domingo, 5 de junio de 2022

Lenguas sin límites

 Me quedé turulato al leer el titular: “El Congreso deberá corregir el error del PSOE que ‘destopa’ ‒sic, entrecomillado‒ la base mínima de cotización”. Era la primera vez que me topaba con ese palabro y no tenía ni idea de su significado, ni supe intuirlo en el contexto de esa frase. Pensé primero que sería una derivación de la palabra inglesa stop ‒alto, detenerse, pero no le encontraba sentido a la frase: ¿un error del PSOE detiene la base mínima de cotización? ¿Qué querrá decir eso? Tampoco me parecía, en el caso de que la palabra procediera de stop, que la derivación estuviera acorde con las normas del castellano, en el sentido de que era más lógico que de stop se derivara desestop, no destop ni destopar, por lo que rechacé esta primera hipótesis, pinché en el titular que enlazaba con la noticia completa y encontré este subtítulo: “El PSOE ‘destopa’ las bases máximas de cotización tras el error del PSOE en la votación”. La cuestión semántica se complicaba, porque en el título se relacionaba la destopación ‒o destope‒ con la base mínima de cotización, y en el subtítulo lo hacía con la base máxima de cotización. Trataba la noticia sobre las aportaciones de nuestros sueldos a la Seguridad Social y su relación con las pensiones de jubilación, pero persistía la niebla en torno a destopar.

Consulté otras publicaciones digitales y en todas aparecía el neologismo en una u otra forma ‒destopar, destopa, destope‒, hasta que encontré una frase iluminadora: “Actualmente, la base de cotización está topada a 4.070,10 € mensuales”. Ahí se encendió la luz de la comprensión. Topar equivale a limitar o poner límite, y su contrario, quitar la limitación, es destopar. La palabreja nada tenía que ver con stop, sino con tope, o con topar.

En el diccionario académico no se registran destopar, ni destope, aunque parece que los términos se vienen utilizando desde hace una década en el argot de la Economía, referidos siempre a las cotizaciones a la Seguridad Social. La Fundéu (Fundación del Español Urgente) afirma al respecto: “Las formas topar y destopar, así como el sustantivo destope, son válidos en el ámbito económico para referirse respectivamente a la acción de poner un tope y a la acción y efecto de quitar el límite o techo que se venía aplicando”. Después de ilustrar con unos ejemplos y de no asegurar la etimología de los términos, concluye que “son palabras que no cabe censurar”.

Pasada la inicial estupefacción y aclarados los conceptos, consulto topar en el diccionario de la RAE, y ninguna de las 11 acepciones consignadas tiene que ver con el concepto de “limitar” o poner límite. En cuanto al origen de la palabra, se propone la onomatopeya del choque, top, que no aparece recogida como tal en el diccionario.

La siguiente consulta es tope, que resulta ser una homonimia, es decir, la coincidencia fonética de dos palabras con etimologías distintas, y por tanto, con significados diferentes. El primer tope procede de topar, y recoge acepciones relacionadas sobre todo con el concepto de choque, si bien en su segundo sentido ‒pieza que sirve para impedir que el movimiento de un mecanismo pase de cierto punto‒ da argumentos para el sentido figurado de ‘límite o máximo posible al que puede llegar algo’.

El otro tope es un galicismo, de madre francesa medieval ‒top‒, con que se designa el máximo al que podía llegar algo y, antes, en marinería, al marinero que estaba de vigía por encima de la cofa, que era el lugar habitual para otear el horizonte y avisar de avistamientos: el marinero tope estaba en lo más alto, por encima de la cofa, en el extremo de la arboladura. No parece muy descabellado pensar que el destopar y el destope que nos ocupan, procedan de esta palabra de origen francés y de esa idea de lo más, lo máximo, como dejan ver las expresiones a tope o hasta los topes.

Como filólogo, pero sobre todo como usuario de la lengua española, me alegran y me interesan estas creaciones léxicas. Bienvenidas sean los neologismos que expresan nuevos matices, que crean sinónimos, que nombran lo que no se ha nombrado hasta ahora, que enriquecen la expresión e iluminan con más nitidez la realidad.

Cuanto más libre, y más culta ‒conocedora de su tradición lingüística‒ es una sociedad, más libre y creadora es su lengua. El problema de las lenguas, como el de las personas, es el constreñimiento que imponen los poderes, las orejeras ideológicas, semánticas, que tratan de colocarnos quienes no aspiran a la libertad de pensamiento y de expresión, y se arrogan la exclusividad de conceptos como libertad, patria, justicia, igualdad, familia, educación, memoria, cultura o diversión. Las tiranías y los totalitarismos son también mordazas para los idiomas.

Frente a la univocidad semántica, la plurisignificación. Frente a la escasez, la riqueza léxica. Frente al tope, el destope. 


lunes, 30 de mayo de 2022

Juegos infantiles: mito, memoria, olvido

 Aquella era una de las últimas aventuras del verano, los días antes de comenzar las clases, cuando ya habíamos agotado los baños en el río, los partidos de carabineros, los saltos a piola y Sevilla eléctrica ‒otro día hablaré de este juego‒, el frontón, las carreras en bici por la avenida Colecor, el voleibol a la sombra de los eucaliptos, junto a La Calahorra, y la segunda sesión en el Campo Deportes. Siempre había uno que lo proponía.

Vamos a por almesas.

Y organizábamos enseguida la excursión, que exigía una mañana entera o toda una tarde, desde bien temprano. Antes de la batida, cada uno tenía que averiguarse una bolsa o taleguilla para almacenar la recolecta, y un canuto de caña, con una buena distancia ‒más de una cuarta‒ entre nudos, y poco más de un centímetro de diámetro. No era difícil encontrar un cañaveral en la orilla del río, donde ahora está el Jardín Botánico, o en algunas de las huertas por las que pasábamos, dejando atrás el viaducto, el Silo, y las casas de la Electromecánicas.

El almeso estaba junto al edificio de entrada a las ruinas de Medina Asara. Majestuoso, viejo ya, enorme, alto y copudo, de amplia sombra, al que trepábamos los más ágiles, apoyando los pies en las manos entrelazadas del compañero, y luego en los hombros, hasta alcanzar las primeras ramas. Las almesas eran unos frutos del tamaño de los guisantes, de color morado casi negro, que en el suelo los más inexpertos podían confundir con las cagarrutas de las cabras. La piel era frágil, quebradiza, y la escasa pulpa, de color amarillo oscuro, era dulzona, parecida al dátil. Pero no las buscábamos como galguería, que lo era, y que sólo comíamos una vez al año. Nos interesaba por el güito, por el hueso, que dejábamos limpio con los dientes, sin sacarlo de la boca, como los huesos de las aceitunas, y luego con la lengua lo colocábamos en el canuto por el que a modo de cerbatana soplábamos con fuerza y nos disparábamos unos a otros. Por unos días, los muchachos del barrio andábamos en la guerra de las almesas, hasta que llegaba el primer día de clase.

***

La ninfa Lotis, una de las muchas hijas de Poseidón, era perseguida de continuo por el libidinoso Príapo. Tras una noche de fiesta en la morada de Dionisos, mientras la bella muchacha dormía junto a las bacantes consagradas al dios, el lascivo Príapo maniobraba ya para poseerla, cuando el asno de Sileno ‒no es que este Sileno fuese un animal de herradura o burro, sino que acostumbraba usar uno de ellos, que lo llevaba de acá para allá cuando estaba ebriorebuznó a pleno pulmón y despertó a todo el mundo, que pudo ver el alevoso intento del lúbrico Priapo con su erecto miembro a punto de echar por tierra la doncellez de la ninfa. Despavorida, Lotis huyó y pidió a los dioses benévolos que la transformaran en planta, súplica que los inmortales concedieron metamorfoseándola en un árbol al que llamaron loto, en honor de Lotis.

***

Del fruto de ese árbol se alimentaban aquellos hombres que Odiseo y sus compañeros descubrieron en la rapsodia 9 de la Odisea, los comedores de loto: “cuantos probaban este fruto ‒rememora el protagonista‒ , dulce como la miel, ya no querían llevar noticias, ni regresar, antes deseaban permanecer con los lotófagos comiendo loto, sin acordarse de volver a la patria”.

***

Es muy posible, dicen las enciclopedias y las guías de plantas mágicas, que aquel loto en que se transformó la hija de Poseidón, de fruto dulce como la miel, que provocaba el olvido de la familia y de la patria, fuera aquel almez ‒celtis australis‒, cuyos frutos recogíamos los muchachos ‒doce, trece años‒ del Campo de la Verdad en los últimos días de verano junto a las ruinas de Medina Azahara para nuestras inocentes batallas de almezas.

Pero tengo mis dudas. Si durante unos días éramos lotófagos, quién y cómo nos devolvió a la realidad, al barrio, a nuestra casa, a los padres, a los hermanos, al instituto… ¿O estoy todavía allí, en el gran loto de Medina Azahara, escupiendo los huesos de las almezas, atrapado en un pasado inamovible, perdido ya para siempre en el olvido? 


miércoles, 25 de mayo de 2022

¿El emérito?


En la Roma antigua, un emeritus era un legionario jubilado al que se le asignaba el emeritum ‒pensión de retiro o jubilación‒, que solía consistir en la concesión de tierras o fincas expropiadas en territorios conquistados. Este emeritus ‒acabado, terminado‒ era el participio de pasado del verbo emereor, utilizado en la expresión stipendia emereri, equivalente a ‘acabado el servicio militar’. Estamos hablando, pues, del pago, o reconocimiento, por un servicio prestado, cuando el individuo ha causado baja como soldado.

En el mundo universitario de nuestros días, aquel uso romano se ha recuperado en la figura del profesor emérito, es decir, el profesor jubilado al que, por su valía o merecimientos, se le concede el privilegio de seguir ejerciendo parcialmente su labor académica. En este sentido corre la primera acepción del adjetivo emérito en el diccionario de la RAE: ‘Dicho de una persona, especialmente de un profesor: que se ha jubilado y mantiene sus honores y alguna de sus funciones”.

En el afán de muchos cortesanos ‒juancarlistas‒ por blanquear la imagen del ex monarca, a alguien se le ocurrió que, trasladando al ámbito institucional ese concepto manejado en el mundo académico universitario, el adjetivo «emérito» salvaba la dignidad y mantenía el prestigio del personaje ante la sociedad, jugando además con la idea de ejemplaridad y merecimiento que asoma claramente en tal palabra. Pero cuando abdicó, el rey Juan Carlos I acabó. ¿Por qué seguir llamándolo rey? ¿Y por qué emérito, si no conservó ninguna de sus funciones oficiales y hasta se le retiró la asignación por parte de la Casa Real? Ni rey, ni pensión de retiro, ni ejemplar, sin embargo, ahí aguanta la muletilla: “el rey emérito”.

El padre de Felipe VI no encaja en el perfil académico universitario, aunque nadie le podrá negar la maestría, en sumo grado, para manejar cuentas archimillonarias en bancos suizos, disponer de tarjetas opacas, crear sociedades off shore en la isla de Jersey (Inglaterra) y en Panamá, viajar a Kazajistán con maletines llenos de billetaje, o cobrar comisiones sonrojantes por mediar en la venta de armas o en la llegada del AVE a La Meca. Todo un doctorado en comisiones, fraude fiscal y blanqueo de dinero, que se le ha excusado por aquello de la inviolabilidad real.

Y uno se pregunta: ese largo currículum ¿se considera mérito o demérito?


jueves, 19 de mayo de 2022

Técnicos de Investigación Aeroterráquea

 A mi hijo Álvaro

Se me ha venido la imagen mientras tomaba notas para un artículo sobre los casos de espionaje salidos a la luz estos días de mayo: cena familiar rutinaria en el pabellón del cuartel; llaman a la puerta; abrimos y antes de entrar hasta el pequeño comedor muy serio, Barrena, el guardia de puertas pide la venia.


¿Da usted su permiso, mi sargento?
Adelante, Joaquín, dime.
Un mensaje cifrado, mi sargento, urgente.

Aprieta los labios y se queda mirando al frente, erguido, como no viéndonos. Mi padre se levanta. Está en camiseta de tirantes. Entra en su dormitorio y sale abotonándose la camisa verde detrás del guardia. Serio. Apurado.


Un mensaje cifrado.
Eso qué es, mamá.
No sé, hijo, cosas oficiales.
Y seguimos cenando.

Primavera y verano del 68. En los telediarios veo algunas imágenes de París. Llegan más mensajes cifrados a la centralita de radiotelegrafía del cuartel. Alguna vez mi padre trae a casa las claves y el mensaje para que le ayude. Me divierto al principio, luego me aburro: instrucciones sobre servicios y vigilancia en la población.

Esa imagen del mensaje en cifra que necesita una clave para ser entendido me lleva a otra en plena infancia, cuando mi hermana y yo hablábamos también en jerigonza, intercalando entre las sílabas de una palabra una sílaba con la letra p más la vocal que correspondiera yopo mepe llapamopo jupuanpa joposepe peperezpe zarpacopo‒, hasta que se nos enredaba la lengua y la risa nos impedía seguir con el juego.

El dominio del lenguaje encriptado ‒recuerdo haber usado también el morse con mis amigos y compañeros de clase‒ transmitía sensación de poder, de seguridad y de superioridad ante quien desconocía el código. Los mensajes en cifra eran cosas de niños, como las charadas y los jeroglíficos, como los enigmas y acertijos que aparecían en los tebeos. Y los espías eran aquellos personajes desastrosos, incapaces de resolver un caso a derechas, y que solían acabar escondidos en el desierto de Gobi o en el Polo Norte, como Mortadelo y Filemón, los inigualables agentes de la T.I.A., con el Súper, la gorda Ofelia y el orate profesor Bacterio; como Maxwell Smart, el superagente 86, con su zapatófono; como Anacleto, agente secreto, que no se enteraba de la misa la media; o el internacional Tintín y el borrachín del capitán Haddock, los detectives Hernández y Fernández. Luego, el cine encumbró universalmente al agente secreto 007, con licencia para matar, en compañía de la enamorada Moneypenny, el exigente M, el ingenioso Q, y recientemente lo ha hecho con la saga de Bourne, sin olvidar las parodias del género, como la delirante e hilarante Top Secret, o el no menos alucinante Austin Powers, enfrentado al disparatado doctor Maligno y su Mini Yo. Todos aquellos personajes de tebeo y de cine lo eran de ficción, hasta que en plena adolescencia oímos el nombre de Mata Hari, fusilada en París por cargo de espionaje, y el de Alfred Dreyfus, y comprendimos que los juegos de espías también eran cosa seria y de mayores.

El diccionario académico define como ‘espía’ a quien con disimulo y secreto observa o escucha lo que pasa, para comunicarlo a quien tiene interés en saberlo. Un espía es, pues, un mandado. Cuando está al servicio de dos autoridades estamos ante el clásico «agente doble», como el famoso Kim Philby, que trabajaba simultáneamente para el gobierno británico y para Iósif Stalin. La palabra «espionaje» nos llegó a través del francés espionnage, término que la lengua hermana derivó del germánico spahen. El espion era el soldado que se acercaba o se infiltraba en el campamento enemigo para obtener información.

El primer espía europeo de nombre conocido aparece en la Ilíada. Fue un troyano mal encarado pero excelente corredor, llamado Dolón, que pidió ‒le gustaba la buena vida y el lujo, como a James Bond‒ el carro y los caballos de Aquiles a cambio de infiltrarse en el campamento griego. Disimulado bajo la pellica de un lobo y corriendo a cuatro patas, fue descubierto por el astuto Ulises y su compañero Diomedes, que lo interrogaron ‒cantó la Traviata‒ antes de decapitarlo. El espía está muy cerca del «agente secreto», encargado de realizar misiones secretas ‒obtener información, boicotear, secuestrar, rescatar, asesinar‒ para un Estado. De eso tendrían mucho que contar los agentes Amedo y Domínguez.

Fuera del tiempo de guerra, espiar es una fullería, es hacer trampa, romper el principio de honestidad que debe regir las relaciones entre instituciones y entre países. En un escenario bélico, cada contrincante busca su supervivencia, todo vale para acabar con el enemigo y por eso se admite el espionaje. Lo cuestionable es el espionaje en tiempo de paz.

viernes, 22 de abril de 2022

Ex patria

 «La escena parecía el atrezzo de una mala obra de teatro: una carretera, algunos árboles, un sol que blanqueaba las cosas. Allí, en ese decorado mediocre, estaban Josefina y los Cabrera, apretujados en un Hispano-Suiza a cinco kilómetros de la frontera francesa, en medio de ninguna parte. Pero no estaban solos: como ellos, otros muchos ocupantes de muchos vehículos, y otros hombres y mujeres que habían llegado a pie con sus baúles al hombro, esperaban lo mismo. Huían de la guerra: dejaban atrás sus casas; dejaban atrás, sobre todo, a sus muertos, con esa osadía o ese desespero que le permite a cualquiera, aun al más cobarde, lanzarse a la incertidumbre del exilio […] cuando se oyó un murmullo en el aire, y luego el murmullo se convirtió en rugido, y antes de que la familia se diera cuenta, un avión de caza estaba pasándoles por encima, disparándoles con sus ametralladoras».

«Alona y su pequeño, de 11 años, viajaron junto a una docena de vehículos particulares, ahora revisados por soldados ucranianos o guardias de defensa territorial. Muchos recién llegados se preparan para tomar sus maletas y coger algo de comida en un puesto habilitado para recibirlos, cuando un fuerte ruido sobrevuela sus cabezas. Se hace el silencio, la mayoría de la gente se queda paralizada y los niños miran al cielo...».

Ochenta y tres años separan estas dos escenas. La primera pertenece a Volver la vista atrás¹, la novela en que Juan Gabriel Vásquez reconstruye la historia del director de cine colombiano Sergio Cabrera, creador, entre otras, de La estrategia del caracol, y la de su padre, el canario Fausto Cabrera, escritor, declamador, actor y director de teatro. El relato del cruce de la frontera francesa por medio millón de personas en el invierno de 1939 es de sobra conocido en nuestro país. El segundo fragmento está tomado de la crónica enviada desde Ucrania por Gabriela Sánchez y Olmo Calvo al periódico elDiario.es el 19 de abril de 2022. 

Ochenta y tres años, e idénticos se mantienen los principales elementos de ambas escenas: familias ‒mayores y niños‒ que huyen de la guerra, hileras de vehículos en los puestos fronterizos, bultos con ropa y comida, los aviones, la dramática incertidumbre ante el futuro más inmediato… Sin embargo, una sutil diferencia, un matiz semántico: los españoles del 39 son exiliados; los ucranianos de 2022, refugiados.

En los dos casos se trata de una migración, es decir, de un desplazamiento geográfico de personas, que no obedece a razones económicas. El exilio español de 1939 fue de índole ideológica: aunque hubiera excepciones, quienes cruzaron la frontera eran republicanos que temían ser represaliados por Franco. No parece este el caso generalizado de los ucranianos que han pasado a otros países vecinos. Habrá entre ellos, sin duda, opositores a las autoridades pro-rusas, pero la mayoría huye para salvar la vida, porque sus ciudades y sus casas han sido arrasadas, porque temen también las represalias de después de la guerra. Así pues, la palabra exiliado incluye una connotación ideológica que no aparece con tanta claridad en refugiado, aunque en ambos casos se trata de un desgarrador expatriarseJunto al de la pérdida de un ser querido, el sentimiento más doloroso para las personas es el de tener que abandonar el lugar en que vive, la tierra de sus padres, la madre patria.

Nuestra lengua cuenta con otras dos palabras que recogen este hecho de la separación o la salida de la tierra en que se vive. Tuvieron durante siglos una connotación religiosa, relacionada con la historia del pueblo judío, pero en la actualidad términos como éxodo o diáspora han acogido una segunda acepción más general. La primera ‒del griego éxodos, ‘salida’‒ expresa la salida, la marcha o emigración hacia otro lugar de un grupo más o menos numeroso de personas; la segunda encierra una metáfora agrícola ‒la diseminación de las semillas cuando se arrojan para la siembra‒, procede también del griego (diá, ‘a través de’, más el sustantivo spóros, ‘siembra, semilla’) y se refiere a la dispersión de un grupo humano que abandona su lugar de origen, como ocurre hoy con los más de ochenta millones de refugiados que existen hoy en el mundo.

¹ Juan Gabriel Vásquez, Volver la vista atrás. Editorial Alfaguara, Madrid, 2021, p. 42.

martes, 19 de abril de 2022

Armas y palabras

 Desde que nací en 1956, cuando se libró en poco más de una semana la guerra del Sinaí, hasta hoy mismo, 19 de abril de 2022, en que se cumplen casi dos meses de guerra en Ucrania, no creo que haya habido un solo día de mi vida en que una guerra no asolara este o aquel rincón del planeta. El espíritu belicoso está inserto en la doble hélice de la especie humana, que pronto pasó de formar grupos para cazar animales con que alimentarse, a organizar una verdadera tropa para ocupar el territorio de sus vecinos, acabar con ellos o convertirlos en esclavos y quedarse con sus riquezas. Innato ‒insano‒ afán de poder y dominación, enfermiza animadversión por una etnia, por una religión, por un grupo social, codicia de la riqueza ajena, aberración ideológica llevada al extremo, la guerra es una forma persistente de relación entre los pueblos.

La palabra ‘guerra’ está documentada por primera vez en nuestro idioma hacia el año 1140, en el Cantar de mío Çid, pero no nos llegó por vía de evolución fonética a partir del latín vulgar, ni como préstamo directo de los pueblos germánicos que entraron en la península a partir del siglo IV d. C., sino por la desaparecida lengua fráncica, que en el siglo VII tomó en préstamo la raíz germánica wuerra, ‘pelea, discordia’, madre también del inglés war, del alemán wirren y del guerre francés.

En el diccionario de la RAE, el término ‘guerra’ aparece con seis acepciones ‒desavenencia y rompimiento de la paz, lucha armada, pugna, combate, oposición, grito de ánimo para entrar en combate‒, seguidas de 56 locuciones, que van desde guerra a muerte o guerra sin cuartel, hasta guerra sucia y guerra fría, pasando por guerra biológica, guerra civil o hacer la guerra por su cuenta ‒por su cuento‒, como está haciendo Putin en Ucrania.

Por su parte, en el diccionario de María Moliner pueden contarse más de 270 términos afines y relacionados con el concepto ‘guerra’. Cuantitativamente, desde el punto de vista léxico, como afirma el romanista e hispanista alemán Bodo Müller, la guerra «resulta mucho más interesante que la paz». Prueba de esa riqueza léxica en ese campo es la variedad de procedimientos para la creación de nuevas palabras, un despliegue de recursos que nos recuerda la imagen de los desfiles militares en las fiestas patrias, con la exhibición de las más modernas herramientas bélicas.

La invasión rusa de Ucrania está dejando un importante rastro léxico en nuestra lengua. Si nos fijamos en el casus belli, es decir, en los motivos alegados por Rusia para invadir y arrasar Ucrania, nos encontramos con el expansionismo imperialista, y con unas intenciones supuestamente altruistas, pero en absoluto injustificadas: desmilitarización y desnazificación, como si Vladimir Putin fuese el gran liberador de los pueblos oprimidos, el azote de las dictaduras, el campeón de la democracia. Junto a estos derivados podemos ubicar, en grupo especial, los formados con una preposición y un sustantivo: contramedidas, antitanque, antibuque y las terribles minas antipersonas sembradas a diestro y siniestro por los soldados rusos.

En el procedimiento de composición de palabras, aparecen las tres modalidades reconocidas: compuestos propios, sintagmáticos y locuciones nominales. Compuestos propiamente dichos, también llamados univerbales, son lanzacohetes, lanzallamas, cazabombardero. Los compuestos sintagmáticos, llamados también sinapsias, no presentan unidad acentual ni ortográfica, aunque sí tienen un referente único. Son expresiones fijas, cristalizadas o lexicalizadas, con un significado unitario. En este grupo podemos distinguir las formaciones clásicas, más antiguas, como campo de batalla, reglas de juego, guerra de desgaste, avión de combate, prisionero de guerra, o más recientes, como los misiles de crucero, las mortíferas bombas de racimo, lanzadas vilmente por la aviación rusa sobre objetivos civiles, o las bombas de vacío, disparadas desde vehículos terrestres, de efectos igualmente devastadores e indiscriminados, pues sus explosiones producen temperaturas de entre 2.500 y 3.000 grados y su onda expansiva incendia todo lo que encuentran a su paso: edificios, vehículos, bosques, personas. Es precisamente el uso de estas bombas, prohibidas por las convenciones internacionales, el argumento que maneja la UE para llevar a Putin, y a los subordinados responsables, ante la Corte Penal Internacional bajo la acusación de criminal de guerra o autor de crímenes de lesa humanidad. Esa enorme mortandad de personas ‒más de 20.000 en Mariúpol‒ es otra de las razones por las que el presidente Zelenski insiste en que Ucrania sea declarada zona de exclusión aérea, lo que pondría al resto de Europa, y del mundo, en grave riesgo de guerra.

El tercer tipo de composición incluye locuciones nominales como el inmediato alto el fuego, necesario por parte del ejército ruso, que en su acercamiento, o en su retirada, de algunas ciudades ucranianas está aplicando la estrategia del talco, o sea, machacando un objetivo con todos los medios a su alcance, reduciéndolo todo a ceniza, o, por usar una locución más conocida, igual de genocida, siguiendo la táctica de tierra quemada, que implica la destrucción total del territorio por el que se pasa. Junto a estas locuciones nominales, equivalentes a un sustantivo, cabe distinguir las formadas por un sustantivo más adjetivo, como las clásicas ruleta rusa, los erizos checos con que la resistencia trata de frenar el avance de los tanques rusos, la guerra relámpago que imaginaba Putin sería la ocupación de Ucrania, aplaudida por la extrema derecha de otros países europeos, y la guerra sucia que está practicando, bombardeando los corredores humanitarios utilizados por la población civil para huir de Ucrania, evitando así caer y ser amontonada en una espeluznante fosa común.

No faltan en esta guerra las palabras formadas por componentes griegos y latinos, como la geoestrategiageo, ‘tierra’ + strategia, ‘arte de dirigir ejércitos’‒, que ha llevado a Putin a querer expandirse por el este de Ucrania para tener acceso pleno al mar Negro; como los obuses autopropulsados ‒autos, ‘de o por sí mismo’‒; como los misiles hipersónicos ‒prefijo latino hiper, tomado del griego uper, ‘exceso, grado superior al normal’ + sonitu, ‘sonido’‒, capaces de volar a 12.000 km/h y de alcanzar objetivos situados a 2.000 kilómetros; como las bombas termobáricas θερμos, ‘calor’ + baros, ‘pero, presión’‒,conocidas también por sus sinónimos bombas de vacío, bombas de fuel, bombas de combustible, explosivos de aire combustible o armas de calor y presión.

Un procedimiento gramatical de uso frecuente en estos menesteres bélicos es la aposición, o modificación de un sustantivo por medio de otro sustantivo. Las dos primeras aposiciones que apunté en el cuaderno de notas fueron Grupo Wagner y Organización SWIFT, puestas en circulación al comienzo de la invasión. El Grupo Wagner es una organización paramilitar rusa, no se sabe si al mando del Kremlin o privada, que oficialmente no existe, aunque se conoce su campo de entrenamiento en las cercanías de Krasnodar. Parece clara la intervención de este pequeño y temible ejército secreto en la guerra del Donbás, en la de Siria, en la de Sudán y, más que posiblemente, en la invasión de Ucrania. Fundado por el teniente coronel Dimitri Valeriévich Utkin, que mantiene estrechas relaciones con organizaciones nazis y xenófobas, el Grupo Wagner es propiedad del oligarca Yevgeny Prigozhin ‒«el chef de Putin»‒, dueño de empresas de catering y de restaurantes de lujo frecuentados por el presidente ruso. La segunda aposición, que coincide con el apellido del satírico inglés Jonathan Swift, es la sigla correspondiente a Society for Worldwide Interbank Financial Telecommunication, una red internacional para transacciones financieras, de la que fueron expulsados algunos bancos rusos en los primeros días de guerra.

Habituales son también las aposiciones con epónimos ‒nombres de persona con que se denominan conceptos, accidentes geográficos, ciudades, máquinas, enfermedades, como el internacional cóctel molotov que la resistencia ucraniana lanza contra las fuerzas ocupantes, nombre fraguado en Finlandia durante la Guerra de Invierno de 1939, aunque el uso de estas bombas incendiarias está documentado ya entre las tropas franquistas que asediaban Madrid en 1936, durante la guerra civil española. El epónimo apuesto era el apellido de un comisario político ruso de Asuntos Exteriores, Vyacheslav Mólotov, el cual aseguraba a los finlandeses que en realidad lo que los aviones rusos lanzaban eran canastas de pan… Idéntico el cinismo con que hoy asegura el ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, que los heridos y muertos en los bombardeos de las ciudades ucranias son actores maquillados con gran realismo.

Tan internacional como el cóctel molotov es el AK-47, nombre técnico del popular y eficiente fusil de asalto kalashnikov, creado por el militar ruso Mijaíl Kaláshnikov en 1947. Aparecen también epónimos en aeronaves, drones y misiles: el avión de transporte Ilyushin ‒diseñado por el ingeniero aeronáutico Serguéi Ilyushin‒, un cuatrimotor para transporte de camiones y contenedores; el caza ‒un acortamiento por apócope de cazabombardero‒ Mikoyan, apellido de uno de sus diseñadores, Artion Mikoyan, cuya inicial vuelve a aparecer en la subdenominación, los famosos cazas MIG, acortamiento resultante de las iniciales de apellidos los dos creadores del avión unidos por la copulativa «y» en ruso: Mikoyan y Gurevich > MIG; los helicópteros Mil y los Kamov, que conservan el apellido de sus creadores, los ingenieros aeroespaciales (compuesto univerbal) Mijail Mil y Nicolai Kamov; por cierto, la palabra helicóptero es un término procedente de muy distintos ámbitos del saber, la tecnología y la zoología: hélicos, ‘espiral, vuelta, hélice’ + pteros, ‘ala, pluma’. Mencionaremos finalmente el epónimo con que se conoce el misil balístico Iskander, de fabricación turca, adaptación del nombre griego de Alejandro (Magno), que en turco viene a significar ‘el protector, el defensor de la humanidad’, una verdadera muestra más de cinismo, pues se trata de unos misiles capaces de portar cabezas nucleares. Otro ejemplo perverso de cinismo lingüístico es el de llamar “mariposa” a unas minas antipersonas tan diabólicamente diseñadas que parecen juguetes por su forma y sus colores llamativos, para atraer a los niños, y que se pueden programas para que estallen a la altura de los ojos, del cuello o de la entrepierna de las personas. Sus siglas, además, semejan la onomatopeya de una explosión: POM-3.

La denominación de las armas recurre también con frecuencia a usar un nombre común, alusivo a los efectos causados por las mismas. Así, no resulta difícil imaginar hasta que punto penetran en territorio enemigo el misil Kinzhal (‘daga’, en ruso), lanzado desde un caza, que viaja a velocidad supersónica, o los antitanques Javelin (‘Jabalina’), Solntsepiok (‘Sol ardiente’), Uragan (‘Huracán’), Grad (‘Granizo’).

Como hemos podido comprobar, a la variedad de las armas usadas en las guerras de nuestros días, caracterizadas por el aumento de su capacidad mortífera, corresponde una rica diversidad de procedimientos lingüísticos para denominarlas.

Parece claro también que la especie humana es belicosa por naturaleza, que después de tantos siglos en este planeta, la guerra no desaparecerá de un día para otro, y que Filippo Tommaso Marinetti parecía tener razón cuando glorificaba la violencia en su Manifiesto futurista (1909) y afirmaba que las guerras son la higiene del mundo: de vez en cuando el mundo tiene que sangrar, para purificarse y empezar de nuevo. Las empresas de armamento estarán de acuerdo con él: hay que fomentar las guerras para probar las nuevas armas. Eso mismo debe pensar V. Putin, que se apoya en el etnólogo Lev Goumilev para justificar la invasión ‒las invasiones‒ de Ucrania, al afirmar que las guerras responden a un “impulso biocósmico de carácter cíclico en todos los pueblos”, es decir, que toda nación, y de modo cíclico, tiene la necesidad de un enfrentamiento armado.

La de Ucrania es meridiano ejemplo de guerra injustificable y desigual en cuanto a fuerzas en combate, la versión moderna de Goliat y David, que ganará militarmente Rusia, y moralmente Ucrania; un Goliat implacable que está viendo cuestionado, sancionado, su liderazgo mundial y no duda en aplicar una estrategia de tierra quemada, que va dejando a su paso lo que llamaremos tetralogía del terror civil: ciudades arrasadas, miembros amputados, mujeres violadas, niños asesinados. La barbarie debe acabar de inmediato. El lenguaje beligerante, con su carga devastadora, debe desaparecer y dar paso a la lengua de los afectos, de las ideas constructivas , de la vida en paz. 


viernes, 8 de abril de 2022