jueves, 25 de febrero de 2010

Apuntes del natural


Tarde en calma:
aprender el secreto de los árboles,
su mágico florecer.

*

La luz de la mañana llega al corazón de las encinas. Tierra húmeda, roja, mullida.

*

Lavanderas de enero. Avefrías en las calles. Viento y silbos de tordos. Algaradas de niños en la escuela.

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Trae brumas de mar el viento del oeste. A mi paso revolotean las bandadas: trigueros, verdecillos, jilgueros, tarabillas...

*

El verde recién nacido. Transparencia. Nitidez. Olivos. Y el colirrojo en la chumbera.

*

Incendio a poniente: desmelenada en llamas la cabellera del sol.

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El bosque en calma,
en silencio,
al sol de otoño.

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Vuelos de cigüeña por los campos de abril. En los caminos de las afueras, ribetes de amapola.

*

El aire se serena
y viste de hermosura
y luz no usada. Estoy arriba, donde la leyenda señala la aparición. Abajo, la ermita con su cerco de árboles, la casa del santero, la casa de hermandad, el altar para las misas de campaña, los urinarios, casetas de obra, el edificio –adefesio- para la observación de la naturaleza, mesas y bancos rústicos de merendero, una barca bajo los eucaliptos varada allí por un caprichoso devoto... Mejor no seguir por ahí, dejemos la fiebre institucional por el cemento y el ladrillo –es la fe de mis alcaldes- y la construcción arbitraria e interesada en los espacios naturales públicos.A los pies del risco, el Guadamora baja a pagar con fatiga, con hilos de agua, su tributo al Guadalmez. En los remansos, el agua refleja las adelfas y las hiniestas de la ribera, donde trasiegan urracas y rabilargos.
Aquellos, los montes de La Mancha.

*

Rumor de olas el viento en las retamas.

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La pureza en todo, en lo azul, en la luz, en el brillo de las jaras y en la fragancia del tomillo, en la estela blanca de los aviones.

*

Guarda memoria la tierra
de lo blanco
y florece en los almendros.

lunes, 8 de febrero de 2010

Ortografía y religión


Repasando anoche la Ortografía de la RAE para unos ejercicios escolares sobre las mayúsculas, recordé usos, discrepé de alguno, anoté ejemplos y hasta caí en la cuenta del catolicismo y la devoción mariana de sus señorías académicas.

Lo primero que hace la Academia –concedámosle mayúscula a la docta institución- es definir el concepto: mayúscula es la letra de mayor tamaño y, por lo general, distinto trazo que la minúscula. Después, las tres grandes reglas: a comienzo de escrito, después de punto y en los nombres propios. La claridad y sencilla prescripción de las dos primeras normas, contrasta con la prolijidad de la tercera, que tiene más tiquis de lo esperado.

De las mayúsculas –como de cualquier cosa- no debe abusarse. Seamos virtuosos con ellas y procedamos con sentido común: cuando hagan falta, no por capricho, por exceso de respeto o por ignorancia, concediéndole su importancia y destacado trazo cuando la ocasión y el concepto lo exijan.

De todos los usos mayúsculos, anoche reparé en los parágrafos en que la RAE muestra su sesgo religioso, sus católicas devociones. Así, entre los nombres que merecen mayúscula inicial se citan los de festividades religiosas, como Pentecostés, Epifanía, Navidad o Corpus. También reciben este tratamiento los atributos divinos y los apelativos de Dios, Jesucristo y la Virgen María. Por último, en el apartado g del epígrafe dedicado a diversas circunstancias para la mayusculización de palabras, la devota academia establece que también se escribirán con inicial destacada las advocaciones y celebraciones de la Virgen: Guadalupe, el Rocío, el Pilar.

Parece claro –por sus ejemplos los conoceréis- que ninguno de los 40 hombres y 2 mujeres de la institución considera ortográficamente la existencia de otros cultos y personas divinas.

Quede, por tanto, consignada aquí mi disconformidad con el exclusivismo religioso de la RAE y mi intención de hacer llegar al casón de la calle Felipe IV de Madrid, mi propuesta para que se revisen y amplíen esos usos ortográficos, adaptándolos a la realidad religiosa de estos tiempos.

jueves, 4 de febrero de 2010

Variación sobre Pessoa


Dios no consuela
de la muerte.
Tampoco lo hace
de la vida.

Cada rosa
tiene su tiempo.

viernes, 15 de enero de 2010

Amnesia


Córdoba. Mañana del 18 de julio de 1.936. Corrillos por las Tendillas, en el Labradores y en el Mercantil. El alcalde ha mandado instalar una radio en el Ayuntamiento. Los comunistas celebran asamblea. Preocupación en los concejales del Frente Popular, más cuando a mediodía la radio informa del levantamiento en Marruecos. A las dos de la tarde, Queipo de Llano telefonea al coronel Ciriaco Cascajo:
—Se prohíben los grupos por las calles; que todo el mundo entregue las armas en un plazo de cuatro días. Incáutese usted de telégrafos, teléfonos, radio, etc. En fin, lo de siempre.
—A la orden de vuecencia, mi general.
Una hora más tarde, el coronel llama al gobernador civil, le informa de la declaración del estado de guerra y de su intención de hacerse cargo del gobierno de la provincia desde ese mismo instante. El gobernador titubea. La noticia corre como la pólvora que ya había en el ambiente. Acuden al edificio de Gran Capitán el alcalde y los frentepopulares, diputados nacionales y provinciales, el fiscal de la ciudad y otras personalidades: se oponen a la sublevación militar y piden armas para defender la República. Asoma una pistola encañonando al gobernador, que se niega a elegir bando y a entregar armas. Los concejales del Frente Popular corren hacia los barrios y dan la voz de alarma, en las Casas del Pueblo se llama a la huelga general y a la lucha obrera contra el fascismo.
A las cinco de la tarde, en el patio de armas del cuartel de Artillería de Medina Azahara se ha leído el bando de declaración del estado de guerra en Marruecos firmado por don Francisco Franco Bahamonde, General de División, Jefe Superior de las Fuerzas Militares de Marruecos y Alto Comisario: “Una vez más el Ejército, unido a las demás fuerzas de la Nación, se ha visto obligado a recoger el anhelo de la gran mayoría de los españoles que veían con amargura infinita desaparecer lo que a todos puede unirnos en un ideal común: España...” Más de ciento cincuenta civiles, terratenientes y burgueses, falangistas, requetés y jóvenes derechistas se apresuran hacia el cuartel, dispuestos a armarse y organizar patrullas callejeras. La siesta estaba caliente de más.
Leída la declaración, el coronel Cascajo da la orden y la tropa sale a la calle en dirección a la plaza de toros, a tiro de la sede del Gobierno Civil, con el apoyo de tres cañones. Poco después de las siete, fuego cruzado entre sitiadores y sitiados, que tardan poco en sacar bandera blanca. Pero no hay rendición. Una hora después se oye el primer cañonazo.
En la finca “San Pedro y San Benito”, junto a las Ermitas, un joven poeta pasa el día con su amigo Varo, el hijo del dueño. Después de la siesta, se han bañado en la alberca. El poeta ha buscado la sombra de la higuera y se echa al suelo con un libro en la mano, las cartas de madame de Sévigné, que acaba de comprar en la librería Luque. Nacido en Puente Genil veinte años atrás, nuestro joven vivía en la capital desde 1.925. Era buen estudiante, su nombre había aparecido ya en el periódico por ser uno de los alumnos libres de la Academia Espinar que pasó con provecho las pruebas para el título de bachillerato elemental; luego acabó el superior en el instituto, en cuya revista vio publicados un artículo y una poesía. Después empezó a dar clases particulares y se matriculó en la Facultad de Filosofía y Letras de Sevilla para estudiar Historia y Geografía. Tiene amigos del instituto y de la biblioteca. Como siempre lleva un libro bajo el brazo, lo llaman con humor “El sobaco ilustrado”. Nuestro poeta mantiene además una buena relación discipular con algunos de sus profesores del instituto, que le aconsejan y le prestan libros, le recomiendan piezas musicales, rincones de la ciudad, excursiones por la sierra y la campiña, o le comentan y corrigen las composiciones que les presenta.
Cuando retumbaron los primeros, el poeta y su amigo suben hasta la azotea de la casa para ver qué parte de la ciudad, qué edificio batían los cañones. A la mañana siguiente, baja hasta su casa en Emilio Castelar 74. El bando franquista ha tomado el poder e instaurado su régimen del terror. Más de 150 fusilados en menos de un mes.
Poco nos dice en su diario de esos días: semana solitaria, un baño en el Guadalquivir, unos cuantos versos escritos, bombardeos cercanos, por la calle Badanas. El 12 de agosto, nuestro universitario se dirige al cuartel de Lepanto y se alista en el batallón de voluntarios, donde permanece tres meses. Luego, dos años en el frente de Peñarroya-Pueblonuevo. De todo ese tiempo en guerra, el escritor en cierne deja unas lacónicas, telegráficas, anotaciones en el diario. En una de ellas dice estar releyendo un libro que ya conocemos, aquel de la Sévigné. Entre convoyes de amunicionamiento, la marcha sobre Espejo, la defensa del convento del Calasancio, la vigilancia del depósito de aguas de Cercadilla y alguna que otra refriega y detención, el estudiante hace nuevos amigos –Cordobita, Thomas, El Negro-, se baña en el río, lee, escribe, y sueña con erigirse en «fuerza tutelar» protectora del grupo de compañeros. Cosas de poeta.
Las cartas de madame de Sévigné se las había conseguido –una edición preciosa en francés- el librero Luque, un hombre de talante liberal al que había visto más de una vez en la tertulia de La Perla, unas veces hablando en esperanto con un par de eruditos, otras de naturismo con algún médico, o de literatura con los poetas Juan Rejano y José María Alvariño. Rogelio Luque, además de librero e impresor, era experto bibliófilo y editor de la revista Popular y de una moderna guía de la ciudad. De los estantes de su librería salían aires frescos y renovadores para la conservadora ciudad provinciana. ¿Qué lector o estudioso cordobés no ha pasado ratos entre sus estanterías, sacado este o aquel libro, hojeándolos, ojeándolos, leyendo algunas páginas, y se ha encontrado de pronto, casi codo con codo, con un escritor de la ciudad, con un abogado, con un médico, con un profesor, de reconocidos prestigios; o con otro lector, e intercambiado breves opiniones y recomendaciones?
Rogelio Luque debió de ser hombre de la ILE, o muy cercano a ella, quizá un krausista convencido de la necesidad de regeneración moral del país, un librepensador culto y sensible que creía en el arte, en los libros y en la vida natural. Y quizá eso le valió la denuncia de un mal vecino, o de un clérigo ruin. La tarde del 10 de agosto de 1.936, el librero va a dar el pésame a la viuda de don Modoaldo Garrido, maestro nacional y socialista militante, fusilado con saña esa misma mañana en la Cuesta de los Visos. Al día siguiente, con el visto bueno del brutal don Bruno, terrible mano ejecutora del bando insurrecto, el librero es detenido, fusilado tres días después por el cargo de vender literatura marxista, y quemados unos cuantos de miles de sus libros.
Acabada la guerra, la viuda de Luque reabrió las puertas del negocio, lo regentó más tarde el hijo mayor, Rogelio, y ahora lo hacen el menor y un nieto, que son los que aparecen en la fotografía del periódico, con un fondo de estantes repletos en la nueva sede de la librería.
La imagen del hijo y del nieto de don Rogelio ilustra un reportaje que acabo de leer en El País, «Historia del librero Luque», y me ha traído en espontánea asociación otras imágenes tomadas en la sede de Gondomar, unas fotografías de nuestro joven poeta, Ricardo Molina, con otros colegas, amigos, compañeros y conocidos del grupo Cántico, en la presentación del libro de alguno de ellos. Son fotos–finales de los cincuenta, primeros sesenta- que vi en los periódicos cuando preparaba un trabajo sobre el escritor de Puente Genil.
Me pregunté enseguida por qué la historia del librero Luque había abierto el “archivo RM” de mi memoria RAM. Pronto lo supe: cuando traté de imaginar qué se le pasaría por la cabeza, y por el corazón, a Ricardo Molina la primera vez que, franqueado el umbral –mármol negro con letras doradas-, entró en la librería y se encontró, enlutada ya de por vida, a Pilar Sarasola, viuda de Luque. ¿Recordaría aquella tarde de julio del 36, cuando don Rogelio salió de la trastienda con la edición francesa de las cartas de madame de Sévigné? ¿Cómo se lleva de por vida saber que luchaste en el bando de los que fusilaron a tu hombre, a tu librero; pegar tiros a los paisanos mientras soñabas con Walt Whitman; saber que la vida se paga por tener un libro en tu casa? ¿Cómo olvidar? ¿Cómo no recordar al ver a doña Pilar y a los huérfanos? ¿Cómo se convive aceptando dádivas del alcalde Cruz Conde y viendo casi a diario, en la entrada de la librería, el busto de Rogelio Luque, obra de El Fenómeno, su amigo escultor Enrique Moreno, fusilado también en las mismas fechas? ¿Siguió siempre RM convencido de que había que acabar con los libreros naturistas y librepensadores? ¿Hablaría del asunto con Juan Bernier, que luchó en el bando republicano? ¿Se acordaría, alguna noche, después de unos medios en la taberna, volviendo a su casa de la calle Coronel Cascajo..., sí, de aquel mismo, del que firmó la condena a muerte del librero y mandó quemar sus libros?
Esa es la historia que se me vino esta mañana, el cuento que soñé después de leer el periódico. No sé si lo escribiré algún día.
Ahí está el corte para quien tenga ánimos.

martes, 5 de enero de 2010

Un trago de vodka


Mi primera lectura rusa fue una antología de cuentos, no sé si del mismo o de varios autores. La segunda, aquí ando más seguro, fue La muerte de Iván Ilich. Después, Dostoievski, más Tólstoi, Chéjov, páginas de Turgueniev, la novela de Lérmontov. También leí a Maiakovski, que no era lo que uno andaba buscando en poesía, y a Boris Pasternak, y visité los gulags de Solzhenitsyn; incluso rodaron un tiempo por mis estantes dos o tres volúmenes con los escritos de Bakunin, pero a las pocas páginas hube de admitir que la teoría política del anarquismo no era lo mío. Entre los poetas, dos mujeres: Martina Tsvetáieva y Anna Ajmátova.

Ha venido este chupito de autobiografía lectora a propósito de una palabra que he reencontrado en los cuentos de Chéjov y que me ha hecho pensar desde cuándo la conozco. Es una de esas palabras -rublo, cópec, versta, isba, mújic- que sólo se leen en las historias rusas. Supongo que la aprendí en la antología referida en las primeras líneas... con quince o dieciséis años... quizá en unas vacaciones de verano... cuando abres por primera vez el libro de un escritor ruso y penetras en ese mundo de funcionarios, nobles y militares que hacen vida social y hablan francés en los salones de San Petersburgo, y conoces también a los campesinos que arrastran sus chanclos por el barro de las aldeas.

Un mundo difícil de olvidar, como esa palabra que designa el utensilio cotidiano, la tetera con infernillo, el ruso samovar. 

jueves, 24 de diciembre de 2009

Ensalada navideña

Debo encontrarle un adjetivo –un isótopo- al libro de Sánchez Ferlosio que he empezado a leer esta noche: un escritor, un intelectual de alto vuelo metido a lingüista, cavilando sobre positivos y superlativos, sinónimos, sufijos, significaciones e isotopías. De momento, conceptualización y estilo científico.
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La Poesía, en el JRJ de La estación total, es conciencia, creación, unidad y plenitud del mundo. Metapoesía. Metafísica. Metanoia. JRJ en el cielo de la Poesía. De la vida. De sí mismo.
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Antes de irse a trabajar, mi mujer entra en la habitación donde trabajo. Me encuentra con la mesa y alrededores repleta de libros, enfrascado en las traducciones de las últimas cartas de Fran Kafka. Qué haces, me pregunta:
—Ya ves, kafkármela —y le sonrío y dejo los diccionarios y los papeles y le doy un sonoro beso de despedida.
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Escribir a ventura seríe grant folía, asegura el fraile benedictino Gonzalo de Berceo refiriéndose a que no se atreve a inventar después que se le ha perdido el manuscrito latino que traducía y adaptaba a la lengua romance. Nuestro primer escritor de nombre conocido respeta el principio libresco de la clerecía, pero le aprieta el cíngulo y le hace un nudo personal. Continúa la tradición –la ingenua intención- de los milagros marianos, pero prescinde del latín para contárselos a sus paisanos y a los romeros que aparecen por su monasterio. Éste es su primer atrevimiento, su primera sensatez literaria: el pueblo es analfabeto, y ni lee ni habla latín, escribámosle, hablémosle, en la lengua que utiliza a diario. Contemporicemos. Ese o parecido argumento debió utilizar nuestro clérigo secular para convencer a su abad del uso de la lengua romance en el cuento de sus milagros y hagiografías. No inventó el asunto de sus obras, pero sí dio comienzo a una lengua literaria. Cambió de lengua para escribir y contribuyó el primero en el prestigio culto de un idioma que ya se venía hablando. No es pequeño el logro de este fraile.
Berceo tiene gracia para decir que inventar lo que no viene en el libro es una locura artística, sin embargo, él mismo introduce en sus narraciones añadidos personales, cae en la grant folía de incorporar elementos que no venían en los libros latinos: tipos, anécdotas, pinceladas costumbristas y paisajísticas, algún dialectalismo terruñero, que hacían más de la tierra, más cercanas, sus sencillas y ejemplares historias.
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Barrio
Ha estado bien el paseo nocturno bajo la lluvia. No me sentía solo a pesar de ser de los pocos y contados que andaba por las calles del barrio a esas horas. Digo bien solo, tan bien, que no iba aquejado de soledad ni de melancolías. Mi intención era tomarme una copa, pero en este barrio los bares cierran a la hora de cenar, y no era ocasión de trasponer más allá de Puerta Gallegos. Desistí de la copa y alargué el paseo bajo el paraguas: la noche cerrada en lluvia y este barrio cerrado con siete llaves... de vez en cuando la ráfaga de unos neumáticos, el claxon de una despedida a la puerta de casa, las risotadas de unos adolescentes en botellón, los pasitos apresurados de una joven solitaria para esquivar al hombre del paraguas en el primer portal... el chapoteo de las gotas en las marquesinas de los autobuses, en el asfalto, en los árboles, sobre tus pasos mismos, que podías haber dejado a la aventura, pero que no tuviste más remedio que dirigir a Vicente Aleixandre 15, para que tus viejos durmieran tranquilos.
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lunes, 21 de diciembre de 2009

Hilos y estratos de la historia

Me desperté temprano –era el aire batiendo en el toldo del patio- y me levanté. Con gusto hubiera seguido en la cama, calentito junto a mi mujer, pero tenía faena: componer el emparrado. Cosas de hortelano. A las ocho ya me había tomado dos cafés donde Los Mellizos y entraba con el coche en el almacén de materiales de construcción. Pelaba el frío. El encargado sacó los tubos y los cortó con la radial. Con las manos heladas y torpes coloqué y apreté la broca, perforé los tubos y los cargué en el coche. Asomaban por la ventanilla delantera y por la parte de atrás, que llevaba la puerta abierta, atada con una cuerda, así que conduje con precaución. Cuando llegué a la huerta, las gallinas salieron de su lugar y corrieron a su cómica manera a darme la bienvenida. Les correspondí con los restos de lechuga que llevaba y enseguida puse manos a la labor. La helada de la noche había logrado una buena capa de escarcha en los charcos y en el agua acumulada en la carretilla que dejé ayer a la entrada con lanchas de pizarra para un futuro empedrado. Al frío de la hora se le había aliado un recio viento siberiano con cuchillas que varias veces me voló la gorra al suelo...

Componer un emparrado tiene su conque, sobre todo si quiere uno dotarlo de una estructura sólida y segura, no basada en el alambre y en maderas podridas, como la que empecé a desmantelar. En mi corta experiencia de hortelano he podido comprobar que nada hay más seductor para algunos hortelanos que el alambre. O, más bien, el alambrillo, un alambrillo cualquiera. Otro día hablaré de los arriatados con goma de cámara de camión y de los de rafia negra. Y de toda la ferralla y la basura plástica que un hortelano descuidado es capaz de acumular...

Quiero hablar ahora de la tierra. De sus secretos y de sus misterios. Sé que es difícil de explicar. Sé que no tengo título de geólogo ni de historiador. Sé que mis únicas herramientas han sido mis manos y una improvisada barrena con que iba ahondando un agujero junto a una pared de piedra para asentar y asegurar la nueva estructura metálica del emparrado. El boquete, de unos 15 centímetros de diámetro y medio metro de profundidad, me ha permitido conocer los estratos más superficiales del suelo de la huerta. El primero es de humus, tan blando que se puede escarbar sólo con la mano. El segundo es de tierra más compacta, con piedrecillas de cuarzo, y necesita la ayuda de la barrena para perforar. El tercero está compuesto por lo que aquí llaman tierra tosca, una arena granulosa procedente de la descomposición del granito. Más abajo, ahí no llegué, solo queda el batolito, me dije, la gran roca madre de granito en que se asienta toda esta comarca. Antes de llegar al estrato de tosca, en uno de los puñados de tierra que sacaba con la mano venía algo rígido, que primero supuse un trozo de hierro y luego comprobé que era un casquillo de bala, la vaina de latón de una bala de fusil...

Hice alto en la faena. Me senté en una banqueta, encendí un cigarrillo y sopesando el casquillo le di al magín. Recordé cómo de vez en cuando todavía alguien encuentra una granada o una bomba sin explotar de la guerra civil, cómo de niños nos contaban los mayores fatales accidentes con alguno de estos artefactos; y recordé también haber visto más de una vez en huertas y cortijos casquillos vacíos de obús o de cañón que servían de adorno o para meter las tenazas de la candela, como en el cortijo de mi amigo Mateo...

—Esta bala tiene su historia —dije para mí—. ¿Cómo ha llegado hasta aquí? ¿Quién la disparó? ¿Contra qué o contra quién? ¿Un cazador acaso? ¿El hortelano del lugar, que la disparó contra un zorro? ¿Contra un lobo quizá, cuando los había por estos contornos? ¿Hay una muerte detrás? ¿Un fusilamiento? ¿Un crimen pasional? ¿El punto final de una rencilla por lindes o por herencias? ¿Un asesinato sin resolver? ¿Un turbio y olvidado ajuste de cuentas? ¿Qué manos y con qué intención metieron la bala en el cargador y apretaron el gatillo? ¿A qué hora del día? ¿En qué época del año? ¿Qué última imagen se llevó la víctima al otro mundo? ¿Habrá restos de ella por aquí?...

Me acordé entonces del pobre García Lorca, del revuelo montado estos días porque sus restos, y los de quienes fueron fusilados junto a él, no han aparecido, ni parecen haber estado nunca, donde se suponía. Excepto una muesca de bala en la roca, nada ha encontrado el equipo de expertos. La ciencia ha demostrado que jamás ha habido restos humanos en la superficie rastreada. Alguien mintió, o se confundió de lugar, o sugirió sin fundamento, llevado por rumores o falsas informaciones. Estos días ha salido además un nuevo libro sobre el último paseo del poeta granadino, que añade nuevas perspectivas y más confusión a los hechos, pues se viene a decir que uno de los “señaladores” del lugar donde fue enterrado García Lorca indicó, por tres veces además, el primero que se le ocurrió. ¿Está Lorca enterrado en El Caracolar, a unos quinientos metros del lugar excavado, o en el cercano barranco de Víznar, junto a tres mil fusilados más? ¿Intervino el aparato franquista y se llevó los restos al ignominioso Valle de los Caídos? Hay otra teoría, peregrina, que se recoge en un reportaje a cuatro páginas de El País, según la cual el autor de La casa de Bernarda Alba sobrevivió a su fusilamiento, “pero perdió la memoria por las heridas y fue acogido por unas monjas”. Al parecer, se trata de una ficción ideada por un novelista, que luego dio paso a un documental televisivo y que más de uno considera cierta desde entonces. Lo del Valle de los Caídos tiene su razón de ser: yo mismo he visto en los archivos de este pueblo las circulares y la documentación para llevar hasta la sierra madrileña los restos de los “vecinos caídos en la Cruzada de Liberación”, así que no resulta descabellada la hipótesis...

El hilo de la muerte de Lorca me ha llevado a la historia del piano de tita Luisa que me contó hace tiempo un amigo que vive en Granada. Cuando viene al pueblo, Miguel siempre acaba contándonos alguna historia de su familia, como la del conocido Pepiniqui, el mayor de los Rosales, que hoy rememora Manuel Vicent en su columna de El País. La del piano de tita Luisa tiene que ver con la madre de mi amigo, hija de una familia burguesa en la Granada de primeros de siglo, cuyos hermanos, como ella misma, vivieron toda su vida del capital familiar y nunca se vieron, aunque tuvieron títulos universitarios, en la obligación de trabajar. Una de las tías de la madre de Miguel, tita Luisa, era también tía del poeta Luis Rosales, una hermana de su madre que vivía con ellos y en cuyas habitaciones se refugió durante unos días Federico García Lorca antes de que lo llevaran detenido al Gobierno Civil. La historia de esos días que se cuenta en la familia de Miguel coincide hecho por hecho con la que se lee en el libro de Ian Gibson. Se planteó la posibilidad de que Lorca se pasara una noche a la zona republicana, incluso la de que Lorca fuese llevado al frente, con otro de los Rosales, para eludir su casi segura muerte. Las propuesta no prosperaron y el poeta permaneció con los Rosales hasta que una tarde apareció por la casa un tal Ruiz... Cuenta la tradición familiar que, en medio del peligro que corría su vida, Lorca pasó algún rato, quizá para olvidar su miedo, tocando el piano que había en una de las salas de la casa. Era el piano de tita Luisa. ¿Qué aires sonarían en la casa solariega aquellos días de agosto de 1936? ¿Quizá los del prendimiento y muerte de Antoñito El Camborio? ¿O quizá los del cazador y la paloma de Anda jaleo?

Cuando en la familia Rosales hubo que repartir la herencia de tita Luisa, el piano en que Lorca tocó por última vez fue tasado en 50.000 pesetas, un precio desorbitado, con la esperanza de que no saliera de aquella casa, y no porque el piano fuese una maravilla de instrumento —sólo el mueble tenía algo de valor, por la antigüedad—, sino porque la leyenda Lorca ya había comenzado. ¿Qué sones arrancaría el corazón tembloroso del poeta de aquel piano de tita Luisa?

La madre de Miguel, que había hecho en su juventud algunos cursos de piano, y ya casada con un labrador de Iznalloz, mostró interés por aquel viejo instrumento cuyas teclas habían sentido el alma en vilo del gran poeta. Si el piano se tasó en un precio tan alto fue con la seguridad de que aquella sobrina no iba a volver a verlo. Pero aquí entra en juego Miguel Romero, el padre de mi amigo, un hombre entregado a mantener y hacer prosperar su cortijo olivarero de La Parra, en Iznalloz, un tipo rudo, campesino, que había logrado enamorar a la niña bien, a la burguesita acostumbrada a vivir en los refinamientos y exquisiteces de la ciudad, y quiso tener un detalle de su amor, demostrarle a su mujer que, a pesar de lo recio de su carácter y de ser un hombre criado en el campo, los Romeros de Iznalloz también eran sensibles y delicados, quiso, como decía, hacer una romerada, y se presentó en la casa de los Rosales:

—¿En cuánto habéis tasado el piano?
—Cincuenta mil pesetas —le dijeron, pensando que el Romero campesino desistiría.
—Casualmente las traigo en el bolsillo. Toma, cincuenta mil pesetas, y el piano para mi mujer.

Mi amigo Miguel se crió con ese piano en casa. Hace unos años, en vista de que su hija estudiaba piano, llamó a un lutier que lo examinó y le dijo que no era un buen instrumento, que su hija, por mucho y buen arreglo que le hiciera, preferiría uno moderno, así que desistió y allá anda todavía el piano en casa de sus padres...

Todavía no se lo he dicho a mi amigo, pero la próxima vez que vaya a Granada le pediré que me lleve a casa de sus padres para ver el piano de tita Luisa...

Acabado el cigarrillo, puse la vaina sobre un lancha de pizarra y volví a la faena del emparrado, pero ya no se me iba de la cabeza la historia de los últimos días de Lorca, ni la que pudiera tener aquel casquillo que acababa de encontrar...