jueves, 21 de junio de 2012
domingo, 17 de junio de 2012
martes, 29 de mayo de 2012
viernes, 4 de mayo de 2012
Una de piratas
Callejear los barrios de mañana, alguna carrera, tirar por los caminos, aventurarse a otros pueblos... ¡Oh, días bicicleteros del buen tiempo!
Con mi primera bicicleta, una BH de cadete, vino la palabra cosario, el oficio del hombre que la trajo desde Córdoba.
El otro día, en un lapsus, la confundí con corsario y el amigo con el que iba hablando me corrigió.
—Cosario... corsario... Cosario, claro —rectifiqué.
Fue entonces cuando me acordé de la BH, de mi primera vuelta sobre la gravilla del patio del cuartel en un mediodía de julio, de la primera vez que oí esa palabra en boca de mis padres y supe que el cosario era el hombre de las cosas, el que las trae y las lleva a comisión. No es oficio desaparecido. En este pueblo hay, que yo sepa, una cosaria.
A la mañana siguiente comprobé en el diccionario que mi confusión era excusable, porque cosario viene de corsario, dicho del buque, del capitán, o de cada miembro de la tripulación, que navega al corso, con patente del gobierno de su nación para abordar y robar los barcos de una nación enemiga. Los corsarios eran piratas legales, con papeles.
Cuando uno de esos barcos repleto de cosas arribaba, el puerto y las tabernas marineras hervían de animación, de curiosos que contemplaban asombrados las nuevas mercaderías: los sextantes más modernos, barricas de ron caribeño y toneles de vinos andaluces, vistosos guacamayos, loros parlanchines, gatos de angora y titís con fez, telas, cuadros, especias y sacos de café, ricas vestiduras y armas, vajillas inglesas, barriles de arenques y de grasa de ballena, joyas, mapas de tesoros y demás productos de sus piraterías.
Dos palabras, cosario, corsario, que me llevan a la primera adolescencia, a las mañanas en bicicleta, a las siestas con novelas de Stevenson, Salgari o Defoe, a las noches de cine de verano con Charles Laughton, Errol Flinn o Tyrone Power haciendo de piratas. Una constatación más de que Vida y Lenguaje están indisolublemente unidos, de que en gran manera somos palabras: las que decimos, las que callamos, y las que recordamos.
domingo, 29 de abril de 2012
Prometeo somos todos
Después de leer los correos del
día (un informe sobre la empresa sanitaria del marido de la señora Cospedal, un
artículo censurado sobre la inocente infanta Cristina y el descarado
Urdangarín, una muy didáctica presentación sobre las consecuencias y los
paganos de la amnistía fiscal a los grandes delincuentes, un chiste sobre el
rey y los elefantes, otra copia de Hay
alternativas, una propuesta popular para la reforma del régimen económico y
fiscal de diputados—diputadas nacionales), y para descansar de mis últimas lecturas
—el segundo tomo de La guerra civil,
de Hugh Thomas, los diarios de Victor Kemplerer—, anoche leí Prometeo encadenado, atribuida al poeta
trágico Esquilo.
Preside la escena de principio a
fin Prometeo, encadenado a una roca en el Cáucaso por haber robado unas ascuas
de la candela olímpica para entregárselas a los hombres. El castigo impuesto
por Zeus incluye también un águila que a diario hunde su pico en las entrañas
del héroe y se le come el hígado, que por las noche vuelve a regenerársele para
que al día siguiente el pajarraco siga con su festín, y así por siempre.
Terrible castigo, inmenso dolor y sufrimiento para este benefactor de la
humanidad que tenía a los olímpicos más que cabreados.
Pero Prometeo no es solo el
ladrón del fuego divino, además del calor y de la luz que llevó a la oscuridad
de las cavernas en que vivían como animales, enseñó a los hombres el arte de la
fabricación de herramientas y utensilios, la técnica de la construcción de
casas, la ciencia de los números y de las letras, la práctica de la
agricultura, de la construcción de barcos y de la adivinación de los sueños.
Sí, el olímpico Prometeo era el benefactor de la raza humana, y lo era porque
él mismo la había creado insuflando aliento vital a una pella de arcilla que
había modelado con sus manos. El dios no se olvidó de su creación y proporcionó
a los hombres la luz de la razón y del progreso. Delito imperdonable para los impíos
olímpicos, que no dudaron en su atroz condena y contemplaban impasibles desde
su celeste morada el diario martirio del héroe, convertido así en el “justo
doliente”, en símbolo de la rebeldía contra el tirano.
La imagen de Prometeo encadenado
y picoteado por el águila me ha recordado a nosotros mismos, a los españoles —también
a los griegos de nuestros días, y a los portugueses—, sometidos por el todopoderoso
dios de los ricos podridos —los olímpicos de nuestros días— a todo tipo de recortes
y vejaciones en derechos sociales y laborales, sufriendo en nuestras carnes la
despiadada actuación de unos avarientos mercachifles que solo atienden al superávit
de los menos mediante el saqueo, el empobrecimiento y la ruina de los demás.
En la tragedia de Esquilo, el
héroe torturado resiste porque conoce el secreto que acabará con la tiranía que
lo ha condenado, lo mantiene la seguridad de su liberación. Nosotros, en cambio, resistimos con la
esperanza de que el dios se apiade de nosotros y un día, por las buenas, suavice
su opresión. Ilusos.
sábado, 21 de abril de 2012
sábado, 14 de abril de 2012
Manifiesto por una escuela laica
Zapatillas deportivas grises, pantalón de chándal negro, camiseta marrón, Patroller Serve and Rescue la desgastada inscripción en la espalda. Viejo militante del socialismo. Entre 75 y ochenta años el hombre. Todo el peso de su cuerpo rechoncho sobre la pierna derecha, apoyados los gruesos antebrazos en la barra, dejado caer en ella con todo su ser, abultado el cogote, grandes las orejas y congestionado el rostro por la obesidad sobrevenida, boca ancha, voz rasposa, ante una copa de vino el hombre cuenta que ha aprendido en un cursillo a manejarse en internet y que le gusta meterse en las páginas de meteorología. Incapaz de decir meteorólogo, dice que no es astrónomo, y resume lo que nos espera:
—Dan agua hasta el día 22. Vamos a tener unas fiestas pasadas por agua. Hasta el 22.
Uno de los contertulios le pregunta cómo ha aprendido a manejarse con el cacharro ese:
—En un cursillo. Yo era analfabeto. Me enseñaron a leer mis hijos, porque en la escuela no me enseñaron más que a rezar.
—Yo fui a la escuela —media el de antes, risueño, con ganas de charleta y sin enterarse de la misa la media —, y ni sé leer, ni escribir, ni rezar.
—Pues ya llevaste mejor parte que yo, porque rezar no sirve para nada.
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