martes, 30 de enero de 2024

Cosas de hermanos (1)

 El tío Pepe fue el primer hombre al que vi con una traqueotomía, que protegía con una gasa siempre impoluta sujeta por una tirilla de tela alrededor del cuello. Impresionaba aquella voz cavernosa, inusitadamente ronca, el esfuerzo que hacía para respirar y para articular en esa parte de la garganta, y los pitos, como un fuelle que pierde aire, que con frecuencia acompañaban a las palabras. Lo veíamos, y a la tía Trini, de manera intermitente, en los interregnos que pasábamos en Córdoba antes de trasladarnos a un pueblo. Vivíamos cerca. Ellos en la calle Rosario, nosotros en los pabellones de la calle Altillo, en el Campo de la Verdad. Era un hombre alto, de andar envarado y rostro serio, cariñoso con mi hermana y conmigo, aunque también sabía zanjar una cuestión dando un golpetazo con los nudillos en la mesa. Sí, imponía el tío Pepe con su porte y su carácter orgulloso, con el aura de héroe que tuvo para mí desde que mi madre nos contó la historia del barco y la del hombre con el que se cruzó en la Puerta Gallegos.


El día 14 de marzo de 1937, un Tribunal Popular especial celebraba en la Audiencia Militar de Almería vista oral y pública contra nueve miembros de la guardia Civil: un teniente, un brigada, un cabo ‒José Zarco Castillo, el tío Pepe‒ y seis guardias, acusados de rebelión militar.



El 18 de julio de 1936, el tío Pepe tenía 28 años, era padre de una niña de cuatro años y un niño de apenas uno; recién ascendido a cabo, estaba al frente del puesto de Berja, en Almería. No recordaba con precisión aquellos primeros días. Las informaciones eran confusas y cundían rumores: un alzamiento armado en las posesiones del Norte de África el 17 de julio, seguido en la Península por buen número de jefes y oficiales militares, connivencia con elementos falangistas, órdenes del Gobierno de que sólo se acataran las de las autoridades civiles, entrega de armas a las organizaciones obreras, rebelión contra la República. Hasta el 20 de julio no hubo señales evidentes del alzamiento rebelde en la provincia de Almería. El cabo Zarco declaró no haberse concentrado con las fuerzas del puesto de Dalías en el cuartel de Berja, no haberse puesto a disposición de la autoridad civil y haberse negado a entregar el armamento disponible en el cuartel para defender la causa del Gobierno y del pueblo; negó haber disparado contra un grupo de paisanos que iban a recoger las armas con autorización escrita del Gobernador Civil; negó también haber marchado con las fuerzas concentradas en el cuartel de Berja hacia el puesto de Dalías, en compañía de otras fuerzas que vinieron de Adra, que fueron desarmadas el día 24 de julio por un grupo de Guardias de Asalto enviado en un camión por el Gobierno Civil.

Reconoció el tío Pepe haber obrado con negligencia, sin emplearse a fondo para oponerse con los medios a su alcance al movimiento faccioso. Negó haber ejercido el mando militar y efectivo de fuerzas rebeldes. Negó haber procedido por arrepentimiento espontáneo a reparar o disminuir los efectos de su delito, poniéndose de modo incondicional y efectivo a disposición del Gobierno legítimo de la República. Como negó, en fin, haber actuado por obediencia debida. Todo un carácter.

El tío Pepe fue condenado por negligencia a cuatro años, un mes y un día de internamiento en un campo de trabajo, con las accesorias de suspensión de empleo y de todo cargo, y del derecho de sufragio durante el tiempo de condena, y a pagar al Estado una indemnización de quince mil pesetas y una décima parte de las costas judiciales. Una ruina para la familia. Nunca supe cómo habían pasado aquellos años la tía Trini y sus dos hijos, pero imagino.


Al cabo se le pierde la pista en los primeros días de la guerra, según consta manuscrito en su expediente de la Guardia Civil: «Al iniciarse el Glorioso Movimiento Militar Salvador de España, se hallaba este cabo prestando sus servicios en la Comandancia de Almería, su destino, y al quedar aquella provincia en poder de los marxistas, continuó en situación desconocida y en la misma finó el año». Durante los tres años de guerra, nada se sabe del cabo José Zarco Castillo, hasta que reaparece en los últimos días de marzo o en los primeros de abril de 1939, en la convulsa Alicante de aquellos días, donde ondea aún la bandera republicana, con grupos derechistas que ocupan sedes oficiales y patrullan las calles, con cientos de presos políticos de derechas liberados de las cárceles y con miles de republicanos esperando un barco en que abandonar la España victoriosa de Franco, hasta que la ciudad es tomada sin resistencia en la tarde del 30 de marzo por la División acorazada italiana Littorio, al mando del general Gastone Gambara.

Allí se presentó a sus superiores el tío Pepe e informó de su peripecia. 


miércoles, 24 de enero de 2024

39 Puerto del Mochuelo

 Mira. Presta atención. Ten paciencia. 

Hasta que obre el portento: la gracia del lirio silvestre suavemente mecido al sol de la mañana, la bandada de jóvenes jilgueros en vuelo monte abajo, los saltitos del petirrojo bajo el brezo, el perfume del enebro y de la jara esparcidos por la brisa. Los pueblos en lontananza...

La luz da vida.

A ti también.


miércoles, 17 de enero de 2024

Estados belicosos


Mediados de febrero de 1956. El presidente Eisenhower llega a la antigua plantación Milestone, en el estado de Georgia, para cazar codornices. En la madrugada del 17 habla con su secretario de comunicación, James Campbell Hagerty, para que convoque una rueda de prensa en el hotel Scott de Thomasville. Los periodistas, soñolientos y algunos en pijama, toman nota y telefonean a sus redacciones: se suspende temporalmente el envío de armas al Oriente Medio. Al día siguiente, los periódicos dan la noticia en primera plana y añaden informaciones. El embajador de Arabia Saudí manifiesta el descontento de su país, exige a EEUU que cumpla su compromiso de entregarle 18 carros de combate que ya están pagados, y anuncia que el embargo creará necesariamente una impresión desagradable en el pueblo de Arabia Saudí y en el Mundo árabe. El Gobierno británico, enterado del embargo por la prensa, anuncia que seguirá vendiendo armamento a los países árabes de la zona. Esta decisión pone en aprieto al primer ministro Eden, presionado por los laboristas, que piden ayuda para Israel en compensación por el envío de tanques británicos a Egipto. Los periódicos informan igualmente de un barco atracado en un muelle de Brooklyn, listo para zarpar con un cargamento de 18 tanques modernos ‒¿los destinados a Arabia Saudí?‒, y de otro que navega ya rumbo a Libia también con carros de combate.

¿La causa de este confuso asunto? Ciertos reparos ‒o retraso‒ de EEUU ante la solicitud israelí de material bélico por valor de 50 millones de dólares. Al parecer, la decisión del embargo al Oriente Medio ha sido ¿sugerencia? del embajador israelí en Washington, para evitar que se armen los países de la Liga Árabe. Unos meses después, en octubre del 56, Israel, con la ayuda de Reino Unido y Francia, invade Egipto y ocupa el Sinaí. 67 años ‒toda mi vida‒ desde entonces e Israel continua en guerra con sus vecinos.

Alentada por las propuestas sionistas de Theodor Herlz, la primera ola de judíos de la diáspora se asienta en Palestina en 1881. En ese momento, la población judía apenas llegaba a los 24.000 habitantes, pero después de sucesivas oleadas de inmigración ‒aliá‒, la población supera los 9,5 millones de personas en un territorio ‒ocupado‒ de 22.000 km2, equivalente a la provincia de Badajoz, mientras que la población palestina no llega a los 5,5 millones, repartidos en dos áreas, franja de Gaza y Cisjordania, de 6.000 km2, superficie aproximada a la provincia de Alicante.

La historia contemporánea de Palestina es la de un genocidio prolongado en el tiempo, la de una guerra con la que el estado israelí persigue borrar del mapa a los árabes palestinos. En lugar de agradecer la acogida en una tierra que ya no les pertenecía, de respetar los derechos palestinos, o de de buscar la concordia y las relaciones de buena vecindad, el estado israelí ha ido anexionándose territorio, entablando guerra con sus vecinos, negando el pan y la sal a todo aquel que no comparte su sionismo okupa, opresor y destructivo.

Desde octubre de 2023 asistimos a un nuevo recrudecimiento de esa guerra de aniquilación de palestinos en la que vale todo: bombardeos, falta de combustible y medicamentos en hospitales y centros de acogida, de agua y comida, cierre de pasos fronterizos, desplazamiento forzado de miles de personas hacinadas en condiciones inhumanas en la devastada franja de Gaza: Medio millón de civiles se encuentran al borde de la hambruna en la Franja palestina, donde las lluvias invernales anegan refugios y campamentos, es uno de los titulares del día. Pero al estado de Israel le importan un bledo las reconvenciones de la ONU, los reproches de algunos mandatarios o de la UE, las manifestaciones en contra en numerosas ciudades del mundo, la acusación de crímenes de guerra y de lesa humanidad, con el agravante, además, de políticos como el presidente estadounidense o el canciller alemán que prontamente apoyaron la actuación genocida del gobierno israelí.

Apoyado en su potente ejército, Israel prosigue la ocupación de territorios ajenos y el exterminio de la población palestina. Cuenta, además, con el apoyo incondicional de EEUU, que ha llegado a reprocharle el bombardeo de la población civil y el incumplimiento de las normas internacionales sobre ayuda humanitaria, aunque por otro lado le sigue proporcionando material bélico: EEUU aprueba la venta de armas a Israel por valor de 147 millones de dólares sin pasar por el Congreso.

El mismo contubernio judeo-estadounidense que en febrero de 1956. Se cierra así otro círculo viciado, el de la belicosidad del estado israelí, y el del gran negocio de la guerra en manos de unas pocas empresas estadounidenses, cuya actividad nos recuerda aquel violento manifiesto futurista de Filippo Tommaso Marinetti que proclamaba en febrero de 1909, desde las páginas de Le Figaro: “Queremos glorificar la guerra —única higiene del mundo—, el militarismo, el patriotismo, el gesto destructor de los anarquistas”. Sólo que ahora no hablamos de arte, de literatura, sino del negocio más lucrativo del mundo, que consiste en legitimar la necesidad de tener un ejército bien pertrechado, provocar guerras de vez en cuando, probar nuevas armas, arrasar países y luego reconstruirlos, en un cínico ejercicio de corrupción y degradación moral que merecen nuestra repulsa más contundente.

Cuesta trabajo entender el carácter belicoso de ciertos países y la legitimidad que se arrogan para encender o alentar un conflicto armado. No es cierto que con el avance de los tiempos y el progreso tecnológico los gobiernos tiendan al pacifismo, al bienestar colectivo y prefieran que sus ciudadanos hagan el amor en lugar de la guerra. Teclee el lector en el buscador de internet la secuencia “guerras de EEUU” y se sorprenderá de la cantidad de ellas en que ha intervenido. En cuanto a Israel, ocho guerras oficiales desde su creación en 1948, más las innúmeras escaramuzas, matanzas, expediciones de castigo y operaciones encubiertas de las que apenas tenemos noticia. Ambos son estados belicosos. Estados guerreros, que además nos están acostumbrando a seguir en directo sus guerras y que nos anestesian con su información sesgada, desde su perspectiva exclusiva, que los presenta como salvadores de la democracia y paladines de la lucha contra el mal en el mundo.

Tiempos convulsos estos, como aquellos del 56 en que nací un 18 de febrero a las nueve de la mañana. Vivíamos entonces en la Huerta de Santa Isabel, con vistas al Silo y a la “Residencia Nueva”, como se la llamaba entonces, que se inauguró poco después. La casa principal era una construcción rectangular con dos plantas ‒nosotros ocupábamos la primera; la planta baja se reservaba a los señores, que nunca aparecieron por allí‒ y hacía ele con una construcción más baja donde vivían Cachero, el aparcero, y los suyos. Guardo algunas fotografías borrosas de aquellos primeros años en la huerta, con los rostros jóvenes y felices de mis padres, de mis tíos, del abuelo Anselmo conmigo en brazos, con mi hermana Ángela.

Es posible que mi padre y mi abuelo hojearan ese día un ejemplar del diario Córdoba. Fantaseo con la posibilidad de que aquel gélido 18 de febrero de 1956 ojearan los mismos titulares que yo leo 67 años después en la pantalla del ordenador. Y me pregunto qué pensarían del nuevo estado de Israel y de los árabes de Palestina. ¿Estarían ellos dos de acuerdo? ¿Lo estarían conmigo?

martes, 9 de enero de 2024

38 Acuden ya

 Acuden ya tordos y gorriones ‒canto y vuelo‒ a refugiarse de los gatos de la noche, de las heladas de diciembre.

Sobre un fondo azul marino, la torre, los cipreses, la imperfecta geometría de los tejados.

Luego, durante unos minutos, solo sucede la luz que se va, la quietud.

Y tu silencio mientras miras por la ventana ‒oh alma en anhelo‒ este claro anochecer, sosegado, puro, metafísico.




martes, 2 de enero de 2024

37 Augurios


Amanecer del nuevo año. Silencio y calles solas. Sobre los adoquines de la plaza, confeti, vasos de plástico y tiras multicolores de serpentina. No muy lejos, risas jóvenes y chunda-chunda.
    Por el Camino de las Huertas, la dehesa en niebla. Vuelos de urracas y de rabilargos. Ocultos en un árbol cuchichean unos jilgueros.
    A la vuelta, va la niebla alzando el vuelo, disolviéndose y dejando limpio el cielo.
    Buen augurio, me digo. Y entro reconfortado en casa, lírica y limpia también el alma.