domingo, 8 de septiembre de 2019

La vida ante nosotros


Hace unas semanas, cuando pasábamos unos días de playa en Nerja —la de Chanquete, y la del Balcón de Europa, al que se asomó Alfonso XIII en fecha memorable, como atestigua su figura en bronce mirando hacia el África que no pudo conquistar—, reservamos parte de una tarde para ir a la librería de viejo de la calle Granada que ya conocíamos de otros años, Nerja Book Centre, que tiene sobre todo literatura inglesa, pero también secciones en otros idiomas. Yo encontré una biografía de Van Morrison y el volumen primero de las obras escogidas de Faulkner, editado por Aguilar en 1965. Paula nos sorprendió doblemente: un libro que seguía el rastro de los gatos en la historia de la literatura, y una novela, La vida ante sí, de un desconocido Émile Ajar, publicada en la colección «Reno» de Plaza & Janés, que ella había leído en francés y que nos recomendó vivamente, haciéndonos saber que el nombre del autor era el pseudónimo de un conocido novelista.
El buen doctor Katz, estimado por árabes y judíos del barrio. El señor Waloumba, de Camerún, barrendero, y tragafuegos en sus ratos libres en el bulevar Saint-Michel, comparte habitación con ocho compatriotas. El señor N’Da Amédée, nigeriano, proxeneta de las prostitutas que hacen la calle en los mejores 25 metros de Pigalle, viste pantalón, chaqueta, camisa y corbata de color rosa, igual que sus zapatos y las uñas de las manos, que lucen brillantes en cada uno de sus dedos; manda escribir cartas a su familia en África haciéndoles creer que es empresario de obras públicas. Los hermanos Zaoum, cuatro forzudos con un negocio de mudanzas. La señora Lola, un senegalés de 35 años, campeón de boxeo en su juventud, travesti ahora que hace la noche en el Bosque de Bolonia. El señor Louis Charmette, francés, oficinista jubilado de los ferrocarriles, recibe una carta al mes de su hija. El señor Hamil, 85 años, antiguo vendedor de alfombras que peregrinó a La Meca, casi ciego y con serios problemas de memoria, apasionado lector de Víctor Hugo, maestro y consejero espiritual de Momo. Kadir Youssef, proxeneta, asesino de su protegida Aixa en un arrebato de locura, internado en una institución psiquiátrica durante 11 años; Kadir y Aixa son los padres de Momo. Estos son los personajes que entran y salen del sexto piso de un edificio de la calle Bisson, en el parisino barrio de Belleville. En ese piso, la señora Rosa, judía nacida en Polonia, superviviente de los campos de concentración, prostituta en tiempos, regenta un «clandé», una casa clandestina de acogida de ‘hijos de puta’ como Banania, Moisés, Momo y otros; la señora Rosa siente pánico por los nazis y por Adolf Hitler, por los hospitales y por el cáncer; a sus 65 años padece una demencia senil. De Momo, hipocorístico de Mohamed, ni él mismo conoce su nacionalidad —¿es marroquí o argelino?—, ni a sus progenitores, ni la edad que tiene, y solo cuando la historia va más que mediada aparece el único papel que da fe de su existencia.
El hilo conductor de la novela es la vida de la señora Rosa —los problemas de sus muchos achaques, de sus muchos años y de sus muchos kilos, de los muchos escalones que la separan de la calle, de la progresión de su enfermedad mental—, y el mutuo amor entre la vieja prostituta y el niño abandonado por sus padres.
Momo, a su corta edad, tiene ya una intensa experiencia de la vida, ha probado las drogas, de vez en cuando le sobrevienen accesos de violencia y comete pequeños hurtos. Tiene una visión descarnada del mundo, porque así lo ha visto desde que nació, pero no hay amargura en él, sino realismo, aceptación de las circunstancias: “Soy un hijo de puta y mi padre mató a mi madre y cuando se sabe eso ya se sabe todo y uno deja de ser un niño” (211).
La voz de Momo nos presenta un mundo aparte, autosuficiente, al margen de la buena sociedad francesa, un mundo clandestino, que sobrevive gracias a la solidaridad entre sus miembros. Creo que esa era la intención de Émile Ajar, que dejó atrás el lado amable de sus anteriores novelas para internarse en el mundo ingrato de la inmigración y la vida clandestina para descubrir en él la hermosa flor de la ternura, del amor filial, de la compasión, del respeto por los viejos, de la atención a los enfermos, del fuerte sentimiento de hermandad que une a todos los personajes.
La vida ante sí me parece una novela valiente, con un lenguaje directo, que plantea ya en 1975 cuestiones como la droga —“Para inyectarse hace falta tener ganas de ser feliz y esto solo puede ocurrírsele a un gilipollas como una casa…Y es que a mí la felicidad no me tira. Yo sigo prefiriendo la vida”(79)—, la eutanasia —“Ella no quería ni oír hablar del hospital, donde hacen morir hasta el final en vez de poner una inyección […] la gente es más buena con los perros que con los seres humanos, a los que no está permitido hacer morir sin que sufran” (102)—, la vejez y la soledad —“Los viejos valen lo mismo que cualquiera, aunque vayan de baja. Sienten igual que ustedes y que yo y a veces eso les hace sufrir más aún que a nosotros, porque ellos ya no pueden defenderse” (140)—, Dios —“un padre al que nadie conoce siquiera porque se esconde y que no está permitido representarlo porque tiene a toda una mafia para impedir que lo pesquen y esto es criminal” (212)—, el futuro del propio Momo: “Aún no sabía si entraría en la Policía o en los terroristas, ya lo veré cuando llegue el momento” (113). O el holocausto judío y el colaboracionismo francés: en varias ocasiones se hace referencia al Velódromo de Invierno —la Rafle du Vél' d’Hiv—, en el que las autoridades de Vichy internaron a varios miles de judíos franceses para enviarlos más tarde a los campos de concentración.
En 1977, cuando se publicó esta novela aquí, los españoles estábamos en pleno torbellino de la Transición —muerte y testamento del dictador, el puedo prometer y prometo, la matanza de Atocha, los discos de Bob Marley y de Pink Floyd, ETA, la ultraderecha, Curro Jiménez y Annie Hall, la peluca de Carrillo, el derecho a la huelga y el fin de la censura, La tía Julia y el escribidor, los primeros porros, Fraga Iribarne, Encuentros en la tercera fase, La guerra de las galaxias, el Nobel a Vicente Aleixandre, las novelas de Delibes, el penúltimo curso de Filología, las elecciones generales— y no veíamos, puesto que prácticamente no los había, el problema de la integración y la convivencia cotidiana con los inmigrantes africanos. Francia nos llevaba años de adelanto en ese terreno y en el de su tratamiento literario, pues hasta bien entrados los 90 no aparecen novelas centradas en la vida de los inmigrantes magrebíes y subsaharianos en nuestro país.
Un verdadero descubrimiento, que agradezco a mi hija, esta dramática historia de amor entre el niño y la mujer que lo acoge, aunque es también una novela coral. La vida ante sí, con sus momentos cómicos y con alguno de sus personajes instalado en la esperanza, o al menos en el optimismo, no deja de ser una obra desoladora y de una lucidez dolorosa, una trágica lección de vida.
Ha sido también una experiencia peculiar haber vuelto al cabo de los años a tener entre las manos un volumen de la colección «Reno» —creo que desapareció a finales de los 70—, en la que leí algunos cuentos de Hemingway, el Gog, de Giovanni Papini, Lola, espejo oscuro y Los nuevos curas, y una novela que juraría se titulaba La sirena del Mississippi pero que no es así, pues ese título corresponde a una película de F. Truffaut protagonizada por Catherine Deneuve y Jean-Paul Belmondo. El volumen de La vida ante sí, como todos los de esa colección, es un continente tosco, barato, con la caja de texto estrecha, sin márgenes apenas y con papel de mala calidad, un poco como el edificio en el que viven los protagonistas de la novela, pero guarda entre sus páginas, entre la sordidez y la marginalidad ambiental que los rodea, la luz de sus emociones y sentimientos más hermosos y desinteresados.



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