jueves, 28 de julio de 2022

Velintonia, 3




Desde pequeño me recuerdo interesado por las vidas de escritores y artistas. Prueba de ello son las sumas y restas ‒a veces con errores‒ que echaba en las páginas de la enciclopedia Álvarez para averiguar los años de vida de un escritor, a qué edad había compuesto tal obra o cuántos años tendría de seguir vivo. Todavía sigo haciendo esos cálculos. E interesándome por las cartas que escribieron, por sus diarios, por sus memorias, por sus fotografías… Y por los paisajes que recrearon en sus páginas, por el lugar en que están enterrados, o por las casas en que vivieron.

No me considero un mitómano: no creo que me pase de la raya y mitifique a personas a las que admiro por su trabajo; tampoco un fetichista, aunque reconozco que me encantaría tener una de las estilográficas de Ramón Gómez de la Serna, la tabla sobre la que escribía Virginia Woolf o el pisapapeles de Karlsbad del que habla Franz Kafka en sus diarios, pero le sale a uno la vena cívica y concede que tales objetos estarían mejor en un museo, a la vista y disfrute de cualquiera interesado en la cotidianeidad de los artistas.

Estarían mejor en un museo, o fundación, si es que los herederos del artista ‒los sobrinos son la peor plaga al respecto, según Andrés Trapiello‒ y las distintas administraciones, desde el ministerio a los ayuntamientos, caen en la cuenta de que se trata de un bien común, de un legado de inapreciable valor, se ponen a trabajar seriamente y llegan a un acuerdo económico.

El pasado 14 de julio aparecía en El País otro artículo sobre el abandono en que sigue la casa número 3 de la calle Vicente Aleixandre, en el distrito madrileño de Chamberí, por parte de los herederos y las distintas administraciones públicas. Por si no lo saben, en esa casa vivió desde 1927 el poeta Vicente Aleixandre. En uno de los dormitorios ‒por su mala salud de hierro, el poeta solía trabajar en la cama‒ escribió buena parte de una obra personalísima que le valió el premio Nobel en 1977. Las paredes de esa casa, vacía ahora, abandonada a la soledad, al silencio y a las goteras, todavía guardan, aunque supongo que cada día más débil, el recuerdo de las voces sureñas de García Lorca y de Cernuda, el acento viril de Miguel Hernández, la ebriedad castellana de Claudio Rodríguez, el recio timbre de José Hierro, el deje gaditano de José Manuel Caballero Bonald o el vasco de Blas de Otero, la exquisitez de Luis Antonio de Villena y de Antonio Colinas. Si por prodigio cervantino sus paredes hablaran, tendríamos la más completa historia de la poesía española contemporánea, desde la Generación del 27 hasta los Novísimos y Postnovísimos. No se trata solamente de la casa donde ha vivido un poeta, sino de la casa a donde acudían los poetas, la Casa de la Poesía, como reivindica desde hace años la Asociación de Amigos de Vicente Aleixandre (AAVA).

Cuando murió Vicente Aleixandre (1984), y dos años más tarde su hermana, comenzó el problema: cinco herederos, que se repartieron el mobiliario y los objetos, a quienes correspondía la propiedad de la casa en estos términos: a Amaya Aleixandre, hija de una prima hermana del poeta, le correspondió el 60 por ciento de la propiedad; el otro cuarenta por ciento se repartía entre cuatro nietos de una prima hermana por parte de madre. La casa y parcela, con unos 750 metros cuadrados en total, aparece en una inmobiliaria con un valor de 4.700.000 €. Con la esperanza de que alguna de las administraciones públicas se haga cargo de ella y la habilite como merece, la AAVA ha solicitado en los medios a su alcance que no puje ningún particular, ninguno de esos fondos buitre, para que la casa no desaparezca o acabe convertida en una tasca, como teme el escritor Fernando Aramburu.

En lo tocante a la biblioteca y archivo personal del poeta, la cosa está clara: los depositarios legales del archivo del poeta son los descendientes de Carlos Bousoño, amigo y exégeta de Aleixandre, que después de un pleito a su favor están a la espera de depositar el legado del premio Nobel en el lugar conveniente. A ser posible, en la Casa de la Poesía, en Velintonia, 3, con el nombre españolizado que le dio el poeta a la primitiva calle Wellingtonia.

El legado de un poeta está en sus versos, quién lo dudará, y la mejor manera de conservar ese legado es volver de vez en cuando a ellos, releer algún poema de Sombra del paraíso, ojear los retratos de sus colegas en Los encuentros, sus maduros Diálogos del conocimiento o cualquiera de sus otros libros. No creo que la conversión de Velintonia, 3 en un espacio poético público, convenientemente dotado de contenido, aumente espectacularmente el número de lectores de Vicente Aleixandre, o de poesía en general, pero sí sería el principio de un lento goteo lírico, de acercamientos a la obra del poeta a raíz de visitar su casa y haberlo imaginado en su hábitat cotidiano, en la rutina de su trabajo, de sus hábitos y de sus ropas, inclinado sobre una cuartilla, leyendo en su sillón preferido, mirando el anochecer desde la ventana de su habitación, o soñando el paraíso.



domingo, 17 de julio de 2022

Más que erratas


















Acabo de leer en Solienses el texto «Fracaso colectivo» y coincido plenamente con el análisis y los argumentos manejados por Antonio Merino. No abundaré en lo que ahí se dice, y se sugiere, respecto al problema del agua y a la incapacidad de las distintas instancias políticas ‒regionales, provinciales, comarcales y municipales‒ para escucharse, entenderse, llegar a un acuerdo y poner en marcha un proyecto beneficioso para la colectividad, sino que abordaré el texto difundido por la Mancomunidad de Los Pedroches desde el punto de vista lingüístico.

Una sociedad que habla y escribe bien es una sociedad espiritualmente más sana, más sabia y más libre que la que se expresa con balbuceos, imprecisiones y errores lingüísticos de todo tipo: dime cómo hablas y te diré quién eres.

El «Comunicado urgente a la ciudadanía» es un ejemplo más de desinterés por la gramática, de pobreza idiomática y de chapuza expresiva, que refleja el talante del emisor, y no me refiero al emisor interpuesto, a la persona con funciones exclusivamente administrativas que escribe al dictado, sino al emisor real, a la autoridad o autoridades que han dado el visto bueno al texto.

En el párrafo que sirve de introducción encontramos tres perlas -toscas piedras más bien‒ que merecen comentario. El recurso a la pertinaz sequía es completamente prescindible, pues remite a la excusa franquista para justificar el hambre, la falta de planificación agrícola, el contubernio comunista y judeo-masónico de los elementos naturales, la maldición de las diez plagas de Egipto. Ese ejercicio de memoria histórica, no democrática, nos parece innecesario. Con referirse, por ejemplo, a la “actual” sequía se hubiera evitado la evocación de la dictadura.

La segunda piedra es la tediosa presencia de lo políticamente correcto, la discriminación de género, la visibilidad de la mujer, la incómoda alternancia alcaldes y alcaldesas, cuando bastaría con el englobador autoridades municipales. Prueba de que tal corrección política ‒el lenguaje inclusivo‒ no está en el fondo asimilada es que en la misma oración se habla solamente de los ciudadanos, no de las ciudadanas, exclusión que se habría evitado con los colectivos inclusivos ciudadanía o vecindario.

El tercer pedrusco tiene que ver con el sesquipedalismo, es decir, con lo perifrástico, con la tendencia a decir con varias palabras lo que se puede decir con menos, que es lo que ocurre en el comunicado mancomunado cuando se opta por esa superperífrasis verbal, quieren hacer saber, en lugar de los simples «comunican» o «informan».

En la segunda parte o nudo del comunicado tampoco faltan las construcciones agramaticales. En el punto 1 encontramos una frase sin verbo, que provoca una construcción errónea, falta de gramaticalidad: La reservas de agua en el pantano… en actualmente el 15,37 % de su capacidad. Se comete también una falta de concordancia de número entre el artículo femenino singular -La‒ y el sustantivo al que determina: reservas.

En el punto número 2 no se recurre a la coma, como es preceptivo, en la aposición explicativa, Aguas de Córdoba. Pero sí encontramos dos erratas, cometidas por la prisa, suponemos: Córdobaa, alos.

Vuelve a aparecer el par alcaldes / alcaldesas en el punto número 3, para el que, además, hace falta llenarse a tope los pulmones si se lee de un tirón ‒no aparece ninguna coma respirativa‒ la primera oración: Ante esta restricción en las reservas municipales de agua los alcaldes y alcaldesas vuelven a pedir la colaboración ciudadana para que siga haciendo un uso responsable del agua en los domicilios y además se adopten medidas de ahorro de aguaque compense esa reducción del 10%. Aparte la necesaria eficiencia pulmonar, anotemos la errata aguaque y la falta de concordancia apreciable entre el verbo compense y su sujeto, medidas de ahorro. En la semántica del párrafo algo chirría también: se hace referencia a una primera petición de colaboración ciudadana para el ahorro de agua ‒vuelven a pedir‒, y se da a entender que la ciudadanía se está comportando y cumpliendo la recomendación anterior: siga haciendo un uso responsable del agua en los domicilios. Si lo estamos haciendo bien, a qué insistir, felicítennos, en todo caso.

La última frase de este punto es una advertencia en la que apreciamos un extraño uso ortográfico de los dos puntos, que dan paso a varias recomendaciones para el ahorro de agua. Lo que pide el sentido lingüístico es punto y aparte después de De lo contrario, no se garantiza el suministro de agua durante las 24 horas del día.

Y el comienzo de nuevo párrafo con una frase como He aquí algunos consejos para ahorrar agua, o En consecuencia, rogamos, o Para evitar esta última medida, creemos necesario… En fin, una oración que justifique los consejos que vienen a continuación.

La redacción de estas orientaciones también tiene su conque, su batiburrillo sintáctico, pues se mezcla la construcción de gerundio (optimizando), con la de infinitivo (evitar) y con la nominal (cualquier otra medidas). En esta última, por cierto, advertimos otro error de concordancia de número entre el determinante indefinido y el sustantivo: otra medidas.

Finalmente, nada que objetar al epílogo, salvo la errata innecesarioshoy, justificada, como las anteriores, por el imperativo del ahorro.

Demasiados errores para considerarlos erratas. Demasiadas incorrecciones en un texto emanado de la autoridad. Manejo deficiente del idioma. Ignorancia de elementales usos formales, morfológicos y sintácticos. Prisa. Improvisación. Chapuza lingüística, en consonancia con la falta de rigor y de habilidad política de que habla el artículo de Solienses.

¿Por qué no exigimos de nuestras autoridades un uso racional y responsable de la lengua

viernes, 15 de julio de 2022

Modernismos (1)

 

Rue de l'Université

Jueves, 14 de julio, 2018

Tomamos el autobús temprano y nos bajamos en la explanada del Louvre. Cruzamos por el puente del Carrusel y antes de las ocho nos sentamos en la terraza del café Kult. Tomamos un delicioso café, atendidos por un joven camarero italiano que nos cree ingleses.

Estamos en el número 9 de la calle de la Universidad. A esta dirección llegaron los Joyce ‒el escritor, Nora Barnacle, y los dos hijos adolescentes, Giorgio y Lucía‒ otro jueves, 8 de julio de 1920. Venían de Trieste, a donde se habían trasladado después de pasar los años de la Primera Guerra Mundial en Zúrich. Iban camino de Inglaterra. O de Irlanda, ese extremo no estaba decidido aún. Dejaban el continente esperando salir de las estrecheces y la pobreza. En Trieste, los Joyce habían compartido piso con la hermana del escritor, Eileen, con su marido y sus dos hijos, y con su hermano pequeño, Stanislaus, nueve personas en total. Los derechos de autor de Dublineses eran muy escasos, y los pagos por la publicación en revista de los episodios de Ulises solo aliviaban puntualmente. Ni siquiera la aportación de Harriet Shaw Weaver, editora de la revista The Egoist, donde fueron apareciendo por entregas Retrato del artista adolescente y Ulises, sirvió para que la familia saliera de apuros. Joyce era pródigo de más con el dinero, bastante manirroto. La generosidad de Harriet S. Weaver –explica su biógrafo Ellmann1‒ «no hizo de Joyce un hombre rico; ninguna suma de dinero podría haberlo hecho; pero logró que fuera pobre solo debido a su decidida extravagancia». Prueba de esta inopia monetaria de la familia Joyce la encontramos en la carta que el novelista escribe a su amigo, protector y mecenas Ezra Pound, unas semanas antes de marchar a París, explicándole las razones de abandonar Triste: «La segunda razón es la ropa. No tengo ni puedo comprarme. El resto de mi familia tienen aún la ropa decente que compramos en Suiza. Yo llevo puestas las botas de mi hijo (que calza dos números más que yo), y su traje viejo, que es demasiado estrecho de hombros, mientras que las demás prendas pertenecen o pertenecieron a mi cuñado o a mi hermano»2. No debía ser muy galana la imagen de la familia Joyce cuando apareció por esta esquina aquel jueves 8 de julio de 1920.

El homenaje continúa en el número 8 de la calle Dupuytren, donde Sylvia Beach abrió la famosa librería Shakespeare and Company en noviembre de 1919. Se ha conservado una fotografía con Joyce y ella a la puerta de la librería, en la que aparece también un niño en la ventana de la primera planta mirando al fotógrafo anónimo que tomó la instantánea. Sylvia Beach, estadounidense de Baltimore, vivía en París desde 1916. Conoció a Joyce a los tres días de que este llegara con su familia en julio de 1920, en casa del poeta André Spire. En febrero de 1922, esta librera se convirtió en la primera editora de Ulises. El homenaje a Joyce lo es también a esta mujer independiente y decidida, que creyó desde el principio en la valía del irlandés. De Dupuytren a la calle del Odeón, al número 12, donde se trasladó la Shakespeare and Company en mayo de 1921, que permaneció abierta hasta la muerte de Sylvia Beach en 1962. En la placa conmemorativa se lee: «En 1922 / en esta casa / la señorita Sylvia Beach publicó / Ulises / de James Joyce».




Nos acercamos luego al 56 de la calle Monsieur Le Prince, al hotel Médicis. ¡Oh, el modernismo español! El París que se encontró Antonio Machado en su primer viaje. Esa breve evocación de la ciudad que tantas veces ha leído uno y explicado en sus clases, pues en ella se condensa el arte, la poesía, la historia social y la crítica modernas: «De Madrid a París a los veinticuatro años (1899). París era todavía la ciudad del affaire Dreyfus en política, del simbolismo en poesía, del impresionismo en pintura, del escepticismo elegante en crítica. Conocí personalmente a Oscar Wilde y a Jean Moréas. La gran figura literaria, el gran consagrado era Anatole France».

¡Quién puede olvidar su primera vez en París! Ah, ese París de los bulevares y de los cafés. De la bohemia hambrienta y luminosa.

Los modernistas, hecha excepción de Bécquer, los romances y otras canciones medievales, fueron los primeros poemas «modernos» que un adolescente de los sesenta aficionado a la lectura podía entender, como la «Sonatina», los cuentos en prosa de Azul, o los primeros versos de la «Marcha triunfal». Cuando leí a Antonio Machado ‒¡Ah, aquel volumen número 16 de la colección RTV!‒, y luego la antología de su hermano Manuel en la colección Austral, el mismo efecto de moderna cercanía en el lenguaje. A uno por andalucista, bohemio, culto y desengañado, al otro por existencial y comprometido, enseguida los hice míos y me interesé por sus vidas y por sus versos. Cierto que leí a Antonio antes que a Manuel, era la moda también, pero pronto los tuve juntos, al lado de un volumen del padre ‒la colección de cantes flamencos recogida por Demófilo‒, en los estantes de mi biblioteca y en mis preferencias de primeros de siglo.


1Richard Ellmann, James Joyce. Editorial Anagrama, Barcelona, 1982, p. 534.

2Idem, 530.

domingo, 5 de junio de 2022

Lenguas sin límites

 Me quedé turulato al leer el titular: “El Congreso deberá corregir el error del PSOE que ‘destopa’ ‒sic, entrecomillado‒ la base mínima de cotización”. Era la primera vez que me topaba con ese palabro y no tenía ni idea de su significado, ni supe intuirlo en el contexto de esa frase. Pensé primero que sería una derivación de la palabra inglesa stop ‒alto, detenerse, pero no le encontraba sentido a la frase: ¿un error del PSOE detiene la base mínima de cotización? ¿Qué querrá decir eso? Tampoco me parecía, en el caso de que la palabra procediera de stop, que la derivación estuviera acorde con las normas del castellano, en el sentido de que era más lógico que de stop se derivara desestop, no destop ni destopar, por lo que rechacé esta primera hipótesis, pinché en el titular que enlazaba con la noticia completa y encontré este subtítulo: “El PSOE ‘destopa’ las bases máximas de cotización tras el error del PSOE en la votación”. La cuestión semántica se complicaba, porque en el título se relacionaba la destopación ‒o destope‒ con la base mínima de cotización, y en el subtítulo lo hacía con la base máxima de cotización. Trataba la noticia sobre las aportaciones de nuestros sueldos a la Seguridad Social y su relación con las pensiones de jubilación, pero persistía la niebla en torno a destopar.

Consulté otras publicaciones digitales y en todas aparecía el neologismo en una u otra forma ‒destopar, destopa, destope‒, hasta que encontré una frase iluminadora: “Actualmente, la base de cotización está topada a 4.070,10 € mensuales”. Ahí se encendió la luz de la comprensión. Topar equivale a limitar o poner límite, y su contrario, quitar la limitación, es destopar. La palabreja nada tenía que ver con stop, sino con tope, o con topar.

En el diccionario académico no se registran destopar, ni destope, aunque parece que los términos se vienen utilizando desde hace una década en el argot de la Economía, referidos siempre a las cotizaciones a la Seguridad Social. La Fundéu (Fundación del Español Urgente) afirma al respecto: “Las formas topar y destopar, así como el sustantivo destope, son válidos en el ámbito económico para referirse respectivamente a la acción de poner un tope y a la acción y efecto de quitar el límite o techo que se venía aplicando”. Después de ilustrar con unos ejemplos y de no asegurar la etimología de los términos, concluye que “son palabras que no cabe censurar”.

Pasada la inicial estupefacción y aclarados los conceptos, consulto topar en el diccionario de la RAE, y ninguna de las 11 acepciones consignadas tiene que ver con el concepto de “limitar” o poner límite. En cuanto al origen de la palabra, se propone la onomatopeya del choque, top, que no aparece recogida como tal en el diccionario.

La siguiente consulta es tope, que resulta ser una homonimia, es decir, la coincidencia fonética de dos palabras con etimologías distintas, y por tanto, con significados diferentes. El primer tope procede de topar, y recoge acepciones relacionadas sobre todo con el concepto de choque, si bien en su segundo sentido ‒pieza que sirve para impedir que el movimiento de un mecanismo pase de cierto punto‒ da argumentos para el sentido figurado de ‘límite o máximo posible al que puede llegar algo’.

El otro tope es un galicismo, de madre francesa medieval ‒top‒, con que se designa el máximo al que podía llegar algo y, antes, en marinería, al marinero que estaba de vigía por encima de la cofa, que era el lugar habitual para otear el horizonte y avisar de avistamientos: el marinero tope estaba en lo más alto, por encima de la cofa, en el extremo de la arboladura. No parece muy descabellado pensar que el destopar y el destope que nos ocupan, procedan de esta palabra de origen francés y de esa idea de lo más, lo máximo, como dejan ver las expresiones a tope o hasta los topes.

Como filólogo, pero sobre todo como usuario de la lengua española, me alegran y me interesan estas creaciones léxicas. Bienvenidas sean los neologismos que expresan nuevos matices, que crean sinónimos, que nombran lo que no se ha nombrado hasta ahora, que enriquecen la expresión e iluminan con más nitidez la realidad.

Cuanto más libre, y más culta ‒conocedora de su tradición lingüística‒ es una sociedad, más libre y creadora es su lengua. El problema de las lenguas, como el de las personas, es el constreñimiento que imponen los poderes, las orejeras ideológicas, semánticas, que tratan de colocarnos quienes no aspiran a la libertad de pensamiento y de expresión, y se arrogan la exclusividad de conceptos como libertad, patria, justicia, igualdad, familia, educación, memoria, cultura o diversión. Las tiranías y los totalitarismos son también mordazas para los idiomas.

Frente a la univocidad semántica, la plurisignificación. Frente a la escasez, la riqueza léxica. Frente al tope, el destope. 


lunes, 30 de mayo de 2022

Juegos infantiles: mito, memoria, olvido

 Aquella era una de las últimas aventuras del verano, los días antes de comenzar las clases, cuando ya habíamos agotado los baños en el río, los partidos de carabineros, los saltos a piola y Sevilla eléctrica ‒otro día hablaré de este juego‒, el frontón, las carreras en bici por la avenida Colecor, el voleibol a la sombra de los eucaliptos, junto a La Calahorra, y la segunda sesión en el Campo Deportes. Siempre había uno que lo proponía.

Vamos a por almesas.

Y organizábamos enseguida la excursión, que exigía una mañana entera o toda una tarde, desde bien temprano. Antes de la batida, cada uno tenía que averiguarse una bolsa o taleguilla para almacenar la recolecta, y un canuto de caña, con una buena distancia ‒más de una cuarta‒ entre nudos, y poco más de un centímetro de diámetro. No era difícil encontrar un cañaveral en la orilla del río, donde ahora está el Jardín Botánico, o en algunas de las huertas por las que pasábamos, dejando atrás el viaducto, el Silo, y las casas de la Electromecánicas.

El almeso estaba junto al edificio de entrada a las ruinas de Medina Asara. Majestuoso, viejo ya, enorme, alto y copudo, de amplia sombra, al que trepábamos los más ágiles, apoyando los pies en las manos entrelazadas del compañero, y luego en los hombros, hasta alcanzar las primeras ramas. Las almesas eran unos frutos del tamaño de los guisantes, de color morado casi negro, que en el suelo los más inexpertos podían confundir con las cagarrutas de las cabras. La piel era frágil, quebradiza, y la escasa pulpa, de color amarillo oscuro, era dulzona, parecida al dátil. Pero no las buscábamos como galguería, que lo era, y que sólo comíamos una vez al año. Nos interesaba por el güito, por el hueso, que dejábamos limpio con los dientes, sin sacarlo de la boca, como los huesos de las aceitunas, y luego con la lengua lo colocábamos en el canuto por el que a modo de cerbatana soplábamos con fuerza y nos disparábamos unos a otros. Por unos días, los muchachos del barrio andábamos en la guerra de las almesas, hasta que llegaba el primer día de clase.

***

La ninfa Lotis, una de las muchas hijas de Poseidón, era perseguida de continuo por el libidinoso Príapo. Tras una noche de fiesta en la morada de Dionisos, mientras la bella muchacha dormía junto a las bacantes consagradas al dios, el lascivo Príapo maniobraba ya para poseerla, cuando el asno de Sileno ‒no es que este Sileno fuese un animal de herradura o burro, sino que acostumbraba usar uno de ellos, que lo llevaba de acá para allá cuando estaba ebriorebuznó a pleno pulmón y despertó a todo el mundo, que pudo ver el alevoso intento del lúbrico Priapo con su erecto miembro a punto de echar por tierra la doncellez de la ninfa. Despavorida, Lotis huyó y pidió a los dioses benévolos que la transformaran en planta, súplica que los inmortales concedieron metamorfoseándola en un árbol al que llamaron loto, en honor de Lotis.

***

Del fruto de ese árbol se alimentaban aquellos hombres que Odiseo y sus compañeros descubrieron en la rapsodia 9 de la Odisea, los comedores de loto: “cuantos probaban este fruto ‒rememora el protagonista‒ , dulce como la miel, ya no querían llevar noticias, ni regresar, antes deseaban permanecer con los lotófagos comiendo loto, sin acordarse de volver a la patria”.

***

Es muy posible, dicen las enciclopedias y las guías de plantas mágicas, que aquel loto en que se transformó la hija de Poseidón, de fruto dulce como la miel, que provocaba el olvido de la familia y de la patria, fuera aquel almez ‒celtis australis‒, cuyos frutos recogíamos los muchachos ‒doce, trece años‒ del Campo de la Verdad en los últimos días de verano junto a las ruinas de Medina Azahara para nuestras inocentes batallas de almezas.

Pero tengo mis dudas. Si durante unos días éramos lotófagos, quién y cómo nos devolvió a la realidad, al barrio, a nuestra casa, a los padres, a los hermanos, al instituto… ¿O estoy todavía allí, en el gran loto de Medina Azahara, escupiendo los huesos de las almezas, atrapado en un pasado inamovible, perdido ya para siempre en el olvido? 


miércoles, 25 de mayo de 2022

¿El emérito?


En la Roma antigua, un emeritus era un legionario jubilado al que se le asignaba el emeritum ‒pensión de retiro o jubilación‒, que solía consistir en la concesión de tierras o fincas expropiadas en territorios conquistados. Este emeritus ‒acabado, terminado‒ era el participio de pasado del verbo emereor, utilizado en la expresión stipendia emereri, equivalente a ‘acabado el servicio militar’. Estamos hablando, pues, del pago, o reconocimiento, por un servicio prestado, cuando el individuo ha causado baja como soldado.

En el mundo universitario de nuestros días, aquel uso romano se ha recuperado en la figura del profesor emérito, es decir, el profesor jubilado al que, por su valía o merecimientos, se le concede el privilegio de seguir ejerciendo parcialmente su labor académica. En este sentido corre la primera acepción del adjetivo emérito en el diccionario de la RAE: ‘Dicho de una persona, especialmente de un profesor: que se ha jubilado y mantiene sus honores y alguna de sus funciones”.

En el afán de muchos cortesanos ‒juancarlistas‒ por blanquear la imagen del ex monarca, a alguien se le ocurrió que, trasladando al ámbito institucional ese concepto manejado en el mundo académico universitario, el adjetivo «emérito» salvaba la dignidad y mantenía el prestigio del personaje ante la sociedad, jugando además con la idea de ejemplaridad y merecimiento que asoma claramente en tal palabra. Pero cuando abdicó, el rey Juan Carlos I acabó. ¿Por qué seguir llamándolo rey? ¿Y por qué emérito, si no conservó ninguna de sus funciones oficiales y hasta se le retiró la asignación por parte de la Casa Real? Ni rey, ni pensión de retiro, ni ejemplar, sin embargo, ahí aguanta la muletilla: “el rey emérito”.

El padre de Felipe VI no encaja en el perfil académico universitario, aunque nadie le podrá negar la maestría, en sumo grado, para manejar cuentas archimillonarias en bancos suizos, disponer de tarjetas opacas, crear sociedades off shore en la isla de Jersey (Inglaterra) y en Panamá, viajar a Kazajistán con maletines llenos de billetaje, o cobrar comisiones sonrojantes por mediar en la venta de armas o en la llegada del AVE a La Meca. Todo un doctorado en comisiones, fraude fiscal y blanqueo de dinero, que se le ha excusado por aquello de la inviolabilidad real.

Y uno se pregunta: ese largo currículum ¿se considera mérito o demérito?


jueves, 19 de mayo de 2022

Técnicos de Investigación Aeroterráquea

 A mi hijo Álvaro

Se me ha venido la imagen mientras tomaba notas para un artículo sobre los casos de espionaje salidos a la luz estos días de mayo: cena familiar rutinaria en el pabellón del cuartel; llaman a la puerta; abrimos y antes de entrar hasta el pequeño comedor muy serio, Barrena, el guardia de puertas pide la venia.


¿Da usted su permiso, mi sargento?
Adelante, Joaquín, dime.
Un mensaje cifrado, mi sargento, urgente.

Aprieta los labios y se queda mirando al frente, erguido, como no viéndonos. Mi padre se levanta. Está en camiseta de tirantes. Entra en su dormitorio y sale abotonándose la camisa verde detrás del guardia. Serio. Apurado.


Un mensaje cifrado.
Eso qué es, mamá.
No sé, hijo, cosas oficiales.
Y seguimos cenando.

Primavera y verano del 68. En los telediarios veo algunas imágenes de París. Llegan más mensajes cifrados a la centralita de radiotelegrafía del cuartel. Alguna vez mi padre trae a casa las claves y el mensaje para que le ayude. Me divierto al principio, luego me aburro: instrucciones sobre servicios y vigilancia en la población.

Esa imagen del mensaje en cifra que necesita una clave para ser entendido me lleva a otra en plena infancia, cuando mi hermana y yo hablábamos también en jerigonza, intercalando entre las sílabas de una palabra una sílaba con la letra p más la vocal que correspondiera yopo mepe llapamopo jupuanpa joposepe peperezpe zarpacopo‒, hasta que se nos enredaba la lengua y la risa nos impedía seguir con el juego.

El dominio del lenguaje encriptado ‒recuerdo haber usado también el morse con mis amigos y compañeros de clase‒ transmitía sensación de poder, de seguridad y de superioridad ante quien desconocía el código. Los mensajes en cifra eran cosas de niños, como las charadas y los jeroglíficos, como los enigmas y acertijos que aparecían en los tebeos. Y los espías eran aquellos personajes desastrosos, incapaces de resolver un caso a derechas, y que solían acabar escondidos en el desierto de Gobi o en el Polo Norte, como Mortadelo y Filemón, los inigualables agentes de la T.I.A., con el Súper, la gorda Ofelia y el orate profesor Bacterio; como Maxwell Smart, el superagente 86, con su zapatófono; como Anacleto, agente secreto, que no se enteraba de la misa la media; o el internacional Tintín y el borrachín del capitán Haddock, los detectives Hernández y Fernández. Luego, el cine encumbró universalmente al agente secreto 007, con licencia para matar, en compañía de la enamorada Moneypenny, el exigente M, el ingenioso Q, y recientemente lo ha hecho con la saga de Bourne, sin olvidar las parodias del género, como la delirante e hilarante Top Secret, o el no menos alucinante Austin Powers, enfrentado al disparatado doctor Maligno y su Mini Yo. Todos aquellos personajes de tebeo y de cine lo eran de ficción, hasta que en plena adolescencia oímos el nombre de Mata Hari, fusilada en París por cargo de espionaje, y el de Alfred Dreyfus, y comprendimos que los juegos de espías también eran cosa seria y de mayores.

El diccionario académico define como ‘espía’ a quien con disimulo y secreto observa o escucha lo que pasa, para comunicarlo a quien tiene interés en saberlo. Un espía es, pues, un mandado. Cuando está al servicio de dos autoridades estamos ante el clásico «agente doble», como el famoso Kim Philby, que trabajaba simultáneamente para el gobierno británico y para Iósif Stalin. La palabra «espionaje» nos llegó a través del francés espionnage, término que la lengua hermana derivó del germánico spahen. El espion era el soldado que se acercaba o se infiltraba en el campamento enemigo para obtener información.

El primer espía europeo de nombre conocido aparece en la Ilíada. Fue un troyano mal encarado pero excelente corredor, llamado Dolón, que pidió ‒le gustaba la buena vida y el lujo, como a James Bond‒ el carro y los caballos de Aquiles a cambio de infiltrarse en el campamento griego. Disimulado bajo la pellica de un lobo y corriendo a cuatro patas, fue descubierto por el astuto Ulises y su compañero Diomedes, que lo interrogaron ‒cantó la Traviata‒ antes de decapitarlo. El espía está muy cerca del «agente secreto», encargado de realizar misiones secretas ‒obtener información, boicotear, secuestrar, rescatar, asesinar‒ para un Estado. De eso tendrían mucho que contar los agentes Amedo y Domínguez.

Fuera del tiempo de guerra, espiar es una fullería, es hacer trampa, romper el principio de honestidad que debe regir las relaciones entre instituciones y entre países. En un escenario bélico, cada contrincante busca su supervivencia, todo vale para acabar con el enemigo y por eso se admite el espionaje. Lo cuestionable es el espionaje en tiempo de paz.