martes, 16 de octubre de 2018

Cine cómico


Señoras emperifolladas con aparatosos sombreros, grandes bigotudos de grandes cejas postizas, obreros, transeúntes y curiosos, vagabundos, hombres gordos y mujeres gordas, jóvenes modositas con un novio gilí, camareros, dependientes, barberos y empleados de oficina, mozos de almacén, ricos de frac y chistera, golfillos zarrapastrosos… en las calles de la gran ciudad, en las esquinas con policía de porra y silbato, en los restaurantes, en trenes y tranvías, en coches de bomberos, en pistas de patinaje y en salas de music-hall, en la playa, en el parque de atracciones, en tiendas de tejidos, en las casas burguesas, en un barco de inmigrantes, en una oficina bancaria, en la pista de un circo, en una carnicería, en hoteles con ascensorista… se suceden guantazos, sombrerazos, escobazos, bastonazos, sartenazos, silletazos, martillazos y pisotones en pies gotosos, desmayos, tropezones, giros mareantes, caídas, encontronazos, desmayos, carreras y resbalones… Los niños de mi generación nos partíamos de risa con cine cómico, el programa de televisión que seguía a la película de la tarde de los sábados. Sentados en el suelo de la sala de estar, esperábamos con alegre excitación que en la pantalla en blanco y negro aparecieran el gordito Fatty, el bizco Ben Turpin, el atildado Harold Lloyd, Buster Keaton, el serio, a quien mi padre llamaba «Pamplinas», el gordo, jugueteando con la corbata entre sus dedos, y el flaco con su voz de flauta quebrada, los disparatados hermanos Marx, pero sobre todo Charlot, el vagabundo por excelencia, el hombrecito que a pesar de su marginación siempre conseguía ridiculizar al rico frente al pobre, a la autoridad frente al fugitivo, al aprovechado frente al ingenuo, al poderoso frente al débil, y cuya comicidad provenía de su habilidad física, de su capacidad gestual, de su ingenuidad, y de la ruptura de convenciones sociales, que le permitía seguir siendo un errante y divertido espíritu libre. En aquellos viejos televisores de lámparas y en las pantallas de los cines de barrio, con aquellos cómicos mudos, los niños de mi generación tuvimos la mejor escuela de la risa.
Charlot era un personaje popular entre los niños de mi edad, que ignorábamos entonces la caza al comunista declarada en Estados Unidos desde mediados de los años cuarenta. Su creador, Charles Chaplin, se había convertido en un hombre rico y famoso, célebre también por sus varios matrimonios y sus muchos hijos, que aparecía con frecuencia en las revistas del corazón.
            Cuando los niños nos hicimos jóvenes descubrimos que Charlot, sin perder el humor, había hecho películas serias.
            Hace unos días volví a ver en la televisión El gran dictador, y a recordar la primera vez que la vi: Córdoba, primeros de junio de 1976; veinte años; tercer año de Facultad; últimas clases del curso y exámenes finales. ¡Al fin llega a las pantallas españolas la obra maestra de Charles Chaplin! El gran dictador, Paulette Goddard, Jack Oakie. Mayores 18 y menores acompañados, anunciaba la cartelera.
Mi memoria ha asociado siempre esa película a la primera muestra de cine histórico que se celebró en Córdoba esos mismos días (del 7 al 13 de junio), organizada por el sacerdote cinéfilo Rafael Galisteo Tapia. Me ha hecho creer durante todos estos años que la película de Chaplin formaba parte de la muestra de cine histórico, pero hace unas semanas pude comprobar que no, que fue casualidad —¿o causalidad?—, simple coincidencia de fechas. La película de Chaplin se había estrenado en Madrid el 22 de marzo, pero llegó a Córdoba en aquellos primeros días de junio.
            Vi El gran dictador en el paraíso del cine Góngora, al día siguiente de su estreno en nuestra ciudad. Iba solo. Recuerdo la expectación, la larga cola, algunos comentarios: estreno en Nueva York, el senador McCarthy, la censura, el exilio en Suiza, los aplausos del día anterior…
            Charlot, ahora barbero judío, no olvidaba su esencia cómica, pero en esta ocasión los malos lo eran de verdad y la crítica, la sátira, feroz, una amarga andanada contra las dictaduras, contra la persecución de los judíos, contra el militarismo.
            Recuerdo la larga ovación cerrada, todo el público en pie, tras el discurso final del barbero —era la primera vez que escuchábamos la voz de Charlot—, aplaudiendo la valentía, la sensibilidad, la verdad, la esperanza. Habían pasado solamente cinco meses de la muerte de Franco y quedaba por desmontar todo el aparato de la dictadura para dejar paso a la democracia. Chaplin nos emocionaba ahora por el lado serio de la vida, por el lado del compromiso, por la ilusión con que los jóvenes acogíamos aquella historia, aquel famoso discurso que aún mantiene vigencia. Fui consciente, mientras aplaudía, de estar en un cine y de haber visto una película, una ficción, pero de estar también en un acto político, de afirmación de una voluntad colectiva, de asistir a una ocasión histórica, a un momento inolvidable de reivindicación emocional e ideológica. Sí. Charlot invitaba a la deserción de los soldados, a la lucha contra los totalitarismos, a la conquista de la democracia por el pueblo, de la libertad, al derecho a la utopía, a la felicidad.  
            El mensaje de Chaplin llegaba cuando nuestro país daba sus primeros pasos hacia las primeras elecciones libres tras cuarenta años de dictadura, y los jóvenes creíamos profundamente que la democracia traería trabajo, seguridad y futuro. El nuevo mundo que proponía el barbero judío —¡Vosotros, el pueblo, tenéis el poder!— encajaba con la nueva España que los jóvenes empezábamos a vivir.



miércoles, 3 de octubre de 2018

2 + 2


Pertenecía a la fauna de los que sienten placer desasosegando, amenazando. Pertenecía a la fauna de los retorcidos que elogian para despertar el recelo, para punzar el amor propio, para tantear irritante en la inseguridad y en el desánimo.
Ignacio Aldecoa
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            La muerte no es un mal, porque libera al hombre de todos los males y, al mismo tiempo que los bienes, le quita los deseos. La vejez es el sumo mal, porque priva al hombre de todos los placeres, dejándole el apetito hacia ellos, y porque lleva consigo todos los dolores. Sin embargo, los hombres temen la muerte y desean la vejez.
            G. Leopardi
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            La soledad solo le devuelve a uno, aumentado, lo que uno le lleva con ilusión.
Juan Ramón Jiménez
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            Sobre la poesía no ha dicho nada casi ningún poeta; pero en cambio hay bastante papel emborronado por muchos que no lo son.
G. A. Bécquer.

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domingo, 30 de septiembre de 2018

Duelo en el paraninfo (Epílogo)


Polemista, de notable presencia en la vida pública española a través de sus artículos periodísticos, creador de opinión, a favor o en contra, difícilmente podían sus contemporáneos permanecer indiferentes a sus ideas y apreciaciones; hombre político, de pensamiento y de acción, contra la nefasta monarquía de Alfonso XIII, contra la infame dictadura de Primo de Rivera, contra el terror y la sangre, viniera de los hunos, viniera de los hotros, durante el poco tiempo que vivió de la guerra civil.
            Mi primer Unamuno fue La tía Tula, el volumen número 1 de la Biblioteca Básica Salvat. Luego, en los años del COU y primeros de la Facultad vinieron los azules, verdes, rosas, violetas y amarillos de la colección Austral, según se tratara de cuentos y novelas, ensayos, obras dramáticas, poesías o biografías y memorias.
            En aquellos años juveniles buscaba uno ya la buena literatura, pero también modelos, referentes políticos y éticos. Unamuno era uno de ellos. Sus nivolas abordaban cuestiones que uno también se planteaba. La historia de la tía Tula, la rebeldía existencial de Augusto Pérez, la pérdida de la fe de don Manuel Bueno, las partidas de ajedrez de don Sandalio, las nuevas andanzas de Don Quijote y Sancho… Lo único que no entendía en hombre tan racional, tan inteligente y culto, eran sus angustias, sus crisis religiosas, sus dudas respecto a la existencia de Dios. Pero disfrutaba con su literatura de fondo, de pensamiento, con sustancia.
Unamuno era un escritor activo, que hacía pensar, pues convertía el libro en un interlocutor que hablaba, y polemizaba, con el lector. Eso era lo distintivo, la novedad de sus obras, la unamunidad: el libro como conversación, como búsqueda dialéctica de respuestas. Y de preguntas.
Fue una decepción saber que el escritor había saludado con el brazo en alto el golpe militar y la llegada de los franquistas a Salamanca, leer en periódicos de la época que creía en el general Franco y en la cirugía sanadora de los militares, comprobar que el gran intelectual del 98 renegaba de los gobiernos y de los políticos republicanos, cuya ineptitud había llevado al desastre, aunque casi por esos mismos días —poco duró su fervor franquista— don Miguel comprueba que con los militares llega también la barbarie y la sangre, y piensa que una dictadura fascista arrastrará a España a la desgracia.
Comprobada la contradictoria postura de nuestro hombre, pura paradoja vital, sabedor de que aquel 12 de octubre Miguel de Unamuno se jugó el tipo frente a Millán Astray en el paraninfo, convencido de la contundencia de sus palabras, fuesen literalmente las que fuesen —al guion de su breve discurso anotado en el reverso de la carta de la mujer del pastor, y a los testimonios de los presentes y del propio Unamuno, vuelvo a remitir al lector—, admirado de su entereza moral, con cierta pesadumbre por saberlo solo, despreciado, insultado por los unos, y amenazado, confinado en su casa por los otros, consciente de su valor histórico, y simbólico, elegí la fotografía número 1, a la que puse por título: el viejo Unamuno tras su última lección en la Universidad de Salamanca.


martes, 25 de septiembre de 2018

Underground




Literatura ficción


              Durante mis años universitarios —del 73 al 78—, el verbo consagrado, conjugado en todas sus formas activas y pasivas, era transgredir, y transgresión el concepto, el marchamo identificador de la valía de una obra o de un autor. Eran tiempos aperturistas, de finiquito de la dictadura, de reivindicación de las libertades públicas e individuales, de oxigenación del país tras cuarenta años atosigado por carcas y turiferarios. Con transición política llegaban también las estéticas transgresoras.
            En ese medio ambiente rupturista y transgresor, un día entré en una librería y salí con El escritor, de Azorín, en la serie azul de la colección Austral. Luego vinieron las confesiones de un pequeño filósofo, La voluntad, Pueblo, Rivas y Larra, Antonio Azorín, La ruta de Don Quijote, Al margen de los clásicos, Los pueblos y la Andalucía trágica…, en fin, que me hice azoriniano durante una buena temporada, aun tratándose, como le dijo una vez Pío Baroja, de un “escritor gubernamental”. Lo leía siempre en aquellas terceras, quintas y octavas ediciones o reimpresiones de la simpar colección Austral, cuyos volúmenes modernos, no así los antiguos, estaban pésimamente encolados y se descuajaringaban enseguida, desprendiéndoseles las hojas de volandero espíritu que a veces se colocaban fuera de lugar o se perdían irremediablemente. ¡Pobre Azorín, en qué malas ediciones lo ha leído uno siempre! Pero con qué gusto y cuánto ha aprendido uno en sus páginas.
            El libro que recomiendo hoy tiene dos partes. Dos títulos. Dos colecciones de artículos sobre escritores españoles. Los clásicos, desde la Edad Media hasta el XVIII. Y los modernos, desde Pereda a Rubén Darío.
           
Clásicos redivivos
            En algunos de estos retratos se le nota a Azorín su amor por el cine, o al menos su frecuentación: como en fotografías o sucesión de fotogramas va componiendo el retrato de los escritores: Berceo en una humilde celda, pensando y componiendo su alegoría romera; Manrique en una ciudad de nuestro tiempo; el frailecico Luis de Granada, que regresa en tren desde Lisboa a Madrid; Teresa de Jesús, que visita sus conventos de Castilla y Andalucía en un automóvil Ford; Miguel de Cervantes, melancólico en el café madrileño El Lion d’Or, buscando editor para su novela sobre un loco, incapaz de competir en el teatro, no ya con Lope de Vega, sino con Jacinto Benavente; Góngora en la consulta del doctor Marañón , viviendo en una ciudad fabril cuyas chimeneas lo ennegrecen todo, soñando, alucinando un mundo perfecto; Lope, creador de un emporio cuyos productos —los mejores, los más prácticos, los más económicos— se publicitan y exportan por todo el mundo; don Gabriel Téllez, Tirso de Molina, en la lectura de Marta la Piadosa, ante la compañía que la va a representar en el teatro Infanta margarita; doña María de Zayas en su vejez madrileña, pobre, solitaria, olvidada; Feijóo, director de un periódico al que puntualmente llegan por televisión noticias de las cinco partes del mundo; Jovellanos, contemporáneo de Unamuno y de Martínez Sierra, en el ensayo general de El delincuente honrado, con Catalina Bárcena de primera actriz; Moratín hijo, malhumorado, sin dinero, sin éxito…

Clásicos futuros
En esta segundo parte, Azorín muestra su mejor vena de periodista, de cronista y reportero: una visita a Pereda en sus últimos días, el robo de un cuaderno de notas personales de la biblioteca de Clarín —“Yo lo he guardado ávidamente en mi bolsillo. No, no cometía latrocinio; usaba un derecho no escrito”—; el maestro Unamuno recibido por incondicionales en la estación de las Delicias; Rubén Darío de veraneo en Asturias…
Sigiloso, de puntillas, perceptible apenas, con imaginación y sensibilidad, Azorín nos acerca a la intimidad de estos escritores, a escenas de su vida cotidiana y nos dice sobre ellos lo que no encontraremos en las historias de la literatura. No reinterpreta, como hizo Unamuno con don Quijote y Sancho, revive, hace contemporáneos suyos a los retratados, redivivos, como afirma en el breve prólogo: “La imaginación desvaría por lo pretérito; me encuentra a la par en el pasado y en el presente […] ¿Y por qué no serán de hoy los que fueron de ayer? Fueron de ayer; pero son de todos los tiempos. Vivieron ayer y viven hoy”.
Nunca el lector ha tenido tan cerca, tan vivos, a nuestros clásicos, tan contemporáneos.




viernes, 21 de septiembre de 2018

Duelo en el paraninfo (6)


Contamos también con testimonios de tres asistentes al acto: Eugenio Vegas Latapié, consejero nacional de Falange, José Pérez Villamil, psiquiatra de Millán Astray, y Emilio Salcedo, periodista del diario salmantino La Gaceta Regional, que ofrece la versión más completa y ajustada a la realidad. Los tres pueden leerse como anexo al ensayo que Severiano Delgado Cruz, bibliotecario de la salmantina, publicó en internet el 8 de mayo de este 2018, «Arqueología de un mito: el acto del 12 de octubre de 1936 en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca». El objetivo de este trabajo es doble: insistir en que es imposible saber la literalidad del discurso improvisado de Unamuno, que fue radiado, como los demás discursos, pero no grabado; y advertir de la naturaleza literaria del texto de Luis Portillo, y por ello, de la inclusión de elementos ficticios que confieren dramatismo al cruce verbal entre Unamuno y Millán Astray: “Para escribir su «Unamuno’s Last Lecture», Luis Portillo[1], que escribía de memoria, utilizó la mayor parte de estos elementos y los reorganizó […] para montar una escena de teatro litúrgico, en la que no pretendía reproducir el acto del 12 de octubre, sino armar un combate entre el Bien y el Mal. Pero ese relato, sacado de su contexto y popularizado por Hugh Thomas, ha tenido como consecuencia que todavía en nuestros días se siga considerando el discurso de Unamuno escrito por Luis Portillo como palabras textuales del rector de Salamanca”.
             El texto de Severiano Delgado provocó que algunos revisionistas con mala intención y ánimo de sembrar confusión aprovecharan que el Pisuerga pasa por Valladolid para escribir titulares, y artículos, tendenciosos. El ABC del 8 de mayo pasado destacaba: «Venceréis pero no convenceréis: desvelan la mentira del enfrentamiento entre Unamuno y Millán Astray». El lector Juan Manuel Riesgo en carta del 24 de mayo al director de El País afirma taxativo: “al final del acto Unamuno se despidió cortésmente de Millán-Astray, lo que demuestra que no hubo incidente entre ellos”. En La Gaceta (La información alternativa) del 24 de febrero de 2017, después del título  —«Los documentos que muestran la falsedad. La mentira del enfrentamiento entre Unamuno y Millán Astray en Salamanca»— leemos: “La tradición historiográfica de la izquierda lleva ochenta años repitiendo la mentira del enfrentamiento entre el rector de la universidad de Salamanca en 1936, Miguel de Unamuno, y el fundador de la Legión, el general Millán Astray”. Los hispanistas franceses Colette y Jean-Claude Rabaté, recopilan algunos más de estos titulares negacionistas: La gran mentira del 35. Un discurso inventado. Unamuno con Astray, no en contra. Astray tendió la mano a Unamuno. Unamuno y Millán Astray: fake…
Tras la muerte de Unamuno, el 31 de diciembre de 1936, aparecieron en la prensa española y francesa crónicas, artículos y entrevistas que recordaban el acto en el paraninfo. Sin ánimo de exhaustividad ofrecemos al lector interesado una selección de aquellos textos[2], al tiempo que lo remitimos a las biografías de Unamuno escritas por Emilio Salcedo, Luciano G. Egido, Colette y Jean-Claude Rabaté, Jon Juaristi.
De momento no hay una versión incontestable de lo dicho literalmente por don Miguel en el paraninfo. Sí podemos afirmar que sus palabras de protesta y denuncia provocaron los gritos contra los intelectuales del general y su destitución como rector.
Unamuno, recordémoslo ahora, acogió con esperanza el golpe militar y el inicio de la guerra: creía que los generales salvarían la República española, y con ella la civilización occidental, de la invasión comunista. Sí, quien había denunciado una y otra vez desde la prensa la corrupción moral de Alfonso XIII, la brutalidad y la torpeza de la dictadura, quien fue desterrado por Primo de Rivera en febrero de 1924 a la isla de Fuerteventura y permaneció exilado en Francia hasta 1930, quien se presentó y resultó elegido concejal independiente republicano del ayuntamiento de Salamanca en las municipales de 1931, quien proclamó la República en la Casa del Pueblo de esa ciudad y aceptó la presidencia del Consejo de Instrucción Pública en el primer gobierno de Alcalá Zamora, saludó a la romana a las tropas golpistas que tomaron Salamanca el 19 de julio de 1936. A causa de esta notable defección, el gobierno republicano lo destituye de sus cargos, empleo y sueldo un mes más tarde, el 22 de agosto, pero el 1 de septiembre, la Junta de Burgos lo restituye.
En los primeros días de guerra, Unamuno hace varias declaraciones coincidentes sobre el papel de España, y de los militares, en la cultura europea. Así, en su discurso al aceptar el cargo de concejal del ayuntamiento franquista de Salamanca, el 25 de julio, afirma: “Hay que salvar la civilización occidental, la civilización cristiana tan seriamente amenazada”.
Pero pronto aparece la barbarie: el 24 de julio es cesado en la rectoría Salvador Vila Hernández; el 29 de julio, los “señoritos de Valladolid” asesinan en la carretera a Casto Prieto y José Manso; el 1 de agosto es detenido Atilano Coco, pastor protestante; unos días más tarde, el médico Filiberto Villalobos; todos amigos suyos. Se suceden encarcelamientos injustificados y ejecuciones sumarias. Unamuno, además, está más que preocupado por sus hijos: Fernando y Pablo, aislados en  Palencia y en Zamora; de José, Ramón, y de su yerno y secretario, José María, que están en Madrid, no sabe nada desde el 18 de julio.
“En aquellos momentos —escribe Blanco Prieto[3]— Salamanca era una ciudad tomada por los militares, falangistas y guardia cívica, donde la represión ordenada por Mola para evitar cualquier intento de respuesta a la sublevación, era inmisericorde y brutal”. En aquella España desgarrada por la guerra, Unamuno acaba repartiendo responsabilidades y mandobles a uno y otro lado, como se aprecia en la carta a Lorenzo Giusso, escrita el 21 de noviembre, pero que recoge una opinión que Unamuno ya debía tener formada antes del 12 de octubre: “Todo lo que se diga de la salvajería de las hordas llamadas rojas o marxistas (??) es poco, pero y la de los otros. Tan salvajes como los hunos son los hotros, en esta guerra sin cuartel, sin piedad, sin humanidad y sin justicia. De un lado, criminales vulgares, expresidiarios, degenerados sin ideología alguna, y del otro lado... Y es que lo de España es una enfermedad mental colectiva, una epidemia frenopática, una especie de parálisis general progresiva, y no sin cierta base somática. Es el régimen de terror por las dos partes. España está asustada de sí misma, horrorizada. Ha brotado toda la lepra católica y anticatólica. Aúllan y piden sangre hunos y hotros”.
En ese ambiente y circunstancias llega el 12 de octubre y la celebración del día de la Raza. Poco antes de las doce de la mañana, el vicerrector de la Universidad, Esteban Madruga, recoge al escritor en su casa de la calle Bordadores para acompañarlo al acto académico en el paraninfo. De camino le cuenta cómo ha ido el acto religioso en la catedral y le hace prometer que se limitará a abrir y cerrar oficialmente el acto, que no intervendrá como orador. Tras reestructurarse la mesa presidencial por el retraso de doña Carmen Polo, don Miguel declara abierto el acto en nombre del Jefe del Estado y comienzan los discursos. Cuando el primer orador, Ramos Loscertales, alude a la anti-España que representan vascos y catalanes separatistas, más de uno observa cómo el rector saca de su bolsillo un papel y comienza a hacer anotaciones con un lápiz. Una vez acabados los discursos, don Miguel se levanta, con el papel en la mano, y comienza a hablar, “con la voz más velada a incisiva que nunca, con aire de indignación, rompe el silencio que se ha cernido sobre el atestado Paraninfo”.
Ya sabemos que aquellas palabras no se grabaron. Hemos comprobado también que la memoria es caprichosa, o sospechosamente selectiva, o interesada. No hay manera de citar literalmente las palabras del maestro. ¿Utilizó el infinitivo argumental, Vencer no es convencer? ¿La perífrasis modal de posibilidad, Podréis vencer pero no podréis convencer? ¿O el más directo y provocador futuro imperfecto de indicativo, Venceréis pero no convenceréis?
Pero, leído lo leído, creo que sí podemos hacernos una idea muy aproximada de las palabras de Unamuno, de aquel duelo entre la razón y la sinrazón, entre la dialéctica y las armas, entre la compasión y la sangre derramada. A pesar de sus bandazos ideológicos, don Miguel tuvo un gesto último de dignidad, y de valentía personal, qué duda cabe, nos dio su última lección al condenar los métodos fascistas, la misma que hubiera dado a los miembros del gobierno republicano si hubiera tenido ocasión. Me imagino la mirada atónita de muchos, el nerviosismo de doña Carmen Polo, que no llegó a desmayarse, pero sí debió de inquietarse por lo que allí se estaba diciendo, la rabia de Millán Astray y sus gritos violentos, los murmullos de desaprobación de algunos profesores, los gritos nacionalistas entre el público, la imagen pétrea, elegante, de don Miguel, ajeno a los vivas y a los arribas, a los abucheos y a los insultos, a las amenazas…
Sí, una pena que no se grabara aquel discurso…, pero una suerte que don Miguel sacara aquella cuartilla del bolsillo de su chaqueta y comenzara a apuntar, porque ese papel sí que se ha conservado. Era el reverso de la carta que días atrás le había escrito Enriqueta Carbonell, la esposa del pastor Atilano Coco, diciéndole que su marido estaba detenido bajo acusación de “masón” y rogándole a Unamuno que se interesara ante las autoridades franquistas por su amigo, que finalmente sería fusilado el 9 de diciembre.
En el reverso de esa carta, escrito a lápiz encontramos el guion del improvisado discurso de Unamuno. Léalo el lector paciente, cáselo con lo anteriormente leído, y piense en la verdad que contiene.






[1] Efectivamente, la versión más conocida de aquel enfrentamiento es la de Luis Portillo, que no asistió al acto del paraninfo, publicada en inglés en diciembre de 1941 en Horizon, una revista londinense de literatura y arte. Doce años más tarde, el escritor Cyril Connolly incluyó el texto en The Golden Horizon (1953), donde debió leerlo Hugh Thomas, que lo incorporó a su ensayo La guerra civil española, traducido al español en 1962 por Ruedo Ibérico.
[2] ABC¸27 enero 1937, p. 8. La Libertad, 5 enero 1937, p. 6. La Libertad, 28 enero 1937, p. 2. Le Petit Journal, 1 enero 1937, p. 3. L’Intransigéant, 3 enero 1937, última página.  Le Populaire, 5 enero 1937, p. 3.  L’Humanité, 7 enero 1937, p. 8. Le Figaro, 9 enero 1937, p. 6. El Día de Alicante, 6 febrero 1937, p. 1.
[3] Francisco Blanco Prieto, «Unamuno y la guerra civil», 16 febrero 2009, p. 22. Disponible en internet.

lunes, 17 de septiembre de 2018

Duelo en el paraninfo (5)


            Los periódicos del momento, como vemos, cumplen su función, desinforman a diestra y a siniestra. Los de derechas, exaltando a los suyos y omitiendo hechos, los de izquierdas, cundiendo rumores e inventando disparates, de manera que ni por las fotografías ni por las informaciones publicadas en los días inmediatamente posteriores al 12 de octubre, podemos tener idea exacta de lo ocurrido y dicho en el paraninfo salmantino.
         Desechada en parte la sesgada prensa de aquellos días, nos quedan otras fuentes de información: protagonistas de los hechos, asistentes al acto, prensa posterior a la muerte de Unamuno, prensa de los años cuarenta, biografías del escritor.
            De los protagonistas de aquel acto en el paraninfo, disponemos de testimonios del propio Unamuno, de un artículo de José María Pemán y de un informe de Millán Astray. El artículo de Pemán apareció en el ABC de Madrid del 26 de noviembre de 1964. Después de 28 años, la memoria del poeta gaditano había dejado algunas cosas en el tintero: los discursos de Maldonado y yo … eran todo el programa del acto…dos oraciones puramente universitarias de Hispanidad… Al acabar nosotros, sin que Millán, que estaba en el estrado como público, hubiera dicho ni pío, se levantó don Miguel. No recuerdo exactamente lo que dijo en los pocos minutos que habló… sí recuerdo que el discurso fue objetante para varias cosas de las que andaban en curso en aquellos días exaltados. Recuerdo que combatió el excesivo consumo de la palabra «Anti-España»… Cuando terminó y se sentó se levantó, como movido por un resorte, el general Millán Astray … No fue discurso. Fueron unos gritos arrebatados de contradicción a Unamuno… Lo que dijo fue «¡Mueran los intelectuales!... Hizo una pausa. Y como vio que muchos profesores hacían gestos de protesta, añadió con un ademán tranquilizador «Los falsos intelectuales, señores». Terminó los gritos, que no llegaron a un minuto, diciéndole imperativamente a don Miguel: «Y ahora dé el brazo a la señora del Jefe del Estado». Don Miguel se levantó y le dio el brazo a doña Carmen que presidía, y con ella salió del salón. Subraye, destaque en negrita o retiña el lector a su equitativo juicio.
Lo mismo puede hacerse con el informe titulado «Conducta observada por D. Miguel de Unamuno, en su calidad de Rector Honorario de la Universidad de Salamanca, con motivo de la fiesta del día de la Raza de 12 de octubre de 1936», escrito por el general en enero de 1942. El texto se reproduce en la página 202 del libro de Luis Eugenio Togores, Millán Astray legionario, disponible también en versión digital, a la que remito al lector.
Finalmente, Unamuno se refirió en varias ocasiones a aquel juego derivativo de palabras —Vencer no es convencer— y a las consecuencias acarreadas. A primeros de noviembre, el periodista francés Jérôme Thoraud acudió a casa del escritor para entrevistarlo, y este le facilitó copia de un “pequeño manifiesto” que acababa de redactar. El original de ese texto se conserva en la Casa Museo de Unamuno en Salamanca y en él se lee: “por haber dicho que vencer no es convencer, ni conquistar es convertir, el fascismo español ha hecho que el gobierno de Burgos que me restituyó mi rectoría … ¡vitalicia!, con elogios, me haya destituido de ella sin haberme oído antes ni dándome explicaciones”. Casi las mismas palabras utiliza en la carta que escribió a su traductora al italiano, Maria Garelli, el 21 de noviembre de 1936: “Y por haber dicho esto en público, y que vencer no es convencer, ni conquistar es convertir, y haber pedido otros métodos, el gobierno dictatorial militar que me restituyó mi Rectorado me ha destituido de él sin oírme ni darme explicaciones”. Días más tarde, en carta del 1 de diciembre, Unamuno es algo más explícito con su amigo Quintín de Torre: “En una fiesta universitaria que presidí, con la representación del general Franco, dije toda la verdad, que vencer no es convencer ni conquistar es convertir, que no se oyen sino voces de odio y ninguna de compasión. Hubiera usted oído aullar a esos dementes de falangistas azuzados por ese grotesco y loco histrión que es Millán Astray! Resolución, que se me destituyó del rectorado y se me tiene en rehén”.
Don  Miguel, ya lo hemos visto, era consciente de que sus palabras ni cayeron en saco roto, ni se las llevó el viento, llegaron limpiamente al centro de la diana, denunciaban con valentía los métodos fascistas, las detenciones de gentes de bien, los tiros en la plaza, los muertos en la cuneta. Así lo entendió sin duda Millán Astray, de ahí su grito contra los intelectuales traidores, y todo el que estaba pendiente de las palabras pronunciadas en la tribuna del paraninfo aquel mediodía de octubre. Esos brazos derechos alzados con las palmas al frente, esas bocas que gritan vivas y consignas, ese abigarrado enjambre fascista que rodea a Miguel de Unamuno a la salida del paraninfo no lo estaba jaleando precisamente.