martes, 20 de octubre de 2020

7 perlas de otoño

             

         Nadie puede esperar el ser comprendido antes de que los demás hayan aprendido la lengua que él habla.

Fernando Pessoa: Álvaro de Campos

 

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            El mundo es de quien nace para conquistarlo, y no del que sueña que puede conquistarlo, aunque tenga razón.

Fernando Pessoa: Álvaro de Campos

 

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            Somos capaces de sentir con cada parte de nuestro cuerpo. Quisiéramos poder pensar de esa manera.

Erika Martínez

 

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            Los fanáticos son estúpidos que se tropezaron con una convicción.

León Molina

 

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            Las estrellas no precisan de los hombres para existir; pero sin los hombres no serían estrellas.

Manuel Neila

 

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            Con la primera mentira acaba la infancia, con la primera nostalgia comienza la vejez.

Mario Pérez Antolín.

 

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            El fracaso comienza el día en que se empieza a perseguir el éxito.

Manuel Neila

 

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jueves, 15 de octubre de 2020

Retratos de amantes (XLII)

En un salón de hombres, es decir, en una sala de fumar contigua a un elegante garito, cuatro hombres fumaban y bebían. No eran precisamente ni jóvenes ni viejos, ni guapos ni feos; pero viejos o jóvenes, tenían esa distinción reconocible en los veteranos de la alegría, ese indescriptible no sé qué, esa tristeza fría y burlona que dice claramente: “Hemos vivido intensamente, y buscamos algo que podamos amar y valorar”.

Uno de ellos sacó conversación sobre las mujeres. Hubiese parecido mejor filósofo si no hubiera hablado, pero hay gentes con carácter que después de beber no desdeñan las conversaciones banales. Se las escucha entonces como quien oye música de baile.

“Todos los hombres, decía, han tenido la edad del Querubín: es la época en que, a falta de dríades, abrazamos sin ascos el tronco de una encina. Es el primer grado del amor. En el segundo grado empezamos a elegir. Poder deliberar es ya una decadencia. Es entonces cuando buscamos decididamente la belleza. Yo, señores, estoy orgulloso de haber llegado hace tiempo a la edad climatérica del tercer grado, donde la belleza misma no basta si no está sazonada por el perfume, las ropas, etcétera. Confesaría incluso que a veces aspiro, como a una felicidad desconocida, a un cierto cuarto grado que debe marcar la calma absoluta. Pero, durante toda mi vida, excepto en la edad del Querubín, he sido más sensible que nadie a la enervante tontería, a la irritante mediocridad de las mujeres. Lo que me gusta sobre todo de los animales es su candor. Juzgad, pues, lo que he debido de sufrir con mi última amante.

Era la bastarda de un príncipe. Bella, por supuesto; si no, ¿por qué la iba a tomar? Pero estropeaba esta gran cualidad con una ambición malsana y deforme. Era una mujer que siempre quería ser el hombre. “¡Tú no eres un hombre!” ¡Ah, si yo fuera un hombre! ¡De nosotros dos, yo soy el hombre!” Tales eran los insoportables estribillos que salían de aquella boca de la que yo solo hubiera querido ver volar canciones. A apropósito de un libro, de un poema, de una ópera por la que yo mostraba mi admiración: “¿Tú crees que es bueno?, decía ella inmediatamente, ¿qué sabrás tú qué es lo bueno?, argumentaba.

Un buen día se interesó por la química; de manera que entre mi boca y la suya encontré en adelante una máscara de cristal. A pesar de todo, era muy mojigata. Si alguna vez me acercaba a ella con un gesto demasiado amoroso, convulsionaba como una sensible violada…

—¿Cómo acabó aquello?, preguntó uno de los otros tres. No te hacía tan paciente.

—Dios, le contestó, encontró el remedio al mal. Un día encontré a aquella Minerva, hambrienta de fuerza ideal, a solas con mi criado, y en una situación que me obligó a retirarme discretamente para no hacerlos enrojecer. Por la noche los despedí a los dos, pagándoles lo que les debía.

—En cuanto a mí, continuó el que había interrumpido, solo puedo quejarme de mí mismo. La felicidad vino a vivir en mi casa y yo no la reconocí. Últimamente, el destino me había concedido la alegría de la mujer más dulce, más sumisa y la más devota de las criaturas, ¡y siempre dispuesta! ¡y sin entusiasmo! “Claro que quiero, si a ti te agrada”. Era su respuesta habitual. Si le dieras bastonazos a esa pared o a este sillón, sacarías de ellos más suspiros que del pecho de mi amante los arrebatos del amor más frenético. Tras un año de vida en común, me confesó que nunca había conocido el placer. Me disgustaba ese duelo desigual, y aquella muchacha incomparable se casó. Tuve más tarde la fantasía de volver a verla y ella me dijo, mostrándome seis hermosos niños: “Y bien, mi querido amigo, la esposa es aún tan virgen como lo era vuestra amante”. Nada había cambiado en aquella persona. Algunas veces la echo de menos, me tendría que haber casado con ella.

Los otros se echaron a reír, y un tercero dijo a su vez:

—Señores, yo he conocido alegrías que quizá tengáis olvidadas. Os hablaré de lo cómico en el amor, y de una comicidad que no excluye la admiración. Yo admiré a mi última amante más de lo que vosotros, creo, habéis podido odiar o amar a las vuestras. Y todo el mundo la admiraba tanto como yo. Cuando entrábamos en un restaurante, al cabo de unos minutos la gente se olvidaba de comer por contemplarla. Los mismos camareros y la señora del mostrador compartían ese éxtasis contagioso hasta el punto de olvidar sus quehaceres. Resumiendo, he convivido un tiempo con un fenómeno viviente. Ella comía, masticaba, trituraba, devoraba, tragaba, pero del modo más ligero y despreocupado del mundo. Me tuvo así largo tiempo extasiado. Tenía una forma dulce, soñadora, inglesa y novelesca de decir: “¡Tengo hambre!” Y repetía estas palabras mañana y noche mostrando los más bonitos dientes del mundo, que os habrían enternecido y divertido a la vez. Habría podido hacer mi fortuna enseñándola en las ferias como monstruo polífago. La alimentaba bien, y sin embargo me abandonó…

—¿Por un abastecedor de víveres, sin duda?

—Algo parecido, una especie de empleado de intendencia, que con un toque de su varita solo por él conocido, lograba para esta pobre muchacha la ración de varios soldados. Al menos, es lo que yo he supuesto.

—Yo, dijo el cuarto—, he soportado sufrimientos atroces por lo contrario de lo que se le reprocha en general a la egoísta hembra. ¡Creo que no habéis venido, muy afortunados mortales, a quejaros por las imperfecciones de vuestras amantes!

Esto fue dicho en un tono muy serio, por un hombre con aspecto dulce y relajado, con una fisonomía casi clerical, desgraciadamente iluminada por dos ojos de un gris claro, de esos ojos cuya mirada dice: “¡Quiero!” o “¡Es necesario!”, o bien “¡Jamás perdono!”

Si, nervioso como te conozco, G..., cobardes y superficiales como sois, vosotros dos, K. y J., os hubieseis emparejado con cierta mujer de mi conocimiento, habríais huido, o estaríais muertos. Yo he sobrevivido, como veis.  Imaginaos una persona incapaz de cometer un error de sentimiento o de cálculo; imaginaos una desoladora serenidad de carácter; una devoción sin comedia y sin énfasis; una dulzura sin debilidad; una energía sin violencia. La historia de mi amor se parece a un interminable viaje sobre una superficie pura y pulida como un espejo, vertiginosamente monótono, que reflejase todos mis sentimientos y mis gestos con la exactitud irónica de mi propia conciencia, de suerte que no pudiera permitirme un gesto o un sentimiento irracional sin percibir inmediatamente el reproche mudo de mi inseparable espectro. El amor se me representaba como una tutela. ¡Cuántas tonterías me ha impedido cometer, que ahora echo de menos no haber cometido!¡Cuántas deudas pagadas a mi pesar! Ella me privaba de todos los beneficios que habría podido sacar de mi locura personal. Con una fría e infranqueable regla, impedía todos mis caprichos. Para colmo de horrores, no exigía reconocimiento, una vez pasado el peligro. Cuántas veces me he contenido para no saltarle al cuello gritándole: “¡Sé imperfecta, miserable, para que pueda amarte sin malestar y sin cólera!” Durante varios años la he admirado con el corazón lleno de odio. Finalmente, no soy yo quien está muerto.

—¡Ah!, dijeron los otros, ¿entonces ella está muerta?

—¡Sí!, aquello no podía continuar así. El amor se me había convertido en una pesadilla agobiante. ¡Vencer o morir, como dice la Política, tal era la alternativa que me imponía el destino! Una noche, en un bosque… a orillas de una laguna…, tras un melancólico paseo en que sus ojos, los de ella, reflejaban la dulzura del cielo, y donde mi corazón, el mío, estaba crispado como el infierno…

—¡Qué!

—¡Cómo!

—¡Qué quieres decir?

—Era inevitable. Tengo demasiado sentimiento de la justicia para golpear, ultrajar o despedir a un servidor irreprochable. Pero hacía falta conjugar este sentimiento con el horror que este ser me inspiraba; desembarazarme de él sin faltarle el respeto. ¿Qué queríais que hiciese con ella, si era tan perfecta?

Los otros tres compañeros lo miraron vaga y ligeramente aturdidos, como si no lo comprendieran y como dando a entender que ellos no se sentían capaces de una acción tan rigurosa, aunque suficientemente justificada por otra parte.

Luego hicieron traer nuevas botellas, para matar el Tiempo que tiene la vida tan dura, y acelerar la Vida que pasa tan lentamente.




domingo, 11 de octubre de 2020

Deseo y realidad

 

        Flanqueado por el daguerrotipo de E. A. Poe hecho en Providence (Rhode Island), en noviembre de 1848, unos días después de su intento de suicidio con láudano; por un retrato de Sigmund Freud recostado en un ornado diván, un puro en la mano izquierda, mirando serio a la cámara tras los cristales redondos de las gafas, barba como algodón; y por el busto del filósofo Arthur Schopenhauer en 1859, un año antes de su muerte, impresionante el rostro, la mirada del viejo, sus crenchas blancas como alas en busca de ideas; acompañado arriba por la famosa imagen de Antonio Machado en el café de Las Salesas, y abajo por la fotografía de una pintada callejera en los días de mayo del 68 en París —Plutôt la vie—, posa para la posteridad el poeta Luis Cernuda.

       Desde el otoño de 1931 recorría Cernuda la geografía española con las Misiones Pedagógicas, una institución creada por el gobierno republicano para llevar cultura a la España rural. Estuvo encargado primero de la gestión —creación, selección de libros, envíos— de bibliotecas para pueblos y aldeas, luego se incorporó al Museo del Pueblo, un museo ambulante con copias de grandes obras de arte conservadas en el Prado, hechas por jóvenes pintores como Juan Bonafé, Eduardo Vicente o Ramón Gaya. La fotografía de mi Mondrian está tomada el 6 de agosto de 1935 a orillas del río Sil, en Villablino (León). Sentado en una piedra redondeada, el poeta viste ajustado jersey oscuro de manga corta y cuello con solapas, pantalón claro con cordoncillo en la costura lateral y zapatillas blancas, sin calcetines. Su postura es algo artificiosa, forzada —la pierna derecha cruzada sobre la izquierda, el pie derecho, volandero, deja ver el tobillo—, las manos abiertas sobre la rodilla derecha sostienen un libro abierto, obra de nuestros clásicos, sin duda; el poeta, erguida la espalda mira hacia el libro simulando leer; el bigotito, la fina línea negra, apenas se le distingue, pero sí la raya perfecta que divide asimétricamente el cabello engominado y aplastado. La cara y los brazos bronceados por los baños, los soles y los aires libres del verano.

El primer poema de Cernuda que leí fue una traducción al francés de «Birds in the Nigth» hecha por Manuel Rubiales, nuestro profesor de Francés en la Facultad de Filosofía y Letras de Córdoba. Era un poema transgresor cuando se escribió en 1956, y lo seguía siendo en la España tardofranquista, cuando hubimos de restituirlo a su lengua original. Comenzaba entonces, o proseguía, en una ciudad como Córdoba, según veremos más adelante, la recuperación del poeta sevillano, cuyo nombre y figura eran los más desdibujados —solo el nombre y su muerte en el exilio conocía uno entonces—, de la Generación del 27, apareciendo en último lugar en la nómina del grupo, después de García Lorca, Alberti, Aleixandre, Salinas, Diego, Prados y Altolaguirre.

La crisis del petróleo, con subida galopante de los precios, el golpe de estado en Chile y la muerte de Salvador Allende, la guerra del Vietnam, Angela Davis, Patricia Hearst, las Brigadas Rojas, la Baader Meinhof, los tupamaros, los montoneros, las olimpiadas sangrientas de Munich, Londonderry, Septiembre Negro, ETA, el GRAPO, el FRAP, la contestación antifranquista y la represión policial, Carrero Blanco, la Plaza de Oriente, la ejecución de etarras, la agonía y muerte de Franco, dan idea de la temperatura social fuera y dentro de nuestro país, y explican la boga de ciertas corrientes artísticas en consonancia con las circunstancias del momento.

Tales circunstancias hicieron aflorar en España la literatura social y contestataria, la literatura comprometida, según la cual el escritor ha de ser portavoz de la mayoría silenciosa, silenciada, oprimida por el poder político y económico. Literatura de denuncia, heredera en parte de la poesía desarraigada y existencial de la posguerra. Se prefería al Blas de Otero comunista y combativo, no al poeta existencial de Redoble de conciencia y Ángel fieramente humano, que uno leía en las frágiles ediciones de Losada. Se buscaban los libros de Gabriel Celaya, especialmente los Cantos iberos, uno de cuyos poemas se convirtió en himno y norte: «La poesía es un arma cargada de futuro». Se reivindicaba y se cantaba al poeta soldado Miguel Hernández, al bueno de don Antonio Machado, por su vena jacobina y republicana, y se recitaba y representaba al Lorca más andalucista, el de los romances gitanos, Ignacio Sánchez Mejías y el cante flamenco.

En ese ambiente politizado de mediados de los setenta, entre mis 17 y mis 21 años, me encontré con aquel poema de Luis Cernuda, cuya lectura, ya en español, conmovió mis débiles cimientos personales y literarios: el poema hablaba abiertamente de la homosexualidad de sus dos protagonistas —Vivieron, bebieron, trabajaron, fornicaron—; atacaba sin ambages la hipocresía social, resumía a la perfección la vida y obra de Verlaine y de Rimbaud, olvidado aquel, el maestro, y jaleado éste, el joven, como el no va más de la literatura —Poetas mozos de todos los países hablan mucho de él en sus provincias—; y tenía un final realmente epatante:


¿Oyen los muertos lo que los vivos dicen luego de ellos?
Ojalá nada oigan: ha de ser un alivio ese silencio interminable
Para aquellos que vivieron por la palabra y murieron por ella,
Como Rimbaud y Verlaine. Pero el silencio allá no evita
Acá la farsa elogiosa repugnante. Alguna vez deseó uno
Que la humanidad tuviese una sola cabeza, para así cortársela.
Tal vez exageraba: si fuera sólo una cucaracha, y aplastarla.


            Y dicho, escrito, el poema en una lengua y un tono llano, coloquial, nada “poético”, que poco tenía que ver con la retórica de sus compañeros de generación. Cernuda tenía una voz distinta.

            Al cabo de unos meses conocí a Fátima —menuda, tímida, tierna sonrisa—, que llevaba siempre, abrazado al pecho o en su bolso, un ejemplar de La realidad y el deseo en aquella edición con portada de color amarillo calabaza del Fondo de Cultura Económica. Enseguida tuve curiosidad. El título me sedujo desde el principio, porque yo mismo andaba en ese conflicto, en el deseo de amar y ser amado y la realidad de mi soledad, de escribir buenos versos y no aquellas composiciones patéticas y abstrusas que acababan quemadas o en la papelera, en el deseo de viajar y la realidad de mis exiguos medios económicos, de ser un tipo sociable, simpático y locuaz en lugar del reconcentrado y tímido que era, en el deseo de sentirme a gusto conmigo y la realidad de mi carácter simple y mi sentimiento de inferioridad. Difíciles años aquellos en lo personal. De búsqueda e insatisfacción, de aparentar normalidad cuando estaba en el pozo de la confusión. Años difíciles de deseo y de realidad. El único consuelo lo encontraba en la poesía —en Trilce, en algunos sonetos de Blas de Otero, en los versos atormentados de Poeta en Nueva York, en la voz ecuménica de Walt Whitman, en Antonio y Manuel Machado, en las novelas de Juan Goytisolo—, y en los discos de Leonard Cohen, Dylan, Lou Reed, Janis Joplin, Neil Young, John Denver, las primeras grabaciones de Bruce Springsteen, jazz de Nueva Orleans, música clásica, cantautores españoles…

            Acostumbrado a los escuetos volúmenes de poesía con una sola obra, aquel libro me atraía porque recogía buena parte de la creación de un poeta, pudiendo hacer así una lectura cronológica de su obra, cosa que solo había hecho hasta entonces con Antonio Machado. El poema favorito de Fátima era «El joven marino» —marcado en mi libro por un pétalo seco—, garrulo y ampuloso, en opinión del propio Cernuda, que me sorprendió por su extensión —era el segundo poema que leía de Cernuda— y me defraudó por cierta dificultad para seguirle el hilo.  Durante unos meses leímos y hablamos lacónicamente de muchos poemas de aquel libro, hasta que por un tiempo desaparecimos uno para el otro y me quedé con las ganas de leer el libro al completo. Busqué La realidad y el deseo en las librerías de la ciudad. Quería seguir leyendo a Cernuda en aquella misma edición, pero no la encontré, y hube de conformarme con un volumen publicado en septiembre de 1975 por Seix Barral, Invitación a la poesía, que conservo todavía y que acabo de releer para estas notas. Es una antología hecha por Carlos-Peregrín Otero, profesor español que conoció a Cernuda en el verano de 1960 en Los Ángeles, cuando el poeta dio unas conferencias durante los meses de junio y julio a cargo de la Universidad de California. La selección de poemas es cuantitativamente suficiente, aunque solo en la tercera parte sigue un criterio cronológico.

Por entonces había tomado la costumbre de leer fuera de casa, y no me refiero a las bibliotecas, que las frecuentaba, sino a plazas, jardines y tabernas de la ciudad. Recuerdo haber leído Los raros y otras obras de Rubén Darío en los Jardines de la Agricultura, a Zorrilla en los del Alcázar; a Ángel González en la plaza de la Magdalena, a Ricardo Molina en la Sociedad de Plateros de San Francisco, en una de las tabernas de la calle del Reloj y en diversos parajes de la Sierra. A Cernuda lo leí más de una mañana y de una tarde en la Alameda del Obispo, un lugar bien arbolado, tranquilo y sombreado, a orillas del Guadalquivir, pasado el puente de San Rafael. De aquellos días recuerdo especialmente «Vereda del cuco», uno de sus grandes poemas, bellísima reflexión sobre el deseo y la búsqueda del amor, sobre el descubrimiento y la asunción de la propia afectividad, sobre la experiencia amorosa —el amor como instancia trascendente, fuerza motora de la vida, de la belleza, de la luz—, con símbolos como el camino (la vereda, la senda oscura), la sed, la fuente, el agua, el goce amoroso (Oh tormento divino, Oh divino deleite) y oxímoros que nos llevan a San Juan de la Cruz: silencio sonoro, soledad poblada. El poema, escrito en Cambridge durante la primavera de 1944, era una honda lección de poesía. Y de pensamiento existencial. Un poema que parecía hablar también de mí, de aquellos días juveniles de búsqueda, de soledad y de errancia por la ciudad.

Esa distancia que aseguran quienes lo trataron, que Luis Cernuda marcaba ante los demás, esa campana de la timidez y de la protección de su intimidad —aunque su poesía es verdaderamente autobiográfica—, ese retraimiento en sus relaciones sociales, se trasladan a su poesía: no todo el que se acerca a su poesía lo acepta, lo comprende y termina frecuentándolo.

Cernuda es un poeta complejo. Salvo excepciones —«Los espinos», pese a su brevedad y elaborada sencillez, es un poema perfecto, líricamente claro para cualquiera que lo lea—, su poesía no suele entregarse a la primera lectura, exige una cierta asiduidad en el trato, porque la personal sintaxis del sentimiento y del pensamiento no suelen dejar la puerta abierta de par en par, sino que hemos de empujarla con suavidad para pasar a la clara y cálida estancia donde habita el alma del poeta. Lo que nos atrapa de Cernuda no es el borbotón, el torrente impetuoso, el pellizco o el duende de García Lorca, ese puñetazo que Kafka le exigía a la buena literatura, sino el paladeo meditativo, la morosa degustación, la reflexión en calma.

Otra de las dificultades, quizá sería más apropiado hablar de características, de muchos poemas de Cernuda es su extensión, que exige un plus de concentración y de mente clara en el lector. Aunque me confieso partidario de las “distancias cortas”, de las formas poéticas breves, he de reconocer que el poeta sevillano es un consumado maestro en el poema largo, como comprobamos en «La adoración de los magos» —Lo leo cada tarde del 5 de enero desde hace años—, en «Luis de Baviera escucha Lohengrin» —¿Quién se iba a perder esa escena de la película de Visconti?— o en «Lázaro», que va más allá, o más acá, del personaje bíblico, al recoger alegóricamente la propia experiencia del poeta en su nueva vida en otro país, en otra lengua.

Cultivó Luis Cernuda los grandes temas de la poesía universal —el tiempo, el paraíso perdido, la melancolía, el paisaje, la belleza, la soledad— pero ante todo es poeta amoroso, aunque en aquellos días universitarios de mediados de los setenta, el poeta oficial del amor en la Generación del 27 era Pedro Salinas, autor de La voz a ti debida, libro de cabecera en materia amorosa de mi generación. Sin embargo, Cernuda nos conmovía también con aquellas tremendas declaraciones: “Libertad no conozco sino la libertad de estar preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío”. O con ese poema que comienza con la expresión amorosa más simple del mundo:

 Te quiero. 

Te lo he dicho con el viento,
Jugueteando como animalillo en la arena
O iracundo como órgano impetuoso;

Te lo he dicho con el sol,
Que dora desnudos cuerpos juveniles
Y sonríe en todas las cosas inocentes;

Te lo he dicho con las nubes,
Frentes melancólicas que sostienen el cielo,
Tristezas fugitivas;

Te lo he dicho con las plantas,
Leves criaturas transparentes
Que se cubren de rubor repentino;

Te lo he dicho con el agua,
Vida luminosa que vela un fondo de sombra;


Te lo he dicho con el miedo,
Te lo he dicho con la alegría,
Con el hastío, con las terribles palabras.

Pero así no me basta:
Más allá de la vida,
Quiero decírtelo con la muerte;
Más allá del amor,
Quiero decírtelo con el olvido.

 ¿Qué poeta contemporáneo había hablado así del amor, con esa pasión, con tal sinceridad, con lengua tan sencilla?

En aquellos años finales de la dictadura, Cernuda era también leído en cuanto poeta de la diáspora republicana, autor de durísimos poemas críticos contra la madre patria, destruida por las desigualdades —madrastra que echa de sí a sus hijos—, y contra sus paisanos, gentes de viscerales sentimientos extremos, causantes del enfrentamiento y la ruina. Basta leer «Ser de Sansueña» o «A sus paisanos» para comprobar el rechazo y el resentimiento del poeta contra la España y los españoles de su tiempo.

Pasó uno la etapa cernudiana en su escritura, claro está, pero el resultado —el lenguaje— era demasiado evidente, y todos aquellos papeles acabaron Guadalquivir abajo camino del mar. Sí dejaron, años después, una huella permanente en la manera de entender el estilo, de usar la lengua, los poemas en prosa de Ocnos y de Variaciones sobre tema mexicano. Andaba ya uno en el empeño de sus diarios, muy fragmentarios aún, de recuperación de momentos de su infancia, y al leer el libro de Cernuda supo inmediatamente que eso era lo que buscaba: un lenguaje sencillo y literario a un tiempo, una prosa natural, sin excesos retóricos, como pronto descubrí que había ensayado Baudelaire siguiendo el ejemplo de Aloysius Bertrand en Gaspar de la noche: “¿Quién no ha soñado —se preguntaba el autor del Spleen de París en el prólogo— el milagro de una prosa poética, musical, sin ritmo y sin rima, tan flexible y contrastada que pudiera adaptarse a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones de la ensoñación y a los sobresaltos de la conciencia?”

En homenaje a aquellas primeras lecturas cernudianas traigo aquí, sin añadir ni quitar tilde, dos apuntes que entonces anoté a lápiz en los espacios en blanco del libro, y que tenía completamente olvidados. La primera nota aparece tras «El otoño»: “El tú cernudiano es el yo. Autor distanciado de sí mismo, como si estuviera hablando de otro que da a conocer al lector. Éste, en los momentos de su máximo embebimiento por la obra, también es el tú.

Cernuda se distancia de sí mismo para llegar al yo de cada uno de nosotros. Ese es el signo de la calidad, como Cervantes, por un él, llega a cada uno de sus lectores”.

La segunda la encuentro después de «Mañanas de verano»: “Recuerdo de los grandes descubrimientos vitales de la infancia. Recuperación de unas emociones sublimes por lo que tienen de permanentes en el hombre; el encuentro puro con la vida pura. (Cada fragmento es todo un universo de la infancia recompuesto con la precisión verbal de un prodigioso poeta de la intimidad)”.

Como joven aprendiz de poeta, e independientemente de la moda social de entonces, la lectura de Cernuda —uno de los poetas de su grupo menos leídos, o conocidos, por el gran público lector, si es que puede hablarse de esa figura— era obligada por la calidad de su obra. Había también una segunda razón: vivía en la ciudad del grupo «Cántico», que ya en 1948 había publicado tres poemas de Cernuda en la revista de su mismo nombre, y que unos años después, en el otoño de 1955, le había dedicado un número completo de la misma. Qué menos que acercarse al poeta reivindicado por los poetas de nuestra ciudad.

Desde entonces viene el trato con el poeta sevillano, que nunca deja de sorprendernos con un verso, una estrofa, un poema que habíamos leído a la ligera, o que simplemente nos conmueve y emociona cada vez que lo leemos, como «Niño muerto» o «Atardecer en la catedral».

Solitario a su pesar; viviendo siempre —salvo unos meses en que montó “casa” en la calle Viriato de Madrid— en cuartos de pensiones, de residencias universitarias, de casas de conocidos o de amigos; ninguneado en sus comienzos por Guillén y Salinas, a quien iba dedicado Perfil del Aire, y por buena parte de la crítica oficial de su tiempo; atildado en su figura y en su lenguaje, exquisito en sus maneras, apasionado cuando el amor lo encontraba, de trato difícil con unos y afable con los menos, retraído, desencantado, Luis Cernuda encarna en su obra literaria y en su biografía la imagen romántica del poeta, un ser entregado a su destino —búsqueda del amor, de la belleza—, un solitario que asume su destino errante, como afirma en «Peregrino» (Desolación de la Quimera):



¿Volver? Vuelva el que tenga,
Tras largos años, tras un largo viaje,
Cansancio del camino y la codicia
De su tierra, su casa, sus amigos,
Del amor que al regreso fiel le espere.

Mas, ¿tú? ¿Volver? Regresar no piensas,
Sino seguir libre adelante,
Disponible por siempre, mozo o viejo,
Sin hijo que te busque, como a Ulises,
Sin Ítaca que aguarde y sin Penélope.

Sigue, sigue adelante y no regreses,
Fiel hasta el fin del camino y tu vida,
No eches de menos un destino más fácil,
Tus pies sobre la tierra antes no hollada,
Tus ojos frente a lo antes nunca visto.

domingo, 27 de septiembre de 2020

El oficio

Escribir es tarea de insatisfechos. Juan Ramón Jiménez decía que el último día de su vida le gustaría reescribir toda su Obra. Era su manera de entender la literatura: fresca, recién nacida.

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Detenerse. Observar. Adentrarse en la cara oculta de la realidad y llegar a su ser último y primero. Descifrar acaso el símbolo.

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Palabras que me digan. 

Signos que me traduzcan. 

Raíces de mis sueños.

Semillas de mi ser.

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Escribir es compartir. Quien escribe y no comparte no sabe qué es lo uno ni lo otro. El onanismo literario a nada conduce porque a nadie llega. Escribir es ser los otros.

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Meter vida —propia, ajena— en cada palabra, en cada verso.

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Escribir es una manera de resistir, de ser rebelde, de sentirse vivo, con capacidad de asumir y de aprender. Una manera de buscar la utopía.

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Acuérdate de Cervantes: persevera y escribe.

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El verso es luz, aurora del ser.

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Somos puro tiempo. Puto tiempo.

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viernes, 25 de septiembre de 2020

Expreso del Suroeste

Cuatro de la madrugada. Luces mortecinas en el andén. El brillo mate de los raíles. El reloj colgante. El nombre de tu ciudad con grandes letras en la pared. Los bultos de algunos viajeros en los bancos. Otros de pie junto a sus equipajes. A un extremo y otro de la estación, frente a ti, más allá de las vías, la noche. Como en un sueño, como si en el mundo solo existiera aquella pequeña estación mal iluminada en medio de un desierto de oscuridad.

Subes al vagón. Huele a hierro. A tabaco. A sueños perdidos.

Te duermes enseguida y despiertas muy lejos, ya bien amanecido, en una estación desconocida de otra provincia.

Se mueve el tren de nuevo, muy despacio. Al otro lado de las vías, en un parque donde amarillean y caen a la tierra las primeras hojas, a la luz clara y limpia de la mañana de otoño camina abrazada una pareja. Se detienen un momento. Se besan. Se miran a la cara. Se dicen cosas. Ríen. Vuelven a besarse y siguen caminando en su abrazo. Los dejas atrás, pero contigo van ya para siempre, estampa viva del amor y del contento, como tú nunca has visto en tus padres, ni imaginado siquiera. Viva también hasta hoy la emoción que brincaba en tu pecho, la felicidad que inundó tus ojos ante aquellos anónimos amantes, ajenos en su dicha al niño que miraba desde la ventanilla de un tren y celebra ahora, al cabo de tantos años, aquel regalo, aquel amor en la mañana de octubre.

          Tenías nueve años. Tu primer viaje en tren. 


jueves, 17 de septiembre de 2020

¿Entender un poema?

Recuerdo el asombro con que recibimos las explicaciones de la profesora de Literatura después de que un compañero leyera en voz alta las primeras estrofas de la Fábula de Polifemo y Galatea, y ninguno de nosotros supiese explicar sobre qué versaba aquella maraña de palabras que reconocíamos como del español, pero dispuestas de tal manera que el sentido de los versos se nos hacía impenetrable. Estábamos en sexto curso de bachillerato y el latín que habíamos estudiado los dos años anteriores —hipérbatos, cultismos, mitología—, junto con la paráfrasis de la profesora, nos ayudó a ver cierta claridad en aquella tiniebla poética.

            En esos mismos meses, absolutamente, dramáticamente —porque de la más alta dicha, caía uno en la desolación y abatimiento más profundos—, platónicamente enamorado, había empezado a leer las rimas de Gustavo Adolfo Bécquer, alguna de las cuales hice mías, pues recogían cabalmente, y líricamente, mi vivencia amorosa:


Hoy la tierra y los cielos me sonríen,

hoy llega al fondo de mi alma el sol,

hoy la he visto…, la he visto y me ha mirado…,

¡hoy creo en Dios!

 

           Sin disgustarme los juegos gongorinos, a los que todavía acudo, prefería los versos becquerianos, que también sigo leyendo desde entonces. Los primeros exigen erudición, paciencia y lucidez mental en el momento de afrontarlos. Los segundos, en cambio, se asimilan con la mediación de emociones y sentimientos.

            Independientemente de la época histórica, los versos culteranos de don Luis de Góngora y los románticos de Bécquer representan dos modos divergentes de expresión poética y, por tanto, dos empeños con distinto norte: la poesía entendida como reflejo de la realidad exterior mediante la complejidad y la perfección formal, frente a la poesía entendida como efusión de la afectividad del yo.

Siempre ha habido poéticas de la artificiosidad y poéticas de la naturalidad, búsqueda consciente de las tinieblas y búsqueda de la luz, códigos restringidos y códigos abiertos. Unas veces, tales poéticas se separan, parecen antagónicas, y otras veces el sincretismo las une en una misma tendencia, como ocurre con Góngora y Bécquer: corriendo el tiempo, ambos coincidieron —influyeron— en corrientes poéticas modernas como el parnasianismo y el simbolismo, o en la de los modernistas hispanos, que a su vez habían asimilado ambas estéticas en París. Así perdura la tradición.

Valga como ilustración de esta pervivencia literaria —cultismo, hipérbaton, realidad exterior, vagaroso e intangible símbolo becqueriano— el caso de un soneto escrito por el poeta francés Stéphane Mallarmé, considerado el maestro y el superador del simbolismo, quien afirmaba que el poema no tenía que pintar la realidad, sino descubrir el efecto de esa realidad, no el objeto, sino el estado de ánimo que ese objeto produce. Difícil empeño en que el poeta naufraga sin remedio.

Reconozco que hay cierto tipo de poesía que no alcanzo a sentir. No digo entender palabra por palabra o verso a verso, sino hacerla emocionalmente mía. Es lo que me ocurre ante este famoso «soneto en ix» de Mallarmé. Va primero en su lengua original y luego en una traducción bastante literal. Elija el lector a su gusto, lea, acuda al diccionario de griego clásico, al de francés y al de español, consulte un manual de mitología, ordene y relacione adecuadamente las palabras, averigüe a qué septeto alude el último verso, y déjese llevar finalmente por la imaginación …

 

Ses purs ongles très haut dédiant leur onyx,

L’Angoisse, ce minuit, soutient, lampadophore,

Maint rêve vespéral brûlé par le Phénix

Que ne recueille pas de cinéraire amphore

 

Sur les crédences, au salon vide: nul ptyx,

Aboli bibelot d’inanité sonore,

(Car le Maître est allé puiser des pleurs au Styx

Avec ce seul objet dont le Néant s’honore.)

 

Mais proche la croisée au nord vacante, un or

Agonise selon peut-être le décor

Des licornes ruant du feu contre une nixe,

 

Elle, défunte nue en le miroir, encor

Que, dans l’oubli fermé par le cadre, se fixe

De scintillations sitôt le septuor.

 

***

 

Sus puras uñas muy alto ofreciendo su ónice,

La Angustia, esta medianoche, sostiene, lampadófora,

Mucho sueño vesperal quemado por el Fénix

Que no recoge la cineraria ánfora.

 

Sobre las credencias, en el salón vacío: ninguna ptix,

Abolida figura de inanidad sonora,

(Pues el Dueño ha ido a beber llantos a la Estigia

Con este solo objeto cuya Nada se honra.)

 

Mas cerca la ventana al norte vacante, un oro

Agoniza según quizá el decorado

De los unicornios arrojando fuego contra una ondina,

 

Ella, difunta desnuda en el espejo, por más

Que, en el olvido cerrado por el cuadro, se fije

De centelleos pronto el septeto.

martes, 8 de septiembre de 2020

Rosa, ae


Consumado ya el sueño,
marchito el esplendor y sus fragancias,
se resiste la rosa
a morir en el vaso.

En callado combate contra el tiempo
y su invisible saeta,
uno a uno sucumben los pétalos
y vuelan a la tierra.

Cumplido ya el hado,
delicados despojos,
deslustrada moneda
semejan, calderilla
que el poeta recoge
y celebra en sus versos:


Oh efímera gloria,
caídas hojas de la juventud.