martes, 17 de febrero de 2015

Teselas (2)

         
       La redención por el amor, del amor: luminosa como una mañana de abril con cielos puros y primavera en flor.
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         Quién soy y qué he hecho con mi vida, y cómo me gustaría que fuera en lo que me queda.
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         Lo que hace uno con los años. Lo que hacen los años con uno.
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                 Homonimias
         Ambas palabras comparten origen, nacieron de la misma palabra árabe, zahr (flor), pero no por eso hay que confundirlas en nuestro romance hispano.
         Con frecuencia, un hecho fortuito, una casualidad, es la chiribita que prende en la llama íntima de unos versos, la centella que se eleva fugaz en un aforismo, el súbito destello que despierta a la musa dormida y nos pone manos a la obra en busca de un artículo, de un cuento, de una novela.
         En ese camino, desde la iluminación germinal hasta la escritura del texto, hay quien se convierte en botánico y llena sus versos, o sus párrafos, de flores y flores y más flores —líricos adjetivos, inusitadas sinestesias, melancólicas metáforas y atrevidas comparaciones—, de manera que el lector, más que reconfortado acaba embotado. El exceso de fragancias se convierte en tósigo aturdente, asfixiante.
         La escritura es azarosa. Pero el mucho azahar la hace pesarosa.

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