lunes, 23 de abril de 2018

Don Quijote


Espejo de la vida.
Realidad y deseo.
Melancolía.

viernes, 20 de abril de 2018

La belleza de Baudelaire


De Satan ou de Dieu, qu’importe? Ange ou Sirène,
Qu’importe, si tu rends —feé aux yeux de velours,
Rythme, parfum, lueur, ô mon unique reine!—
L’univers moins hideux et les instants moins lourds? 
                  (Baudelaire, «Hymne à la  beauté»)  

                                           *

Satánica o divina, ¿qué importa? Ángel o Sirena,
¿qué más da? si tú me devuelves hada de ojos de terciopelo,
ritmo, perfume, luz, ¡oh mi única reina!
el universo menos horrible y los instantes más cortos

jueves, 19 de abril de 2018

19 de abril



Son diecisiete
sílabas bien contadas
y canta el haiku.



martes, 17 de abril de 2018

14 de abril




Árbol en flor.
Se abre abril a la luz
y la hará frutos.

viernes, 6 de abril de 2018

El día de los poetas


Andaba uno en la edad de los enamoramientos platónicos y se enamoraba y se extasiaba y se lamentaba y lloraba de alegría como derramaba lágrimas de dolor, pues se entregaba y no era correspondido, amaba y no era amado, y volaba alto y feliz su espíritu cuando saltaba el amor en su pecho, y arrastraba infeliz su cuerpo y su mirada cuando el amor desaparecía o simplemente ella decía no. Y de nuevo la espera, la búsqueda, el vivo anhelo de que el sueño se hiciera muchacha que te mira a los ojos y te dice dame la mano, caminemos juntos el resto de nuestras vidas.
Una manera de encauzar estos sentimientos y estas búsquedas era la literatura (las rimas de Bécquer, o sus leyendas, a pesar del drama y el imposible que encerraban, o novelas como el Werther), o el cine (ah, Katherine Hepburn), y también el arte, la pintura, los retratos femeninos de Leonardo da Vinci, aquel perfil de una dama con redecilla de perlas… Ah, platónicos amores de la adolescencia.
Fue en una clase de Literatura en el instituto. En su introducción al soneto que iba a explicarnos, la profesora rememoró un hecho, y una fecha: el seis de abril de 1327, Viernes Santo, en la iglesia de Santa Clara, en Avignon, Francesco Petrarca vio por primera vez a Laura, la madonna inspiradora de su cancionero, que no había cumplido aún 17 años, pero debía de estar casada ya con el noble Hugo de Sade, a quien le dio once hijos; el de Petrarca fue un amor no correspondido. Comprendí de corazón al poeta. Tenía que leer los versos de aquel hombre. Tenían que ser hermosos. Seguro que expresaban lo que yo sentía: los accesos de ternura, las lágrimas, la elevada espiritualidad, la belleza que arroba, la mirada que enciende el corazón, el dolor de la ausencia, los desvelos, la esperanza, la desesperanza, el amor más puro y sublime, los suspiros más doloridos.
En conmemoración de esta fecha, que ningún poeta debe olvidar, he aquí uno de los sonetos de aquel hombre que dejó atrás los tópicos medievales del amour courtois y trajo la nueva poesía del Renacimiento, y a cuya infelicidad amorosa debemos, como afirma Attilio Pentimalli, “la felicidad de su canto incomparable”[1].
   
Benedetto sia´l giorno, e´l mese, e l´anno,
e la stagione, e´l tempo, e l´ora, e´l punto,
e´l bel paese, e´l loco, ov´io fu giunto
da duo begli occhi, che legato m´hanno,

e benedetto il primo dolce affanno
ch´i´ebbi ad esser con Amor congiunto,
e l´arco e le saette ond´io fui punto,
e le piaghe che´n fin al cor mi vanno.

Benedette le voci tante ch´io,
chiamando il nome di mia donna ho sparte,
e i sospiri, e le lagrime, e´l desio;

e benedette sian tutte le carte
ov´io fama l’acquisto, e´l pensier mío,
ch´è sol di lei, sì ch´altra non v´ha parte. 

                            *
Bendito sea el día y el mes y el año,

y la estación y el tiempo y la hora y el punto,
y el hermoso país y el sitio en que llegué
junto a los bellos ojos que me han atado:

y bendito el dulce afán primero
que tuve al ser unido con Amor,
y el arco y las saetas que me hirieron
y las heridas que hasta mi corazón van.

Benditas las muchas voces que yo
esparcí diciendo el nombre de mi señora,
y los suspiros y las lágrimas y el deseo;

y benditos sean todos los versos
donde fama le gano, y el pensamiento mío,
que solo es de ella, tanto, que otra allí no cabe.



[1] Petrarca, Poesía completa. El cancionero. Tomo I, Libros Rio Nuevo, Barcvelona, 1980.

viernes, 23 de marzo de 2018

Esparragal, 1960


Mágica luz
de la infancia alumbra
tus ojos limpios.


miércoles, 21 de marzo de 2018

Tratado de deambulología



He leído este libro en cinco o seis tardes, junto a la estufa y cerca de un balcón por donde entraba la luz sin brillo de los días con lluvia y con silencio en las calles. Un disfrute.
Diario de un caminante de la ciudad, cuaderno de campo de un coleccionista de mensajes callejeros, ensayo sobre artistas singulares (escritores, pintores, músicos, fotógrafos), crónica de viajes, relato autobiográfico, collage, libro aluvión, mosaico textual, novela del yo… Todo eso es Un andar solitario entre la gente, una obra también singular, libre y honesta, con la que AMM nos adentra en su mundo más personal.
El libro está dividido en dos partes de muy desigual extensión, «Oficina de instantes perdidos» (349 páginas), y «Don Nadie» (145), cada una segmentada en breves secuencias tituladas con frases publicitarias o titulares periodísticos.
El narrador —caminante de la ciudad y recolector de toda clase de mensajes publicitarios callejeros y de retazos de conversaciones ajenas—, utiliza mayormente la 1ª persona, que coincide con la voz del autor, AMM, aunque a veces se habla del protagonista con el distanciamiento de la tercera persona verbal. Este personaje sigue los pasos de algunos escritores “deambulantes”, creadores de libros aluvión, de obras misceláneas compuestas con muy diversos materiales, como el Quijote, Mobby Dick y Ulises, o fragmentarias e incompletas, inacabadas por naturaleza, como los poemas en prosa de El spleen de París de Baudelaire o los escritos de Walter Benjamin.
Un andar solitario sigue la estela de esas obras escritas con materiales de acá y de allá, y de ahí su tentacularidad, su enciclopedismo, su pluralidad temática: asoma la infancia del autor en Úbeda y su juventud en Granada, su traslado a Madrid y su matrimonio con la escritora Elvira Lindo, la mudanza de una casa a otra, sus estancias en París, en Lisboa, en Nueva York; nos muestra su interés por la pintura y la fotografía en consideraciones sobre Caravaggio, El Bosco, o hablándonos de ese pintor amigo que se levanta a pintar de madrugada, del grafitero Vhils, de aquel raro fotógrafo mendigo checo, Miroslav Tichý, o de Torres-García y sus juguetes; vuelve, en breves ráfagas biográficas sobre algunos de sus músicos preferidos, a su pasión por el jazz; reivindica, en plena era tecnológica, la creación manual (escribir a lápiz, recortar frases y figuras con unas tijeras y pegar los recortes en un cuaderno); denuncia esa ubicua y abusiva coacción consumista de nuestra sociedad, la suciedad, la basura plástica y la criminal contaminación; la violencia contra el planeta, contra los animales, contra las personas; el ruido, no ya el ruido físico, ambiental, la polución acústica de la ciudad, sino el exceso de información, de propaganda, de publicidad que penetra en nuestras vidas y se adueña de ellas para convertirnos en individuos de la masa que consume y va dejando un rastro de basura que tardará miles de años en desaparecer; pero sobre todo declara su admiración por escritores imcomprendidos, fracasados o ignorados en su tiempo, y referentes hoy de la modernidad como Walt Whitman, Fernando Pessoa, Emily Dickinson, James Joyce, Oscar Wilde y, especialmente, Thomas de Quincey, Edagr Allan Poe, Charles Baudelaire, Herman Melville y Walter Benjamin.
           A la multiplicidad de asuntos corresponde la de los espacios en que transcurre y se va haciendo el libro: calles de Madrid, Londres, Liverpool, París, Nueva York, Lisboa, estaciones de tren, aeropuertos, aviones, vagones de tren y de metro, taxis, cafés, domicilios del narrador y casas prestadas en las que pasa un tiempo, habitaciones de hotel, jardines y parques públicos. Son continuos también los saltos temporales desde el presente al pasado del autor y al de esos otros caminantes de la literatura mencionados, aunque la novela  es una novela del presente, un intento de narrar el presente inmediato de ese personaje que camina por la ciudad y trata de apresar todos los estímulos y circunstancias ambientales que va encontrando a su paso.
El verdadero protagonista del libro, sin embargo, no es ese narrador que coincide con el autor, ni los caminantes de la literatura, ni las ciudades, ni la música o la pintura. El protagonista de Un andar solitario entre la gente es precisamente el lenguaje. Somos lengua viva. Somos palabra. Somos escritura. El mundo es una inmensa página escrita con todo tipo de mensajes.
          AMM hace con esta obra una honesta reivindicación de sí mismo, una declaración sincera y una valiente defensa de aquello que lo define como hombre y como escritor, de lo que lo hace sentirse vivo, satisfecho con su vida, aunque a veces tenga dudas —«Join the Mechanical Revolution», página 475—, y se plantee si tiene sentido o no escribir en el mundo de nuestros días.