Para la familia y los más amigos
soy Pepito. Para los conocidos, Pepe. Para los vecinos, el yerno de Tarsicio,
el que está casado con la nieta de Lunares; el yerno de Juanita, la hermana de
Asunción.
Para los
alumnos, para las alumnas, Juan José, unas veces con el din y otras sin el don.
Una compañera,
por afectuoso apelativo, me llama Pérez.
Para otra
gente soy Pepe Pérez Zarco, el Pérez Zarco, o Pepe Pérez. Hasta Juanjo hay
quien me dice, y Pepe Zarco y el Zarco.
Sólo mi padre
me llamaba así. Lo hacía cuando estábamos solos, arreglando algún desperfecto
del pabellón al que acabábamos de mudarnos, instalando enchufes y bombillas,
fijando con grapas los cables de la luz por la línea del zócalo, buscando en
las carpinterías listones para embalar el espejo del armario, cambiando la
correa del ventilador del Seiscientos. En los domingos de Trassierra, cuando
preparábamos el perol. En los días felices de Adamuz, los dos solos en la
Medialegua, trampeando zorzales. Cuando salía de servicio por la sierra y me
lleva a caballo con él y hacíamos noche en las molinas y en los cortijos de la
sierra. Cuando íbamos juntos a las ferreterías y me enseñaba el nombre de las
herramientas y de las piezas. La tarde aquella de Zagrilla en que me enseñó a
jugar al billar. La noche de verano en el Bembézar en que me invitó a mi
primera pepsicola ... Ah ... las burbujas
de la infancia ....
Sólo él, en esas ocasiones de camaradería entre padre e
hijo, me llamaba Pepín.
Pronto hará
dos años que murió.
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