lunes, 25 de octubre de 2021
Kafka en París (y 2)
jueves, 21 de octubre de 2021
Vivir, escribir
Es duro: la paciencia
ayuda a soportar lo que los dioses
prohíben corregir.
(Horacio, «A la muerte de su amigo Quintilio Varo», Odas, I, 24)
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La muerte, la patria más profunda.
(Luis Cernuda, «Elegía española»)
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El poeta verdadero inventa con las palabras usuales un idioma
distinto. Y es más verdadero cuanto más distinto sea su idioma, en
verso y en prosa.
(Juan Ramón Jiménez, «Con la inmensa minoría», El Sol)
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Echado está por tierra el fundamento
que mi vivir cansado sostenía.
¡Oh cuánto bien se acaba en un solo día!
¡Oh cuántas esperanzas lleva el viento!
(Garcilaso de la Vega, Soneto XXVI)
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Todo culpable se introduce cada vez más en su culpa, como un tornillo.
(F. Kafka, Cartas a Felice, 22 noviembre 1912)
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Para escribir necesito aislarme, pero no «como un ermitaño», que eso
no sería suficiente, sino como un muerto.
(F. Kafka, Cartas a Felice, 26 junio 1913)
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La vida es el canto de un pájaro.
(Johnny Deep en Richard dice adiós [The Professor])
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Escribir también es no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido.
(Marguerite Duras, Escribir)
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domingo, 17 de octubre de 2021
Kafka en París (1)

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Franz Kafka en 1910, con 27 años |
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martes, 5 de octubre de 2021
De parte de sor Rosa
La Closerie des Lilas cerrada aún. Callejeamos por el barrio latino: la Sorbona, los adoquines del 68. Las gárgolas de Nôtre Dame. El Sena verde oscuro. Frío. Cerveza y un delicioso conejo a la provenzal. Crepes y cafés en «La Frégate».
De parte de sor Rosa ‒una de las monjas que regentan la residencia de mayores donde Mari es cocinera‒ , traemos el encargo de saludar a la hermana Antonia María Olmedo, de la comunidad de La Milagrosa, en el número 140 de la rue du Bac. Después de atravesar un patio rectangular se accede a la capilla de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa. Presidiendo el altar principal, la Virgen coronada por doce estrellas relucientes, aplastando con su pie la serpiente del mal y saliendo de sus manos rayos plateados, alegoría de las mercedes que otorga a quien se las pide. A su derecha, la visionaria Luisa de Marillac, cofundadora de las Hermanas de la Caridad, cuyo cuerpo incorrupto se conserva en el interior de una estatua yacente. El otro cofundador, Vicente de Paúl, a la izquierda, en mármol blanco, en su brazo derecho un niño dormido que apoya la cabeza sobre el hombro del santo varón. Impresionante la capilla a rebosar de gente de todas las razas, edades y vestimentas orando ante la imagen de la Virgen, y los cientos de placas de mármol en las paredes del patio agradeciendo la gracia recibida. Una auténtica sorpresa este fervor católico en el cogollo de la capital de la República. Mati, que antes de entrar se quejaba de un fuerte dolor en la planta de los pies, ha hecho su oración a la Milagrosa y después de recibir una medalla por su donativo, sale asombrada de la capilla, asegurando que le ha desaparecido el dolor. La hermana Olmedo estaba fuera de París en esos días, pero la sor con la que hablamos aseguró que le transmitiría el saludo y los buenos deseos de la hermana Rosa, compañera de noviciado.
En una papelería de la zona compro un cuaderno hecho en Suecia, con las tapas de cartón forradas de tela azul. Decido dedicarlo a textos sobre París.
A primera hora de la tarde, galopada por el Louvre. Multitud en la cola de acceso, en la de los tiques, en las salas. El gentío, cámara en alto frente a las obras estrella: Gioconda, Victoria de Samotracia, Venus de Milo, La Coronación de Napoleón, La Libertad guiando a su pueblo... Tropel agobiante por los pasillos del palacio. Habrá explicaciones psicológicas y sociológicas de este afán fotografiante de la multitud, que impide contemplar la obra. Ante tal espectáculo ‒no le veo sentido a hacer fotos de lejos a un cuadro, con quince o veinte filas de personas delante, todas con el brazo alzado sobre las cabezas, disparando la cámara, para atormentar luego a sus amistades con cientos de fotos de cientos de cuadros, mal enfocadas, mal iluminadas, mal encuadradas‒, prefiere uno, como suele hacer, esperar a comprarse una postal en la tienda del museo, o ver la obra en la pantalla de su ordenador. En tales situaciones, le sale a uno la intolerancia sin tapujos y prohibiría hacer fotografías en todo el museo bajo pena de torsión de nariz, arrancamiento de cabello y palitrocazo en las onejas, como haría el rey Ubú. ¿Qué pensará la esposa de Francesco del Giocondo ante esa inmensa muchedumbre que acude cada día a su sala para hacer clic y perderse de vista para siempre?
Una cerveza en Le Madrigal mientras cae la nieve sobre los Campos Elíseos. Volvemos al hotel en metro. Cenamos en la habitación: vino tinto, quesos y patés. Luego vamos al espectáculo del Molino Rojo: 500 euros en champán y risas.
viernes, 1 de octubre de 2021
Góngora y el volcán
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Foto: Abián San Gil Hernández. Tomada de elDiario.es |
Las imágenes del Cumbre Vieja en erupción ‒rojo magma saliendo por el cráter a más de mil grados, columnas de gases tóxicos, cenizas, ríos de lava, rugidos del volcán, terremotos‒ me recuerdan aquellos versos de Luis de Góngora, de la Fábula de Polifemo y Galatea, en que nos presenta al terrible y descomunal cíclope y la cueva en que habita. He aquí los versos en que el poeta cordobés describe el entorno paisajístico de Polifemo:
Donde espumoso el mar sicilïano
el pie argenta de plata al Lilibeo
(bóveda o de las fraguas de Vulcano,
o tumba de los huesos de Tifeo),
pálidas señas cenizoso un llano
‒cuando no del sacrílego deseo‒
del duro oficio da. Allí una alta roca
mordaza es a una gruta de su boca.
Desmesurado el decir, casi impenetrable el sentido ‒¿Quién será ese tal Tifeo? ¿Sacrílego deseo? ¿El duro oficio? ¿Qué pinta ahí una mordaza?‒ el estilo culterano de Góngora se muestra aquí en toda su pujanza, irrespirable desde punto de vista sintáctico y con oscuras alusiones mitológicas. Para facilitar la cabal comprensión de estos endecasílabos, y sin ánimo de mejorar ni corregir al autor, deshago aquí el desorden de las palabras (hipérbaton) y reordeno la estrofa con unas mínimas variaciones respecto al original:
Donde el espumoso mar siciliano
argenta de plata el pie al Lilibeo
(que es o la bóveda de las fraguas de Vulcano
o la tumba de los huesos de Tifeo),
un llano cenizoso da pálidas señas
del duro oficio o del sacrílego deseo.
Allí, una alta roca es mordaza
a la gruta de su boca.
Aún así, el sentido completo de los versos permanece en la calígine, tenebroso ‒igual que el interior de la cueva de Polifemo‒, como si una capa de ceniza o una nube de gases impidiera la claridad significativa y el esplendor de la realidad creada por el poeta, por lo que nos parece necesaria una explicación en román paladino, que actúe como filtro oxigenante y purificador. La imagen de los dos primeros versos nos traslada a un lugar de Sicilia bañado por el mar, concretamente a un promontorio llamado Lilibeo, situado en el extremo occidental de la isla. El color blanco de la espuma de las olas aparece doblemente metaforizado con el argenta y el de plata, que hoy confluyen en lo blanco del preciado metal, aunque en la época del autor, “argentar” equivalía a cubrir algo con un metal, teniendo la necesidad de un sintagma que indicara el metal específico ‒argentar de oro, de plata, de cobre…‒, por lo que el poeta no cae en caprichosa redundancia, sino en necesaria especificación. Quede, pues, claro que las espumosas olas del Mediterráneo bañan los pies del monte Lilibeo en Sicilia.
La alusión a esta prominencia rocosa que se adentra en el mar queda complementada por una elusión ‒referirse a algo, hurtando su nombre‒ que remite al Etna, situado justamente en el extremo oriental de la isla: no se dice el nombre del volcán, pero está más que sugerido con la mención de Vulcano y de Tifeo en los dos versos entre paréntesis, los cuales vienen a decir que bajo la mole del volcán hay una enorme cavidad o bóveda, que bien pudiera ser la fragua del dios Vulcano o la tumba de un tal Tifeo.
Vulcano, equivalente del griego Hefesto, era el dios del fuego. Físicamente deforme y cojo, tuvo amores con mujeres hermosas, como la mismísima Afrodita, y era el herrero de los dioses y de los héroes. Cuenta la leyenda que cuando nació y lo vio su padre, Zeus, éste no pudo soportar la imperfección y la fealdad de su vástago, lo arrojó del cielo y después de un día precipitándose desde las alturas vino a caer en el mar, donde dos oceánides lo recogieron, lo cuidaron y terminaron construyéndole una fragua en una profunda gruta de la isla de Sicilia. En realidad, cuando los hombres dicen que el Etna ha entrado en erupción lo que ocurre es que Vulcano ha encendido su fragua y se dispone a fabricar los rayos fulminantes de Zeus, el tridente de Posidón, el carro de Helios o la coraza de Aquiles.
Pero no es esa la única explicación que da la tradición a las devastadoras erupciones del volcán. Otro relato mitológico se remonta a los tiempos en que no había humanos sobre la tierra y dominaban en ella los gigantes. Uno de ellos ‒el ser más grande que jamás ha existido, su cabeza llegaba hasta el cielo, con sus brazos extendidos, una mano tocaba el Oriente, la otra el Occidente, sus ojos lanzaban fuego, los dedos eran cabezas de serpiente y de sus piernas nacían innúmeras víboras, tenía alas y producía horrísonos ruidos‒ promovió la revuelta de los gigantes y acaudilló la osada empresa de tomar el Olimpo y expulsar de él a los dioses. Todos los inmortales huyeron, excepto Zeus, que, después de inmensos sufrimientos ‒el líder rebelde le cortó los tendones de brazos y piernas y los escondió‒, lo persiguió por toda la tierra hasta que consiguió aplastarlo arrojándole una montaña encima. Ate aquí cabos el lector y diga para sí el nombre del gigante rebelde enterrado bajo el Etna, porque ese y no otro monte fue el que le echó encima el todopoderoso Zeus, de modo que las erupciones del volcán no son más que los terribles berridos y venenosos bufidos de rabia, de lava, del monstruoso gigante.
Complejo, como vemos, el asunto de las alusiones y las elusiones, y larga la explicación de estos dos versos parentéticos, pero creemos que se ha purificado el aire y resplandece la luz en la primera mitad de la octava real. Así se las gastaba don Luis de Góngora y Argote con sus lectores, le gustaba sumirlos en las tinieblas y alardear de sus conocimientos del mundo grecolatino.
En ese rincón de Sicilia donde las olas con sus blancas crestas de espuma lamen los pies del monte Lilibeo-Etna, encontramos una llanura cubierta de cenizas, que son prueba de lo dicho: o proceden de la fragua de Vulcano (el duro oficio del herrero), o son los restos (cenizas), de Tifeo, que quiso expulsar del Olimpo a los dioses (sacrílego deseo). Pues bien, en aquel paraje se abre una gruta ‒identificada metafóricamente con una boca: la gruta es una boca‒ a la que sirve de puerta o mordaza una enorme roca. Llegados a este punto, podemos decir que la luz se ha hecho: un monte en la costa siciliana, las leyendas sobre la fragua del dios Vulcano y sobre la tumba de Tifeo, la llanura cubierta de cenizas, la piedra que sirve de puerta a una cueva.
Cenizosa en un principio la estrofa gongorina, con resonancias descomunales, sobrehumanas, con un lenguaje aparatoso, extraordinario, hiperbólico en su complejidad sintáctica y retórica. Sorprende la erupción poética gongorina, conmociona al lector ese cúmulo de materia lírica que se remonta a los más antiguos relatos mitológicos grecolatinos, perturba y asombra esa espectacular distorsión del lenguaje, igual que nos sobrecogen las imágenes del Cumbre Vieja en plena actividad, igual que nos suspende el ánimo esa materia ígnea que brota del interior de la tierra, igual que nos deja atónitos ese lento buey de lava que va transformando el paisaje de la isla.
martes, 28 de septiembre de 2021
Paris nos recibe
De cabo a rabo la terminal de Barajas en busca del mostrador de la agencia de viajes. Desde la cafetería vemos el trasiego de aviones en las pistas. Etiquetado del equipaje. Escáner. Como sardinas enlatadas en el avión. Asiento de ventanilla. Miedo en las alturas. Media España nevada. Cruzamos los Pirineos. Inquieto. Estadísticas de accidentes. Aterrizaje perfecto.
París nos recibe con frío. En Orly, el empleado de la agencia pasa lista y nos indica el autobús. Rodeamos la ciudad por el lado este. En el trayecto se presenta el guía —Marchelo— y empieza con las ofertas: Versalles, Disneylandia, París la nuit, paseos por el Sena, recorridos en autobús, Molino Rojo. Algunas parejas se interesan y desde ese momento Marchelo se desentiende de los demás. Nos da su número de teléfono y nos marca la hora en que el autobús nos recogerá el domingo por la mañana.
Cuando nos bajamos en la puerta del hotel caían unos copos de nieve que se deshacían al tocar el suelo. Antes de una hora ya pateábamos Montmartre. Subimos por la calle Blanche y nos adentramos en el barrio calle Lepic arriba. Sacré Coeur y plaza del Tertre. Un italiano recorta en un santiamén mi silueta en papel y me la ofrece por 10 euros. Unos cafés noisettes en «Au Clairon des Chasseurs». Pigalle y las tiendas de sexo.
El primer escritor al que saludé en París fue Stefan Zweig. Ocurrió el viernes 27 de febrero de 2004, a las 9,54 de la mañana. Si preciso la fecha y hora exacta no es por mi buena memoria sino porque quedaron registradas en la cámara digital de Claudio, que sacó la instantánea del encuentro que ahora veo en la pantalla del ordenador. Un poeta junto a otro poeta, dijo Bárbara, como si le pusiera título a la fotografía.
Aquella era nuestra primera mañana en París. Como buenos turistas habíamos madrugado. Después de un abundante desayuno en el hotel —en una cava pequeña con muros y bóvedas de ladrillo— fijamos el itinerario del día: jardines de Luxemburgo, Barrio Latino, Nôtre Dame, las Tullerías y los Campos Elíseos.
Tomamos el metro en Pigalle y en menos de media hora salimos al cielo de París, desvaído, como velado su azul por el frío. Casi nadie a estas horas: un grupo de escolares cruza en dirección a la calle Vaugirard, un par de gendarmes hace ronda con las manos en los bolsillos, unos pocos turistas madrugadores como nosotros, algún corredor, operarios municipales recogiendo las papeleras y trasplantando flores. Una capa de escarcha sobre la hierba. Helado el estanque. Sobre las copas peladas de los árboles destaca la mole negruzca de la torre de Montparnasse. Por todos lados, sillas metálicas cubiertas también de escarcha. Dos gendarmes hacen guardia a la puerta del Senado.
Frente a la alegoría sobre el tiempo, la gloria y el arte en homenaje a Delacroix, un hombre de treinta y pocos años inmóvil en perfecto equilibrio, apoyado sobre la pierna derecha ligeramente flexionada, doblada en ángulo recto la otra, los brazos en paralelo extendidos hacia adelante, enfrentadas las palmas de las manos, no sabemos si alguien concentrado en la meditación o un mimo preparando su espectáculo callejero. Lo cierto es que componía una verdadera estatua que no se inmutó mientras nosotros andábamos por allí haciendo fotos.
A la entrada de la fuente de los Médicis, abrigado y concentrado, un hombre leía. Fue al dejar atrás aquel rincón cuando descubrí la cabeza en bronce:
¡Es Zweig! ¡Zweig! ¡Stefan Zweig!
Les dije que era un escritor austríaco. Les hablé de su vida y de sus obras —tenían aún fresca la lectura de El mundo de ayer, sus memorias; conté a mis amigos cómo un 23 de febrero de 1942, el escritor y su mujer le dijeron adiós a este mundo en su casa de Petrópolis, en Brasil, después de tomar una sobredosis de veronal; de la nota que dejó escrita de agradecimiento al país carioca y de pesar por haber tenido que abandonar una Europa que nuevamente se desangraba en la Segunda Guerra Mundial. Zweig sabía que el antiguo palacio de María de Médicis había servido como prisión en el periodo revolucionario, pero no llegó a verlo convertido en cuartel general de la Luftwaffe por los nazis durante la ocupación, ni por supuesto pudo imaginar que una mañana de febrero alguien llegado de un pueblo del norte de Córdoba iba a reconocerlo y agradecerle los buenos ratos de lectura con sus libros. De llevarlas conmigo habría leído a mis amigos estas líneas de sus memorias sobre el París ocupado que sí alcanzó a ver: “Ahora el hecho está consumado: la bandera de la cruz svástica ondea en la torre Eiffel, las negras tropas de asalto desfilan arrogantes por los Campos Elíseos de Napoleón, y desde la distancia siento, y comparto, el dolor de los bonachones burgueses de otrora que en sus casas, miran humillados, con el corazón estrujado y dolorido, cómo las botas de los conquistadores huellan sus bistrós y cafés recoletos. Ninguna desgracia me ha confundido, conmovido y desesperado jamás tanto como la de esta ciudad, que tenía como ninguna otra el don de dar felicidad a todo el que se le acercaba, y que hoy yace ultrajada por la fuerza bruta”.
Por no parecer cargante, y porque no sabía si les apetecía a aquellas horas y con aquel frío una breve charla literaria, opté por la travesura propia de un turista irreverente, y puse mi sombrero sobre aquella cabeza de bronce, con su nariz judía y su bigotito recortado, y sonreí para la foto. Fue mi forma de abrazarlo, de abrigarlo, de susurrarle con el pensamiento que nada vale la muerte de un hombre.
viernes, 24 de septiembre de 2021
El juego de las diferencias
Al coger del estante la antología de Manuel Machado en la colección Austral de Espasa-Calpe, recordé que tenía dos ejemplares, uno de la novena edición, hecha en 1975, y otro de la undécima, en 1979. En apariencia son el mismo libro, pero no.
El volumen de la undécima es ligeramente más delgado que el de la novena, no porque aquel tuviera más páginas con los poemas de Manuel Machado, sino porque en el ejemplar de la novena se habían añadido 13 páginas con el listado de volúmenes aparecidos en dicha colección Austral hasta el número 1576.
Perceptible por desgracia a simple vista es la desigual integridad física de ambos libros. En la edición de 1975, las hojas, levemente encoladas, se han desprendido del lomo ‒es el problema de las encuadernaciones a mínimos costes‒, por el mucho tiempo y por el mucho abrir y cerrar, unas veces sueltas, otras en pequeños fascículos de cuatro, siete u ocho páginas, mientras que el de 1979 permanece uno y compacto, como recién comprado y apenas abierto para ser leído.
En la portada del ejemplar de la novena edición, aparece el exlibris que usé durante años: la figura de un ave de vistoso plumaje estampada en tinta roja, y mi nombre, cuando ocultaba el Pérez y firmaba como J. P. Zarco.
Otra diferencia palpable se encuentra en el interior de los libros: si las páginas de la undécima edición aparecen impolutas, sólo con los versos machadianos, en las de la novena se dejan ver signos y breves anotaciones a lápiz, versos destacados ‒Tengo el alma de nardo del árabe español‒; sintagmas subrayados ‒noche morena, noche sultana, nemorosos patios, noche musulmana‒; asteriscos para destacar una estrofa ‒De la noche a la mañana // se me ha ido tu querer. // Agüita que se derrama // no se puede recoger‒; algún cantar sentencioso ‒Hasta que el pueblo las canta, // las coplas coplas son, // y cuando las canta el pueblo, // ya nadie es su autor‒; esquemas métricos, incluso versos que se oían en la radio para anunciar un vino montillano:
Vino, sentimiento, guitarra y poesía
hacen los cantares de la patria mía.
Cantares…
Quien dice cantares dice Andalucía.
La poesía de Manuel Machado surgía de una dual inspiración, el folclore andaluz y el modernismo rubendariano. Respecto a la primera veta, podemos decir que fue un continuador, un letrista de la tradición andaluza en sus diversas manifestaciones, con versos al más puro estilo del cante jondo (soleares, soleariyas, malagueñas, tonás…), o con creaciones más costumbristas, como la copla o las sevillanas. En cuanto a la inspiración modernista, Rubén Darío estaba presente, no imitado, sino bien asimilado: cultismos (clorótica, antífona, nielar), motivos temáticos (el hastío y el vacío existencial, la sensualidad, una religiosidad no problemática, cierto malditismo de estirpe romántica (hetairas y poetas somos hermanos), evasión del presente y evocación de un pasado idealizado (ambientes medievales, renacentistas), uso de símbolos (el ocaso), la búsqueda parnasiana de la perfección formal y de la interrelación de las artes en sus recreaciones de cuadros de Velázquez, El Greco, Murillo, El Tiziano, Botticelli.
A Manuel Machado lo han comparado siempre con su hermano, y aunque fuera mayor que Antonio, lo han considerado por lo general poeta segundón, falto de compromiso social, de profundidad lírica y existencial, cuando no ha sido denigrado por el sorprendente y rápido, es cierto, ingreso en la Academia de la Lengua en 1938, con su ditirambo franquista y su palinodia republicana, y aunque también es cierto que en los últimos veinte o treinta años poetas y estudiosos han reivindicado la valía del autor de poemas como el simbolista «Ocaso», el magnífico «Castilla», el sonetillo «Verano» o sus dos autorretratos, la realidad –la diferencia‒ es que Manuel Machado ocupa mucho menos espacio que su hermano Antonio en tesis doctorales, periódicos, revistas, manuales e historias de la literatura.
Al margen de las evidentes diferencias y de los profundos nexos entre las obras de los dos hermanos poetas ‒que no es el motivo principal de este artículo‒, por encima del deterioro físico o de las marcas y anotaciones a lápiz, hay algo que hace único, y valioso para mí el ejemplar de la novena edición: en el ángulo inferior derecho de una de las páginas de cortesía aparece la firma y fecha en que compré el libro: 18 de febrero de 1978: el día en que cumplía 22 años. El número 131 de la colección Austral fue mi regalo de cumpleaños.
En esa fecha ‒cinco meses antes de acabar Filología Hispánica y de comenzar a trabajar como profesor de Lengua, Literatura, Historia, Latín, Griego y Márquetin en el colegio marista de Córdoba, prorrogando así mi incorporación al entonces obligatorio servicio militar ‒, ya escribía uno versos ‒¿versos? me atrevo a preguntar ahora‒ que no compartía con nadie y que guardaba celosamente en lo más hondo del cajón de mi escritorio. Me ha conmovido encontrar este libro, con esas anotaciones en aquella fecha, porque me ha llevado al yo que uno era entonces, al joven universitario con la cabeza llena de conceptos y de teorías, al inexperto amante ‒unos besos apenas en su historial‒ que vagaba solitario, becqueriano, por la judería en busca de unos ojos donde encontrarse, al inexperto profesor unos años apenas mayor que sus alumnos, al lector a quien faltaban tantos libros y autores por descubrir, al hijo que ya necesitaba abandonar el nido familiar de Maese Luis y volar por su cuenta y riesgo, al desencantado ‒¿pasota?‒ que había vivido la muerte del dictador y esperaba en vano la revolución. Aquel era el joven que se regaló y leyó y anotó la antología de Manuel Machado el día en que cumplió 22 años.
Ya sabes, paciente lector, qué libro quedará en mis estantes.