lunes, 10 de mayo de 2021

La señorita Grete (5)


5   La República de Saló

 En la primavera de 1948, el músico Wolfgang Schocken, que vivía entonces en Jerusalén, me escribió para revelarme que Kafka había tenido un hijo. Como prueba me mostraba la carta de una cierta señora MM, que había sido una de sus amigas cercanas”, así comienza un artículo de Max Brod reproducido en el suplemento literario del periódico francés L’Humanitéi en marzo de 2005, que coincidiría en buena parte con el texto publicado por él mismo en la edición inglesa de su libro Sobre Kafka, aparecido en 1954. Para Schocken, el hombre aludido era Franz Kafka, y la “señora MM”, evidentemente, nuestra Margarethe (Grete) Bloch, una “hermosa mujer, independiente intelectual y económicamente, habituada a guardarse para sí sus reacciones emotivas”, en palabras de Brod. Recuerda éste que conoció a Grete Bloch por casualidad, aunque “ignoraba que hubiera existido la menor amistad entre ella y Kafka. De hecho, según lo que Franz me había dicho, yo pensé que su relación había sido más o menos hostil. En el diario de Franz hay varios indicios que van en la misma dirección”. No duda Brod del efecto que hubiera supuesto para su amigo el saberse padre, “habría ejercido una influencia benéfica en su desarrollo […] Se habría sentido ennoblecido […] la confianza en sí mismo que le habría aportado este hijo habría podido salvar la vida del propio Kafka”.


Imagen tomada de: Giorgio Zampa, Rilke.
Kafka. Man. Letture e ritratti tedeschi. De Donato Editore, Milano, 1968

Tras reproducir el fragmento que ya conocemos de la carta de Grete Bloch a Schocken, Brod da cuenta de la huida a Suiza, el viaje a Palestina, los años en Florencia y el posterior traslado a San Donato Val di Comino, y la posibilidad, remota, de que algunas cartas de Kafka estuvieran en manos de “cierto ilustre profesor, que había obtenido una visa de emigración a Chile para Grete Bloch”. Ese profesor es, sin duda el Ernst que aparece en la carta a Schocken, y que no consiguió el visado para ella: “Ernst ha vuelto a Chile. Lo llamaron No quería ir sin mí. Pero como no me dieron permiso, no quise ni pude quedarme con él”.

Seis años después de que Schocken escribiera la carta a Max Brod, éste decidió hacer pública la historia del hijo de Grete Bloch en la monografía que publicó en inglés en 1954. Ese mismo año, el periodista y germanista italiano Giorgio Zampa, antes de que apareciera el libro de Brod, había emprendido una investigación sobre el asunto que fructificó primero en un artículoii aparecido en el semanario El Europeo en septiembre de ese año, y más tarde en sus Letture e ritratti tedeschi (1968). Después de entrevistarse en Florencia con dos personas ‒la señora Heinitz y el doctor S‒, Zampa viaja a San Donato Val di Comino y habla con Carmela Cardarelli, entonces empleada del Registro, que lo encaminó al hotel Gaudiello, donde Margarethe Bloch estuvo alojada un tiempo, coincidiendo con otras mujeres deportadas, cultas y elegantes las recordaban algunas vecinas, como la conocida actriz austriaca Grete Berger. Después del Gaudiello, Grete Bloch se alojó con los Tullio, con los Coletti y finalmente con los Carcone. La siguiente visita de Zampa es a la calle Mazzini, domicilio de la familia Carcone. El señor Arturo Carcone, relojero, que tuvo una corta relación sentimental con la señorita Grete, confirma haberle escuchado la historia del hijo, de su relación con el escritor checo y haber visto un álbum con fotografías; también le habló de aquella ocasión, el 18 de septiembre de 1943, tres días antes de que Mussolini proclamara la República Social Italiana, en que ella le confesó que estaba al límite y poco después intentó suicidarse, salvándola de milagro el doctor Massa, que entabló a partir de entonces una buena amistad con ella.

Sobre el ánimo, más bien el desánimo, con que Grete vivía aquellos días ‒el dolor por abandonar su vida anterior, el sufrimiento de la guerra, la denegación por tres veces de un permiso de residencia (Inglaterra, Palestina, Chile), la angustia de saberse perseguida por la autoridades nazis, la inseguridad del día a día, la soledad en que vivió todos aquellos acontecimientos hicieron mella en una mujer brillante y de carácter decidido, que se las había tenido que arreglar sola desde los dieciséis años. No nos extrañe, pues, el choque emocional, la crisis y el hundimiento anímico, la depresión: “Cuando la mujer refería este hecho ‒leemos en los ritratti de Zampaiii‒, estaba en un estado de salud precario; su equilibrio psíquico estaba turbado por la angustia ante la suerte que le esperaba, por las condiciones en que se encontraba junto a otros correligionarios, después de que el gobierno italiano hubiera promulgado las leyes raciales. Esto me lo ha confirmado un profesional que durante un tiempo la trató a diario, incluso hubo un momento en que Bloch, al límite de su resistencia, se refugió en la morfina”. Interesantes, sin duda, las palabras del escritor italiano ‒sabemos de tres doctores que trataron a la Bloch, dos en Florencia, nombrados como doctor S. y doctor Hs., y uno en San Donato, el doctor Massa‒, aunque adolecen de cierta inconcreción al no revelar la fuente de tal información y no poder situar los hechos en Florencia o en San Donato.

Resulta extraña hoy la insistencia de Margarethe Bloch en la historia del hijo habido con el escritor checo. Tres personas que la trataron confirman la historia prácticamente en los mismos términos: la relación con Kafka, libros suyos, cartas y fotografías, un álbum con fotos de Grete y el niño, la muerte prematura de ambos… y la ninguna importancia que le dieron a la historia.

La muerte del niño ocurrió, según confiesa Grete a Wolfgang Schocken, en 1921, cuando iba a cumplir siete años, por lo que habría nacido en 1914. Recordemos aquí que el intenso intercambio de cartas entre Kafka y Grete Bloch se alarga apenas nueve meses, desde noviembre de 1913 a julio de 1914, y que en ese tiempo solo se vieron dos veces, los últimos días de octubre, en Praga, y en los primeros días de junio, cuando se celebró en Berlín el compromiso oficial de noviazgo entre Kafka y Felice Bauer. Cabe la conjetura. Y el embarazo. Pero hemos de tener en cuenta las cartas y los diarios de Kafka, donde no hallamos mención alguna a la gravidez de Grete. ¿Iba Kafka, que ya había escrito la historia de la fatal relación entre un padre y un hijo en La condena, a desaprovechar en su escritura la ocasión de hacerse, o saberse, padre? ¿El creador de Karl Rossman, al que sus padres embarcan hacia Estados Unidos porque ha dejado embarazada a una criada, ocultaría su propia experiencia? ¿El autor de La metamorfosis, que trata sobre las complejas relaciones entre hermanos y entre padres e hijos, no iba a mencionar jamás el asunto de su paternidad? Todo nos hace pensar que Franz Kafka, ni para bien, ni para mal, tuvo noticia del embarazo y alumbramiento de Grete Bloch. Es cierto que en alguna ocasión, ella mencionó en sus cartas un affaire con un misterioso desconocido, “el hombre de Múnich”, y una innominada joven, asunto sobre el que Kafka no sabe nada: “Dígame, por favor, si no le importa ‒le pregunta a Grete en carta del 12 de febrero de 1914‒, ¿quién es ese hombre de Múnich? ¿No ve ni oye? ¿En qué consiste la importancia que usted tiene para él y él para usted?” Un mes despuésiv, a ruegos de Grete, Kafka ha escrito al misterioso hombre de Múnich ‒”La carta a Múnich ha sido echada al buzón, no sin ciertos reparos”‒, y al día siguiente le confiesa: “La carta a Múnich la eché en el buzón enseguida, sin saber si hacía bien, cosa que sigo sin saber hoy tampoco. Como no soy capaz de juzgar la situación, le obedecía. Una visita siempre aclara las cosas, ¿por qué no iba a hacerlo ésta? Doy vueltas, sin resultados, a la relación que pudo existir entre usted, la muchacha y el hombre. ¿Fue en Berlín?” Que este hombre de Múnich hizo madre a Grete Bloch parece cosa inaveriguable por ahora, como lo fue entonces para Kafka.

Si no es bastante con lo escrito por él en las dos cartas que acabamos de citar, leamos lo que le escribe unos días después de verla en Berlín a primeros de juniov: “¡Lo que debe usted haber sufrido en los últimos meses mientras yo no paraba de escribir únicamente sobre mí, al principio incluso de forma alevosa! Nada sé de su desgracia doméstica, por supuesto, pero ¿no cree usted que aquello que la ha atormentado y todavía la atormenta allí ha generado por reacción todas esas fuerzas positivas con que ahora consigue manejarse tan bien ante el mundo?” Ningún asomo de que Kafka esté al tanto del problema de Grete. Si es que existía el problema.

Tampoco vamos a negar rotundamente la maternidad de Margarethe Bloch, pero ningún documento o testimonio da fe de que tuviera un hijo, que naciera en tal fecha y lugar, y muriera en Múnich en 1921. Ni siquiera la presunta madre llega a declarar el nombre de su hijo. La historia tiene visos de ser invención, al menos en la adjudicación de la paternidad a Franz Kafka, si es que en la famosa carta a Schocken el hombre aludido es el escritor checo. Puede que sí, desde luego, cabe que la independiente y particular señorita Bloch tuviera un hijo ‒¿con el hombre de Múnich?‒ y mantuviera oculta la identidad del padre. El hecho es verosímil, aunque poco probable, sobre todo si se piensa que Bloch lo confiesa 26 años después, cuando Kafka llevaba 16 años enterrado. Erich Heller y Jürgen Born, responsables de la primera edición de las Cartas a Felice, publicada en Alemania en 1967, prefieren, sin argumentos incontestables, situar el nacimiento del hijo de Grete Bloch ‒si es que lo hubo‒ en los primeros meses de 1913, antes de que conociera a Felice (en Fráncfort, en abril) y a Kafka (en Praga, a finales de octubre). Si fue así, lo siguiente que hay que pensar es que el niño enseguida fue dado en adopción, y que la independiente, retraída y “particular” señorita Bloch mantuvo el secreto ante Kafka.

Las hermanas de Arturo Carcone describían a Grete como una mujer “reservada, tímida, que no se relacionaba con los otros internados”, testimonio que contrasta con los recogidos por Alessandrina de Rubeisvi, según los cuales la señorita Margherita ‒50 años, delgada, pelo canoso, ojos negros, brillantes e inquietos‒ era una mujer muy viva y generosa, con “algo místico”, que necesitaba relacionarse, hablar con la gente, integrarse en la vida cotidiana, tratando de ser útil ‒conseguía frutas, verduras de temporada y otros suministros extra‒, no una carga para la familia que la acogía. Donato Coletti, que tenía 15 años en 1943, la recuerda con un bolso blanco de bordes plateados, hablando a menudo con sus padres, o escondida de los nazis alguna vez en la parte alta del pueblo, a donde su padre le llevaba comida; Pasqualina Perrela, de 22 años entonces, encargada de la censura postal, y Carmela Cardarelli también se acuerdan de Grete, a la que proporcionaron falsos papeles de identidad, lo mismo que a todos los judíos confinados en San Donato. Todos ellos recibían una ayuda estatal de 12 liras al día y tenían asistencia médica gratuita. Grete sobrevivía en aquella penuria con algunos envíos de dinero, libros y otros cosas útiles enviadas por sus amigos de Florencia. Hasta 1942, los judíos de San Donato vivieron con cierta tranquilidad, que desapareció con la llegada de una División de Infantería alemana a mediados de septiembre de 1943, los bombardeos, el racionamiento y la escasez de sal y harina. Para esa fecha, Grete Bloch se había convertido de forma voluntaria al catolicismo, según consta en los archivos parroquialesvii.

De poco sirvió esta conversión in extremis. En la primavera de 1944, un mes antes de que el ejército aliado rompiera el frente italo-alemán en Montecassino y las tropas de la Wehrmatch se replegaran hacia el norte, los acontecimientos se precipitan en San Donato. Las autoridades alemanas habían emitido un bando para que todos los judíos confinados en la localidad se presentaran en la comandancia y recogieram una tarjeta roja que les permitiría moverse libremente por la zona: “Hubo quienes, no fiándose, huyeron, pero la mayoría cayó en la trampa”, traducimos de Giorgio Zampa, pues a la semana siguiente, en la mañana del Jueves Santo, 6 de abril, una patrulla de soldados alemanes fue deteniendo a los judíos en los domicilios que ellos mismos habían facilitado al retirar la tarjeta roja, y subiéndolos a un camión. 16 personas en total. Entre ellas, Grete Bloch. El grupo es trasladado al día siguiente a la prisión de «Regina Coeli», en Roma, en la que permanecen dos días, antes de ser trasladados a Fossoli. Allí habrán de esperar hasta el 16 de mayo, en que los hacinan junto a otros deportados en un vagón sellado que forma parte del «convoy 10» con destino a Auschwitz, a donde llegan 8 días después y donde permanecen otro día más en el vagón antes de apearse y llegar al momento de la clasificación.

En su texto de 1954, Max Brod refiere que Margarethe Bloch murió a manos de un soldado alemán, que le abrió la cabeza a culatazos, pero en un artículo publicado por Enzo Tortora en junio de 1970viii, se recoge el perturbador testimonio de la señora Rosa Myler: “Nos llevaron de San Donato a Fossoli, y de aquí, en un vagón cerrado, nos llevaron a Alemania. Nos hicieron bajar en una estación con un nombre trágico: Auschwitz. Y aquí, a la entrada del campo (éramos muchos) adoptaron una táctica curiosa. Hicieron entrar a los deportados en parejas. Grete Bloch y yo íbamos juntas, cogidas de la mano. Un alemán nos clasificó. Una a la derecha, otra a la izquierda. No tenía lógica: parecía que simplemente querían alojarnos en barracones alejados unos de otros. En cambio, los que se fueron por la izquierda, entraron (como me pasó a mí, por pura casualidad) en un barracón. Los de la derecha acabaron inmediatamente en las cámaras de gas. A la pobre Grete le dijeron «derecha». Eso es todo. No la mataron con la culata de un fusil: la asfixiaron, como a tantos, en las cámaras de gas”. Esa terrible escena de la llegada en masa al campo y la caprichosa, despiadada, clasificación, tantas veces recreada en la literatura y en el cine, nos recuerda aquellas líneas tremendas de Primo Leviix: “Considerad si es un hombre … quien muere por un sí o por un no”. Una sola palabra, un mínimo gesto, significaba la muerte inmediata.

La vida de Margarethe Bloch es triste porque acaba en circunstancias lamentables y antes de tiempo, como la del hijo que aseguraba haber tenido, como la de su querido Franz Kafka. Grete fue una mujer inteligente y capaz, con arrojo para encontrar su independencia económica y sentimental ‒quizá por eso evitó la atadura del matrimonio‒, que acabó sola, con fama de extraña, de persona “particular”, quizá un poco ida por la morfina y por el maremoto nazi que había arrasado su vida y la de tantos, arrastrando tres maletas con los restos del naufragio hasta un pueblo del interior de Italia para terminar gaseada en un campo de concentración.

Final atroz de una vida. Así y allí, en Auswichtz, había muerto Ottla Kafka en octubre de 1943. Así y allí moriría Julie Wohryzek, la segunda novia de Kafka. Así murieron en Chelmno, Gabriele (Elli) Kafka y su hija Hanna, y su hijo Felix, que lo hizo en Le Vernet. Así, en Ravensbrück, murió Milena Jesenská. Así, en Treblinka, murió el amigo Jizchak Löwy. Así desaparecieron seis millones de personas. Sí o no. Izquierda o derecha.

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NOTAS

i  Max Brod, « Le fils de Kafka», Les lettres françaises, 29 marzo 2005, 3.

ii  El Europeo, Año X, n.º 37, 12 septiembre, 1954. No hemos encontrado el título del artículo de Zampa.

iii  Giorgio Zampa (1968), «Kaspariana 3», encarte entre las páginas 96-97.

iv  Carta del 2 de marzo de 1914, Cartas, 721.

v  Carta del 8 de junio de 1914, Cartas, 830.

vi  Alessandrina De Rubeis, «Gli ebrei internati a San Donato Val di Comino: 1940-44 (parte V). Margarethe Bloch», en la web Centro Documentazione e Studi Cassinati.

vii  Grete Bloch fue bautizada el día 14 de junio de 1943 por el párroco don Donato di Bona. Sus padrinos fueron el doctor Guido Massa y su esposa, Francesca Sipari.

viii  Enzo Tortora, «Il misterioso figlio di Kafka», Il Resto del Carlino, 6 junio, 1970, 3.

ix  Primo Levi, Si esto es un hombre, Muchnik Editores, 2000, 11.

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Imagen tomada de: Giorgio Zampa, Rilke.
Kafka. Man. Letture e ritratti tedeschi. De Donato Editore, Milano, 1968

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