martes, 6 de noviembre de 2012

Nevermore


   Mañana de domingo cerrada en agua. Encendí la televisión y puse una cadena de noticias mientras limpiaba la casa. Igual que en la prensa en papel, una de las noticias del día era el final de carrera en las presidenciales de Estados Unidos. Por una conexión sorprendente, pero que tiene su hilo, me acordé de Edgar Allan Poe. Dejé la faena unos minutos y miré los dos retratos suyos que tengo bajo el cristal de la cómoda Mondrian, saqué luego del estante la biografía que le dedicó Georges Walter y comprobé un dato. Estaba equivocado por un mes. Aquello ocurrió un tres de octubre, el 3 de octubre de 1849. 
      La hipótesis más aceptada sobre la muerte de Poe señala a uno de los “grupos de agentes electorales”, demócratas o republicanos, que en los días de votación recorrían las calles de las ciudades haciendo cooping (‘enjaulamiento’), o sea, sorprendiendo a viandantes solitarios a los que administraban unos pelotazos de alcohol adulterado, llevándolos drogaítos perdíos a votar en tres o cuatro colegios distintos, encerrándolos luego en algún almacén o trastienda hasta que iba desapareciendo el efecto, y dejándolos después abandonados en la calle, aturdidos aún, sin memoria de lo sucedido.
      Edgar Allan Poe había llegado a Baltimore por la mañana en un barco procedente de Richmond. Aquel miércoles 3 de octubre había mucha animación en las calles, se celebraban elecciones a gobernador de Maryland para el Congreso, y un grupo de agentes electorales debió de fijarse en la triste figura del escritor, que deambulaba por el barrio del puerto. 
      Poco antes de las cinco de la tarde, Joseph Walker, un obrero impresor del Baltimore Sun, pasaba por la High Street. A unos pasos de un centro electoral republicano se encontró a un hombre tirado en la acera —“el rostro huraño y la mirada vacía, un sombrero de paja, un lamentable abrigo de alpaca desgarrado que ocultaba la ausencia de traje, una camisa sucia sin corbata y con manchas, un pantalón usado demasiado grande y pesadas botas que no conocían el betún” (Walter, 30)—, en quien reconoció al famoso autor de Los asesinatos de la calle Morgue. Después de llevarlo a una taberna próxima y de ser atendido por un médico, Poe fue trasladado al hospital Washington College, donde pasó cuatro días entre delirios, sudores, leves periodos de consciencia y accesos violentos. Murió a primera hora de la mañana del domingo 7 de octubre. Tenía cuarenta años. A su entierro acudieron cuatro personas: el señor Herring, comerciante en maderas, el doctor Snodgrass, que lo atendió en la taberna cuatro días antes, un tal Collins Lee, antiguo compañero de escuela, y un pariente lejano, el juez Neil Poe. Che cosa più triste! 
      Dejé el libro en su sitio y miré otra vez las fotografías. De buena gana me habría sentado en el sillón con su libro de poemas o con La narración de Arthur Gordon Pym, pero la faena me reclamaba. Cogí la bayeta, el pronto y me lié con el aparador. En la televisión hablaban ahora de la carrera de coches en Abu Dhabi. Fuera, la lluvia seguía hilando en silencio una mañana gris.


31 de octubre

Opresión en el pecho y tristeza en el ánimo. Eso es lo que llevo encima después de cinco días sin tabaco y con un resfrío de manual, con todo su aparataje. Sólo ganas de cama o de sillón, enfrascado en un libro, y mirar de vez en cuando por la ventana el aspecto del cielo. Grises estos días últimos de octubre. 

—Nada que no se cure con paracetamol, amoxicilina y acetilcisteína —me dijo con seguridad la doctora mientras escribía las recetas. De lo otro ya hablaremos, Juan. Ven pasados quince días con una espirometría hecha. Sabes que hay ayudas: parches, consultas especiales, grupos de terapia. Y le tienes que poner una fecha. Ponle una fecha, es importante.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Easy Rider (1969)


No la había visto hasta anoche. Los cinéfilos la consideran una película generacional, de la gente nacida entre finales de los treinta y mediados de los cuarenta: estar vivo es estar en ruta, cruzar la frontera y adentrarse en el territorio de los otros. Con un buen fajo de billetes y suficiente provisión de maría, El Capitán América y su colega Bill viajan en busca del Mardi Grass de Nueva Orleans. 

Nuestros hermanos mayores en América...

martes, 30 de octubre de 2012

Mañana de recogimiento en La Gavia


            Localizó los aperos —rastrillo, escoba de jardinero, pala y espátula, azada, escardillo, horca, legona, almocafre de corazón; la hoz, oxidada, se quedó junto al bambú— desperdigados, y los juntó al pie del mismo olivo.
Recogió las cañas —ay, mulata, no eran d’asúcar, como tú —, las seleccionó, las ató en haces y las dejó debidamente dispuestas fuera del cobertizo.  
Buscó luego y recogió piezas del riego: empalmes, llaves de paso, goteros de lápiz, trozos desechables y aprovechables. Amontonó sobre el banco de trabajo dos serruchos oxidados, martillos (de mecánico, de carpintero, de herrero), unas tenazas y cuatro o cinco destornilladores, planos y de estrella.
Metió en una bolsa de basura jirones de plástico negro, trozos inservibles de rafia negra, arandelas de goma partidas por la presión y por la cal, gurruños de alambrillo, bridas cortadas.
Clasificó los sobres y los cartuchos con simientes.
Acercó la leña menuda al mismo rodal.
            Saludó al vecino, el tío Domingo, hablaron de los ajos, de las patatas, de la faena que nunca falta  y del dulzor de las almendras.
            También dejó ordenados por tamaño los tiestos vacíos y unas pocas de las innúmeras varillas de forja que se crían en las huertas, imprescindibles para marcar y trazar los bancales. Y retiró de los poyetes de la casilla guantes de trabajo, botes de caldo concentrado contra ácaros, pulgones y hormigas, y el de Tres en uno.
            Luego se lavó en la cubeta con agua del pozo. Qué frescor. Qué gozada.
            Mientras volvía a casa encendió la radio del coche.
—¡Me cago en la prima de riesgo y en el sistema financiero! —se sorprendió gritando, y apagó la radio y se lió con aquella del Compay Segundo.

viernes, 26 de octubre de 2012

Aserejé



No seguía el día a día del caso, pero aquella tarde estuve un par de horas largas viendo el desarrollo de una de las sesiones de la comisión de diputados andalusíes encargada de aclarar el asunto: Gaspar Zarrías y Juan Ignacio Zoido interpelados por los portavoces de los tres partidos que se reparten el parlamento regional. Ja de je.
           Era mi primera vez en una sesión de este tipo, en vivo y en directo, sin cortes publicitarios, y estaba atento a cuanto se declaraba en aquella sala, supongo que con aire acondicionado, porque los hombres, excepto un camisado de IU, iban todos de traje y corbata, y a ninguno de ellos perló su frente el sudor. Ellas iban con ligera manga larga. De jebe tu de jebere.
            Primera conclusión: ¡Vaya mamoneo! Seibiunouva majavi.
            Todo quisque elude responsabilidades y señala con el índice de la culpabilidad al famoso director general: Yo no sabía nada. Por qué tengo que pagar yo el pato o dimitir. Yo me enteré por la prensa. An de bugui an de güididípi.
              Segunda conclusión: pitorreo. Aserejé ja de je.
       Por una parte, los portavoces, ninguneados por las altas instancias, disponían previamente de muy pocos papeles en verdad informativos y relevantes; ignoraban incluso fechas de publicación de boes y bojas que poder esgrimir como corpus delicti. Por la otra, los interpelados llevaban sus papeles muy bien aprendidos, y representados: ni por asomo iluminaron con la luz de la verdad el interior de la cloaca. De jebe tu de jebere.
                Del chófer no se habló.
Seibiunouva majavi an de bugui an de güididípi aserejé...