sábado, 18 de agosto de 2018

Siete sellos


                 Para que las cosas parezcan reales, el arte sabe cómo hay que falsificar.

(Fred Vargas)
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             La juventud es feliz porque posee la capacidad de ver la belleza … Aquel que conserva la capacidad de ver la belleza, no envejece.
(Franz Kafka)
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              Si su vida cotidiana le parece pobre, no la culpe a ella; cúlpese a usted mismo, dígase que no es lo bastante poeta para invocar las riquezas del día a día: para el creador no existe la pobreza, ni lugar pobre o anodino.
(R. M. Rilke, Cartas a un joven poeta)

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             No creo que los escritores tengamos poder, pero sí influencia.
(Heinrich Böll)
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            Un escritor puede malograrse si nadie le hace ningún caso, y también si le hacen demasiado.
(A.  Muñoz Molina, «La sepultura de la gloria»)
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Si no hay conflicto se puede escribir el código penal, pero no Crimen y castigo.
(J. J. Millás)
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            … lo que no le dije, en cambio, es que la pregunta de Orwell —¿Dónde está la gente buena cuando pasan cosas malas?— era retórico, y que Orwell sabía muy bien que, cuando pasan cosas malas, la mayoría de la gente se calla, o ayuda a hacerlas, o las hace ella misma”.
(J. Cercas, «Antes la barbarie que el aburrimiento»)

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lunes, 13 de agosto de 2018

Baudelaire (1)



Turbia belleza.
El infierno y la gloria.
La flor del mal.



viernes, 10 de agosto de 2018

Vagabundo



El hambre. El frío.
El desgarro en el alma.
La soledad.

jueves, 9 de agosto de 2018

Epílogo (1)


      Estimado maestro Joyce:
Le escribo esta carta para celebrar haber leído por fin la historia de Bloom y compañía, para agradecerle el placer, y para ratificar lo que sobre usted conocía antes de abrir las páginas de Ulises: sí, rompió moldes y abrió posibilidades a la novela. Para expresarle también mi admiración por su valentía.
Ha sido grata la lectura de su novela, entretenida, enriquecedora, pero le aseguro que no seré uno de aquellos lectores de que habló en una ocasión: “La exigencia que hago de mi lector es que debe dedicar toda su vida a leer mis libros”. Reconozca, señor Joyce, que su exigencia tiene mandanga: lectores de por vida, qué arrogancia, como si la literatura comenzara y acabara en usted, como si dijera “la literatura soy yo”. Quiero pensar que no fue altanería, sino humor irlandés, aunque más de uno se haya tomado en serio sus palabras y consagrado su vida profesional a leer, estudiar, explicar y poner orden en los miles de papeles que usted dejó escritos. ¿O quiso decir que se les saca más jugo volviendo a ellos de vez en cuando, como yo mismo hago en verano con el Quijote? De momento, no me acercaré al despertar de Finnegan ni a ninguno de sus otros libros, voy a relajarme de usted, a disfrutar de otros autores.  
Con Ulises añado sin jactancia una doble muesca en mi biografía lectora, por haber liquidado una deuda de juventud y por la insólita excelencia de la novela. La experiencia, perdóneme lo trillado de la metáfora, ha sido una odisea, un viaje en que he tenido que emular al héroe homérico sorteando todo tipo de dificultades para llegar al sí final. La tentación de abandonar —tomar hojas de loto, ser arrebatado por Escila o Caribdis, engullido por un cíclope, por un lestrigón, embrujado por Circe, seducido por una sirena, cautivado por Calipso— aparecía a la vuelta de cada página, pero me protegía Atenea, la de ojos brillantes.
Con Ulises he viajado también a los entresijos de una novela: sus mecanismos y engranajes no se ocultan al lector. No es una casa cuyos cimientos y muros maestros se encubren con yeso, escayolas y paramentos, sino un edificio cuyos elementos estructurales quedan a la vista. No delirio de un albañil sin norte, sino obra de asombroso arquitecto que propone otra manera de construir. Digamos, señor Joyce, que su novela es una torre Eiffel y que la materia, el hierro —vigas, nervaduras, remaches, tornillos— crea líneas y volúmenes, resistencia, espacio y belleza. Y poesía. Todo a la vista.
Ufano, alegre, complacido. Así he llegado a París para escribirle esta carta y poner epílogo a la singular lectura que comenzó nueve años atrás. No, no, no piense que llevo nueve años con su Ulises —en realidad muchos más, podrá argüir el puntilloso de turno, desde la primavera del 76, cuando compré aquellos dos volúmenes de la editorial Folio en la librería Gibert Joseph del bulevar Saint-Michel—, sino que en agosto de 2009 hube de interrumpir la lectura en los primeros capítulos, porque se me hizo necesario contar entonces la historia de Florián Andújar, hasta que pude reanudar el trabajo en octubre de 2016. 
Todo lo que estaba oculto en la novela del XIX aflora en su Ulises. Ahí sí que abrió caminos, señor Joyce. No sé si había leído usted a Freud, pero actuó como un psicoanalista: recibió a las horas convenidas a Leopold Bloom, a Stephen Dedalus y a Molly Bloom en su consulta, les señaló el diván con leve gesto de la mano, se sentó a su mesa, tomó papel y pluma, guardó silencio y dejó que la palabra oculta, la voz interior de cada uno aflorara en libertad. Así nos mostró el magma vivo, informe y en movimiento, el continuo hacerse de la conciencia de los protagonistas, su ser en estado bruto. Ya no es necesario el narrador como intermediario, como presentador. Ahora el lector accede directamente a las habitaciones más recónditas y ve en primera línea cómo se fraguan los pensamientos, emociones y recuerdos de los personajes.
A la palabra interior, que dificulta por sí misma la lectura, añade usted la heterogeneidad estilística, la diversificación del protagonismo, la multiplicidad de perspectivas, los continuos juegos de palabras, el exceso de referencias culturalistas, la ambigüedad del mensaje final, el desnudo integral de los protagonistas, la parodia política, la irreverencia religiosa: no pudo extrañarle que puritanos y ortodoxos se escandalizaran porque entendían que con Ulises la literatura había descendido a lo más elemental y turbio del ser humano.
Un sufrimiento y una gozada tuvo que ser el proceso de escritura de Ulises. Lo segundo por la conciencia, y por el placer, de estar creando, como hasta ese momento no se había hecho, una simple e insólita historia de irlandeses en Dublín, que supone ética y estéticamente un hito en la tradición novelística. Lo primero, por el enorme esfuerzo y desgaste intelectual que exige una obra de tal densidad estilística y conceptual, y por los problemas que tenía, señor Joyce, con la vista, con el alcohol, con el dinero, con Nora, con la censura, con los impresores, con los críticos.
Fue usted un hombre valiente. Como Stephen Dedalus, proclamó su non serviam y arrostró consecuencias. Irlanda se le quedaba pequeña, lo asfixiaba, tenía que separarse físicamente de la isla: adiós Dublín, adiós familia, adiós Liffey, adiós católicos, adiós judíos, adiós protestantes, adiós británicos, adiós independentistas, adiós cerveza, adiós hipocresías, adiós puritanismos, adiós retóricas decimonónicas, adiós tabernas, prostitutas y borrachines, adiós sagradas tradiciones.
Un siglo casi, señor Joyce, desde aquel 8 de julio de 1920 en que llegó con su familia —Nora, Giorgio, Lucía— para quedarse 20 años en esta hermosa ciudad. Aquí lo acogieron y protegieron unos pocos amigos, aquí se publicó Ulises, aquí le llegó el reconocimiento, aquí vivió a lo Ulises —más de 15 domicilios se le recuerdan—, y aquí he andado tras sus pasos en este mes de julio de 2018:  me he hecho fotografiar apoyado en el quicio del número 8 de la calle Dupuytren, donde usted lo hizo con Sylvia Beach, propietaria de la genuina librería Shakespeare and Company, primera editora de Ulises: ahora hay una tienda de productos naturales de cosmética, pero la puerta del edificio, las contraventanas y los hierros labrados del primer piso están exactamente igual; he tomado café en Les Deux Magots, por si daba la casualidad de que anduviera usted por allí en callada conversación con su paisano Samuel Beckett; me he asomado al anochecer al interior de la cervecería Lipp, por si le oía hablar en italiano con su mujer y sus hijos mientras cenaban; he mirado largo rato al callejón del 71 de Cardinal Lemoine, por si veía su perfil asomado a una ventana, o la delgada línea de su sombra al menos, mientras decidía cuál iba a ser la última palabra de su novela; he desayunado en los bajos del hotel Lennox, hoy Kult, y lo he visto llegar otra vez, resignado, al deprimente apartamento del número 9 de la rue de l’Université.



domingo, 5 de agosto de 2018

James Joyce, "Ulises"


Voz interior
somos, puro lenguaje,
palabra libre.

viernes, 3 de agosto de 2018

Megápolis



La inmensidad.
La mística del número.
La soledad.


miércoles, 1 de agosto de 2018

Ciudad soñada


    París de los refugiados, de Baudelaire y de Verlaine, de Napoleón, de Víctor Hugo y de Marcel Proust. París de Alfred Jarry y de los vanguardistas, de los triunfadores y de los fracasados. El París de Voltaire y de los goliardos, el de Molière, el de Sartre y la Beauvoir. El París de los exiliados, el de la loca de Chaillot, el de las barricadas, el de la Bastilla y el de los adoquines del 68. El París de Juliette Gréco, de Moustaki, de Brassens. El París de la Resistencia, el de Óscar Wilde, el del affaire Dreyfus, el de Toulouse-Lautrec y el de Van Gogh. El París del Jorobado y del bandido François Villon. El París escueto de Kafka, el de Cortázar y el de Buñuel, el de Picasso, el de Rilke y Hemingway. El París de Baroja, de Rubén Darío, de Albert Camus, de Joyce y de Beckett…
            Novelas, ensayos, poemas. Cuadros, películas, fotografías. París es la ciudad que otros nos han contado y en la que todos nos hemos imaginado alguna vez. Ese es el destino maravilloso de algunas ciudades: convertirse en lugares míticos que uno ama aunque no las haya visitado nunca, como tampoco ha estado uno nunca en Moscú o San Petersburgo, en Troya o en Venecia, pero en cierta forma sí las conoce y sabe que son ciudades inmortales porque por encima de su existencia real alientan en las páginas de Tolstoi, de Homero o de Thomas Mann.
Ese París que se ha convertido en un género literario.