lunes, 3 de octubre de 2011

Monta urbana

(Este relato se publicó en la primavera de 1984 en el suplemento cultural Cuarto y mitad, editado por el Ayuntamiento de Córdoba.)

Haciendo gala de la más elemental teoría de los reflejos condicionados, ya había aprendido a distinguir con sorprendente rapidez el lacónico y rígido “¡Oh! ¡Ah!” de los matrimonios alemanes de la tercera edad, del no menos expresivo “¡Yes, very nice, very nice!” de los siempre tan suyísimos ingleses (con sus narices despellejadas por el sol) o del plebeyuno regusto a berza comunitaria de las enchantées madames francesas. Pero aquel día no pudo más. Dos parejas de pensionados holandeses habían sacado al cochero, que dormitaba perrunamente en la parte trasera de la manola, de esa lasitud vital producida por la tarea rutinaria, la estoica resignación a la pobreza y la escasa clientela de las temporadas lluviosas:
—¿Quieren carrito? Son dos mil el paseíto.
Ya sobre el pescante, investido de la autoridad de un aburrido y pedestre cicerone, el cochero se dispuso a descubrir a sus clientes europeos la typical Cordue a la velocidad del pasitrote. En las pupilas del caballo se barruntaba la catástrofe:
—Yo, el penetrante —rumiaba en sus adentros—, el que pasa veloz, el que deja atrás al rayo, aquí estoy ahora, aherrojado a un destino incivil, de animal folclórico, objetivo de miles de cámaras que me fijarán para mayor lucimiento ante las amistades de sus dueños allende los Pirineos. Yo aquí, sin pertenecerme ya, atrapado en el empleo fijo, en el horario inexcusable, en la raquítica porción de paja que me sirven en ese destartalado barracón de los arrabales de la ciudad, como vulgar hijo de la mediocridad...
Sí, lo habían conseguido ya, convertirlo en otro útil  más de esa tropa jubilada que paga en moneda europea, alquilado del turismo a lo Spain is different, remolcador de extranjeros insaciables de topitípicos que acribillan con sus cámaras el más leve y remoto indicio de tipismo cordobés y saluda en poses electorales a los compañeros que, guardando la disposición por parejas contraída tras dos mil kilómetros de recorrido en autopullman —air conditioned, wc incorporated, 1º prix du tourisme international—, habían preferido formar un abigarrado ciempiés multicolor para adentrarse a pie en el laberinto de la Judería.
Abatido por las cinchas y la carga, nuestro Eolo comenzó su archisabido itinerario, que  podría completar con los ojos vendados: “¿Cuántas veces habré golpeado este asfalto enemigo que me desgasta las herraduras antes de tiempo? ¿Cuántos kilómetros sumisamente recorridos bajo la amenaza del látigo? SP llevo en mi placa de matrícula que me permite pasear turistas: DNI caballuno, beneplácito municipal a mi explotación...”
Mientras iba sumido en tan tristes cavilaciones, su memoria, resignada durante tantos años a la costumbre adquirida por la rutina, sufrió una súbita sacudida y su querencia instintiva lo desvió hacia el rastro provocado por las íntimas secreciones de una hembra. En efecto, al pasar cerca del Depósito de Sementales de la ciudad, el olor en celo de una solípeda virgen pura sangre caló hasta los más hondo de sus pituitarias: “Y yo aquí, exilado de mis compañeros elegidos, ejemplares mimados, dedicados a la feliz fecundación de hermosas hembras andaluzas”. Vano intento fue el de su querencia: en lo más débil de sus costillares sintió los certeros latigazos del cochero obligándole a seguir el camino acostumbrado. “¡Qué lejos quedan ya aquellos encuentros en los eriales del Puerto, donde Descarada II, ilustre hembra cartujana, me dedicaba sus rituales caracoleos para que la montara, antes de ganar eterna fama montada por una rubia walkiria sobre el fondo de un anuncio de coñac...”
Pero todo se acabó desde el día en que un tratante calé lo había llevado a la escuela de veterinarios, donde un experto separó sus genitales con un limpio corte para dejarlo en manos de estudiantes afanados en descubrir la potencia genésica del Equus caballus. Pese a ello, no consiguieron desalojar de su cerebro el instintivo impulso de picar hembras, ni el recuerdo de aquellos efluvios que tan generosas erecciones producían en su espléndida verga negra; esas mismas sensaciones que desde hacía unas semanas le invadían en el sórdido barracón compartido con otros hermanos de su clase, cuando recordaba a la nueva hembra que idénticos ardores equinos le provocaba.
Por eso aquel día, a pesar de los latigazos, y exaltado por el espeso olor a vulva encelada, determinó la consumación tantas veces deseada por su reprimido furor equino. Por eso, desobedeciendo los violentos tironeos del bocado, aguantó el dolor que el freno retrancado le producía en su mandíbula inferior, los nuevos latigazos, los insultos y la mirada sorprendida de los viajeros. Todo estaba decidido ya. En aquel mismo instante había empezado a resolver su profunda crisis existencial, la lucha de su personalidad escindida, la pugna entre su destino de instrumento animal para turistas y su primigenio deseo de libertad que lo llamaba a través de aquella hembra.
Soportando el dolor con la entereza de su raza nacida en las mesetas del Najdj, fue aumentando su velocidad. La marcha al paso se convirtió en ligero trote, en trotigalope y, finalmente, en desbocada carrera hacia ella. Ni los desgarrantes latigazos, ni la sangre que se le mezclaba con la baba de sus belfos, ni las violentas imprecaciones del cochero pudieron detenerlo. Ya ondeaban sus rubias crines al viento. Ya una antigua sensación de veloz libertad ensanchaba las fibras de sus músculos y rompía el anquilosamiento de su esqueleto. Ya empezó a sentir el vértigo de la libre carrera, ya iba viendo el mundo como siempre debía haberlo visto, con la velocidad del frenético galope.
Así, con la boca caliente, salido de caña, se adentró en el paseo de la Victoria. Unas fugaces imágenes de inminente ahogado atravesaron su memoria: ya no estaría más en las mañanas festivas de la feria, ya no cargaría más con la manola atestada de volantes, de flecos sobre los pechos y claveles sobre el pelo de las sultanas cordobesas. Ya no quería estar en el egido de la feria, ni ser caballo de arrastre. Ya no sufriría más. Así, comiéndose la avenida de esbeltas palmeras, sin distinguir luces de semáforos ni peatones confiados, giró bruscamente hacia la derecha, pasando por la antigua puerta de los Gallegos. En esa dirección estaba su destino. Embriagado, jaleado por los gritos angustiados de los ocupantes de la manola y de los cordobeses de a pie que tan caballunamente se habían dejado sorprender, enderezó Gondomar arriba.
Un obstáculo, sin embargo, debía superar en primer lugar: derribar al jinete que montaba a la yegua elegida: desmontar a aquel Gran Capitán que primero vencía y luego liquidaba, caballero dueño de las Tendillas, montillano esencial e indomable soldado en Nápoles y Francia, dios solar en la famosa plaza de la ciudad, febo invicto coronado de laurel, bengala de mando en una mano, invencible espada en la otra, aplomado, erguido, intemporal en el adusto bronce.
Avistado ya el enemigo, fijas las pupilas en el centro de la plaza, fue sembrando el pánico entre las gentes que entraban y salían de los comercios o miraban escaparates, entre mendigos vergonzantes, desocupados profesionales y vendedores ambulantes que abigarraban la estrecha calle. Maremágnum de voces despepitadas, manoteos al aire, atropellos y saltos sobre las aceras, revuelos de faldas y piernas en el asfalto, desorbitados farfulleos en holandés... Arrasándolo todo, arrastrándolo todo bajo sus cascos. Unos metros más y allí estaba ella: la gran yegua madre, arquetipo caballar que lo reclamaba, despertándole sus más tiernas efusiones de equina animalidad. Allí estaba ella, con su redondeada grupa, presidiendo el centro olímpico de la ciudad donde triunfan las luces de neón de tiendas, cafeterías y reclamos publicitarios. Centro del laberinto, urbano gineceo de la ciudad: “Apenas tres metros y podré montarla, penetrar su vulva escondida tras la abundante cola, y fecundarla para mayor gloria de mi estirpe.” Con la furia del toro recién salido del chiquero fue suya la plaza. Vista la grupa tras veloz giro —para que todo fuera como debía ser—, inició el salto en el límite de sus fuerzas para llegar al insinuante objetivo y gozar en la estrechez del pedestal de la broncínea yegua.
Allí fue la apoteosis del solípedo urbano. Allí la titánica catástrofe, el happening suicida de su equina pasión, la mortal trompada de su loco atrevimiento. Deliquio amoroso, nirvana del faetonte urbano. Allí toda la brutalidad desbocada contra el contundente bronce del grupo ecuestre. Allí también los cuerpos desparramados y magullados a su alrededor. Mas él, montador frustrado, despanzurrado en el foso protector de la insobornable hembra, tuvo aún energías para lanzar al aire un estremecedor relincho que pocos espectadores de la tragedia podrán borrar de su memoria. Antes de que la sombra de la muerte cerrara sus ojos, la rotunda presencia de dos macizos genitales mateoinurrianos bajo la cola del broncíneo solípedo le habían dado el puntillazo definitivo. Ignorante de su ejemplar suicidio, había hecho honor a la inscripción que reza en uno de los costados del pedestal: “Más quiero la muerte dando tres pasos adelante, que vivir cien años dando uno hacia atrás.”
Al día siguiente, el periódico local daba cuenta del hecho con este titular y breve nota: Estrella su coche de caballos contra el monumento al Gran Capitán. Cinco personas resultaron heridas de menor gravedad y un caballo muerto al colisionar contra el monumento ecuestre de la plaza de las Tendillas. Al parecer, J.H.C., el cochero, conducía en estado de embriaguez.

jueves, 26 de mayo de 2011

Quo usque tandem abutere, Catilina, patientia nostra? o No hay pan para tanto chorizo

No recuerdo con exactitud las fechas —entre 1975 y 1986—, pero sí los hechos —muerte de Franco, transición de Suárez, gobiernos de Felipe González—, y el adjetivo —desencantados, cuando no pasotas— que se nos aplicaba a muchos jóvenes de mi generación. Hoy se les llama indignados. La causa de tales actitudes —desencanto, pasotismo, indignación— es en esencia la misma: la incapacidad de los políticos para vertebrar las exigencias y las esperanzas colectivas. El fenómeno se repite: quien manda va a lo suyo —no importa que sea un corrupto—, y el ciudadano que se joda, apoquine, y se muestre sumiso, obediente y leal en las urnas. Por nacimiento —nací en el 56— soy hermano pequeño de los progres del 68. Ellos nos trajeron de Londres los primeros discos de los Beatles -The fool on the hill, I am the walrus, Magical mistery tour—, la voz de Paco Ibáñez desde el Olimpia de París y algunas fotografías de Praga. En las tabernas de Córdoba los vimos entonar a la guitarra canciones de Bob Dylan y de Leonard Cohen, de Janis Joplin, de Donovan, o el Imagine de John Lennon; nos prestaron sus libros de Losada con los poemas de Blas de Otero y de César Vallejo, los cuentos de Cortázar y las Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll. De ellos nos vino la creencia en la libertad y en la democracia, en el derecho a la felicidad individual y a la colectiva. Éramos los pequeños, pero nos dieron vidilla. Incluso alguna calada, alguna rueda de bustaid, o nos acompañaron en el primer viaje psicodélico. Muchos también habíamos salido progres. Unos acabaron hippies en Ibiza, otros se despidieron con sobredosis; los más, aprendimos oficios para ser autónomos, estudiamos en la Universidad o en las Laborales, y nos buscamos el pan como pudimos. Para entonces, muchos estábamos ya desencantados. Desechada la política, quedaban, eso sí, los movimientos sociales, las causas alternativas: el pacifismo, el ecologismo, la okupación, las células ácratas, las manifestaciones solidarias, la inscripción en Médicos Sin Fronteras o en Amnistía Internacional. Un consuelo. La ataraxía como mal menor a nuestro desencanto. Desencanto porque la transición, asumiendo la herencia del dictador, vino con la corona de la monarquía, pasándose por el forro el modelo republicano; desencanto porque los ministros de la UCD procedían de las mejores familias de la burguesía, del falangismo y de la derecha más casposa y beata; desencanto luego con Felipe González, que supo encantar a la masa para meternos en la OTAN y convertirnos en un país militarista. Habíamos logrado, sí, la libertad de las urnas, pero el sistema se había aburguesado, enquistado en la piedra del capital, y las esperanzas de ser un país sano y moderno se iban arrumbando en el cajón del olvido: los camisas viejas y los camisas nuevas —Fraga es el símbolo viviente— seguían en lo suyo, el poder y el dinero—, y los descamisados de Alfonso Guerra pronto descubrieron la seda y los trajes italianos, el color del dinero y la erótica del poder. En esos años se llegó a los cuatro millones de parados y la corrupción política ya era noticia diaria en los medios de comunicación. Desencantados y asqueados estábamos más de uno, estupefactos ante el descaro con que se enriquecían esos mismos que aplicaban con mano de hierro salvajes reconversiones industriales. He seguido con interés la eclosión mediática del movimiento de los indignados: comparto sus causas, su enojo contra la clase política, su exigencia de una democracia participativa —visto que la parlamentaria nos ha traído estos lodos—, y me uno a su rechazo de un presente impresentable, donde los grandes amasadores de fortunas y sus cabilderos —a Inside Job me remito—, han logrado que nuestro presente y nuestro futuro esté más que mediatizado por su insaciable e insolidario afán de lucro. Oigamos ahora las sabias palabras de un viejo de la tribu y actuemos en consecuencia:

sábado, 19 de febrero de 2011

Primeros retratos

Juan Ramón Jiménez, moguereño universal, no aparecía —ni Antonio Machado, pero sí Manuel—, en la enciclopedia de tercer grado, ilustrada por el autor, don Antonio Álvarez Pérez, maestro de la Escuela Graduada «Miguel de Cervantes» de Valladolid. Junto al retrato de cada escritor, una sucinta biografía y un texto, a veces en letra gótica, para copiado y caligrafía.

Al niño de entonces se le grabaron algunos retratos: el del escritor ecuatoriano Luis Cordero, con unas guías de los bigotes que le caían hacia el pecho; de Wenceslao Fernández Flórez, que le recordaba a Franco; de Quevedo con sus quevedos y su barba de chivo; de unos juveniles Joaquín y Serafín Álvarez Quintero: idéntico el perfil de moneda, idéntica la raya del pelo, idénticas las pajaritas al cuello; de Petrarca coronado, de don Íñigo López de Mendoza, que más parecía mujer que esforzado varón; de Cecilia Böhl de Faber y de Amado Nervo, Unamuno, fray Luis de Granada y, por supuesto, del glorificador, José María Pemán, autor del famoso Poema del ángel y la bestia. No faltaban Rubén Darío, Miguel de Cervantes, Lope ni Calderón. Tampoco la peluca empolvada de don Tomás de Iriarte. Pero sí el 27 al completo.

De que ya le interesaban a aquel niño las biografías de los escritores, son testimonio las cuentas echadas en los blancos de la página para saber cuántos años había vivido cada uno o qué edad tendría en 1.965.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Aforismos del mester

Que un poeta muera ignorado por sus contemporáneos, es lo más triste que se despacha en literatura.
¿Qué poeta no ha soñado alguna vez morir joven e incomprendido, y que al cabo de los años alguien recupera sus versos, los estudia, los valora y los da a leer de nuevo, y es entonces cuando se lo reconoce y ubica en su justo lugar del parnaso? Descubrimiento tardío se llama. Y haberlos, haylos.
Esta vida póstuma tiene su romanticismo, su magia, y su misterio: recuperar la voz, el don más preciado del poeta, en un tiempo que ya no es el suyo, florecer —esa es la magia— en el espíritu de un lector del futuro. Por ahí viene el misterio: quién, cómo será, en qué tierra, en qué días vivirá.
Por ese clavo de la posteridad, se quema cualquier poeta del montón de centenares que somos.
*

miércoles, 19 de enero de 2011

Crónicas kafkianas (2)

Franz Kafka y Felice Bauer mantuvieron relación durante cinco años; desde agosto de 1912 hasta diciembre del 17. En ese tiempo hubo en la pareja una seria crisis, dos compromisos formales —el primero apareció en el Berliner Tagblat
—y dos rupturas. Tras la crisis del segundo verano de conocerse, otra mujer aparece en la vida del escritor, otra secretaria, Margarethe —Grete— Bloch, que viaja a Praga a finales de octubre en calidad de entendedora oficial en la deteriorada relación de su amiga Felice. Como intermediario de la parte contratante actúa un amigo de Praga, el señor Ernst Weiss. * Margarethe Bloch había nacido en Berlín el 21 de marzo de 1892. Orientada quizá por su padre, Louis Bloch, agente comercial, hizo estudios en una escuela de Comercio y pronto demostró su eficiencia en la oficina de una fábrica de máquinas de escribir. El sueldo de Grete ayudaba a pagar los estudios de su hermano Hans, que quería ser médico.
Entre 1908 y 1915, la señorita Bloch pasa temporadas de trabajo en Viena. Era secretaria personal y profesora de mecanografía en la casa germano-americana Elliot-Fisher.
Los estudiosos coinciden en suponer que Margarethe Bloch asistió en la primavera de 1913 a la gran exposición industrial de Francfort, donde se presentaban los más modernos avances para oficinas: las primeras estenotipias Stone Ireland, cajas registradoras, calculadoras mecánicas, máquinas de escribir... Y que allí pudo conocer a otra de su gremio, Felice Bauer, berlinesa también, cinco años mayor que ella, secretaria de confianza en la firma Lindström, especializada en gramófonos y dictáfonos.
O podían conocerse de Berlín.
*
Las dos mujeres pronto deben ser buenas amigas cuando Felice le pide a Grete que medie en su relación con Franz: lo había conocido en Praga hacía más de un año, en la casa del señor Max Brod, y las cosas no iban bien desde el principio: ni Felice buscaba un marido escritor bohemio, ni Kafka necesitaba una eficiente ama de casa burguesa.
(En septiembre de 1913, después de la primera ruptura, Kafka aprovecha un viaje de trabajo a Viena y continúa hacia Italia unos días: Venecia, Verona, el Garda, Riva. En esta ciudad conoció a G. W., la muchacha suiza. Por lo que podemos leer, hubo rollo.)
Unas semanas después, el 30 de octubre, Franz Kafka acude a la estación de Francisco José para recibir a la señorita Grete Bloch. Le ha reservado habitación en El Corcel Negro de Praga.
(Continuará)

sábado, 15 de enero de 2011

Crónicas kafkianas 1

Hace unos años subrayé varios hechos en una cronología de Franz Kafka: Felice Bauer muere en 1960 en Estados Unidos; Gabriele, Valerie y Ottilie, sus hermanas, desaparecen en los campos de concentración en 1942; Milena Jesenská y Grete Bloch, dos años más tarde. Dora Diamant, en Londres, en el verano del 52.

—No son personas tan lejanas. Y empecé a buscar y a leer.

Comencé por Dora Diamant, luego vinieron los parientes —el clan de los K —, sus últimas semanas en Kierling, su vida profesional, sus viajes, las casas en que vivió y escribió, pensiones, hoteles y balnearios por que pasó, las andanzas de su tío del ferrocarril...

Iba buscando precisión, detalles —qué día, en qué lugar—, anécdotas, recuerdos de quienes lo conocieron. Incluso emborroné papeles con supuestas historias kafkianas.

Iba buscando al hombre, al escritor en vida, y lo fui encontrando, si no en su verdadera imagen, sí en una más real, histórica y documentada (A estas alturas de los estudios kafkianos, ya se puede decir que el escritor sí que se interesó por la publicación de sus escritos, y que tuvo muy buenos amigos, o que se carteó con diversas mujeres a la vez y que su mejor amor y la amistad más cercanos fueron los vividos junto a Dora y Robert Klopstock).

Y que tuvo un hijo.

—¿Kafka un hijo?

miércoles, 5 de enero de 2011

Un paisano ultraísta

Laurentino Cencerra fue propietario rural, ensayista, dramaturgo y poeta nacido en La Torre (Córdoba) en 1896. A los veinte años marchó a Madrid para hacer estudios jurídicos, que supo compaginar con su vocación literaria y con las tertulias en el Pombo, el Colonial y el Café del Prado. De nuevo en su tierra, se distinguió primero como erudito local con Vida en la aldea hacia 1875, conjunto de 55 epístolas a un ficticio amigo sobre la historia de sus paisanos durante los años de la Restauración. La sirena del Guadamora y Cuentos del celemín ofrecen bellas páginas sobre el paisaje y las leyendas locales en una brillante prosa de sabor popular.
En 1.927 paladeó las mieles del éxito con La divina maestra, un drama poético cuyo protagonista es el anónimo pastorcillo que encontró la imagen de la patrona de la villa. Entre 1.928 y 1.932 financió y dirigió la revista El cábiro, de inicial espíritu ultraísta que pronto se acercó a los postulados de la poesía impura y humanizada, donde aparecen, entre otras notables firmas del momento, las de Rafael Cansinos Assens, Gerardo Diego y el belarcazareño Corpus Barga.
Durante la guerra civil, que lo sorprendió en Badajoz, vivió en Lisboa y colaboró en la revista Presenças, con traducciones al portugués de textos de la lírica popular andaluza y notas de teoría poética. En 1942 regresó a su tierra para vivir en el retiro de La Gavia, propiedad familiar junto al río Guadalmez. Murió el 30 de abril de 1986.
Entre sus papeles personales dejó varios cuadernos manuscritos con sus diarios, casi 300 poemas y más de un centenar de aforismos sobre ética y poética, Mester de hortelanía, publicados en julio de 2009 por la diputación de Ciudad Real, con prólogo-estudio de Ceferino Buendía, titular de la cátedra de Literaturas Regionales de la ULM.
He aquí el botón de muestra:
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Los poetas puros no se manchan el alma con el barro de la vida.
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Evidencia: el grado de las emociones suscitadas al lector es el índice de calidad lírica.
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Junto al ritmo en lo semántico y en lo fónico, los buenos poemas tienen sustancia afectiva y moral.
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La poesía pura lo tendrá todo como tejné, pero nada como vida.
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