viernes, 16 de noviembre de 2018

De perros


En Pernitz había amanecido un día limpio, uno de esos días azules y brillantes de primavera que a Josef le recordaban su infancia, sus primeras correrías por las montañas de los alrededores, como aquella vez que llegaron hasta la cabaña de unos pastores en las faldas del Mendling, cerca de la cascada de Myrafällen, y a la bajada su hermano Karl le enseñó a silbar metiéndose los dedos bajo la lengua, o cuando treparon hasta lo más alto del Risco de los Buitres, desde donde contempló por primera vez el valle del Piesting en toda su extensión.
Pero pronto aparecieron las nubes. Las trajo un viento frío del norte que enseguida ocultaron las cumbres heladas del Traflberg. Luego las nubes avanzaron y derramaron toda su grisura sobre el valle y parecía que estuviera anocheciendo. Con el viento frío del norte y con los nubarrones plomizos vino también el aguanieve.
¡Vaya día! Se muere uno en la calle y no hay dios que se entere.
Josef fumaba su pipa mientras miraba por la ventana la calle solitaria y embarrada.
Su establecimiento estaba junto al hotel Singer. Antes de la guerra, los granjeros llevaban allí las cántaras de leche y las terneras para trasladarlas a la estación de Neustadt, desde donde eran embarcadas hasta el matadero y las lecherías de Viena. Josef había convencido a su hermano Karl para convertir aquel antiguo almacén en sede de la casa Heitzman & Heitzman, los mejores servicios de taller mecánico, taxi y coches de línea especiales Pernitz-Viena-Pernitz, según podía leerse en el rótulo colgado a la puerta del número 25 de la Haupstrasse de Pernitz y en los carteles que había hecho fijar por la ciudad y en los alrededores de la estación Franz Josef Banhof de Viena.
El negocio prosperaba y Josef acababa de hacer una nueva inversión, un precioso Benz de segunda mano para dedicarlo a línea especial y jiras por las montañas durante el buen tiempo. Orgulloso de aquella hermosa máquina —60 caballos, transmisión a cardán, doble faetón, alumbrado eléctrico—, se había hecho retratar ante ella y colgado la fotografía en lugar bien visible, tras su mesa de despacho.
Cuando miraba aquella fotografía, Josef siempre se acordaba de la primera vez que vio un automóvil detenido a la puerta del hotel y se acercó asombrado y le pidió permiso al hombre para tocarla y terminó subiéndose a los estribos, abriendo las portezuelas, moviendo el volante, apretando la bocina y simulando el rugido del motor y deslizándose como en un tobogán por los guardabarros delanteros. Aquel día nació su pasión por los automóviles y su esperanza de conducir uno de ellos cuando fuera mayor.
Siempre que la escuela y las faenas en la granja de sus padres se lo permitían, se acercaba por el hotel y hablaba con los chóferes, les preguntaba esto y lo otro, observaba cómo reponían el combustible y el agua en los radiadores, tensaban las correas o mandaban al herrero fabricar una pieza rota, y los ayudaba a limpiarlos y a sacar lustre a los cromados. A los 16 años, Josef ya era mozo ayudante de mecánico en el hotel Singer.
Cuando estalló la Gran Guerra, se alistó voluntario y consiguió del escribiente del registro que al margen de su condición de campesino anotara sus conocimientos de mecánica y su preparación para conducir vehículos motorizados, lo que le valió ser destinado como chófer a las órdenes del teniente Helmut Zweig, agregado al Archivo de Guerra, con el que recorrió el frente de Galitzia en la misión de recoger información sobre el ejército ruso.
El reloj de cuco acababa de dar las nueve cuando Josef vio acercarse al señor Otto Heinze, jefe de la estafeta de Correos, avanzando a precipitadas zancadas sobre los charcos y encorvado para protegerse del viento y el aguanieve.
Entró jadeando y sacudiéndose el frío como los perros.
Hemos recibido una llamada telefónica desde el sanatorio Wienerwald. La enfermera jefe solicita con urgencia un vehículo para trasladar a un enfermo hasta Viena.
Karl está de servicio en Baden, y no regresará antes de las cinco de la tarde. El Saurer salió hace una hora. Y en el garaje sólo queda el Benz descubierto. Es una insensatez, Otto, trasladar en él a un enfermo estando el día como está.
El jefe de Correos insistió.
La hermana Esther lo ha ordenado en un tono que no admitía peros ni tardanza, Josef. El enfermo debe estar en Viena antes del mediodía.
Josef se puso el abrigo rezongando, se ajustó la gorra de plato, se echó sobre los hombros el capote impermeable y salió hacia la aldea de Ortmann, unos dos kilómetros al sureste de Pernitz.
El sanatorio Wienerwald era un enorme edificio de cinco plantas con terraza en todas las habitaciones, semejante a cualquiera de los grandes hoteles de la capital. Durante la guerra sirvió como hospital militar, pero luego volvió a su condición de balneario de lujo y sanatorio para tuberculosos ricos que venían de toda Europa.
Cuando detuvo el vehículo en la rotonda de la entrada principal, Josef reconoció a la mujer que esperaba en la puerta. Era la joven que llevaba unos días alojada en la granja de los Grossman, una mujer de aspecto judío, de poco más de veinte años, con el pelo corto y el rostro aniñado en el que se dibujó un gesto de descorazonador asombro al ver el enorme descapotable.
Serio y sin decir palabra, Josef solo pudo encogerse de hombros y mostrar las palmas de sus manos, indicando que era todo lo que se podía hacer.
Siguió a la mujer hasta la sala de estar de la planta baja, donde la hermana Esther aplicaba una compresa húmeda en la frente a un hombre tendido en un sofá. La hermana se disculpó secamente a la mujer por la falta de una ambulancia para el traslado y apeló a la imperiosa necesidad de llevar al enfermo esa misma mañana a la Clínica Universitaria de Viena.
Las dos mujeres ayudaron al hombre a incorporarse del sofá y lo acomodaron en una silla de ruedas que empujaron hasta la puerta. Fuera, el viento formaba remolinos con el aguanieve. Los alrededores del sanatorio habían desaparecido entre la niebla.
El hombre no llegaba a los cuarenta años. Abrigado con dos mantas y vuelto el cuello del abrigo, sólo se le veía el rostro afilado y los ojos, muy abiertos, brillantes por la fiebre.
Pobre hombre, en las últimas, pensó Josef antes de coger en brazos aquel esqueleto de metro ochenta arrebujado en el abrigo y bajar con él los escalones para dejarlo recostado en el asiento de atrás. Como un niño consumido, como una pluma. Y sintió compasión por él.
La mujer se colocó junto al enfermo, casi oculto bajo las mantas. El vehículo salió con suavidad de la rotonda y enfiló el estrecho camino bordeado de robles. Ortmann quedó atrás, envuelta en niebla y silencio.
70 kilómetros hasta Viena. El primer tramo era suave. La carretera llaneaba paralela al curso del Piesting, que corría encajonado entre las cumbres del Traflberg y el Mandling por el norte y las estribaciones del Neukogel por el sur. En poco más de media hora dejaron atrás los caseríos de Reichental y de Oed. No se cruzaron con nadie. De vez en cuando, unas vacas inmóviles como estatuas en los prados, la grupa contra el viento. De las chimeneas de las granjas salían columnas de humo blanco que enseguida eran barridas por el viento y se disolvían entre la niebla.
Al pasar la aldea de Wopfing el viento empezó a venirles de cara. La mujer tocó el hombro de Josef y le pidió que redujera la velocidad.
Aturdido por la fiebre y la morfina, el enfermo soñaba que unos bandidos disfrazados con las batas blancas de los médicos entraban en su habitación, le ataban las manos, lo amordazaban y con unos murmullos que imitaban una charla de cotorras repetían una y otra vez sus observaciones y diagnósticos: tuberculosis de laringe, infiltración, no maligno, hinchazón en la parte posterior, no podemos decir nada definitivo. Las palabras revoloteaban como sucias palomas por la blancura de la habitación, iban y venían, se atenuaban y volvían de nuevo en un martilleo torturante y acababan transformándose en otras: demopón, demopón, atropina, anestesín, piramidón. A los pies de la cama, la hermana Esther removía un cocimiento en una olla borboteante y como si fuera una bruja en su cocina repetía con voz cavernosa un ensalmo: alcanfor, alcanfor, inyecciones de alcanfor, demopón, atropina, cirugía, nada definitivo, nada definitivo.
Pasado Mark Piesting, la carretera empezaba a subir y bajar, rodeaba laderas, zigzagueaba en el fondo de las cañadas y trepaba en curvas inverosímiles que parecían acabar en el abismo gris de la niebla. La lluvia era muy fina, pero llegaba sesgada y la mujer se desplazó a la cabecera del enfermo, sentándose en el borde del asiento para cortar con su cuerpo el viento y los minúsculos copos que al instante se le disolvían en el rostro dejando una sensación de sutilísimos alfilerazos. El Benz avanzaba con lentitud de marcha fúnebre por la cicatriz embarrada de la carretera. Del motor salía un vapor espeso como la niebla.
En el semisueño del enfermo surgían nuevas visiones. En su habitación entraba ahora la luz de Berlín y desde la ventana se abría la perspectiva de una calle arbolada en el distrito de Steglitz por la que caminaban mujeres que tenían todas el mismo rostro, el rostro de aquella mujer que de vez en cuando se volvía hacia él, le acercaba a los labios la botella para los esputos y le decía con ternura: Ya verás, Franz, todo irá mejor en Viena, todo irá mejor. Y le componía las mantas ¿Cuánto tiempo podría soportar ella aquella situación? ¿Cuánto tiempo podría él soportar que ella soportara aquella situación?
Después de una hora entre las montañas salieron por fin a las ondulaciones de la campiña que bajaba poco a poco hasta Viena. Sólo se veía con nitidez lo más cercano, las orillas de la carretera. Los verdes se insinuaban entre la neblina El aguanieve se convirtió en llovizna, pero arreció el viento y la mujer se puso ya totalmente de pie entre Josef y el enfermo. Desde los nubarrones grises se desprendían jirones que bajaban hasta las copas de los árboles y los tejados de las granjas que iban dejando atrás. Josef calculó que a esa velocidad aún quedaba más de dos horas para avistar Viena.
Poco a poco iban desapareciendo los efectos de la morfina, pero seguían los escalofríos de la fiebre. De vez en cuando un remolino de aire y unas gotas heladas llegaban revocados hasta su cara y ayudaban poco a poco al hombre y a su lucidez. No eran las mejores circunstancias para volver a Viena. Quizá debiera haberlo hecho unos meses antes, haber seguido los consejos del tío Siegfried. Quizá lo de Berlín había sido una locura. Pero había sido su locura, la única decisión que le quedaba por tomar. No quería ser el campesino que malgasta su vida junto al guardián, ante la puerta de la ley, sin atreverse a pasarla. Berlín era su puerta, la medicina contra Praga, la puerta que sólo él podía franquear. En sus circunstancias, viajar a Berlín sólo podía compararse con la marcha de Napoleón sobre suelo ruso… Y se fue adormeciendo otra vez contemplando unos cuervos que por un instante volaron en círculo allá arriba. Los cuervos, se dijo, son la única certidumbre. Mira los cuervos, trató de decirle a la mujer, pero un dolor como de astillas y de pequeños cristales en la garganta le impidió hablar y se le perfiló en los labios una línea de dolor. Pensó entonces en el canto y en el silencio. Imaginó que se encerraba en una habitación recóndita y silenciosa, como en el fondo de una madriguera, y escribía, escribía, escribía. Y cerró los ojos y soñó un dolor que salía de su garganta. Y sintió sed, una sed bíblica, una sed que sólo podía satisfacer viendo beber a los demás y se vio sentado frente a su padre, en la terraza de la escuela de natación en Praga, junto al Moldava, bebiendo a grandes tragos una jarra de cerveza.
 La mujer seguía de pie, entre Josef y el hombre, como un general entrando victorioso en la ciudad conquistada. El pelo empapado. La determinación en sus ojos. En su corazón viajaba también la esperanza. Y la certeza de que a su lado Franz había conocido la felicidad. Todo cambiará a mejor. A dicha y placer. Si había una salvación, era a su lado. Y se acordó del verano anterior en Muritz, de la tarde en que ella limpiaba pescado para la cena en la colonia de niños judíos y aquel hombre, que la observaba desde el otro lado de la ventana, le dijo qué manos tan hermosas para una tarea tan sangrienta…
Después de casi cuatro horas interminables entraron en Viena por el sur en dirección al centro de la ciudad. El enfermo recordó los bulevares de París, donde contempló un accidente de tráfico. Pero no estaba en París, ni tampoco en Praga, ni en Berlín. Viena era una ciudad silenciosa aquel día. La fiebre seguía, pero habían atenuados los efectos de los calmantes.
El vehículo abandonó la Ringstrasse y empezó a subir hacia el Alsergrund, hasta la Clínica Universitaria, en el número 14 de la Lazarettstrasse.
Nada más detener el vehículo a las puertas de la clínica, cuatro empleados en bata blanca se hicieron cargo del enfermo, que desapareció en una silla de ruedas por uno de los pasillos de la planta baja.
En el establecimiento sólo estaba permitida la presencia de familiares durante las dos horas de visita por la tarde, así que la mujer le pidió a Josef que la bajara hasta un hotel de Viena. Al cabo de unos minutos el vehículo se detuvo en la puerta del hotel Bellevue, Josef recibió las diez coronas del servicio y llevó la maleta hasta el mostrador de la recepción, donde se despidió de ella.
Hasta muchos años después, Josef no supo los nombres ni el destino de aquellos dos personajes. Fue en el verano de 1956, cuando apareció por Pernitz un alemán preguntando por gente que viviera allí en 1924 o que hubiera trabajado en el sanatorio Wienerwald. El investigador se llamaba Klaus Wasenbach y seguía las huellas de un escritor de Praga, un tal Franz Kafka, que había pasado una semana en el Wienerwald, acompañado de su novia, una joven judía polaca llamada Dora Diamant. Por las cartas de la época y los testimonios de sus amigos, se sabía de la estancia de ambos en Ortmann y del penoso viaje de regreso a Viena, a la Clínica Universitaria del doctor Markus Hajek.


Procedencia de la imagen:
http://deacademic.com/dic.nsf/dewiki/1232440 

lunes, 12 de noviembre de 2018

Cadena de lectura


 

A María Teresa Bueno
            Los libros dicen mucho de su dueño —gustos y centros de interés, carácter, viajes—, y más si este deja de alguna manera huella material de su paso por ellos.
Entre las páginas del Diccionario manual ilustrado de la lengua española que me acompaña desde 1980, voy acumulando papeles de todo tipo que por diversas razones quiero conservar —la fotografía en blanco y negro para el carnet de familia numerosa, el resguardo de una quiniela de fútbol, recortes de periódicos, postales y tarjetas que anuncian una exposición o la presentación de un libro, papelitos verde fluorescente con haikus trazados con pluma estilográfica, dos billetes (ida y vuelta) del vapor de El Puerto a Cádiz, la prueba de imprenta de la portada de uno de mis libros, un fragmento mecanoscrito de «El cantar de mía Capra», parodia de una compañera de clase (verano del 74), tarjetas de visita, el envoltorio de una chocolatina—, y que al cabo de unos años debo sacar y guardar en una carpeta aparte para evitar que el libro acabe deformado con el doble de su grosor.
            En otros libros también voy dejando pecios (unos pétalos de rosa, un billete de metro, la cuenta de la librería donde lo compré, el envoltorio de un azucarillo de Les Deux Magots, un marcapáginas, un calendario del 92, la entrada a un concierto de Bob Dylan), breves anotaciones y pequeñas marcas a lápiz (un asterisco, un punto, una equis, unas líneas subrayadas), cuya intencionalidad, a veces, se ha olvidado. Salvo en los libros de estudio, no es uno partidario de emborronar y afear los blancos de las páginas con subrayados y observaciones personales, aunque de cuando en cuando persiste en el desliz.
            El caso es que en ese aspecto soy un lector fisgón y me gusta encontrar esos tesorillos en libros ajenos, comprados en librerías de viejo y ferias de ocasión, que me han regalado, o que he rescatado de desvanes y estantes polvorientos. Lo primero que hago cuando me llega uno de esos libros es hojearlo con detenimiento para ver si figura el nombre de su propietario, fecha y lugar, una firma, un exlibris, una nota manuscrita, alguna referencia histórica, un subrayado, que me acerque a quien ha tenido entre sus manos ese mismo libro antes que yo. Evitaré al lector el pormenor y nulo resultado de la investigación que llevé a cabo buscando las trazas de una Christine W. de Montrémy, cuyo nombre figura en la primera página del ejemplar de Bouvard et Pécuchet que compré el verano pasado a un buquinista.         
Es uno amante, no de los libros antiguos, sino de los libros viejos —de 80, 90, 100 años—, que a veces semejan veteranos guerreros con luengas barbas, llamativas heridas y dolorosas mutilaciones, como la Antología poética de Unamuno que leo estos días, que ha llegado hasta mí sin portada, con las dos primeras hojas seriamente dañadas, que he protegido con papel de seda blanco y un forro de plástico. El libro, publicado por Editorial Escorial en 1942, lleva un prólogo de Luis Felipe Vivanco, y es valioso precisamente por eso: vinculada a la Delegación Nacional de Prensa y Propaganda, Escorial era la editora de la revista del mismo nombre, donde escribía lo más granado del falangismo de la época, que se presentaba como única salvación política y cultural del país; Luis Felipe Vivanco fue uno de aquellos arraigados poetas propagandistas del régimen, luego llamados garcilasistas; en 1942, a seis años tan solo de la muerte de Unamuno, el falangismo ha olvidado la actitud rebelde del rector salmantino tras el famoso y silenciado enfrentamiento verbal con Millán Astray en el paraninfo de la Universidad, y en el prólogo se destaca la faceta religiosa, cristiana, del escritor bilbaíno, fagocitado así por el régimen, que busca su anclaje intelectual en la Generación del 98. Pero el libro es sobre todo valioso por lo puramente literario, pues en sus más de 400 páginas encontramos sobrada muestra del quehacer lírico de Unamuno, un enorme poeta de ideas y de profundas emociones, ensombrecido por el nivolista y por el polémico hombre público que fue.
            Con 76 años a sus espaldas, aun mutilado por el paso del tiempo, perdida la lozanía, la flexibilidad y la blancura del papel, el libro resiste y resistirá otros tantos si se lo trata con delicadeza, y entonces otro lector fisgón, además de los puntos trazados a lápiz por mí junto a unos pocos versos, encontrará la misma hoja suelta que yo encontré de un calendario americano correspondiente a un sábado 24 de febrero en la página 129, donde aparece el soneto titulado «La vida de la muerte», que reproduzco a continuación:

    Oír llover no más, sentirme vivo;
el universo convertido en bruma
y encima mi conciencia como espuma
en que el pausado gotear recibo.
    Muerto en mí todo lo que sea activo,
mientras toda visión la lluvia esfuma,
y allá abajo la sima en que se suma
de la clepsidra el agua; y el archivo
    de mi memoria, de recuerdo mudo;
el ánimo saciado en puro inerte;
sin lanza, y por lo tanto sin escudo,
    a merced de los vientos de la suerte;
este vivir, que es el vivir desnudo,
¿no es acaso la vida de la muerte?

            ¿Fruto del azar que esa hoja suelta cayera entre esas páginas? ¿O marca intencionada? ¿Quién la dejó ahí? ¿En qué lugar vivía esa persona, a qué hora del día y con qué disposición de ánimo leyó el soneto de Unamuno? ¿Joven? ¿Mayor? ¿En qué año?
Plantearme esas preguntas, leer varias veces el poema, es una forma de que el libro vuelva sentirse vivo, a renacer del olvido en que estaba hasta que una amiga me lo regaló. Hacía tiempo que no leía la poesía de Unamuno, no recordaba sus juegos de palabras, los endecasílabos blancos de El Cristo de Velázquez, el itinerario biográfico trazado en De Fuerteventura a París, los versos dedicados al paisaje salmantino, a su primer nieto, a su perro, o la romántica, desdichada, historia de amor narrada en Teresa.
Leo y releo el libro de Unamuno en estas tardes otoñales de lluvias y neblinas, y siento que entre mis manos vuelve a aletear el alma del poeta, como dice en estos versos escritos en marzo de 1929:

Aquí os dejo mi alma-libro,
hombre-mundo verdadero.
Cuando vibres todo entero,
soy yo, lector, que en ti vibro.

       Intuyo también las manos y los ojos jóvenes, atentos, emocionados, de quien leyó estos mismos versos en este mismo libro en que yo lo he hecho. De quien dejó —¿por azar?— ese hoja de calendario en la página 129. Intuyo también esa melancolía del lector cuando lee el último poema, cierra el libro y se asoma pensativo a la ventana con la imagen del poeta bilbaíno rebullendo en su interior.
            Salud, María Teresa, nos vemos en los libros.



lunes, 29 de octubre de 2018

Palabra de Pessoa (Ricardo Reis)


            La novedad nada significa por sí misma si no hay en ella una relación con lo que la precede.

*
            Ven a sentarte conmigo, Lidia, a la orilla del río.
Contemplemos con sosiego su curso, y aprendamos
que la vida pasa y no tenemos las manos enlazadas.
            (Enlacemos las manos)
*
            Haya invierno en la tierra, no en la mente.

*
            Nunca la ajena voluntad, aun sea grata,
cual propia cumplas. Manda en lo que haces.
Ni de ti mismo siervo.
Nadie te da quien eres. Nada te cambie.
Tu íntimo destino involuntario
cumple alto. Sé tu hijo.
*

lunes, 22 de octubre de 2018

La bella Dorotea


E. Manet, Retrato de Jeanne Duval















El sol agobia la ciudad con su luz recta y terrible; la arena deslumbra y el mar espejea. El mundo, aturdido, se hunde cobardemente y duerme la siesta, una siesta que es una especie de muerte sabrosa en que el durmiente, amodorrado, disfruta el placer de su anonadamiento.
         Sin embargo, Dorotea, fuerte y orgullosa como el sol, avanza por la calle desierta, único ser viviente a esta hora bajo el inmenso azul, y forma sobre la luz una mancha brillante y negra.
         Avanza balanceando suavemente su torso, tan fino, sobre sus caderas, tan anchas. Su ajustado vestido de seda, de un claro tono rosa, contrasta vivamente con las tinieblas de su piel y modela con precisión su largo talle, la concavidad de su espalda y su pecho puntiagudo.
         Su sombrilla roja, tamizando la luz, proyecta en su rostro sombrío el maquillaje sangriento de sus reflejos.
         El peso de su abundante cabellera, casi azul,  tira de su cabeza hacia atrás y le da un aire triunfante y perezoso. Pesados pendientes gorjean secretamente en sus lindas orejas.
         De vez en cuando la brisa marina levanta un extremo de su falda flotante y deja ver la pierna reluciente y magnífica; y su pie, semejante a los pies de las diosas de mármol que Europa encierra en sus museos, imprime fielmente su forma en la fina arena. Porque Dorotea es tan prodigiosamente coqueta que el gusto de verse admirada vence en ella el orgullo de la mujer emancipada y, aunque sea libre, camina sin zapatos.
         Avanza así, armoniosamente, feliz de vivir y con una blanca sonrisa, como si viera a lo lejos, en el espacio, un espejo que reflejara su porte y su belleza.
         A la hora en que los mismos perros gimen de dolor bajo el sol que les muerde, ¿qué poderoso motivo hace ir así a la perezosa Dorotea, bella y fría como el bronce?
         ¿Por qué ha dejado su pequeña casa tan coquetamente dispuesta, a la que unas flores y unas cortinas, tan poca cosa, confieren una perfecta intimidad; donde tanto disfruta peinándose, fumando, haciéndose dar aire o mirándose al espejo con sus grandes abanicos de plumas, mientras el mar, que bate la playa a cien pasos de allí, le hace a sus confusas ensoñaciones un poderoso y monótono acompañamiento, y mientras la olla en que cuece un guiso de cangrejos, arroz y azafrán le envía, desde el fondo del patio, sus aromas excitantes?
         Quizá tiene una cita con un joven oficial que en lejanas playas ha oído hablar a sus compañeros de la célebre Dorotea. Infaliblemente, esta simple criatura le rogará que le describa el baile de la Ópera, y le preguntará si se puede ir descalza, como en los bailes del domingo, donde las viejas cafrinas acaban ebrias y furiosas de alegría; y si las bellas damas de París son tan guapas como ella.
         Dorotea es admirada y mimada por todos, y sería perfectamente dichosa si no estuviera obligada a amontonar piastra sobre piastra para rescatar a su hermanita, que tiene ya once años, y que está ya madura, ¡y tan hermosa! Ella lo logrará sin duda, la buena Dorotea; el dueño de la niña es tan avaro, ¡demasiado avaro para comprender otra belleza que la del dinero!