viernes, 22 de abril de 2022

Ex patria

 «La escena parecía el atrezzo de una mala obra de teatro: una carretera, algunos árboles, un sol que blanqueaba las cosas. Allí, en ese decorado mediocre, estaban Josefina y los Cabrera, apretujados en un Hispano-Suiza a cinco kilómetros de la frontera francesa, en medio de ninguna parte. Pero no estaban solos: como ellos, otros muchos ocupantes de muchos vehículos, y otros hombres y mujeres que habían llegado a pie con sus baúles al hombro, esperaban lo mismo. Huían de la guerra: dejaban atrás sus casas; dejaban atrás, sobre todo, a sus muertos, con esa osadía o ese desespero que le permite a cualquiera, aun al más cobarde, lanzarse a la incertidumbre del exilio […] cuando se oyó un murmullo en el aire, y luego el murmullo se convirtió en rugido, y antes de que la familia se diera cuenta, un avión de caza estaba pasándoles por encima, disparándoles con sus ametralladoras».

«Alona y su pequeño, de 11 años, viajaron junto a una docena de vehículos particulares, ahora revisados por soldados ucranianos o guardias de defensa territorial. Muchos recién llegados se preparan para tomar sus maletas y coger algo de comida en un puesto habilitado para recibirlos, cuando un fuerte ruido sobrevuela sus cabezas. Se hace el silencio, la mayoría de la gente se queda paralizada y los niños miran al cielo...».

Ochenta y tres años separan estas dos escenas. La primera pertenece a Volver la vista atrás¹, la novela en que Juan Gabriel Vásquez reconstruye la historia del director de cine colombiano Sergio Cabrera, creador, entre otras, de La estrategia del caracol, y la de su padre, el canario Fausto Cabrera, escritor, declamador, actor y director de teatro. El relato del cruce de la frontera francesa por medio millón de personas en el invierno de 1939 es de sobra conocido en nuestro país. El segundo fragmento está tomado de la crónica enviada desde Ucrania por Gabriela Sánchez y Olmo Calvo al periódico elDiario.es el 19 de abril de 2022. 

Ochenta y tres años, e idénticos se mantienen los principales elementos de ambas escenas: familias ‒mayores y niños‒ que huyen de la guerra, hileras de vehículos en los puestos fronterizos, bultos con ropa y comida, los aviones, la dramática incertidumbre ante el futuro más inmediato… Sin embargo, una sutil diferencia, un matiz semántico: los españoles del 39 son exiliados; los ucranianos de 2022, refugiados.

En los dos casos se trata de una migración, es decir, de un desplazamiento geográfico de personas, que no obedece a razones económicas. El exilio español de 1939 fue de índole ideológica: aunque hubiera excepciones, quienes cruzaron la frontera eran republicanos que temían ser represaliados por Franco. No parece este el caso generalizado de los ucranianos que han pasado a otros países vecinos. Habrá entre ellos, sin duda, opositores a las autoridades pro-rusas, pero la mayoría huye para salvar la vida, porque sus ciudades y sus casas han sido arrasadas, porque temen también las represalias de después de la guerra. Así pues, la palabra exiliado incluye una connotación ideológica que no aparece con tanta claridad en refugiado, aunque en ambos casos se trata de un desgarrador expatriarseJunto al de la pérdida de un ser querido, el sentimiento más doloroso para las personas es el de tener que abandonar el lugar en que vive, la tierra de sus padres, la madre patria.

Nuestra lengua cuenta con otras dos palabras que recogen este hecho de la separación o la salida de la tierra en que se vive. Tuvieron durante siglos una connotación religiosa, relacionada con la historia del pueblo judío, pero en la actualidad términos como éxodo o diáspora han acogido una segunda acepción más general. La primera ‒del griego éxodos, ‘salida’‒ expresa la salida, la marcha o emigración hacia otro lugar de un grupo más o menos numeroso de personas; la segunda encierra una metáfora agrícola ‒la diseminación de las semillas cuando se arrojan para la siembra‒, procede también del griego (diá, ‘a través de’, más el sustantivo spóros, ‘siembra, semilla’) y se refiere a la dispersión de un grupo humano que abandona su lugar de origen, como ocurre hoy con los más de ochenta millones de refugiados que existen hoy en el mundo.

¹ Juan Gabriel Vásquez, Volver la vista atrás. Editorial Alfaguara, Madrid, 2021, p. 42.

martes, 19 de abril de 2022

Armas y palabras

 Desde que nací en 1956, cuando se libró en poco más de una semana la guerra del Sinaí, hasta hoy mismo, 19 de abril de 2022, en que se cumplen casi dos meses de guerra en Ucrania, no creo que haya habido un solo día de mi vida en que una guerra no asolara este o aquel rincón del planeta. El espíritu belicoso está inserto en la doble hélice de la especie humana, que pronto pasó de formar grupos para cazar animales con que alimentarse, a organizar una verdadera tropa para ocupar el territorio de sus vecinos, acabar con ellos o convertirlos en esclavos y quedarse con sus riquezas. Innato ‒insano‒ afán de poder y dominación, enfermiza animadversión por una etnia, por una religión, por un grupo social, codicia de la riqueza ajena, aberración ideológica llevada al extremo, la guerra es una forma persistente de relación entre los pueblos.

La palabra ‘guerra’ está documentada por primera vez en nuestro idioma hacia el año 1140, en el Cantar de mío Çid, pero no nos llegó por vía de evolución fonética a partir del latín vulgar, ni como préstamo directo de los pueblos germánicos que entraron en la península a partir del siglo IV d. C., sino por la desaparecida lengua fráncica, que en el siglo VII tomó en préstamo la raíz germánica wuerra, ‘pelea, discordia’, madre también del inglés war, del alemán wirren y del guerre francés.

En el diccionario de la RAE, el término ‘guerra’ aparece con seis acepciones ‒desavenencia y rompimiento de la paz, lucha armada, pugna, combate, oposición, grito de ánimo para entrar en combate‒, seguidas de 56 locuciones, que van desde guerra a muerte o guerra sin cuartel, hasta guerra sucia y guerra fría, pasando por guerra biológica, guerra civil o hacer la guerra por su cuenta ‒por su cuento‒, como está haciendo Putin en Ucrania.

Por su parte, en el diccionario de María Moliner pueden contarse más de 270 términos afines y relacionados con el concepto ‘guerra’. Cuantitativamente, desde el punto de vista léxico, como afirma el romanista e hispanista alemán Bodo Müller, la guerra «resulta mucho más interesante que la paz». Prueba de esa riqueza léxica en ese campo es la variedad de procedimientos para la creación de nuevas palabras, un despliegue de recursos que nos recuerda la imagen de los desfiles militares en las fiestas patrias, con la exhibición de las más modernas herramientas bélicas.

La invasión rusa de Ucrania está dejando un importante rastro léxico en nuestra lengua. Si nos fijamos en el casus belli, es decir, en los motivos alegados por Rusia para invadir y arrasar Ucrania, nos encontramos con el expansionismo imperialista, y con unas intenciones supuestamente altruistas, pero en absoluto injustificadas: desmilitarización y desnazificación, como si Vladimir Putin fuese el gran liberador de los pueblos oprimidos, el azote de las dictaduras, el campeón de la democracia. Junto a estos derivados podemos ubicar, en grupo especial, los formados con una preposición y un sustantivo: contramedidas, antitanque, antibuque y las terribles minas antipersonas sembradas a diestro y siniestro por los soldados rusos.

En el procedimiento de composición de palabras, aparecen las tres modalidades reconocidas: compuestos propios, sintagmáticos y locuciones nominales. Compuestos propiamente dichos, también llamados univerbales, son lanzacohetes, lanzallamas, cazabombardero. Los compuestos sintagmáticos, llamados también sinapsias, no presentan unidad acentual ni ortográfica, aunque sí tienen un referente único. Son expresiones fijas, cristalizadas o lexicalizadas, con un significado unitario. En este grupo podemos distinguir las formaciones clásicas, más antiguas, como campo de batalla, reglas de juego, guerra de desgaste, avión de combate, prisionero de guerra, o más recientes, como los misiles de crucero, las mortíferas bombas de racimo, lanzadas vilmente por la aviación rusa sobre objetivos civiles, o las bombas de vacío, disparadas desde vehículos terrestres, de efectos igualmente devastadores e indiscriminados, pues sus explosiones producen temperaturas de entre 2.500 y 3.000 grados y su onda expansiva incendia todo lo que encuentran a su paso: edificios, vehículos, bosques, personas. Es precisamente el uso de estas bombas, prohibidas por las convenciones internacionales, el argumento que maneja la UE para llevar a Putin, y a los subordinados responsables, ante la Corte Penal Internacional bajo la acusación de criminal de guerra o autor de crímenes de lesa humanidad. Esa enorme mortandad de personas ‒más de 20.000 en Mariúpol‒ es otra de las razones por las que el presidente Zelenski insiste en que Ucrania sea declarada zona de exclusión aérea, lo que pondría al resto de Europa, y del mundo, en grave riesgo de guerra.

El tercer tipo de composición incluye locuciones nominales como el inmediato alto el fuego, necesario por parte del ejército ruso, que en su acercamiento, o en su retirada, de algunas ciudades ucranianas está aplicando la estrategia del talco, o sea, machacando un objetivo con todos los medios a su alcance, reduciéndolo todo a ceniza, o, por usar una locución más conocida, igual de genocida, siguiendo la táctica de tierra quemada, que implica la destrucción total del territorio por el que se pasa. Junto a estas locuciones nominales, equivalentes a un sustantivo, cabe distinguir las formadas por un sustantivo más adjetivo, como las clásicas ruleta rusa, los erizos checos con que la resistencia trata de frenar el avance de los tanques rusos, la guerra relámpago que imaginaba Putin sería la ocupación de Ucrania, aplaudida por la extrema derecha de otros países europeos, y la guerra sucia que está practicando, bombardeando los corredores humanitarios utilizados por la población civil para huir de Ucrania, evitando así caer y ser amontonada en una espeluznante fosa común.

No faltan en esta guerra las palabras formadas por componentes griegos y latinos, como la geoestrategiageo, ‘tierra’ + strategia, ‘arte de dirigir ejércitos’‒, que ha llevado a Putin a querer expandirse por el este de Ucrania para tener acceso pleno al mar Negro; como los obuses autopropulsados ‒autos, ‘de o por sí mismo’‒; como los misiles hipersónicos ‒prefijo latino hiper, tomado del griego uper, ‘exceso, grado superior al normal’ + sonitu, ‘sonido’‒, capaces de volar a 12.000 km/h y de alcanzar objetivos situados a 2.000 kilómetros; como las bombas termobáricas θερμos, ‘calor’ + baros, ‘pero, presión’‒,conocidas también por sus sinónimos bombas de vacío, bombas de fuel, bombas de combustible, explosivos de aire combustible o armas de calor y presión.

Un procedimiento gramatical de uso frecuente en estos menesteres bélicos es la aposición, o modificación de un sustantivo por medio de otro sustantivo. Las dos primeras aposiciones que apunté en el cuaderno de notas fueron Grupo Wagner y Organización SWIFT, puestas en circulación al comienzo de la invasión. El Grupo Wagner es una organización paramilitar rusa, no se sabe si al mando del Kremlin o privada, que oficialmente no existe, aunque se conoce su campo de entrenamiento en las cercanías de Krasnodar. Parece clara la intervención de este pequeño y temible ejército secreto en la guerra del Donbás, en la de Siria, en la de Sudán y, más que posiblemente, en la invasión de Ucrania. Fundado por el teniente coronel Dimitri Valeriévich Utkin, que mantiene estrechas relaciones con organizaciones nazis y xenófobas, el Grupo Wagner es propiedad del oligarca Yevgeny Prigozhin ‒«el chef de Putin»‒, dueño de empresas de catering y de restaurantes de lujo frecuentados por el presidente ruso. La segunda aposición, que coincide con el apellido del satírico inglés Jonathan Swift, es la sigla correspondiente a Society for Worldwide Interbank Financial Telecommunication, una red internacional para transacciones financieras, de la que fueron expulsados algunos bancos rusos en los primeros días de guerra.

Habituales son también las aposiciones con epónimos ‒nombres de persona con que se denominan conceptos, accidentes geográficos, ciudades, máquinas, enfermedades, como el internacional cóctel molotov que la resistencia ucraniana lanza contra las fuerzas ocupantes, nombre fraguado en Finlandia durante la Guerra de Invierno de 1939, aunque el uso de estas bombas incendiarias está documentado ya entre las tropas franquistas que asediaban Madrid en 1936, durante la guerra civil española. El epónimo apuesto era el apellido de un comisario político ruso de Asuntos Exteriores, Vyacheslav Mólotov, el cual aseguraba a los finlandeses que en realidad lo que los aviones rusos lanzaban eran canastas de pan… Idéntico el cinismo con que hoy asegura el ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, que los heridos y muertos en los bombardeos de las ciudades ucranias son actores maquillados con gran realismo.

Tan internacional como el cóctel molotov es el AK-47, nombre técnico del popular y eficiente fusil de asalto kalashnikov, creado por el militar ruso Mijaíl Kaláshnikov en 1947. Aparecen también epónimos en aeronaves, drones y misiles: el avión de transporte Ilyushin ‒diseñado por el ingeniero aeronáutico Serguéi Ilyushin‒, un cuatrimotor para transporte de camiones y contenedores; el caza ‒un acortamiento por apócope de cazabombardero‒ Mikoyan, apellido de uno de sus diseñadores, Artion Mikoyan, cuya inicial vuelve a aparecer en la subdenominación, los famosos cazas MIG, acortamiento resultante de las iniciales de apellidos los dos creadores del avión unidos por la copulativa «y» en ruso: Mikoyan y Gurevich > MIG; los helicópteros Mil y los Kamov, que conservan el apellido de sus creadores, los ingenieros aeroespaciales (compuesto univerbal) Mijail Mil y Nicolai Kamov; por cierto, la palabra helicóptero es un término procedente de muy distintos ámbitos del saber, la tecnología y la zoología: hélicos, ‘espiral, vuelta, hélice’ + pteros, ‘ala, pluma’. Mencionaremos finalmente el epónimo con que se conoce el misil balístico Iskander, de fabricación turca, adaptación del nombre griego de Alejandro (Magno), que en turco viene a significar ‘el protector, el defensor de la humanidad’, una verdadera muestra más de cinismo, pues se trata de unos misiles capaces de portar cabezas nucleares. Otro ejemplo perverso de cinismo lingüístico es el de llamar “mariposa” a unas minas antipersonas tan diabólicamente diseñadas que parecen juguetes por su forma y sus colores llamativos, para atraer a los niños, y que se pueden programas para que estallen a la altura de los ojos, del cuello o de la entrepierna de las personas. Sus siglas, además, semejan la onomatopeya de una explosión: POM-3.

La denominación de las armas recurre también con frecuencia a usar un nombre común, alusivo a los efectos causados por las mismas. Así, no resulta difícil imaginar hasta que punto penetran en territorio enemigo el misil Kinzhal (‘daga’, en ruso), lanzado desde un caza, que viaja a velocidad supersónica, o los antitanques Javelin (‘Jabalina’), Solntsepiok (‘Sol ardiente’), Uragan (‘Huracán’), Grad (‘Granizo’).

Como hemos podido comprobar, a la variedad de las armas usadas en las guerras de nuestros días, caracterizadas por el aumento de su capacidad mortífera, corresponde una rica diversidad de procedimientos lingüísticos para denominarlas.

Parece claro también que la especie humana es belicosa por naturaleza, que después de tantos siglos en este planeta, la guerra no desaparecerá de un día para otro, y que Filippo Tommaso Marinetti parecía tener razón cuando glorificaba la violencia en su Manifiesto futurista (1909) y afirmaba que las guerras son la higiene del mundo: de vez en cuando el mundo tiene que sangrar, para purificarse y empezar de nuevo. Las empresas de armamento estarán de acuerdo con él: hay que fomentar las guerras para probar las nuevas armas. Eso mismo debe pensar V. Putin, que se apoya en el etnólogo Lev Goumilev para justificar la invasión ‒las invasiones‒ de Ucrania, al afirmar que las guerras responden a un “impulso biocósmico de carácter cíclico en todos los pueblos”, es decir, que toda nación, y de modo cíclico, tiene la necesidad de un enfrentamiento armado.

La de Ucrania es meridiano ejemplo de guerra injustificable y desigual en cuanto a fuerzas en combate, la versión moderna de Goliat y David, que ganará militarmente Rusia, y moralmente Ucrania; un Goliat implacable que está viendo cuestionado, sancionado, su liderazgo mundial y no duda en aplicar una estrategia de tierra quemada, que va dejando a su paso lo que llamaremos tetralogía del terror civil: ciudades arrasadas, miembros amputados, mujeres violadas, niños asesinados. La barbarie debe acabar de inmediato. El lenguaje beligerante, con su carga devastadora, debe desaparecer y dar paso a la lengua de los afectos, de las ideas constructivas , de la vida en paz. 


viernes, 8 de abril de 2022