5 La República de Saló
“En la primavera de 1948, el músico Wolfgang Schocken, que vivía
entonces en Jerusalén, me escribió para revelarme que Kafka había
tenido un hijo. Como prueba me mostraba la carta de una cierta señora
MM, que había sido una de sus amigas cercanas”, así comienza un
artículo de Max Brod reproducido en el suplemento literario del
periódico francés L’Humanitéi
en marzo de 2005, que coincidiría en buena parte con el texto
publicado por él
mismo en la edición inglesa
de su libro Sobre
Kafka, aparecido en 1954. Para
Schocken, el hombre aludido
era Franz Kafka, y la “señora MM”, evidentemente, nuestra
Margarethe (Grete) Bloch, una “hermosa mujer, independiente
intelectual
y económicamente, habituada a guardarse para sí sus reacciones
emotivas”, en palabras de
Brod. Recuerda
éste que conoció a Grete Bloch por casualidad, aunque
“ignoraba que hubiera
existido la menor amistad entre ella y Kafka. De hecho, según lo que
Franz me había dicho, yo pensé que su relación había sido más o
menos hostil. En el diario de Franz hay varios indicios que van en la
misma dirección”. No duda Brod del efecto que hubiera supuesto
para su amigo el saberse padre, “habría ejercido una influencia
benéfica en su desarrollo […] Se habría sentido ennoblecido […]
la confianza en sí mismo que le habría aportado este hijo habría
podido salvar la vida del propio Kafka”.
Tras reproducir el fragmento que ya
conocemos de la carta de Grete
Bloch a Schocken, Brod da
cuenta de la huida a Suiza, el viaje a Palestina, los años en
Florencia y el posterior traslado a San Donato Val di Comino, y
la posibilidad, remota, de que algunas cartas de Kafka estuvieran
en manos de “cierto ilustre profesor, que había obtenido una visa
de emigración a Chile para Grete Bloch”. Ese profesor es, sin duda
el Ernst que aparece en la
carta a Schocken, y que no consiguió
el visado para ella:
“Ernst
ha vuelto
a
Chile. Lo
llamaron
No quería ir sin mí. Pero como no me dieron permiso, no quise ni
pude quedarme con él”.
Seis
años después de que Schocken escribiera la carta a Max Brod, éste
decidió hacer pública la historia del hijo de Grete Bloch en la
monografía
que publicó en inglés en 1954. Ese mismo año,
el periodista y germanista
italiano Giorgio Zampa, antes
de
que apareciera el libro de
Brod, había
emprendido una investigación
sobre el asunto que fructificó
primero en un artículoii
aparecido en el semanario El
Europeo en septiembre de ese
año, y más
tarde en sus Letture
e ritratti tedeschi (1968).
Después
de entrevistarse en Florencia con dos personas ‒la señora Heinitz
y el doctor S‒, Zampa viaja a San Donato Val di
Comino
y
habla con Carmela Cardarelli, entonces empleada del Registro, que
lo
encaminó al hotel Gaudiello,
donde Margarethe Bloch estuvo alojada un
tiempo,
coincidiendo con otras mujeres deportadas, cultas
y elegantes las recordaban algunas vecinas,
como la conocida actriz austriaca
Grete
Berger. Después
del
Gaudiello, Grete Bloch se
alojó
con los Tullio, con los Coletti y finalmente con los
Carcone.
La
siguiente visita de Zampa es a
la calle Mazzini, domicilio de
la familia Carcone. El señor Arturo Carcone, relojero,
que
tuvo una corta relación sentimental con la señorita Grete, confirma
haberle
escuchado
la
historia del hijo, de
su relación con el escritor checo y
haber visto un álbum
con fotografías; también le
habló de aquella
ocasión,
el 18 de septiembre de 1943, tres
días antes de que Mussolini proclamara la República Social
Italiana, en
que ella le confesó que estaba
al límite y poco
después
intentó suicidarse, salvándola de
milagro el
doctor Massa, que
entabló a partir de entonces una buena amistad con
ella.
Sobre
el ánimo, más bien el desánimo, con que Grete vivía aquellos días
‒el dolor por abandonar su vida anterior, el sufrimiento de
la guerra, la denegación por tres veces de un permiso de residencia
(Inglaterra, Palestina, Chile), la angustia de saberse perseguida por
la autoridades nazis, la inseguridad del día a día, la soledad en
que vivió todos aquellos acontecimientos hicieron mella en una
mujer
brillante
y de
carácter decidido, que se las había tenido que arreglar sola desde
los dieciséis años. No nos extrañe, pues, el choque emocional, la
crisis y el hundimiento anímico, la depresión: “Cuando la mujer
refería este hecho ‒leemos en los ritratti
de Zampaiii‒,
estaba en un estado de salud precario; su equilibrio psíquico estaba
turbado por la angustia ante la suerte que le esperaba, por las
condiciones en que se encontraba junto a otros correligionarios,
después de que el gobierno italiano hubiera promulgado las leyes
raciales. Esto me lo ha confirmado un profesional que durante un
tiempo la trató a diario, incluso hubo un momento en que Bloch, al
límite de su resistencia, se refugió en la morfina”.
Interesantes, sin
duda,
las palabras del escritor italiano
‒sabemos de tres doctores que trataron a la Bloch, dos en
Florencia, nombrados como doctor S. y doctor Hs.,
y
uno en San Donato, el doctor Massa‒,
aunque adolecen de cierta inconcreción al no revelar la fuente de
tal información y no poder situar los
hechos en
Florencia o en San Donato.
Resulta
extraña hoy la insistencia de Margarethe Bloch en la historia del
hijo habido con el escritor checo. Tres personas que
la trataron
confirman la historia prácticamente en los mismos términos: la
relación con Kafka, libros suyos, cartas y fotografías, un álbum
con fotos de Grete y el niño, la
muerte prematura de ambos… y
la ninguna importancia que le dieron a la historia.
La
muerte
del
niño ocurrió, según confiesa Grete a Wolfgang Schocken, en 1921,
cuando iba a cumplir siete años, por lo que habría nacido en 1914.
Recordemos
aquí que el
intenso intercambio de cartas entre Kafka y Grete Bloch se alarga
apenas
nueve meses, desde
noviembre de 1913 a
julio de 1914, y que
en ese tiempo solo se vieron dos veces, los últimos días de
octubre, en Praga, y en los primeros días de junio, cuando se
celebró en Berlín el
compromiso oficial de noviazgo entre Kafka y Felice Bauer. Cabe la
conjetura. Y el embarazo. Pero hemos de tener en cuenta las cartas y
los diarios de Kafka, donde no hallamos
mención alguna a
la gravidez de Grete. ¿Iba Kafka, que ya había escrito la historia
de la
fatal
relación entre un padre y un hijo en
La condena,
a desaprovechar en su escritura la ocasión de hacerse, o saberse,
padre? ¿El creador de Karl
Rossman, al que sus padres embarcan hacia Estados Unidos porque ha
dejado embarazada a una criada, ocultaría su propia experiencia? ¿El
autor de La
metamorfosis,
que trata sobre las complejas
relaciones
entre hermanos y entre padres e hijos, no iba a mencionar jamás el
asunto de su paternidad? Todo
nos hace pensar que Franz Kafka, ni para bien, ni para mal, tuvo
noticia del embarazo y alumbramiento de Grete Bloch. Es cierto que en
alguna ocasión, ella
mencionó
en sus cartas un
affaire
con un misterioso desconocido, “el hombre de Múnich”, y una
innominada joven, asunto sobre el que Kafka no sabe nada: “Dígame,
por favor, si no le importa ‒le
pregunta a Grete en carta del 12 de febrero de 1914‒,
¿quién es ese hombre de Múnich? ¿No ve ni oye? ¿En qué consiste
la importancia que usted tiene para él y él para usted?” Un
mes despuésiv,
a ruegos de Grete, Kafka ha escrito al misterioso hombre de Múnich
‒”La
carta a Múnich ha sido echada al buzón, no sin ciertos reparos”‒,
y
al día siguiente le
confiesa:
“La
carta a Múnich la eché en el buzón enseguida, sin saber si hacía
bien, cosa que sigo sin saber hoy tampoco. Como no soy capaz de
juzgar la situación, le obedecía. Una visita siempre aclara las
cosas, ¿por qué no iba a hacerlo ésta? Doy vueltas, sin
resultados, a la relación que pudo existir entre usted, la muchacha
y el hombre. ¿Fue en Berlín?” Que
este
hombre de Múnich hizo madre a Grete Bloch parece cosa inaveriguable
por
ahora, como lo fue entonces para Kafka.
Si
no es bastante con lo escrito por él en las dos cartas que acabamos
de citar, leamos
lo que le escribe unos días después de verla en Berlín a primeros
de juniov:
“¡Lo que debe usted haber sufrido en los últimos meses mientras
yo no paraba de escribir únicamente sobre mí, al principio incluso
de forma alevosa! Nada sé de su desgracia doméstica, por supuesto,
pero ¿no cree usted que aquello que la ha atormentado y todavía la
atormenta allí ha generado por reacción todas esas fuerzas
positivas con que ahora consigue manejarse tan bien ante el mundo?”
Ningún
asomo de que Kafka esté
al tanto del problema de Grete. Si
es que existía el
problema.
Tampoco
vamos a negar rotundamente
la
maternidad de Margarethe Bloch, pero
ningún documento o testimonio da fe de que tuviera un hijo, que
naciera en tal fecha y lugar, y muriera en Múnich en 1921. Ni
siquiera la presunta madre llega a declarar el
nombre de
su hijo.
La historia tiene visos de ser invención, al
menos en la adjudicación de la paternidad a Franz Kafka, si es que
en la famosa carta a Schocken el hombre aludido es el escritor checo.
Puede que sí, desde luego, cabe que la independiente y particular
señorita Bloch tuviera un hijo ‒¿con el hombre de Múnich?‒ y
mantuviera oculta la identidad del padre. El hecho es verosímil,
aunque poco probable, sobre todo si se piensa que Bloch lo confiesa
26
años después, cuando Kafka llevaba 16 años enterrado. Erich
Heller y Jürgen Born, responsables de la primera edición de las
Cartas
a Felice,
publicada en Alemania en 1967, prefieren, sin
argumentos incontestables,
situar el nacimiento del hijo de Grete Bloch ‒si es que lo hubo‒
en los primeros meses de 1913, antes de que conociera a Felice (en
Fráncfort, en abril) y a Kafka (en Praga, a finales de octubre). Si
fue así, lo
siguiente que hay que pensar es que el niño enseguida fue dado en
adopción, y que la independiente, retraída
y “particular” señorita Bloch mantuvo el secreto ante Kafka.
Las
hermanas de Arturo Carcone describían a Grete como una mujer
“reservada, tímida, que
no
se relacionaba con los otros internados”, testimonio
que contrasta con los
recogidos
por Alessandrina de Rubeisvi,
según
los cuales la señorita Margherita ‒50 años, delgada, pelo canoso,
ojos negros, brillantes e inquietos‒ era una mujer muy viva y
generosa, con “algo místico”, que necesitaba relacionarse,
hablar con la gente, integrarse en la vida cotidiana, tratando de ser
útil ‒conseguía frutas, verduras de temporada y otros suministros
extra‒, no una carga para la familia que la acogía. Donato
Coletti, que tenía 15 años en 1943, la recuerda con
un bolso blanco de bordes plateados, hablando
a menudo con sus padres, o escondida de
los nazis alguna
vez en la parte alta del pueblo, a donde su padre le llevaba comida;
Pasqualina Perrela, de 22 años entonces, encargada de la censura
postal, y Carmela Cardarelli
también se acuerdan de Grete, a la que proporcionaron falsos papeles
de identidad, lo mismo que a todos los judíos confinados
en San Donato. Todos ellos recibían una ayuda estatal de 12 liras al
día y tenían asistencia médica gratuita. Grete
sobrevivía en aquella penuria con algunos envíos de dinero, libros
y otros cosas útiles enviadas
por sus amigos de Florencia. Hasta 1942, los judíos de
San
Donato vivieron con cierta tranquilidad, que desapareció con la
llegada de una
División de Infantería alemana
a mediados de septiembre de
1943,
los
bombardeos, el racionamiento y la escasez de sal y harina. Para esa
fecha, Grete Bloch se había convertido de forma voluntaria al
catolicismo, según consta en los archivos parroquialesvii.
De
poco sirvió esta conversión in
extremis.
En la primavera de 1944, un mes antes de que el ejército aliado
rompiera el frente italo-alemán en Montecassino y las tropas de la
Wehrmatch se replegaran hacia el norte, los acontecimientos se
precipitan en San Donato. Las autoridades alemanas habían
emitido
un bando para que todos los judíos confinados en la localidad se
presentaran en la comandancia y
recogieram
una tarjeta roja que les permitiría
moverse
libremente por la zona: “Hubo quienes, no fiándose, huyeron, pero
la mayoría cayó en la trampa”, traducimos de Giorgio Zampa, pues
a la semana siguiente, en la mañana del Jueves Santo, 6 de abril,
una patrulla de soldados alemanes fue deteniendo a los judíos en los
domicilios que ellos mismos habían facilitado al retirar la tarjeta
roja, y subiéndolos a un camión. 16 personas en total. Entre ellas,
Grete Bloch. El
grupo es trasladado al día siguiente a la prisión de «Regina
Coeli», en Roma, en la que permanecen dos días, antes de ser
trasladados a Fossoli. Allí habrán de esperar hasta
el 16 de mayo, en que los hacinan junto a otros deportados en un
vagón sellado que forma parte del «convoy 10» con destino a
Auschwitz, a donde llegan 8 días después y donde permanecen otro
día más en el vagón antes de apearse y llegar al momento de la
clasificación.
En
su texto de 1954, Max Brod refiere que Margarethe Bloch murió a
manos de un soldado alemán, que le abrió la cabeza a culatazos,
pero en un artículo publicado por Enzo Tortora en junio de 1970viii,
se recoge el perturbador testimonio de la señora Rosa Myler: “Nos
llevaron de San Donato a Fossoli, y de aquí, en un vagón cerrado,
nos llevaron a Alemania. Nos hicieron bajar en una estación con un
nombre trágico: Auschwitz. Y aquí, a la entrada del campo (éramos
muchos) adoptaron una táctica curiosa. Hicieron entrar a los
deportados en parejas. Grete Bloch y
yo
íbamos juntas, cogidas de la mano. Un alemán nos clasificó. Una a
la derecha, otra a la izquierda. No tenía lógica: parecía que
simplemente querían alojarnos en barracones alejados unos de otros.
En
cambio, los que se fueron por la izquierda, entraron (como me pasó a
mí, por pura casualidad) en un barracón. Los de la derecha acabaron
inmediatamente en las cámaras de gas. A la pobre Grete le dijeron
«derecha».
Eso es todo. No la mataron con la culata de un fusil: la asfixiaron,
como a tantos, en las cámaras de gas”. Esa
terrible escena de la llegada en masa al campo y la caprichosa,
despiadada, clasificación, tantas veces recreada en la literatura y
en el cine, nos recuerda aquellas líneas tremendas de Primo Leviix:
“Considerad si es un hombre … quien muere por un sí o por un
no”. Una
sola palabra, un mínimo gesto, significaba la muerte inmediata.
La
vida de Margarethe Bloch es triste porque acaba en circunstancias
lamentables y antes de tiempo, como la del hijo que aseguraba haber
tenido, como la de su querido Franz Kafka. Grete
fue
una mujer inteligente y capaz,
con arrojo para encontrar
su independencia económica y sentimental ‒quizá por eso evitó la
atadura del matrimonio‒, que
acabó sola, con fama de extraña, de persona “particular”, quizá
un poco ida por la morfina y
por
el maremoto nazi que había arrasado su vida y la de tantos,
arrastrando tres maletas con los restos del naufragio hasta un pueblo
del interior de Italia para
terminar gaseada en un campo de concentración.
Final
atroz de una vida. Así
y allí, en
Auswichtz,
había
muerto Ottla Kafka en octubre de 1943. Así y allí moriría Julie
Wohryzek, la segunda novia de Kafka. Así murieron en
Chelmno,
Gabriele (Elli) Kafka y
su
hija Hanna,
y
su hijo Felix, que
lo hizo
en Le Vernet.
Así,
en Ravensbrück, murió Milena Jesenská. Así, en Treblinka, murió
el amigo Jizchak Löwy. Así
desaparecieron
seis millones de personas. Sí
o no. Izquierda o derecha.
***
NOTAS
i Max
Brod, « Le fils de Kafka», Les lettres françaises,
29 marzo 2005, 3.
ii El
Europeo, Año X, n.º 37, 12
septiembre, 1954. No hemos encontrado el título del artículo de
Zampa.
iii Giorgio
Zampa (1968), «Kaspariana 3», encarte entre las páginas 96-97.
iv Carta
del 2 de marzo de 1914, Cartas,
721.
v Carta
del 8 de junio de 1914, Cartas, 830.
vi Alessandrina
De Rubeis, «Gli ebrei internati a San Donato Val di Comino: 1940-44
(parte V). Margarethe Bloch», en la web Centro Documentazione e
Studi Cassinati.
vii Grete
Bloch fue bautizada el día 14 de junio de 1943 por el párroco don
Donato di Bona. Sus padrinos fueron el doctor Guido Massa y su
esposa, Francesca Sipari.
viii Enzo
Tortora, «Il misterioso figlio di Kafka», Il Resto del Carlino,
6 junio, 1970, 3.
ix Primo
Levi, Si esto es un hombre,
Muchnik Editores, 2000, 11.
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