miércoles, 5 de noviembre de 2008

SILBO DE LA MAÑANA

Antes que el sol apunte
su primera luz en los tejados,
recién planchada la levita,
su flauta afinan los mirlos
en las varillas de la antena.

Y sin batuta que los dirija
-vuelan por instinto,
por genética cantan-
el quinteto silba
frente a mi ventana.

Luego, ejecutada la pieza,
silenciosos quedan los músicos,
perfilada su silueta
en la pálida moneda
del sol de noviembre.

Se lanzan al fin a lo azul
y queda abierta la mañana,
inaugurado el día.

Canto. Celebración.
Y un silbo es la vida.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Pérdidas y hallazgos kafkianos (I)

El día 4 de junio de 1924, mientras el féretro de Franz Kafka viaja hasta Praga, Dora Diamant y Robert Klopstock recogen los efectos personales del escritor. Según Kati Diamant, autora de Dora Diamant. El último amor de Kafka, "Robert recogió las notas que Kafka había escrito durante las últimas semanas como medio de comunicación. Dora dobló con esmero la camisa de dormir blanca de Franz y junto con otras pertenencias, como el cepillo del pelo, el lapicero y los cuadernos, las puso en su desvencijada maleta." (148) Otro día me ocuparé de las "hojas de conversación" que Kafka garabateó en sus últimas semanas. Ahora lo haré de esas pertenencias kafkianas recogidas por su novia y su amigo de la habitación del sanatorio de Kierling.
Me parece que la biógrafa de Dora Diamant se queda corta, pues solo menciona las hojas de conversación y unos cuadernos. Pero en aquella habitación había más papeles: cartas y tarjetas de la familia desde Praga, de Max Brod, de Robert Klopstock, antes de que abandonara temporalmente sus estudios de medicina y se instalara en el sanatorio Hoffmann para cuidar a su amigo; cartas de Felix Weltsch, de Franz Werfel y otros amigos de Praga; una postal de su tío, el médico rural Siegfried Löwy, desde Venecia; algún telegrama, al menos dos enviados por el padre el día 3 de junio, uno donde anunciaba la llegada del cuñado y del tío para hacerse cargo del papeleo legal y un segundo, donde dejaba en manos de Dora Diamant las últimas decisiones sobre el traslado y el funeral.
Había también libros de la colección de clásicos Reclam, regalo de Max Brod, una novela de Werfel, ejemplares de los periódicos de Praga donde habían aparecido los dos últimos cuentos de Kafka, notas y liquidaciones de los directores del Prager Presse y del Prager Tagblatt, de su editor Kurt Wolff. Había también documentos de identidad, el pasaporte, el visado, quizá algún informe médico, alguna receta, el certificado de defunción, los papeles para el traslado... Sin duda, estaría también entre aquellos papeles la carta que les envió Herschel Dymant negándose a dar la bendición al casamiento de su hija Dora con aquel judío que vivía fuera de la ortodoxia.
No creo que todos estos papeles se quedaran en la habitación del sanatorio. Dora Diamant contó años más tarde que ella se quedó con los últimos cuadernos y con las cartas que Kafka le envió desde Praga, antes de irse a vivir juntos a Berlín. Esos papeles tienen su propia historia y la sabréis otro día. En cuanto a las llamadas "hojas de conversación", unas 70, se han publicado bastantes, aunque no he logrado averiguar todavía el conducto.
¿Dónde fue a parar el resto de papeles de aquella habitación? Confío en ir sacando poco a poco el hilo del enredo.

domingo, 31 de agosto de 2008

Números y cuentas

Franz Kafka publicó en vida seis libros más uno, que, en la edición que manejo de sus obras completas, suman 187 páginas. Si añadimos -ese es el “más uno”- la aparición póstuma en agosto de 1924 de Un artista del hambre, cuyas pruebas llegó a corregir en el sanatorio de Kierling, el número de páginas no llega a las 230: un volumen endeble en comparación con lo que después se ha publicado, cerca de 1500 páginas, sin contar los diarios, la correspondencia y otros escritos varios.
Los seis volúmenes que Kafka vio publicados fueron Contemplación (2), El fogonero (3), La metamorfosis (3), La condena (3), En la colonia penitenciaria y Un médico rural. Entre paréntesis he indicado el número de ediciones o reimpresiones; cuento la publicación, primero en revista y luego en volumen independiente, de narraciones como La metamorfosis y La condena. La leyenda del Kafka pirómano que no quiso legar sus escritos a la posteridad existe todavía, pero es eso, leyenda. Al ejemplar libro de Joachim Unseld remito al lector: Franz Kafka. Una vida de escritor (Anagrama, Barcelona, 1989).
Con la excepción de El fogonero, conocido hoy como El desaparecido, primer capítulo de la póstuma Amerika, la mayoría de los textos que Kafka publicó en su vida –excepto Los aeroplanos de Brescia, El primer largo recorrido en tren (Praga-Zúrich), El jinete del cubo, Mucho ruido y las conversaciones con el orante y con el borracho-, antes lo fueron en periódicos, suplementos, revistas y almanaques literarios de Múnich, Praga, Leipzig, Berlín y Viena. El suscriptor de la revista Hyperion que hojeara el ejemplar de enero-febrero de 1908 ya debió quedarse con el nombre de aquel cuervo que miraba distraídamente desde una ventana, igual que los praguenses judíos que en el Selbstwehr del 7 de septiembre de 1915 leyeran la parábola del campesino que no se atreve a pasar la puerta de la ley.
Contando bien y tarde –escribo a las tres de la madrugada del 1 de septiembre de 2008- Kafka no firmó más de 30 textos en vida. 29 me salen esta noche, muchos de ellos repetidos hasta alcanzar la cincuentena. Me refiero a sus escritos literarios públicos, no a las entradas de sus diarios, ni a sus cartas, ni a sus informes como abogado en el Instituto de Accidentes Laborales del Reino de Bohemia. Kafka publicó poco y bien. Pero escribió más y mejor. Sus contemporáneos se perdieron el delirante proceso a Josef K, las vicisitudes americanas de Karl Rossmann o la historia del agrimensor que jamás verá a los señores del castillo... y algunas otras líneas memorables, como diría el ciego de Buenos Aires.
Eso es todo por esta madrugada, amigos, aquí acaban las publicaciones en vida de Franz Kafka. No más de 30 cuentos. Dejo para otro momento historias del Kafka póstumo: testamentos, traiciones, delaciones, pérdidas, hallazgos y herencias.

lunes, 18 de agosto de 2008

Álcali (I)

La nicotina es un alcaloide derivado de la ornitina, tiene fuerte capacidad adictógena y efectos estimulantes positivos sobre la atención y la memoria, pero es un bloqueante de la transmisión neuroganglionar. Su fórmula es C10H4N2.
El mundo de los alcaloides es extraordinario y merece unas líneas en este diario. Los árabes llamaban álcali a la sosa cáustica, un hidróxido o base resultante de la unión de un metal alcalino (sodio o potasio) o alcalino térreo (calcio), con el agua. Este combinado se caracteriza por la presencia del radical monovalente H-O-, odrixilo, tomado tantas veces como sean precisas para neutralizar las valencias del metal. Los álcalis se producen al hidratarse el óxido correspondiente. Por ejemplo, cuando convertimos la cal viva en cal apagada, pasamos de tener óxido de calcio (CaO) a hidróxido de calcio: Ca(HO)2.Los alcaloides se encuentran en muchos vegetales y no han podido ser clasificados rigurosamente. Algunos se han obtenido por síntesis en laboratorio, como la novocaína o la estoraína; los hay sólidos y líquidos y se combinan con los ácidos para formar sales. Son muy importantes en medicina, pues ejercen una fuerte acción sobre los diferentes sistemas del organismo, especialmente sobre el sistema nervioso, donde cada uno actúa de forma específica, estimulante o paralizante. En pequeñas dosis, muchos alcaloides excitan, pero calman y paralizan en dosis mayores, es decir, se convierten en venenos. He aquí algunos alcaloides: morfina, estricnina, atropina, escopolamina, cocaína, quinina, fisostigmina, pilocarpina, ergotoxina, codeína, dioxina, heroína, veratrina… Su producción y comercio está reglamentada internacionalmente para evitar su uso como estupefacientes.Imágenes: www.quimicaorganica.net

domingo, 17 de agosto de 2008

Dos semanas y dos días

En zonadiet, una página de internet sobre el tabaquismo, encuentro una tabla sobre la evolución del organismo después del último cigarrillo. Como quiera que éste será mi decimoséptimo día, mi presión arterial debe haberse normalizado, así como mis pulsos y la temperatura de manos y pies. El monóxido de carbono deberá haber alcanzado también sus niveles de normalidad igual que los de oxígeno, y habrá disminuido en porcentaje no despreciable el riesgo de que sufra un infarto. Mi sistema nervioso ya se ha adaptado a la falta de nicotina y aprecio mejor sabores y olores; los bronquios andan relajados, ha aumentado mi capacidad pulmonar y mejorado mi circulación sanguínea.
Yo mismo he podido comprobar alguno de estos efectos beneficiosos de no andar todo el día con el piporrito en la boca. La otra tarde, por ejemplo, M. andaba tomando la tensión a toda la familia; la mía era 14-9: un pelín alta la baja, paro bastante bien en términos generales. En cuanto a los pulsos y capacidad pulmonar, han desaparecido casi por completo ciertas arritmias y galopes súbitos del músculo cordial y soy capaz de aguantar con dignidad hora y cuarto de tenis, lo cual no está mal para mis cincuenta y dos años.
El mayor beneficio sensorial lo he notado en mi renovación pituitaria: es un placer salir por la mañana temprano y sentir olor a melocotones cuando paso junto a la huerta de Eusebio el municipal, o estar sentado en una terraza y recuperar las vaharadas del hinojo que un vecino trae en la mano para aliñar unas berenjenas, o volver a casa después del café en Los Mellizos por el callejón de las Chozas y oler a pasto fresco... Tesorillos que uno agradece.

jueves, 14 de agosto de 2008

Tres retratos de Azorín

La suya fue la primera fotografía de mi colección. En el recorte que conservo se recoge la noticia de su muerte - "A los 93 años fallece Azorín, maestro de la prosa castellana"-, acaecida en la mañana del 2 de marzo de 1967. No sé cuántos años median entre esa fecha y el momento en que recorté de una revista la fotografía y la necrológica que tengo delante. La noticia del fallecimiento no es crónica de primera mano, sino resumen de la que en su día apareció en el ABC: "El insigne maestro de la prosa castellana don José Martínez Ruiz, Azorín, falleció a las nueve de la mañana de ayer en su domicilio de la calle Zorrilla, 21, piso segundo, izquierda, frente a la calle de Fernanflor y la fachada posterior del Palacio de las Cortes, donde llevaba viviendo más de cuarenta años. Tenía noventa y tres años. Iba a cumplir los noventa y cuatro el próximo ocho de junio". Sigue luego lo de la consternación en toda España y parte del extranjero, lo de la espontánea manifestación de duelo popular y la lista de ministros y jerifaltes asistentes al sepelio: Lora Tamayo, Castiella, Fraga Iribarne, Arias Navarro... El ataúd fue llevado a hombros hasta la carroza fúnebre por el presidente de la Diputación de Alicante, los alcaldes de Alicante, Monóvar y Yecla y un grupo de escritores.
La crónica hacía eco también de un artículo de Juan Ignacio Luca de Tena: "... ninguno ha influido como él, después de Cervantes, en el estilo de los escritores hispánicos... Fue, ante todo y sobre todo, un estilista... Como periodista, Azorín transmitió la primera crónica telegráfica publicada en un diario español en 1905, con motivo del viaje de Alfonso XIII a París."
La fotografía tiene pátina anaranjada. Se ve en ella a un Azorín nonagenario, como escribiendo en unas cuartillas. Sobre la mesa, cubierta por un tapete color ocre, unos libros y lo que parece un pisapapeles, una semiesfera de cristal oscuro. Azorín escribe con bolígrafo. Viste chaqueta gris oscuro con finas rayas rojas y camisa blanca. La luz entre en la habitación por su espalda y le baña la cabeza en un blancor resplandeciente. Una cabeza que más parece ya calavera: el pelo ralo, blanco, muy corto, la piel pegada a los huesos, pequeñitos los ojos, afilada la nariz, sumida en leve línea la boca.
Detrás del escritor, sobre un mueble pegado a la pared, un sencillo flexo metálico, un libro grueso de pastas rojas y dos fotografías enmarcadas, borrosas en su segundo plano, en una de las cuales, la de la izquierda, aparece el escritor en la misma actitud, inclinado sobre unas cuartillas, solo que desde otra perspectiva. Una imagen sin duda grata a Azorín: la eterna inmutabilidad, instantes que se repiten en el tiempo, en la vida de un escritor. Imagen duplicada, multiplicada, de un mismo gesto intemporal. Azorín deteniendo los relojes. Fijando palabras en el papel. Punteando el tiempo.
Conservo otra foto del escritor hecha por Alfonso Sánchez Portela, Alfonso, el autor de los retratos más famosos de nuestros noventayochistas. Del retrato de Azorín asegura que es el mejor que ha hecho: "Un verdadero aguafuerte." Un claroscuro inspirado en el que de Góngora hizo Velázquez. De entre lo negro destaca el medio rostro de Azorín. En la parte en sombra se adivina apenas el ojo derecho. Un retrato, una pose gongorina. Aguileña un tanto la nariz, contraída la boca en rictus que corre hacia abajo, pero no tan sdegnoso el gesto ni el mirar como el del cordobés. Mira también desde arriba, pero sin orgullo, con un algo de elegante dolor, resignado a un tiempo que todo lo trastorna, que todo lo trae y lo lleva.
Escribo estas páginas apoyado en mi altarito. De pie, como han de oficiarse estos ritos. Junto a la Hispano Olivetti. A la luz de unas velas aromadas que se llevan el olor a tabaco. A ceniza. En el equipo suenan canciones de Bob Dylan, le doy un sorbo al cubalibre y enciendo un cigarrillo. Mi sombra tiembla en la pared. Observo otra fotografía de Azorín -creo que también de Alfonso-: en perfil el escritor y su bombín, la mano izquierda -el escritor está sentado- alargada , huesosa, como un árbol seco, hacia las páginas de un libro abierto. Larga distancia entre sus ojos y las palabras impresas. Ochenta años como mínimo. Holgadas ropas -camisa blanca, chaqueta gris- visten el espíritu del escritor. Los labios afilados por el tiempo, marcada la osamenta. Azorín en su tiempo. Detenido quizá en una vieja palabra terruñera que lo lleva al dormitorio colectivo de los Ecolapios de Yecla, al zaguán de la casa de un pueblo manchego, a la ventana ojival en que asoma una madura Melibea o el rostro cenceño de un hidalgo melancólico.
Qué grande el mínimo Azorín en su pequeñez de viejo. Qué más allá anda de la habitación de su casa de la calle Zorrilla, de su bombín, de su mano alargada. De su silencio. Y qué presente lo tiene uno siempre, aunque hable de cosas lejanas y use preteridas palabras. Tan certeras y tan reales a pesar del tiempo y los diccionarios.

viernes, 8 de agosto de 2008

Vidas escritas

Acabo de leer un libro así titulado que Javier Marías publicó en 1992 y que no leí en su momento, como tampoco la revista Claves de la razón práctica, donde fueron apareciendo la mayoría de las semblanzas recogidas en el libro.
Como es normal en mí, suelo llegar tarde a los libros. No soy lector al día, sino a destiempo, y antes que gastar dinero en novedades editoriales prefiero, como diría el buen burgués, invertir en valores seguros, en libros de autores de mi gusto, aunque lleven cien años muertos. Sólo hago excepción de unos pocos: Luis Landero, Andrés Trapiello, Rafael Sánchez Ferlosio, Antonio Colinas, Eloy Sánchez Rosillo y Luis García Montero. Con Javier Marías siempre he sentido recelo: leo sus artículos dominicales, comparto muchas de sus ideas y cabreos, no su pasión por el Real Madrid, pero hasta esta noche no he logrado terminar un libro suyo.
Debo reconocerlo, Javier Marías se me ha adelantado al escribir sus apuntes biográficos; pero consigno aquí y ahora que no he leído sus Vidas escritas sino en este octubre de 2007, y que mi proyecto de escribir sobre los autores de mi altarito nació unos meses antes, durante el verano, cuando desconocía la existencia del tal libro. Quede así libre mi conciencia del plagio. Apunto además en mi descargo la serie de artículos que fui publicando en el periódico comarcal Los Pedroches Información, donde daba cuenta de libros leídos a destiempo y apuntaba datos biográficos de quienes los escribieron. O sea, que me vino la idea de este libro antes de leer el de Marías, que escribió un libro que yo acabo de empezar a escribir. Difícil empeño. Suena a Borges y a Pierre Menard, pero las cosas son como son.
Cuenta Javier Marías en el libro su afición por coleccionar postales de escritores: otra coincidencia, solo que la suya –su colección- seguro que la ha ido haciendo comprándola en museos, tiendas de anticuarios y puestos del Rastro, y la mía ha ido creciendo a lo pobre, recortada de periódicos y suplementos dominicales. Coincidimos en muchos retratados (Joyce, Stevenson, Thomas Mann, Rilke, Rimbaud, Oscar Wilde…) pero no en los retratos en sí. Coincidimos en el pecador (Dickens, Mallarmé, Baudelaire, Poe, Borges, Nietzsche, Beckett…), pero no en el pecado, quiero decir en el retrato o instantánea en cuestión, por lo que me siento libre, sin el sambenito del plagiario.
El hilo de nuestras lecturas es el hilo de nuestra vida: somos lo que hemos leído. Y lo que nos queda por leer. O quizá debería decir que somos lo que hemos soñado mientras íbamos leyendo. A lo mejor somos Alonso Quijano, que vive lo que ha leído y cree más verdad lo escrito que lo vivido, y está, como el Pasavento de Vila Matas, enfermo de literatura. Todo pudiera ser.