lunes, 7 de diciembre de 2020

El bicho de Kafka

 

Entre el 17 de noviembre y el 6 de diciembre de 1912 —en estos días se cumplen 108 años—, Franz Kafka escribió su cuento más conocido, protagonizado por un viajante de telas, que comienza así: “Cuando Gregor Samsa se despertó una mañana después de unos sueños intranquilos, se encontró en su cama convertido en un monstruoso bicho”. Desde esta frase inicial, el lector ignora si lo que en adelante lee es el sueño recordado por el personaje una vez despierto, o si está ante una ficción mágica en que un personaje se transforma en animal. Tampoco tendrá clara la imagen del bicho en cuestión, aunque aparecen descripciones parciales del mismo. No es esa concreción anecdótica la que busca Kafka, que juega a decir y a no decir, a sugerir esto y también aquello, a parecer A y a resultar C; o a no resultar. El lector de Kafka tiene que asumir desde el principio esa indefinición, esa duda sobre si lo que ha leído es una historia realista, un divertimento absurdo o una parábola con carga de profundidad. Ni siquiera el título de la obra ha resultado definitivo para los lectores hispanos, acostumbrados desde las primeras traducciones al de La metamorfosis, y que algunas ediciones modernas titulan La transformación, alegando que esa es la correspondencia con la palabra utilizada por Kafka, Verwandlung, y no «metamorfosis», término con claras connotaciones grecolatinas que en alemán recoge el préstamo «Metamorphose».

            Leí por primera vez esta historia de Kafka entre los dieciséis y los diecisiete años, durante el Curso de Orientación Universitaria en el instituto Averroes de Córdoba, en un volumen de Alianza Editorial, supongo que con portada de Daniel Gil: sobre fondo negro, varias líneas en que el título iba metamorfoseando progresivamente de blanco a gris. Por entonces a mí me parecía que el problema de Gregor Samsa era el aislamiento, la falta de comunicación, la dolorosa imposibilidad de mostrarse y explicarse a los otros. Los problemas del protagonista eran, evidentemente, mis problemas: yo mismo estaba viviendo en carne propia esa carencia comunicativa con mi familia, con mis amigos, con mis profesores. Sobre todo con mis amigos, ante los que me mostraba menos expansivo y expresivo de lo que hubiera querido, quizá por mi natural reservado, por mi falta de continuidad en la relación con ellos, debida a los traslados de un pueblo a otro a que nos obligaba la profesión de mi padre, quizá también por la inseguridad propia de la edad, y por un cierto y paralizante sentimiento de inferioridad, a lo que había que añadir la comedura por mi reciente apostasía y la callada, culpable, pesadumbre con que vivía mi onanismo. Yo también era ese bicho repugnante. La incomunicación y la culpa nos convierten en monstruos.

            Siendo ya profesor de Literatura volví varias veces a la historia de Gregor Samsa para explicarla en mis clases. Mi percepción de Kafka, lógicamente, había cambiado. Ya no era el adolescente tímido y acomplejado de los 17 años, había visto en televisión un «Estudio 1» con una impresionante interpretación de Juan Luis Galiardo en El castillo, la película de Orson Welles sobre El proceso, había leído las dos novelas, también América, La condena y otros cuentos, y el primer volumen de las cartas a Felice, y comprobaba que a La metamorfosis, pese a su brevedad, le pasaba lo que al Quijote, que en cada lectura crece y encuentra uno nuevas perspectivas y riquezas.

Como obra literaria, La metamorfosis pertenece a la literatura fantástica, caracterizada por la intervención de lo sobrenatural (transformación de un hombre en animal), y emparentada con una remota tradición teriomórfica que pasa por los relatos mitológicos y las fábulas griegas, las Metamorfosis de Ovidio, los enxiemplos y los apólogos medievales de procedencia oriental, las leyendas y los cuentos populares, el mismo Drácula o el hombre lobo. En la novela aparecen también elementos autobiográficos —la problemática relación del autor con sus padres, el profundo afecto por su hermana pequeña, Ottla, la casa familiar en la calle Niklasstrasse 36, con vistas al Moldava, su trabajo en el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo—, y podríamos pensar que estamos ante una autoficción, ante un relato simbólico sobre la vida del propio Franz Kafka, aunque debemos advertir que estos engarces con la realidad aparecen en otras historias del escritor checo. Kafka siempre va mucho más allá de sí mismo.

La interpretación de La metamorfosis cambia de un lector a otro —alegoría de la deshumanización del individuo en la sociedad moderna y de la anulación, por animalización, de su identidad; fábula burguesa sobre la imposible rebelión del trabajador ante el férreo sistema empresarial, símbolo existencial de la insignificancia del ser humano frente al infinito universo, encarnación de un culpable complejo de inferioridad ante la figura del padre, parábola del castigo a quien se aparta de la senda marcada por la divinidad, crítica al capitalismo alienante, ejemplificación pedagógica del popularmente denominado bicho raro u oveja negra de la familia, o ficción, como afirmaba Nabokov, en que la figura del escritor lucha por su existencia “en una sociedad repleta de filisteos que lo destruye paso a paso” (wiki)—, admite múltiples ámbitos de análisis (sociología, religión, filosofía, política, psicología, economía…) y su mensaje, sea el que sea, tiene alcance universal, por eso se ha convertido en un clásico moderno.

Durante mi lectura de estos últimos días me preguntaba a quién se refería la transformación. La de Gregor Samsa —un escarabajo, una curiana— es evidente e inmediatamente asumida por el lector, aunque el narrador no dé explicación alguna sobre tal metamorfosis. Conforme avanza la historia vamos comprobando que Gregor Samsa acepta con naturalidad su nuevo estado, no hay lamento ni queja por su nueva situación, solo la expresión de la incomodidad y las dificultades derivadas de su nueva morfología, a la que enseguida se adapta. De la noche a la mañana, el hijo de los Samsa ha cambiado de aspecto, de posibilidades de vida y de movimiento, pero supera la crisis con voluntad: después de muchos intentos es capaz de abandonar la cama, de sostenerse verticalmente, de girar la llave de la puerta, de andar sobre todas sus patitas y recorrer de arriba abajo, incluido el techo, las paredes de su habitación, dejando en ellas el rastro viscoso de su garabateo. Sea como insecto, sea como viajante de telas, Gregor Samsa tiene capacidad de supervivencia, instinto de lucha y afán de superación, se niega a dejarse domeñar por las circunstancias, por eso nos identificamos con él: ¿quién se va a dejar morir de buenas a primeras por un imprevisto?

Nuestro protagonista es además buena persona, buen hijo, buen hermano y trabajador ejemplar: ha asumido el pago de una importante deuda económica contraída por sus padres, mantiene una grata relación con su hermana y desempeña puntual y modélicamente sus obligaciones profesionales. ¿Eso es lo que lo convierte en un bicho raro? ¿Que cumpla debidamente con su familia? ¿Con su empresa? ¿Que no se rebele? ¿Esa es la razón de su castigo, de su transformación?

Quizá sea el momento de plantearse otra lectura, otra perspectiva, de centrar el haz de luz no en Gregor Samsa, o por lo menos no sólo en él, sino también en los demás personajes del relato, porque no es el único que sufre una transformación. El apoderado de la empresa, ante la única falta de puntualidad de Gregor en cinco años, cambia rápidamente su juicio, no lo considera ya un hombre tranquilo y sensato, sino un irresponsable sin interés por su trabajo y lo acusa falsamente de bajo rendimiento. La transformación física del hijo trastorna la condición social de los otros miembros de la familia, que han de ponerse a trabajar —el padre como conserje, la madre cosiendo ropa para una tienda de modas, la hermana como dependienta en un comercio—, y provoca un cambio en sus afectos: el padre y la madre, agradecidos al comienzo de la historia por ser el sostén económico familiar, se horrorizan luego y se avergüenzan del hijo, al que terminan odiando y olvidando. Grete, la hermana, sufre una doble transformación. Entre ambos hay un fuerte lazo de fraternidad, que se va desatando conforme avanza la narración. La hermana sufre por la metamorfosis del hermano, se muestra compasiva y comunicativa con él, lo cuida y lo alimenta, pero acaba despojándolo de sus pertenencias, de sus muebles, de su identidad, hasta llegar a la despreocupación y el abandono en la habitación, convertida en sucio trastero de la casa, y a querer deshacerse para siempre de aquel bicho. Ese cambio de actitud, ese corte afectivo precipita el trágico fin de Gregor, consciente de ser una no-presencia para ella. Junto a la transformación moral, en la hermana se va obrando un proceso de cambio físico en sentido contrario al del hermano: la crisálida acaba su metamorfosis y al final de la historia los padres, olvidados por completo de Gregor, encuentran que Grete se ha convertido ya en una hermosa mujer en edad de merecer: “Y para ellos fue una confirmación de sus nuevos sueños y buenas intenciones cuando, llegados al final del trayecto, la hija fue la primera en levantarse y al hacerlo estiró su cuerpo joven”.

Movimiento. Metamorfosis. Evolución. Seres, realidades, en continuo cambio. Otra lección de Kafka.


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