jueves, 21 de mayo de 2015

Taxonomía pastoril

   Desde el punto de vista laboral, el documento nº 8 nos ofrece una taxonomía del oficio pastoril que contempla cuatro categorías profesionales con sus correspondientes, diferenciadas, remuneraciones en dinero y en especie. (Para los niños pastores hemos optado por el sustantivo “zagalillos”, vieja palabra que aún se oye en boca de los mayores de la localidad para referirse a los muchachos en esa edad fronteriza entre el fin de la niñez y la pubertad.)

         Sintetizamos en la tabla que sigue las Peticiones de Pastores:


     Detengámonos, primero, en los hombres (de 20 años en adelante). Entre ellos se establece una diferencia, según apalabren, o no, lo que en el oficio se conocía como la escusa, una figura consuetudinaria por la que el dueño del ganado concederá, como pago en especie, un determinado número de cabezas (17 ovejas de piara), que el pastor podrá apacentar con las del amo. Si el pastor lo es sin escusa (sin piara), recibirá en compensación 170 reales al año y mayor jornal (10 reales).  Hacemos aquí breve inciso para recordar que en la sesión de 9 de febrero de 1918, los ediles torrecampeños establecieron para ese año el jornal de un bracero en la cantidad de 2,50 pesetas.
         Salvo la compensación por trabajar sin piara, los hombres percibirán iguales cantidades de jato para la semana y sus tres ovejas de tasajo para el año, así como el derecho de un día libre al mes. Entendemos que tanto unos como otros recibirían, también como pago en especie, igual cantidad de leche y de lo ilegible que aparece al comienzo de la segunda carilla del escrito.
         Entre los más jóvenes habrá también dos categorías, según la edad, zagales y zagalillos. Los primeros ganarán 2,5 reales, recibirán el mismo jato semanal que los hombres y 2 ovejas en salazón al año. No podemos asegurar, porque el documento no lo especifica, si también se les asignaría la misma cantidad de leche y de lo ilegible que los hombres, ni tampoco si librarían un día al mes o uno cada dos meses, como los zagalillos. Estos serán los que menor jornal cobren, un real y medio, los que menor jato recibirán por semana (1 panilla de aceite y 16 libras de pan), los que menos ovejas de salado obtengan al año y los que menos descanso disfrutarán, un día cada dos meses. En cuanto a las cantidades acostumbradas de garbanzos y patatas de siembra, aunque aparecen en el apartado de los zagalillos, suponemos que incluía a zagales y hombres.
         Desconocemos por ahora si estas peticiones de pastores fueron oídas y aceptadas por los patronos —en este punto sería más que interesante conocer en qué grado esta propuesta de convenio colectivo supone una mejora respecto a las condiciones de trabajo anteriores, por lo que de nuevo abrimos la ventana y echamos el pregón por si algún conocedor o conocedora del asunto se presta a iluminarnos sobre el particular—, pero es innegable que la pastoral está organizándose, debatiendo en asambleas y proponiendo condiciones a los patronos. Si alguna vez se hiciera un estudio sobre la lucha obrera en Torrecampo, esta hoja reivindicativa de los pastores sería imprescindible documento de referencia.
         No olvidemos que las Peticiones de Pastores aparecen entre las hojas del registro de socios de una organización de izquierdas, de un sindicato obrero cuyos miembros son conscientes ya de pertenecer a un grupo social (proletariado) y a un gremio profesional que exige mejoras en los jornales y en las condiciones de trabajo; conscientes de que han de unirse en su lucha reivindicativa, de que la solidaridad obrera dará sus frutos, justamente porque la colectividad tiene mayor fuerza, mayor capacidad de negociación que la individualidad y los egoísmos particulares; conscientes también de que esa llama de la lucha colectiva no es un hecho aislado, sino que ha prendido en toda Europa con el nombre de Segunda Internacional. Tiempos épicos, de heroico compromiso, de resistencia, de fuerte concienciación política, de lucha activa por el socialismo.
         Dejamos a la imaginación de lectoras y lectores, y a su conocimiento del pasado, el representarse a lo vivo la vida de estos de estos hombres, de estos zagales, de estos poco más que niños, pastores con frío y con ventisca, en madrugadas de escarcha y estrellas fulgurantes, en noches negras con aullidos en torno a la majada; adormecidos por el sopor, mimetizados a la sombra de un chaparro en un mediodía sofocante de julio, cuando pega el solano y estriden las chicharras; pastoreando despaciosos entre la niebla; días enteros sin articular palabra, solo chiflidos a la piara y órdenes al perro; en días de chozo y lumbre, de lluvia y contornos difuminados.
         Imagínense, reconstruyan también para sí la figura de estos pastores, su ropa y su calzado, la cayada, el zurrón, curtidas las manos en mil faenas, curtido el rostro por los cuatro vientos; su hablar cerrado, campesino, elemental; su saber en hierbas y nubes, en pájaros y en tormentas. Consideren también la pobre felicidad que podía dar su oficio.
         Y acabemos estas líneas rindiendo merecido homenaje a estos pioneros que un día decidieron unirse y poner de manifiesto, por escrito, sus exigencias a los patronos, a los grandes propietarios de la localidad. Nuestro reconocimiento también al anónimo escribiente, ignoramos si hombre, zagal o zagalillo, que fijó para la posteridad la voz, las palabras,  el espíritu reivindicante de sus compañeros.
         Salud, socialismo y república.

lunes, 4 de mayo de 2015

Peticiones de Pastores (2)


       Nada íbamos a conjeturar, dijimos, sobre la mano que guardó esta hoja reivindicativa entre las del registro de socios y cuotas de la Unión Obrera de Torrecampo, pero nada prometimos sobre la mano que la escribió, así que dediquémosle unos párrafos.


       No deslegitimemos el documento por su ortografía. No es desde luego la de alguien con estudios y que frecuenta los libros, pero tampoco podemos hablar de una persona iletrada, analfabeta, pues algo sabe de lectura y de escritura. Ignora las tildes y los signos de puntuación, la correcta segmentación de la cadena fónica y la consiguiente delimitación gráfica de las palabras, el uso reglado de la be y de la uve, de la hache y de la erre, pero las peticiones en sí no ofrecen dudas. Los defectos de forma no son obstáculo para la correcta interpretación de los conceptos aludidos. No es el caso de que la ortografía induzca a la errónea comprensión, como ocurre, por ejemplo, en Lamento la pérdida de su señora  frente a Lamentó la perdida de su señora. Que en el texto encontremos obejas, hobejas, rales, rrales, ombre, juelga, olgar, no impide que sepamos a carta cabal a qué conceptos se refería el anónimo pastor escribiente.



   Los errores ortográficos y la caligrafía nos mueven a pensar en una persona resuelta, diligente, pero con insuficiente instrucción escolar, bien porque dejara la escuela en edad temprana (quizá para trabajar como zagalillo a los 10 años, incluso antes), bien porque se inició tarde en la lecto-escritura (quizá en los ratos libres, a la escasa luz de la lumbre, de un cabo de vela o de un candil, tras la jornada de pastoreo).
      Fuere lo que fuere, estamos ante alguien que ha mantenido trato con el lápiz y con la pluma, que se ha ejercitado largos ratos en la disciplina caligráfica. No estamos ante la letra temblorosa, insegura, garrapateante, de un primerizo en el arte de la péñola, sino ante una caligrafía madura y personal, como muestra la prestancia y galanura de las dos únicas mayúsculas del texto (trazo firme y gallardo del asta y del anillo ornamentado de las pes), el ligado de unas letras con otras, la regularidad en el tamaño y en la inclinación, la airosa largueza en la cruz de las tes.
   Podríamos extendernos en el peritaje caligráfico del documento, y en su análisis gramatical, textual y pragmático, que nos llevarían, sin duda, a interesantes conclusiones sobre el carácter y la competencia comunicativa de nuestro anónimo, pero lo consideramos innecesario en este momento, aunque no nos resistiremos a unas pertinentes aclaraciones léxicas.
   Obsérvese en primer lugar que en lo concerniente al campo léxico de “pesos y medidas”, se utilizan vocablos ya en general desuso, como libras y panillas. La voz libra, que sepamos, solo se oye hoy en boca de los pastores y los tratantes de nuestra zona, referida al peso de los corderos o de los lechones, y equivale a 460 gramos, al medio kilo para redondear. El término panilla, en cambio, es palabra ya olvidada. La panilla era una medida de capacidad exclusiva para el aceite, y correspondía a la cuarta parte de una libra, es decir, y redondeando, a los 12,5 centilitros de nuestros días, o lo que es lo mismo, y para que el lector se haga una idea, al contenido de poco más medio botellín de cerveza (20 cl). Eche cuentas el lector, multiplique, y comprobará la cantidad de aceite que recibían en pago semanal un hombre, un zagal y un zagalillo.
   Otro término que reclama nuestra atención es “ato”, no la forma del presente de indicativo de “atar”, sino el sustantivo homónimo, escrito hato, pronunciado con perceptible aspiración de la hache, que designaba la provisión semanal de víveres que recibía el pastor como pago en especie. Antiguamente, el hato o hatería también incluía ropa y algunos objetos de uso personal. O tempora, o mores.
   Centremos, finalmente, nuestra vista en dos palabras de gozosa significación, en esa juelga mensual que se pide para los hombres y zagales de 15 a 20 años, en ese olgar a los dos meses un día para los zagalillos. Ambas son voces hermanas, comparten el mismo étimo, follicare, una palabra del latín tardío que reclama breve excurso.
   Flavio Vegetio Renato, un naturalista romano del siglo IV, autor de un compendio de técnica militar y de una digesta sobre las enfermedades de los mulos y caballos, utilizó el follicare, derivándolo del follis (fuelle), con el sentido de ‘soplar con sonido semejante al fuelle, dilatarse como fuelle’. En ese mismo siglo IV, un venerable padre de la Iglesia, San Jerónimo, utilizó la expresión follicans caliga para referirse a un calzado como fuelle, ancho en demasía. 
   Resollando, dilatándose y contrayéndose, transformándose fonéticamente con el mucho soplar y con el paso de los siglos, el follicare latino dio en el castellano folgar, atestiguado en escritos del año 1140, en los tiempos de nuestro épico Cantar de mío Çid, con un nuevo matiz significativo: descansar, estar ocioso. Según explica Joan Corominas en su Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, “las dos acepciones latinas [sonar como un fuelle, prenda holgada] coinciden en la primera castellana, por la imagen del caminante que se detiene para tomar aliento en una cuesta, y por comparación del ocio con la holgura de las prendas de vestir.”
   Pero hay más. El resoplido, el resuello, la respiración agitada a modo de fuelle, no solamente se oía en las fraguas, lo hacía también en las alcobas de los señores y en los jergones de los pastores, en los chozos y en los pajares, sobre la tierna hierba de primavera, a la sombra de una vieja encina en la dehesa, o bajo un almez a la orilla del río, en cualquier discreto rincón donde dos personas se entregaban al gustoso ejercicio del ayuntamiento carnal y los jadeos del placer.
   Grato el holgar, ya sea para hacer un alto en el camino, para olvidarse unas horas de la ingrata condena del trabajo, para entregarse a la placentera coyunda del amor.
   El complaciente holgar es, además, fecundo, y de su mano, de su uso, ven la luz en nuestra lengua nuevas palabras: la holganza y el holgazán —una simple metátesis de la ene acarrea una notable diferencia significativa—, la holgura en el calzado o en las prendas de vestir, el regocijante y bullicioso holgoriojolgorio, en su pronunciación “aflamencada”, según Corominas—, y la bifronte huelga, reivindicativa por un lado, madre de los comprometidos huelguistas que se enfrentan a los patronos explotadores, y madre también, en su variante andaluza, de la festiva y jaranera juerga, y de los juerguistas.
   A estas alturas de nuestro excurso lingüístico, ya no quedan dudas sobre el sentido con que la anónima mano escribió las palabras juelga y olgar en estas “Peticiones de Pastores”. El contexto obrero, laboral y reivindicativo, político e ideológico, del documento es indubitablemente clarificador al respecto.

sábado, 25 de abril de 2015

Documento nº 8: Peticiones de Pastores

    Imágenes fotográficas y transcripción de lo que podemos considerar borrador de un convenio colectivo para los pastores. Hoja tamaño media cuartilla, manuscrita a lápiz por las dos caras. Apareció (y así la dejamos tras leerla y fotografiarla) entre las hojas del documento nº 5 (Libro de registro de socios y cuotas de la Unión Obrera de Torrecampo).
   Nada vamos a conjeturar sobre la mano que guardó este papel en el libro de registro, pero sí le agradecemos que lo hiciera. Lo escrito en esta hoja arrancada de un cuaderno va más allá de la reivindicación laboral. Es un precioso tesorillo antropológico que merece toda nuestra atención.
 Leamos primero el original y luego su transcripción.







martes, 21 de abril de 2015

Comentarios, interrogantes y propuestas (2)


        Dos manos derechas, distintas, que se enlazan: sinécdoque visual de la fraternidad, del acuerdo y el esfuerzo común.
         Tal es la imagen central del sello (lo reproducimos completo al final) de Unión Obrera, la organización de trabajadores creada en Torrecampo en el verano de 1918. La escueta información del Defensor de Córdoba  era cierta, y coincide con documentos conservados en el archivo municipal de la villa.
         La caja MC-739 contiene un libro en tamaño folio con tapas de cartón, sin tejuelo ni inscripción alguna sobre su contenido. El ejemplar presenta el deterioro del uso y del paso del tiempo. Encuadernación elemental, resistente al mucho abrir y cerrar para registros y consultas. Sin lustre el papel de aguas, desgastado en los bordes. De tacto seco las hojas del interior (hay que ensalivarse las yemas de pulgar e índice para pasarlas una a una).



         Es posible que falte un cuadernillo, o algunas hojas del primero. Así lo sugieren la brecha en el pliegue central y el hecho de que el primer socio registrado sea el número 2.
         El libro contiene valiosa información: nombre y número del socio, compromiso y justificantes del pago de las cuotas mensuales (25 céntimos) y de la peseta de entrada (como Depositario, una veces firma P. Romero , otras Juan Conde), domicilio y fecha de ingreso. El documento es una mina a cielo abierto, una concesión con registro colectivo, de dominio público, un yacimiento insoslayable en la historia local, sea vecino en busca del hilo de los suyos, sea licenciado en ciernes, docto historiador, o simple aficionado quien se entretenga en sus páginas.
         La recuperación del pasado, la búsqueda del quiénes somos en el quiénes fuimos, pasa por el estudio y la divulgación de documentos como el que nos ocupa. Confesamos aquí nuestra sorpresa, grata sorpresa, al encontrarlo, y nuestra emoción al hojearlo (ensalivadas las yemas de pulgar e índice) e ir ojeando nombres. Historia viva del pueblo, nos dijimos. He aquí los pioneros de la lucha obrera a comienzos del siglo XX,  herederos de todas las rebeliones contra el poder abusón —opresor, represor, explotador—, transmisores de la vieja utopía de una sociedad de iguales en el derecho y en el trabajo. En la vida.   Ahí están los hombres, sus nombres. Y las anónimas mujeres.
         No era fácil la lucha y la reivindicación. Nunca lo ha sido. Los patronos tenían la sartén por el mango. Y llevaban siglos pegando sartenazos al menor signo de rebeldía y contestación. Qué podía un simple pastor de Torrecampo contra el señorito. Un jornalero contra el terrateniente. Una muchacha de servir contra las humillaciones de la señora. Había que organizarse, compañeros y compañeras.
         Con ese espíritu común —dos manos distintas (la del bracero, la del minero, la del talador, la del ama de cría) que se enlazan—, nace en el verano de 1918 la Sociedad Unión Obrera de Torrecampo. De julio a diciembre se inscribieron en ella 230 hombres. Ignoramos si existió algún libro más de registro. No sabemos, por tanto, hasta dónde alcanzó el número. 










    El primer presidente electo de Unión Obrera fue Cesáreo Romero, y su primer secretario, Patrocinio Romero Amat. Ambos llegarían a ser alcaldes republicanos de la villa. Ambos acabaron sus días en trágicas circunstancias.

     Tiempo tendremos de ocuparnos más por extenso de ellos. Baste por hoy la confirmación de que en el verano de 1918 —unos meses antes de que acabara la Primera Guerra Mundial; en pleno “trienio bolchevique” (1918—1920); en un periodo de revueltas campesinas y urbanas, de manifestaciones y de huelgas generales; en los tiempos nefastos del pistolerismo patronal y de las escabechinas en Marruecos; en los días en que afiliarse a una organización política obrera, de izquierdas, suponía la inscripción en la lista negra y la amenaza del hambre; ante unos patronos que defendían la continuidad de la explotación y la indigencia de los trabajadores, la injusticia, el analfabetismo, la ciega sumisión— doscientos treinta hombres (al menos) de este pueblo le echaron riles, se fajaron valientes, decididos, ante los dueños de las tierras y reivindicaron sus derechos: trabajo, pan, escuela, dignidad.


         

jueves, 16 de abril de 2015

Colaboración de un lector

        Hola, Pepe. 
        El reto era fácil. Sobre todo porque en la Junta de Castilla y León tienen la ocurrencia de tener en internet todos los boletines oficiales.

       Supongo que  las circulares se referirían a sindicatos y organizaciones agrícolas "verticales". En 1.918 no iban a dejar el control de la producción, almacenamiento y distribución agrícola en manos de sindicatos obreros. Bueno, ahora es peor. Por lo menos entonces el control era local y las circulares se publicaban en los boletines provinciales, con sus instrucciones y sus formulismos y formularios. Ahora tendríamos que consultar las circulares secretas de la City de Londres o del mercado de futuros de Chicago.

        Chau
        Luis

sábado, 11 de abril de 2015

Comentarios, interrogantes y propuestas sobre la historia local (1)


         En nuestras pesquisas sobre F se cruzaron  los documentos precedentes, un acta municipal y una información en un periódico.
         Habíamos leído primero el acta de la reunión, y asumimos como cierto que en Torrecampo no existían sindicatos ni organizaciones agrícolas, pensando que los ediles se referían a organizaciones obreras. Era posible que no existiera ninguna en el pueblo, nos dijimos.
         Luego encontramos la nota en El Defensor de Córdoba. Nos sorprendió la casualidad de la fecha, 22 de junio de 1918, y del hecho: a las ocho de la tarde, la corporación municipal niega la existencia de organizaciones y sindicatos agrícolas; por la mañana, el periódico había informado del registro en el Gobierno Civil de los estatutos de la Unión Obrera de Torrecampo.
         El documento nº 1 es ejemplo cabal de texto administrativo, en su lenguaje y en su disposición tripartita (apertura, desarrollo y cierre de la sesión).
         En el primer párrafo leemos el protocolo habitual, rutinario, del comienzo de las reuniones de los ediles: lugar, fecha y hora, asistentes, lectura y aprobación ...
         El segundo párrafo recoge la única novedad en el orden del día: en vista de que no existen en la localidad organizaciones ni sindicatos agrícolas, son designados miembros de la Junta Local de Abastecimientos los tres principales contribuyentes del término para que asesoren y eviten abusos entre los agricultores tras la adopción de ciertas medidas establecidas por instancia superior.
         El acta se cierra con un formulismo y la rúbrica de los asistentes.
         Hacemos varios subrayados en el párrafo segundo: “no habiendo en este pueblo sindicatos ni asociaciones agrícolas, formen la Junta Local a que se refiere la instrucción sexta de la circular de Comisaría General de Abastecimientos, fecha doce del corriente, inserta en el Boletín oficial del día quince, los tres mayores contribuyentes por rústica y pecuaria, don Tomás Montero Campos, don Ángel García Romero y don Francisco Cañizares Campos, para que asistan a los agricultores en las dificultades que pueda suscitar la ejecución de lo dispuesto en la circular de treinta y uno de mayo próximo pasado y denunciar los abusos que a su juicio se cometieren.
         No sabemos, porque no se menciona en el acta, a qué tipo de sindicatos y organizaciones agrícolas se alude en la reunión. No sabemos si se refiere a la parte contratada o a la parte contratante, es decir, si se afirma que en la localidad no existe ningún sindicato ni organización obrera, o que no existe ningún sindicato ni organización terrateniente. En favor de esto último aducimos el uso de la palabra agricultores en lugar de braceros.
         Si no era así, si la corporación municipal se refería, no a los patronos, sino a los jornaleros, si afirmaba la falta de sindicatos y organizaciones obreras en Torrecampo, la decisión de dejar en manos de los tres hombres más ricos del término la gestión del trabajo agrícola, es incongruente, increíble: ¿el patrón convertido en dirigente obrero? ¿el terrateniente reivindicando aumento de los jornales, seguro médico, disminución de la jornada laboral, la dignidad campesina y la tierra para quien la trabaja?
         Si era así, si los ediles se referían a la falta de un sindicato de patronos agrícolas, nada objetaremos y quede ahí la cosa: los dueños de las tierras y los ganados ven la necesidad, las ventajas, de organizarse y defender colectivamente sus intereses.
         ¿Estaba la corporación municipal al tanto de la creación de la Unión Obrera de Torrecampo? Difícil nos parece no estarlo. Si conocía la existencia de ese movimiento obrero, resulta absurdo que la negara por la tarde, cuando la información había aparecido por la mañana. ¿Un bulo periodístico? ¿La táctica política de la negación de la evidencia? ¿Se referían los concejales a la falta de sindicatos y organizaciones patronales? ¿A un sindicato vertical avant la lettre?
         Sería muy útil tener a la vista los documentos que se citan —la circular de la Comisaría General de Abastecimientos (fecha 12 de junio de 1918, inserta en el Boletín Oficial, suponemos que de la provincia de Córdoba,  (fecha 15 de junio de 1918), y la circular de 31 de mayo de ese mismo año—, porque aclararían sin duda —¿sin duda?— “lo dispuesto”  en ellos, y darían luz a la naturaleza ideológica de las organizaciones y sindicatos agrícolas referidos, pero no cumple ahora ramificarnos en exceso y alejarnos de nuestro asunto principal. Si alguien es gustoso en dedicar unas horas a la búsqueda de esas dos circulares, bien le vaya, y si además las hace llegar al Pisapapeles, bienvenidas y celebradas serán, pero no nos interesan ahora los sindicatos patronales, si es que los hubo, sino los obreros.

         ¿Era veraz la información una simple enunciación en pasiva refleja del católico Defensor de Córdoba?


miércoles, 8 de abril de 2015