lunes, 25 de octubre de 2021

Kafka en París (y 2)


De haber estado más tiempo ‒la suma de sus dos estancias en París no va más allá de las dos semanas‒, ¿tendríamos hoy alguna página memorable de Kafka sobre la ciudad? No vamos a especular. La estadía más o menos larga no es la cuestión, sino lo que esta ciudad representaba para él. A Franz Kafka le aprovechaba poco la capital francesa. París no es ciudad kafkiana. Cosmopolita entonces como ninguna otra ciudad europea, con los atrevimientos de la modernidad y con su tradición revolucionaria, la ville lumière no alentó la creatividad, la imaginación, del joven escritor. Checo por nacimiento, Kafka es germánico por educación y por espíritu: Berlín era su meta personal y literaria, la ciudad de sus sueños, el lugar donde habría encontrado la profunda cueva en que encerrarse para escribir todo lo que le faltó por escribir.

Franz Kafka fue en París un turista más. Sus apuntes de aquellos días de septiembre de 1911 ‒oh, decepción‒ son prescindibles: nada aportan a la ciudad; nada aportan tampoco a su propia literatura, son meras notas testimoniales, interesantes sin duda para sus biógrafos, pero sin valor literario. Por esos apuntes sabemos que Max Brod y Kafka bajan en la estación de Lyon el viernes 8 de septiembre, que se alojan en el hotel «Sainte-Marie», en el número 83 de la calle Rivoli, a donde los conduce un coche de caballos; sabemos que Kafka enseguida se asoma al balcón de su habitación y observa el ajetreo matutino de la calle ‒París sin él‒, que por la tarde es testigo de un percance entre un automóvil y el triciclo de un repartidor de pan; sabemos también que esa misma noche abandonaron después del segundo acto una representación de Carmen en la Ópera Cómica, y que rendido por la caminata de todo el día se dio un pediluvio sentado en el borde de la cama: “ En las grandes calles de París se le descoyuntan a uno las piernas”, escribe al final de la primera jornada parisina.

En esta ocasión, las anotaciones en su cuaderno de viaje nos dan una idea muy completa de las andanzas de los dos amigos durante aquellos cinco días: el Louvre ‒unos días antes, el 21 de agosto, el carpintero italiano Vincenzo Peruggia, antiguo empleado del museo, había robado el cuadro de la Gioconda‒, la plaza de la Concorde, la torre Eiffel, Versalles, una representación de la Fedra, de Racine, en la Comédie Française, las orillas del Sena, los baños públicos junto al Pont Royal, algunas calles (Rue des Petits Champs, rue de Cléry) y bulevares (Sebastopol, Poissonnière), los cafés ‒el café-concierto «Ambassadeurs», el «Richelieu»‒, un paseo en barco; observaciones sobre la novedad de los taxímetros y de los restaurantes de comida rápida (Biard, Duval), de los grandes almacenes que venden a plazos (Dufayel), sobre el juego geométrico de las líneas en las fachadas de los edificios, en los tejados; reflexiones sobre el público de museos y teatros, comentarios sobre los personajes y actores, un panegírico sobre la organización racional de los burdeles parisinos, personajes que le llaman la atención ‒una vendedora ambulante de libros, unos niños que juegan a última hora de la tarde en los Campos Elíseos, unos obreros que cavan una zanja, la acomodadora de una sala cine y le pourboire (la propina)‒; nombres de establecimientos (Confitería del niño mimado. El céntimo del soldado: Sociedad Anónima), simples apuntes a vuela pluma, descontextualizados ‒“Lavanderas en bata por la mañana”, “Suelo con piedrecitas” o “aeroplano”‒, un malentendido con Max Brod a propósito del tiempo empleado por Kafka en lavarse la cara, y divagaciones varias: la posibilidad de que un matrimonio joven prospere abriendo un bar, posibles mejoras gastronómicas en los restaurantes de la cadena Biard, la felicidad de los cocineros y camareros cuando comen después del trabajo, la Venus de Milo, los desplazamientos en metro…

El día 13 de septiembre los dos amigos se despiden de París. Brod vuelve a Praga. Kafka toma el tren con destino a Erlenbach (Alemania), donde pasará cinco días en el sanatorio naturista Fellenberg, antes de incorporarse a su puesto en el Instituto de Accidentes del Trabajo. Durante su estancia en el sanatorio vuelve a los apuntes sobre París, reelaborando algunos apenas esbozados en su día, o introduciendo nuevas observaciones y escenas. Este último es el caso del percance de tráfico mencionado líneas atrás, que puede considerarse la única aportación parisina a la creación literaria kafkiana: la simple historia del leve choque entre un automóvil y un triciclo se va convirtiendo en un relato complejo ‒contado por un narrador omnisciente que recrea a la perfección, y con humor, el carácter de los dos conductores y el de los viandantes que han contemplado el incidente, o el del policía que aparece y redacta el atestado‒, en una de esas narraciones kafkianas que parten de una situación cotidiana, aparente insustancial, y acaban en el absurdo o en una angustiosa pesadilla para los protagonistas.

“Mi pequeña narración sobre el automóvil” llama Kafka en su diario1 a este relato de origen parisino, escrito en Erlenbach y quizá retocado en Praga, que Max Brod leyó al amigo Oskar Baum en presencia del propio Kafka. Como es de esperar, el nombre París no aparece en el relato, ni siquiera el de la plaza en que ocurre el incidente. Estamos ante uno de esos espacios urbanos, inconcretos, propios de las narraciones de Kafka, con cierto anclaje en la realidad, pero que actúan como espacios simbólicos, de alcance universal. Lástima que esta historia, como tantas otras bosquejadas en sus diarios y en sus cartas, quedara interrumpida, aunque incluso truncada ‒apenas cuatro páginas‒, muestra que una breve estancia no es óbice para generar unas páginas memorables. La calidad literaria no es cuestión de cantidad, sino de sensibilidad.

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1 Diarios, 5 noviembre 1911, 192.


jueves, 21 de octubre de 2021

Vivir, escribir

 Es duro: la paciencia

ayuda a soportar lo que los dioses

prohíben corregir.

(Horacio, «A la muerte de su amigo Quintilio Varo», Odas, I, 24)


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La muerte, la patria más profunda.

(Luis Cernuda, «Elegía española»)


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El poeta verdadero inventa con las palabras usuales un idioma

distinto. Y es más verdadero cuanto  más distinto sea su idioma, en

verso y en prosa.

(Juan Ramón Jiménez, «Con la inmensa minoría», El Sol)


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Echado está por tierra el fundamento

que mi vivir cansado sostenía.

¡Oh cuánto bien se acaba en un solo día!

¡Oh cuántas esperanzas lleva el viento!

(Garcilaso de la Vega, Soneto XXVI)


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Todo culpable se introduce cada vez más en su culpa, como un tornillo.

(F. Kafka, Cartas a Felice, 22 noviembre 1912)


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Para escribir necesito aislarme, pero no «como un ermitaño», que eso 

no sería suficiente, sino como un  muerto.

(F. Kafka, Cartas a Felice, 26 junio 1913)


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La vida es el canto de un pájaro.

(Johnny Deep en Richard dice adiós [The Professor])


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Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido.

(Marguerite Duras, Escribir)


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domingo, 17 de octubre de 2021

Kafka en París (1)

Abierta con Napoleón III en el trono y con el todopoderoso barón Haussmann reordenando la ciudad, la calle Réaumur es toda una lección de arquitectura Segundo Imperio (1852-1870), aunque los edificios más llamativos se construyeron en la última década del siglo XIX y en la primera del XX. En el cruce con la calle Petits Carreaux nos sentamos en una terraza desde la que vemos en el muro lateral de un edificio una pintura de gran formato con Tintín y el capitán Haddock.


Estamos en el barrio del Sentier, y por eso me he acordado de aquella novela de Juan Goytisolo, Paisajes después de la batalla, sobre la que publiqué una reseña en «Cuarto y Mitad», suplemento del periódico municipal El Pregonero, en la Córdoba del Califa Rojo. Era un texto de disposición atrevida, pues lo compuse, y así había que leerlo, de abajo hacia arriba de la página (lectura inversa). Mientras recordaba aquellos días iconoclastas de los ochenta, observaba a un grupo de muchachos en el aparcamiento de enfrente, cómodamente retrepados en sus motos, manipulando el teléfono móvil, a la espera de un pedido de comida que entregar.

Sin saber cómo ‒caprichos de la memoria‒ me fui mucho más atrás en el tiempo, al otoño de 1911, cuando Franz Kafka hizo su segundo viaje a París y anotó en su cuaderno de viaje: “Rue de Cléry sube al cielo y cae en él”. La Réaumur y la de Cléry se cruzan dos esquinas más allá, hacia la Bolsa. La de Cléry es una calle larga, estrecha y en línea recta que sube ligeramente hasta el bulevar de Bonne Nouvelle y da la sensación de trazar un suave arco que acaba zambulléndose en el cielo.

Franz Kafka en 1910, con 27 años

Kafka visita por primera vez París en octubre de 1910, en compañía de Max y Otto Brod. Ha cumplido ya 27 años y publicado casi una veintena de textos breves en las revistas Hyperion (Múnich) y Bohemia (Praga). A pesar de su juventud y de llevar una vida sana, que incluye gimnasia diaria, dieta vegetariana y estancias en sanatorios y balnearios naturistas, el escritor checo es un hombre de salud frágil, enfermizo, con achaques ‒dolores de cabeza, problemas estomacales, insomnio‒ y trastornos frecuentes, como se aprecia en esta carta a Max Brod: “Resulta que me han venido unos dolores reumáticos en la espalda, que bajaron luego a la zona lumbar y después a las piernas, pero entonces no se metieron en la tierra, no, sino que subieron a los brazos” (C, 18 marzo 1910, 119)1.

El cuadro clínico habitual se complica unos días antes de tomar el tren hacia París: “Hoy he de acudir a la consulta del médico a las cinco y cuarto ‒avisa en una nota de comienzos de octubre a Max Brod‒; pues sí, no conoces todos mis males (me he torcido el dedo pulgar del pie)” (C, 125). La salida de Praga estaba prevista para el 8 de septiembre, y días antes Brod recibe otra carta de su amigo: “Ya estaba estirado en el canapé con mi pierna enferma cuando recibí tu carta. La cosa no pinta muy bien, está todo muy hinchado, sobre todo el pie, pero no duele mucho. Está bien vendado y mejorará; no sé, sin embargo, si mi pierna está preparada para viajar el sábado; si el deseo de viajar es tan fuerte que consigue curar una pierna, el sábado estaré sano, créemelo…” (C, antes del 8 de octubre de 1910, p. 126).

Aquel inoportuno esguince remite pronto, los tres viajeros salen de la estación de Praga el día 8 de octubre y llegan a París al anochecer del 9, pero el infortunio persigue a Kafka: antes de una semana en la capital francesa, unos dolorosos forúnculos lo obligan a ir de urgencia en dos ocasiones a una clínica y a adelantar el regreso a Praga.

De aquellos días del otoño de 1910, sólo disponemos de dos anotaciones en su diario, una referida a la novelista George Sand ‒“Todos los franceses son comediantes; pero solo los más flojos de entre ellos hacen comedia” (D, 54)2‒, y otra sobre el funcionamiento de la claque en los teatros parisinos: “Los que dan la orden están en la platea. Para los que están cerca, ja-ja; para los hombres del gallinero, dejan caer un periódico al suelo” (D, 54). Por los diarios y las cartas de Max Brod sabemos que los tres amigos checos asistieron también a una función de marionetas y a las carreras de caballos.

En este segundo apunte, Kafka se equivoca al escribir claqueure, que no existe en francés, por claque, ese público contratado para jalear o reventar una representación teatral. No es el único error que comete en esa lengua, que ha estudiado fuera del liceo y de la universidad, aunque él se muestra muy seguro de su dominio en la solicitud de ingreso en el Instituto de Accidentes de Trabajo, cumplimentada el 20 de junio de 1908, unos días antes de cumplir 25 años: “El solicitante domina la lengua alemana y la checa tanto oralmente como por escrito, así como la francesa y, parcialmente, la inglesa” (Klaus Wagenbach, Franz Kafka. Imágenes de su vida, 128). Suponemos que esa seguridad en el dominio de la lengua francesa es fruto de la arrogancia juvenil, pero sobre todo de su frecuentación de las novelas de Gustave Flaubert, a quien admiraba y de quien se sentía pariente consanguíneo e hijo espiritual. En la biblioteca de Kafka había una antología, en alemán, de cartas de Flaubert sobre el oficio de escribir; un ejemplar, también en alemán, de Madame Bovary; otro de Las tentaciones de San Antonio, en francés, que leían juntos, en voz alta, Max Brod y él; y finalmente la que Kafka consideraba gran obra maestra de la novela moderna, La educación sentimental, que leía y releía en francés, como afirma en una carta a su novia, Felice Bauer: “L’Education sentimentale… es un libro que durante muchos años ha estado próximo a mí… cuandoquiera y dondequiera que lo abriese, me sobresaltaba y me absorbía del todo, y entonces me sentía siempre como un hijo espiritual de ese escritor, aunque pobre y torpe” (C, 239).

Quien conozca los diarios y la correspondencia de Kafka, sabrá del placer que le producía leer en voz alta textos suyos o de otros autores a su hermana Ottla, a sus amigos, al público asistente a una conferencia o presentación suya. Prueba de esa fascinación kafkiana por Flaubert y por la recreación oral de la literatura, son estas palabras dirigidas también a Felice: “De niño ‒hasta hace unos pocos años aún lo era‒ me gustaba soñar con que leía entera, en una gran sala atestada de gente, toda L’Education sentimentale sin interrupción, durante los días y noches que fueren necesarios ‒eso sí, provisto de mayor fuerza en el corazón, en la voz y en el espíritu‒ por supuesto en francés (¡ay, mi pronunciación!), hasta el punto de hacer retumbar las paredes” (C, 4-5 diciembre 1912, 303).

No dudamos de la capacidad de Kafka para el francés escrito, pero intuimos las dificultades que tendría para entender a un parisino y para hacerse entender ‒él mismo lamenta su pronunciación‒, fuera de las fórmulas de cortesía, de las simples y breves frases cruzadas entre turista y conserjes de hotel, camareros, empleados de museos o similares. Sin duda, en prevención de esas dificultades con el idioma francés en su primer viaje a París, Kafka y Max Brod recibieron en Praga clases particulares de una tal señorita Sutiloff entre el 18 de agosto y el 5 de octubre.

Aparte las dos anotaciones en su diario que ya conocemos, aquel primer viaje a París dejó escasa huella en otros lugares de la obra de Kafka. Una de ellas es la postal ilustrada ‒la gran noria de París‒ que envió a su hermana Ottla con un escueto “Con mis mejores saludos” (C, 16 octubre 1910, 126). Otra prueba de aquel viaje la escribió tres días después de su precipitado regreso a Praga, en tres tarjetas postales dirigidas a Max y Otto Brod, que aún seguían en París, a quienes les cuenta lo que se ha traído de allí: una enorme palidez, cinco nuevos abscesos en la espalda y una dolorosa erupción en la piel, que tardará días en curar, y que Kafka achaca sobre todo a la pavimentación de las calles parisinas; de allí vino también el sueño de una casa construida con coches que circulan uno pegado al otro en todas direcciones (C, 20 octubre 1910, 126).

Es extraño que tengamos tan escasos testimonios después de nueve días en París ‒del 9 al 17 de octubre‒, que sólo sepamos que los tres amigos vieron una función de marionetas, fueron a las carreras de caballos y asistieron al teatro. Hemos de suponer que los checos actuarían como cualquier turista: trotar calles y bulevares, pasear por las orillas del Sena, llegar a la torre Eiffel y al Arco del Triunfo, subir y bajar los Campos Elíseos, perderse en el Louvre, buscar restaurantes y cafés famosos, sentarse en una terraza, visitar Notre Dame y la Sainte Chapelle, cruzar la ciudad en metro, subir a Montmartre, callejear por el barrio latino, por Montparnasse y por Saint-Germain, recorrer de una punta a otra la calle Réaumur, acercarse a la plaza de la Ópera, pasar un rato en el jardín de Luxemburgo, aventurarse quizá por el canal de San Martín o por el bosque de Vincennes, contemplar la escultura de Marianne con el gorro frigio en la plaza de la República, la Columna de Julio coronada por el genio de la Libertad en la plaza de la Bastilla, adentrarse en los pasajes cubiertos, en los grandes almacenes de La Samaritaine, conocer la casa de Victor Hugo, la de Balzac, cruzar el puente de Alejandro al anochecer de regreso al hotel… En fin, patear la ciudad, constatar la grandeur, admirar edificios y perspectivas, cuadros y esculturas, observar el ajetreo cotidiano, el vuelo dorado de las hojas de los castaños, refugiarse en un café mientras llueve, sentirse ‒ellos que lo eran de nacimiento‒ un poco bohemios en la ciudad de la bohemia, evocar a los poetas, a los artistas malditos y a los benditos de esa ciudad que a todos acoge, la vieja Lutecia, la fortaleza merovingia, la ciudad de los salones ilustrados, de las pelucas empolvadas y de la guillotina, de los bistrós, de las iglesias y de los buquinistas… Sí, extraño que el complejo Franz Kafka ni siquiera mostrara la superficie de la ciudad luz. ¿Indiferencia ante aquella ciudad que tanta historia, tanta novedad y tanta belleza acumulaba? No lo creo. Me inclino, visto lo que cuenta de esta primera visita, por los problemas de salud. Franz Kafka, ya lo hemos dicho, era un hombre enfermizo: las caminatas, las pocas horas de descanso, las comidas, las acostumbradas dolencias, su escasa resistencia física, pronto le pasaron factura y no tuvo más remedio que abandonar París en derrota, como Napoleón en Waterloo.


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1. Franz Kafka, Cartas. 1900-1914. Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2018.
2. Franz Kafka, Diarios. Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Barcelona, 2000.

martes, 5 de octubre de 2021

De parte de sor Rosa

La Closerie des Lilas cerrada aún. Callejeamos por el barrio latino: la Sorbona, los adoquines del 68. Las gárgolas de Nôtre Dame. El Sena verde oscuro. Frío. Cerveza y un delicioso conejo a la provenzal. Crepes y cafés en «La Frégate».

De parte de sor Rosa ‒una de las monjas que regentan la residencia de mayores donde Mari es cocinera‒ , traemos el encargo de saludar a la hermana Antonia María Olmedo, de la comunidad de La Milagrosa, en el número 140 de la rue du Bac. Después de atravesar un patio rectangular se accede a la capilla de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa. Presidiendo el altar principal, la Virgen coronada por doce estrellas relucientes, aplastando con su pie la serpiente del mal y saliendo de sus manos rayos plateados, alegoría de las mercedes que otorga a quien se las pide. A su derecha, la visionaria Luisa de Marillac, cofundadora de las Hermanas de la Caridad, cuyo cuerpo incorrupto se conserva en el interior de una estatua yacente. El otro cofundador, Vicente de Paúl, a la izquierda, en mármol blanco, en su brazo derecho un niño dormido que apoya la cabeza sobre el hombro del santo varón. Impresionante la capilla a rebosar de gente de todas las razas, edades y vestimentas orando ante la imagen de la Virgen, y los cientos de placas de mármol en las paredes del patio agradeciendo la gracia recibida. Una auténtica sorpresa este fervor católico en el cogollo de la capital de la República. Mati, que antes de entrar se quejaba de un fuerte dolor en la planta de los pies, ha hecho su oración a la Milagrosa y después de recibir una medalla por su donativo, sale asombrada de la capilla, asegurando que le ha desaparecido el dolor. La hermana Olmedo estaba fuera de París en esos días, pero la sor con la que hablamos aseguró que le transmitiría el saludo y los buenos deseos de la hermana Rosa, compañera de noviciado.

En una papelería de la zona compro un cuaderno hecho en Suecia, con las tapas de cartón forradas de tela azul. Decido dedicarlo a textos sobre París.

A primera hora de la tarde, galopada por el Louvre. Multitud en la cola de acceso, en la de los tiques, en las salas. El gentío, cámara en alto frente a las obras estrella: Gioconda, Victoria de Samotracia, Venus de Milo, La Coronación de Napoleón, La Libertad guiando a su pueblo... Tropel agobiante por los pasillos del palacio. Habrá explicaciones psicológicas y sociológicas de este afán fotografiante de la multitud, que impide contemplar la obra. Ante tal espectáculo ‒no le veo sentido a hacer fotos de lejos a un cuadro, con quince o veinte filas de personas delante, todas con el brazo alzado sobre las cabezas, disparando la cámara, para atormentar luego a sus amistades con cientos de fotos de cientos de cuadros, mal enfocadas, mal iluminadas, mal encuadradas‒, prefiere uno, como suele hacer, esperar a comprarse una postal en la tienda del museo, o ver la obra en la pantalla de su ordenador. En tales situaciones, le sale a uno la intolerancia sin tapujos y prohibiría hacer fotografías en todo el museo bajo pena de torsión de nariz, arrancamiento de cabello y palitrocazo en las onejas, como haría el rey Ubú. ¿Qué pensará la esposa de Francesco del Giocondo ante esa inmensa muchedumbre que acude cada día a su sala para hacer clic y perderse de vista para siempre?

Una cerveza en Le Madrigal mientras cae la nieve sobre los Campos Elíseos. Volvemos al hotel en metro. Cenamos en la habitación: vino tinto, quesos y patés. Luego vamos al espectáculo del Molino Rojo: 500 euros en champán y risas.



viernes, 1 de octubre de 2021

Góngora y el volcán


Foto: Abián San Gil Hernández. Tomada de elDiario.es

 Las imágenes del Cumbre Vieja en erupción ‒rojo magma saliendo por el cráter a más de mil grados, columnas de gases tóxicos, cenizas, ríos de lava, rugidos del volcán, terremotos‒ me recuerdan aquellos versos de Luis de Góngora, de la Fábula de Polifemo y Galatea, en que nos presenta al terrible y descomunal cíclope y la cueva en que habita. He aquí los versos en que el poeta cordobés describe el entorno paisajístico de Polifemo:


Donde espumoso el mar sicilïano

el pie argenta de plata al Lilibeo

(bóveda o de las fraguas de Vulcano,

o tumba de los huesos de Tifeo),

pálidas señas cenizoso un llano

cuando no del sacrílego deseo‒

del duro oficio da. Allí una alta roca

mordaza es a una gruta de su boca.


Desmesurado el decir, casi impenetrable el sentido ‒¿Quién será ese tal Tifeo? ¿Sacrílego deseo? ¿El duro oficio? ¿Qué pinta ahí una mordaza?‒ el estilo culterano de Góngora se muestra aquí en toda su pujanza, irrespirable desde punto de vista sintáctico y con oscuras alusiones mitológicas. Para facilitar la cabal comprensión de estos endecasílabos, y sin ánimo de mejorar ni corregir al autor, deshago aquí el desorden de las palabras (hipérbaton) y reordeno la estrofa con unas mínimas variaciones respecto al original:


Donde el espumoso mar siciliano

argenta de plata el pie al Lilibeo

(que es o la bóveda de las fraguas de Vulcano

o la tumba de los huesos de Tifeo),

un llano cenizoso da pálidas señas

del duro oficio o del sacrílego deseo.

Allí, una alta roca es mordaza

a la gruta de su boca.


Aún así, el sentido completo de los versos permanece en la calígine, tenebroso ‒igual que el interior de la cueva de Polifemo‒, como si una capa de ceniza o una nube de gases impidiera la claridad significativa y el esplendor de la realidad creada por el poeta, por lo que nos parece necesaria una explicación en román paladino, que actúe como filtro oxigenante y purificador. La imagen de los dos primeros versos nos traslada a un lugar de Sicilia bañado por el mar, concretamente a un promontorio llamado Lilibeo, situado en el extremo occidental de la isla. El color blanco de la espuma de las olas aparece doblemente metaforizado con el argenta y el de plata, que hoy confluyen en lo blanco del preciado metal, aunque en la época del autor, “argentar” equivalía a cubrir algo con un metal, teniendo la necesidad de un sintagma que indicara el metal específico ‒argentar de oro, de plata, de cobre…‒, por lo que el poeta no cae en caprichosa redundancia, sino en necesaria especificación. Quede, pues, claro que las espumosas olas del Mediterráneo bañan los pies del monte Lilibeo en Sicilia.

La alusión a esta prominencia rocosa que se adentra en el mar queda complementada por una elusión ‒referirse a algo, hurtando su nombre‒ que remite al Etna, situado justamente en el extremo oriental de la isla: no se dice el nombre del volcán, pero está más que sugerido con la mención de Vulcano y de Tifeo en los dos versos entre paréntesis, los cuales vienen a decir que bajo la mole del volcán hay una enorme cavidad o bóveda, que bien pudiera ser la fragua del dios Vulcano o la tumba de un tal Tifeo.

Vulcano, equivalente del griego Hefesto, era el dios del fuego. Físicamente deforme y cojo, tuvo amores con mujeres hermosas, como la mismísima Afrodita, y era el herrero de los dioses y de los héroes. Cuenta la leyenda que cuando nació y lo vio su padre, Zeus, éste no pudo soportar la imperfección y la fealdad de su vástago, lo arrojó del cielo y después de un día precipitándose desde las alturas vino a caer en el mar, donde dos oceánides lo recogieron, lo cuidaron y terminaron construyéndole una fragua en una profunda gruta de la isla de Sicilia. En realidad, cuando los hombres dicen que el Etna ha entrado en erupción lo que ocurre es que Vulcano ha encendido su fragua y se dispone a fabricar los rayos fulminantes de Zeus, el tridente de Posidón, el carro de Helios o la coraza de Aquiles.

Pero no es esa la única explicación que da la tradición a las devastadoras erupciones del volcán. Otro relato mitológico se remonta a los tiempos en que no había humanos sobre la tierra y dominaban en ella los gigantes. Uno de ellos ‒el ser más grande que jamás ha existido, su cabeza llegaba hasta el cielo, con sus brazos extendidos, una mano tocaba el Oriente, la otra el Occidente, sus ojos lanzaban fuego, los dedos eran cabezas de serpiente y de sus piernas nacían innúmeras víboras, tenía alas y producía horrísonos ruidos‒ promovió la revuelta de los gigantes y acaudilló la osada empresa de tomar el Olimpo y expulsar de él a los dioses. Todos los inmortales huyeron, excepto Zeus, que, después de inmensos sufrimientos ‒el líder rebelde le cortó los tendones de brazos y piernas y los escondió‒, lo persiguió por toda la tierra hasta que consiguió aplastarlo arrojándole una montaña encima. Ate aquí cabos el lector y diga para sí el nombre del gigante rebelde enterrado bajo el Etna, porque ese y no otro monte fue el que le echó encima el todopoderoso Zeus, de modo que las erupciones del volcán no son más que los terribles berridos y venenosos bufidos de rabia, de lava, del monstruoso gigante.

Complejo, como vemos, el asunto de las alusiones y las elusiones, y larga la explicación de estos dos versos parentéticos, pero creemos que se ha purificado el aire y resplandece la luz en la primera mitad de la octava real. Así se las gastaba don Luis de Góngora y Argote con sus lectores, le gustaba sumirlos en las tinieblas y alardear de sus conocimientos del mundo grecolatino.

En ese rincón de Sicilia donde las olas con sus blancas crestas de espuma lamen los pies del monte Lilibeo-Etna, encontramos una llanura cubierta de cenizas, que son prueba de lo dicho: o proceden de la fragua de Vulcano (el duro oficio del herrero), o son los restos (cenizas), de Tifeo, que quiso expulsar del Olimpo a los dioses (sacrílego deseo). Pues bien, en aquel paraje se abre una gruta ‒identificada metafóricamente con una boca: la gruta es una boca‒ a la que sirve de puerta o mordaza una enorme roca. Llegados a este punto, podemos decir que la luz se ha hecho: un monte en la costa siciliana, las leyendas sobre la fragua del dios Vulcano y sobre la tumba de Tifeo, la llanura cubierta de cenizas, la piedra que sirve de puerta a una cueva.

Cenizosa en un principio la estrofa gongorina, con resonancias descomunales, sobrehumanas, con un lenguaje aparatoso, extraordinario, hiperbólico en su complejidad sintáctica y retórica. Sorprende la erupción poética gongorina, conmociona al lector ese cúmulo de materia lírica que se remonta a los más antiguos relatos mitológicos grecolatinos, perturba y asombra esa espectacular distorsión del lenguaje, igual que nos sobrecogen las imágenes del Cumbre Vieja en plena actividad, igual que nos suspende el ánimo esa materia ígnea que brota del interior de la tierra, igual que nos deja atónitos ese lento buey de lava que va transformando el paisaje de la isla.


martes, 28 de septiembre de 2021

Paris nos recibe


De cabo a rabo la terminal de Barajas en busca del mostrador de la agencia de viajes. Desde la cafetería vemos el trasiego de aviones en las pistas. Etiquetado del equipaje. Escáner. Como sardinas enlatadas en el avión. Asiento de ventanilla. Miedo en las alturas. Media España nevada. Cruzamos los Pirineos. Inquieto. Estadísticas de accidentes. Aterrizaje perfecto.

París nos recibe con frío. En Orly, el empleado de la agencia pasa lista y nos indica el autobús. Rodeamos la ciudad por el lado este. En el trayecto se presenta el guía —Marchelo— y empieza con las ofertas: Versalles, Disneylandia, París la nuit, paseos por el Sena, recorridos en autobús, Molino Rojo. Algunas parejas se interesan y desde ese momento Marchelo se desentiende de los demás. Nos da su número de teléfono y nos marca la hora en que el autobús nos recogerá el domingo por la mañana.

Cuando nos bajamos en la puerta del hotel caían unos copos de nieve que se deshacían al tocar el suelo. Antes de una hora ya pateábamos Montmartre. Subimos por la calle Blanche y nos adentramos en el barrio calle Lepic arriba. Sacré Coeur y plaza del Tertre. Un italiano recorta en un santiamén mi silueta en papel y me la ofrece por 10 euros. Unos cafés noisettes en «Au Clairon des Chasseurs». Pigalle y las tiendas de sexo.

El primer escritor al que saludé en París fue Stefan Zweig. Ocurrió el viernes 27 de febrero de 2004, a las 9,54 de la mañana. Si preciso la fecha y hora exacta no es por mi buena memoria sino porque quedaron registradas en la cámara digital de Claudio, que sacó la instantánea del encuentro que ahora veo en la pantalla del ordenador. Un poeta junto a otro poeta, dijo Bárbara, como si le pusiera título a la fotografía.

Aquella era nuestra primera mañana en París. Como buenos turistas habíamos madrugado. Después de un abundante desayuno en el hotel —en una cava pequeña con muros y bóvedas de ladrillo— fijamos el itinerario del día: jardines de Luxemburgo, Barrio Latino, Nôtre Dame, las Tullerías y los Campos Elíseos.

Tomamos el metro en Pigalle y en menos de media hora salimos al cielo de París, desvaído, como velado su azul por el frío. Casi nadie a estas horas: un grupo de escolares cruza en dirección a la calle Vaugirard, un par de gendarmes hace ronda con las manos en los bolsillos, unos pocos turistas madrugadores como nosotros, algún corredor, operarios municipales recogiendo las papeleras y trasplantando flores. Una capa de escarcha sobre la hierba. Helado el estanque. Sobre las copas peladas de los árboles destaca la mole negruzca de la torre de Montparnasse. Por todos lados, sillas metálicas cubiertas también de escarcha. Dos gendarmes hacen guardia a la puerta del Senado.

Frente a la alegoría sobre el tiempo, la gloria y el arte en homenaje a Delacroix, un hombre de treinta y pocos años inmóvil en perfecto equilibrio, apoyado sobre la pierna derecha ligeramente flexionada, doblada en ángulo recto la otra, los brazos en paralelo extendidos hacia adelante, enfrentadas las palmas de las manos, no sabemos si alguien concentrado en la meditación o un mimo preparando su espectáculo callejero. Lo cierto es que componía una verdadera estatua que no se inmutó mientras nosotros andábamos por allí haciendo fotos.

A la entrada de la fuente de los Médicis, abrigado y concentrado, un hombre leía. Fue al dejar atrás aquel rincón cuando descubrí la cabeza en bronce:

¡Es Zweig! ¡Zweig! ¡Stefan Zweig!

Les dije que era un escritor austríaco. Les hablé de su vida y de sus obras —tenían aún fresca la lectura de El mundo de ayer, sus memorias; conté a mis amigos cómo un 23 de febrero de 1942, el escritor y su mujer le dijeron adiós a este mundo en su casa de Petrópolis, en Brasil, después de tomar una sobredosis de veronal; de la nota que dejó escrita de agradecimiento al país carioca y de pesar por haber tenido que abandonar una Europa que nuevamente se desangraba en la Segunda Guerra Mundial. Zweig sabía que el antiguo palacio de María de Médicis había servido como prisión en el periodo revolucionario, pero no llegó a verlo convertido en cuartel general de la Luftwaffe por los nazis durante la ocupación, ni por supuesto pudo imaginar que una mañana día de febrero alguien llegado de un pueblo del norte de Córdoba iba a reconocerlo y agradecerle los buenos ratos de lectura con sus libros. De llevarlas conmigo habría leído a mis amigos estas líneas de sus memorias sobre el París ocupado que sí alcanzó a ver: “Ahora el hecho está consumado: la bandera de la cruz svástica ondea en la torre Eiffel, las negras tropas de asalto desfilan arrogantes por los Campos Elíseos de Napoleón, y desde la distancia siento, y comparto, el dolor de los bonachones burgueses de otrora que en sus casas, miran humillados, con el corazón estrujado y dolorido, cómo las botas de los conquistadores huellan sus bistrós y cafés recoletos. Ninguna desgracia me ha confundido, conmovido y desesperado jamás tanto como la de esta ciudad, que tenía como ninguna otra el don de dar felicidad a todo el que se le acercaba, y que hoy yace ultrajada por la fuerza bruta”. 

Por no parecer cargante, y porque no sabía si les apetecía a aquellas horas y con aquel frío una breve charla literaria, opté por la travesura propia de un turista irreverente, y puse mi sombrero sobre aquella cabeza de bronce, con su nariz judía y su bigotito recortado, y sonreí para la foto. Fue mi forma de abrazarlo, de abrigarlo, de susurrarle con el pensamiento que nada vale la muerte de un hombre.


viernes, 24 de septiembre de 2021

El juego de las diferencias

 


Al coger del estante la antología de Manuel Machado en la colección Austral de Espasa-Calpe, recordé que tenía dos ejemplares, uno de la novena edición, hecha en 1975, y otro de la undécima, en 1979. En apariencia son el mismo libro, pero no.

El volumen de la undécima es ligeramente más delgado que el de la novena, no porque aquel tuviera más páginas con los poemas de Manuel Machado, sino porque en el ejemplar de la novena se habían añadido 13 páginas con el listado de volúmenes aparecidos en dicha colección Austral hasta el número 1576.

Perceptible por desgracia a simple vista es la desigual integridad física de ambos libros. En la edición de 1975, las hojas, levemente encoladas, se han desprendido del lomo ‒es el problema de las encuadernaciones a mínimos costes‒, por el mucho tiempo y por el mucho abrir y cerrar, unas veces sueltas, otras en pequeños fascículos de cuatro, siete u ocho páginas, mientras que el de 1979 permanece uno y compacto, como recién comprado y apenas abierto para ser leído.

En la portada del ejemplar de la novena edición, aparece el exlibris que usé durante años: la figura de un ave de vistoso plumaje estampada en tinta roja, y mi nombre, cuando ocultaba el Pérez y firmaba como J. P. Zarco.

Otra diferencia palpable se encuentra en el interior de los libros: si las páginas de la undécima edición aparecen impolutas, sólo con los versos machadianos, en las de la novena se dejan ver signos y breves anotaciones a lápiz, versos destacados ‒Tengo el alma de nardo del árabe español‒; sintagmas subrayados ‒noche morena, noche sultana, nemorosos patios, noche musulmana‒; asteriscos para destacar una estrofa ‒De la noche a la mañana // se me ha ido tu querer. // Agüita que se derrama // no se puede recoger‒; algún cantar sentencioso ‒Hasta que el pueblo las canta, // las coplas coplas son, // y cuando las canta el pueblo, // ya nadie es su autor‒; esquemas métricos, incluso versos que se oían en la radio para anunciar un vino montillano:

Vino, sentimiento, guitarra y poesía

hacen los cantares de la patria mía.

Cantares…

Quien dice cantares dice Andalucía.

La poesía de Manuel Machado surgía de una dual inspiración, el folclore andaluz y el modernismo rubendariano. Respecto a la primera veta, podemos decir que fue un continuador, un letrista de la tradición andaluza en sus diversas manifestaciones, con versos al más puro estilo del cante jondo (soleares, soleariyas, malagueñas, tonás…), o con creaciones más costumbristas, como la copla o las sevillanas. En cuanto a la inspiración modernista, Rubén Darío estaba presente, no imitado, sino bien asimilado: cultismos (clorótica, antífona, nielar), motivos temáticos (el hastío y el vacío existencial, la sensualidad, una religiosidad no problemática, cierto malditismo de estirpe romántica (hetairas y poetas somos hermanos), evasión del presente y evocación de un pasado idealizado (ambientes medievales, renacentistas), uso de símbolos (el ocaso), la búsqueda parnasiana de la perfección formal y de la interrelación de las artes en sus recreaciones de cuadros de Velázquez, El Greco, Murillo, El Tiziano, Botticelli.

A Manuel Machado lo han comparado siempre con su hermano, y aunque fuera mayor que Antonio, lo han considerado por lo general poeta segundón, falto de compromiso social, de profundidad lírica y existencial, cuando no ha sido denigrado por el sorprendente y rápido, es cierto, ingreso en la Academia de la Lengua en 1938, con su ditirambo franquista y su palinodia republicana, y aunque también es cierto que en los últimos veinte o treinta años poetas y estudiosos han reivindicado la valía del autor de poemas como el simbolista «Ocaso», el magnífico «Castilla», el sonetillo «Verano» o sus dos autorretratos, la realidad –la diferencia‒ es que Manuel Machado ocupa mucho menos espacio que su hermano Antonio en tesis doctorales, periódicos, revistas, manuales e historias de la literatura.

Al margen de las evidentes diferencias y de los profundos nexos entre las obras de los dos hermanos poetas ‒que no es el motivo principal de este artículo‒, por encima del deterioro físico o de las marcas y anotaciones a lápiz, hay algo que hace único, y valioso para mí el ejemplar de la novena edición: en el ángulo inferior derecho de una de las páginas de cortesía aparece la firma y fecha en que compré el libro: 18 de febrero de 1978: el día en que cumplía 22 años. El número 131 de la colección Austral fue mi regalo de cumpleaños.

En esa fecha ‒cinco meses antes de acabar Filología Hispánica y de comenzar a trabajar como profesor de Lengua, Literatura, Historia, Latín, Griego y Márquetin en el colegio marista de Córdoba, prorrogando así mi incorporación al entonces obligatorio servicio militar ‒, ya escribía uno versos ‒¿versos? me atrevo a preguntar ahora‒ que no compartía con nadie y que guardaba celosamente en lo más hondo del cajón de mi escritorio. Me ha conmovido encontrar este libro, con esas anotaciones en aquella fecha, porque me ha llevado al yo que uno era entonces, al joven universitario con la cabeza llena de conceptos y de teorías, al inexperto amante ‒unos besos apenas en su historial‒ que vagaba solitario, becqueriano, por la judería en busca de unos ojos donde encontrarse, al inexperto profesor  unos años apenas mayor que sus alumnos, al lector a quien faltaban tantos libros y autores por descubrir, al hijo que ya necesitaba abandonar el nido familiar de Maese Luis y volar por su cuenta y riesgo, al desencantado ‒¿pasota?‒ que había vivido la muerte del dictador y esperaba en vano la revolución. Aquel era el joven que se regaló y leyó y anotó la antología de Manuel Machado el día en que cumplió 22 años.

Ya sabes, paciente lector, qué libro quedará en mis estantes.