martes, 26 de febrero de 2019

Biografía de las palabras


Las lenguas naturales no nacen con un diccionario bajo el brazo. Necesitan siglos para disponer de un corpus léxico reconocible y estable: el idioma español no nació en 1611 con el Tesoro de la lengua castellana, o española, de Sebastián de Covarrubias, ni siquiera en el siglo XI, con las glosas silenses y emilianenses, aquellas chuletas en que unos estudiantes de clerecía apuntaron la correspondencia de algunas palabras y expresiones latinas en su lengua materna oral —“una prosa en román paladino / en el qual suele el pueblo fablar a su veçino”, como aclara Gonzalo de Berceo en su Vida de Santo Domingo—, que venía de siglos atrás y que no era ya latín ni castellano aún.
             Las palabras, como las personas, tienen biografía. Más larga o más corta, más discreta o más pública, más humilde o más ostentosa.
Las palabras, como las personas, nacen, viven y desaparecen. Se crean cuando son necesarias, cuando el arte, la historia, la ciencia, la ley, la filosofía o la vida cotidiana han de nombrar algo nuevo —una técnica, una ideología, un hecho, una conducta, una idea, una herramienta—, y dejan de usarse cuando no lo son.
Igual que nos ocurre con las personas, mientras vivimos vamos viendo nacer y morir palabras. En la lengua también existe esa ley de vida.
            Por nuestra finitud, no vemos grandes cambios en el sistema, como el reajuste consonántico, por ejemplo, que comenzó en el siglo XIV con seis sonidos sibilantes y culminó en el XVII con la reducción a tres, pero sí asistimos a la creación e incorporación de nuevas palabras (neologismos) al diccionario —escanear, sororidad, emoticón, postureo, buenismo…— y al desuso progresivo y olvido generalizado de otras, convertidas en arcaísmos: ¿a quién le oímos hoy la palabra fetén, que yo usé a diario durante años, cada vez que mi padre me mandaba al quiosco o al estanco a por un paquete de tabaco?, ¿qué niño o niña dice que su madre o su padre le ha comprado un niqui o le ha hecho un saquito?, ¿a cuántas mujeres vemos hoy en nuestro país con un cántaro en la cabeza y un rodete?, ¿guardamos el pan en la talega?, ¿siguen las casas teniendo una alacena?, ¿un aljibe?, ¿seguimos usando un cobertor?, ¿el quinqué, o acaso el carburo? Todas estas palabras usuales en mi infancia son hoy arcaísmos. Cumplieron su función durante un tiempo y luego pasaron a mejor vida, o fueron sustituidas por otras que a la mayoría de hablantes parecieron más modernas, o más adecuadas, o más prestigiadas: genial —con qué vacua liberalidad se emplea hoy este término— jersey, que le ganó al pull over, depósito, edredón. Ley de vida.
Hace más de veinte años, un conocido de mi cuñado M., me hizo llegar la reproducción a escala de un carro, y un papel donde figuraban las partes del mismo y sus funciones. Con el tiempo y las mudanzas, el carro acabó desestructurándose y perdiéndose el papel, y la verdad es que no entoné un treno: ni la reproducción era una obra de arte, ni me pareció que debiera conservar aquel papel donde figuraban palabras que no iba a volver a oír en mi vida. Ya se encargarían los diccionarios y las enciclopedias de conservarlas, definirlas e ilustrarlas. Ocupar la memoria con palabras como pértigo, varal, tentemozo, pina, masa o bocín me parecía esfuerzo innecesario, pues estaba convencido de que nunca las iba a necesitar. Y si alguna vez ocurriera, siempre podría acudir a obras de arqueología lingüística. A pesar de lo que cantaba Manolo Escobar, no sentí la pérdida de mi carro ni la del papel adjunto.

jueves, 21 de febrero de 2019

Palabra viva


Somos actos, pero sobre todo lenguaje: pensamos con palabras, recordamos con palabras, expresamos sentimientos y emociones con palabras. Seres lingüísticos. Palabra viva.

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Conforme vivimos vamos añadiéndole nuestra experiencia —nuestras connotaciones—, nuestra biografía a las palabras: nuestros pesares y nuestras satisfacciones, nuestras expectativas y nuestras frustraciones, nuestros odios y nuestras filias, nuestras firmezas, nuestras contradicciones. Sin las palabras no seríamos quienes somos. En dos palabras: somos texto.


Las palabras no son las mismas después de pasar por nosotros.

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Somos pura connotación. Quizá por eso no nos ponemos de acuerdo ante las grandes palabras —los grandes hechos— de la existencia: vida, muerte, amor, libertad, justicia, belleza, educación, riqueza.

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lunes, 4 de febrero de 2019

1972 - 2019




“Entré en una avalancha // que cubrió mi alma”, así comenzaba la primera canción de aquel disco. Recuerdo el entusiasmo con que me habló de él una compañera a la entrada del instituto Averroes, mientras esperábamos para las clases de la tarde.
—Estuvo en la isla de Wight en el verano del 70. Leonard Cohen, tío. Tienes que escucharlo.
            Me quedé con el nombre y me prometí buscar alguno de sus discos.
            Vivíamos entonces mi hermana Ángela y yo solos en la calle Altillo del Campo de la Verdad. Corría el año 1972. Ángela estudiaba Magisterio en la Normal y yo el sexto curso de bachillerato. Las dos más pequeñas seguían con mis padres en el cuartel de Pozoblanco, a donde íbamos casi todos los fines de semana.
            Tenía 16 años y acababa de pasar dos cursos traumáticos: unos días antes de comenzar cuarto en el instituto Séneca, donde había estudiado el curso anterior, me comunicaron que por sorteo me habían asignado a la Sección Delegada, un edificio anexo al instituto Góngora, en Las Tendillas; lloré y maldije mi mala suerte porque eso significaba separarme de mis amigos de los pabellones, que seguían en el Séneca.  Nuestra clase en la Sección Delegada era un laboratorio con mesas negras corridas, de manera que no se podía circular entre ellas; aquel año sufrí como nunca a tres profesores nefastos que me amargaron la existencia: uno de ellos era el señor Pinilla, de Matemáticas, mal profesor, y hasta mala persona me parecía: explicaba solamente para dos alumnos aventajados que se sentaban en las primeras bancadas, a los demás nos humillaba, nos atemorizaba y nos despreciaba con una sonrisa diabólica y los ojos escondidos tras los cristales ahumados de sus gafas;   también nos lanzaba improperios —cafres, sucios, ignorantes— la profesora de Física y Química, a quien los veteranos llamaban La Muerte, una mujer sin interés por enseñar aquellas dos disciplinas. A pesar de que estábamos en un laboratorio nunca hicimos un experimento; a la señora le bastaba con que reprodujéramos como loros el libro de texto. El tercero en discordia era un falangista, don Víctor Erice Gárriz. Al pasar lista el primer día y fijarse en mi segundo apellido me preguntó si conocía a JZ, un primo de mi madre, y me amenazó con suspenderme la asignatura si sacaba menos de un diez en los exámenes, así que aquel año tuve que estudiar más Formación del Espíritu Nacional que ninguno de la clase, y aprender todo lo que el manual, carísimo, de la editorial Doncel, explicaba sobre el Fuero de los Españoles, las Leyes Fundamentales del Movimiento, la Democracia Orgánica y los Sindicatos Verticales, y llevar un primoroso cuaderno de la asignatura, lleno de banderas nacionales y retratos del Generalísimo.
            Con el señor Pinilla y con la señora de Física y Química, mi preparación científica fue nula, por lo que suspendí la reválida en junio y en septiembre.
Y así comenzó mi segundo calvario escolar, pues tuve que matricularme por libre en la Academia Lope de Vega, en la calle Maese Luis. La ley exigía haber superado los tres grupos de la reválida para matricularse como alumno oficial en 5º curso. El ambiente de la academia no era precisamente motivador, allí nos juntábamos malos estudiantes, estudiantes con lagunas, como yo, muchachos sin interés por los estudios, y rebeldes sin causa, que faltaban a clase, se quedaban fumando en los soportales de la Corredera y en los patios de San Francisco,  y se aventuraban en ciertas casas de la calle de la Feria y Cardenal González. Lo único bueno de aquel año fue mi descubrimiento del griego con don José Villatoro, las primeras lecturas en la crestomatía de fragmentos del viaje de Ulises.
            El Averroes era el séptimo lugar por el que pasaba desde que comencé el bachillerato, no porque fuera mal estudiante y me expulsaran de todos los sitios, sino por los continuos cambios de destino de mi padre. Después de aquellos dos amargos años vividos como una condena, prácticamente solo, relacionándome muy superficialmente con mis compañeros, convencido de que una instancia desconocida jugaba conmigo y me apartaba de mis amigos, esperaba no moverme más.
            Hasta ese momento era un muchacho de natural retraído, infeliz e indocumentado, inseguro, falto de espontaneidad, con demasiado sentido del ridículo, que no había salido aún del cascarón familiar. En aquellos dos años en el Averroes cambiaron las tornas: recuperé la amistad con Joaquín Arenas, conocí a Blas, a Inmaculada, a Manolo, a Pepe Vega, participé en una obra de teatro contestatario, asistí a exposiciones de pintura, a recitales de música folk, a manifestaciones, a obras de teatro en el Conservatorio, leí a los hispanoamericanos del boom, a Heinrich Böll, a Franz Kafka, canté a Serrat, a Brassens, a Moustaki y a Jacques Brel, entraba a las salas de cine de Arte y Ensayo, saqué buenas notas en sexto y mejores en COU, por primera vez en años, disfruté de mis amigos y de la ciudad.
            1972 me cambió la vida. Lo que aprendí en las aulas del instituto, lo que leí, las músicas que escuché y que canté, el cine que vi, los amigos que tuve, abrieron mi mente, y el horizonte que unos meses antes estaba cubierto por amenazantes nubarrones de tristeza y solipsismo aparecía ahora despejado.
            No recuerdo cómo conseguí el dinero —¿el que nos daba mi padre la mañana de Navidad, cuando íbamos  a su cama y le pedíamos cantando el aguinaldo?, ¿el que recibía por mi cumpleaños?, ¿el que ahorraba comprándome  ropa y zapatos baratos?, ¿cobrándole a mi padre por lavar el coche?— pero de alguna manera lo hice y una tarde subí hasta Fuentes Guerra y busqué en la letra C. Allí estaba, con su nombre y el título en grandes letras mayúsculas blancas sobre el fondo negro —Leonard Cohen, Songs of Love and Hate—, el rostro sonriente del cantante, y aquellos irónicos, críticos versos en la contraportada:

They locked up a man
Who wanted to rule the world
The fools
They locked up the wrong man.

            (Encerraron a un hombre // Que quería gobernar el mundo // Los idiotas // Encerraron al que no era)

            Y rápidamente volví a casa a escuchar el disco, y también una avalancha cubrió mi alma: la voz, las melodías, la sencillez instrumental, el intimismo descarnado, el fondo nihilista, los momentos de gloria y de lúcida alegría existencial, la independencia, la rebeldía ante lo fácil y comercial, la mirada honesta —con frecuencia trágica, como en su admirado Lorca—, el absurdo y el misterio, la capacidad de resistencia, de renacerse, la certeza del final, el regalo de la vida, el regalo del amor, de la belleza.
            Mientras escribo estas páginas escucho su último disco, You want it darker. Lo grabó poco a poco en el salón de su casa, muy tocado ya físicamente. Trabajó en él hasta pocas semanas antes de su muerte. Dejó también casi acabado el libro que mis hijos me regalaron el seis de enero, La llama: poemas, las canciones de sus cuatro últimos discos, extractos de sus diarios poéticos, el conmovedor discurso de recepción del premio Príncipe de Asturias, sus últimos correos electrónicos.
            Hineni  Hineni // I'm ready, my Lord (“Aquí estoy Aquí estoy // Estoy preparado, mi Señor), declara con serenidad en la primera canción del disco, afrontando el adiós con valentía, con dignidad, con la conmovedora belleza de sus palabras y de sus melodías. A la emoción de leerlo y escucharlo, se une estos días el duelo de saberlo ya por siempre de viaje. El consuelo también de poder leer sus poemas y escuchar sus canciones mientras uno siga aquí, y el agradecimiento a María Castilla por regalarme a Leonard Cohen en aquel curso del 72.



viernes, 25 de enero de 2019

Wire, don’t write


         Entre 1942 y 1946, durante su exilio en Puerto Rico, el poeta Pedro Salinas compuso El defensor, una colección de cinco ensayos en defensa de conceptos y actitudes en peligro de desaparición en la moderna sociedad: la lectura, la necesidad de una élite cultural, el lenguaje como vehículo de comunicación espiritual, su respeto, admiración y simpatía por los analfabetos auténticos, aquellos que por circunstancias no han tenido acceso a la instrucción escolar, aunque en muchos casos muestren ser personas cabales, dignas y de atinados razonamientos, antes que por los que él llama neoanalfabetos, que saben leer, pero renuncian a cultivar su espíritu mediante la lectura y son humanamente analfabetos. El primero de los ensayos del libro es una defensa de la carta privada, de la relación epistolar —cartearse es “un entenderse sin oírse, un quererse sin tactos, un mirarse sin presencia”— como vía de enriquecimiento personal, de introspección y autoanálisis a través del lenguaje. Cuenta Salinas al comienzo que este ensayo fue su reacción al lema “faccioso, rebelde, satánico”, que figuraba a la entrada de todas las oficinas de Telégrafos de Estados Unidos: Wire, don’t write: Pon telegramas, no escribas cartas.
            Alarmado por la amenaza que los telegramas suponían para las cartas —su temor estaba completamente fundado, hoy la carta ha desaparecido de la comunicación interpersonal—, el autor de La voz a ti debida escribe:

            “¿… ustedes son capaces de imaginarse un mundo sin cartas? ¿Sin buenas almas que escriban cartas, sin otras almas que las lean y las disfruten, sin esas otras almas terceras que las lleven de aquellas a éstas, es decir, un mundo sin remitentes, sin destinatarios y sin carteros? ¿Un universo en el que todo se dijera a secas, en fórmulas abreviadas, de prisa y corriendo, sin arte y sin gracia? ¿Un mundo de telegramas? La única localidad en que yo sitúo semejante mundo es en los avernos”.

No deja de ser sorprendente la anticipación del poeta, que parece referirse a este mundo nuestro de hoy, donde hemos dejado de cartearnos, utilizamos un máximo de 140 caracteres para hacer comentarios sobre lo divino y lo humano, y empobrecemos nuestros mensajes plagándolos de anglicismos, abreviaturas e iconos.



martes, 22 de enero de 2019

Hemingway en estado puro

En nuestro país, todo el mundo conoce a Miguel de Cervantes como «el manco de Lepanto» y lo sabe creador de Don Quijote, Sancho Panza y Dulcinea, pero es sorprendente el número de quienes no han leído, ni leerán, su novela. Es lo que podemos llamar «el síndrome Cervantes»: saber algún dato biográfico de tal escritor, quizá el título de alguna de sus obras, y poco más; ahí queda todo el saber literario de muchos compatriotas, absolutamente anecdótico y superficial, que no vale ni para salir airoso del Ahora caigo. Un ejemplo muy comentado en su tiempo de este síndrome lo ilustró una guapa ignorante, asidua de las revistas del corazón: «Me encanta como escribe Vargas Llosa. No he leído nada de él, pero le sigo».

            Otro de esos escritores con los que se manifiesta tal síndrome es el norteamericano Ernest Hemingway, del que se conocen algunos trazos, los más llamativos, de su biografía y de su carácter —su afición por los mojitos en el Floridita de La Habana, por los safaris y por los sanfermines—, y hasta es posible que se recuerde el título de aquella novela sobre un viejo pescador, sin haber leído una sola línea.

            Acabo de terminar el volumen Cuentos, que reproduce la recopilación que hizo el propio Hemingway en 1938 con el título de Los cuarenta y nueve primeros cuentos, donde aparecen obras maestras del género como «La breve vida feliz de Francis Macomber», «Las nieves del Kilimanjaro»,  «Los asesinos», «Colinas como elefantes blancos», «Padres e hijos»… protagonizados por pescadores de truchas en solitarias riberas, granjeros en perdidos rincones de Michigan, soldados americanos que sobreviven en Italia durante la Primera Guerra Mundial, boxeadores en declive, toreros de segunda fila, cazadores de faisanes, matones de cine negro, viajeros que llegan en tren a París, médicos rurales, esquiadores, hombres que padecen insomnio, camareros nihilistas, indios que se emborrachan el 4 de julio, putas baratas que se inventan historias de amor, gente, en fin, perdedora en su mayoría, ilusa, en cuyas vidas mediocres se ha incrustado el alcohol, la brutalidad, la frustración, la carencia de horizonte, la carcoma del vacío.

            Cuarenta y nueve historias escritas con un lenguaje directo, subyugante en su desnudez, que atrapa de principio a fin del relato, y con diálogos de inusitada eficacia narrativa. El libro de un maestro. Ideal para leer junto al fuego en estos días fríos de enero.



miércoles, 16 de enero de 2019

El alcabalero y la zarca

A mi madre, Juanita Zarco

En su Juicio analítico de don Quijote, escrito en Argamasilla de Alba, y publicado en 1863, don Ramón Antequera identificó a Dulcinea del Toboso con Ana Martínez Zarco de Morales, lo mismo que el anotador Diego Clemencín y que el director de la Biblioteca Nacional y maestro de comentaristas, don Francisco Rodríguez Marín, que señala al doctor Zarco como “próximo deudo” de Dulcinea, al igual que el alcalde Pantoja, siendo don Luis Astrana Marín el único cervantista que rechaza tal conjetura y la considera una patraña: “juzgo completamente estéril buscar el modelo vivo de Dulcinea y hablar de tradiciones, falaces, señalando como encarnación de la heroína a cierta Ana Zarco de Morales […] El personaje, aunque otros del Quijote no lo parezcan, es en Dulcinea totalmente imaginario”[1].
            La afirmación taxativa de Astrana Marín es demoledora, el castillo de naipes se viene abajo con el soplo del biógrafo conquense, y como presunto descendiente de Dulcinea, quiero decir de los Zarco toboseños, he de asumir  que Dulcinea sea hija de la imaginación de Cervantes, y no imagen de la susodicha Ana Zarco de Morales. Cierto que el Quijote nada gana con que Dulcinea esté inspirada en una persona real, pues lo que interesa en el caso no es la verdad histórica de los hechos, sino la verdad literaria, la realidad ficticia, la creación de un personaje que es la flor de la virtud y de la belleza, inspiradora del más noble y esforzado de los caballeros andantes que en el mundo han sido, pero el interrogante surge con fuerza: ¿es posible que el señor Astrana Marín esté en el error y anden en el camino de la verdad los otros cervantistas? Concedamos, al menos, el beneficio de la duda, y sigamos las huellas de Ana Zarco de Morales y su posible relación con el autor del Quijote.
            Algo hubo en El Toboso con un Cervantes, y quiere la leyenda que con esta Zarco que ya conocemos. Sobre qué fuese lo habido no hay unanimidad —apaleamiento, prisión, revolcón en el fangal de una laguna cercana, broma pesada, premeditada venganza o súbita y espontánea reacción de los toboseños—, tampoco sobre el porqué: resentimiento, maliciosa hablilla, chiste, insultante maledicencia de un Cervantes alcabalero que anduvo por la villa entre 1584 y 1588, según Clemencín.
            En «La patria de Don Quijote»[2], relata Azorín el viaje por tierras manchegas del escritor romántico José Giménez Serrano en el verano de 1848. Haciendo camino, el viajero  se encuentra con un religioso, que le cuenta leyendas sobre Cervantes, una de las cuales habla de:

“una bárbara y supuesta venganza que en El Toboso se tomaron con un recaudador de contribuciones o alcabalero, llamado Cervantes. Dicho Cervantes no era otro que el autor del Quijote. Habiendo llegado el alcabalero al pueblo, y hallándose durmiendo, por la noche, en el pajar de una casa, le despertaron los mozos, y, medio arrastrando, con una soga a la cintura, le sacaron por las calles del pueblo. Afortunadamente, llegaron a tiempo los cuadrilleros y libertaron a Cervantes de manos de la chusma. No era otro el propósito de los mozos tobosinos sino el de llevar a Cervantes a una laguna próxima y chapuzarle en sus cenagosas aguas. En El Toboso son peritísimos en esta operación”.

La leyenda recoge el qué, pero no el porqué, aunque se deja adivinar que los toboseños no miraban con buenos ojos las alcábalas que habían de pechar y la tomaron con el alcabalero; parecida versión, aunque más sintética, ofrece Gregorio Mayans, que añade el irónico desquite del escritor: “según he oído decir, Miguel de Cervantes fue allá con una comisión, y por ella le capitularon los del Toboso y dieron con él en una cárcel. Y en agradecimiento de esto (que no la hemos de llamar venganza, habiendo resultado en tanta gloria de La Mancha), hizo Cervantes manchegos a su caballero andante y a su dama”[3].
Junto al móvil impositivo de la somanta, prisión o enlodamiento, o lo que fuera que perpetraron los mozos tobosinos contra el Cervantes, circula también el motivo sentimental: un asunto de haldas —no se sabe si comentario hiriente o pura rivalidad entre dos enamorados de la misma dama—, como explicita en pelos y señales la versión que el alcalde Pantoja debió de contarle al periodista salmantino José Sánchez Rojas, en el verano de 1930[4]:

“Cervantes tenía parientes en la villa toledana, generosos y ricos: a ellos acudía Miguel en los momentos de apuro y de amargura […] en El Toboso conoció y amó Cervantes a una linda mancheguita llamada doña Ana Martínez Zarco de Morales [… que] habitaba en el callejón de Mejías, junto a la iglesia […] Pero Miguel era pobre, y el estado de su bolsa no mejoraba nunca. La pícara necesidad […] le obligó, tal vez, a manchar el noviazgo con alguna mentira. Doña Ana, mujer de sentido práctico, como buena española y como buena manchega, dio oídos al caballero calatravo, vecino del lugar, don Francisco de Pacheco […] Y ya en relaciones […] Cervantes trató de estorbar esta inteligencia. Una tradición afirma que Cervantes anduvo a palos y los recibió sin cuenta de los criados y servidores de su adversario. Otra asegura que los contendientes fueron los dos rivales. El hecho es que Miguel, después de la trifulca ruidosa acaecida en el callejón de Mejías, al lado de la casa de la amada, no tornó más al Toboso”.

            Hay quien asegura que Pacheco, celoso de ver a Cervantes perdidamente enamorado de doña Ana, rondándola día y noche, envió a unos criados a darle un escarmiento. El cronista alcazareño Juan Leal Atienza[5] recoge el testimonio de Martín Fernández de Navarrete, tras consultar  en 1805 a Francisco de Paula Marañón, vecino de Alcázar de San Juan, sobre documentos referidos a Cervantes: “Estando con este motivo [recaudando impuestos] en El Toboso, dijo a una mozuela alguna jocosidad, de que se picaron las partes interesadas, y de resultas le pusieron preso”. Clemencín piensa que fueron los parientes y criados de los Martínez Zarco de Morales quienes tundieron a Cervantes—no está claro el motivo— en el callejón de Mejía y que el escritor se desquitó en su novela ridiculizando a la hidalga doña Ana Zarco representándola en la aldeana Aldonza Lorenzo, hija de Aldonza Nogales (nombre de árbol, las mismas vocales y en la misma posición que el Morales de los Zarco), y de Lorenzo Corchuelo (rústico apellido carente del lustre de los Martínez Zarco de Morales y Villaseñor), caracterizándola como ruda labradora, morisca con toda seguridad, “y con la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda La Mancha”.
            Patrocina igualmente esta versión de la revancha cervantina el reportaje que Rómulo Muro publicó en 1925 en el ABC, donde se precisa que no fue amor despechado la causa, ni maledicente jocosidad, ni afán recaudatorio del alcabalero, sino venganza de los tobosinos por haber hecho burla de doña Ana Martínez Zarco de Morales al convertirla en la amada del caballero de la Triste Figura: “doña Ana, cuyo novelesco apodo dicen que valió algunas contundentes caricias de los zagalones toboseños, que en no muy clara noche toparon con el rondador mujeriego en una de las callejas fronterizas a la iglesia parroquial”[6].
            Que existió en época cervantina una Ana Martínez Zarco de Morales en El Toboso, parece hecho verídico. Que Cervantes tenía parientes en el lugar, también. Que el alcabalero Miguel de Cervantes anduviera por El Toboso y entrara en amores con Ana Martínez Zarco de Morales y fuese finalmente rechazado, es posible, verosímil, pero al no estar comprobado queda como conjetura. Que esta dama fuese la inspiradora de Aldonza Lorenzo, y por ende de la simpar Dulcinea, chi lo sa? ¿Que esta Zarca me es consanguínea por la rama materna del árbol? Puede que sí, puede que no, pero lo más seguro es que quién sabe.



[1] Luis Astrana Marín, Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra con mil documentos hasta ahora inéditos y numerosas ilustraciones y grabados de época. Edición digital de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, cap. XC, p. 347.
[2] Azorín, «La patria de don Quijote», Los valores literarios (1914), en Obras Completas, tomo I, Ed. Aguilar, Madrid, 1947, p. 1198.
[3] Gregorio Mayans y Siscar, Vida de Miguel de Cervantes. Edición digital, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, párrafo 37.
[4] José Sánchez Rojas, «¿Existió Dulcinea?», en Crónica. 20 julio 1930. Página disponible en internet.
[5] Juan Leal Atienza, Fin de una polémica. III centenario de Cervantes. Establecimiento tipográfico del Hospital Provincial, Ciudad Real, 1916, p. 19.
[6] Rómulo Muro, «Cervantes en El Toboso. Datos y probabilidades acerca de la existencia de doña Dulcinea», ABC, 13 diciembre 1925, p. 9.

miércoles, 9 de enero de 2019

Ojos zarcos y cuatro dedos de enjundia de cristianos viejos


En la Espasa abreviada que había en casa de mis padres el único Zarco que aparecía era João Gonçalves Zarco, un noble portugués que en 1417 recibió del infante Enrique el Navegante la misión de explorar el océano y descubrió las islas de Porto Santo y de Madeira, de las que tomó posesión en nombre de Portugal; fue gobernador de Madeira y fundador de su capital, Funchal. Lo cual coincidía con lo que aventuraba mi tío Anselmito, hermano de mi madre, que hizo sus propias averiguaciones y llegó a encargar a un genealogista el escudo que vi más de una vez en su piso de Ciudad Jardín: en campo de oro, una encina terrasada de sinople y un lobo de sable, pasante al pie del tronco; bordura de gules con ocho aspas de oro.
            Para mí no era esa la mayor y mejor información sobre mi apellido materno que brindaba la enciclopedia, sino su etimología, del árabe hispano zarqā, ‘mujer de ojos azules’, que luego adquirió el género masculino en castellano para designar los ojos de ese color: “los zarcos son amorosos”, escribió Lope en un pasaje de El hombre por su palabra. Según el sabio Corominas, el adjetivo zarco está atestiguado en castellano ya a mediados del siglo XIII, suponemos que primero como adjetivo descriptivo —una mujer, un hombre, de ojos zarcos— y después como apellido o apelativo de la familia que comparte ese rasgo genético de los ojos azules, el gen EYCL1, localizado en el cromosoma 19, como efectivamente ocurre en la rama materna de mi familia, en los etimológicos ojos azules de mi abuelo Anselmo, de su hermana Emilia y de varios primos hermanos míos.
            A este legado genético se une la común geografía, la realidad de una herencia solariega, de una misma «aboriginidad», si se me permite la expresión, de una compartida oriundez o tierra patria manchega, como indican los lugares de nación y asentamiento de nuestros pretéritos deudos: Miguelturra, Argamasilla de Alba, Tomelloso, Ciudad Real, El Provencio, Fuente de Pedro Naharro y Mota del Cuervo.
            ¿Son mis Zarcos de hoy los Zarcos del Toboso de ayer, parientes de aquella Ana Martínez Zarco de Morales? No puedo afirmar sin pruebas, pero tampoco negar sin argumentos. Quizá en tiempos venideros algún académico de Argamasilla o algún bachiller por Sigüenza descubran traspapelados papelotes que corroboren el sí o el no de este punto. Mientras tanto, solo podemos decir algo de quiénes fueron aquellos Zarcos tobosinos y por qué Miguel de Cervantes eligió a una de ellos para inmortalizarla en su novela.
             En las Relaciones topográficas mandadas recopilar por Felipe II para un más preciso conocimiento de las poblaciones de los reinos de España, las fuentes de información para la localidad de El Toboso fueron dos vecinos, Pedro de Morales y el doctor Zarco de Morales Villaseñor, que en entrevista realizada por los funcionarios reales el 1 de enero de 1576 aseguraron que la villa del Toboso, así llamada por encontrarse cerca de ella muchas tobas o cardos borriqueños, se hallaba  en su máximo esplendor. Se contaban entonces El Toboso 700 casas y 900 almas, incluidos los moriscos rebeldes que llegaron de la Alpujarra granadina. Todos eran labradores, excepto el doctor Zarco, “que goza de las libertades que gozan los hijosdalgo por ser graduado en el Colegio de los Españoles de Bolonia, en Italia”. La tierra es rasa, continúa la relación, "llana, sana, de poca leña y apenas caza. Cógese trigo y cebada y bastante vino, y se cría ganado ovejuno […] lo que en el pueblo se ha labrado y labra y hace mejor que en otro lugar, son las tinajas para tener vino, aceite y lo que más quisieren echar en ellas, y de las hacer, hay en el dicho pueblo mucha pericia y ciencia[…] Como cosa particular refieren criarse en las huertas del pueblo rábanos de hasta seis y siete libras de peso, muy tiernos, blancos y dulces”.  
Rancia raigambre tobosina, pues, de los Zarco, que exhibían con legítimo orgullo sus blasones en la fachada principal de su casa solariega junto a la iglesia de San Antón. Este doctor Esteban Martínez Zarco de Morales, “hidalgo acérrimo e intransigente en punto a ideas de nobleza y caballerosidad”[1], tuvo por hermanas a una conocida por La Zarca, y a otra llamada Ana, ya nombrada, que es la que nos interesa y de la que podemos airear un par de chismes.



[1] Ramón Antequera, Juicio analítico del Quijote, Imprenta de D. Zacarías Soler, calle de Pelayo, 31, Madrid, 1863, p. 257.