jueves, 9 de septiembre de 2010

Crepúsculo de los sueños

Domingo por la mañana. Caminata hacia Conquista. A la izquierda, las sierras en azul. Pasado el puente del Guadamora, echo por el camino de la derecha. Se oyen escopetazos a barullo. Duna se asustaba al principio, luego se acostumbró, igual que yo, que miraba ya con ojos de poeta.

Ardiendo aún de agosto trae septiembre
el espumillón de la lluvia y las tormentas,
las primeras señales del frío y de las nieblas.

Renueva luces septiembre, aromas, sabores,
y va cerrando ventanas, apagando ardores,
los fuegos del verano.

viernes, 3 de septiembre de 2010

Una mañana en segunda mano



1 de septiembre: ahora sí que está sola la casa. Se necesitan unos días para acostumbrarse al silencio de las habitaciones. Todo recogido y en orden, la mesa, las estanterías, las camas con el oso de peluche y con el marinerito reclinados en sus almohadas, en ese sueño hipnótico de los muñecos, del que solo despiertan cuando sus dueños vuelven.
Duna, la perra, también nota las ausencias.

En la ciudad de los califas, regular. Primero fuimos a una tienda de segunda mano. Después de mil vueltas en busca de aparcamiento, dos horas de reloj para deshacernos de una máquina de escribir y del ordenador de sobremesa que he usado hasta primeros del verano. El establecimiento funciona como la pescadería o el médico: hay que sacar número ... y esperar. Los empleados dieron diez números en nuestra tanda. Nosotros teníamos el 7.
El sitio es de rastro: regateos, encomios del vendedor, cantidades irrisorias, y en más de una ocasión, vuelta a casa con el aparato rechazado por los compradores, que son ellos. Los clientes somos los que llegamos a vender nuestros usados y pobres enseres.

Número 6:
Los altavoces expandían a toda pastilla sones variados: pasodobles, tangos, éxitos del verano, y del invierno, Yesterday, una ranchera, músicas de películas, y hasta una pieza de rock sinfónico a lo Emerson, Lake and Palmer. Aquello, aunque sobrado de decibelios, sonaba estupendamente, hasta que el comprador le dijo al chaval músico que no le daba más de treinta euros, que le fallaban varios ritmos y la función corbu. Yo también pensé que era una tomadura de pelo y estuve a punto de darle unas palmaditas al muchacho y de rogarle que no malvendiera aquel teclado, que siguiera haciendo música, que la hacía muy bien.
—Qué cabrón el tío —dijo el chaval para que lo oyéramos todos, y salió mohíno con su teclado a cuestas.
Esto es como los trileros, pensé: la tienda tiene contratados a sus ganchos para que quien espera vender a buen precio, tome nota y no se haga ilusiones con los euros que va a sacar de aquí.

Número 5:
Una pareja de rumanos astrosos, él con la panza al aire, por debajo de una camiseta azul de tirantes, ella con su faldón oscuro hasta los tobillos y un niño de meses en los brazos. El empleado les echó para atrás sin contemplaciones una pantalla plana de televisión sin el cable y con mil ralladuras en el cristal.

Número 4:
El mismo empleado despachó también sin vacilar a un adolescente con un caset de coche:
—Eso es robado, venga, fuera de aquí.

Número 3:
La viuda vendió los tacos de billar de su hombre:
—El pobre ya no los necesita donde está, y a mí me van a dar de comer unos días, que con la pensión me llega para la luz y el agua y poco más —confesó atribulada mientras metía el billete bien doblado en el monedero.

Número 2:
Un señor de unos setenta años, juncal, serio, cristales ahumados, bigotito a lo Clark Gable, guayabera azul claro, pantalones grises, zapatillas marrones de rejilla. Ni dijo una sola palabra ni parecía fijarse en los demás. Miraba al frente, erguido en su dignidad venida a menos. Cuando le llegó el turno, sacó del bolsillo superior de la guayabera un bolígrafo Montblanc, se lo tendió al empleado sin decir palabra y apoyó con suavidad las manos en el borde del mostrador, a la espera, mientras el convertidor desarmaba el bolígrafo con agilidad, comprobaba el mecanismo, las roscas, la carga de tinta y el correr fluido de la bolilla sobre el papel.

Número 1:
Tipo con camisa blanca de tirilla y pantalón negro, mocasines beiges, sombrero de paja con el nombre de un ron en la cinta roja, mochila mugrienta, unas cuantas bolsas de plástico y un olor infame. Desde que había entrado, uno de los empleados rociaba de vez en cuando ambientador delante de un ventilador. El tipo hablaba recio, sin titubeos, como con mucho don de gentes, con labia de sobra, y trató de pegar hebra con cada uno de los que estábamos allí. A mí me pidió un cigarrillo, al que le quitó el filtro con los dientes para ponerle otro de cartón y hacerse la ilusión de que se estaba fumando un porro. De las bolsas de plástico fueron saliendo una sierra de calar del pleistoceno sin la hoja; unos prismáticos tamaño tanque, con las lentes descentradas, una pistola de grapas sin muelle, una estación meteorológica sin pilas y con la pantalla cascada por un golpe, un mando de televisión, un teléfono móvil conectado al silencio y un reproductor de mp3 que se quedaba colgado en la misma nota. Como último gesto, el tipo se quitó el reloj de pulsera y dijo a los presentes que le había costado mil euros, pero que estaba dispuesto a aceptar veinte porque tenía que comer.
Allí quedó el pobre diablo, en su verborrea con dos rumanos de Lucena que estaban apostados en la puerta:
—Diez pavos por el peluco, tío, de precisión. Mira, las trece cincuentaisiete.

Llegado el turno, puse el género en el mostrador: la máquina de escribir, que tuvo solo un año de uso, pues enseguida compré el primer ordenador, tenía una tara absoluta: se le había secado la tinta del carrete: no la aceptaban. Ni siquiera de regalo.
—Échala al primer contenedor, pero que no te vean las intenciones los rumanos, me aconsejó con mirada oblicua el convertidor que nos atendía.
Con el ordenador ha habido trato, pero poco. Le he dicho a P. que se pase la semana que viene a ver por cuánto han multiplicado los 49 euros.
Después de comer en casa de mis padres salí pitando para el pueblo. Pasé por la residencia para avisarle a M. de mi vuelta y dejé la máquina de escribir junto a un contenedor. Me dio una punzadita de pena verla allí abandonada. Seguro que se me quedaron en sus teclas muchas palabras. Pero en esto me reconozco borgiano confeso, y si no llegó la ocasión de soñar los versos o de que me fuese revelado un cuento, pues nada. Ocasión llegará. Y si no llega, pues nada también, eso que se gana el lector.

jueves, 26 de agosto de 2010

El malo de la película


El hombre corta una rosa, la sostiene entre sus manos, la contempla y luego ofrece su aroma a la mañana. No es un monje recogido en su tarea; hace ya una eternidad perdió la fe. Tampoco cree en los demás. Se sirve de ellos, los utiliza. Los desprecia. Después de cortar la rosa el hombre llama por teléfono. Si sus manos cortan rosas, sus palabras provocan una guerra. Es un hombre de negocios. El hombre que corta las rosas guarda una pistola en su pecho, vive en una montaña de billetes de mil dólares y desde la cima toca el cielo con sus manos. Allí crece su jardín de rosas negras.



martes, 10 de agosto de 2010

Románticas pasiones



Buscar los versos, los busca uno. Lo difícil es encontrarlos.

*

Enamorarse es encontrarse. Amarse es tenerse cerca, encontrarle sentido a la vida. A la nuestra y a la del otro. Amarse es crecer. Y soñar juntos.

Nada más triste —más soledad— que vacío el otro lado de la cama.

*

Los pobres echamos cuentas y cuentas, pero el resultado final no depende de nosotros, y no porque ignoremos la aritmética, sino porque no queda otra que sumar poco y restar más, pues los que manejan el cotarro multiplican para sí y dividen entre ellos.

*

Escribiendo supero las murrias del vivir y de vez en cuando vivo las alegrías del oficio. De la vida.

*

Retirarse de la vida literaria, no de la literatura. Escritor puro.

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martes, 3 de agosto de 2010

Hilos que se encuentran

 Poco he averiguado sobre nuestra madama.

sábado, 19 de junio de 2010

Palabras de Pessoa

En el más pequeño poema de un poeta debe haber algo por lo que se advierta que ha existido Homero.
Ricardo Reis

miércoles, 9 de junio de 2010

El joven viajero


Hace unos días, cuando ultimaba en la sala de profesores una presentación sobre el Libro de buen amor, sonó el teléfono; la conserje reconoció mi voz y dijo que tenía delante a un antiguo alumno que quería hablar conmigo. Le dije que lo hiciera pasar y salí a la puerta de la sala para recibirlo. Cuando lo vi a lo lejos, todavía delante de la ventanilla de recepción, pensé que mi hijo me había gastado una broma: la misma pinta, la misma barbilla de no afeitarse casi nunca, el mismo pelo descuidado, la misma forma de vestir. Cuando avanzó por el pasillo salí de mi espejismo. No era mi hijo, pero estoy seguro de que más de uno, al vernos juntos, lo hubiera creído.

—Soy Javier Redondo Jordán, el de John Lennon. Quería verle para hablar un par de cosillas con usted.

Lo hice pasar a la sala de profesores y lo invité a sentarse y a que se explicara. En poco más de cinco minutos me puso al día de su vida y del motivo de su visita: quería que le presentara un libro de viajes: París-Benarés-Pozoblanco, ciudades de la luz:

—Claro, Pozoblanco, ciudad de la luz, por lo de las Industrias Pecuarias—bromeé.

Le dije que sí, que presentaría su libro, a ciegas, sin saber de qué ni cómo iba, antes de leerlo. Pensé en el riesgo de encontrarme con un ferviente devoto que escribe su homenaje a la Virgen de Luna, o con ombliguismos pueblerinos y folklorismos rancios, incluso con desvaríos de un desequilibrado, con las memorias de un joven capillita o con los cuentos de un muchacho al que le han premiado algunas redacciones escolares, pero que escribe con faltas de ortografía, que no ha leído a Borges y que ni sabe quiénes son Bruce Chatwin o Paul Bowles, dos buenos escritores viajeros.

Después salimos a tomar un café en una terraza y charlamos un rato de literatura; le pregunté también por qué se me presentó como “el de John Lennon”: una anécdota de clase, una cinta que le regalé con canciones del músico inglés.

Esta tarde he comenzado a leer una copia del libro en pdf que me han hecho en la imprenta. En las cien páginas que he leído me he encontrado a un joven escritor con ideas propias y maduras que emprende un viaje a las ciudades de la luz, en busca de las palabras, de sí mismo, y de los otros, protagonistas también de este libro autobiográfico que tiene mucho de bildungsroman.

He interrumpido la lectura con el autor ya en París, rindiendo homenaje a Oscar Wilde en el cementerio del Père Lachaise. Ya daré noticias cuando la complete.