miércoles, 7 de julio de 2021

Lengua paterna

 

Durante unos años me estuvo llamando así, tuteándome unas veces con el vocativo, otras en tercera persona ‒¿Dónde vas, inglés? ¿Qué hace el inglés?‒; antes me decía “Fleta”, como el tenor lírico, supongo que por mi costumbre de andar silbando a todas horas. Más tarde, cuando las pasaba en mi habitación estudiando, leyendo o escuchando música, dio en llamarme “anacoreta”, palabra que no sacó, estoy seguro, de las novelas del oeste que leía por las tardes, sino que se la debió inspirar la vista que teníamos de las ermitas de la sierra cordobesa desde las ventanas de nuestra casa en la calle Altillo: ¿Qué se cuenta el anacoreta? Y cuando el anacoreta empezó a salir por las noches se convirtió en un ave noturna.

Mi padre apenas fue a la escuela. A los 10 años sus padres le pusieron en la mano una lezna, una bola de cerote y un ovillo de cáñamo y lo colocaron de aprendiz de remendón en Fernán Núñez; luego fue recadero de botica, y una vez acabada la guerra trabajó como peón de albañil hasta que con 19 años se alistó voluntario en el Regimiento de Artillería 42, de Córdoba; al año siguiente, 1945, ingresó en la Guardia Civil, donde alcanzó el grado de subteniente. De sus años adolescentes ha quedado en la familia una frase ‒Esa la vi yo en Fernán Núñez‒, con la que aseguraba haber visto todas las películas antiguas que echaban por televisión, lo que provocaba nuestras risas y comentarios burlones. Fuera de esa temprana y fugaz cinefilia ‒no lo recuerdo entrando en un cine‒ , y de la lectura de novelas del oeste, la instrucción escolar de mi padre se fue completando con los cursos para ascender en el escalafón. Escribía sin faltas de ortografía, manejaba el lenguaje administrativo y componía minuciosos informes, y durante dos temporadas fue contable de una tienda de comestibles en el barrio de la Electromecánicas, pero nunca perdió el pelo de la dehesa, así que a mi hermana y a mí nos costó varios años corregirle el vinitis por “vinisteis” y otras perlas por el estilo. Y sin embargo, no jejeaba ‒no decía jiguera, ni jocico, ni jierro‒, ni seseaba, ni ceceaba.

A menudo y en muy diferentes circunstancias usaba una expresión que reflejaba en gran manera su carácter, su filosofía de la vida: por parejo, locución que sus hijos consideramos patrimonio familiar, y que creo que solamente le hemos oído a él. Cuando esculcábamos en el plato y dejábamos en el borde una triza de pimiento, de cebolla, o unos guisantes, enseguida nos reconvenía: ¡Por parejo, sin apartijos y por parejo! Ese concepto lo aplicaba a cualquier actividad: pintar una pared, las labores de la huerta, embalar los muebles para una mudanza o estudiar una lección. La expresión sigue teniendo para mí una carga semántica de rigor, de exhaustividad, con aires marciales de mecánica repetición y avance, como un batallón que marcha al unísono sobre territorio enemigo.

Otra palabreja característica la decía retrepándose en el sillón y torciendo un poco el gesto ‒ Hoy estoy fulastrón‒, para expresar un cierto malestar de estómago, acompañado de flojera y ganas de poco jaleo a su alrededor, que más de una vez, eso lo supe luego, no era más que una simple resaca. Tenía un oído negado para los nombres en otro idioma y por más que insistiéramos deletreándolos o silabeándolos en la oreja, porque estaba un poco sordo, nunca logramos que dijera uno a derechas, ni siquiera pronunciándolos a la española: orsai (off side), jamestevar, eminguai, gar gable, beatles… Nunca, ni mis hermanas ni yo, lo oímos cantar o tararear ‒supongo que por esa sordera que arrastraba desde joven, también por su carácter reservado‒ una coplilla, un estribillo popular, algún aire de zarzuela, que tanto decía que le gustaba.

En el corpus de la lengua paterna no faltaban frases tomadas de reglamentos, ordenanzas y demás (Las luces del vehículo se encenderán desde el ocaso hasta el orto del sol), refranes transformados (A palabras incoherentes, oídos peripatentes), etimologías de cosecha propia (Siempre decía esparatrapo, porque la capa externa del apósito era de tela: es para trapo), conversión de un nombre propio en nombre común (Toda cámara fotográfica, independientemente de su marca, era una kodak), reducciones vocálicas (Me costó tiempo saber que la sariana que usaba a diario era una “sahariana”) o tecnicismos de su historial médico como taquicardia extrasistólica, litiasis renal o epicóndilo. Y una frase condenatoria de la estupidez dicha o cometida por alguien: Eso es del género tonto.

De la mano de mi padre conocí carpinterías y ferreterías, herrerías, talleres mecánicos, fontanerías, tiendas de electricidad y almacenes de construcción en el Campo de la Verdad y en el Sector Sur, en la avenida Obispo Pérez Muñoz, en el Marrubial, en el barrio de la Magdalena, en Ciudad Jardín y en Cañero, hasta donde me llevaba en busca de las piezas o del material que necesitaba para arreglar la ducha, instalar unos conmutadores o una bombillita que se iluminara cuando llamaban al timbre de la puerta, proveerse de listones para embalajes, fabricar una pieza que se había roto del coche o construir en el patio un cuartillo de desahogo. De aquel peregrinar vinieron también los nombres de las herramientas: llave fija, inglesa, grifa, allen, escofina, escoplo, cepillo, garlopa, gubia, cortafríos, barrena, martillo de bola, de carpintero, berbiquí… Toda una constelación de palabras ‒zapata, alicate, espiocha, almocafre, pletina, mediacaña, virola, tachuela…‒ que llegan desde la niñez y la adolescencia para componer la imagen y la voz de aquel hombre orquesta que era mi padre. Cada vez que uso alguna de las herramientas que me regaló, o me encuentro con una de las palabras que me enseñó, cuando caigo en la cuenta de que estoy haciendo algo por parejo ‒arrancar las malas hierbas de la huerta, leer cronológicamente las obras de un autor que me interesa‒ oigo su voz y veo su mano derecha extendida, paralela la palma a su cuerpo, moverse como si cortara el aire, avanzando sistemática, metódicamente, sonrío y le doy las gracias.


martes, 29 de junio de 2021

La señorita Grete (y 6)

Epílogo sin maletas

No sabemos en casa de qué familia se alojaba la señorita Grete Bloch cuando fue detenida, tampoco dónde quedaron sus pertenencias: tres maletas con ropa, libros, un álbum de fotografías, cartas, documentos y objetos personales. En el libro de G. Zampa encontramos dos encartes en papel gris, uno entre las páginas 96-97, el segundo entre las 128-129, en los que se reproducen, sin citar la procedencia, cuatro fotografías, la copia de un telegrama de Grete Bloch a Franz Kafka, las dedicatorias de Kafka a Grete de dos libros, uno suyo, Contemplación, y otro, un ejemplar de La maravillosa historia de Peter Schlemihl, de Adelbert von Chamisso; el reverso de una postal enviada a Grete desde Marienbad por Kafka y Felice Bauer en julio de 1916; y la reproducción del anuncio periodístico del homenaje en Praga a Franz Kafka el 19 de junio de 1924, poco después de la muerte del escritor.

En una de aquellas fotografías aparecen Grete Bloch y un niño de 3 o 4 años, sonrientes los dos, sentada ella en un banco de madera, abrazando al niño, que está de pie en el banco. Se ve un suelo de tablas que sugiere un embarcadero, o un mirador, a la orilla de un río o de un lago, cuyas aguas parecen reflejarse en la parte izquierda de la imagen. En otra fotografía se ve a un hombre con bata blanca, que mira sonriente a la cámara, inclinado sobre la cama en que hay sentado un niño con la cabeza vendada ‒vendada también toda la mitad superior del cuerpo‒, en cuyo rostro distinguimos una cierta expresión de miedo, como si estuviera asustado, como si no comprendiera qué le pasa ni por qué está allí. El niño de esta segunda fotografía es un poco mayor, no aparenta más de siete años, y no podemos asegurar que sea el mismo. Según los testimonios de la señora Heinitz, del doctor S. y del señor Arturo Carcone, la señorita Grete afirmaba que el niño de esas dos fotografías era el habido con el escritor.

Como decíamos arriba, G. Zampa no revela la procedencia del material reproducido en los encartes, que permaneció inédito hasta la aparición de su libro en 1968. Leamos las penúltimas líneas del capítulo titulado «Kaspariana»i: “Bloch dejó tres grandes maletas, me dice Arturo Carcone, pero no puede precisar en casa de quién. Seguramente las cartas y los documentos fueron destruidos, ya porque eran comprometedores en el caso de una investigación de los alemanes, ya porque eran inútiles y de ningún valor. […] Pero hay alguna posibilidad de que se conserve el álbum con las fotografías del escritor y del hipotético hijo: alguien, aunque fuera por curiosidad, podría haberlo conservado. Arturo Carcone me asegura haberlo visto, y me enseña una fotografía de Bloch que ella le dio”. El relato del señor Carcone lleva a preguntarnos: ¿Qué fotografía de Grete Bloch le mostró a G. Zampa? ¿Quién le enseñó las fotografías de Grete con su supuesto hijo?

No acaba aquí el cuento de las maletas. En noviembre de 1964, el periodista Enzo Tortora viajó hasta San Donato Val di Comino siguiendo los pasos de Grete Bloch y de Giorgio Zampa, y se puso en contacto con Ettore Volante y con Bruno Massa, hijo del doctor que atendió a la señorita Grete desde 1942. Tras la visita se produjo un breve epistolarioii. El señor Volante aportó el testimonio de un vecino de San Donato, un tal Cedrone Nazareno, en cuya casa residió algún tiempo la señorita Bloch, con la que tuvo una breve relación sentimental. El hombre estaba al tanto de la historia del supuesto hijo y de quién era el escritor checo, del que afirmaba tener un libro, según leemos en carta del 4 de noviembre de 1964iii. Dos días después, Volante comunica al periodista que el artículo de Zampa, aparecido en El Europeoiv, lo había publicado también un periódico francés, al que el mismo Zampa proporcionó la fotografía de Grete Bloch que le había entregado el relojero Arturo Carcone. En cuanto a Bruno Massav, le anuncia a Tortora que acaban de conocer “el lugar en el que se encuentra el resto de cosas que tenía en el momento de su deportación, y que todavía están allí. Se trata de varias prendas de vestir, correspondencia, fotografías, incluidas las del hijo fallecido, y el misterioso álbum”. Describe Tortora las dos fotografías a que nos hemos referido líneas atrás, aporta el testimonio de la señora Myler sobre la llegada a Auschwitz y la muerte de Grete Bloch, su conversación con Arturo Carcone, y acaba su artículo con la mayor decepción: cuando volvió a San Donato para ver las maletas de la señorita Bloch, éstas habían desaparecido. Y hasta hoy.

Haga cada cual sus cábalas, ate hilos y levante sospechas sobre el destino de estas maletas. No extrañe ‒no sería la primera vez, ni la segunda‒ que cualquier día leamos la noticia de que se han subastado en Sothebys o se han vendido en una librería de viejo del casco antiguo de Praga estos papeles de la pobre señorita Bloch.

***




i Giorgio Zampa (1968), 78.

ii Las cartas se conservan en el Archivo de Literatura Alemana de Marbach (Alemania).

iii Carta de Ettore Volante a Enzo Tortora, 4-11-1964.

iv El Europeo, 12-septiembre-1954.

v Carta de Bruno Massa a Enzo Tortora, 6-11-1964. 

martes, 8 de junio de 2021

El hombre del pan


He acabado de leer estos días de otoño el primer episodio de la serie que Almudena Grandes dedica a la resistencia antifranquista después de 1.939.

Inés o la alegría es una historia de amor y de compromisos personales incrustada en la historia real de España, en los días de otro otoño, el de 1.944, en que cuatro mil soldados republicanos de la UNE cruzaron la frontera pirenaica con el objetivo de derrocar el ilegítimo gobierno de Franco. El plan, ideado por el dirigente comunista Jesús Monzón, era tomar el valle de Arán, nombrar Viella sede provisional del gobierno bajo la presidencia de Juan Negrín y, con el apoyo popular y el de los países aliados —ay, pérfida Albión—, regresar a Madrid y reinstaurar la 2ª República. La aventura acabó como podemos imaginar, y la dictadura franquista murió de longevidad al cabo de 36 años.

No entro aquí en más detalles sobre la novela. Otro día lo haré. Quiero hablar ahora de una historia que me ha recordado su lectura y que bien podría haber merecido unos párrafos de Almudena Grandes. Es una historia de familia, y para tramarla son necesarios varios hilos.

Uno de ellos viene del año 1942, del día en que José, un muchacho de 16 años, hijo de un guardia civil destinado en Fernán Núñez, comienza a trabajar de albañil en El Pardito, el cortijo de don Benito Arana, director de la SECEM de Córdoba. José ha ido poco a la escuela, sabe leer y escribir, y las cuatro reglas, pero son siete de familia, los tiempos duros y hay que llevar a casa lo que se pueda. Sabe lo que es trabajar desde los diez años, cuando empezó como aprendiz de zapatero, y luego de recadero en una farmacia. En El Pardito no falta el trabajo y todos los días la casera ha de preparar comida para veinticinco o treinta hombres entre albañiles, gañanes y otros operarios. La comida es buena y el pan abundante, amasado y cocido a diario en el horno de la cortijada por un hombre al que llaman Emilio.

Al Pardito acuden también pobres y vagabundos que siempre encuentran un plato caliente. Son órdenes de la señora, de doña Enriqueta, la esposa de don Benito, una mujer caritativa que más de un día baja del coche en compañía de un pobre desharrapado y hambriento que ha recogido en la carretera.

—Señora —quiso protestarle el chófer a doña Enriqueta una tarde que volvían a Córdoba—, cada vez que metemos a uno de esos en el coche tengo que quitarme los piojos.

—También me los quito yo, y soy la dueña, así que calla y conduce.

Pasan los años. Don Benito Arana muere en Madrid en 1953, después de haber levantado en las afueras de Córdoba, junto a la factoría de la SECEM, la barriada de la Electromecánicas, con casas para los trabajadores, escuela, iglesia, mercado, barbería, cuartel de la Guardia Civil y zona noble para los ingenieros. Cuatro años más tarde, el 16 de febrero de 1957, muere en Córdoba doña Enriqueta Suárez-Varela de la Secada.

En ese cuartel de la Electromecánicas aparecen y se cruzan nuevos hilos de esta historia. José, el joven albañil del Pardito, trabajó luego unos meses en el olivar de la casa ducal de Fernán Núñez, hasta que a los dieciocho se alistó voluntario como soldado de Artillería; antes del año ingresó en la Guardia Civil. Su segundo destino, en junio de 1.947, es el cuartel de la Electromecánicas.

Meses antes ha llegado a ese mismo cuartel un sargento veterano de Marruecos, de la guerra civil y del “servicio de persecución de huidos”, en cuyo expediente brillan felicitaciones de Alfonso XIII, ascensos por méritos de guerra, dos cruces al mérito militar y la medalla al sufrimiento por la patria. El sargento, viudo desde 1.941, vive en Córdoba con sus tres hijos. La más pequeña, Juana, se casará años más tarde, el 21 de mayo de 1953, con el guardia José. Son mis padres.

Mi abuelo Anselmo, el sargento Zarco, otro hilo en la trama, se jubila al año siguiente y alquila unas habitaciones en el caserío de la Huerta de Santa Isabel, al otro lado del viaducto de Medina Azahara, pasadas las vías y los depósitos del agua, con vistas a la impresionante mole de la entonces “Residencia Nueva”. Anselmo va y viene andando todos los días a Córdoba. Por las mañanas entra a tomar café en El Chocolate, frente al cuartel de Artillería, en la esquina de Medina Azahara con la calle Albéniz. Luego cruza República Argentina, entra por Puerta Gallegos y se dirige al Café de Labradores, donde pasa la mañana en tertulia, leyendo el periódico, mirando por los ventanales de Gran Capitán. Sobre la una vuelve a la huerta, pero antes hace una parada en el último número de Medina Azahara, en los bajos de los “pisos de Cañete”, en el bar Alhambra. Si no es a la ida, en El Chocolate, es a la vuelta, en el Alhambra, donde se encuentra con su amigo Mariano Medina, al que conoció en Palma del Río. Este Mariano Medina es el administrador de las fincas de la familia de don Benito Arana. Vuelven a encontrarse hilos.

Un día, Mariano Medina le presenta a un hombre de confianza de doña Enriqueta, se llama Emilio, el hombre del pan en El Pardito. El administrador le pide un favor a Anselmo: Emilio es aficionado a la caza y quisiera tener un permiso de armas. Tiempos difíciles para eso, desde luego, pero Anselmo, que en sus últimos años ha trabajado en la brigadilla —el Servicio de Información de la Guardia Civil— tiene buenos contactos en la comandancia, le arregla los papeles y le soluciona incluso un problema con el carnet de identidad. Emilio y Anselmo se hacen amigos, primero ellos, y luego las familias. Para entonces ya habíamos nacido mi hermana y yo. El panadero del Pardito y mi padre, el joven albañil de Fernán Núñez, se reconocen, recuerdan viejos tiempos, anécdotas de doña Enriqueta, y de vez en cuando van a cazar conejos a La Alcaidía, en la sierra de Alcolea. Las familias entran en confianza, se visitan, salen juntas y hacen perol más de un domingo en El Aljibejo, la huerta que Emilio tiene en la vega del Guadalquivir, por la parte de El Higuerón. Yo mismo creo tener vaguísimo recuerdo de uno de esos peroles, no sé si propio, o prestado por las muchas veces que mi madre ha hablado de aquellos días felices. Y debí ver a Emilio más de una mañana, cuando íbamos desde el pueblo a Córdoba y mi madre nos llevaba al Café de Labradores a ver al abuelo. Eran los primeros años sesenta. Emilio y Anselmo se habían hecho inseparables.

Un día, Emilio no aparece por Labradores. Ni al día siguiente, ni a la semana, ni al mes. Nadie sabe nada. Nadie abre tampoco la puerta de su casa ni coge el teléfono. Los vecinos también los han echado en falta. Emilio y su familia han desaparecido de la noche a la mañana. Mi abuelo nunca volverá a verlos, y murió con esa pena.

Meses después de la desaparición, y ante las preguntas y la preocupación de mi abuelo, el administrador, que estaba en el secreto, se decidió a desvelarlo: Emilio y su familia estaban en Francia, en Burdeos. En Córdoba sólo había quedado su hija mayor. Todo se precipitó cuando ésta empezó a mover los papeles para casarse.

—Ella se quedó en Córdoba —recuerda mi madre al otro lado del teléfono—, y se casó con el hijo de los dueños de una tienda de tejidos muy famosa en Córdoba, Almacenes Encarnita, enfrente del cine Góngora. Pura, la mujer de Emilio, murió en Francia. Trabajaban en una huerta. De los cuatro o cinco hijos, solo sé que uno puso un supermercado allí, en Burdeos, y otro entró como electricista y encargado de mantenimiento en el consulado español.

Emilio volvió a Córdoba tras la muerte de Franco, con la amnistía del 77.

—Se compró un piso en Ciudad Jardín y vivía solo — continúa mi madre. ¿Tú no te acuerdas de un día, al poco de volver de Francia, que vino a comer a casa?

Sí me acuerdo, pensé, y ese día yo no comí en casa. Eran mis años de rebeldía y continuo callejeo hasta la madrugada.

—Murió hace poco, ya nos habíamos mudado al piso nuevo, en el 2005. Una mañana que íbamos tu padre y yo dando un paseo nos lo encontramos sentado en un banco de Gran Vía Parque y estuvimos un buen rato hablando. Estaba ya muy mayor, pero bien de salud. Fue la última vez que lo vimos. Un día, a los pocos meses, lo encontraron muerto en su casa, pobre Emilio.

Cuando la hija decide casarse, pedir certificados de nacimiento, de bautismo, nombres y datos de los padres, a Emilio se le viene el cielo encima. Y más que el cielo, la imagen de la cárcel y la desgracia para su familia, como le había pasado a tantos compañeros. Franco no olvidaba, seguía firmando sentencias de muerte y condenas de 30 años, y Emilio no se llamaba Emilio, sino José, y Valderrama de apellido, como el famoso cantaor, porque eran primos hermanos, nacidos en el mismo pueblo de Jaén, en Torredelcampo, en la misma familia de pequeños propietarios de olivar.

—Su familia era de izquierdas —ahora es mi padre el que ha cogido el teléfono. Emilio era comunista y había luchado por la República en la guerra civil.

Aquí se me acaba el hilo. Nada más saben mis padres de esta historia. No sé si la hija estaba al tanto de la militancia comunista del padre, ni qué razones se dieron una y otro en aquellos días de los primeros años sesenta. Tampoco sé si Emilio consideraba su pasado comunista un pasajero y excusable ardor de juventud —como lo hizo su primo, el cantaor, militante juvenil en un batallón de la CNT—, o si era un hombre del Partido, un clandestino militante que mantenía viva la lucha, quizá en la misma SECEM, que con sus cientos de trabajadores repartidos en turnos de mañana, tarde y noche, terminó convirtiéndose en el referente histórico de la reivindicación obrera y de la lucha antifranquista en la vieja ciudad de los califas.

La hija se casó con el heredero de Almacenes Encarnita y el padre hubo de poner tierra por medio con el resto de la familia después de veinte años de relativa calma, oculto y protegido primero en El Pardito por doña Enriqueta, ayudado luego y legalizado por amigos como mi abuelo Anselmo, que además lo había presentado y apadrinado como nuevo socio en el Círculo de Labradores.

Hubo muchos Emilios en este país, demasiados, que tuvieron que callar quiénes eran, quiénes habían sido, quiénes no debían ser. Gente oculta, escondida, clandestinos que hubieron de fingir, de silenciar su pasado y hacer como que olvidaban, como que nunca las habían tenido, sus ideas, sus banderas y su compromiso. El panadero de El Pardito fue otro más de tantos, sólo que por azar el hilo de su historia se cruzó con los de mi familia y ha llegado hasta estos días de otoño en que la novela de Almudena Grandes me lo ha recordado.

Pero aún queda un hilo suelto en esta trama: ¿Cómo llegó el joven comunista de Torredelcampo al Pardito? ¿Por qué don Benito Arana Beascoechea, director de la Sociedad Española de Construcciones Electromecánicas de Córdoba, un hombre público, relacionado con la jerarquía franquista, hijo adoptivo de la ciudad y condecorado por el régimen, se arriesga a esconder a un soldado republicano? ¿Qué papel juega doña Enriqueta?

—Según yo conozco —es mi padre el que pone el epílogo—, a doña Enriqueta le pilló el comienzo de la guerra en zona republicana, y él fue el que hizo las gestiones y la pasó a zona nacional, por eso, cuando acabó la guerra y acudió en busca de ayuda, doña Enriqueta no dudó, habló con su marido, lo ocultó en El Pardito, le dio el trabajo de panadero y empezó a llamarlo Emilio.

Hoy es sábado, 27 de noviembre de 2010. Después de hablar por teléfono con mis padres me he venido a la huerta, he encendido la candela y me he puesto a escribir esta historia. De vez en cuando dejo de teclear en el ordenador, enciendo un cigarrillo y miro por la ventana: un herrerillo en el olivo, un petirrojo en la cerca de piedra, Rabón y Juan Sin Tierra, los gatos, disputándose la caseta de madera que les he construido, la urraca junto al pozo; en la parte de atrás cacarean las gallinas, kikiriquean los gallos, zurean las palomas. Duna, la perra, dormita junto al fuego...

...Me avergüenza la historia de este país. Qué lástima de República —me digo—, de vidas arrasadas por la guerra y la posguerra; qué pena de ideas y de esperanzas, de hombres y mujeres en la derrota, en la cárcel, en las cunetas, en el exilio, en el silencio; en qué manos ha estado este país... Pero miro las llamas y me reconozco un hombre con esperanza, con recuerdos, convencido de que sin memoria no hay futuro.

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NOTA: Por razones que no sé dar, este texto desapareció del blog. Lo rescato ahora tal cual apareció.

martes, 18 de mayo de 2021

domingo, 16 de mayo de 2021

¿Velocidad o tocino?


El pasado 5 de mayo, los medios de comunicación analizaban las causas de la victoria en las urnas del partido conservador en las elecciones a la Asamblea de Madrid. El diario El País hacía la misma pregunta ‒¿Cuál ha sido la clave de la campaña de Isabel Díaz Ayuso?‒ a cinco especialistas. Uno de ellos, politólogo, destacó el uso de “mensajes binarios incontestables (libertad o ...)”; otro, directivo de una agencia de comunicación, señalaba la habilidad de la candidata Ayuso para que “la conversación de la campaña girara en torno a una serie de dilemas tan simples como favorables para sus intereses: «comunismo o libertad», cerrar los bares o dejarlos abiertos, subir impuestos o seguir bajándolos”; la tercera, polítologa y profesora en la Carlos III de Madrid, afirmaba que la clave del triunfo había sido la de “establecer un marco polarizador dicotómico con el lema «libertad o comunismo»”. Esta última frase me dio que pensar: marco polarizador dicotómico, repetí, y me pregunté: ¿esto lo entenderá todo el mundo?

Se comprende por dónde va la frase, claro, porque estamos al tanto de los eslóganes de la candidata conservadora, pero hay algo en ella ‒en la frase, y también en la candidata‒ que no encaja. Admitamos el sentido figurado de la palabra “marco” como espacio con límites, como escenario figurado; y busquemos en el diccionario, para asegurarnos, el polarizar y la polarización, que tantas veces venimos oyendo y leyendo en los medios. Ambos vocablos, nietos del πóλοσ griego, no se refieren geográficamente a los de nuestro planeta, Norte y Sur, ni a los de las pilas, el + y el ‒, el ánodo y el cátodo, sino a la confrontación de dos contrarios. Dos, no más. Y en las antípodas uno de otro. Irreconciliables. No la dualidad integradora, equilibrante, armoniosa, del yin y el yang, sino el radical distanciamiento. Por ahí va la semántica de la pretendida polarización política en la comunidad madrileña y, por extensión, en el resto del país. Amigos o enemigos. Conmigo o contra mí. Eso es polarizar. Pretender que los únicos colores sean dos, sin distinción de matices entre ambos, y negar la posibilidad del resto de los colores. La contraposición absoluta. Una burda falacia, porque los arco iris existen en la Naturaleza y en la realidad política: los rojos, los verdes, los azules, los morados… Pretender que el mundo se ubique en dos extremos inconciliables es una vieja táctica política, populista, que no aboga precisamente en favor de la libertad, de la natural diversidad de pareceres.

Y vayamos ahora al esdrújulo “dicotómico” que completa la secuencia. Quienes estudiamos al lingüista suizo Ferdinand de Saussure, aprendimos pronto que el signo lingüístico era una entidad de dos caras, el significado y el significante, una dicotomía, presente también en otras realidades lingüísticas como lengua y habla, diacronía y sincronía, sintagma y paradigma. Dicotomía significa división en dos partes. Una moneda es un ejemplo claro de dicotomía: sus dos partes, cara y cruz, no están confrontadas, no son enemigos irreconciliables, no guerrean entre sí, sino que están íntimamente implicadas una con la otra, son inseparables, integradoras y creadoras de una tercera realidad: el valor de esa moneda. Ni el haz, ni el envés aislados valen nada. Lo dicotómico es unitivo, creativo, no separativo.

Dicho esto, no parece que “libertad o comunismo” sea una dicotomía integradora. En principio da la impresión de que estamos ante una interesada confusión de churras con merinas, pues la frase propone elegir entre conceptos de distinta naturaleza, como si nos plantearan elegir entre “solidaridad o cubismo”, entre un rasgo ético y un movimiento pictórico: libertad es una categoría moral, la capacidad humana de obrar por voluntad propia, mientras que comunismo es un sistema de organización socioeconómica, un modelo de sociedad. ¿No es absurdo ‒Contrario y opuesto a la razón, que no tiene sentido. Extravagante, irregular. Chocante, contradictorio. Dicho o hecho irracional, arbitrario o disparatado. Todo eso dice el diccionario de la RAE sobre la palabra “absurdo” ‒este planteamiento?

El lema ayusiano, además de ser un disparate semántico, parte de un simplismo irreal e injustificado al identificar, por un lado, comunismo con opresión, y por otro al reducir las diferentes opciones políticas de izquierda a un solo concepto. Esa formulación amenazante e infantiloide ‒libertad o comunismo‒ me recuerda al coco de nuestra infancia y también a aquel fantasma que recorría Europa. ¿Cree de verdad la señora Ayuso y sus votantes que los partidos de izquierda van a montar una revolución como la de 1917 y a instaurar la dictadura del proletariado? ¿Todavía viven en esos tiempos? ¿Solamente los regímenes comunistas son opresores?, me pregunto. ¿Y las dictaduras de derechas? En fin...

La política es dicotómica en cuanto está conformada por una teoría y una praxis que buscan el bien común. Como teoría, la política es una actividad puramente lingüística, su ser está en la palabra que expresa una ideología y un modelo social, al tiempo que procura convencer a la ciudadanía y captar su voto. Para esto último ‒convencer y captar‒ ya tenemos comprobado que vale el todo vale, aunque los códigos éticos de las formaciones políticas prohíban, por inmorales o delictivas, determinadas praxis de sus miembros. Un partido que pone a la ciudadanía en el brete de elegir entre dos opciones dispares, como hemos explicado arriba, no juega limpio, está tendiendo una trampa al electorado, pues distorsiona la realidad y presenta un concepto de libertad partidista, injusto e insolidario. Pero eso no parece importarle a 1.620.213 votantes de la Comunidad de Madrid.

lunes, 10 de mayo de 2021

La señorita Grete (5)


5   La República de Saló

 En la primavera de 1948, el músico Wolfgang Schocken, que vivía entonces en Jerusalén, me escribió para revelarme que Kafka había tenido un hijo. Como prueba me mostraba la carta de una cierta señora MM, que había sido una de sus amigas cercanas”, así comienza un artículo de Max Brod reproducido en el suplemento literario del periódico francés L’Humanitéi en marzo de 2005, que coincidiría en buena parte con el texto publicado por él mismo en la edición inglesa de su libro Sobre Kafka, aparecido en 1954. Para Schocken, el hombre aludido era Franz Kafka, y la “señora MM”, evidentemente, nuestra Margarethe (Grete) Bloch, una “hermosa mujer, independiente intelectual y económicamente, habituada a guardarse para sí sus reacciones emotivas”, en palabras de Brod. Recuerda éste que conoció a Grete Bloch por casualidad, aunque “ignoraba que hubiera existido la menor amistad entre ella y Kafka. De hecho, según lo que Franz me había dicho, yo pensé que su relación había sido más o menos hostil. En el diario de Franz hay varios indicios que van en la misma dirección”. No duda Brod del efecto que hubiera supuesto para su amigo el saberse padre, “habría ejercido una influencia benéfica en su desarrollo […] Se habría sentido ennoblecido […] la confianza en sí mismo que le habría aportado este hijo habría podido salvar la vida del propio Kafka”.

Tras reproducir el fragmento que ya conocemos de la carta de Grete Bloch a Schocken, Brod da cuenta de la huida a Suiza, el viaje a Palestina, los años en Florencia y el posterior traslado a San Donato Val di Comino, y la posibilidad, remota, de que algunas cartas de Kafka estuvieran en manos de “cierto ilustre profesor, que había obtenido una visa de emigración a Chile para Grete Bloch”. Ese profesor es, sin duda el Ernst que aparece en la carta a Schocken, y que no consiguió el visado para ella: “Ernst ha vuelto a Chile. Lo llamaron No quería ir sin mí. Pero como no me dieron permiso, no quise ni pude quedarme con él”.

Seis años después de que Schocken escribiera la carta a Max Brod, éste decidió hacer pública la historia del hijo de Grete Bloch en la monografía que publicó en inglés en 1954. Ese mismo año, el periodista y germanista italiano Giorgio Zampa, antes de que apareciera el libro de Brod, había emprendido una investigación sobre el asunto que fructificó primero en un artículoii aparecido en el semanario El Europeo en septiembre de ese año, y más tarde en sus Letture e ritratti tedeschi (1968). Después de entrevistarse en Florencia con dos personas ‒la señora Heinitz y el doctor S‒, Zampa viaja a San Donato Val di Comino y habla con Carmela Cardarelli, entonces empleada del Registro, que lo encaminó al hotel Gaudiello, donde Margarethe Bloch estuvo alojada un tiempo, coincidiendo con otras mujeres deportadas, cultas y elegantes las recordaban algunas vecinas, como la conocida actriz austriaca Grete Berger. Después del Gaudiello, Grete Bloch se alojó con los Tullio, con los Coletti y finalmente con los Carcone. La siguiente visita de Zampa es a la calle Mazzini, domicilio de la familia Carcone. El señor Arturo Carcone, relojero, que tuvo una corta relación sentimental con la señorita Grete, confirma haberle escuchado la historia del hijo, de su relación con el escritor checo y haber visto un álbum con fotografías; también le habló de aquella ocasión, el 18 de septiembre de 1943, tres días antes de que Mussolini proclamara la República Social Italiana, en que ella le confesó que estaba al límite y poco después intentó suicidarse, salvándola de milagro el doctor Massa, que entabló a partir de entonces una buena amistad con ella.

Sobre el ánimo, más bien el desánimo, con que Grete vivía aquellos días ‒el dolor por abandonar su vida anterior, el sufrimiento de la guerra, la denegación por tres veces de un permiso de residencia (Inglaterra, Palestina, Chile), la angustia de saberse perseguida por la autoridades nazis, la inseguridad del día a día, la soledad en que vivió todos aquellos acontecimientos hicieron mella en una mujer brillante y de carácter decidido, que se las había tenido que arreglar sola desde los dieciséis años. No nos extrañe, pues, el choque emocional, la crisis y el hundimiento anímico, la depresión: “Cuando la mujer refería este hecho ‒leemos en los ritratti de Zampaiii‒, estaba en un estado de salud precario; su equilibrio psíquico estaba turbado por la angustia ante la suerte que le esperaba, por las condiciones en que se encontraba junto a otros correligionarios, después de que el gobierno italiano hubiera promulgado las leyes raciales. Esto me lo ha confirmado un profesional que durante un tiempo la trató a diario, incluso hubo un momento en que Bloch, al límite de su resistencia, se refugió en la morfina”. Interesantes, sin duda, las palabras del escritor italiano ‒sabemos de tres doctores que trataron a la Bloch, dos en Florencia, nombrados como doctor S. y doctor Hs., y uno en San Donato, el doctor Massa‒, aunque adolecen de cierta inconcreción al no revelar la fuente de tal información y no poder situar los hechos en Florencia o en San Donato.

Resulta extraña hoy la insistencia de Margarethe Bloch en la historia del hijo habido con el escritor checo. Tres personas que la trataron confirman la historia prácticamente en los mismos términos: la relación con Kafka, libros suyos, cartas y fotografías, un álbum con fotos de Grete y el niño, la muerte prematura de ambos… y la ninguna importancia que le dieron a la historia.

La muerte del niño ocurrió, según confiesa Grete a Wolfgang Schocken, en 1921, cuando iba a cumplir siete años, por lo que habría nacido en 1914. Recordemos aquí que el intenso intercambio de cartas entre Kafka y Grete Bloch se alarga apenas nueve meses, desde noviembre de 1913 a julio de 1914, y que en ese tiempo solo se vieron dos veces, los últimos días de octubre, en Praga, y en los primeros días de junio, cuando se celebró en Berlín el compromiso oficial de noviazgo entre Kafka y Felice Bauer. Cabe la conjetura. Y el embarazo. Pero hemos de tener en cuenta las cartas y los diarios de Kafka, donde no hallamos mención alguna a la gravidez de Grete. ¿Iba Kafka, que ya había escrito la historia de la fatal relación entre un padre y un hijo en La condena, a desaprovechar en su escritura la ocasión de hacerse, o saberse, padre? ¿El creador de Karl Rossman, al que sus padres embarcan hacia Estados Unidos porque ha dejado embarazada a una criada, ocultaría su propia experiencia? ¿El autor de La metamorfosis, que trata sobre las complejas relaciones entre hermanos y entre padres e hijos, no iba a mencionar jamás el asunto de su paternidad? Todo nos hace pensar que Franz Kafka, ni para bien, ni para mal, tuvo noticia del embarazo y alumbramiento de Grete Bloch. Es cierto que en alguna ocasión, ella mencionó en sus cartas un affaire con un misterioso desconocido, “el hombre de Múnich”, y una innominada joven, asunto sobre el que Kafka no sabe nada: “Dígame, por favor, si no le importa ‒le pregunta a Grete en carta del 12 de febrero de 1914‒, ¿quién es ese hombre de Múnich? ¿No ve ni oye? ¿En qué consiste la importancia que usted tiene para él y él para usted?” Un mes despuésiv, a ruegos de Grete, Kafka ha escrito al misterioso hombre de Múnich ‒”La carta a Múnich ha sido echada al buzón, no sin ciertos reparos”‒, y al día siguiente le confiesa: “La carta a Múnich la eché en el buzón enseguida, sin saber si hacía bien, cosa que sigo sin saber hoy tampoco. Como no soy capaz de juzgar la situación, le obedecía. Una visita siempre aclara las cosas, ¿por qué no iba a hacerlo ésta? Doy vueltas, sin resultados, a la relación que pudo existir entre usted, la muchacha y el hombre. ¿Fue en Berlín?” Que este hombre de Múnich hizo madre a Grete Bloch parece cosa inaveriguable por ahora, como lo fue entonces para Kafka.

Si no es bastante con lo escrito por él en las dos cartas que acabamos de citar, leamos lo que le escribe unos días después de verla en Berlín a primeros de juniov: “¡Lo que debe usted haber sufrido en los últimos meses mientras yo no paraba de escribir únicamente sobre mí, al principio incluso de forma alevosa! Nada sé de su desgracia doméstica, por supuesto, pero ¿no cree usted que aquello que la ha atormentado y todavía la atormenta allí ha generado por reacción todas esas fuerzas positivas con que ahora consigue manejarse tan bien ante el mundo?” Ningún asomo de que Kafka esté al tanto del problema de Grete. Si es que existía el problema.

Tampoco vamos a negar rotundamente la maternidad de Margarethe Bloch, pero ningún documento o testimonio da fe de que tuviera un hijo, que naciera en tal fecha y lugar, y muriera en Múnich en 1921. Ni siquiera la presunta madre llega a declarar el nombre de su hijo. La historia tiene visos de ser invención, al menos en la adjudicación de la paternidad a Franz Kafka, si es que en la famosa carta a Schocken el hombre aludido es el escritor checo. Puede que sí, desde luego, cabe que la independiente y particular señorita Bloch tuviera un hijo ‒¿con el hombre de Múnich?‒ y mantuviera oculta la identidad del padre. El hecho es verosímil, aunque poco probable, sobre todo si se piensa que Bloch lo confiesa 26 años después, cuando Kafka llevaba 16 años enterrado. Erich Heller y Jürgen Born, responsables de la primera edición de las Cartas a Felice, publicada en Alemania en 1967, prefieren, sin argumentos incontestables, situar el nacimiento del hijo de Grete Bloch ‒si es que lo hubo‒ en los primeros meses de 1913, antes de que conociera a Felice (en Fráncfort, en abril) y a Kafka (en Praga, a finales de octubre). Si fue así, lo siguiente que hay que pensar es que el niño enseguida fue dado en adopción, y que la independiente, retraída y “particular” señorita Bloch mantuvo el secreto ante Kafka.

Las hermanas de Arturo Carcone describían a Grete como una mujer “reservada, tímida, que no se relacionaba con los otros internados”, testimonio que contrasta con los recogidos por Alessandrina de Rubeisvi, según los cuales la señorita Margherita ‒50 años, delgada, pelo canoso, ojos negros, brillantes e inquietos‒ era una mujer muy viva y generosa, con “algo místico”, que necesitaba relacionarse, hablar con la gente, integrarse en la vida cotidiana, tratando de ser útil ‒conseguía frutas, verduras de temporada y otros suministros extra‒, no una carga para la familia que la acogía. Donato Coletti, que tenía 15 años en 1943, la recuerda con un bolso blanco de bordes plateados, hablando a menudo con sus padres, o escondida de los nazis alguna vez en la parte alta del pueblo, a donde su padre le llevaba comida; Pasqualina Perrela, de 22 años entonces, encargada de la censura postal, y Carmela Cardarelli también se acuerdan de Grete, a la que proporcionaron falsos papeles de identidad, lo mismo que a todos los judíos confinados en San Donato. Todos ellos recibían una ayuda estatal de 12 liras al día y tenían asistencia médica gratuita. Grete sobrevivía en aquella penuria con algunos envíos de dinero, libros y otros cosas útiles enviadas por sus amigos de Florencia. Hasta 1942, los judíos de San Donato vivieron con cierta tranquilidad, que desapareció con la llegada de una División de Infantería alemana a mediados de septiembre de 1943, los bombardeos, el racionamiento y la escasez de sal y harina. Para esa fecha, Grete Bloch se había convertido de forma voluntaria al catolicismo, según consta en los archivos parroquialesvii.

De poco sirvió esta conversión in extremis. En la primavera de 1944, un mes antes de que el ejército aliado rompiera el frente italo-alemán en Montecassino y las tropas de la Wehrmatch se replegaran hacia el norte, los acontecimientos se precipitan en San Donato. Las autoridades alemanas habían emitido un bando para que todos los judíos confinados en la localidad se presentaran en la comandancia y recogieram una tarjeta roja que les permitiría moverse libremente por la zona: “Hubo quienes, no fiándose, huyeron, pero la mayoría cayó en la trampa”, traducimos de Giorgio Zampa, pues a la semana siguiente, en la mañana del Jueves Santo, 6 de abril, una patrulla de soldados alemanes fue deteniendo a los judíos en los domicilios que ellos mismos habían facilitado al retirar la tarjeta roja, y subiéndolos a un camión. 16 personas en total. Entre ellas, Grete Bloch. El grupo es trasladado al día siguiente a la prisión de «Regina Coeli», en Roma, en la que permanecen dos días, antes de ser trasladados a Fossoli. Allí habrán de esperar hasta el 16 de mayo, en que los hacinan junto a otros deportados en un vagón sellado que forma parte del «convoy 10» con destino a Auschwitz, a donde llegan 8 días después y donde permanecen otro día más en el vagón antes de apearse y llegar al momento de la clasificación.

En su texto de 1954, Max Brod refiere que Margarethe Bloch murió a manos de un soldado alemán, que le abrió la cabeza a culatazos, pero en un artículo publicado por Enzo Tortora en junio de 1970viii, se recoge el perturbador testimonio de la señora Rosa Myler: “Nos llevaron de San Donato a Fossoli, y de aquí, en un vagón cerrado, nos llevaron a Alemania. Nos hicieron bajar en una estación con un nombre trágico: Auschwitz. Y aquí, a la entrada del campo (éramos muchos) adoptaron una táctica curiosa. Hicieron entrar a los deportados en parejas. Grete Bloch y yo íbamos juntas, cogidas de la mano. Un alemán nos clasificó. Una a la derecha, otra a la izquierda. No tenía lógica: parecía que simplemente querían alojarnos en barracones alejados unos de otros. En cambio, los que se fueron por la izquierda, entraron (como me pasó a mí, por pura casualidad) en un barracón. Los de la derecha acabaron inmediatamente en las cámaras de gas. A la pobre Grete le dijeron «derecha». Eso es todo. No la mataron con la culata de un fusil: la asfixiaron, como a tantos, en las cámaras de gas”. Esa terrible escena de la llegada en masa al campo y la caprichosa, despiadada, clasificación, tantas veces recreada en la literatura y en el cine, nos recuerda aquellas líneas tremendas de Primo Leviix: “Considerad si es un hombre … quien muere por un sí o por un no”. Una sola palabra, un mínimo gesto, significaba la muerte inmediata.

La vida de Margarethe Bloch es triste porque acaba en circunstancias lamentables y antes de tiempo, como la del hijo que aseguraba haber tenido, como la de su querido Franz Kafka. Grete fue una mujer inteligente y capaz, con arrojo para encontrar su independencia económica y sentimental ‒quizá por eso evitó la atadura del matrimonio‒, que acabó sola, con fama de extraña, de persona “particular”, quizá un poco ida por la morfina y por el maremoto nazi que había arrasado su vida y la de tantos, arrastrando tres maletas con los restos del naufragio hasta un pueblo del interior de Italia para terminar gaseada en un campo de concentración.

Final atroz de una vida. Así y allí, en Auswichtz, había muerto Ottla Kafka en octubre de 1943. Así y allí moriría Julie Wohryzek, la segunda novia de Kafka. Así murieron en Chelmno, Gabriele (Elli) Kafka y su hija Hanna, y su hijo Felix, que lo hizo en Le Vernet. Así, en Ravensbrück, murió Milena Jesenská. Así, en Treblinka, murió el amigo Jizchak Löwy. Así desaparecieron seis millones de personas. Sí o no. Izquierda o derecha.

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NOTAS

i  Max Brod, « Le fils de Kafka», Les lettres françaises, 29 marzo 2005, 3.

ii  El Europeo, Año X, n.º 37, 12 septiembre, 1954. No hemos encontrado el título del artículo de Zampa.

iii  Giorgio Zampa (1968), «Kaspariana 3», encarte entre las páginas 96-97.

iv  Carta del 2 de marzo de 1914, Cartas, 721.

v  Carta del 8 de junio de 1914, Cartas, 830.

vi  Alessandrina De Rubeis, «Gli ebrei internati a San Donato Val di Comino: 1940-44 (parte V). Margarethe Bloch», en la web Centro Documentazione e Studi Cassinati.

vii  Grete Bloch fue bautizada el día 14 de junio de 1943 por el párroco don Donato di Bona. Sus padrinos fueron el doctor Guido Massa y su esposa, Francesca Sipari.

viii  Enzo Tortora, «Il misterioso figlio di Kafka», Il Resto del Carlino, 6 junio, 1970, 3.

ix  Primo Levi, Si esto es un hombre, Muchnik Editores, 2000, 11.

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