeté y un falangista fija sus ojos en el asiento trasero; detrás de este muchacho, un exaltado en pleno vítor mira hacia el asiento del copiloto, igual que el militar situado a su derecha, junto al municipal.
Fecha de la instantánea: 12 de octubre de 1936, hacia las dos de la tarde. Lugar: salida del paraninfo de la Universidad de Salamanca. Dramatis personae: don Miguel de Unamuno (1), rector vitalicio de la misma; monseñor Plá y Deniel (2), obispo de la ciudad; Antonio Ortiz de Estringana (3), jefe de Bandera de Falange; Agustín Sánchez Echevarría (4), teniente de Requetés; Primitivo Murga Uribe(5), legionario. Estos tres últimos formaban parte de la escolta habitual del general Millán Astray, que acaba de subir al coche, precedido por doña Carmen Polo de Franco.
  Queda en manos del lector ambientar la escena con la banda sonora de consignas, vivas y arribas propios del momento histórico y de la ciudad en cuyo palacio episcopal estaba entonces la sede del gobierno de Franco.