martes, 25 de enero de 2022

Arlequín urbano

 Mañana de silencio en las calles y miradas perdidas. Pasos quedos, acolchados, en las aceras húmedas.

Protegido junto a la cristalera de un café, el viejo Arlequín, demacrado, pálido, solo de solemnidad.

Sin máscara esta mañana de lunes con llovizna.

Como un pájaro con las alas lastradas por el barro.

Sentado en un pequeño taburete plegable, erguido, inmóvil como un mimo, con un viejo sombrero sin cinta ya y desalado, las piernas juntas, hundidas las manos en los bolsillos de un raído chaquetón negro con el cuello y las solapas levantadas.

Unas cuantas monedas en un vaso de plástico a sus pies.

Atrapados los ojos allá dentro, en una visión que sólo ellos ven.

Colombina lo ha desterrado ya para siempre de su lado.

Ahí está el viejo Arlequín, sin gracia y sin consuelo, exhibiendo su herida, sin orgullo, sin memoria de los días risueños.

Una expresión en su rostro que no es hambre, ni tristeza, ni amargura, sino un estar vacío, un ir dejándose ir hacia la nada.


miércoles, 19 de enero de 2022

La ciudad de los clochards

 Se acostumbra uno a verlos. A ignorarlos. Y si no se acostumbra, lo parece por lo indiferente que pasa junto a ellos.

Esta mañana ha sido un muchacho de apenas veinte años, tendido en medio de la acera, en una esquina en chaflán de la calle del Temple. Ningún bulto sucio de ropa a su lado, ninguna mochila arrastrada por mil rincones, ningún cartón bajo su cuerpo. Estaba en el suelo, durmiendo de lado, como muerto. Supongo que amansado por la droga o por el alcohol. La gente pasaba a su lado como yo, esquivándolo para no tropezar. El bulto de un vendido, de otro derrotado por la ciudad. Pensé si sus padres estarían vivos, si sabrían algo de él; si sería nacido y criado en París, o si venía de África y había llegado hace unos días, cómo había llegado a esta esquina de la calle del Temple.

*

Junto a la torre de Saint-Jacques, el hombre ‒barba hasta el pecho, melena grasienta sobre los hombros, tres capas de ropa encima‒ arrastraba dos carritos de la compra atiborrados con sus enseres, como una caballería tirando de una carga pesada, sólo que él iba “marcha atrás”, de espaldas a la dirección que seguía, quejándose de su mala vida y de su mala suerte.

*

El hombre mayor junto al supermercado en la calle de la Roquette. Chaqueta y pantalón de género. Zapatos sin cordones. Todo el día sentado en el suelo. A ratos, música árabe a toda pastilla en un transistor. Pegando la hebra con otro mucho más joven y más zarrapastroso.

Ejercen el derecho a la mendicidad, una reivindicación activa del errabundaje. En cualquier banco, bajo un árbol o junto a una farola, bajo cualquier marquesina de autobús, en cualquier acera.

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Un muchacho, parece hindú, pide dinero entre las mesas del café. Otro muchacho de su edad, de aspecto árabe, envalentonado por las cervezas y por el vino que está bebiendo con sus amigos desde que nos sentamos a su lado en la terraza, un poco traspuesto también por los dos o tres porros que ha compartido con sus colegas, le dice en voz alta, para que lo oyéramos todos, lárgate por donde has venido y no nos cuentes tu vida. El muchacho hindú, con la misma sonrisa que llegó, salió de la terraza y se perdió tras una esquina.

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El mendigo que duerme en un banco con un libro por almohada.

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Brutalizado por el alcohol, por la droga, por la enfermedad, o por las tres cosas a la vez. Arrastrando suciedad y harapos por la ciudad luz, oculto durante las noches en mísera cobija de cartón y trapos meados, ciego, sin memoria, incapaz de recordar el último rato de felicidad que iluminó su vida, si es que hubo alguno. Apestado como leproso en medio del derroche y la abundancia. Sensible solamente a las chinches que llenan de ronchas su cuerpo, conmueve las conciencias de quienes no estamos acostumbrados al espectáculo de la miseria más mísera y lamentable.

-Bonjour, madame. Bonjour, mademoiselle. Bonjour, monsieur. Bonjour, madame… ‒se pierde su voz ronca, su cuerpo deforme, sacudido por temblores, en la riada humana que va y viene por la calle del barrio judío, donde los turistas hacen largas colas para comprar comida.

Tiene que hacer uno un esfuerzo para que no se le salten las lágrimas, para deshacer el nudo en el pecho y en la garganta, para acercarse al podre desgraciado y dejarle unas monedas en la mano temblorosa. 


martes, 4 de enero de 2022

La cometa

 Aquellos fueron unos años mágicos, así fue en verdad como los viví y como los recuerdo. 

Esparragal era un lugar con ocho calles y cuarenta o cincuenta familias que vivían de las cabras y de los olivos de sierra. Tenía iglesia y párroco, maestra de niñas y maestro de niños, un bar estanco que hacía de cine de verano en el patio y de invierno en la planta de arriba; la taberna de Carrillo, que servía a veces de fonda para viajantes perdidos, y la de Antonio, frente a la plaza de la iglesia, donde estaba el teléfono público; el horno de Arturo, en la salida hacia Zagrilla; la tienda de Aurora, madre de mi amigo Serranete, y la de Francisca, la del Cortillo. También estaban el abuelo Retaco y su familia, que vivían de los serones, las mantas para la molienda, las pleitas y las sogas de esparto. A falta de conducción de agua, había una fuente con dos caños y un pilón donde abrevaban las bestias al sonido tranquilizador del silbido de su amo, y unos lavaderos detrás de la casa-cuartel, donde vivíamos seis familias de guardias civiles. El pueblo tenía también su rico, Don Casiano, su alcalde pedáneo, Juan Manuel, y sus familias pobres, la de Adelaida y Pupú, o la de María Pitaora.

El tío Antoñín era el hermano pequeño de mi padre. Ese año había venido aprovechando unos días de permiso antes de incorporarse a su primer destino como guardia civil. Con él llegaban las risas a casa, y regalos para nosotros -un saltador con los mangos de madera teñidos de rojo, una moto de hojalata azul con motor de cuerda, una muñeca que cierra y abre los ojos, una pelota para jugar al siempre bota-, incluso algún número de circo, como golpear la nariz contra la mesa, produciendo un gran ruido, pero sin lastimarse, o el de tener un cigarrillo encendido en los labios, meterlo en la boca sin tocarlo con las manos, y sacarlo de nuevo humeando entre sus labios. Era divertido, cariñoso con mi hermana y conmigo, nos contaba chascarrillos y alguna vez deseé que él fuera nuestro padre. 

Aquella tarde, después de comer, salí corriendo de nuestro pabellón para anunciárselo a los otros niños del cuartel y a alguno más de fuera -¡Mi tío me va a hacer una cometa!-, entusiasmado, excitado, aun sin saber exactamente qué ni cómo era una cometa, porque no había visto ninguna. Pocos minutos bastaron para formar un coro expectante de nueve o diez chiquillos alrededor de la mesa del comedor donde mi tío había dispuesto el material necesario -papel de seda de colores, un rollo de bramante, un trozo de guita más grueso, pegamento, unas tijeras- y empezó a manipular. Maravillados, atentos, sin perder detalle vimos cómo el tío Antoñín sacó su navaja del bolsillo de pantalón, la hendió a lo largo de la caña de una escoba desechada por mi madre, y sacó dos varillas, una más corta, a las que hizo unas muescas en cada extremo, y que luego ató en forma de cruz cristiana; con otro trozo de cuerda dio varias vueltas sobre las muescas de la varilla larga, hizo un nudo y la tensó hasta el siguiente extremo, repitiendo la operación hasta tener conectados los cuatro extremos con la misma cuerda, resultando así un rombo asimétrico, con los ejes vertical y transversal de caña y los lados de bramante; extendió sobre la mesa el pliego de papel de seda blanco, colocó sobre él la estructura romboide y trazó con el lápiz el perímetro, unos dos centímetros más ancho: fue recortando con las tijeras, plegando los bordes y pegándolos con el bramante en el interior del pliegue, quedando así armado el cuerpo principal -el papel es como la vela de los barcos; ésta es la cabeza y ésta la cola-; cortó cuatro trozos más de bramante, los ató en los tres extremos de la cabeza y en el centro, y los unió todos a la altura del crucero -éstas son las bridas, para controlar la cabeza y equilibrarla cuando esté en el aire-; ya solo quedó recortar rectángulos grandes de papel de seda y enlazarlos cuidadosamente en el trozo de guita, que medía casi dos metros; finalmente ató la colorida cola al extremo de la varilla larga.

 ¡Vamos a volarla!

Tales palabras fueron el conjuro que nos sacó del silencio, de la especie de hipnosis en que habíamos caído mientras el tío Antoñín iba creando aquel artefacto tan hermoso. Salimos en alegre tropel detrás de él, que llevaba la cometa en una mano y la cola en la otra, alzada sobre su cabeza, para evitar que le diéramos un pisotón. En calidad de ayudante de campo, yo era portador del rollo de cordel.

Cuando todo estuvo listo me explicó cómo hacer el despegue. Él se puso de cara al viento manteniendo con sus dos manos la cometa a la altura de los hombros. Unos metros más adelante yo debería mantener la cuerda en alto y echar a correr para que la cometa tomara bien el aire y se elevara. Al primer intento, la cometa se elevó tres o cuatro metros y empezó a girar vertiginosamente sobre su eje longitudinal hasta que cayó de cabeza en el suelo. 

Los innumerables intentos que siguieron no lograron mejor resultado. A la quinta o sexta caída el papel de seda se había rasgado y hubo que parchear con papel de periódico, que tampoco resistía los golpes contra el suelo. Lo demás niños también lo intentaron en vano. Nos dábamos ánimos, jaleábamos a la cometa, dábamos saltos en la carrera por si en uno de ellos remontaba, pero aquella cometa se negaba a elevarse sobre nuestras cabezas.

El tío Antoñín desapareció sin decir palabra. Entre los niños también cundió el desánimo y fueron abandonando de uno en uno con las manos en los bolsillos, aburridos, sin verle la diversión a aquel juego. Yo seguí intentándolo hasta que mi silueta empezó a recortarse sobre el cielo lívido del anochecer.

viernes, 31 de diciembre de 2021

Al otro lado

 La mesa está en un rincón, junto a un gran espejo con el marco de caña. Escribo un poema. De vez en cuando, mientras viene una palabra o redondeo un verso, levanto la cabeza y me veo reflejado. No es otro; soy yo, me digo. Sin embargo, los versos del poeta del espejo son muy distintos a los míos.


martes, 28 de diciembre de 2021

Irse a chitos

 Los sansones son las chapas, esos tapones metálicos con los bordes corrugados, de las botellas de refrescos y las cervezas.

Jugar a los sansones es apostar con ellos, usándolos como moneda, en un juego que consiste en sacar de un círculo delimitado en la tierra el mayor número de ellos, colocados unos encima de otros sobre una piedra base o un cilindro de madera, formando una columna de mayor o menor altura, según el número de jugadores y el número de chapas apostado por cada jugador, y desplazados por el impacto de una tanga lanzada desde una distancia establecida por una línea marcada en el suelo.

El momento de la competición es el último paso de un proceso largo y laborioso que pasa, en primer lugar, por la búsqueda de lo que llamaremos materia prima, es decir, sansones o chapas, elementos no tan abundantes, ni tan a la mano de un niño de seis o siete años, a principios de los sesenta, en una aldea con solo tres tabernas -la de Carrillo, la del teléfono público y la del estanco-, por lo que es necesario actuar con decisión, romper el mandamiento paterno -los niños no entran solos en los bares-, colarse en el establecimiento y pedirle al hombre sansones, que te deja buscar en el cajón donde echa las granzas del café y los envoltorios ilustrados de los azucarillos, aunque mejor alternativa es aprovechar la ocasión de una boda, verbena, bautizo o comunión, para regresar a casa con los bolsillos como saco de buhonero, con la accesoria, eso sí, de las puntas de los bordes traspasando la tela del forro del bolsillo, arañando, irritando y enrojeciendo esa parte interior tan sensible de los muslos, por encima de las ingles.

La segunda etapa del proceso lúdico es la manipulación del material para transformarlo en moneda aceptada de uso y cambio, lo cual implica, uno, que cada jugador dispone de su propia ceca para emitir cuanta moneda le parezca conveniente -el concepto de riqueza es meramente acumulativo, prima la cantidad, no cualidades como la rareza o el estado de conservación, criterios que sí intervienen en otros juegos como el de los cromos-, dos, que para entrar en el juego el propio jugador ha de ser artífice de cada una de sus monedas, lo que exige, además de entusiasmo, paciencia, habilidad y fina motricidad, pues se trata, antes que nada, de despegar el corcho adherido a la cara cóncava de la chapa, aplicando con seguridad la punta de una navajilla, haciendo girar al mismo tiempo la chapa con los dedos pulgar e índice y, una vez desprendida la capa de corcho, percutir a modo el sansón hasta lograr un disco metálico liso, tarea susceptible de realizarse con una piedra -cosa no recomendable por el doble peligro de golpeo involuntario en los dedos que sujetan la pieza, y de imperfecciones o dobleces en el disco resultante-, aunque mejor el golpeteo, por la vistosidad y perfección del resultado final, con un martillo de carpintero requisado de la caja paterna de herramientas, lo que no evita el posible machaqueo de dedos por distracción, cansancio o simple torpeza.

Hecho el conveniente acopio de sansones aplastados, el objetivo siguiente es hacerse con una buena tanga o tejo, una piedra lisa, ligera, aerodinámica -resultan muy adecuadas, ya que no se parten ni se cuartean, por ser de goma, las tapas del tacón de un zapato o de una bota, pero son difíciles de encontrar, porque no están los tiempos para tirar unos zapatos con las tapas en uso-, capaz de volar certera al centro del círculo para impactar en la codiciada columna de sansones y dispersarlos fuera del límite circular, es entonces cuando llega el momento de buscar compañeros de juego y empezar la competición, no sin antes asignar el orden de tirada, que lo establece la mayor cercanía a la raya de salida de la tanga, lanzada desde el círculo de los sansones, proceso que a veces se alarga por el buen tino de los jugadores.

La partida acaba de empezar. Eres el tercero. Todavía quedan chapas por derribar y sacar del círculo. Te preparas. Las dos piernas en leve flexión, más adelantada tu derecha, la punta del pie sin tocar la raya, algo inclinado también el tronco hacia adelante, balanceas lentamente el brazo lanzador, una vez, dos veces, concentrado, calculando la distancia, la energía y el efecto que has de conferir a la tanga, la parábola que ésta ha de trazar desde tu mano hasta el punto de impacto, pero justo antes de hacer tu lanzamiento la voz de tu madre llamándote a comer. Con el sobresalto y la irritación infantil por la interrupción del juego, ¡mierda!, la tanga se ha quedado a un metro del círculo. 


lunes, 20 de diciembre de 2021

La hora ya está cumplida

Mientras tomo una tarrina en la terraza de una heladería en la plaza de La Bastilla, veo venir en mi dirección a una muchacha gótica, en los puros huesos, anoréxica sin duda, del brazo de la que parece su madre. No pasa de los veinte años, toda negro y palidez acentuada por el maquillaje y los complementos: la camisa que transparenta la blancura casi fosfórica de su cuerpo, la cazadora de cuero y la falda, el pelo lacio sobre los hombros, las botas militares, las medias de malla, las uñas, los labios, la sombra de los ojos, el reguero de una lágrima por su mejilla izquierda, el desmayado andar, un leve tocar el suelo apenas, flotando casi entre el gentío de la plaza, la mirada allá en lo hondo muy perdida en un paisaje de nieve y pájaros negros.

Llama la atención el contraste con la mujer que creo su madre, vestida con lo primero que ha encontrado: ropas ajadas, deslucidas, gris su pelo y sus ojos, como el cielo de la tarde, como sin vida.

Pobre muchacha, tristísima imagen de la muerte -me he dicho, cuando pasaban delante de mí, fantaseando con que la mujer era la parca que se llevaba a la joven al reino de la ausencia y la desolación.

La joven parece haberme oído y me ha mirado a los ojos:

-No seas ingenuo, soy yo quien esta tarde se cobra la vida de esta pobre mujer.

Y se han perdido entre la gente, calle de la Roquette arriba, mientras yo terminaba mi helado de vainilla.


lunes, 6 de diciembre de 2021

El camino de la izquierda

Léon Blum, obra de Philippe Garel .

Nos despertamos a la misma hora. Ella se levanta, prepara el café, desayuna, se asea, se viste, y me da un beso de buenos días y de despedida antes de salir. Oigo el ascensor. Me levanto enseguida y tomo un café junto a la cristalera del balcón. Vivimos en la sexta planta del edificio en arco que cierra el lado oeste de la plaza de Aligre. Miro primero arriba, los tejados de París. Veo las dos altas chimeneas humeantes de la RATP, la empresa de transportes públicos de la ciudad; el hotel Courtyard, junto a la estación de Lyon; las luces intermitentes de la torre de Montparnasse, la corona amarilla de la torre Eiffel; veo la torre Zamansky, y detrás de ella el Panteón; veo también, más cerca, el pináculo de la iglesia de San Antonio de los Quince Veinte. Miro luego hacia abajo, a la plaza de Aligre, con su mercado cubierto a un lado, su pequeña oficina en el centro y el espacio abierto para los tenderetes al otro. Desde las cinco y media los comerciantes van preparando sus puestos, montados con caballetes y tableros sobre los que exponen la mercadería: verduras y frutas a lo largo de la calle Aligre, que parte en dos la plaza, y rastrillo de primera y segunda mano en los demás.

Solemos hacer el mismo camino cuando vamos al apartamento de Paula para cuidar de nuestra nieta, Clara, que en diciembre cumplirá cuatro meses. Dejamos atrás la plaza y los pregones de los vendedores y caminamos hacia la calle Charles Baudelaire, a un lado del square Trousseau, que se abre desde la calle del Faubourg de Saint-Antoine, donde tomamos dos pasajes -La Mano de Oro y Dalléry- para aparecer en la transitada y ruidosa avenida Ledru-Rollin, que nos conduce hasta la plaza de Léon Blum. De ella arranca en breve y empinada cuesta arriba la calle Camille Desmoulins, que se cruza con la de Pétion, nuestro destino. Yo lo llamo “el camino de la libertad”. En él están evocados personajes y acontecimientos históricos que traspasaron los límites de la ciudad y alcanzaron repercusión internacional.

El siglo XVIII está representado por tres hombres que vivieron aquí en París la Revolución Francesa de 1789, el marqués de Aligre y los políticos Jerôme Pétion y Camille Desmoulins. El de Aligre (París, 1727) tenía fama de hombre íntegro e ilustrado, censuraba los impuestos abusivos y decisiones arbitrarias del gobierno, y odiaba a los cortesanos tanto como a los ministros reformadores. Ideológicamente fue un hombre del Antiguo Régimen, y también un hombre con suerte, pues en 1789 se largó a Bruselas, y de allí a Londres, donde acumuló una gran fortuna gracias a la especulación bursátil. Murió en Brunswick en 1800.

Los otros dos hombres del XVIII representan el compromiso con la revolución y con las ideas republicanas. Sus vidas corrieron caminos paralelos: nacidos en provincias -Pétion en Chartres (1756), Desmoulins en Guise (1760)-, abogados los dos, pronto se dieron a conocer en los medios políticos de la capital y fueron inicialmente destacados revolucionarios junto a Robespierre, Danton y Marat. Jeröme Pétion fue alcalde de París y luego presidente de la Asamblea, luchó por la erradicación de la esclavitud y defendió la igualdad de negros y blancos. Camile Desmoulins alcanzó fama de gran orador pese a su tartamudez y fue miembro de la Convención Nacional, desde donde combatió los privilegios de la aristocracia y defendió el sufragio universal masculino. Desmoulins y Pétion, que sin duda se conocieron y trataron, desde el inicial fervor revolucionario se fueron acercando a la moderación girondina, que los enfrentó a Robespierre y los llevó finalmente a la muerte. Camille Desmoulins, acuñador quizá del lema republicano por excelencia -liberté, egalité, fraternité-, fue arrestado por su apoyo a Danton, juzgado por un tribunal revolucionario, condenado a muerte y guillotinado en la plaza de la Revolución (actual de la Concorde) el 5 de abril de 1794. Dos meses después, perseguido por los secuaces de Robespierre, Etienne Pétion puso fin a su vida junto a su correligionario François Buzot, en un trigal de Saint-Magne-de-Castillon, un pueblecito al sur de Burdeos, a donde habían huido tras la persecución declarada contra los girondinos.

Corriendo el tiempo, Camille Desmoulins y Jerôme Pétion volverán a encontrarse al cruzarse las calles que llevan sus nombres, y pienso si no serán esos dos hombres de edad incierta que encuentro cada día conversando taciturnos y quedos en la esquina del bar estanco donde entro los martes para apostar en los euromillones. Voy cogiendo nombres y palabras sueltas, algunas frases cortas, así que cada día que paso a su lado estoy más cierto de que son ellos dos, que continúan una conversación iniciada 227 años atrás. Imagino que hablan de sus vidas, truncadas tan pronto por la intolerancia política, supongo que se reafirman en sus ideas republicanas, en sus principios de hombres sensatos de izquierda que vieron la necesidad de poner límites a la revolución, de no contribuir a un estado que castiga la disidencia con  la guillotina. Como tribunos del pueblo ellos tenían la obligación de ampararlo legalmente, de protegerlo de los ejércitos extranjeros, de los impuestos excesivos o injustos, de las hambrunas, fuesen obra del clima o del acaparamiento y la especulación, de proporcionarle instrucción, de atenderlo en la enfermedad, de procurar su bienestar espiritual y su felicidad. Ese era el espíritu de la revolución, a ello respondía la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, a ello respondían sus discursos en la Asamblea, sus escritos en los periódicos, sus decretos contra el esclavismo y contra los privilegios de la aristocracia.

Pero la revolución no es un flujo permanente hacia adelante, una flecha que avanza uniforme y nunca cae. Como las mareas, las revoluciones avanzan y retroceden. En Francia el fervor revolucionario de 1789 supuso importantísimos pasos hacia el estado republicano, hacia una sociedad sustentada en la libertad, la justicia y la igualdad, pero pronto apareció el fantasma del Antiguo Régimen, que se manifestó hasta 1848 en sucesivas formas de director, cónsul, emperador y monarca de julio.

Para combatir esos momentos de regresión, son necesarios hombres como Alexandre Ledru-Rollin, diputado radical en la Asamblea Nacional durante 10 años, enemigo declarado de la monarquía y de la tiranía del dinero, defensor de la libertad de prensa y de una profunda reforma social y económica, efectiva contra la miseria del pueblo. Promocionando por toda Francia la celebración de “banquetes” para sortear la prohibición de los mítines políticos, Ledru-Rollin desempeñó un importante papel en la revolución de 1848, que acabó con la caída de la Monarquía de Julio y la instauración de la II República. Durante su breve mandato como ministro de Interior (1848) se implantó el sufragio universal masculino.

La avenida Ledru-Rollin nos conduce hasta la plaza de Léon Blum, otro nombre imprescindible en este camino a la libertad que recorremos a diario. Una frase traducida de la Wikipedia me parece suficiente indicador de su lucha política: “En 1936, seiscientos mil obreros se marchan de vacaciones; al año siguiente son un millón ochocientos mil”. Sí, a este hombre y a sus camaradas republicanos de izquierda, integrantes del Frente Popular, debemos las vacaciones pagadas, la reducción de la jornada laboral a 40 horas, los convenios colectivos y la revisiones salariales, la libertad sindical, la entrada de las mujeres en el gobierno o la nacionalización de los ferrocarriles, fábricas aeronáuticas y de armamento.

Se nos suele olvidar que esa larga lucha que comienza en 1789 lleva tras sí una extensa nómina de hombres y mujeres que cayeron en el camino -ejecuciones y terrorismo de estado, cárceles, exilio-, movidos por la construcción de una sociedad más libre, justa e igualitaria. Se nos olvida que derechos tan indiscutibles hoy como el sufragio universal, la libertad de pensamiento o la presunción de inocencia no han existido siempre, ni han venido de la nada.

El de la izquierda nunca ha sido camino fácil, me digo todas estas mañanas. Y celebro la memoria de estos hombres de izquierda: el suicida Pétion, el decapitado Desmoulins, el radical Ledru-Rollin, el incansable Léon Blum. Y celebro también la llegada al apartamento de Paula, donde me espera, linda, dormida en su silla balancín junto a la ventana, mi nieta Clara.