martes, 22 de enero de 2019

Hemingway en estado puro

En nuestro país, todo el mundo conoce a Miguel de Cervantes como «el manco de Lepanto» y lo sabe creador de Don Quijote, Sancho Panza y Dulcinea, pero es sorprendente el número de quienes no han leído, ni leerán, su novela. Es lo que podemos llamar «el síndrome Cervantes»: saber algún dato biográfico de tal escritor, quizá el título de alguna de sus obras, y poco más; ahí queda todo el saber literario de muchos compatriotas, absolutamente anecdótico y superficial, que no vale ni para salir airoso del Ahora caigo. Un ejemplo muy comentado en su tiempo de este síndrome lo ilustró una guapa ignorante, asidua de las revistas del corazón: «Me encanta como escribe Vargas Llosa. No he leído nada de él, pero le sigo».

            Otro de esos escritores con los que se manifiesta tal síndrome es el norteamericano Ernest Hemingway, del que se conocen algunos trazos, los más llamativos, de su biografía y de su carácter —su afición por los mojitos en el Floridita de La Habana, por los safaris y por los sanfermines—, y hasta es posible que se recuerde el título de aquella novela sobre un viejo pescador, sin haber leído una sola línea.

            Acabo de terminar el volumen Cuentos, que reproduce la recopilación que hizo el propio Hemingway en 1938 con el título de Los cuarenta y nueve primeros cuentos, donde aparecen obras maestras del género como «La breve vida feliz de Francis Macomber», «Las nieves del Kilimanjaro»,  «Los asesinos», «Colinas como elefantes blancos», «Padres e hijos»… protagonizados por pescadores de truchas en solitarias riberas, granjeros en perdidos rincones de Michigan, soldados americanos que sobreviven en Italia durante la Primera Guerra Mundial, boxeadores en declive, toreros de segunda fila, cazadores de faisanes, matones de cine negro, viajeros que llegan en tren a París, médicos rurales, esquiadores, hombres que padecen insomnio, camareros nihilistas, indios que se emborrachan el 4 de julio, putas baratas que se inventan historias de amor, gente, en fin, perdedora en su mayoría, ilusa, en cuyas vidas mediocres se ha incrustado el alcohol, la brutalidad, la frustración, la carencia de horizonte, la carcoma del vacío.

            Cuarenta y nueve historias escritas con un lenguaje directo, subyugante en su desnudez, que atrapa de principio a fin del relato, y con diálogos de inusitada eficacia narrativa. El libro de un maestro. Ideal para leer junto al fuego en estos días fríos de enero.



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