miércoles, 21 de septiembre de 2022

Naturalismo japonés

 


«En un remoto y miserable pueblo costero del Japón medieval, aislado del mundo por el mar y las montañas, un padre debe venderse como esclavo durante tres años para alimentar a su familia. Deja entretanto sus responsabilidades a su hijo Isaku, obligado por las circunstancias a aprender deprisa los secretos de la vida adulta. Pronto descubrirá que estos secretos van mucho más allá de las artes de la pesca, sobre todo cuando sus mayores, en un tono a la vez terrible y esperanzado, dejan escapar las palabras O-fune-sama. Detrás de ellas se esconde la fuente de todas las fortunas del pueblo. Pero no hay fortuna sin retribución». Este es el texto de la contraportada que sintetiza la novela del escritor japonés Akira Yoshimura (1927-2006).

Llama enseguida nuestra atención la manera precisa, implacable, de contar la historia. Estamos ante un narrador bisturí, aunque más acertado sería hablar de un narrador catana, o de un narrador tantō (el puñal que los samuráis utilizaban para el ritual del harakiri), que nos ofrece un retrato escalofriante y descarnado de esta pequeña comunidad que vive sobre todo de la pesca: como si viésemos el filo desgarrando la carne y dejando a la vista las vísceras, no con regodeo, sino con minuciosidad de científico positivista.

Las vidas de los habitantes de la aldea están mediatizadas por la Naturaleza, verdadera protagonista, generadora, de la historia. El bosque y la montaña inmediatos, y el mar, imponen con sus ciclos estacionales el ritmo ‒la monótona repetición año tras año‒ de las faenas: la pesca del calamar, de la paparda, de las sardinas, de los pulpos, la recolección de algas y marisco en los arrecifes, la recogida y almacenamiento de leña, o la producción de sal, que en parte se vende, junto con pescado seco, en un pueblo vecino, al otro lado del puerto de montaña, para conseguir grano con que hacer gachas, que es la comida diaria.

La aldea, cuyo nombre y ubicación geográfica desconocemos, vive en un tiempo anterior a la organización social y al intercambio comercial modernos; se mueve solo por la supervivencia, por la búsqueda del alimento; es una sociedad ignorante, con unas creencias primitivas, sometida a un poder que no se cuestiona, y que acepta la “esclavitud remunerada”, es decir, la venta como esclavos durante unos años de jóvenes y adultos, que muchas veces no regresan. Por otra parte, carentes de toda conciencia individual y crítica, los aldeanos aprueban que enfermos e inválidos se dejen morir de hambre para así aliviar la situación familiar. Esa desentimentalización y falta de escrúpulos, los ha convertido también en ladrones y asesinos.

El único acontecimiento que rompe la monotonía de la vida en la aldea es el O-fune-sama, una práctica inmoral y delictiva que genera felices expectativas y suele llenar de provisiones las casas de los pescadores, aunque a veces viene acompañada por el diablo.

«Naufragios» es una novela naturalista: nos ofrece una visión rigurosa y cruda de la realidad y de la condición humana, sin escamotear sus aspectos más negativos; refleja la imposibilidad de romper la cadena ‒la condena‒ social, moral, cultural, que ata a los personajes a la comunidad; muestra una concepción determinista de la vida humana, que depende de la Naturaleza, de la herencia; no plantea la posibilidad de nuevas perspectivas individuales ni sociales.

Aun siendo una novela histórica, en ningún momento cae en el costumbrismo, lo cual le confiere universalidad a esta desgarradora historia que invito a leer.

*

Akira Yoshimura, Naufragios. Marbot Ediciones, Barcelona, 2017.


No hay comentarios: