sábado, 13 de febrero de 2021

Invitación a la dicha


Es tiempo de amapolas,
hora de abrir las alas,
de aprovechar las brisas
y alzarse en la mañana.


jueves, 11 de febrero de 2021

La burocracia del Reich

 Es una de esas extrañas imágenes de infancia que nunca olvidaré; una imagen que no dudo haber visto, que no he inventado ni deformado con el paso del tiempo, y que solo de mayor entendí en toda su extensión. Y en todo su horror. La primera vez que la vi era niño, aunque ya en transición. Me llamó la atención el titular y la fotografía en blanco y negro que luego he visto muchas veces. Apareció al menos dos años seguidos, por las mismas fechas, lo recuerdo porque el segundo año que la vi recordé haberla leído el año anterior, en una sección de la revista ¡Hola! llamada algo así como «Mundo gráfico» o «Noticias gráficas», en la que aparecían fotografías curiosas de todo el mundo con un breve comentario. Un prisionero solitario, una cárcel entera para él, cadena perpetua. Nada se decía de los motivos por los que aquel hombre de pobladas cejas había acabado en una prisión alemana custodiada por tropas internacionales. Luego supe quién había sido, qué leyes había firmado y qué atrocidades consentido. La prisión estaba en la ciudad alemana de Spandau. El prisionero, Rudolf Hess, apareció ahorcado el 17 de agosto de 1987. Para entonces ya tenía uno plena conciencia del horror de los campos nazis.

En la primera página de Los hundidos y los salvados recoge Primo Levi un fragmento de las memorias de Simon Wiesenthal, donde éste recuerda lo que los soldados de las SS decían a los prisioneros: “De cualquier manera que termine esta guerra, la guerra contra vosotros la hemos ganado; ninguno de vosotros quedará para contarlo, pero incluso si alguno lograra escapar el mundo no lo creería. Tal vez haya sospechas, discusiones, investigaciones de los historiadores, pero no podrá haber ninguna certidumbre, porque con vosotros serán destruidas las pruebas. Aunque alguna prueba llegase a subsistir, y aunque alguno de vosotros llegara a sobrevivir, la gente dirá que los hechos que contáis son demasiado monstruosos para ser creídos: dirá que son exageraciones de la propaganda aliada, y nos creerá a nosotros, que lo negaremos todo, no a vosotros. La historia del Lager, seremos nosotros quien la escriba”.

Pero los nazis se equivocaron. Por mucho que hacia el final de la guerra quisieron eliminar las huellas de sus atrocidades, a pesar del no querer saber del pueblo alemán, por encima del negacionismo, ha llegado hasta nuestros días el testimonio de quienes pasaron por esos campos de la muerte y tuvieron la suerte de sobrevivir para contarlo. A través de la literatura y del cine, de la investigación y la publicación de documentos de la época, con ayuda incluso de la pintura y de la música, o de los restos arquitectónicos, hemos podido acercarnos al espanto de los campos de concentración, hacernos una idea del sufrimiento de las víctimas y comprobar el grado de abyección y crueldad a que es capaz de llegar el ser humano con sus semejantes. Rudolf Hess fue uno de los artífices de aquella monstruosidad, sobre la que Primo Levi afirma: “En ningún otro lugar o tiempo se ha asistido a un fenómeno tan imprevisto y tan complejo: nunca han sido extinguidas tantas vidas humanas en tan poco tiempo ni con una combinación tan lúcida de ingenio tecnológico, fanatismo y crueldad”.

A esa perversa trilogía que alimentó la guerra y el genocidio —fanatismo, crueldad, tecnología— hemos de añadir la maquinaria administrativa del Tercer Reich, la implacable burocracia nazi, que generó millones y millones de documentos extraordinarios—informes de personas y familias, inventarios de bienes, documentos de identidad, pasaportes y salvoconductos, registros de producción de armamento, certificados de “ariedad”, informes de espionaje y contraespionaje, sentencias judiciales...—, ese prurito, en fin, propio de una organización estatal rigurosamente jerarquizada, de dejar constancia escrita, de archivar papeles, que no llegaron a desaparecer y sirvieron para sacar a la luz la realidad de los millones de víctimas de la locura hitleriana.

Gracias a esa “burocracia de la muerte” hoy podemos consultar las listas de prisioneros (italianos, españoles, portugueses, austríacos, yugoslavos, rusos, franceses) transportados en el convoy que parte de Fallingbostel, en el norte de Alemania, el 25 de enero de 1941 y llega dos días más tarde a Mauthausen, en el que iba Eusebio Crespo Díaz; conocer el historial de prisiones y campos por los que pasó Casimiro Romero Estrella antes de morir en Gusen el 12 de julio de 1941, a las 12 de la mañana; buscar en la lista de prisioneros hechos por el ejército alemán al nordeste de Francia en octubre de 1940, el nombre de Juan Romero Arroyo; saber en qué consistió la «Operacion Porto», en la que Rufo López Romero fue detenido por la Gestapo; comprobar que Antonio Romero Rísquez pasó por el campo de Le Vernet de Ariège (sur de Francia), antes de ser deportado a Mauthausen; o de felicitarnos por la larga vida de Juan Romero Romero después de pasar cuatro años en ese mismo campo.

Parte de esa ingente burocracia del exterminio —el monstruo nazi había crecido demasiado y fue imposible borrar todas sus huellas— son los documentos referidos a los seis vecinos de Torrecampo mencionados, que he consultado estos días. A pesar de estar ante copias digitales de dichos documentos, siente uno tristeza y dolor profundos (por la muerte de tres de ellos en Mauthausen-Gusen y por las penalidades que hubieron de soportar los supervivientes), al imaginar la llegada al Lagerel miedo y la extenuación tras un viaje de días hacinados en un vagón, los gritos incomprensibles de las bestias nazis, los empujones, los golpes brutales al bajar del tren, la selección, la desposesión de todo cuanto les recordara su vida anterior (ropas, relojes, anillos, zapatos), la desnudez más absoluta y humillante, el rapado, las sucias chaquetas y pantalones de rayas, el tormento de la sed de días, del hambre—, el desconcierto, la angustia por dejar para siempre atrás a la familia, los amigos, el pueblo; un desprecio sin fisuras por quienes organizaron, consintieron y colaboraron en semejante barbaridad; un intenso desasosiego al ver las firmas de los oficiales nazis, los sellos estampados por los escribientes en un despacho del campo, al constatar esa querencia alemana por la precisión, el orden y la clasificación —lugar y fecha de nacimiento, oficio, domicilio, Stalag de procedencia, lugar y fecha de detención, llegada al campo, lugar, fecha y hora de la muerte—, que ha permitido encontrar el hilo biográfico de más de 9.000 españoles víctimas del infernal estado nacionalsocialista, entre ellos los seis hombres de Torrecampo ya citados, que serán nombrados hijos predilectos de la villa y cuya memoria será honrada en sendos stolpersteines.

Lejos de las cínicas pretensiones nazis, el tiempo ha conservado la siniestra burocracia genocida y ha instaurado la verdad.



Hoja número 7 de la lista de transporte desde el campo de Dachau al de Mauthausen. Archivos de Arolsen (Alemania). 

miércoles, 27 de enero de 2021

"Y se quedarán los pájaros cantando" (JRJ)


«Ahora es después de comer, el pequeño Felix acaba de atravesar mi cuarto en brazos de la señorita para ser llevado al dormitorio, seguido de mi padre, al cual sigue mi cuñado, al cual sigue, a su vez, mi hermana. Lo acaban de acostar en la cama de mi madre, y en la puerta que da a mi habitación mi padre permanece atento para ver si Felix aún lo llama, pues es el a quien más quiere. Y, en efecto, grita dié-dié, que quiere decir abuelo, y mi padre, temblando de alegría, abre entonces varias veces la puerta, asoma rápidamente la cabeza varias veces, y arranca al niño unos cuantos gritos más de dié-dié».

La cita nos presenta una escena doméstica en que un niño de escasa edad —la “señorita” lo lleva en brazos; balbucea apenas unas palabras— es el centro de atención de la familia, que lo sigue en comitiva hasta la habitación en que va a dormir la siesta. La escena, contada en primera persona por el tío del niño, destaca la ternura de un abuelo emocionado por las palabras de su nieto y el cómico efecto —afecto— de esa procesión que sigue a la niñera con el infante en brazos. Es sin duda una imagen de la felicidad y del amoroso desvelo que aporta a una familia el primer hijo, el primer nieto, sin embargo, ha producido en mí un vivo desasosiego, una honda punzada de dolor y de tristeza, pues era consciente de que todos los personajes reunidos en esa escena eran rigurosamente históricos, tan reales entonces como yo lo soy esta misma tarde de enero de 2021, y de que todos, excepto los abuelos, tuvieron por un motivo u otro una muerte prematura.

El fragmento pertenece a una carta escrita por Franz Kafka el domingo 9 de marzo de 1913, dirigida a su novia de entonces, la berlinesa Felice Bauer. Ese “mi cuarto” de la primera línea era su habitación —tenía dos puertas, daba paso a otra estancia— en la casa familiar, en el número 36 de la Niklastrasse, a la vista del puente de Čech sobre el Moldava, el puente que aparece en la última frase de La condena. Desde esa habitación, que inspiró la de La metamorfosis, Franz Kafka, como Gregor Samsa, observaba, y sufría, el alboroto de su familia, sus conversaciones, sus entradas y salidas, los gritos de los niños, las exclamaciones de los padres, de los abuelos, de las tías, las visitas que llegaban y se iban, los juegos de cartas por la noche: “Estoy sentado en mi habitación, el cuartel general del ruido de toda la vivienda”, escribió en un texto breve de 1911 titulado «Mucho ruido».

Uno de aquellos días en que le escribía a Felice Bauer, Kafka interrumpe el hilo principal de su carta y le cuenta la escena del niño en brazos de la “señorita” seguida por el abuelo, el padre y la madre. El escritor checo arrastraba ya achaques de salud —jaquecas, insomnio, cansancio, problemas digestivos—, que sobrellevaba con resignación, con una estricta dieta vegetariana y con estancias en sanatorios naturistas durante el verano, pero nada hacía pensar en la tuberculosis diagnosticada cuatro años más tarde, que acabó con su vida el 3 de junio de 1924, un mes antes de cumplir los 41. Un hombre joven. Una muerte temprana. Igual que la de su cuñado, muerto de cáncer a los 55 años. Muertes naturales, si entendemos que la enfermedad está en la naturaleza del ser humano. Lo mismo que entendemos la naturalidad en la muerte de los padres de Kafka cerca de los 80 años. Leyes de la Vida. De la Naturaleza. Son, entiéndaseme bien, muertes justificadas. La maquinaria desgastada. La enfermedad. Muertes que vienen de dentro de nosotros.

Pero otras muertes vienen de fuera. Son hijas de la perversidad, del crimen, de mentes podridas. Muertes prematuras, independientemente de la edad, e injustificables, y por ello mismo más dolorosas aún, pues son obra humana, no de la fatalidad de un accidente o de una catástrofe.

La señorita que lleva al niño en brazos es Marie Werner, una joven judía de 29 años, nacida en Elbeteinitz, unos 80 kilómetros al este de Praga, que trabaja como ama de llaves para la familia Kafka desde 1911. La pista de la señorita Werener se pierde en 1942, en la vorágine atroz del holocausto.

En otoño de ese mismo año desapareció también Gabrielle (Elli) Kafka, madre del pequeño Félix, la mayor de las tres hermanas del escritor, casada con Karl Hermann. De ese matrimonio nacieron tres hijos: Felix (1911), que en la escena que nos ocupa tenía 15 meses; Gertrude, Gerti (1912), que para entonces había cumplido los cinco, y Hanna, que vino al mundo en 1919. Elli Kafka y su hija Hanna, detenidas en Praga el 21 de octubre de 1941 y deportadas al gueto de la ciudad polaca de Lodz, fueron asesinadas en otoño de 1942 en el campo de Chelmno —el primero en utilizar gas, que acabó con 152.000 personas (judíos, prisioneros rusos y polacos, gitanos)—, creado por los nazis para exterminar a la población judía concentrada en los guetos de Lodz y Warthegau.

El pequeño Felix logró salir de Praga, pero en su huida fue detenido por la Gestapo y enviado al campo francés de Le Vernet, en Ariège, al sur de Toulouse. La fecha oficial de su muerte, 17 de agosto de 1940, coincide con la llegada al campo francés de un convoy de 3.728 judíos organizado por el general criminal Ernst Kundt. Felix Hermann tenía 29 años.

Ninguno de los presentes en la escena descrita por Franz Kafka, ni él mismo siquiera, pensaba entonces en un mundo en el que no estuvieran todos ellos. La vida discurría amable y venturosa. El negocio de los abuelos —mercería y complementos— rendía cada año más. Kafka había publicado ya en diferentes revistas, había aparecido su primer libro, Contemplación, había escrito La condena y el primer capítulo de su novela sobre América, «El fogonero». Tenía claro que él solo era, y solo podía ser, literatura. Estaba entusiasmado además por su relación con Felice Bauer. En cuanto a Elli y su marido, estaban al comienzo de su matrimonio. Karl, agente comercial, se había encargado de la fábrica de amianto en que habían invertido unos miles de coronas el propio Kafka, su padre y el tío Alfred, hermano de la madre del escritor. No imaginaban la guerra que se avecinaba, la ruina final de la empresa, la gran inflación alemana del 24, ni el crescendo nazi. Tampoco pensaba más allá la señorita Werner, una aldeana que sólo hablaba checo y bastante tenía con las faenas domésticas y el cuidado de los niños de la familia. En cuanto al pequeño Felix, de poco más de un año, ya hemos leído dónde estaba su horizonte aquel domingo después de comer: dié, dié.

jueves, 21 de enero de 2021

Los buenos perros (L)


     Nunca me he avergonzado, ni siquiera ante los jóvenes escritores de mi siglo, de mi admiración por Buffon; pero hoy no es el alma de este pintor de la naturaleza pomposa la que llamaré en mi ayuda. No. 
     Mucho más gustoso me dirigiría a Sterne y le diría: “¡Baja del cielo, o sube hacia mí desde los Campos Elíseos para inspirarme en favor de los buenos perros, de los pobres perros, un canto digno de ti, sentimental farsante, incomparable farsante! ¡Vuelve a horcajadas sobre ese famoso asno que te acompaña siempre en la memoria de la posteridad, y sobre todo que el asno no olvide llevar, delicadamente colgado del hocico, su inmortal galleta de almendras. 
     ¡Atrás la musa académica! Nada quiero nada con esa viaje mojigata. Invoco a la musa familiar, ciudadana, viva, para que me ayude a cantar a los buenos perros, los pobres perros, los perros llenos de barro, a los que todo el mundo aparta por apestados y llenos de pulgas, menos el pobre con el que se han asociado, y el poeta que los mira con ojos fraternales. 
     ¡Maldito el perro bonito, ese vanidoso cuadrúpedo, danés, king-charles, carlino o faldero, tan encantado de sí mismo que se lanza indiscretamente a las piernas o a las rodillas del visitante, como si estuviera seguro de resultar agradable, inquieto como un niño, tonto como una chica fácil, arisco a veces e insolente como un criado! ¡Malditas sobre todo esas culebras de cuatro patas, temblorosas y holgazanas llamadas lebreles, que ni siquiera albergan en su hocico puntiagudo suficiente olfato para seguir la pista de un amigo, ni en su cabeza aplastada inteligencia bastante para jugar al dominó! 
     ¡A la perrera todos esos fastidiosos parásitos! 
     ¡Que vuelvan a su perrera sedosa y acolchada! ¡Yo canto al perro enlodado, al perro pobre, al perro sin domicilio, al perro vagabundo, al perro saltimbanqui, al perro cuyo instinto, como el del pobre, el del gitano y el del actor, está maravillosamente aguijoneado por la necesidad, esa tan buena madre, esa verdadera patrona de las inteligencias! 
     Canto a los perros calamitosos, sean errantes, solitarios, por los sinuosos barrancos de las inmensas ciudades, o sean los que le han dicho al hombre abandonado, con ojos parpadeantes y espirituales: “¡Llévame contigo, y de nuestras dos miserias quizá hagamos una especie de felicidad!” 
     ¿A dónde van los perros? decía en otro tiempo Nestor Roqueplan en un inmortal artículo que sin duda ha olvidado, y que solamente yo, y quizá Saint-Beuve, recordamos todavía. 
     ¿A dónde van los perros, decís vosotros, hombres desatentos? Van a sus asuntos. 
     Citas de negocios, citas de amor. En medio de la niebla, sobre la nieve, entre la basura, bajo la mordiente canícula, cuando diluvia, van, vienen, trotan, pasan bajo los coches, excitados por las pulgas, la pasión, la necesidad o el deber. Igual que nosotros, ellos se levantan temprano y se buscan la vida o corren en busca de sus placeres. 
     Los hay que duermen en unas ruinas de las afueras y vienen, cada día a la misma hora, a reclamar su ración a la puerta de una cocina del Palacio Real; otros recorren en tropel más de veinte kilómetros para compartir la comida que les ha preparado la caridad de ciertas vírgenes sexagenarias cuyo corazón vacío se ha entregado a los animales, en vista de que los hombres imbéciles no lo quieren. 
     Otros que, como negros fugitivos, frenéticos de amor, abandonan ciertos días su casa para venir a la ciudad y divertirse un rato alrededor de una bella hembra poco aseada, pero orgullosa y agradecida. 
     Y todos son exactos, puntuales, sin cuadernos, sin notas ni carteras. 
     ¿Conoces la perezosa Bélgica y has admirado, como yo, a todos esos perros vigorosos enganchados al carro del carnicero, de la lechera o del panadero, y que dan testimonio, por sus ladridos triunfantes, del placer orgulloso que sienten al rivalizar con los caballos? 
     Aquí tienes a dos que pertenecen a un orden más civilizado todavía. Permíteme introducirte en la habitación del saltimbanqui ausente. Una cama de madera pintada, sin cortinas, mantas que arrastran y llenas de pulgas, dos sillas de paja, una estufa de hierro, uno o dos instrumentos de música estropeados. ¡Oh, qué triste mobiliario! Pero mira, te lo ruego, a esos dos personajes inteligentes, con ropas a la vez desgastadas y suntuosas, con gorras como trovadores o militares, que vigilan con atención de brujos la obra sin nombre que cuece sobre la estufa encendida, y en el centro de la cual se yergue un cucharón, plantado como uno de esos mástiles con que los albañiles anuncian la culminación de un edificio. 
     ¿No es justo que tan celosos comediantes se pongan en marcha después de llenar su estómago con una sopa potente y solida? ¿Y no vas a perdonar un poco de sensualidad a estos pobres diablos que tienen que afrontar durante todo el día la indiferencia del público y las injusticias de un director que se lleva la mayor parte y se come la sopa de cuatro comediantes? 
     ¡Cuántas veces he contemplado, sonriente y conmovido, a todo estos filósofos de cuatro patas, esclavos complacientes, sumisos o devotos, que el diccionario republicano podría calificar como oficiosos, si la república, demasiado ocupada por la felicidad de los hombres, tuviera tiempo de encargarse del honor de los perros! 
     ¡Y cuántas veces he pensado que quizá hubiera un lugar (quién sabe, después de todo) para recompensar tanto valor, tanta paciencia y trabajo, un paraíso especial para los buenos perros, los pobres perros, los perros sucios y desolados! ¡Swedenborg afirma que hay uno para los turcos y otro para los holandeses! 
     Los pastores de Virgilio y de Teócrito esperaban como premio a sus cantos alternos un buen queso, una flauta del mejor artífice o una cabra con las ubres hinchadas. El poeta que ha cantado a los pobres perros ha recibido como recompensa un bonito chaleco de color desvaído y rico a un tiempo, que hace pensar en los soles de otoño, en la belleza de las mujeres maduras y en los veranos de San Martín. 
     Ninguno de los presentes en la taberna de la calle Villa Hermosa olvidará con qué brío el pintor se despojó de su chaleco en favor del poeta, pues bien había comprendido que era bueno y honesto cantar a los pobres perros. 
     Así ofrecía un magnífico tirano italiano de los buenos tiempos al divino Aretino una daga rica en pedrería o un manto de corte, a cambio de un hermoso soneto o de un curioso poema satírico. 
     Y cada vez que el poeta se pone el chaleco del pintor, se ve obligado a pensar en los buenos perros, en los perros filósofos, en los veranos de San Martín y en la belleza de las mujeres muy maduras.



martes, 19 de enero de 2021

Décimo Magno Ausonio


Abre la rosa
y esparce su perfume,
su breve sueño.


viernes, 15 de enero de 2021

¡Apaleemos a los pobres! (XLIX)


Durante quince días estuve confinado en mi habitación, rodeado de libros de moda entonces (hace dieciséis o diecisiete años); quiero hablar de los libros que trataban sobre el arte de hacer felices a los pueblos, sabios y ricos en veinticuatro horas. Así pues, había digerido —engullido, quiero decir— todas las elucubraciones de todos esos empresarios de la felicidad pública, de aquellos que aconsejan a todos los pobres que se hagan esclavos, y de aquellos que los convencen de que son reyes destronados. No sorprenderá que yo estuviera entonces en un estado de espíritu cercano al vértigo o a la estupidez. 

Solamente me había parecido sentir, confinado en el fondo de mi intelecto, el germen oscuro de una idea superior a todas las fórmulas de la buena esposa, cuyo diccionario había examinado recientemente. Pero solo era la idea de una idea, algo infinitamente vago. 

Y salí con una gran sed. Pues el gusto apasionado de las malas lecturas engendra una necesidad proporcional de aire libre y bebidas refrescantes. 

Al entrar en una taberna, un mendigo me tendió su sombrero con una de esas miradas inolvidables que harían caer tronos, si es que el espíritu mueve la materia, y si la mirada de un magnetizador hiciera madurar las uvas. 

Al mismo tiempo oí una voz que susurraba al oído, una voz que reconocí muy bien; la de un buen Ángel, o de un buen Demonio, que me acompaña a todas partes. Si Sócrates tenía su buen Demonio, ¿por qué no iba a tener yo mi buen Ángel, y por qué no el honor, como Sócrates, de obtener mi diploma de locura, firmado por el sutil Lélut y por el muy avisado Baillarger?1

La única diferencia entre el Demonio de Sócrates y el mío es que el de Sócrates solo se le manifestaba para prohibir, advertir, obstaculizar. El pobre Sócrates tenía un Demonio prohibidor; el mío es un gran afirmador, un Demonio de acción, un Demonio de combate. 

Su voz, pues, me susurraba esto: “Sólo es igual a otro aquel que lo demuestra; y solo es digno de la libertad aquel que sabe conquistarla.” 

Salté inmediatamente sobre el mendigo. De un solo puñetazo le hinché un ojo, que en un segundo se puso como una pelota. Me rompí una uña al partirle dos dientes, y como no me sentía bastante fuerte, por mi natural delicado y por no haber practicado el boxeo, para acabar rápidamente con aquel viejo, lo agarré con una mano por el cuello de su ropa, con la otra por la garganta y me puse a sacudirle fuertemente la cabeza contra la pared. Debo reconocer que previamente había echado un vistazo a los alrededores y había comprobado que en aquel barrio desierto me encontraba por un buen rato fuera del alcance de cualquier agente de policía. 

Luego, de una patada en la espalda, lo bastante enérgica para partirle los omóplatos, tumbé en el suelo al débil sexagenario, agarré una gruesa rama que arrastraba por el suelo y lo golpeé con la energía obstinada de los cocineros que quieren ablandar un bistec. 

De pronto —¡Oh, milagro! ¡Oh, gozo del filósofo que verifica la excelencia de su teoría!— vi que aquella vieja carcasa se daba la vuelta, se levantaba con una energía que no habría sospechado en una máquina tan singularmente estropeada y, con una mirada de odio que me pareció de buen augurio, el decrépito malandrín se lanzó sobre mí, me hinchó los ojos, me rompió cuatro dientes, y con la misma rama del árbol me golpeó con fuerza. Con mi enérgica medicación, le había devuelto el orgullo y la vida. 

Entonces le hice señas para hacerle comprender que daba la discusión por acabada, y levantándome con la satisfacción de un sofista del Pórtico le dije: “Tío, ¡tú eres mi igual!, hazme el honor de compartir conmigo mi cartera; y recuerda, si realmente eres un filántropo, que hay que aplicar a todos tus colegas, cuando te pidan limosna, la teoría que he tenido el dolor de probar en tu espalda”. 

Me juró que había comprendido mi teoría y que seguiría mis consejos.

1 Célebres  alienistas que sostenían la tesis de la locura de Sócrates.

martes, 12 de enero de 2021

Escarcha


Respira el frío.
Sobre la tierra queda
su blanco aliento.