jueves, 19 de mayo de 2022

Técnicos de Investigación Aeroterráquea

 A mi hijo Álvaro

Se me ha venido la imagen mientras tomaba notas para un artículo sobre los casos de espionaje salidos a la luz estos días de mayo: cena familiar rutinaria en el pabellón del cuartel; llaman a la puerta; abrimos y antes de entrar hasta el pequeño comedor muy serio, Barrena, el guardia de puertas pide la venia.


¿Da usted su permiso, mi sargento?
Adelante, Joaquín, dime.
Un mensaje cifrado, mi sargento, urgente.

Aprieta los labios y se queda mirando al frente, erguido, como no viéndonos. Mi padre se levanta. Está en camiseta de tirantes. Entra en su dormitorio y sale abotonándose la camisa verde detrás del guardia. Serio. Apurado.


Un mensaje cifrado.
Eso qué es, mamá.
No sé, hijo, cosas oficiales.
Y seguimos cenando.

Primavera y verano del 68. En los telediarios veo algunas imágenes de París. Llegan más mensajes cifrados a la centralita de radiotelegrafía del cuartel. Alguna vez mi padre trae a casa las claves y el mensaje para que le ayude. Me divierto al principio, luego me aburro: instrucciones sobre servicios y vigilancia en la población.

Esa imagen del mensaje en cifra que necesita una clave para ser entendido me lleva a otra en plena infancia, cuando mi hermana y yo hablábamos también en jerigonza, intercalando entre las sílabas de una palabra una sílaba con la letra p más la vocal que correspondiera yopo mepe llapamopo jupuanpa joposepe peperezpe zarpacopo‒, hasta que se nos enredaba la lengua y la risa nos impedía seguir con el juego.

El dominio del lenguaje encriptado ‒recuerdo haber usado también el morse con mis amigos y compañeros de clase‒ transmitía sensación de poder, de seguridad y de superioridad ante quien desconocía el código. Los mensajes en cifra eran cosas de niños, como las charadas y los jeroglíficos, como los enigmas y acertijos que aparecían en los tebeos. Y los espías eran aquellos personajes desastrosos, incapaces de resolver un caso a derechas, y que solían acabar escondidos en el desierto de Gobi o en el Polo Norte, como Mortadelo y Filemón, los inigualables agentes de la T.I.A., con el Súper, la gorda Ofelia y el orate profesor Bacterio; como Maxwell Smart, el superagente 86, con su zapatófono; como Anacleto, agente secreto, que no se enteraba de la misa la media; o el internacional Tintín y el borrachín del capitán Haddock, los detectives Hernández y Fernández. Luego, el cine encumbró universalmente al agente secreto 007, con licencia para matar, en compañía de la enamorada Moneypenny, el exigente M, el ingenioso Q, y recientemente lo ha hecho con la saga de Bourne, sin olvidar las parodias del género, como la delirante e hilarante Top Secret, o el no menos alucinante Austin Powers, enfrentado al disparatado doctor Maligno y su Mini Yo. Todos aquellos personajes de tebeo y de cine lo eran de ficción, hasta que en plena adolescencia oímos el nombre de Mata Hari, fusilada en París por cargo de espionaje, y el de Alfred Dreyfus, y comprendimos que los juegos de espías también eran cosa seria y de mayores.

El diccionario académico define como ‘espía’ a quien con disimulo y secreto observa o escucha lo que pasa, para comunicarlo a quien tiene interés en saberlo. Un espía es, pues, un mandado. Cuando está al servicio de dos autoridades estamos ante el clásico «agente doble», como el famoso Kim Philby, que trabajaba simultáneamente para el gobierno británico y para Iósif Stalin. La palabra «espionaje» nos llegó a través del francés espionnage, término que la lengua hermana derivó del germánico spahen. El espion era el soldado que se acercaba o se infiltraba en el campamento enemigo para obtener información.

El primer espía europeo de nombre conocido aparece en la Ilíada. Fue un troyano mal encarado pero excelente corredor, llamado Dolón, que pidió ‒le gustaba la buena vida y el lujo, como a James Bond‒ el carro y los caballos de Aquiles a cambio de infiltrarse en el campamento griego. Disimulado bajo la pellica de un lobo y corriendo a cuatro patas, fue descubierto por el astuto Ulises y su compañero Diomedes, que lo interrogaron ‒cantó la Traviata‒ antes de decapitarlo. El espía está muy cerca del «agente secreto», encargado de realizar misiones secretas ‒obtener información, boicotear, secuestrar, rescatar, asesinar‒ para un Estado. De eso tendrían mucho que contar los agentes Amedo y Domínguez.

Fuera del tiempo de guerra, espiar es una fullería, es hacer trampa, romper el principio de honestidad que debe regir las relaciones entre instituciones y entre países. En un escenario bélico, cada contrincante busca su supervivencia, todo vale para acabar con el enemigo y por eso se admite el espionaje. Lo cuestionable es el espionaje en tiempo de paz.

viernes, 22 de abril de 2022

Ex patria

 «La escena parecía el atrezzo de una mala obra de teatro: una carretera, algunos árboles, un sol que blanqueaba las cosas. Allí, en ese decorado mediocre, estaban Josefina y los Cabrera, apretujados en un Hispano-Suiza a cinco kilómetros de la frontera francesa, en medio de ninguna parte. Pero no estaban solos: como ellos, otros muchos ocupantes de muchos vehículos, y otros hombres y mujeres que habían llegado a pie con sus baúles al hombro, esperaban lo mismo. Huían de la guerra: dejaban atrás sus casas; dejaban atrás, sobre todo, a sus muertos, con esa osadía o ese desespero que le permite a cualquiera, aun al más cobarde, lanzarse a la incertidumbre del exilio […] cuando se oyó un murmullo en el aire, y luego el murmullo se convirtió en rugido, y antes de que la familia se diera cuenta, un avión de caza estaba pasándoles por encima, disparándoles con sus ametralladoras».

«Alona y su pequeño, de 11 años, viajaron junto a una docena de vehículos particulares, ahora revisados por soldados ucranianos o guardias de defensa territorial. Muchos recién llegados se preparan para tomar sus maletas y coger algo de comida en un puesto habilitado para recibirlos, cuando un fuerte ruido sobrevuela sus cabezas. Se hace el silencio, la mayoría de la gente se queda paralizada y los niños miran al cielo...».

Ochenta y tres años separan estas dos escenas. La primera pertenece a Volver la vista atrás¹, la novela en que Juan Gabriel Vásquez reconstruye la historia del director de cine colombiano Sergio Cabrera, creador, entre otras, de La estrategia del caracol, y la de su padre, el canario Fausto Cabrera, escritor, declamador, actor y director de teatro. El relato del cruce de la frontera francesa por medio millón de personas en el invierno de 1939 es de sobra conocido en nuestro país. El segundo fragmento está tomado de la crónica enviada desde Ucrania por Gabriela Sánchez y Olmo Calvo al periódico elDiario.es el 19 de abril de 2022. 

Ochenta y tres años, e idénticos se mantienen los principales elementos de ambas escenas: familias ‒mayores y niños‒ que huyen de la guerra, hileras de vehículos en los puestos fronterizos, bultos con ropa y comida, los aviones, la dramática incertidumbre ante el futuro más inmediato… Sin embargo, una sutil diferencia, un matiz semántico: los españoles del 39 son exiliados; los ucranianos de 2022, refugiados.

En los dos casos se trata de una migración, es decir, de un desplazamiento geográfico de personas, que no obedece a razones económicas. El exilio español de 1939 fue de índole ideológica: aunque hubiera excepciones, quienes cruzaron la frontera eran republicanos que temían ser represaliados por Franco. No parece este el caso generalizado de los ucranianos que han pasado a otros países vecinos. Habrá entre ellos, sin duda, opositores a las autoridades pro-rusas, pero la mayoría huye para salvar la vida, porque sus ciudades y sus casas han sido arrasadas, porque temen también las represalias de después de la guerra. Así pues, la palabra exiliado incluye una connotación ideológica que no aparece con tanta claridad en refugiado, aunque en ambos casos se trata de un desgarrador expatriarseJunto al de la pérdida de un ser querido, el sentimiento más doloroso para las personas es el de tener que abandonar el lugar en que vive, la tierra de sus padres, la madre patria.

Nuestra lengua cuenta con otras dos palabras que recogen este hecho de la separación o la salida de la tierra en que se vive. Tuvieron durante siglos una connotación religiosa, relacionada con la historia del pueblo judío, pero en la actualidad términos como éxodo o diáspora han acogido una segunda acepción más general. La primera ‒del griego éxodos, ‘salida’‒ expresa la salida, la marcha o emigración hacia otro lugar de un grupo más o menos numeroso de personas; la segunda encierra una metáfora agrícola ‒la diseminación de las semillas cuando se arrojan para la siembra‒, procede también del griego (diá, ‘a través de’, más el sustantivo spóros, ‘siembra, semilla’) y se refiere a la dispersión de un grupo humano que abandona su lugar de origen, como ocurre hoy con los más de ochenta millones de refugiados que existen hoy en el mundo.

¹ Juan Gabriel Vásquez, Volver la vista atrás. Editorial Alfaguara, Madrid, 2021, p. 42.

martes, 19 de abril de 2022

Armas y palabras

 Desde que nací en 1956, cuando se libró en poco más de una semana la guerra del Sinaí, hasta hoy mismo, 19 de abril de 2022, en que se cumplen casi dos meses de guerra en Ucrania, no creo que haya habido un solo día de mi vida en que una guerra no asolara este o aquel rincón del planeta. El espíritu belicoso está inserto en la doble hélice de la especie humana, que pronto pasó de formar grupos para cazar animales con que alimentarse, a organizar una verdadera tropa para ocupar el territorio de sus vecinos, acabar con ellos o convertirlos en esclavos y quedarse con sus riquezas. Innato ‒insano‒ afán de poder y dominación, enfermiza animadversión por una etnia, por una religión, por un grupo social, codicia de la riqueza ajena, aberración ideológica llevada al extremo, la guerra es una forma persistente de relación entre los pueblos.

La palabra ‘guerra’ está documentada por primera vez en nuestro idioma hacia el año 1140, en el Cantar de mío Çid, pero no nos llegó por vía de evolución fonética a partir del latín vulgar, ni como préstamo directo de los pueblos germánicos que entraron en la península a partir del siglo IV d. C., sino por la desaparecida lengua fráncica, que en el siglo VII tomó en préstamo la raíz germánica wuerra, ‘pelea, discordia’, madre también del inglés war, del alemán wirren y del guerre francés.

En el diccionario de la RAE, el término ‘guerra’ aparece con seis acepciones ‒desavenencia y rompimiento de la paz, lucha armada, pugna, combate, oposición, grito de ánimo para entrar en combate‒, seguidas de 56 locuciones, que van desde guerra a muerte o guerra sin cuartel, hasta guerra sucia y guerra fría, pasando por guerra biológica, guerra civil o hacer la guerra por su cuenta ‒por su cuento‒, como está haciendo Putin en Ucrania.

Por su parte, en el diccionario de María Moliner pueden contarse más de 270 términos afines y relacionados con el concepto ‘guerra’. Cuantitativamente, desde el punto de vista léxico, como afirma el romanista e hispanista alemán Bodo Müller, la guerra «resulta mucho más interesante que la paz». Prueba de esa riqueza léxica en ese campo es la variedad de procedimientos para la creación de nuevas palabras, un despliegue de recursos que nos recuerda la imagen de los desfiles militares en las fiestas patrias, con la exhibición de las más modernas herramientas bélicas.

La invasión rusa de Ucrania está dejando un importante rastro léxico en nuestra lengua. Si nos fijamos en el casus belli, es decir, en los motivos alegados por Rusia para invadir y arrasar Ucrania, nos encontramos con el expansionismo imperialista, y con unas intenciones supuestamente altruistas, pero en absoluto injustificadas: desmilitarización y desnazificación, como si Vladimir Putin fuese el gran liberador de los pueblos oprimidos, el azote de las dictaduras, el campeón de la democracia. Junto a estos derivados podemos ubicar, en grupo especial, los formados con una preposición y un sustantivo: contramedidas, antitanque, antibuque y las terribles minas antipersonas sembradas a diestro y siniestro por los soldados rusos.

En el procedimiento de composición de palabras, aparecen las tres modalidades reconocidas: compuestos propios, sintagmáticos y locuciones nominales. Compuestos propiamente dichos, también llamados univerbales, son lanzacohetes, lanzallamas, cazabombardero. Los compuestos sintagmáticos, llamados también sinapsias, no presentan unidad acentual ni ortográfica, aunque sí tienen un referente único. Son expresiones fijas, cristalizadas o lexicalizadas, con un significado unitario. En este grupo podemos distinguir las formaciones clásicas, más antiguas, como campo de batalla, reglas de juego, guerra de desgaste, avión de combate, prisionero de guerra, o más recientes, como los misiles de crucero, las mortíferas bombas de racimo, lanzadas vilmente por la aviación rusa sobre objetivos civiles, o las bombas de vacío, disparadas desde vehículos terrestres, de efectos igualmente devastadores e indiscriminados, pues sus explosiones producen temperaturas de entre 2.500 y 3.000 grados y su onda expansiva incendia todo lo que encuentran a su paso: edificios, vehículos, bosques, personas. Es precisamente el uso de estas bombas, prohibidas por las convenciones internacionales, el argumento que maneja la UE para llevar a Putin, y a los subordinados responsables, ante la Corte Penal Internacional bajo la acusación de criminal de guerra o autor de crímenes de lesa humanidad. Esa enorme mortandad de personas ‒más de 20.000 en Mariúpol‒ es otra de las razones por las que el presidente Zelenski insiste en que Ucrania sea declarada zona de exclusión aérea, lo que pondría al resto de Europa, y del mundo, en grave riesgo de guerra.

El tercer tipo de composición incluye locuciones nominales como el inmediato alto el fuego, necesario por parte del ejército ruso, que en su acercamiento, o en su retirada, de algunas ciudades ucranianas está aplicando la estrategia del talco, o sea, machacando un objetivo con todos los medios a su alcance, reduciéndolo todo a ceniza, o, por usar una locución más conocida, igual de genocida, siguiendo la táctica de tierra quemada, que implica la destrucción total del territorio por el que se pasa. Junto a estas locuciones nominales, equivalentes a un sustantivo, cabe distinguir las formadas por un sustantivo más adjetivo, como las clásicas ruleta rusa, los erizos checos con que la resistencia trata de frenar el avance de los tanques rusos, la guerra relámpago que imaginaba Putin sería la ocupación de Ucrania, aplaudida por la extrema derecha de otros países europeos, y la guerra sucia que está practicando, bombardeando los corredores humanitarios utilizados por la población civil para huir de Ucrania, evitando así caer y ser amontonada en una espeluznante fosa común.

No faltan en esta guerra las palabras formadas por componentes griegos y latinos, como la geoestrategiageo, ‘tierra’ + strategia, ‘arte de dirigir ejércitos’‒, que ha llevado a Putin a querer expandirse por el este de Ucrania para tener acceso pleno al mar Negro; como los obuses autopropulsados ‒autos, ‘de o por sí mismo’‒; como los misiles hipersónicos ‒prefijo latino hiper, tomado del griego uper, ‘exceso, grado superior al normal’ + sonitu, ‘sonido’‒, capaces de volar a 12.000 km/h y de alcanzar objetivos situados a 2.000 kilómetros; como las bombas termobáricas θερμos, ‘calor’ + baros, ‘pero, presión’‒,conocidas también por sus sinónimos bombas de vacío, bombas de fuel, bombas de combustible, explosivos de aire combustible o armas de calor y presión.

Un procedimiento gramatical de uso frecuente en estos menesteres bélicos es la aposición, o modificación de un sustantivo por medio de otro sustantivo. Las dos primeras aposiciones que apunté en el cuaderno de notas fueron Grupo Wagner y Organización SWIFT, puestas en circulación al comienzo de la invasión. El Grupo Wagner es una organización paramilitar rusa, no se sabe si al mando del Kremlin o privada, que oficialmente no existe, aunque se conoce su campo de entrenamiento en las cercanías de Krasnodar. Parece clara la intervención de este pequeño y temible ejército secreto en la guerra del Donbás, en la de Siria, en la de Sudán y, más que posiblemente, en la invasión de Ucrania. Fundado por el teniente coronel Dimitri Valeriévich Utkin, que mantiene estrechas relaciones con organizaciones nazis y xenófobas, el Grupo Wagner es propiedad del oligarca Yevgeny Prigozhin ‒«el chef de Putin»‒, dueño de empresas de catering y de restaurantes de lujo frecuentados por el presidente ruso. La segunda aposición, que coincide con el apellido del satírico inglés Jonathan Swift, es la sigla correspondiente a Society for Worldwide Interbank Financial Telecommunication, una red internacional para transacciones financieras, de la que fueron expulsados algunos bancos rusos en los primeros días de guerra.

Habituales son también las aposiciones con epónimos ‒nombres de persona con que se denominan conceptos, accidentes geográficos, ciudades, máquinas, enfermedades, como el internacional cóctel molotov que la resistencia ucraniana lanza contra las fuerzas ocupantes, nombre fraguado en Finlandia durante la Guerra de Invierno de 1939, aunque el uso de estas bombas incendiarias está documentado ya entre las tropas franquistas que asediaban Madrid en 1936, durante la guerra civil española. El epónimo apuesto era el apellido de un comisario político ruso de Asuntos Exteriores, Vyacheslav Mólotov, el cual aseguraba a los finlandeses que en realidad lo que los aviones rusos lanzaban eran canastas de pan… Idéntico el cinismo con que hoy asegura el ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, que los heridos y muertos en los bombardeos de las ciudades ucranias son actores maquillados con gran realismo.

Tan internacional como el cóctel molotov es el AK-47, nombre técnico del popular y eficiente fusil de asalto kalashnikov, creado por el militar ruso Mijaíl Kaláshnikov en 1947. Aparecen también epónimos en aeronaves, drones y misiles: el avión de transporte Ilyushin ‒diseñado por el ingeniero aeronáutico Serguéi Ilyushin‒, un cuatrimotor para transporte de camiones y contenedores; el caza ‒un acortamiento por apócope de cazabombardero‒ Mikoyan, apellido de uno de sus diseñadores, Artion Mikoyan, cuya inicial vuelve a aparecer en la subdenominación, los famosos cazas MIG, acortamiento resultante de las iniciales de apellidos los dos creadores del avión unidos por la copulativa «y» en ruso: Mikoyan y Gurevich > MIG; los helicópteros Mil y los Kamov, que conservan el apellido de sus creadores, los ingenieros aeroespaciales (compuesto univerbal) Mijail Mil y Nicolai Kamov; por cierto, la palabra helicóptero es un término procedente de muy distintos ámbitos del saber, la tecnología y la zoología: hélicos, ‘espiral, vuelta, hélice’ + pteros, ‘ala, pluma’. Mencionaremos finalmente el epónimo con que se conoce el misil balístico Iskander, de fabricación turca, adaptación del nombre griego de Alejandro (Magno), que en turco viene a significar ‘el protector, el defensor de la humanidad’, una verdadera muestra más de cinismo, pues se trata de unos misiles capaces de portar cabezas nucleares. Otro ejemplo perverso de cinismo lingüístico es el de llamar “mariposa” a unas minas antipersonas tan diabólicamente diseñadas que parecen juguetes por su forma y sus colores llamativos, para atraer a los niños, y que se pueden programas para que estallen a la altura de los ojos, del cuello o de la entrepierna de las personas. Sus siglas, además, semejan la onomatopeya de una explosión: POM-3.

La denominación de las armas recurre también con frecuencia a usar un nombre común, alusivo a los efectos causados por las mismas. Así, no resulta difícil imaginar hasta que punto penetran en territorio enemigo el misil Kinzhal (‘daga’, en ruso), lanzado desde un caza, que viaja a velocidad supersónica, o los antitanques Javelin (‘Jabalina’), Solntsepiok (‘Sol ardiente’), Uragan (‘Huracán’), Grad (‘Granizo’).

Como hemos podido comprobar, a la variedad de las armas usadas en las guerras de nuestros días, caracterizadas por el aumento de su capacidad mortífera, corresponde una rica diversidad de procedimientos lingüísticos para denominarlas.

Parece claro también que la especie humana es belicosa por naturaleza, que después de tantos siglos en este planeta, la guerra no desaparecerá de un día para otro, y que Filippo Tommaso Marinetti parecía tener razón cuando glorificaba la violencia en su Manifiesto futurista (1909) y afirmaba que las guerras son la higiene del mundo: de vez en cuando el mundo tiene que sangrar, para purificarse y empezar de nuevo. Las empresas de armamento estarán de acuerdo con él: hay que fomentar las guerras para probar las nuevas armas. Eso mismo debe pensar V. Putin, que se apoya en el etnólogo Lev Goumilev para justificar la invasión ‒las invasiones‒ de Ucrania, al afirmar que las guerras responden a un “impulso biocósmico de carácter cíclico en todos los pueblos”, es decir, que toda nación, y de modo cíclico, tiene la necesidad de un enfrentamiento armado.

La de Ucrania es meridiano ejemplo de guerra injustificable y desigual en cuanto a fuerzas en combate, la versión moderna de Goliat y David, que ganará militarmente Rusia, y moralmente Ucrania; un Goliat implacable que está viendo cuestionado, sancionado, su liderazgo mundial y no duda en aplicar una estrategia de tierra quemada, que va dejando a su paso lo que llamaremos tetralogía del terror civil: ciudades arrasadas, miembros amputados, mujeres violadas, niños asesinados. La barbarie debe acabar de inmediato. El lenguaje beligerante, con su carga devastadora, debe desaparecer y dar paso a la lengua de los afectos, de las ideas constructivas , de la vida en paz. 


viernes, 8 de abril de 2022

jueves, 24 de marzo de 2022

Si vis pacem, para pacem


Cuando un país entra en guerra, lo hace también su idioma, que de un día para otro ‒de dormir en paz a levantarse en armas‒ ve cómo irrumpe en el habla cotidiana una multitud de términos bélicos. Lamentablemente, el campo semántico de la guerra es demasiado amplio en cualquier lengua del mundo, lo cual tiene que ver, sin duda, con la facilidad del ser humano para encontrar argumentos que justifiquen el asesinato de un semejante.

Viendo el escenario dantesco que hoy son ciudades ucranianas como Mariúpol, Kiev o Járkov ‒donde llega la mano de Putin no crece la hierba‒, el penoso éxodo de millones de personas; y leyendo sobre la posibilidad de que el presidente ruso y sus siloviki acaben ‒como Slobodan Milošević, como Radovan Karadžić, como Ratko Mladić y otros extremistas serbios‒ ante la Corte Penal Internacional acusados por sus atrocidades (crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra), me he detenido en la palabra masacre.

Me ha sorprendido lo tarde que entró en nuestro DRAE. A pesar de que las matanzas masivas son una barbarie endémica en la especie humana desde la noche de los tiempos, el término ‘masacre’ ‒«matanza de personas por lo general indefensas»‒ sólo se incorporó en la vigésima edición del diccionario académico, hecha en 1984, aunque el Diccionario manual a ilustrado de la lengua española, publicado en 1927, recogía el verbo ‘masacrar’, utilizado en Chile como galicismo por ‘asesinar’ o ‘matar’, hasta que la definición se cambia en la citada edición de 1984: ‘cometer una matanza humana o asesinatos colectivos’. Hasta esas fechas, nuestro idioma se valía de sustantivos como matanza, mortandad, aniquilación, exterminio, inmolación, hecatombe, holocausto o genocidio.

Las palabras, no los conceptos, ‘masacre’ y ‘masacrar’, nos llegaron por el camino francés, que ya en el siglo XI contaba con un ‘macecre’, al que siguió un ‘marçacre’, para designar la mortandad de mucha gente, y que en el XVII también utilizaba metafóricamente el verbo ‘masacrar’ para señalar la mala ejecución de una obra ‒estropear una cosa tratándola con brutalidad‒, sentido que aún no recoge nuestro DRAE.

La familia de la palabra ‘masacre’ tiene orígenes inciertos, que se remontan a las obras de los escritores romanos Catón (De agricultura) y Plinio el Viejo (Naturalis historia), cuando explican que el agricultor puede valerse de un «malleo aut mateola» ‒un martillo o una maza‒ para ciertas labores. Esa mateola pudo ser la madre de un presunto matteuca, ‘mazo’ o arma compuesta de un palo y una bola de piedra o de hierro en un extremo, emparentado quizá con el mattiobarbulus, que lanzaba bolas de plomo al enemigo, y sin duda con el francés antiguo masse o ‘mango armado con una masa metálica con púas’. De ahí al ‘macecre’, al ‘marçacre’, al ‘machacre’ franceses, y a nuestra ‘masacre’, sólo hay unos siglos de gramática y evolución fonética.

Pero ninguna evolución mental en algunos congéneres, como demuestra Vladimir Putin, que sigue siendo un matón de barrio, un pendenciero de los callejones de Leningrado, un criminal inmune a la devastación y al dolor que provoca.


martes, 22 de marzo de 2022

El legado de Putin (4)

 

 El interior de un edificio destruido en Járkov, Ucrania. EFE/ANDRZEJ LANGEEl interior de un edifici destruido en Járkov, Ucrania EFE/ANDRZEJ E

lunes, 21 de marzo de 2022

Mi biografía rusa


Estos días en que el psicópata Vladimir Putin está arrasando Ucrania, hago de vez en cuando ejercicios de memoria y paso unos minutos recordando palabras rusas acogidas por nuestra lengua, al tiempo que procuro ubicarlas cronológica y afectivamente en mi biografía.

Creo que la primera palabra de origen ruso que oímos las niñas y niños de mi generación vino en días de lluvia, como éste en el que escribo hoy, cuando le pedíamos a nuestros padres unas botas katiuskas yo nunca tuve unas‒, para poder cruzar los charcos sin mojarnos los pies; el no va más eran las de caña alta, que llegaban hasta las rodillas. Aquellas botas de goma negra, además de costar un dinero, que no sobraba en casa, sólo se usaban unos pocos días al año y, por otra parte, no teníamos necesidad ninguna de meternos en los charcos, así que los padres tenían la excusa perfecta para no ceder a nuestro antojo. La segunda palabra rusa más antigua que recuerdo la oí en boca de mi madre, cuando se refirió al abrigo de astracánella nunca tuvo uno‒ de alguna de las actrices, princesas, reinas y «señoras de» habituales en las revistas del corazón. Sé que le pregunté y que al cabo de los años vi alguno de esos abrigos ‒los había también de falso astracán‒ en mujeres muy encopetadas de la ciudad. En aquellos años de la niñez ‒hasta mediados de los 60‒ debió llegarme también la palabra zar (de origen romano, pues procede de la latina caesar), que asocio con una mujer que se presentaba en revistas y periódicos como Anastasia Romanov, única superviviente de la matanza en la casa Ipatiev de Ekaterimburgo, en la madrugada del 17 de julio de 1918. Seguramente, en la misma sarta vino el nombre del enigmático Rasputín, y quizá el de la perra Laika con el de Yuri Gagarin.

De los días hormonales, inseguros y cambiantes de la pubertad, recuerdo a Georgie Dann cantando el «Casatschok», en cuya letra una tal Petrusca tocaba la balalaica. Luego empezaron a llegar palabras de las novelas y cuentos de El jugador, de La muerte de Iván Ilich, de Narraciones de Chejov: la distancia de un lugar a otro en verstas, los rublos que ganaba un funcionario y los kopeks que costaba el pan o el vodka de los pobres, el samovar donde se calentaba el agua para el té, la fiereza de los cosacos, la fe ortodoxa en los iconos y en los popes.

Los de mi adolescencia fueron también tiempos de guerra fría, cuando radios, periódicos y noticiarios de televisión nos bombardeaban a diario con el soviet supremo, el politburó, la nomenklatura, la intelligentsia o las negativas de Andrei Gromico, conocido como míster Niet. Durante esos años finales del bachillerato y primeros de la Universidad, tampoco faltaron rusismos como el fraternal tovarich que aprendieron nuestros republicanos comunistas, o las terribles realidades ocultas en los acrónimos checa, gulag, y la barbarie que suponían el sustantivo pogrom, el adjetivo estalinista. Para entonces, la Rusia inmensa ‒desde el mar de Barents hasta el estrecho de Bering‒, cuya geografía recitábamos de memoria en la escuela ‒los ríos Volga, Yeniséi, Dniéper, Dniéster, Obi, Ural; los lagos Ladoga y Onega, el mar Negro, el mar Caspio; Moscú, Leningrado, Odesa, Stalingrado, y la helada Siberia, más allá de los montes Urales‒, para entonces, digo, la mítica Rusia de Atila y Tarás Bulba, la rusia literaria que habíamos conocido en Tolstoi, en Dostoievski y en Chejov, se nos apareció con la mirada de Boris Pasternak, con la de Alexander Solzhenitsyn, y comprendimos el sentido ‒el riesgo‒ de la palabra disidencia. Y de la palabra purga. En los años 80 ‒¡oh movida juvenil!‒, cuando nos llegó la mancha en la cabeza de Gorbachov, la glasnot, la troika, la perestroika, el beluga y la dacha de Francisco Umbral en Majadahonda, muchos jóvenes españoles ya estábamos desencantados, y nuestra única conexión rusa era fumarnos un sputnik para viajar por unas horas más allá de Orión.

De la mano del azote de Ucrania ‒Putin, el desalmado que bombardea hospitales y viviendas del pueblo; el criminal que masacra a la población civil en la cola del pan; el desequilibrado que amenaza al mundo con una guerra nuclear; el tirano que persigue la libertad de expresión; el demente que tiene la llave del gas y del petróleo de Europa; el majara con delirios de grandeza que se cree el nuevo gran timonel de la nueva Rusia y pretende restaurar la nefasta, por autoritaria, asfixiante y beligerante, unión de repúblicas soviéticas; el responsable del éxodo, hasta hoy, de más tres millones de personas‒, de esa mano genocida han llegado estos días de 2022 ‒mediada la sesentena de mis años‒ dos palabras que toda democracia debe desterrar: oligarca y silovik. Los europeos occidentales reconocemos la primera como nuestra, pues los antiguos griegos ya la usaron para designar la degeneración en el gobierno de sus ciudades-estado: lo que en un principio fue una aristocracia («el gobierno de los mejores»; aristós, ‘mejor’ + arjía, ‘poder’), acabó convirtiéndose en una oligarquía (oligós, ‘pocos’ + arjía, ‘poder’), en el gobierno de unos pocos, que solo miraban por sus propios intereses políticos y económicos. Los oligarcas rusos que hoy ven inmovilizados sus capitales y sus fabulosos yates, controlan la vida social, económica y política de la federación rusa, son multimillonarios, «nuevos rusos» los llaman, practicantes de la «plutocracia» (el gobierno de los más ricos) ‒alguno de ellos relacionado con la mafia rusa‒, que monopolizan la enorme riqueza del país, dueños de redes sociales, bancos, empresas tecnológicas y de armamento, petrolíferas, explotaciones mineras, fondos de inversión, equipos de fútbol y de la NBA, cadenas de restaurantes, taxis, plataformas de comercio electrónico, que han adquirido su riqueza con el corrupto beneplácito de Putin, aprovechando la privatización de las empresas estatales de la antigua URSS.

Junto a los oligarcas, que suelen tener residencias fuera de Rusia ‒uno de ellos, Abramovich, el dueño del Chelsea, tiene nacionalidad rusa, israelí y portuguesa‒, están los siloviki, los «hombres fuertes», los compañeros, amigos y colaboradores íntimos de Putin ‒generales, altos funcionarios, políticos‒ absolutamente leales y obedientes, antiguos oficiales del KGB o de otros cuerpos de seguridad del estado, «securócratas», que dirigen la invasión de Ucrania desde el Kremlin sin discutir las órdenes del trastornado timonel. En palabras de la analista Tatyana Stanovaya, estos hombres «dominan la agenda, alimentan las ansiedades de Putin y provocan y aumentan la tensión».

Al ver estos días imágenes de la invasión y destrucción de Ucrania, del salvaje y trágico asedio de ciudades, del éxodo de la población, de la falta de alimentos, agua, luz, medicinas, no puede uno evitar el nudo de dolor, de impotencia, y de enojo contra el despiadado Vladimir Putin, que ‒jaleado por sus amigos oligarcas y siloviki‒, solo aporta miedo, corrupción y barbarie al pueblo ruso, al pueblo ucraniano y a la comunidad internacional.