jueves, 28 de abril de 2016

El mal cristalero

         Hay naturalezas puramente contemplativas y por completo negadas para la acción que, sin embargo, por un impulso misterioso y desconocido actúan a veces con una rapidez de la que ellos mismos se hubieran creído incapaces.
         El que, temiendo encontrarse en la portería una noticia desagradable, ronda cobardemente ante la puerta durante una hora sin atreverse a entrar; el que guarda quince días una carta sin abrir, o el que al cabo de seis meses se decide a hacer una gestión retrasada desde hace un año, se sienten a veces bruscamente precipitados a la acción por una fuerza irresistible, como la flecha de un arco. El moralista y el médico, que pretenden saberlo todo, no pueden explicar de dónde viene tan súbita y tan tremenda energía a estas almas perezosas y voluptuosas, ni como, incapaces de enfrentarse a las cosas más simples y necesarias, encuentran en un determinado instante un ánimo de lujo para ejecutar los actos más absurdos y aun lo más peligrosos.
         Uno de mis amigos, el más inofensivo soñador que jamás haya existido, metió una vez fuego a un bosque para ver, decía él, si el fuego prendía con tanta facilidad como se suele decir. En diez ocasiones el experimento falló; pero a la undécima, tuvo éxito.
         Otro encenderá un puro junto a un barril de pólvora, para ver, para saber, para tentar al destino, para obligarse a sí mismo a probar su energía, por puro juego, para conocer los placeres de la ansiedad, por nada, por capricho, porque no tiene nada mejor que hacer.
         Es una especie de energía que nace del aburrimiento y de la ensoñación; y aquellos en los que se manifiesta tan inopinadamente son, en general, como ya dije, los seres más indolentes y soñadores.
         Otro, tan tímido que baja los ojos incluso ante la mirada de otros hombres, hasta el punto de que ha de hacer acopio de toda su pobre voluntad para entrar en un café o pasar ante la taquilla de un teatro, donde los acomodadores le parecen investidos de la majestad de Minos, de Eaco y de Ramadanto, saltará bruscamente al cuello de un viejo que pasa a su lado y lo abrazará con entusiasmo ante el asombro de la gente.
         ¿Por qué? ¿Porque ... porque esa fisonomía le era irresistiblemente simpática? Puede ser; pero es más lógico pensar que ni él mismo sabe por qué.
         Yo mismo he sido víctima más de una vez de estas crisis y de estos arrebatos que nos autorizan a creer que unos demonios maliciosos se nos meten dentro y nos mandan hacer, sin que nos demos cuenta, sus más absurdas voluntades.
         Una mañana me había levantado desapacible, triste, cansado de no hacer nada, y empujado, me pareció, a hacer algo grande, un acto brillante; y abrí la ventana, ¡ay de mí!
         (Tened en cuenta, os ruego, que el espíritu de mistificación que, en algunas personas, no es el resultado de un esfuerzo o de una combinación, sino de una inspiración fortuita, participa mucho, aunque no sea nada más que por el ardor del deseo, de este humor, histérico según los médicos, satánico según quienes piensan algo mejor que los médicos, que nos empuja sin resistencia a muchos actos peligrosos o inconvenientes.)
         La primera persona que vi en la calle era un cristalero cuyo pregón penetrante, discordante, subió hasta mí a través de la pesada y sucia atmósfera parisina. Me resultaría imposible decir por qué a la vista de este pobre hombre fui presa de un odio tan repentino como despótico.
         «—¡Eh! ¡Eh!», y le gritaba que subiera. Mientras tanto pensaba, no sin cierto júbilo, que al estar la habitación en el sexto piso y ser la escalera muy estrecha, al hombre le costaría trabajo subir y mantener a salvo las esquinas de su frágil mercancía.
         Finalmente apareció: examiné con curiosidad todos los cristales y le dije: «¿Cómo? ¿No tiene usted cristales de colores? ¿Cristales rosas, rojos, azules, cristales mágicos, cristales de paraíso? ¡No tiene usted vergüenza! ¡Se atreve usted a andar por estos barrios pobres y ni siquiera tiene cristales que hagan ver la vida en bello! Y le empujé vivamente hacia la escalera, donde tropezó gruñendo.
         Me acerqué al balcón y cogí una maceta pequeña, y cuando el hombre reapareció tras la puerta, dejé caer perpendicularmente mi ingenio de guerra sobre la parte de atrás de sus ganchos; y el choque le hizo caer y acabó de romper bajo su espalda su pobre fortuna ambulante que hizo el ruido estridente de un palacio de cristal destrozado por el rayo.
         Y, embriagado de mi locura, le gritaba furiosamente: «¡La vida en bello! ¡La vida en bello!»

         Estas bromas nerviosas no carecen de peligro, y a menudo se pagan caras. Pero, ¡qué importa la eternidad de la condena a quien ha encontrado en un segundo lo infinito del goce.


sábado, 23 de abril de 2016

El hombre sin suerte

            Afirmaba Miguel de Unamuno que Alonso el bueno, Don Quijote, pese a su condición de personaje novelesco, gozaba de una existencia más real que la de su creador. En cierta forma, tenía razón. La vida del hombre histórico, Miguel de Cervantes Saavedra, queda desdibujada ante la presencia del héroe de la ficción, y sabemos más de la criatura que del padre que la engendró. En esto, como en tantos otros aspectos de su existencia, Cervantes fue un hombre desafortunado. En esa suma de infortunios hubo incluso quien lo relegó a la condición de burro que sonó la flauta por casualidad y no alcanzó a comprender la grandeza y universalidad de su personaje.
            ¡Pobre Cervantes! Su biografía está plagada de agujeros negros, de suposiciones más que de datos constatados, de sospechas y elucubraciones más que de verdades probadas.
            Desde la fecha de su nacimiento —¿un 29 de septiembre de 1547, día de San Miguel?— hasta la de su muerte —¿el 22 o el 23 de abril de 1616?—, la vida del escritor es un río Guadiana, desaparece bajo tierra en un punto y vuelve a aparecer leguas adelante, y no una, sino varias veces a lo largo de su recorrido. Un recorrido, por cierto, del que hasta hace cincuenta o sesenta años no se conocía a ciencia cierta donde se iniciaba, aunque hoy se tenga por seguro el lugar donde recibió las aguas bautismales, en la vieja Compluto, la universitaria Alcalá de Henares.
            La mayor parte de la vida a Cervantes se le fue en la errancia en busca de buena fortuna, siguiendo primero los pasos de su abuelo y de su padre, sangrador y cirujano, por Córdoba, Sevilla, Valladolid y Madrid; luego por tierras italianas y por las costas mediterráneas durante dos años hasta terminar cautivo cinco años en Argel, para volver de nuevo a su patria, inútil su mano izquierda, y dedicarse al cobro de impuestos por tierras andaluzas, hasta que finalmente se asienta en Madrid, donde terminan sus días. En medio, embargos de bienes familiares, estancias en la cárcel, pleitos y turbios asuntos de “las Cervantas”, las mujeres de su familia; el adiós a las armas, las vanas aspiraciones de hacer las Américas; el fracaso literario por su condición de semipoeta y por la imposibilidad de competir en el teatro con aquel Monstruo de la Naturaleza, con el príncipe de la escena de su tiempo, el gran Lope de Vega; y un matrimonio más de apariencia y de conveniencia que por amor. Todo un recorrido por el desengaño.
            Cervantes fue un hombre sin suerte en la vida. Incluso el éxito y el prestigio literario logrados con la publicación de la primera parte del Quijote se los amargó el dichoso Avellaneda. De tanta adversidad y desengaño, Cervantes extrajo la esencia del arte de vivir y de escribir, inventó la vida que no había vivido, e inventó la literatura moderna. Fue un hombre sin suerte, es verdad, y hasta el destino le negó en su última jugada una tumba discreta en que reposaran sus asendereados huesos, pero fue un escritor privilegiado, uno de los elegidos, pues no cabe mayor gloria a un escritor que la de seguir vivo en su obra después de cuatrocientos años.

            Y eso no se consigue por casualidad. Grande es don Quijote, ese personaje que todos somos y no somos, pero no olvidemos que antes vivió en Miguel de Cervantes Saavedra. Detrás del maravilloso hidalgo manchego hubo un hombre real, un individuo sin cuya vida desengañada y ejemplar se hace difícil comprender al personaje.



miércoles, 2 de septiembre de 2015

Casiopea




KASSIÉPEIA

         Paseábamos por la carretera de Villanueva a la luz de la luna. Un paseo tonificante después de las cervezas del mediodía y una tarde pesarosa. Alumbraba de más la luna y se veían pocas estrellas. A la vuelta, después de localizarla, señalé con el índice y pregunté a L y a J si conocían la historia de Casiopea. Ninguno de los dos. De buena gana se la hubiera contado, pero ya digo que iba uno con el estrago de los cuatro tubos y una siesta sin reconforte. Dos horas después, aquí me tenéis. De madrugada y con estrellas.
         La bella Casiopea aún vive. Ahí está en el cielo, eme mayúscula unas veces, otras uve doble, seis meses cabeza arriba, otros seis cabeza abajo. Y así mientras duren los tiempos.
         La leyenda más común hace a Casiopea hija de Árabo, que dio nombre al reino de Arabia, esposa del rey etíope Cefeo, y madre de la hermosa Andrómeda. Casiopea se mostraba orgullosa de su propia belleza y de la de su hija y en algún corrillo cortesano dejó caer que superaban en hermosura a la Nereidas, las protegidas de Posidón, señor de las aguas; más bellas incluso que la mismísima Hera, hermana y legítima esposa de Zeus.    
       Envanecimiento intolerable. Las diosas piden castigo a este exceso de arrogancia. Ningún mortal es igualable siquiera a un inmortal. Casiopea ha de pagar su atrevimiento.
         Y Poseidón envía a las costas etíopes a Ceto, un terrible monstruo cetáceo —¿una orca asesina?— que arrasa el reino de Cefeo y Casiopea. Viendo la devastación de sus dominios, los reyes acuden al oráculo de Amón.
         En este punto, el relato se interrumpe, la trama se complica, la leyenda se enriquece. La bella Andrómeda, heredera de Etiopía, estaba en edad de merecer, tenía pretendientes, y sus padres sopesaban las ventajas de unos y otros. Aceptarían como yerno al príncipe Agénor, tío carnal de Andrómeda por parte de padre, pero preferían a uno de los hijos del tío Agénor, bien Fénix, el mayor, bien Fineo, el más pequeño de los primos. En estos casorios y tratos nupciales andaba la familia real etíope cuando Casiopea se subió a la parra de su hermosura y provocó la llegada de Ceto, que devoraba hombres y ganados sin piedad.
         El sacrificio sugerido por el oráculo se veía venir: ofrecer a la hermosa Andrómeda a las fauces de Ceto. El rey y la reina maldijeron su destino y lamentaron el de su hija, en vano desgarraron sus ricas vestiduras y llenaron de ceniza sus cabellos, en vano imploraron a los dioses rasgando el cielo con sus lamentos. No les quedó otra que la amarga ofrenda. Desnuda y encadenada a una roca junto al mar, Cefeo y Casiopea ofrecieron a su hermosa hija Andrómeda. Así la encontró el esforzado Perseo, que pasaba por Etiopía tras degollar a la Medusa, con cuya mágica y temible cabeza viajaba.
         Perseo enseguida se prendó de Andrómeda. La liberó de sus cadenas y la pidió en matrimonio a los reyes. Se libró luego del monstruo haciéndolo mirar a los ojos de Medusa: Ceto se convirtió en piedra, en coral, al decir de algunos.
         Cuentan otros que antes de la boda exprés hubo un complot, y que el tío Fineo se presentó en el palacio real acompañado de buen número de hombres armados —también se nombra a Agénor y a Fénix— e invocó la promesa de casamiento con Andrómeda que le habían dado Cefeo y Casiopea. Muchos eran los del bando de Fineo. Menos, los de Perseo. La discusión pasó a mayores, no bastaron las palabras y se desenvainaron las espadas. Perseo hubo de recurrir a los terribles ojos de Medusa para deshacerse de sus contrincantes y abandonar Etiopía con su bella esposa. Se establecieron en Séfiros, donde tuvieron siete hijos y fueron felices y comieron perdices.
         Pero los dioses no olvidan, ni perdonan lo imperdonable. Consintieron el final feliz de Andrómeda porque ella no era culpable de engreimiento, sino víctima del de su madre. Casiopea no podía irse de rositas, insistían las diosas.
         Y Poseidón se la llevó al cielo, la ató a una silla en una postura incómoda —hay quien habla de un potro de tortura—, condenándola  así por los tiempos de los tiempos, la mitad del año bocarriba, la otra mitad bocabajo, según la rotación de la bóveda celeste.
         Y colorín, colorado, hasta el pozo Paco hemos llegado, y este cuento se ha acabado.

         Salud, Luis y Javier.



lunes, 22 de junio de 2015

Merecido descanso

   
   Por vacaciones del personal, este blog se interrumpe hasta el 1 de septiembre.
Fructífero y feliz verano.

lunes, 15 de junio de 2015

Clío


Como poetas, creemos en la intuición. Como ratones de archivo y aficionados historiadores, creemos en la perseverancia, en el estudio y en la verdad. Por nuestro natural optimista, creemos también en la suerte, en el azar y en la casualidad.
         Ese cúmulo de elementos —intuición, perseverancia, búsqueda de la verdad histórica, suerte, casualidad—  ha hecho posible que la figura de Rosa Rey Romero vaya emergiendo de la sombra, de la muerte civil a la que el franquismo la condenó, que su nombre, leído por primera vez hace unos días, vaya encarnando en la imagen de una mujer concreta, de una vecina de este pueblo, que representa, por una parte, el compromiso ideológico y el activismo de las mujeres en la España republicana, por otra, la negra noche en que se vieron sumidos miles de españoles, hombres y mujeres, a quienes rigurosamente se aplicó la temible Ley de Responsabilidades Políticas para que purgaran sus culpas por haber contribuido a la subversión roja.
         Toda una cadena de venturosos acontecimientos nos ha conducido hasta Rosa Rey, una cadena cuyo primer eslabón hay que situar en la tarde de un nueve de mayo republicano, cuando una mano anónima arrancó la hoja cuadriculada de un cuaderno de tamaño folio, tomó nota de aquella reunión de mujeres y, no sabemos por qué, la guardó entre las hojas del libro de registro de socios de Unión Obrera, donde la encontramos una mañana de mayo de ochenta años después; una cadena que sigue cuando leemos esa hoja suelta y nos interesamos por la mujer que iba a dar un discurso político a sus compañeras, y comprobamos que ese nombre aparece en las estudios de tres investigadores, Antonio Barragán Moriana, Manuel Vacas Dueñas, Carmen Jiménez Aguilera, y descubrimos que Rosa Rey Romero fue encausada y encarcelada en virtud de la citada, temida, Ley de Responsabilidades Políticas; se alarga esa cadena con el eslabón de la casualidad, pues uno de estos profesores, Manuel Vacas, trabaja en el mismo instituto que nosotros, y nos presenta una tarde a su compañera, Carmen Jiménez Aguilera, que prepara su tesis doctoral sobre la represión franquista de la mujer en el norte de la provincia de Córdoba, que no tiene inconveniente en pasarnos copia de algunos documentos que ha manejado sobre Rosa Rey, y que nos ha dado consejos y proporcionado direcciones a las que acudir en busca de más información.
         La recuperación de un momento del pasado, la restauración de una voz silenciada, de una vida condenada al olvido, depende a veces de gestos tan insignificantes como el de guardar una simple hoja suelta entre las páginas de un libro en lugar de arrojarlo al fuego o a la papelera. Un hecho tan simple, tan cotidiano como ese nos ha permitido, ochenta años después, dedicar estas palabras a una mujer en lucha. Conjunción de elementos —intuición, perseverancia, búsqueda de la verdad, azar, casualidad— se llama a este feliz encadenamiento que nos ha llevado hasta la camarada Rosa Rey.
         ¿Quién era Rosa Rey? No disponemos aún de suficientes datos para trazar su biografía, pero los que conocemos hasta ahora permiten hacernos una idea. Carmen Jiménez nos ha facilitado la copia de dos interesantísimos documentos que hemos leído con emoción, con alegre excitación por tener en nuestras manos un testimonio fehaciente de vida, como el buscador de pecios que encuentra un cofre con monedas, y  con dolor, como ese mismo buscador de tesoros que sabe que el cofre pertenecía a un barco negrero.
         El primer documento es un informe de la Comisión Provincial de Examen de Penas, fechado en Córdoba el 28 de abril de 1941, que da el visto bueno para que se eleve al Ministerio del Ejército la solicitud de conmutación de pena. En la primera parte de ese informe leemos que Rosa Rey Romero, natural de Torrecampo, de 24 años de edad, viuda, fue condenada en consejo de guerra celebrado en Villanueva de Córdoba (donde estaba detenida desde el 13 de mayo de 1939) el día 28 de noviembre de 1939 a la pena de 30 años de reclusión mayor, con las accesorias de inhabilitación absoluta e interdicción civil (privación de derechos), por “adhesión a la rebelión militar”. Tras el consejo de guerra, fue trasladada a la prisión provincial de Córdoba. La sentencia se basaba en los siguientes hechos probados (corregimos mínimamente la puntuación y un par de discordancias gramaticales): “mala conducta y antecedentes, perteneciente a la llamada Agrupación de Mujeres Antifascistas y al Socorro Rojo Internacional, siendo destacada por sus ideas y conducta revolucionaria; durante el tiempo de dominio rojo en el pueblo de su residencia, puso de manifiesto su odio y encono hacia la religión, profanando la iglesia y las imágenes religiosas, a las que arrojaba al suelo desde sus altares, desposeyéndolas después de la ropa y alhajas, y alardeando más tarde entre sus vecinas de estos hechos sacrílegos. Ejerció el cargo de Secretaria de la UGT y se vio siempre por el pueblo vestida de miliciana roja y provista de armas de fuego.” La Comisión proponía rebajar la condena de 30 a 20 años y un día.
         El segundo documento es la propuesta y confirmación de la Conmutación de Pena  admitida por Ministerio del Ejército, con data en Madrid, el 3 de noviembre de 1942.
         (Continuará)

miércoles, 3 de junio de 2015

Mujeres en lucha (Documento nº 9)


Entre las páginas del registro de socios de la Unión Obrera se ha conservado también una hoja de papel cuadriculado, manuscrita a pluma con tinta negra, que contiene el borrador del acta de una reunión celebrada por un grupo de mujeres integradas en la organización sindical. No se precisa el año, solo el día y mes: nueve de mayo. La sesión acabó a las 8 de la noche, después de haberse acordado lo siguiente:
   . La asamblea de mujeres se reunirá las noches de los jueves y de los sábados.
   . Se realizará una campaña de propaganda y captación de nuevas socias.
  . Acabar con las provocaciones burguesas fascistas.
   . Pedir la ermita de Jesús para Casa del Pueblo y escuela infantil de Pioneros.
  . Solicitar de la Unión Obrera que costee la bandera de esta sección femenina, o que le haga un préstamo.
  . Colaborar en la siega con sus compañeros “con el fin de que cada mujer haga pareja con su hombre de las hoces más largas”.
  . Veracidad en la propaganda (“propagar con certeza”).
  . Celebración de una charla (el 15? de mayo), a cargo de los camaradas Tomás Jordán y Rosa Rey.
        
         Como ya hemos anticipado, el escrito no recoge el año en que este grupo de mujeres torrecampeñas celebró asamblea y tomó las decisiones suprascriptas, pero no parece descabellado situarla en tiempos republicanos, de fuerte concienciación política y compromiso en la lucha por la libertad y por la igualdad.
         Es evidente que estas mujeres reivindican ser libres e iguales en deberes y derechos a los hombres, a los compañeros. ¿Solo ellos tienen derecho a sindicarse? ¿Acaso no pueden ellas faenar en el campo y ganar su jornal? ¿Están destinadas en exclusiva a labores domésticas? ¿No pueden ellas, las que estén más preparadas, enseñar en la escuela popular? ¿No pueden ellas, como los compañeros, ser oradoras en los mítines, celebrar asambleas, debatir sobre las cuestiones sociales e intervenir activamente en la vida de la colectividad? ¿Solo escoba y aljofifa? ¿Solo parir y limpiar mocos? ¿Sin derecho, sin necesidad, de aprender, de leer libros, de pensar, y decidir, por ellas mismas? ¿La pata quebrada y en casa, o en la iglesia? ¿La sumisión al hombre? ¿A los valores burgueses? ¿Al modelo fascista? Son tiempos republicanos. De revolución. De compromiso y de participación a partes iguales. Hombres y mujeres. Mujeres y hombres. Camaradas en la misma lucha.
         Es posible que en alguna caja del archivo municipal aparezcan más documentos sobre esta organización, pero por ahora hemos de conformarnos con esta hoja suelta no exenta de valor histórico en cuanto testimonia que hubo mujeres torrecampeñas decididas, con todas las de la ley, a participar en la construcción de la nueva España republicana.
         Estamos ante lo que Miguel de Unamuno llamaría “mujeres intrahistóricas”, es decir, ante mujeres cuyos nombres no aparecen en los libros —salvo el de una—, que están fuera de la historia oficial, olvidadas o ignoradas por sus vecinos, a la sombra, en la estela, de figuras como Hildegart Rodríguez Carballeira, Dolores Ibárruri, Federica Montseny, Margarita Nelken o Victoria Kent. La literatura, el cine, los historiadores, han rescatado del olvido a muchas de aquellas mujeres en lucha, pero son más las que aún quedan en las sombras de la intrahistoria.
         Una de esas mujeres es la que aparece citada en el documento nº 9, la camarada Rosa Rey. Tras una brevísima cala en la historiografía especializada, hemos encontrado su nombre en dos ocasiones. En «Mujer y represión franquista en el norte de Córdoba», Manuel Vacas Dueñas y Carmen Jiménez Aguilera escriben: “Algunas mujeres son acusadas de participar en las profanaciones de iglesias y conventos, incidiendo especialmente en lo sacrílego del caso [...]. Otras como Rosa Rey Moreno que cometió diversas tropelías antirreligiosas, sustrajeron diversas alhajas de las iglesias y las pusieron a disposición del Comité.”
         Suponemos que hay confusión en el segundo apellido, que en el mismo trabajo figura como “Rey Romero, Rosa” en el listado de  mujeres de Torrecampo expedientadas por el régimen franquista al término de la guerra civil.
         Con ese segundo apellido, Rosa Rey Romero, se la nombra también en el libro de Antonio Barragán Moriana, El “regreso de la memoria”: control social y responsabilidades políticas. Córdoba 1936-1945, acusada en consejo de guerra (causa 26.366/1939), por ser miembro del Socorro Rojo Internacional y de las Juventudes Socialistas de Villanueva de Córdoba.
         Hay caso, nos atrevemos a decir. Estamos convencidos de que con la oportuna investigación podrá rescatarse del silencio la voz enardecida de la camarada Rosa Rey, una de tantas mujeres en lucha que encarnó el sueño libre, igualitario, revolucionario, de la II República española.
         Invitamos, pues, de nuevo a los lectores, a las lectoras, a explorar en los archivos; a preguntar a los mayores de la localidad, a familiares lejanos o cercanos, si aún viven; a indagar en los periódicos de la época; a recuperar la voz dormida de esta mujer —no estaría de más, desde luego, buscar el hilo del orador que la acompañó esa noche, el camarada Tomás Jordán—, que un 19? de mayo de un año por determinar dio una charla a sus compañeras de la Unión Obrera de Torrecampo. 


Transcripción del documento nº 9:
         Hoy dia 9 de Mayo sereune la secion femenina en sesion ordinaria para tratal del siguiente orden del dia
         1º Marcha aseguil de esta secion Sindical femenina
         2º Peticiones femenina y masculina
         3º Varias
                  1º Esta secion tendra señalada dos noches en semana para tratal de la cuestiones sociales estas noches seran los Juebes y Sabados los juebes seran usadas sus horas permanentes en la sociedad como cuestiones permanented y el sabado sera para celebral sus sesiones ordinarias Tamvien se acuerda acer propaganda entre las mujeres y recultar el 50 por 100 de afiliadas mas que oy con fecha 13? De Mayo seran reclutadas estas afiliadas searan carco de acerle saber a las nuevas socias que solo tienen dos dias en semana
                  2º Peticiones que se acabe con las probocaciones burguesas fascistas Tamvien se acuerda pedil jesus para casa del Pueblo y escuela infantil de pioneros pedil la bandera de la secion femenina que sea costeada por esta sindical ? almenos que haga un prestamo y acerle sabel a esta sindical que las mujeres desean colaboral en la siega con sus compañeros con el fin de que cada mujer aga pareja con su ombre de las hoces mas largas
                  3º La camaradapresidenta propone a las demas camaradas que deben propagal con certeza pero no charlal aun con molestias para el compañerismo y dar una charla el 19? de mayo a cargo de los camaradas Tomas Jordan y Rosa Rey

         Y no aviendo mas de que tratal la presidenta lebanta lasesion alas veinte de lanoche