viernes, 15 de septiembre de 2023

La Asociación Triángulo Azul lleva la memoria del torrecampeño Rufo López Romero al campo de concentración de Gross-Rosen


En honor de todas aquellas personas que pasaron por el campo de concentración nazi de Gross-Rosen (Polonia), en especial para el deportado torrecampeño Rufo López Romero y todos sus descendientes. Honor y Gloria.



Era una mañana soleada del pasado mes de agosto, después de una noche lluviosa, cuando partimos hacia el campo de concentración nazi de Gross-Rosen en Polonia. Llevábamos mucha ilusión por verlo y por la expectación ante lo que iba a ocurrir, ya que además de querer visitarlo, íbamos como delegación de la Asociación Triángulo Azul Stolpersteine de Córdoba, a la que pertenecemos Juan Carlos y una servidora. Al paso por el pueblo el nerviosismo crece, más si cabe, cuando ves una vez más los campos de maíz, característicos de los alrededores de los campos concentracionarios. Todavía no me explico el porqué de estos campos cuando a los internos nunca los alimentaron con este producto.

Llegamos más o menos a la hora acordada y nos dirigimos al punto de información donde se encuentra nuestra anfitriona, Silvia, una mujer super agradable que se desvive por ayudarnos ante nuestro inglés hispánico. Nos dice que habla un poco de español y que sabe quiénes somos pues nos esperaban. Allí les decimos que queremos hacerle entrega de tres libros editados por nuestra asociación, y un cartel pedagógico muy especial, dirigido a nuestro querido Rufo López Romero y a sus familiares, y de paso honrar a otros republicanos cordobeses y españoles que pasaron por allí. Rufo era natural de Torrecampo, Córdoba, republicano que tuvo que huir como tantos miles hacia Francia una vez perdida la Guerra Civil Española, donde lo esperaron numerosos campos de concentración y de internamiento como Argelès Sur Mer o Septfond. Rufo era un deportado Nachte und Nebel, Noche y Niebla, o sea, un condenado a desaparecer por el régimen nazi por pasar a la resistencia armas y munición.

En la estrategia para hacerlos desaparecer, llega a Polonia, al campo de Gross-Rosen, un 10 de mayo de 1944, donde permanece nueve meses hasta que lo deportaron al campo de Mittelbau Dora. Finalmente, las tropas norteamericanas lo liberaron en 1945. Sobrevivió gracias a su oficio de herrero pero solo pesaba 40 kilos. No queremos pensar lo que pasaría por su mente. Tras la liberación, consigue reunirse con su esposa en Perpiñán y vive con sus hijos Tomás, Juana Josefa y Carmen en Francia el resto de su vida.



Gross-Rosen se estableció en el verano de 1940 como un satélite del campo de Sachsenhausen, convirtiéndose en un campo independiente el 1 de mayo de 1941. Al principio, el trabajo se hacía en la gran cantera del campo, propiedad de la empresa de las SS Deutsche Erd- und Steinwerke GmbH. Cuando el complejo creció, muchos presos trabajaron en la construcción de las instalaciones del campo.

Gross-Rosen era conocido por el tratamiento brutal de los presos NN ( Nacht und Nebel), especialmente en la cantera. El trato inhumano de los presos políticos y de los judíos no se debía sólo a los SS y a los presos delincuentes, sino en una medida menor también a alemanes civiles que trabajaban en la cantera. En 1942, el tiempo medio de supervivencia para los prisioneros políticos era menos de dos meses. Debido a un cambio en las políticas, en agosto de 1942 los prisioneros estuvieron más tiempo porque se les necesitaba como trabajadores esclavos en la industria alemana. Por eso, los prisioneros que no podían trabajar y que no morían en cuestión de días eran enviados a Dachau en lo que se llamaban transportes de inválidos.

En el momento de mayor actividad en 1944, el complejo de Gross-Rosen llegó a tener hasta

sesenta subcampos, situados en el este de Alemania y en la Polonia ocupada. En su fase final la población de los campos de Gross-Rosen representó el 11% en el conjunto de los campos nazis en aquel tiempo. Un total de 125.000 personas de varias nacionalidades pasó por el complejo a lo largo de su existencia y de ellos cerca de 40.000 murieron allí o en transportes de evacuación. El campo fue liberado el 14 de febrero de 1945 por el Ejército Rojo.

Un total de más de 500 guardianas femeninas del campo fueron entrenadas en el complejo de Gross-Rosen. Las mujeres SS tuvieron a su cargo los campos de mujeres de Brünnlitz (situado en Checoslovaquia, en la ciudad de Brünnlitz, el lugar donde los judíos salvados por Oskar Schindler estuvieron internados), Graeben, Gruenberg, Gruschwitz Neusalz, Hundsfeld, Kratzau II, Oberalstadt, Reichenbach, y Schlesiersee Schanzenbau.

Silvia no dudó ni un momento y nos dirigió al memorial del museo, situado en la antigua cantina de los SS, hoy en día convertido en una maravillosa exposición permanente. En su interior nos espera Marta, nuestra guía de habla inglesa, ya que solo tienen de este idioma y de polaco. Hacemos la entrega y las fotos pertinentes y con gran amabilidad nos explica la exposición y los entresijos de todo el campo a través de una maqueta grandiosa existente en el interior. Después escribimos una dedicatoria en el libro de firmas en nombre de nuestra asociación y de nosotros mismos.

En la exposición se puede ver además de la maqueta, unas vidrieras preciosas de distintos colores que representan el dolor de los deportados con sus trajes a rayas azules, parte de un gran archivo conservado, así como el funcionamiento cotidiano de las mujeres y hombres internados, los materiales que utilizaban para los trabajos forzados, etc. Finalizado este recorrido nos vamos camino del campo en sí.

A lo lejos se abre un camino largo, hasta que llegas a la portada característica de los campos nazis, donde no falta el letrero de Arbeit Macht Frei, el trabajo os hará libres. Ya empieza a encogerse el corazón. A los lados dos barracones con exposiciones de lo que fue el período nazi y el funcionamiento del campo. A la derecha antes de cruzar el umbral, un enorme monolito que representa la extenuación y el trabajo forzado hasta límites insospechables, seguido de dos vagonetas en unos raíles con piedras de granito. Detrás de este monumento se alza una escalera en donde te abren paso enormes piedras para acabar en la cantera. El camino hacia la cantera es inmenso. Cuando vuelves la mirada, también ves el inmenso campo concentracionario. Vas pasando por unas garitas de control de trabajadores originarias y hay un sistema de escaleras y vagonetas al fondo, hoy en día de exposición ,pero que dan un poco de pánico pensando en lo que tuvo que ser. La cantera emana agua clara todavía y existen unas máquinas para sacarla y drenarla. Alrededor de la cantera se observa perfectamente el camino que utilizaban para llegar en un día de trabajo y para la vuelta al campo, tanto para los presos como para los militares. Eran puertas diferentes, tan diferentes que observas que los presos tienen que subir cuestas y cuestas y los militares salen por la principal que es por la que hemos entrado y es más llana. Recogemos algunas piedras de granito como recuerdo. Solo se escucha el silencio, los pájaros y las explosiones de canteras a lo lejos que te asustan un poco. Alrededor de toda esa zona nos damos cuenta de que predomina la explotación de granito, mármoles, etc. Viven de ello desde tiempos inmemoriales.

De regreso de la cantera observamos las alambradas y los postes donde un día todavía no lejano se tiraban presos del pánico para acabar con sus vidas los deportados. Y cruzamos el umbral. Se abre a lo largo la típica plaza principal o Appellplatz, realizada entera de bloques de piedra de granito. En la trasera de la puerta un gran reloj. Todo está en silencio, un matrimonio con sus dos hijos y unos audios escuchan atenta y sigilosamente, otro grupo también lo visitan, Juan Carlos realizando vídeos y fotos con su móvil, yo, más adelante, cámara en mano, leyendo letreros y entrando a los espacios. La plaza es más estrecha porque el campo está en la ladera de la cantera. A nuestro paso vemos un edificio que eran las cocinas del campo, donde se observan los lavaderos y algunos restos para colgar los utensilios, son muy grandes. A continuación, los blocks o barracones, todos delimitados, aunque derribados, numerados en orden, rellenos de piedras de granito, con sus correspondientes números y perfectamente cuidados, bueno, todo el campo está pulcro y limpio y perfectamente estructurado y detallado. Una vez más recojo piedras para el recuerdo porque son más oscuras.

Continuando el camino, a lo lejos se divisa un espacio lleno de paz y armonía. Tengo que reconocer que no he visto un lugar más bonito y a la vez más tenebroso. Son los crematorios y el memorial con las lápidas. Estas descansan sobre el césped colocadas armoniosamente y arropadas por un árbol como el de la vida, pero seco en su totalidad representando la muerte. Las lágrimas caen por nuestras mejillas y se hace una vez más un silencio sepulcral. El crematorio que queda en pie está perfectamente adecentado y en su espalda, al fondo, se divisa una garita de madera.

Bajamos hacia los barracones que quedan construidos y te encuentras un grandioso monolito

erigido por Polonia en honor a todas las víctimas de todas las nacionalidades que pasaron por el campo. Los barracones están compuestos por las camas, sillas, mesas y literas donde estaban internados, así como los baños, si se puede llamar así, existentes. También hay fotografías y pinturas representativas. La verdad es que salimos maravillados de tan bonita representación. Al lado, en el fondo, se erige una cruz con espinas de los mártires.

Y estamos volviendo a la puerta por la plaza principal donde formaban, seguimos viendo blocs y seguimos en silencio. Cuando cruzo la puerta de vuelta pienso en como un lugar tan precioso pudo ser tan terrorífico en tiempos no tan pasados, a dónde llega la deshumanización del ser humano, cómo existen personas tan locas, y que me ha gustado incluso más que otros campos que he visto, porque en el silencio de la visita, ese silencio me lo ha explicado todo a la perfección.

Hacemos una parada en un enorme salón para refrescarnos del calor y beber algo de las máquinas expendedoras, ir al baño y salir. Entre tanto hay una máquina de hacer monedas pero no llevamos suelto. Juan Carlos se dirige a Silvia para ver cómo podemos pagarlas. Manda a su hijo a sacarnos una moneda y nos la regala. Los polacos son hospitalarios y atentos. Nos despedimos en la puerta de Silvia y le damos las gracias inmensas por todo y continuamos nuestro viaje.



“Vivimos tanto tiempo, mientras uno se acuerda de nosotros” (Stanislaw Zalewski)



Francisca Gálvez Pancorbo

Visita 18/08/2023 

sábado, 9 de septiembre de 2023

Memoria y desmemoria


Dante Gabriel Rossetti, Mnemósine

Hay quien tiene memoria de elefante y quien la tiene de pez, o de grillo; quien la honra públicamente y quien la borra a toda costa; quien la guarda íntegra y quien la pierde a cada paso. Memoria selectiva. Olvido selectivo. A conveniencia. Confianza en que el tiempo diluya los contornos, la realidad de los hechos. En que el pasado, o el presente, se revisione con el sesgo apropiado.

En la Grecia antigua, la palabra mnémes (μνήμησ) nombraba la memoria, personificada ‒ divinizada‒ en la titánide Mnemósine, hija de Gea y de Urano. Cuenta el mito que para celebrar la victoria sobre los Titanes y el nuevo orden universal, los Olímpicos pidieron a Zeus que creara unas divinidades que insuflaran en hombres y mujeres la capacidad de crear belleza y cantar las hazañas de dioses y héroes. Oída la instancia, el omnipotente tuvo la ocurrencia de acostarse durante nueve noches consecutivas con Mnemósine, que acabó dando a luz nueve hermosas muchachas que favorecían el pensamiento, la elocuencia y aplacaban las riñas entre los humanos, a quienes conferían dulzura, capacidad de persuasión, sabiduría sobre el pasado, sobre los números, sobre la música y la astronomía, favoreciendo la creación de dulces melodías, conmovedores cantos líricos y épicos, cautivadoras comedias y tragedias y vistosas danzas.

Mnemósine, encarnación del recuerdo y del lenguaje, era imprescindible para la vida. Tenía la llave de la belleza y del conocimiento. Y la del progreso humano. Fuera de ella todo era caos y repetición que a nada conducían, pues a nada llegan los hombres sin memoria y sin lenguaje, que sus hijas, las musas, fueron favoreciendo en aedos, poetas y filósofos.

La raíz mném- es la base de nuestra mnemotecnia, de nuestros trucos mnemotécnicos o procedimientos para facilitar el recuerdo de algo. Si a ese lexema le añadimos el prefijo privativo a- nos encontraremos con la palabra amnesia, que remite a la pérdida o debilidad notable de la memoria.

Las personas somos memoria. Gracias a ella nuestra vida, nuestro yo, tiene continuidad. Somos tiempo, pero también recuerdo, conciencia de lo más remoto y de lo más inmediato. La memoria nos mantiene en lo que somos, nos proporciona identidad personal, e histórica, social, cultural. El caballito ‒hipocampo‒, protegido en lo más profundo de nuestro cerebro, mantiene las conexiones con nuestro pasado y con nuestro presente, nos hace recordar y aprender.

Sin embargo, también somos capaces de olvidar voluntariamente (o de aparentar que olvidamos), incluso de crear falsos recuerdos y de distorsionar el pasado mezclando detalles, personas o situaciones. Esas fragilidades o desconexiones de la memoria ‒olvido, distorsión, reescritura del pasado, incluso del presente más inmediato mediante el discurso de la postverdad‒ se observan con más frecuencia de lo socialmente sano y deseable en el ámbito de la política. Oímos un ejemplo hace unos días: «Yo no soy un rival político e ideológico de Junts», proclamó sin sonrojo quien ayer despreciaba como delincuente prófugo de la justicia al que acusaba de querer romper España. He ahí un caso claro de desmemoria. También de cinismo.

Paradójicamente, la memoria ha sido un bien tan preciado como perseguido. En unos casos es seña de identidad histórica, en otros obsesión por reabrir heridas. Según la coyuntura histórica, e ideológica, recordar resulta incómodo, peligroso, incluso delito, y se ha primado la desmemoria, el olvido de los hechos. Nuestro país es paradigma de esa doble y contradictoria actitud ante la guerra civil y la ley de memoria democrática, ante la violencia de género y los derechos LGTBQI+, ante la sanidad y la educación, ante el cambio climático, según nos situemos en la derecha o en la izquierda.

Estos días, la clase política y la ciudadanía toman posiciones ‒en la memoria y en la desmemoria‒ a propósito de la condición que el exiliat de Waterloo exige a cambio de siete votos. No hablo de la desproporcionalidad entre la demanda y la oferta, de traición, ni de ruptura de España. Ni siquiera del desequilibrio que supone que la parte contratante lo olvide todo y la parte contratada no olvide nada y siga en sus trece respecto a la DUI y demás. Lo que me interesa ahora es el tema de la amnesia. Del olvido. Y de la etimología: amnesia, amnistía. Sí. Hermanas. De la misma madre.

A ver qué hacemos con ellas.


miércoles, 19 de julio de 2023

Lo español


Normalmente, somos los lectores quienes buscamos, en la librería o en la biblioteca, tal libro que nos interesa, pero también ocurre a veces que es el libro el que nos busca a nosotros en día y ocasión inesperada, con la consiguiente sorpresa y alegría por nuestra parte.

Si uno se interesa por Hemingway y el hotel Florida de Madrid, donde se alojó durante la guerra civil como corresponsal para la North American Newspaper Alliance, se encuentra inevitablemente con otro escritor norteamericano, John Dos Passos, el autor de Manhattan Transfer. Los dos escritores llegaron a Madrid en 1937 como amigos y salieron de ella enemistados, tras el arresto y desaparición de José Robles, amigo y traductor de Dos Passos, un turbio asunto en el que estaban implicados agentes comunistas republicanos y el corresponsal ruso del diario Pravda, Mijail Koltsov.

Antes de 1937, Dos Passos había viajado ya en tres ocasiones por nuestro país y conocía buena parte de nuestra literatura: el cantar del Cid, Hita, Jorge Manrique, Cervantes, Lope de Vega, Francisco Giner de los Ríos, Benavente, Antonio Machado, Joan Maragall, Valle-Inclán. En 1922 publicó Rocinante vuelve al camino ‒el libro que me encontró hace unas semanas en una librería de segunda mano en Madrid‒, un particular libro de viajes sobre España, que volvió a editarse, corregido y renovado, en 1949.

Con elementos novelescos, como unos modernos Don Quijote y Sancho, o los viajeros Telémaco y Lieo, el relato de Dos Passos se convierte desde el comienzo en una búsqueda de la identidad hispánica, en una indagación sobre el gesto que defina lo español, la verdadera esencia de nuestro ser como nación. No faltan escenas pintorescas y tipos característicos de la España de los años 20, descripciones de paisajes rurales y urbanos, acertados juicios sobre los personajes cervantinos, sobre las pinturas de El Greco, las novelas de Baroja o las de Blasco Ibáñez, pero el mayor esfuerzo se vuelca en un intento de caracterización psicológica de los españoles, que entronca con la famosa polémica entre Américo Castro y Claudio Sánchez Albornoz: qué es España y desde cuándo lo es, qué es lo español. La postura de Dos Passos coincide con la de éste último, al considerar que ya en los remotos pobladores iberos existía un rasgo de carácter ‒el individualismo‒ que las posteriores colonizaciones e invasiones de la península ‒fenicios, griegos, romanos, godos, árabes...‒ no lograron domeñar ni modificar:


«Aquí yace la fuerza y la debilidad de España. Este intenso individualismo nacido de una historia cuyos cimientos descansan en pueblos aislados ‒sobre la inmutable faz de los cuales, como la hierba sobre el campo, los hechos brotan, maduran y mueren‒ es la verdadera base de la vida española. No ha habido revolución bastante fuerte para derrumbarlo. Invasión tras invasión: los godos, los romanos, los moros, las ideas cristianas, las novedades y convicciones del Renacimiento han barrido el país, cambiando costumbres superficiales y modas de pensamiento o de lenguaje, sólo para ser metamorfoseadas de acuerdo con el inmutable espíritu ibérico» (p. 44).


Dos Passos es consciente de que uno de los problemas políticos del país radica en la existencia de comunidades históricas, cuatro de ellas con sus propias lenguas, que no están dispuestas a dejarse asimilar en una supranacionalidad indiferenciadora. A la diversidad física ‒«la inmensa variedad de topografías en las diferentes partes de España»‒ corresponde la diversidad espiritual, caracterizada por una fuerte resistencia a perderse frente al empeño centralizador. El individualismo es la madre del independentismo, de la consideración de España como nación de naciones con un irrenunciable sentido identitario, que no se ha tenido en cuenta a la hora de articular el Estado: «la historia de España ha sido un continuo esfuerzo para encajar un taco cuadrado en un agujero redondo… el persistente esfuerzo de centralizar en pensamiento, en arte, en gobierno, en religión, un país cuya energía va por otro camino» (50). Para Dos Passos, esta falta de reconocimiento de los particularismos hace imposible la noción misma de nación, de país, a pesar de los intentos liberales y revolucionarios del siglo XIX: «[España] como nación moderna centralizada, es una ilusión, una desdichada ilusión; porque la presente atrofia, la desoladora esterilidad de un siglo de revoluciones pudieran muy bien ser debidas en gran parte a la imposición artificial de un gobierno centralizado en una tierra esencialmente centrífuga» (46).

Lo español es producto siempre de ese individualismo que nos legaron los iberos, individualismo extático, como el de Ignacio de Loyola, Felipe II, San Juan de la Cruz, o individualismo jovial y materialista, como de del Arcipreste de Hita o Don Juan Tenorio, dos caracteres complementarios que históricamente han ido «cambiando, combinándose, ramificándose, pero siempre los mismos en substancia» (45).

Ese continuo intento de centralizar, que no casa con el individualismo español ni con su poderosa vitalidad y creatividad, ese conducir al pueblo por un camino equivocado, es un sacrificio inútil, decepcionante, como explica Dos Passos cuando analiza las novelas sociales de Pío Baroja y las pone en relación con las de Máximo Gorki: «En lugar de la tumultuosa primavera de una nueva raza que bulle tras cada página del ruso, hay la fría desesperación de una raza vieja, de una raza que ha vivido largo tiempo bajo una fórmula de la vida a la cual ha sacrificado mucho, sólo para descubrir al final que la fórmula no sirve» (73).

Estemos o no de acuerdo con la visión de John Dos Passos, su Rocinante vuelve al camino, es un buen retrato de la España de comienzos de los años 20 del siglo pasado, y nos plantea cuestiones en los mismos términos que hoy: ¿Es el feroz individualismo la esencia de lo español? ¿Sentimos vivamente la llamada de nuestra sangre ibera o vamos aprendiendo a tolerar, a dialogar, a acoger? 

*

John Dos Passos, Rocinante vuelve al camino. Alfaguara, Madrid, 2002.

lunes, 10 de julio de 2023

Un mundo como un árbol desgajado

 Hace unas semanas compré en El Rastro Ángel fieramente humano y Redoble de conciencia, los dos primeros libros de Blas de Otero, en la edición de Losada, impresa en Buenos Aires en 1960. Conocía bien esas obras del poeta bilbaíno, que había leído también en un solo volumen de la misma editorial, publicado en 1973, cuando comencé mis estudios universitarios. Creí que conservaba todavía ese ejemplar, pero no, debió de desaparecer en un expurgo. Los libros de Losada ‒precios baratos, papel barato, encuadernación barata‒ eran frágiles y exigían suma delicadeza en el trato. Supongo que del mucho manejo el libro acabó perdiendo lustre y mutilado, razón por la que debió ser sometido a sumarísimo escrutinio y condenado a la pulpa, en espera de encontrar una edición de mayor calidad. He dicho baratos, pero no lo resultaban tanto para un estudiante de raquítico presupuesto, por lo que buscaba siempre la oportunidad de sacar algún dinero y comprar libros o discos: lo que me daban en casa como aguinaldo o por mi cumpleaños, repartir guías telefónicas, instalar en el vecindario antenas para la televisión en color, trabajar como aprendiz de mancebo en la farmacia del barrio, cultivar, con mi padre, espárragos y venderlos en La Corredera, o nardos y gladiolos para una floristería...

Lo primero que se me viene cuando oigo o leo el nombre del poeta Blas de Otero es la palabra troje ‒«estas manos que son trojes // del hambre»‒, que hube de buscar en el diccionario, junto a llambria, galayos y cantil; también el poema dedicado a su institutriz francesa ‒mademoiselle Isabelle‒ y versos sueltos: «Humanamente hablando es un suplicio // ser hombre y soportarlo hasta las heces»; «alzo la mano, y tú me la cercenas»… El Blas de Otero que primero conocí era el existencialista, el hombre que mantenía unos diálogos estremecedores con Dios, a quien reprochaba su indiferencia y su silencio ante el dolor humano en un tono coloquial, pero apasionado, sincero y desgarrado, como no había leído hasta entonces:


Luchando cuerpo a cuerpo, con la muerte,

al borde del abismo, estoy clamando
a Dios. Y su silencio, retumbando,
ahoga mi voz en el vacío inerte.

 

Aquello sí era en verdad hablar con Dios, dejarle las cosas claras a un ser lejano y terrible, como el Dios del Antiguo Testamento, rebelarse contra su poder insolidario:



Oh, cállate, Señor, calla tu boca
cerrada, no me digas tu palabra
de silencio…


Aunque tras la ruptura solo quedara el abismo, la soledad más dramática: «Para abismo, con el mío tengo bastante». Sí, quedaba muy claro que el poeta rechazaba y abandonaba un soporte trascendente que no lo libraba de su soledad ni de su dolor, de saberse un ser temporal abocado a la desaparición, que sólo podía contar con su propia existencia, y con su libertad, para irse construyendo, y nada más. El amor, en todo caso, podía librarlo temporalmente de ese agujero negro del vivir.

Sorprendía también la dedicatoria de Ángel fieramente humano, tomada del prefacio a Cantos de vida y esperanza, del exquisito Rubén Darío ‒«Yo no soy un poeta ‘de mayorías’; pero sé que, indefectiblemente, tengo que ir a ellas»‒, con una ligera variación, pues el nicaragüense había escrito “muchedumbres” en lugar de “mayorías”. La vocación colectiva de los versos de Otero quedaba clara desde el principio, y entraba en conflicto ético y estético con la dedicatoria que Juan Ramón Jiménez había escrito al frente de Poesía y de Belleza: “A la inmensa minoría, siempre”. El poeta aspiraba a la comunicación con el otro, rompía la barrera exclusiva del yo para instalarse en el territorio compartido del tú, de los otros, del nosotros, de manera que esa crisis existencial del individuo que aflora en sus dos primeros libros, refleja también el sentimiento de devastación de buena parte de la sociedad española, que acaba de dejar atrás una atroz guerra civil, luego una guerra mundial, y vive en un mundo física y espiritualmente en ruinas, en una atmósfera opresiva, donde conviven el dolor, la angustia, la soledad. Corrobora esa tendencia colectiva, ese querer hacerse voz de los otros, el poema que abre Redoble de conciencia:


Es a la inmensa mayoría, fronda
de turbias frentes y sufrientes pechos,
a los que luchan contra Dios, deshechos
de un solo golpe en su tiniebla honda.

A ti, y a ti, y a ti, tapia redonda
de un sol con sed, famélicos barbechos,
a todos, oh sí, a todos van, derechos,
estos poemas hechos carne y ronda.
 

Cuatro años después, en Pido la paz y la palabra (1955), Blas de Otero escribe otro poema con ese título, «A la inmensa mayoría», situado ya abiertamente en el ámbito de la poesía social:


Aquí tenéis, en canto y alma, al hombre

aquel que amó, vivió, murió por dentro
y un buen día bajó a la calle: entonces
comprendió: y rompió todos su versos.

Cuando se me apareció el libro en el tenderete del Rastro recordé también un mitin en la plaza de toros de Córdoba durante la campaña de las primeras elecciones generales tras la muerte del dictador, en el 77. Blas de Otero, Gabriel Celaya y Rafael Alberti eran entonces la gran triada de la poesía social. Mi preferido, con diferencia, Blas de Otero. En el mitin de que hablo logré pasar sin dificultad al lateral del escenario donde estaban las personas que iban a intervenir. En un grupito de tres o cuatro distinguí a Blas de Otero. Por pudor, no me atreví a darle la mano y saludarlo, a decirle que sabía poemas suyos de memoria y que Ángel fieramente humano y Redoble de conciencia me habían entusiasmado. Para esas fechas transicionales, había leído, prestados por amigos o sacados de la biblioteca, sus libros más sociales: Pido la paz y la palabra, Que trata de España y En castellano: poesía humanamente comprometida que incorporaba lo mejor de nuestra tradición literaria: San Juan de la Cruz, fray Luis de León, Antonio Machado, Góngora y Quevedo, Larra, los viejos romances…

El dramatismo con que Blas de Otero enfrentó su crisis religiosa sobrecogía por su sinceridad, por su visceralidad, por la violencia de algunos versos ‒Abro los ojos: me los sajas vivos‒, pero contrastaba con mi actitud: a esas alturas, cumplidos los 21 años, yo simplemente había olvidado a Dios, me había desentendido. Salvo al comienzo de la adolescencia, cuando uno se pregunta y surgen dudas, temores, angustias, mi ruptura con la religión fue pacífica, sin trauma: no creía. Dios no era una instancia presente en mi vida.

Donde sí coincidía, como tantos jóvenes, con el poeta era en el entusiasmo y en la esperanza colectiva que había florecido a la muerte de Franco, en el deseo común de libertad, de elecciones libres y democracia progresista. Si mi “vida religiosa” estaba ya finiquitada, mi experiencia política estaba en sus inicios: las primeras elecciones libres desde 1936, y yo podía votar en ellas. Una ocasión histórica para el país. También para mí. Lo mismo que aquel mitin en la plaza de toros de Córdoba en la primavera del 77. En aquellos años finales de la dictadura y primeros de la transición muchos universitarios pensaban como yo, o yo pensaba como muchos universitarios. Respondíamos de cierta manera a un cliché: tocaba estar contra Franco, ser de izquierdas, ir a los mítines y fiestas del PC… Y leer a Blas de Otero.

Estos días lo he hecho en el ejemplar que encontré en El Rastro ‒papel amarillento, seco, quebradizo‒, propiedad de una desconocida Julia Bamio, que lo compró en Madrid en 1966, según la anotación hecha con lápiz rojo en la primera página. Me encantan estos encuentros de libros, son la alegría del lector, que los echa de menos cuando desaparecen de su biblioteca. Vuelven las mismas emociones, pero más enriquecidas por los casi cincuenta años desde que uno leyó por primera vez los versos desgarrados, sinceros y comprometidos de Blas de Otero.



 

jueves, 29 de junio de 2023

Más claro que el agua


En marzo de 1967, cuando llegué por primera vez a Pozoblanco, enseguida me llamó la atención ver a la gente - mujeres, niños y niñas, hombres, adolescentes- con unos carritos donde cabían dos, cuatro y hasta seis cántaros de agua potable de la que se abastecían en los llamados tubos. Nunca había visto esos transportes. En la ciudad, en Córdoba, la mayoría de las casas tenían la instalación de agua, y por supuesto todos los pisos nuevos. Quizá quedaran algunas casas sin agua corriente, pero no en el Campo de la Verdad, en la barriada Fray Albino. En el piso de mis abuelos en el número 9 de la calle Altillo había visto, y usado, por primera vez una ducha con agua fría y caliente, cuando tenía 8 años. Antes, en la aldea del Esparragal, habíamos vivido en una casa sin grifos. El agua se cogía de los pozos particulares y sobre todo de una fuente pública en cuyo pilón abrevaban las bestias por la mañana temprano y cuando regresaban al caer la tarde. Las mujeres tenían un arte especial para llevar un cántaro en la cabeza o dos acoplados a las caderas. Nunca vi allí uno de esos carros que descubrí en Pozoblanco, quizá porque en Esparragal la fuente estaba al final de una cuesta abajo y las calles estaban empedradas, lo que dificultaría la tracción humana.

Supongo que en 1967, en Pozoblanco había muchas casas sin instalación del agua, y por eso el trajín de cántaros a los tubos. Aunque quizá se debiera a la escasez, a una sequía como las que hemos conocido luego, como la que nos ha vuelto a racionar el agua desde hace unos meses. En los pueblos de Los Pedroches hace ya semanas que el vecindario forma colas ante cisternas enviadas por la empresa provincial de aguas para suministrar agua potable. Las garrafas de plástico han sustituido a los cántaros, que desaparecieron hace años de las casas, y en lugar de carrillos usamos los coches para transportarlas.

56 años separan los cántaros de las garrafas y el problema del abastecimiento de agua en Los Pedroches no se ha solucionado. Cualquiera que viva aquí una temporada sabe que la primavera es hermosa e intensa, pero breve; y que si la otoñada viene escasa, peligran los cultivos y la hierba para el ganado (lo mismo ocurre con las las lluvias primaverales); sabe que esta tierra tiene poco suelo sobre el gran batolito granítico, que de los arroyos solo queda el nombre, y que los escasos ríos comarcanos sufren un durísimo estiaje. En fin, que no vivimos en la España verde y que el agua es un bien escaso.

Escaso y criminalmente -de forma indebida y reprensible- gestionado. Demasiados años de incuria de las autoridades (locales, comarcales, provinciales, regionales y nacionales). Demasiados años de hacer la vista gorda y desentenderse de un problema vital para la población, a la que se considera de cuarta o quinta división, pues juega en la liga comarcal. Demasiados años de encarar las sequías como una maldición bíblica ante la que no valen buenas infraestructuras, previsión y gestión racional, sino, como se ha visto en más de una ocasión, procesiones y rogativas en iglesias.

Dentro de un rato tendré que hacer cola ante la cisterna para llevar a casa cuatro o cinco garrafas de agua.

No sé cómo no se les cae la cara de vergüenza. Cómo nos piden nuestro voto después de años sin ponerse de acuerdo ni resolver el problema.

Y sobre todo, cómo se lo damos. 
Cómo nos da igual el agua que bebamos.

jueves, 22 de junio de 2023

Jugar / Vivir

Estaba leyendo unos poemas de Salvatore Quasimodo y me encontré el nombre de un juego infantil que ni los diccionarios en línea, ni el “avanzado” en papel que tengo a mano, eran capaces de traducir y explicar: el juego siciliano de la lippa. Pero enseguida salí a navegar y topé con mi infancia.

Siempre había llamado píngola a ese juego ‒no recuerdo de quién me vino el nombre, que no recoge el diccionario académico, como tampoco el de pingané‒, que aprendí con seis o siete años. Un palo ‒de olivo eran aquellos que usábamos en Esparragal‒ de poco más de medio metro y el grosor de cerrar el dedo índice con el pulgar; otro, también de olivo, de cuarta y media ‒con las manos de un niño‒, acabado en punta por los dos extremos: la tala.

Comenzaba el juego colocando los extremos de la tala sobre dos piedras, de manera que dejaran suficiente espacio debajo para meter el palo bateador, lanzar con suavidad la tala al aire y golpearla fuertemente. La distancia se medía con el bate, desde el lugar de lanzamiento hasta donde había caído la tala. No se contaban en metros, sino en varas, por así decir. Tras la salida el juego se ramificaba en diversas variantes.

De los muchos juegos de calle en mi niñez, este fue siempre mi preferido. Qué maravilloso placer ver la tala volando en elipse por los aires. Darle atinada y suavemente en uno de sus extremos en punta, que se elevara girando sobre sí misma, y golpearla hasta más allá, para acrecentar la distancia con tus oponentes. Oh, mañanas de tala. Oh, ratos felices de juego y pasión infantil.

No echo de menos aquellos juegos, aunque agradezco haberlos jugado. Si mis hijos, mis sobrinos o mis nietas siguieran jugando a la tala sí que me preocuparía, porque seguiríamos estancados en 1962. O más atrás aún, en la primera década del siglo XX, a la que remite el poema de Quasimodo.

Vivir es aprender a dejar atrás, a echar un pie detrás de otro, como la niña que recién ha aprendido a andar y mide el mundo por los pasos adelante que da por sí misma, y ya nunca vuelve a andar a gatas.

La infancia como paraíso perdido, como universo feliz de la luz y la inocencia, como auténtica y única patria, vale como motivo lírico, como asunto para una meditación elegíaca sobre el ser y la carrera del tiempo, incluso para darle ambiente realista a una novela, pero pretender que las niñas y los niños de hoy jueguen a los juegos de sus mayores es cosa de anquilosamiento mental: ¿El trompo? ¿La taba? ¿La píngola? ¿La goma? ¿Salto a piola? ¿Los alfileres? ¿Sevilla eléctrica? ¿Las casitas? ¿Carabineros? ¿Rayuela? ¿Los toreros? ¿La comba? ¿Chorizo, contri más largo más liiiso? ¿Hacer presas después de un chaparrón? ¿Al pincho? ¿A los toreros? ¿Al látigo? ¿Al corro? ¿El anillo? ¿El abejorro? ¿El escondite? ¿Balón prisionero? ¿El peloteo? ¿Tula? ¿El pañuelito? ¿El aro? ¿Los sansones?

Esos juegos son ahora piezas de museo antropológico. Se sacan a la luz en ocasiones especiales ‒en las fiestas de los pueblos, en las vacaciones de verano‒, pero habitualmente no se ve a los niños jugarlos en las calles, en los descampados o en los patios de las escuelas. Especies extinguidas, recuerdos tan solo, patrimonio común, memoria de tiempos irrepetibles.

Hacerse mayores es ir dejando esos juegos sin perder la sana pasión por jugar a vivir, que no es precisamente un juego de niños. Los juegos nos transmitían valores y actitudes que luego aplicábamos a nuestra vida, como jugar limpio, no jugársela a nadie, no llevar un doble juego, ni recurrir a los de manos o de compadres. Procurar, en fin, dar juego siempre.


miércoles, 14 de junio de 2023

Elogio de los diccionarios

 Hace unos días, al caer la tarde, andábamos los amigos por un camino de los alrededores del pueblo y señalé unos bolos de granito a la sombra de unos chaparros: se me vino a la boca, a la lengua, la palabra ñosclos. No la utilizo a menudo, ni la había oído antes de asentarme en estas tierras, pero entiendo perfectamente el nombre dado a esas piedras grandes, imposibles para un hombre, redondeadas por el viento y por las lluvias, por los fríos y las calores, por el canto de las tórtolas y por el silencio observante de los búhos.

Al llegar a casa comencé la indagación etimológica. No aparece ñosclo en el DRAE ni en ningún diccionario académico, y se extraña uno, tratándose de palabra tan especial en lo fonético -nuestra genuina eñe, dos oes, y un grupo consonántico no muy abundante en nuestra lengua- y tan onomatopéyicamente descriptiva. Algo a lo que se le diga ñosclo no puede ser pequeño, para eso están las íes diminutivas, las elles de perrillo, casilla, arbolillo y las tes de chiquitito, pero a nada diminuto le cuadra la orondez, la pesadez, del ñosclo. Si se me cae encima un ñosclo, no lo cuento, pero si se trata de una chinilla o de una piedrecita en el zapato, con descalzarme y sacudirlo enérgicamente se acaba el problema. ¿Se imaginan andar con un ñosclo a hombros, como el desdichado Sísifo? Ñosclo genera una imagen hiperbólica, quevedesca, un hombre a un ñosclo pegado, o gongorina, como el cíclope, descomunal.

Sólo en algunos diccionarios amateurs del habla malagueña he encontrado los ñosclos, que coinciden en el concepto piedra, pero no en el tamaño, pues se registran usos del tipo "Le dio un ñosclaso", equivalente a una vulgar y violenta pedrada, junto con la designación de un gran pedrusco, un peñasco, una peña. El ñosclo torrecampeño y malacitano resulta una palabra de etimología desconocida, resultado quizá de la creación popular, producto de un idiolecto, es decir, de un hablante, que tuvo fortuna y pasó a su comunidad lingüística más cercana, aunque es difícil explicar la aparición del término en  dos lugares bien apartados geográfica y lingüísticamente. Entre los diccionarios locales, solamente he encontrado la cercana ñoscla, sustantivo definido por Francisco Muñoz en su Vocabulario gachero (2004) como un excremento o plasta, no sé si de vaca o de caballería, porque no concreta el autor.

Tras comprobar que doña María Moliner tampoco había recogido tal palabra, quedaba la posibilidad de que figurara en el diccionario del señor Alemany. Salvado de desaparecer en un contenedor madrileño, hace unos años llegó a mis manos un ejemplar del Nuevo Diccionario de la Lengua Española, a cargo de D. José Alemany y Balufer, de la Academia Española, y catedrático, por oposición, de Lengua Griega en la Universidad Central, publicado por la Editorial Ramón Sopena en Barcelona en 1941. No sé qué mares surcó ni cuantos navíos abordó, pero semejaba un viejo bucanero de 82 años con el rostro cruzado por un chirlo en la mejilla izquierda, los andares renqueantes de la edad y la artrosis, la vista cansada y dos dedos perdidos en la mano derecha, quiero decir que el libro ha perdido toda lozanía: las páginas del principio y del final están descosidas, sueltas y arrugadas algunas de ellas, con el papel un tanto áspero al tacto, pero con flexibilidad, y deshaciéndose literalmente por el borde de las hojas, que, según se pasan adelante o atrás, van desprendiendo trocitos de papel sobre la mesa. Tampoco aparecía ñosclo en este diccionario, por lo que desistí y me entretuve un rato con el señor Alemany, con las páginas 634 y 635 abiertas al azar.




        Lo que llama la atención de este diccionario, además del aspecto -un pequeño mamotreto de 1.270 páginas-, son las innúmeras anotaciones a lápiz, algunas a tinta, siempre en mayúsculas, que aparecen en todas y cada una de sus páginas. Es admirable el trabajo concienzudo de quien hizo todas estas inscripciones, es un riguroso trabajo lexicográfico que apunta como sinónimo de frívolo la palabra baladí, y futesa como equivalente de fruslería; o que hace una llamada junto al lema frontil (1) -pieza acolchada que se pone a los bueyes entre su frente y la coyunda- para incluir las palabras melena y melenera, que vienen a designar lo mismo, esa almohadilla o piel que se ponía a los bueyes en la frente para que no les rozara la cuerda o correa con que se les sujetaba al yugo.

En ocasiones, el anónimo lexicógrafo (dispénseme aquí el lector o lectora que recurra al masculino como término inclusivo, para no caer en el molesto y excusable lexicógrafo / lexicógrafa, etc., pues esta labor palabrera de que hablo pudo ser perfectamente obra de mujer, y a doña María Moliner remito), recurre al término culto, olvidado y en desuso como ludir, equivalente a frotar.

Hay lugar también para la sorpresa semántica que nos aguarda en la palabra fruta, junto a la que, dibujando una curva, la mano ha trazado la palabra teniente, cuya segunda acepción designa a la fruta no madura; y para el encuentro de palabras ni vistas ni oídas, como nugatorio o frustráneo, que es algo que no produce el efecto apetecido o, en otras palabras, que burla la esperanza concebida o el juicio que se tenía por hecho. Esa misma novedad nos viene también con las palabra tarina en la entrada dedicada a fuente, o los adjetivos toroso y adiano referidos a una persona fuerte, robusta y vigorosa, aunque el DRAE define la segunda, ya en desuso, como algo excelente y de gran valía.

Se queda uno pensativo mirando esas palabras, arcaísmos muchas de ellas, que seguramente no usará nunca, y que a lo mejor se encuentra en un artículo de Azorín, en un poema de Unamuno, o en alguna novela de Galdós. Anotadas con meticulosa perseverancia, bien por trabajo -¿obra de un académico? ¿del propio señor Alemany y Bolufer?-, bien por puro y puntilloso afán lexicográfico, estas anotaciones manuscritas hablan de muchas horas de trabajo para establecer relaciones y correspondencias significativas entre las palabras, revelan la labor rigurosa que hay detrás de un diccionario, reflejan también una pasión maravillosa por la lengua, por la precisión del vocabulario, por la riqueza léxica del español. 

      Un diccionario no es obra solo para estudiantes y escritores, lo es para cualquier hablante. Cuanto más acudamos al diccionario, más rico y preciso será nuestro decir, mejor sabremos expresar nuestra interioridad, más fácil nos resultará la comunicación con los demás.

    El diccionario es mucho más que un catálogo de palabras, en él reposa toda la literatura, toda la ciencia, todo el saber y el sentir de la lengua. Es el alma de esa lengua, lo que crea identidad personal y colectiva.